Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Heredera de la Voluntad de Fuego

V

Konohagakure, 5 años atrás.

Uchiha Sasuke era un muchacho sencillo, demasiado práctico para el gusto de algunos, metódico, cuadrado. Detestaba muchas cosas, había formulado una meticulosa lista mental sobre todo lo que odiaba, era extensa y, por ende, prefería reservarla para si mismo. Sin embargo, existía algo que aborrecía por encima del mal comportamiento y la estupidez humana: las visitas al Centro de Detención.

Normalmente, la tarea se le delegaba a los capitanes de escuadrón, ellos eran los encargados de seleccionar, supervisar y tamizar el cargamento de prisioneros que arribaba mensualmente a la aldea. La mayoría de los presos eran aldeanos, sencillos campesinos que se habían visto envueltos en el violento vorágine de la guerra. El proceso de selección era práctico, se delegaba a las personas a diferentes campos de trabajo tomando en cuenta sus habilidades, gran parte de ellos se dedicaba a la agricultura, por lo tanto, no era extraño que familias enteras fuesen enviadas a las afueras de la aldea para arar las tierras del Régimen, proporcionándole a la capital los elementos suficientes para el óptimo funcionamiento y desarrollo de sus ciudadanos.

La situación se tornaba interesante cuando en dichos cargamentos encontraban a shinobis desertores o miembros de la Insurgencia. Para ellos la cosa era escabrosa, un tanto complicada; tan pronto como ponían un pie dentro de la aldea, el Régimen los consideraba criminales peligrosos. Para evitar una revuelta y a manera de castigo, se les enviaba directamente a los campos de trabajo forzado, donde pasaban el resto de su existencia tratando de expiar sus pecados ante la aldea y su General.

—Shisui-taichou — saludó uno de los guardias con efusividad, mostrando el debido respeto con una sencilla reverencia.

La mayoría de los custodios que trabajaban en el edificio no eran más que soldados rasos sin cualidades o méritos a destacar. Todos ellos pretendían formar parte del ejercito principal, sin embargo, debido a su posición, con suerte llegarían a integrarse a uno de los tantos batallones de menor importancia que servían como carne de cañón.

Shisui devolvió el saludo con formal movimiento de cabeza, discreto. Era bien sabido que cualquier Uchiha, no importaba su posición, enfundaba admiración, miedo y respeto por igual, ellos no eran la excepción.

—Tan pronto como arribemos a la oficina del Teniente Yakumi pondremos fin a esto— alegó Shisui cuando estuvieron a una distancia prudencial del guardia que custodiaba la entrada.

—¿Por qué haces esto?— quiso saber Sasuke, mostrando más hastió que curiosidad.

Descendieron tres pisos hasta arribar al nivel del sótano. La distribución del lugar era tan caótica y pérfida como su aburrida fachada de ladrillos naranjas y ventanales de vidrio polarizado. Aquel edificio funcionaba como un filtro y, hasta cierto punto, como un centro de interrogación y tortura no oficial.

—No tengo otra opción ¿o sí?— dijo al mismo tiempo que formaba una sonrisa floja—. Además, es lo que debes realizar si pretendes quedarte con mi puesto, alguien tiene que encargarse del trabajo sucio.

Dentro del Régimen la denominación "trabajo sucio" podía significar una infinidad de cosas, todas ellas inhumanas, crueles. En algún punto de su carrera militar, Sasuke se vería obligado a realizar tal trabajo con tal de proteger los ideales que su padre, con sumo esfuerzo y sacrificio, había propugnado durante todos esos años.

—Sasuke, antes de ingresar hay algo que debo advertirte— le dijo Shisui colocando una mano sobre el hombro del aludido para detener su marcha, obligándolo a encararle—. Lo que vas a ver allí adentro puede ser… impresionante y difícil de digerir. Procura mantener la mente en el objetivo, sólo se trata de un trabajo más.

Este ultimo comentario encendió todas las señales de alerta. Hasta el momento, las visitas de Sasuke a cualquier Centro de arribo o trabajo eran esporádicas y sumamente extrañas. Ante la inminente promoción de Shisui, Fugaku había considerado prudente proponer a Sasuke como un posible sustituto para el puesto, su hijo cumplía con todos los requerimientos y excedía la lista de méritos básicos para convertirse en Capitán. Tan rápido como la noticia alcanzó los oídos del Uchiha, se ofreció a capacitarlo, estaba claro que lo elegirían, así que durante las últimas semanas el trabajo de Shisui consistía en preparar al hijo menor del General para tomar las riendas del batallón.

