Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.
Heredera de la Voluntad de Fuego
II
Desconfianza
Los estandartes ondeaban rozagantes al compás del viento; algunos colgaban de los balcones y otros tantos decoraban las calles, tiñendo la avenida principal con los colores característicos del régimen: negro, blanco y rojo.
En el fondo negro resaltaba el cegador blanco, sosteniendo el espeso y meloso rojo. El símbolo de los Uchiha era conocido hasta en los recovecos más recónditos del mundo, se habían encargado de llevar sus ideales de justicia a todos aquellos que se rehusaban al cambio; para ellos simbolizaba gloria, grandeza, para sus enemigos, muerte, destrucción.
El sonido de la marcha, perfectamente ensayada, retumbaba entre las paredes, los pasos firmes de los soldados que encabezaban la caravana se alzaban por encima de los sollozos y lamentos ahogados. El rumor de las voces desaparecía al instante en el que los espectadores vislumbraban los féretros desfilar frente a ellos, cubiertos con la bandera tricolor.
Los altos mandos caminaban lentamente en la primera fila. Sargentos y generales portaban uniformes de gala con un ademán de aflicción en el rostro; no era la primera vez que despedían a un compañero y tampoco sería la última, a final de cuentas se encontraban en una guerra y el precio a pagar era nada más y nada menos que la vida misma.
No había mayor honor que morir por la causa del Régimen.
Desde la distancia, Sasuke escrutó la expresión estoica en el rostro de su padre. Como líder, Fugaku coronaba la caravana; tenía la mirada vacía y mantenía la cabeza en alto. Al igual que sus subordinados, portaba el ostentoso uniforme que revelaba su posición como líder supremo de la aldea, la insignia del clan resaltaba orgullosa en su espalda, recordándole a los aldeanos el lugar que tenían dentro de la nueva sociedad: nada ni nadie estaba por encima de ellos.
Sin embargo, pese a la solemnidad que bañaba al Hokage, la molestia del mismo se debía al fallo garrafal de la misión. Aquella encomienda era decisiva para ganar terreno frente a las fuerzas armadas de la Insurgencia. Tanto Fugaku como sus allegados estaban seguros que, con el poderío militar del que eran poseedores acabarían con el grupo de rebeldes en un santiamén. No obstante, el costo fue más alto de lo que imaginaba, resultando en la pérdida de un centenar de soldados.
Cerca de Fugaku, Shisui mantenía la frente en alto. Cualquiera que conociera de vista al prominente shinobi aseguraría que sobrellevaba a la perfección la magnitud del evento, sin embargo, Sasuke sabía que el chico realizaba un esfuerzo sobrehumano para no derrumbarse. Su rostro ensombrecido maquillaba el dolor. De sus ojos no brotó ni una lágrima, aún cuando uno de los féretros pertenecía a su padre, quien a partir de ese día sería considerado un héroe.
Aquella realización lo obligó a detenerse de golpe. A su mente galoparon dolorosos recuerdos de la primera batalla en la que estuvo inmerso; el olor a la sangre, la mierda y carne quemada. Alrededor de él había hombres gimiendo y sollozando, y de cuando en cuando un grito rasgaba el aire, rebosante de dolor.
Cuando intentó moverse, descubrió que sus músculos estaban paralizados. «¿Realmente vale la pena morir por un ideal?», se cuestionó en sus adentros a la par que vislumbraba con detenimiento los blasones ondeando con la gélida brisa invernal.
«Toda esta gente…todos ellos», prosiguió; un nudo prieto estrujó su garganta, «No le deben nada a mi padre. No son más que piezas en un tablero… vidas de las cuales se dispone con facilidad, como si fueran basura».
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla «¿Estoy llorando?» No podía permitir que su padre lo viera. Él era un Uchiha, provenía de un poderoso Clan.
—No te detengas, Sasuke— la voz suave de Itachi surgió entre sus pensamientos como un murmullo—. Papá está mirando.
Recurriendo a toda su fuerza de voluntad en ciernes, reanudó el paso.
Estaban cerca del sitio donde se llevaría a cabo la ceremonia. Por el rabillo del ojo contempló a los estudiantes más jóvenes de la academia; todos ellos ataviados de negro, con el brazo derecho extendido y la cabeza ligeramente inclinada hacia el suelo mostrando su debido respeto hacia los caídos en el combate.
