Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Capítulo

IV

Fortaleza Kannabi

6 años atrás

El tiempo retomó su curso de manera vertiginosa casi ilusoria. El sonido de las manecillas del reloj retumbaba entre las cuatro paredes emulando el estruendo de un eco sonoro en un espacio abierto.

Inmersa en la oscuridad, giró sobre la cama; sus fanales esmeralda recayeron en la efigie de la noche enmarcada por la pequeña ventana. El pálido fulgor de la luna se filtraba como un escurridizo intruso entre las cortinas, iluminando tenuemente la habitación.

Había perdido por completo la noción del tiempo y el espacio. Las sombras jugaban en las paredes, caían como dedos espasmódicos sobre los muebles; ropas esparcidas yacían en el suelo, comida podrida en un plato junto a la cama.

Las lagrimas corrieron por sus mejillas. Inspiró con fuerza, cerrando los ojos, evitando que el aire escapara de su pecho. Aquel era tercer ataque de llanto consecutivo en las ultimas dos horas. Desde la captura de Tsunade, pasaba noches y días enteros oculta entre las cobijas, a merced del paso del tiempo. No tenía ánimos suficientes para abandonar la cama o realizar cualquier otra actividad que no fuese dormir. Estaba evitando la realidad.

Respiró en silencio, cerrando los ojos hasta convertirse en uno con la lobreguez. Sus labios se tensaron hasta formar una delgada línea recta.

Abrió los párpados de golpe al escuchar el firme e insistente llamado a la puerta. Aun se encontraba en la habitación sucia y desolada. Con pesadez, tomó asiento al borde de la cama y echó un vistazo a su alrededor, sopesando si debía encarar o no al inesperado visitante.

Sentía las piernas débiles y la boca seca. Las heridas de la batalla previa permanecían tan frescas como el primer día, palpitantes, molestas. Recurriendo a toda la fuerza de voluntad en ciernes consiguió ponerse de pie.

Recorrió a tientas los diez pasos que separaban la alcoba del recibidor. No tenía los ánimos de hablar con alguien sobre la captura de Tsunade. Se había recluido en sus aposentos para evitar las miradas de lastima o las charlas forzosas, nadie escucharía su agonía.

Tenía los hombros tensos, los ojos le escocían y las piernas le temblaban, no obstante, consiguió llegar a su objetivo y, sin pensarlo demasiado, abrió la puerta de golpe, notando danza del gélido aire invernal sobre su piel.

—Hola— el saludo vino de los labios de Shikamaru que comenzaba a materializarse frente a ella de manera etérea, casi irreal.

Lo contempló durante un segundo o dos tratando de comprender lo qué estaba sucediendo. El hombre de confianza de Kakashi yacía en el exterior, con los pies enterrados en la nieve y un bento en las manos. Bajo sus ojos se vislumbraban los vestigios de noches enteras en vela y la privación del descanso; las marcas cerúleas resaltaban tanto que cualquiera imaginaria que se había envuelto en una cruda pelea.

—Hola— respondió a secas.

—¿Puedo pasar?— solicitó el Nara, incomodo.

—Por supuesto.

De todas las personas disponibles en la división, Shikamaru era la última que esperaba ver en esos momentos. Al igual que ella intentaba asimilar el hecho de que Ino había sido capturada. Pese a sus esfuerzos, el estratega falló en una misión relativamente sencilla y, en consecuencia, su mejor amiga se encontraba desaparecida, posiblemente como prisionera de los Uchiha.

Para su sorpresa, Shikamaru tomó asiento en el discreto y desgastado sofá; colocó el bento sobre la mesa y clavó la mirada en el suelo, incapaz de hablar.

Dubitativa, dejó caer el peso de su cuerpo en el espacio disponible. Colocó ambas manos sobre su regazo. Aquel encuentro no duraría demasiado. Shikamaru era un joven de pocas palabras y, dadas las circunstancias, el estado anímico de la pelirosa era tan deprimente que toda acción la realizaba en piloto automático.

—Mi madre te envía esto, quiere asegurarse de que comas— apuntó él, refiriéndose al discreto bento de madera dispuesto en la mesa.

El mutismo cayó como peso muerto sobre ellos una vez más. Sakura no pretendía ser descortés, sin embargo, nada se le antojaba menos que interactuar con otras personas en esos momentos.

—Kakashi no puede detenernos— mascullo entre dientes con la mirada perdida en la nada.