Una sensación ajena a sus pensamientos se instaló en la base de su cráneo a manera de descarga eléctrica cuando Shisui empujó la pesada puerta metálica, desvelando una habitación oscura, a duras penas iluminada por viejos focos titilantes.

Dentro de la estancia se respiraba el inconfundible hedor de los cuerpos sin lavar mezclado con un olor rancio y con la humedad general. El aire era irrespirable.

—Pero mira que tenemos aquí, nada más y nada menos que Uchiha Shisui— resonó una voz no muy lejos de donde se encontraban.

Ambos hombres giraron para ver al Teniente Yakumi Uchiha acercarse a ellos. Detrás de él se aproximaba sigilosamente una mujer de facciones garbosas y atuendo militar.

—Yakumi-san— saludó Shisui amablemente.

El hombre le devolvió la reverencia. Llevaba puesto el uniforme característico que se le designaba a los Tenientes del clan Uchiha. La mujer que lo acompañaba se situó silenciosa a sus espaldas, procurando que su presencia pasara inadvertida.

—Han pasado siglos desde la última vez que estuviste de visita— comentó en tono casual.

Shisui se encogió de hombros aparentando inocencia.

—Estuve ocupado en el frente— explicó—. Pronto será mi promoción, por eso traje compañía— señaló a Sasuke quien, durante toda la interacción, permaneció en absoluto silencio.

Una carcajada gutural resonó escandalosamente entre las paredes del lugar.

—Uchiha Sasuke, el hijo del General Fugaku— saludó Yakumi—. Por un momento no te reconocí, sin embargo, puedo ver más rasgos de Mikoto en ti. Recuerdo que antes de iniciar el Golpe de Estado eras solo un niño, ahora ya eres todo un hombre y próximo capitán— balbuceo alegremente.

Sasuke sintió una punzada en las sienes. Odiaba las falsas adulaciones. Todos los hombres de su padre procuraban aproximarse a ellos con la intención de asegurar un puesto en el Consejo, cualquiera estaría dispuesto a ayudarlos con el único objetivo de ganarse la confianza del General.

—Lamento interrumpir, pero ¿podemos dejar los halagos para después? Ahora mismo no tenemos mucho tiempo— intervino Shisui al percatarse de la incomodidad de Sasuke.

—Por supuesto— dijo avergonzado y ligeramente ruborizado—.Los documentos están en mi oficina.

En medio de las penumbras, el pequeño grupo reanudo la marcha con dirección al gabinete del Teniente.

—Antes de llegar aquí le estaba explicando a Sasuke la dinámica de selección para los campos de trabajos forzados— terció Shisui.

Pensativo, Sasuke permaneció en silencio, subió los peldaños uno a uno, analizando todo lo que sus ojos alcanzaban a capturar en la oscuridad.

—Los campos de trabajos forzados no son tan malos— dijo el Teniente—. En el curso de Orientación Básica llevan a los reclutas a visitar uno: hay duchas, y camas con colchones, artes y pasatiempos; ya sabe: artesanías, cosas como hacer velas y manualidades— añadió.

Sasuke contestó sardónicamente:

—Un verdadero paraíso.

Tras eso hubo un silencio, exceptuando el ruidoso traqueteo del generador de energía.

Yakumi abrió la puerta sin dudar, permitiéndole a sus invitados ingresar: la habitación era pequeña, rectangular; luces blancas iluminaban hasta el ultimo rincón de la oficina, desvelando el orden y opulencia que imperaban en el interior.

—Llegaron en buen momento— recitó el Teniente, emocionado—, acaba de arribar un cargamento con prisioneros de guerra, esto es extraño— dijo al mismo tiempo que le extendía a Shisui una serie de folios resguardados en carpetas beige.

—¿Cuántos?— preguntó el joven capitán.

—Alrededor de cincuenta, la mayoría son desertores o enemigos.

La mirada de Sasuke viajó del rostro del Teniente hasta el enorme ventanal que enmarcaba la zona de reunión. Un inmenso sudario de luz cubría cuánto alcanzaba la vista. Era un espectáculo que helaba la sangre.

¿Qué les tendría reservado el destino a ellos? Procuró hacer las conjeturas más razonables, pero su imaginación se negaba a encontrar una explicación lógica.

El estrepito de la alarma acabó con cualquier remanente de mutismo y tranquilidad. A los costados, dos puertas de metal se elevaron y, como si se tratase de una estampida, prisioneros despavoridos ingresaron en la sala, envueltos en un manto de incertidumbre y miedo.