«¿Qué no lo pueden ver? Algún día acabaran igual que ellos» pensó desesperadamente. Los soldados de menor rango saludaban con orgullo al Hokage. «Todos…todos están dispuestos a sacrificarse por los ideales de mi padre».
La realización le cayó como un balde de agua fría, calándole hasta los huesos.
«Un Uchiha, debo ser un Uchiha, vivir como uno, morir como uno.» Continuó diciéndose a si mismo, como si de un mantra se tratara. «¿Realmente estoy dispuesto a morir por esto?.»
—El día de ayer arribó una enorme carga de prisioneros del lado Oeste, la mayoría de ellos son shinobis de menor rango, probablemente Chunin— explicó de manera ausente uno de los capitanes, asegurándose de señalar en el mapa el sitio de donde provenían aquellas personas.
—La población en los campos de trabajo ha disminuido considerablemente en los últimos meses— interrumpió otro hombre usando voz gruesa, con un tono mordaz—. Podrían ser distribuidos para cubrir las bajas.
—No merecen ir a ese sitio— se rehusó otro de ellos.
—Esto no se trata de ética o moral— escampó un cuarto individuo—. Debemos verlo como mano de obra de maximización operativa. Necesitamos trabajadores.
Desde su asiento, Fugaku observaba a los hombres con disimulado fastidio. Reposó todo el peso de su espalda en el respaldar de la silla, generando un sonido chirriante.
—Caballeros, por favor, no nos desviemos del tema. Estamos aquí reunidos para discutir otros asunto de importancia— solicitó uno de los mediadores—. Si me lo permite, Daigensui-kaigun-taishō, en la pagina siete del folleto encontraran el plan de desarrollo del Centro de Entrenamiento de Tanzaku. Su objetivo principal es darle apoyo a las tropas emergentes— explicó con cautela—. La fase uno de ampliación implica realizar los preparativos para desplegar más tropas en la frontera.
—Un ultimo empujón y toda la zona Este del país debería quedar libre de insurgentes ¿no es así?— preguntó Inabi Uchiha, colocando el folleto en la mesa dispuesta frente a él.
Sasuke comprendía el hastío en sus palabras. Desde el Golpe de Estado, tanto el nuevo Régimen como los remanentes del antiguo gobierno se encontraban inmersos en una lucha constante para alcanzar el poder. Aquella guerra, al igual que muchas otras situaciones, se había prolongado más de lo imaginado.
—La insurgencia es contagiosa— dijo Uchiha Tekka con todo mordaz—. Debemos comenzar una campaña de ataque constante en la zona.
—No— negó el General brevemente—. Allí hay recursos valiosos, pasemos al siguiente punto.
Sin rechistar, los subordinados retornaron la atención al programa de actividades que se les había otorgado al inicio de la reunión.
—En la página diecisiete podrán apreciar una línea del tiempo que describe las misiones de rescate que comenzarán la semana próxima, las cuales estarán comandadas por Itachi y Shisui Uchiha— explicó Inabi observando el punto indicado.
—Habíamos acordado de enviar a estos prisioneros a los Campos ¿no es así?— alzó la voz el Capitán de la segunda división.
Los murmullos cansados no demoraron en acabar con el mutismo del lugar. Aquellas reuniones solían ser extenuantes. Los desacuerdos se hacían constantes a medida que la situación estratégica y militar empeoraba.
—Enviarlos a los campos es poco castigo— rebatió Inabi—.Su destino está en la Unidad 121.
Las pupilas se le contrajeron presas de la rabia. En lo más profundo de su ser, Sasuke maldijo a todos y cada uno de los ahí presentes, incluido su padre.
—Sólo son campesinos— intervino Sasuke cortante.
—Campesinos persuadidos por terroristas— deleitándose en el silencio del pelinegro, Inabi agregó—: No queremos ser dueños de hombres y mujeres inquietos ¿verdad?— una ínfima sonrisa se dibujo en las comisuras de sus delgados y grotescos labios—.Los ataques son un buen aleccionamiento. Ha pasado mucho tiempo desde el último.
Sasuke tragó grueso. Mantuvo los puños estrujados a lado de su cuerpo, realizando un esfuerzo sobrehumano para controlarse. Debía mantener la calma a toda costa. Por más que detestase a ese hombre, dentro del escalafón militar, Inabi era su superior.
—Está decidido— habló Fugaku con voz terminante, cruzando las manos frente al escritorio—, se realizará la campaña de ataque. Pronto descubriremos la base principal de la llamada Resistencia, si conseguimos a uno de los lideres será suficiente.