Tras escucharla, en un gesto casi reflejo, Shikamaru se removió en su asiento, demasiado inquieto para disimularlo.

—Reunir a los hombres necesarios para hacerlo bien sería dejar la base vulnerable— explicó mirándola por un instante, encogiéndose de hombros.

Sakura frunció el entrecejo. Una bruma de incredulidad y decepción comenzaba a disipar los remanentes de buen juicio en ella.

—¿Entonces las abandonaremos?— la voz le salió inquiera cuando habló.

Notó la manera en que los músculos de la espalda de Shikamaru se contrajeron a la par que arrugaba la frente.

—Nadie quiere eso— replicó el shinobi cohibiéndose en el acto.

—Pero es lo que está pasando— escupió como si las palabras fuesen veneno en sus labios.

—¿Y si los Uchiha vuelven a atacarnos?— acotó.

El corazón de la pelirosa bamboleó desenfrenado y los nervios la hicieron estremecer.

—¿Son tus conclusiones o las de él?— preguntó, esforzándose en no permitirse cegar por la furia que la embargaba.

—Kakashi tiene razón— susurró derrotado.

—Si fuéramos tu o yo, Tsunade e Ino ya estarían a medio camino buscándonos.

Shikamaru sacudió la cabeza.

—No, no lo estarían.

—Claro que lo estarían, mierda— volvió a insistir, respondiendo con mayor ímpetu.

—No estamos seguros de que sean aliados de los Uchiha, el reporte es incierto— sus palabras fueron frías, tajantes.

—El prisionero mencionó que estaban con los Uchiha, portaban el uniforme de tácticas especiales de Iwagakure.

—¿Y qué si estaba mintiendo? Obtuvimos la confesión bajo tortura— espetó.

Desesperada se pasó de pie. El corazón le golpeaba las costillas, podía sentir la furia danzando sobre la piel, acumulándose en su garganta. Un estremecimiento la sacudió cuando las palabras brotaron de nuevo de sus labios.

—Shikamaru ¿Qué estas haciendo?

El aludido no era el tipo de persona que el miedo lo dominara. No. Shikamaru era práctico. Lo único que ocupaba su mente era dar soluciones a todas las problemáticas que los acosaban. Salvo por ese día en el que no podía actuar con firmeza.

—¿Sabes qué? Mañana me iré. Y si quieres venir conmigo, bien— afirmó Sakura a secas. Nada en su rostro reflejaba otra cosa que no fuese determinación.

—No tienes idea en lo que te estás metiendo— el asombro dentro de Shikamaru dio paso a la molestia—.No conoces el tamaño del grupo, sus armas…

—No me interesa— lo interrumpió—. No puedes hacerme cambiar de opinión. Ya tomé una decisión.

Shikamaru dejó escapar un sonoro suspiro.

Por lo que pareció una eternidad, ninguno se atrevió a mover un musculo. Intercambiaron miradas bajo la luz de estancia, incapaces de vociferar una palabra más.

—Dame un día para hablar con Kakashi ¿sí? — balbuceó con parsimonia—. Debe haber alguien que este dispuesto a ayudar.

Aunque su respuesta fue vaga, él solo buscaba tranquilizarla. No obstante, la aparente frescura del Nara surtió en ella el efecto contrario.

—¿Y si eso no sucede?

Ante la desconfianza de la Kunoichi, el castaño frunció firmemente el ceño: antes de que Sakura pudiera objetar algo más, acortó la distancia entre los dos y dejo caer ambas manos sobre sus hombros.

—Ya se me ocurrirá algo— le aseguró.

Ella la miró con frustración y mareó los ojos para no terminar fulminándolo. Shikamaru aguardó en silencio por su respuesta, procurando encontrar una razón para ese impulso imprudente que controlaba a Sakura.

—Sólo un día, por favor— pronunció, haciendo las pausas necesarias para conferirle a su voz la inflexión necesaria.

La pelirosa aspiró aire para destrabar su garganta, obstaculizada por la emoción que le producía toda esa situación.

—Está bien— cedió.

—Está bien— repitió el Nara.

Sakura suspiró un tanto conmocionada; a final de cuentas no sabia si sentirse aliviada o preocupada. La expresión serena de Shikamaru no se le antojó un buen augurio. La incertidumbre danzó una vez más en sus ojos, mas al pensar que tanto Ino como Tsunade podrían estar muertas.