Las mujeres fueron colocadas a un lado y los hombres en otro. Frente a las jaulas, los médicos debían situarse en un grupo separado con maletines quirúrgicos. Aquello era un buen augurio.

—Supongo que a esto se refería el General cuando mencionó algo sobre un cargamento especial— acotó Shisui, levantando una carpeta que figuraba como la primera en la montaña de papeles.

La conversación de fondo no era del interés de Sasuke, su atención estaba centrada en el pérfido espectáculo protagonizado frente a sus ojos. Aquellas personas no eran tratadas como humanos.

La garganta se le estrujo en un nudo prieto al atestiguar como un anciano era molido a golpes por los guardias, sin consideraciones o remordimiento. El hombre había perdido el equilibrio a causa de los empujones.

—Todos ellos son Chūnin. Serán enviados a los campos de trabajo forzado— asintió el teniente brevemente.

—No— se negó Shisui, atrayendo un par de ojos sorprendido ante la repentina protesta—. Serán enviados al centro de readaptación. Servirán para sustituir el imprevisto numero de bajas.

—Como usted ordene— accedió, cauto—. Ahora, si me lo permite, hay algo que me gustaría mostrarles.

Shisui y Sasuke intercambiaron miradas. Sin lugar a dudas, el teniente hablaba en serio cuando mencionó que habían arribado en el momento adecuado. Siguieron al hombre a una habitación contigua, el silencio era opacado por los llantos y gritos a su alrededor.

El tamaño del cuarto era irrisorio en comparación a la discreta oficina del teniente. En la pared se oteaba un enorme ventanal con vista a lo que parecía ser un consultorio médico; ante ellos desfiló un pequeño grupo de prisioneros, todos portaban esposas especiales para bloquear el chakra y visores del mismo material.

—Desertores— dijo Yakumi al interpretar la repentina, pero silenciosa curiosidad de Sasuke—. Algunos de ellos abandonaron sus batallones y otros cuantos consiguieron escapar de los campos de trabajo forzado.

—¿Hay algún Uchiha entre ellos?— preguntó Shisui alzando una ceja.

—Tres.

—Bien, regresaran a sus batallones de origen. Asegúrese de reintegrarlos de inmediato— ordenó—.Aquellos que escaparon de los centros de readaptación serán enviados a los campos de trabajo forzado.

Sasuke estaba impresionado por la pericia de Shisui. Jamás imaginaria que un idiota como él conseguiría actuar de manera fría y calculadora ante una situación tan difícil. Había juzgado mal al mejor amigo de su hermano, sin embargo, tenía sus razones para hacerlo.

Al igual que con el anciano de hace algunos instantes, la atención de Sasuke recayó en una prisionera en particular. Posiblemente se debía a que era la única mujer del grupo compuesto por hombres. Estaba de rodillas en el suelo, con las manos atadas detrás de la espalda y los ojos cubiertos por el visor. Su piel era blanca, se le antojo suave y cálida; tenía la nariz respingada y sus voluminosos labios temblaban a causa del miedo o las inclemencias del clima invernal. Portaba el característico uniforme de la resistencia, en su brazo derecho relucía el brazalete que la identificaba como ninja médico.

—¿Quién es ella?— preguntó de inmediato, apartando la mirada del cristal para vislumbrar a los otros dos hombres que lo acompañaban.

—Prisionera 2804— habló Yakumi—. De acuerdo con los informes, es miembro activo de la Insurgencia, grupo liderado por Hatake Kakashi. Fue capturada hace dos días mientras intentaba escapar— explicó el teniente observando una de las carpetas entre sus manos—. El escuadrón que la acompañaba fue aniquilado, ella es la única sobreviviente.

—¿Por qué no esta completo el expediente?— cuestionó Shisui con calma.

—Estamos trabajando en ello. Gracias a su nombre y fecha de nacimiento descubrimos que es originaria de Konohagakure. Tenemos los registros de su ingreso a la academia hace diez años.

—Mencionaste que es parte de la Insurgencia ¿existe una relación cercana entre ella y Hatake Kakashi?— quiso saber Shisui.

Los prisioneros como ella eran diamantes en bruto, hermosos tesoros para los Uchiha. A los miembros de la resistencia se les proveían capsulas de veneno, por si las cosas se tornaban peores. Ellos despreciaban este acto de cobardía, pero los rebeldes consideraban tal recurso como el valor ultimo de la libertad.