Los demás Oficiales subalternos se mostraron de acuerdo con las ordenes del General. Rara vez alguno de ellos se atrevía a cuestionarlo abiertamente, después de todo, Fugaku era la máxima autoridad, poseía el poder absoluto. Cualquier hombre en sus cinco sentidos no osaría a poner en duda su palabra, excepto por Uchiha Tekka, Teniente Coronel de la Unidad 456.
—Taishō— dijo el hombre cauto—. Es de nuestro conocimiento que ha localizado a la aprendiz de Senju Tsunade ¿no es así?— habló precavidamente, meditando cada palabra antes de ser pronunciada—.Si no es mucho atrevimiento, me gustaría preguntar ¿con qué fin? La chica ha esquivado su destino, el cual es la muerte.
Una vez más, los murmullos se alzaron como una nube de polvo imposible de ignorar.
Desde su asiento, Sasuke contempló con interés el rostro inexpresivo de su padre, procurando encontrar el ínfimo atisbo de molestia o incomodidad.
Estaba claro que la presencia de la kunoichi en su casa no pasaría desapercibida, en especial si se trataba de una criminal de guerra, aprendiz directa de la legendaria Tsunade Senju.
—Algunos rebeldes pueden resultar útiles, esa niña lo ha demostrado— se puso de pie, demostrando su gran altura en medio de la semipenumbra—. El legado de Tsunade yace en sus manos. Matarla sería un desperdicio.
Les dio la espalda para situar la mirada en el panorama que componía la aldea tras el enorme ventanal.
—Eso no la exime de sus crímenes— dijo Inabi, coincidiendo con la opinión de Tekka—.¿Acaso olvidó los acontecimientos del Centro de Entrenamiento?
Fugaku aguardó un instante antes de responder.
—Por supuesto que no los he olvidado, sin embargo, su estadía en la Unidad 121 parece haberle dosificado el carácter. Mientras la mantenga cerca todo estará bajo control. Este asunto no debe consternales.
Una vez más los cuchicheos resonaron en la sala.
La decisión de su padre, sin lugar a dudas, era poco ortodoxa y sumamente controversial.
Sus ojos viajaron por la estancia hasta recaer en la difusa figura de su padre al otro extremo de la sala, mientras él aguardaba en un rincón, silente y expectante.
—Si no hay otro asunto por discutir, podemos dar por finalizada la reunión— sugirió el asistente del General.
Uno a uno, y sin rechistar, los altos mandos comenzaron a ponerse de pie con la intención de abandonar la sala y regresar a sus actividades en lo que restaba del día.
Dispuesto a emular las acciones de sus superiores, el azabache dio un paso al frente. El insoportable dolor de cabeza que se había desatado desde el inicio de la junta, se había irradiado hacia su nuca, depositando toda la tensión en la musculatura de su cuello y hombros. Necesitaba salir de ahí en cuanto antes.
—Sasuke, espera un momento, hay un asunto que me gustaría discutir contigo— murmuró Fugaku mientras regresaba a su asiento.
Hastiado, el aludido contuvo el impulso de poner los ojos en blanco. En comparación a su hermano, Sasuke detestaba lidiar con todos los asuntos políticos y diplomáticos. Comenzó a formar parte de ellos hace unos cuantos meses, cuando su padre considero apropiado instruirlo en la materia de gobernanza.
—¿Qué clase de asunto?— preguntó, desafiante.
Fugaku soltó un suspiro y se dirigió a su hijo.
—Supongo que ya conoces a nuestra invitada.
Esa era una pregunta ambigua. Por supuesto que la conocía, la había encontrado deambulando por los pasillos a mitad de la noche, como un animalito perdido. No obstante, cualquiera que fuese su respuesta podría traerle consecuencias a futuro si no era lo suficientemente cauteloso para tratar con la mente de su padre.
—No— negó rotundamente.
Por la expresión displicente trazada en la faz del General, la respuesta no lo complació, sin embargo, lo dejó pasar.
—Es una lástima— confesó, cansino—. Probablemente ambos estuvieron juntos en el pasado, quizás durante los primeros años de academia.
Sasuke entrecerró los ojos.
En sus memorias de la infancia no figuraba la presencia de cierta niña pelirosada de ojos esmeraldas. Los recuerdos que tenían de esa época eran difusos, complicados de entender.