»»»»««««

Se sentía un poco mareada. El mundo ya no era sólido e infalible, sino poroso e incierto. Cualquier cosa podía desaparecer, incluso ella misma. Al mismo tiempo, todo lo que miraba le parecía muy nítido.

Cerró los ojos en busca de oscuridad. A lo lejos se oían los sonidos que orquestaba la rutina matutina de los Uchiha: pasos apresurados, murmullos apagados, ordenes quedas. Del pasillo llegaba el trajín de Suzume de aquí para allá; se movía con un brío enérgico, ligero, como si caminara de puntillas.

No sabía qué hora era. ¿Se le habrían pegado las sabanas, llegaría tarde al entrenamiento? Entonces lo recordó: su vida en la base se había acabado. Nunca volvería allí, ni a nada de lo que conocía.

Estaba en la habitación que sus captores le habían designado desde el día de su arribo, tapada con el edredón blanco, llevaba aun la parte superior de uniforme y el pantalón, aunque no tenía las sandalias puestas. Se incorporó con cautela. Vio una mancha roja en la almohada, probablemente había expulsado un poco de esputo en la noche; los efectos secundarios del Byakugō eran soportables para cualquier usuario capacitado, no obstante, con el bloqueador de chakra aferrándose a todos y cada uno de sus nervios, tales consecuencias se transformaban en un pérfido castigo. Las nauseas y el mareo cesaron, pero estaba atontada.

Dejó escapar un largo suspiro. Levantó la vista hasta el techo. Quería regresar el tiempo aquel día. Solía padecer esos ataques del pasado, como desmayos, como una ola que invadía su mente. A veces podía soportarlo. ¿Qué podía hacer?, pensaba. No había nada que hacer.

Con las pocas fuerzas que le restaban, consiguió ponerse de pie, tambaleante. Debía componerse. Su persona era una cosa que debía componer, como se compone una frase. Ella representaba un objeto elaborado, no algo natural.

De pie en medio de la semipenumbra empezó a desvestirse. Mientras delegaba uno a uno las prendas en suelo, pensaba en la condición de Itachi. Su enfermedad estaba avanzada, y dadas las precarias circunstancias en las que ambos se encontraban, no podía hacer mucho por él. Cualquier médico en su sano juicio diría que el estado del paciente era reservado y, por lo tanto, se enfocarían en tratar el dolor.

Absorta en sus cavilaciones, escucho algo dentro de su cuerpo. Se había quebrantado, algo se rompió. El ruido subió desde el lugar roto hasta su cara. Sin advertencia. Si dejaba que ese sonido saliera al aire, se convertiría en una carcajada demasiado fuerte, alguien podría oírla y entonces habría idas y venidas, ordenes y quién sabe qué más. Conclusión: ninja médico inservible. Condena de muerte. Y luego una soga alrededor de su cuello, una píldora o una aguja. Podría ser fatal.

Colocó ambas manos delante de la boca, como si estuviera a punto de vomitar; cayó de rodillas, la carcajada hervía en su garganta como si fuera lava. Gateó hasta el armaría y subió las rodillas hasta el pecho; iba a ahogarse allí dentro. Le dolían las costillas de tanto contener la risa. Temblaba, se sacudía, sísmica, iba a estallar como un volcán

Ocultó la cara en los pliegues de la capa colgada, cerró con fuerza los ojos y las lagrimas empezaron a brotar.

Había pasado la noche entera en vela, llorando, lamentándose, porque eso era lo único que podía hacer. No habría escape, no habría una segunda oportunidad. Tan pronto como los Uchiha se dieran cuenta que ella era una farsa atarían una cuerda alrededor de su cuello y su cuerpo pendería en el aire hasta acabar con el remanente de oxigeno en sus pulmones, hasta que todo se tornara oscuro y la vida comenzara a abandonarla.

Al cabo de un rato consiguió tranquilizarse, como si se tratara de un ataque de epilepsia. ¿Por qué querría seguir intentándolo? ¿para hacer qué? En cualquier caso, para ella es inútil.

Sin más fuerzas para continuar, optó por quedarse acostada en el suelo, respirando aceleradamente, luego más despacio, nivelando la respiración. Lo único que escuchaba era el sonido de su corazón, el cual se abría y cerraba, abría y cerraba.

Llevaba atrapada días, años, tal vez siglos. Muerta en vida. Tan sola como cualquier persona, cualquier cosa. En ese mundo había mucho dolor. Poco a poco, se veía obligada a aceptar que era una chica que caminaba hacia una muerte certera; sin esperanza alguna, sin fuerzas, sin amigos. Sin amor.