El protocolo de bienvenida para los miembros de la Insurgencia era diferente al de cualquier otro prisionero. Después de esto, la chica seria enviada al departamento de inteligencia para someterla a exhaustivos interrogatorios que permitiesen obtener toda la información posible respecto a la organización y sus lideres.

—Probablemente— se aventuró a responder el teniente—. Si de algo estamos seguros es de su relación con Tsunade Senju, al parecer fue su aprendiz.

La mirada de Sasuke regresó a la aludida como un rayo. De ser verdaderas las palabras del Teniente, los Uchiha tenían bajo su posesión a una integrante fundamental dentro de la Resistencia.

Shisui permaneció en silencio durante un segundo o dos, contemplativo. Una considerable cantidad de arrugas pobló su frente al mismo tiempo que arrugaba el entrecejo y tensaba los labios hasta formar una delgada línea recta. No cabía duda que estaba deliberando el destino de la chica.

—Cuando finalicen con el interrogatorio asegúrense de enviarla a uno de los centros de readaptación. Estoy seguro que podría ser una adhesión importante a nuestras filas— deliberó el pelinegro.

El teniente asintió con un vehemente movimiento de cabeza.

Al otro lado de la habitación, cinco guardias ingresaron para dirigir a los detenidos a su nuevo destino. Sin mostrar un ápice de delicadeza, tomaron a la kunoichi de ambos brazos, obligándola a ponerse de pie.

—Supongo que esto es todo por hoy— suspiró Shisui.

—Nosotros nos encargaremos de ahora en adelante— le aseguró el teniente.

Ambos realizaron el característico saludo en honor al General.

—En marcha, Sasuke— susurró su acompañante al pasar a lado de él.

Incapaz de apartar la mirada de aquella enigmática chica, el aludido observó como era dirigida hacia otra habitación desconocida, lejos del curioso escrutinio de los visitantes.

Jamás pasaría por la mente de Sasuke que, cinco años después, vivirían bajo el mismo techo: ella en condición de prisionera y él como su verdugo.


Los brazos a los costados y las piernas separadas al nivel de los hombros, exponiendo la adecuada postura de un shinobi perfectamente entrenado para el combate. Llevaba dos horas en esa posición, sin mover ni un solo musculo.

La dupla de sastres circulaba a su alrededor como abejas rechonchas en busca de miel, el más amaestrado, observaba con ojo critico los detalles a modificar y su asistente anotaba con rapidez tales observaciones, plasmando notas sencillas al pie de pagina con una caligrafía perfecta.

Encontraba innecesario formar parte de una reunión tan ridícula como la cena con los aliados. Cada año el General invitaba a sus adeptos a la mansión para discutir el rumbo de la guerra y festejar el éxito de las batallas. Era la oportunidad perfecta para llevar a cabo negociaciones económicas, políticas y bélicas que beneficiarían a todos los ahí reunidos. El Tsuchikage era uno de los más amparados y esperaban que pronto la Mitzukage, Mei Terumi, se uniera al selecto grupo.

—¿Es realmente necesario?— preguntó Sasuke al borde de la originalidad. Comenzaba a sentirse frustrado y juraba que, si esos dos hombres no se daban prisa, acabaría despojándose del traje sin explicación alguna.

—Lo es— resopló Mikoto, ignorando por completo la rabieta del menor de sus hijos.

—Podría utilizar el uniforme de gala ¿sabes?— comentó.

Mikoto se giró a verlo con el rostro contorsionado por la impresión, no podía creer que su hijo sugiriera reutilizar un atuendo viejo y desgastado como los austeros uniformes de gala que sólo portaban en reuniones oficiales o funerales.

—Por supuesto que no— negó indignada—. La ultima vez que utilizaste ese traje fue el día de tu promoción a Capitán, eso hace siete años.

La cena del General era un acontecimiento por todo lo alto de la aldea, estaría acompañada de música preciosa, flores y boato, un ejercito presentable y ajuares esplendidos. Sin duda, el consejo se opondría. Esos vejestorios de rostro gris no insistirían en que la reunión se celebrara sin pena ni gloria conforme a las ordenanzas de austeridad que agobiaban a los ciudadanos en su día a día.

Todo ello exigía que los hijos de Fugaku estuviesen vestidos con lo mejor de lo mejor.

—Sasuke tiene razón— coincidió Itachi al otro lado de la sala.

Enajenada, la pelinegra frunció el entrecejo e intercalo la mirada entre los dos muchachos, tratando de comprender qué clase de plan estaban entramando a sus espaldas.