—No, lo dudo. Si no me percaté de su presencia fue por una razón— negó nuevamente antes de ver el archivo de la aludida desde lejos.
Notó como Fugaku descansaba por segunda vez todo el peso de su cuerpo en el respaldo de la silla. Sasuke lo escrutó con cuidado , sin decir una palabra.
Un suspiro cansino escapó de la boca del General sin temor de ser escuchado por su hijo.
—Esta misión… tiene que ver con ella ¿no es así?— comprendió el Uchiha al instante.
Aún sin contestar, el patriarca tomó la carpeta que figuraba en el tope de la montaña de papeles. Sobre la caratula se vislumbraba el nombre de la aludida acompañado del folio que se le había asignado como prisionera de guerra.
—Quiero que la mantengas vigilada— pasó las páginas y las ojeó lentamente. Entre las hojas era posible ver los timbrados de la famosa Unidad 121—. Inabi tiene razón, no podemos confiar en ella. Las acciones del pasado no cambien quien es hoy en día.
En ese instante, Sasuke no pudo contener el impulso de fruncir el entrecejo. Le parecía ofensivo acatar el rol de carcelero cuando semanas atrás había liderado una misión de ataque con éxito. Para ser sincero, aún no tenía en claro lo que su padre pretendía al alojar a esa instigadora en su casa, pero si la sacó de los campos de trabajo era porque algo grave estaba sucediendo.
—¿Por qué estuvo en la Unidad 121?— preguntó el joven de repente.
Fugaku procuró ignorar el cuestionamiento y continuó con el severo escrutinio del archivo entre sus manos.
—¿Acaso la respuesta influirá en el cumplimiento de la misión?
—En lo absoluto. Sólo es simple curiosidad.
Aquello era cierto. Probablemente cambiaría su actitud ante ella, tomaría las medidas necesarias para no arruinar la encomienda. Después de todo, la Kunoichi poseía un historial particular. Si los comentarios de los altos mandos eran ciertos, bajar la guardia sería la cosa más ingenua y estúpida que podría hacer.
—¿Hay algún problema con eso?— preguntó el General al notar la vacilación danzando en la mirada oscura del pelinegro.
—Sinceramente no comprendo porqué estás pidiéndome esto. Itachi puede encargarse de la situación sin problemas— refutó.
—Lo sé— acotó Fugaku, situando a un costado la carpeta de la ninja médico para alcanzar otra que estaba justo en la superficie del escritorio—.No obstante, la insurgencia es contagiosa, Sasuke, y ambos conocemos a tu hermano a la perfección.
El interpelado no dijo nada y permitió que su padre continuara hurgando en la información clasificada mientras permanecía en medio de la sala como un taciturno espectador.
No necesitaba ahondar en la coyuntura para percatarse del cambio de actitud de Fugaku hacia su primogénito. La confianza había desaparecido. El General sospechaba de su propio hijo.
Si bien ninguno de los dos hablaba del tema, tanto Itachi como su padre realizaban un esfuerzo titánico para no verse las caras mientras estuviesen en casa. La carga de misiones había incrementado para el ninja más prolífico de la aldea, muchos imaginarían que era una recompensa por su intachable historial militar, sin embargo, aquella táctica no era nada más que una sucia artimaña para mantenerlo controlado.
—Es por eso que lo envías lejos ¿cierto? Me refiero a Itachi— controló el tono de voz para no dejar al descubierto la molestia que lo embargaba—, aun cuando su estado de salud es delicado ¿acaso intentas deshacerte del él?
Fugaku cerró la carpeta y dirigió la mirada adusta al menor de sus hijos.
Aquella era una asunción astuta, sucia y cruel. El sencillo hecho de expresarla en voz alta podría traerle consecuencias inmediatas, demasiado desagradables para su gusto y totalmente innecesarias.
—Sugiero que deseches cualquier conclusión conspiranoica, eres más astuto que eso, hijo mío— una ínfima sonrisa curvó la comisura de sus labios—.El pasado de Haruno Sakura no debería consternarte, es información irrelevante para la misión.
La penumbra se tornó abrumante y el aire comenzó a espesarse.
No terminaba de comprender todo el misterio entorno a la pelirosa e Itachi, sin embargo, la sensación opresiva en su pecho indicaba un mal augurio.
—¿Tienes algo más que decir?— preguntó el General sin inmutarse en maquillar el desinterés que aquella reunión le generaba.