Lo primero que escuchó luego del largo e ininterrumpido mutismo fue un grito y un estrepito. Era Suzume, que había dejado caer la bandeja del desayuno. Todavía tenía medio cuerpo dentro del armario, y la cabeza sobre la capa, que no era más que un bulto. Seguramente la descolgó de la percha y volvió a quedarse dormida encima de ella. Al principio no pudo recordar dónde se encontraba. La mujer estaba arrodillada a su lado, podía sentir su delicado tacto sobre la espalda. Cuando la kunoichi volvió a moverse, la mujer dejó escapar otro grito estrangulado.

—¿Qué pasa?— preguntó. Restregó una mano contra sus ojos y, paulatinamente consiguió reincorporarse. La cabeza le daba vueltas, tenía la garganta seca y el cuerpo le dolía.

—Me diste un susto de muerte— respondió molesta; la preocupación aun decoraba sus facciones—. Por un instante creí que…

Incapaz de encontrar las palabras, la oración quedó suspendida en el aire. Los huevos estaban en el suelo, había zumo de naranja y cristales hechos añicos.

—Lo lamento— dijo encogiéndose de hombros.

—Tendré que traer otro— masculló entre dientes. La mujer se arrodilló frente a ella con parsimonia. A pesar de la molestia en su tajante tono de voz, su semblante lucia calmado, tan inexpresivo como de costumbre—. Qué desperdició— acotó.

Motivada por la culpa, la pelirosa comenzó a recolectar los diminutos fragmentos de porcelana barata; las manos le temblaban y esperaba que tal signo pasara desapercibido ante la mirada de la meticulosa Suzume.

—¿Qué hacías tirada en el suelo?— quiso saber.

Sakura no quiso revelar el motivo que la mantuvo despierta toda la noche. No habría sabido cómo explicárselo.

—Estaba vistiéndome y creo que sentí un mareo, tal vez me habré desmayado— consiguió responder, titubeante.

Aquella respuesta fue casi peor, porque empezó a sacar sus conclusiones.

—¿Estás enferma?— preguntó de nueva cuenta, escpetica.

—No, no, esto bien— replico a secas—. No quiero preocupar a nadie ¿sabes?

Lejos de continuar analizandola, la jefa de ama de llaves continuó recogiendo los trozsos de huevo y los cristales rotos, juntando todo en la bandeja. Secó parte del zumo de naranja con la servilleta de tela.

—Traere un paño para limpiar esto— dijo con ademán serio. Percibió el desequilibrio en la mirada de Sakura con la precisión de un shinobi perfectamente amaestrado—. El General y su esposa están aguardando por ti abajo. Puedes tomar el desayuno en la cocina. Querrán saber por qué traigo más huevos, a menos que te arregles sin ellos.

Suzume la miró de reojo, furtivamente y comprendió que sería mejor que ambas fingieran que nada de eso había sucedido. Si ella decia que la habia encontrado tirada en el suelo, habría demasiadas preguntas.

—Me las arreglare sin ellos— le aseguró—. No tengo mucha hambre.

—Preparare una sopa de arroz y jengibre para ayudarte a recuperar fuerzas.

El corazón de Sakura dio un vuelco. Aquellas muestras de amabilidad no eran comunes en un ambiente tan hostil. Sin embaergo, la preocupación de Suzume consiguio conmoverla hasta la medula.

—Prometo no desperdiciar ni un bocado— agregó. No queria quedarse totalmente en ayunas.

Suzume salio con la baneja y volvió con un paño para limpiar el resto de zumo de naranja.

Después de levantarse, sintió que se espabilaba. Luego de asearse y vestirse, se observño en el gran espejo de la pared. No era la misma persona del anterior, aunque se pareciera. Abrió la puerta y fue descalza por el pasillo hasta la cocina.

Suzume no estaba allí. Un tazón humeante yacia sobre uno de los muebles de la cocina, aguardando por ella, tal como la ama de llaves lo había prometido.

Era la primera vez que se le permitia tomar el desayuno en otra habitación que no fuese su cuarto. Las ordenes de Mikoto Uchiha eran claras y, tanto ella como la matriarca del clan, evitaban verse las caras tanto como fuese posible.