Sasuke lo interpretó como una señal para marcharse. La charla había concluido, el General no toleraría otra falta de respeto.
—No, Taishō— respondió, ignorando la amargura en su boca.
—En ese caso puede regresar a sus labores, Heisōchō.
Sasuke realizó el saludo obligado para rendir sus respetos al autodenominado Daigensui-kaigun-taishō y, sin más, caminó hasta la entrada, cerrando la puerta detrás de él.
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Hasta la última hora de la tarde Sasuke no consideró que el trabajo estaba terminado. Se había recocido al sol toda a tarde en una mesa junto a la ventana de la biblioteca orientada al sur, ahora todo lo que vislumbraba por el cristal era el atardecer, nubes altas en el cielo formando una fina capa amarilla hasta transformarse en un fulgor difuminado de color naranja; las hojas de los árboles se tornaron de un tono pardo de almendra, y de un color negro aceito las ramas entrevistas en el follaje, y las hierbas secas emularon la tonalidad del firmamento.
Aunque el sol, al ponerse, se había atenuado, la temperatura parecía aumentar porque no soplaba la brisa que proporcionó un débil alivio a lo largo del día, y el aire estaba ahora inmóvil y cargado.
Durante más de una hora, al regresar del trabajo, pasó sumergido en una pila de papeles, mientras su sangre y, al parecer, sus pensamientos, caldeaban su cerebro. El Uchiha tamizaba sentimientos desconocidos y evocaba una y otra vez determinados recuerdos. Ninguno amainaba. Era incapaz de evocar la belleza de aquellos ojos esmeraldas en sus más intimas reminiscencias. Probablemente se conocían desde que eran niños, y nunca la había mirado.
Ofuscado, restregó una mano contra su rostro en un intento por mitigar el punzante dolor de cabeza instalado en la parte frontal del cráneo, premonición de una migraña con la cual tendría que lidiar en la noche.
Quizá fueron amigos, era una posibilidad, aunque muy en el fondo debía que era improbable. No fue un niño social, en especial cuando la mitad de la clase parecía odiarlo y la otra mitad alabarlo. Jamás compartió un lazo similar al de Itachi y Shisui con otra persona. Había pasado la mayor parte del tiempo siguiendo a su hermano, intentando imitarlo y, eventualmente, superarlo. Aquello lo convirtió en un joven solitario, retraído y asocial.
Apartó la mirada y contempló el escritorio como quien atisba una vida. En un extremo, formando un alto montículo, estaban las carpetas y los cuadernos de tácticas de los últimos meses de preparación de los siguientes ataques. Posados parcialmente encima, había algunos más de ruta, del Norte de Konoha, al Oeste, y una brújula con un espejo de observación rajado que en una ocasión había utilizado para caminar sin mapa hasta el Valle del Fin.
Más allá de la brújula estaban los ejemplares de historia y táctica militar. En el otro extremo de la mesa se apilaban diversos libros de política, tratados teóricos y manuales prácticos de ninjutsu. Más cerca de Sasuke estaba la información que le interesaba en aquel momento. El archivo de Sakura estaba abierto con una lámina de fotografías y hojas atestadas de diminutas letras que exponían el particular historial de la Kunoichi.
Para acceder al ala de archivos confidenciales se vio en la necesidad de cobrar un favor, una jugada imprudente de su parte, sin embargo, la curiosidad que esa chica había despertado en él la noche anterior era tan impetuosa que no podía sacarla de su cabeza.
Sus ojos cansados escanearon todas las palabras meticulosamente plasmadas en el informe, mismas que hacían referencia a las habilidades que Sakura poseía. Encontró anexa la hoja de atributos y destrezas. La Kunoichi destacaba por su inteligencia y gran habilidad en el ninjutsu médico. Consiguió despertar el Byakugō a la edad de dieciséis años, superando las expectativas de muchos dentro de la Insurgencia, inclusive de su maestra. De haber permanecido con ellos le habrían otorgado un puesto privilegiado dentro del escalafón militar. Sakura era importante, más relevante de lo que él imaginaba. Continuó analizando el expediente. La fecha de su captura se situaba cinco años atrás en el bosque Jofuku. Fue la única sobreviviente del grupo. Poco después de su aprehensión la trasladaron a uno de los distintos Centros de Entrenamiento. Los planes de los Uchiha era anexarla y utilizar las habilidades de las que era poseedora para su beneficio, sin embargo, los reportes indicaban una actitud temeraria, problemática; no acataba reglas, se mostraba impertinente con los superiores y en más de una ocasión fue amedrentada por eso.