Motivada por el gusano insistente de la curiosidad, comenzó a merodear por el angosto pasillo que conectaba la cocina y el comedor principal. Respiró hondamente, llenando sus pulmones hasta sentir que no habia más espacio entre su caja toracica.

Suzume y la otra joven disponian los alimentos sobre la mesa. Cada mañana preparaban un festin para la familia, aún cuando los hombres pasaran la mayor parte del tiempo recluidos en sus oficinas, lejos de casa. Sakura consideraba que aquello era un desperdicio cuando había familias muriendo de hambre en los campos.

La Kunoichi paseó su atención hasta llegar a los ocupantes de la mesa; a la cabeza, Fugaku sostenia un periodico. En el papel se vislumbraban las últimas noticias de la guerra, acompañadas por fotografias que enmarcaran la grandeza de los Uchiha, omitiendo por completo el número de bajas y las barbieres suscitadas en los distintos centros de correción social.

El sonido de la puerta principal al abrirse se unio con el ruido de las ligeras pisadas de la pelinegra; como de costumbre, Mikoto vestia un ostentoso kimono de seda; llevaba el cabello atado en un sencillo mono. La expresion de su rostro, a pesar de la jventud antinatural de sus garbosas facciones, era mortalmente seria.

—Buenos días, Anata— lo saludó con fingida familiaridad. Era visible que, después de tantos años de casados, ambos establecieran una rutina con la cual era sencillo fluir con el día a día.

—Buenos días— respondió el General sin apartar la mirada azabache del periodico, transformando a su hermosa esposa en otra pieza ornamentaria de la habitación.

—Despertaste temprano— comentó a la ligera.

—Había trabajo por hacer.

—¿Es por la reunión con los Kages?— preguntó Mikoto sin darle mucha importancia, llevando hasta sus labios la humeante taza de té—. Dales un mes, tendrán que levantar el embargo si no quieren que sus economías se desmoronen— agregó en tono calculador.

Un detalle que pasaba desapercibido para todos era el rol de Mikoto dentro del Regímen. Ella era la cara visible de esta figura femenina omnipresente en el ideario del dictador. Propugnaba las firmes convicciones nacional socialistas entre las mujeres de la aldea, dejando en claro que la unica función en la misión del General era tener hijos que permitieran transmitir e imponer los ideales del Regímen sobre aquellas almas errantes.

Uchihca Mikoto, en conjunto con las esposas de los demás capitanes, participaba directamente en la difusión de las más temibles ideas y acciones del clan.

Su participación dentro de la planeación del Golpe de Estado fue fundamental, de no haber sido por ella, Fugaku Uchiha habria fallado garrafalmente.

La puerta corrediza se abrio, alertando a las personas que yacian en el interior del inminente arribo de Itachi. Tanto Suzume como la chica se inclinaron en una profunda reverencia y emitieron un saludo formal.

—Buen día— dijo Itachi son sonar demasiado cordial.

Fugaku reparó en él y procuró en vano de aligerar la expresión estoica.

—Buen día, Itachi-san ¿desea que traiga su desayuno?— preguntó Suzume mientras le servia el té.

—Gracias, estoy bien por ahora— respondió el heredero en tono casual.

—Como usted ordene.

Desde su escondite, Sakura contaaba con una visión casi perfecta de todo lo que acontecia en la habitación.

—Por fin decides aparecer, hay algo que debo discutir contigo— espetó el General, tan rigido que en cualquier momento la mandibula se le fracturaria.

—¿Tiene que ser ahora?— cuestionó el primogenito, receloso.

—Si.

—¿Es necesario hacerlo aquí?— Inquirió el pelinegro viendolo de reojo. Sorbió el té con calma y esperó a que respondiera.

Fugaku contrajo el rostro rostro en una expresión furibunda y dio un golpe seco a la mesa.

La joven dio un brinco espantada y, en su defecto, la bandeja que llevaba entre sus manos acabó impactandose de lleno en el suelo. Nerviosa, la chica se colocó de rodillas,dispuesta a limpiar el desastre que había ocasionado, sin embargo, uno de los fragmentos de porcelana resbaló de su mano, abriendo la carne de la palma. Más pronto que tarde, borbotones de sangre comenzaron a mezclarse con el liquido caliente.

Los tres Uchiha giraron para verla, Mikoto con indignacion, Fugaku con hastio e Itachi con pesar.

—Deja eso y retirate—deliberó la pelinegra con agresividad.