A los tres años de su estadía se le canalizó a la Unidad 121. El registro omitía por completo la causa de su traslado. Sasuke ojeó de nuevo la última línea. Por lo que recordaba, aquel centro era el destino predilecto para los criminales de guerra de alto rango. Generales, sargentos y tenientes de la resistencia habían desfilado por los mismos campos sin albergar esperanzas de ser rescatados.
Reclinó su cuerpo contra el respaldo de la silla mientras sus pensamientos fluctuaban alrededor de tal hecho ¿por qué Sakura estuvo en el Campo? Sus habilidades excedían a las de cualquier ninja médico de la Aldea, de haber superado el período de entrenamiento del Centro de Adaptación se habría convertido en una pieza clave dentro de las filas Uchiha. Pero nada de esto sucedió ¿por qué? ¿qué fue lo que la llevo allí?
La mirada contemplativa del azabache recayó en la única efigie de la pelirosa disponible en el informe; los soldados la tomaron pocas horas después de su captura, bajo los ojos esmeraldas se atisbaban los círculos cerúleos que delataban la privación del sueño, estaban hinchados y enrojecidos por el llanto al igual que el resto de su rostro, el cual, a pesar de las circunstancias, mantenía en alto; en su faz se apreciaba un aire altivo, desdeñoso, desafiante.
La comisura de sus labios se curvó ligeramente en una sonrisa. Probablemente Inabi tenía razón. Dentro de ella residía la llamada voluntad de fuego, el mismo impulso que mantenía a la Insurgencia de pie.
Motivado por un impulso desconocido, apartó la fotografía del archivo para observarla con mayor detenimiento. Movió la imagen un poco para verla desde otro ángulo. Aún cuando las condiciones en las que se encontraba en ese instante no eran favorables, la chica de la foto estaba rodeada por un aura difícil de ignorar. Tenía el cabello más corto, a duras penas acariciaba sus hombros. Sus grandes ojos verdes contrastaban con el extravagante color pastel de su cabello, nariz pequeña, una barbilla perfectamente puntiaguda. Era repentina e inequívocamente encantadora.
Escrutó la fotografía por más tiempo del que pretendía hacerlo. Puede que, si pasaba un par de minutos admirándola, su memoria traería a flote recuerdos reprimidos de la infancia dónde figurara ella. Necesitaba atar todos los cabos.
Al removerse en su asiento, oyó lo que pensó era el sonido de pies descalzos en las baldosas del pasillo de fuera, al lado de la puerta.
En un acto reflejo resguardó la foto en uno de los bolsillos de su pantalón, justo en el instante que su hermano mayor penetró en la habitación.
—Itachi— espetó; la voz carente de emoción.
El pelinegro yacía de pie bajo el umbral de la puerta, ligeramente recargado contra el marco de madera, con los brazos cruzados a la altura del pecho. Portaba el clásico uniforme de los Generales de división. Por el rostro cansado y la expresión enfadada, dedujo que debía haber arribado de la larga jornada laboral y, por lo visto, acababa de enterarse de los temas discutidos en la reunión matutina con su padre, pues el entrecejo fruncido lo alertaba de ello.
—No sabía que habías regresado— preguntó Itachi ladeando la cabeza—. Imaginé que tu estadía en Iwagakure se prolongaría.
—Las negociaciones cerraron rápido, Inabi consideró innecesario permanecer más tiempo en el País de la Roca— respondió, dejando entrever el tedio que le generaba hablar de la misión.
—¿Te encuentras bien?— preguntó.
—Creo que te corresponde responder esa pregunta— rebatió—.¿Cómo estás?— insistió.
Quería consolarlo, porque Sasuke siempre había tenido una debilidad por las cosas rota, en especial por su hermano mayor. Quiso rodearlo con ambos brazos, pero se contuvo.
—En definitiva, mucho mejor que la noche anterior— dijo encogiéndose de hombros, apenado.
La enfermedad que lo aquejaba poco a poco lo consumía. Conforme los días transcurrían, la vitalidad de Itachi se deterioraba.
—¿Es una buena ninja médico? — cuestionó. Apartó la mirada del rostro de su hermano para clavarla nuevamente en la ventana.
Lo único visible en el vidriero eran las tres líneas serpenteantes que convergían como ríos en un atlas.