En menos de un abrir y cerrar de ojos, la jovencita desapareció con dirección a la cocina, ignroando por completo la presencia de Sakura a su paso.

—Una kunoichi escapó— soltó por fin Fugaku, procurando maquillar el tono de decepción en su voz—. Pertenecia a tu equipo.

—No tienes que preocuparte, Anata— intervinó Mikoto en tono consolador—. El comando de captura se encargara de atraparla.

El patriarca cerró los ojos cansados, y sin cambiar el tono de voz e ignorando por completo el absurdo intento de su esposa por tranquilizarlo, se volvio a dirigir a su primogenito.

—Logró cruzar la frontera. Al parecer le concedieron refugio en Kirigakure— explicó Fugaku, conteniendo la necesidad de volver a golpear la mesa—. La entrevistaron. Todo lo que ha dicho está en los periodicos.

—¿Qué es lo que dice?— quiso saber Mikoto, luciendo igual o más costernada que su marido.

—Ya te imaginaras, mentiras y exageraciones, todo contado para hacernos ver como lo peor posible.

Itachi regresó su atención hacia los tormentosos ojos de su padre.

—Lo lamento, no sabía que había conseguido llegar tan lejos.

—Por supuesto que no lo sabias— ironizó el General—. Los comandantes han convocado a una reunion para hablar del asunto— su labios formaron una perfecta linea recta—. ¿Qué clase de Geral eres cuando uno de tus miembros más allegados consigue escapar y traicionarnos? Eres un ingenuo.

El mutismó reinó por una fracción de segundo en la sala. Evidentemente, el circulo interno de Fugaku comenza a mostrar fracturas. El testimonio de aquella chica tan sólo pondría en alerta los demás Kages sobre la falsa imagen de paz propugnada por los Uchiha fuera de las murallas.

—Dile a Kabure que envie una respuesta por escrito. Lo importante no es desacreditar lo que ha dicho sino desacreditarla a ella misma— dijo Mikoto con determinación.

—No debes preocuparte por eso, querida. Hombres capaces se encargaran de solucionarlo— masculló Fugaku—. En cuanto a ti, espero verte en mi oficina para la reunión— se dirigió a Itachi.

Sin detenerse a la dialogar un instante más, Fugaku abandonó el comedor. En cuanto a Itachi, dejó su té intacto y caminó hacia la otra puerta de la habitacion, esa que daba directamente a los bellos jardines de la mansión.

—Itachi, podemos hablar si lo deseas— sugirió la matriarca en un tono conciliador.

El aludido apretó con fuerza la manecilla de madera y deslizó la puerta.

—Nos vemos más tarde, mamá.

»»»»««««

Recorrió la extensa galería con pasos renqueantes, poco a poco, dejando en claro su deseo de estar en otro lugar.

Luego de la discusión protagonizada por Fugaku e Itachi a la hora del desayuno, la matriarca del Clan solicitó verla a solas, al parecer necesitaba discutir un asunto de suma importancia con ella y debía ser de inmediato.

Sin más remedio y armándose de valor, abandonó los confines de su habitación para encarar la furia de la pelinegra.

A medida que acortaba la distancia, sentía que los ojos se le llenaban de lágrimas. Se abría otro vacío en la realidad. Era como si se abriera un foso bajo sus pies y la tierra la tragara, no sólo a ella, sino también a la casa, la habitación, su pasado y cuanto sabía de si misma; sentía que caía. Se asfixiaba, sumiéndose en la oscuridad, todo a la vez.

Frenó en seco al escuchar las voces provenientes de la habitación. Durante los últimos días, en la mansión Uchiha había más movimiento de lo habitual. De acuerdo con Suzume, el General recibiría a los Kages de las otras Naciones dentro de dos semanas, se trataba de una reunión meramente diplomática, sin embargo, era la oportunidad perfecta para deslumbrar a sus invitados. Fugaku necesitaba el apoyo de los otros lideres para subsistir. La guerra no solo implicaba costos humanos, sino también económicos; si el Régimen quería solventar los gastos del ejercito y las batallas, lo mejor era establecer tratados económicos beneficiosos para todas las partes.

Tal como lo imaginaba, Mikoto era la encargada de planificar la velada. Sabía que la pelinegra detestaba esa tarea tanto como a ella, lo había visto esa mañana en el altercado del desayuno. La Uchiha fue obligada a ocultar su letalidad como Kunoichi tras un fingido fervor nacionalista. En todas las fotografías existentes de ella aparecía con el cabello negro recogido, bellos kimonos de seda y siempre con una sonrisa discreta. Su estética y comportamiento eran el patrón a seguir por las aspirantes a formar parte del modelo Uchiha femenino impulsado por el Régimen.