—Lo es— convino Itachi con sinceridad—. Sus habilidades son sorprendentes, aunque limitadas.
Sasuke esbozó una sonrisa sardónica.
—Eso suena sumamente contradictorio.
—El arete que lleva en la oreja izquierda bloquea sus canales de chakra por completo. Me sorprende que sea capaz de acumular lo suficiente para efectuar un ninjutsu médico a la perfección— explicó el mayor de los Uchiha con detenimiento.
Así que eso era. Su padre orquestó la implacable búsqueda de la aprendiz de Tsunade con el único objetivo de salvar a su hijo.
—Papá debe estar desesperado— susurró—. Los demás Comandantes no estuvieron de acuerdo con la idea de refugiar a una insurgente en nuestra casa.
—Naturalmente— convino.
Sasuke chasqueó la lengua y frunció el ceño
A pesar de las diferencias persistentes entre Fugaku y su primogénito, Sasuke sabía que no lo abandonaría, en especial si la muerte amenazaba con llevarse a Itachi. Por ese motivo Sakura estaba allí, sus habilidades eran tan preciadas que no podían permitirse perderla.
—Todos estamos haciendo lo posible para protegerte— se reincorporó en el asiento oprimiendo con fuerza los puños.
—Nunca lo he pedido, yo…— Itachi se retrajo, dudando si debía continuar con la revelación—. El Régimen habría acabado conmigo hace mucho tiempo atrás.
Sasuke se volvió hacía su hermano, encontrándose con los fanales ónix atisbándolo seriamente. Alisó la fotografía resguardada en el interior de su bolsillo y pensó que Itachi estaba cambiando.
—Deja de fingir un momento conmigo, Itachi. No voy a tragarme las mismas mentiras que le dices a los médicos en cada chequeo de rutina— la indiferencia de su hermano le resultaba nauseabunda.
—Si los Comandantes llegan a saberlo no dudaran en ejecutarme— respondió el mayor con un tono de voz monótono, apagado—. Probablemente sea lo más apropiado.
Sasuke pasó los ojos en blanco.
—¿Por qué siempre suenas tan fatalista?
—Estoy siendo realista.
El pelinegro hizo una mueca y regresó la vista de nuevo a la ventana. La luz del exterior comenzaba a extinguirse a medida que el ocaso abría paso a la lúgubre noche sustituyendo los colores del cielo por un firmamento atestado de estrellas.
—El hecho de que ellos no hayan acabado con mi vida no quiere decir que sean compasivos— insinuó Itachi en algo que sonó más como una afirmación resentida—.Todo este tiempo he servido como un arma, un instrumento del cual no pueden deshacerse, en especial papá.
Sasuke tragó grueso.
Por más que intentase negarlo, dentro del Régimen cualquier persona era dispensable, inclusive ellos, la misma carne y sangre del General.
—¿Por qué no estuviste en la reunión?— cuestionó cauteloso.
—No fui requerido. Entregué el reporte de la misión a primera hora de la mañana— murmuró Itachi con sinceridad.
Un silencio prolongado se instaló entre ellos. Sabía que, si continuaba señalando obviedades, Itachi se cerraría de banda y no le contaría la verdadera razón de su ausencia en la junta matutina y en las anteriores a ésta. Era mejor no crearle recelos; necesitaba aproximarse a él con la guardia baja.
—Los escuche discutir— el propio Sasuke notó el tono mendicante de su propia voz—¿Fue por la misión?— inquirió.
Itachi apartó la mirada del suelo y se volvió hacia su hermano.
—No necesitas saberlo— respondió con una débil sonrisa. Aspiró aire y apartó la vista, señal, presintió Sasuke, de que algo realmente malo estaba ocurriendo entre los dos.
El mejor de los Uchiha se cruzó de brazos. Itachi caminaba por una cuerda floja, cualquier paso en falso lo condenaría a la muerte. Él procuraba ocultarlo, y la mejor manera de hacerlo, según su criterio, era restándole importancia.
—Puede que seas mi hermano mayor, pero aun así no puedo evitar preocuparme por ti… — Sasuke regresó su atención hacia los ojos apagados del aludido.
Itachi expulsó un suspiro largo, cansado; se encogió de hombros, demasiado consternado por las palabras recientes de su querido Otōto.
—Estaré bien, Sasuke, no hay nada de que preocuparse, te lo prometo— dijo él con una sonrisa fingida.
Expresó su rendición dejando escapar una enorme bocanada de aire, entendiendo enseguida que el secretismo de Itachi estaba bien fundamentado. En definitiva, esa era una conversación que no podían tener en cualquier habitación de la mansión o cualquier otro lugar de la aldea.
Derrotado, reparó en el insidioso dolor de cabeza que había comenzado desde hace más de dos horas, irradiándose hacia su nuca hasta depositar toda la tensión en los músculos de su espalda. Necesitaba un descanso.
—Algo te molesta— señaló Itachi.
Sasuke maldijo en voz baja, por un instante había olvidado la presencia de su hermano. Detestaba con todo su ser la facilidad con la que Itachi leía a las personas, pero no le sorprendía, a final de cuentas era un ninja de elite, el mejor en su línea. Los ancianos del Clan aseguraban que estaba listo para sustituir a su padre cuando el momento llegara, eso si la enfermedad que lo aquejaba no lo mataba.
—No confió en ella— confesó.
—Y no deberías hacerlo, no está aquí para convertirse en nuestra aliada— explicó Itachi a secas.
Sasuke arqueó una ceja.
—Y tu deberías seguir tu propio consejo— rebatió.
Itachi negó con la cabeza una vez, formando una media sonrisa.
—Sería estúpido de mi parte confiar ciegamente en ella.
Sasuke asintió. No había hablado con Itachi desde el día que ambos se marcharon a sus respectivas misiones. Hablar frente a frente, aunque fuese un instante, siempre era reconfortante.
—Tu vida yace en las manos de esa ninja médico— le recordó.
—Siento simpatía por ella. Al igual que yo, Sakura Haruno también es una herramienta— dijo en tono casual, alternando el peso de su cuerpo de una pierna a otra—. ¿Por qué crees que fue entrenada? Su misión era servir a la Insurgencia, hoy en día no es distinto, tan solo cambió de amo.
—Su destino no será distinto al de los demás— recitó Sasuke en murmullo, con la mirada ausente.
En el centro siempre estaba la insufrible idea de la muerte, nadie quería morir. Aún más insoportable era tener que matar. La guerra era una vivencia demasiado íntima. E igual de infinita que la vida humana.
Itachi esbozo una sonrisa cansada, a lo que Sasuke, en respuesta, arqueó nuevamente una ceja.
—¿Qué es lo que te causa tanta gracia?— quiso saber.
La melena larga y oscura del shinobi se batió en consonancia al lánguido movimiento de cabeza.
—No lo creo— recitó.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?— se aventuró a preguntar Sasuke.
—Es una kunoichi fuerte, la extinta Voluntad de Fuego reside en ella— sentó el Uchiha.
Continuará
N/A: Aquí Shekb ma reportándose con un nuevo capítulo de está intrincada historia.
Muchísimas gracias por sus lindos reviews, favoritos y follows, siempre estaré agradecida con ustedes, por lo tanto, espero compensar el tiempo de espera con está entrega. Este capítulo es corto pero indispensable para la historia. Como podrán notarlo estuvo narrado desde la perspectiva de Sasuke, la cual tiene mucho peso y un enorme desarrollo por delante.
Así mismo, ahondaremos en la dinámica que tiene Sasuke con todos los miembros de la familia. Quizá muchas de ustedes esperaban ver una interacción entre él y Sakura, pero la estoy reservando para los siguientes capítulos.
Hice mención de algunos puntos importantes del pasado de Sakura, al igual que los problemas que afronta Itachi.
Me gustaría desvelar más información, pero no se como hacerlo sin terminar haciendo un rotundo spoiler y arruinar las sorpresas.
En cuanto a los rangos militares, todos ellos están basados en el antiguo ejercito Imperial Japonés. La verdad es que no soy nada buena con la cuestión de la jerarquización, sin embargo, no dude en documentarme y otorgarle a cada uno el rango que le corresponde.
Una vez más extiendo una disculpa por la tardanza, no dispongo del tiempo para escribir como a mi me gustaría y tampoco de la rapidez con la que lo hacia años atrás. Tengan por seguro que estoy atenta a todos y cada uno de sus comentarios, y si no reciben una respuesta es por cuestiones meramente externas a mi persona. De igual forma, agradezco profundamente que dediquen una parte de su tiempo a leer este fic y dejar bonitos mensajes de aliento.
Sin nada más que decir, los dejo por un tiempo. Cuídense mucho, les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren. Espero leernos pronto ¡chao!