Dio un respingo asustado al escuchar la puerta abrirse. Pasó la vista de soslayo hacia la persona que acababa de abandonar la habitación.

—Sakura— la llamó.

La aludida permaneció de pie, insegura.

—Sí, tú.

Volvió hacia ella la mirada fragmentada por los rebeldes mechones de cabello que enmarcaban su enrojecida e hinchada faz.

—Ven aquí. Te necesito.

Cerró la puerta tras ella, arribando a una amplia habitación. Se trataba de un sobrio estudio. Al otro lado del cuarto se vislumbraba un amplio ventanal que iluminaba todo a su alrededor. Más allá del impecable vidrio se proyectaba el esbozo del perfecto jardín. El sauce lucia un follaje abundante; por el rabillo del ojo vio el movimiento de las ramas.

Del otro lado del escritorio yacía una discreta silla, con Mikoto sentada sobre ella. Sus bonitos ojos negros se ocultaban detrás de un par de lentes de lectura; era habitual que, a causa de los divinos poderes ocultares de los que eran poseedores, su visión comenzara a desgastarse al punto de dejarlos tan ciegos como una tapia. Ese era el caso de Itachi.

—Puedes sentarte— le comunicó. Sobre la mesa se oteaban una serie de papeles con letras y números; cerca de ella tenia una taza de algo, té o café—. Estas reuniones son endemoniadamente innecesarias. Ya era hora de que se marchara.

La kunoichi obedeció sin rechistar. Al mismo tiempo Mikoto continúo escribiendo una serie de notas al pie de las paginas.

—Puedo volver en otro momento si usted lo desea— comentó por lo bajo.

—Tonterías— negó con la cabeza—. No habrá mejor momento para charlar.

Sakura tragó grueso. Desvió la mirada de los finos dedos de la pelinegra hasta posarla en el discreto retrato donde Itachi y Sasuke posaban junto a un gato; ambos lucían sonrientes, genuinamente felices. Se afanó en apartar los pensamientos absurdos que empezaron a rondar por su mente. Era difícil creer que antes del Régimen la vida de todos había sido tan distinta, que antes del todo el dolor existió algo.

—Suzume me contó que te desmayaste ¿estás enferma?— preguntó a la par que enarcaba una ceja y clavaba la mirada inquisitiva en ella.

—No. El bloqueador de chakra consume gran parte de mi energía— explicó con precaución, meditando cada palabra antes de ser pronunciada.

Mikoto aguardó un instante antes de responder.

—Hablare con Fugaku para contemplar la opción de removerlo o encontrar una alternativa, debe haber una forma en la que puedas cumplir con tu trabajo ¿cierto?

«Algo que me permita salir de aquí», pensó.

—Se lo agradecería profundamente— mascullo Sakura sin querer sonar esperanzada.

La pelinegra asintió en silencio y se puso de pie. Sakura podía escuchar el incesante martilleo de su corazón, por un momento imaginó que saldría disparado de su caja torácica hacia algún punto de la habitación.

—He notado cierta mejoría en Itachi— Mikoto despegó un instante la mirada del ventanal y volvió a depositarla en ella—. Se qué aun es pronto para determinarlo, pero aún tengo esperanza.

—Uchiha-Sama— la llamó Sakura con voz estrangulada.

Para su sorpresa, la matriarca se arrodillo ante ella y tomo sus manos en un gesto maternal.

Las pupilas se le dilataron presas del pánico. Maldijo por dentro. En lo más profundo de su ser, imploró a los dioses para que acabaran con su tormento. El sentimiento de impotencia era una constante en su vida.

Una extraña mezcla de ansiedad y emoción danzaba por el rostro de la Uchiha. No iba a culparla, a final de cuentas Itachi era su hijo, estaba claro que haría hasta lo imposible para salvarlo, incluso si eso requería posar su confianza en las manos de su enemiga.

¿Cómo iba a decirle qué solo le quedaban unos cuantos meses de vida?, conforme los días transcurrían la enfermedad de Itachi progresaba. Los misterios de la vida y la conquista de la muerte eran una misión complicada para una kunoichi tan versada como ella.

Sakura bajo la vista; Mikoto la levantó. Era la primera vez en mucho tiempo que se miraban fijamente a los ojos. Desde que se conocieron. El momento se prolongó, frio y penetrante.

—Intentamos todo durante mucho tiempo. Ha sido complicado mantener la esperanza, pero aquí estás— susurro afable, pero distante—. Tú eres nuestra salvación.

A medida que Mikoto continuaba hablando, la garganta de Sakura se estrujaba en un montón de nudos prietos.

—Uchiha-sama— llamó nuevamente; su voz sonaba trémula, estrangulada. Por las mejillas comenzaron a rodar las lagrimas. Su vida estaba en juego; pero así estaría tarde o temprano, de una manera u otro, lo hiciera o no—.No puedo hacer nada por Itachi, no puedo salvarlo.

Poco a poco, la afable sonrisa de Mikoto se transformó en una mueca mortalmente seria, atestada de furia e incredulidad.

—Probablemente le queden unas cuantas semanas de vida si tenemos suerte— continuó—. Tal vez pueda prolongarlo unos cuantos meses.

—¿Cómo?— la interrumpió abruptamente.

—No sé qué es lo que sucede con él y sin un diagnostico certero no puedo curarlo— respondió, cuidando de no revelar su irritación—. Si tan sólo me da la oportunidad de acceder a la biblioteca y el hospital, probablemente encuentre la manera de salvarlo, o mejorar su calidad de vida.

El rostro de Mikoto lucia desfigurado por la furia; el tacto que minutos atrás era suave se tornó firme y brutal; podía sentir las uñas clavándose en la piel de su antebrazo.

Con una fuerza descomunal, la Uchiha la obligó a ponerse de pie y, de la misma forma, la llevó a rastras por el pasillo hasta llegar a su habitación.

Sakura mordió sus labios con fuerza, notando el sabor metálico de la sangre diluirse con su saliva.

Cuando por fin arribaron, Mikoto la lanzó al suelo sin consideración alguna; el rostro de la pelirosa impactó de lleno contra la superficie.

—¡Te quedaras en este lugar hasta que encuentres la manera de salvar a mi hijo!— exclamo. Tenía el rostro enrojecido y algunos mechones habían escapado de su confinamiento para adherírsele en la piel de la faz—. ¡¿Quedo claro?! — volvió a despotricar.

En medio de sollozos, Sakura contesto:

—S-si.

Mikoto alisó las arrugas del kimono y caminó hasta la puerta.

—El tiempo se acaba— mantuvo el mismo tono de voz cuando agregó—: las cosas pueden empeorar para ti.

Sakura bajó la cabeza y dejó que su frente chocara contra el suelo de madera. Apretó con fuerza una mano contra sus labios, reprimiendo los sollozos que no podían detenerse. Las lagrimas resbalaban sin piedad por sus mejillas como un diluvio.

Continuará

N/A: Lo prometido es deuda y después de tantos meses de ausencia regresé con una actualización :D

Antes que nada, les pido una disculpa, estos últimos meses estuve absorta en ciertos asuntos personales que me impedían sentarme a escribir y darle un seguimiento a la historia, sin embargo, ahora cuento con más tiempo libre y espero poder avanzar muchísimo con este fic.

Ahora, me gustaría abordar unos cuantos puntos sobre el capítulo de hoy :3

La Mikoto de este fic está OC, pero es totalmente intencional. Normalmente nos la muestran como la madre y esposa abnegada, sin embargo, aquí tiene un papel importante, con mucho peso y relevancia.

Me gusta abordar el estado emocional de Sakura, esto será una constante, a final de cuentas su pasado es traumático y, por lo tanto, como cualquier humano ante situaciones de estrés o shock expresa sus sentimientos y emociones.

Este capitulo se centró en la relación Mikoto-Sakura (ojo, puede que en este momento no tenga mucho sentido, pero más adelante lo verán), así como en mostrar la dinámica entre los Uchiha y mostrar esas grietas en la relación.

Si todo fluye bien y sin complicaciones, espero no demorar en actualizar, intentare establecer subir un capítulo por semana :3 pero ténganme paciencia.

Como siempre, muchísimas gracias por leer y dejar un bonito review. Sus comentarios, follows y favorites me ayudan a continuar.

Espero que haya sido de su agrado, sin nada más que añadir, yo me despido, ¡cuídense mucho! Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren ¡feliz fin de semana!

¡Nos leemos hasta la próxima! ¡Chao!