—¿Acaso ambos se pusieron de acuerdo para contradecirme?— esa última suposición fue recibida con un par de sonrisas tímidas.

—Por supuesto que no, mamá— murmuró repentinamente Itachi—. Lo que Sasuke quiere decir es que no tiene caso hacer un despilfarro para un evento de esta magnitud.

Mikoto hizo una mueca con los labios.

—La comunidad Internacional nos visitara. Es nuestro deber causar una buena impresión en ellos— reveló la matriarca—. Esta reunión es importante para su padre, ambos como hijos del General deben lucir su parte, en especial tú, Itachi— dirigió la mirada oscura hacia el sitio donde se encontraba su primogénito.

Por primera vez en mucho tiempo, Sasuke sintió pena por su hermano. Al ser el primer hijo, tanto su padre como el clan entero tenían grandes expectativas. Desde pequeño se le consideró un genio. Sus habilidades dentro y fuera del campo de batalla eran admiradas y temidas por partes iguales. Itachi representaba al Uchiha ejemplar. No obstante, detrás de esa fachada, sabía que su querido hermano se encontraba atrapado en una encrucijada interna sobre el deber y el honor. Al igual que todos, estaba harto de la guerra. La paz que tanto había soñado empezaba a transformarse en una utopía, no era más que un objetivo imposible.

Cuando el sastre y su asistente finalizaron, Sasuke bajó de la pequeña plataforma improvisada. El espejo de la habitación le regresaba la imagen del terror de muchos inocentes.

Poco a poco, y sin apartar la mirada del cristal, se despojó del ostentoso saco, mismo que estaría decorado con las diferentes insignias coleccionadas en su trayectoria militar.

—La nieta del Tsuchikage vendrá en representación de su abuelo— Mikoto bajo la voz para que nadie los oyera—. La ultima vez que acudieron a Iwagakure despertaste particular interés en ella, Itachi.

El aludido estrujo los puños a lado de su cuerpo.

—Pensé que esta reunión era meramente política— dijo Itachi en tono casual.

—Oh, claro que lo es— sonrió Mikoto—. Sin embargo, como futura cabeza de la aldea y el clan, tu deber es encontrar a una mujer que cumpla con los estándares del Régimen. Kurotsuchi parece ser una candidata adecuada.

Por el rabillo del ojo Sasuke observó la forma en que los músculos de la espalda de Itachi se contrajeron al escuchar el comentario de su madre.

Sabía cuanto detestaba que lo trataran como ganado. Su padre no dudaría en transformarlo en una transacción, después de todo, la libertad era una cruel mentira.

Se apartó del espejo con un paso vacilante y se sentó en una de las viejas sillas tapizadas.

Por el bien de todos en la habitación y con la intención de evitar a toda costa que esa conversación se transformara en una disputa, Sasuke espetó:

—Entiendo que la presencia de Itachi sea necesaria en la velada, pero ¿qué tengo que ver con todo esto?

—Cuando Itachi tome el lugar de tu padre necesitara un hombre de confianza a su lado— dijo Mikoto.

—Ya tiene un hombre de confianza, ese lugar le correspondería a Shisui— replicó Sasuke cáusticamente.

Si el Régimen prosperaba durante diez años más y no moría en el campo de batalla, con suerte se convertiría en General. A diferencia de su hermano, pasaría el resto de su existencia bajo la enorme sombra del grandioso Uchiha Itachi. Era un precio injusto, pero un tanto razonable. En una época donde la incertidumbre reinaba y los hombres morían a temprana edad, albergar esperanzas suponía una perdida de tiempo.

—¿Hemos terminado?— inquirió Itachi viendo a su madre de reojo—. Hay asuntos que debo atender de inmediato.

Mikoto dejó el porta cigarros a un lado y entrecerró los ojos hacia su hijo.

—¿Qué clase de asuntos?

—Algo relacionado con el trabajo— la escueta respuesta era suficiente indicación para advertir la inapetencia de Itachi a prolongar la conversación.

—¿No puede esperar? Acabas de regresar de una misión, estuviste fuera durante diez días— reclamó.

Antes de que pudiera formular una respuesta elocuente, se escuchó el deslizar de las puertas de madera al abrirse. Sasuke giró el rostro primero que Itachi hasta que vio ingresar a la mujer entre las puertas corredizas.

Suzume se mostraba nerviosa, insegura. Mikoto se giró a verla con una mezcla de indignación y pesar. La leal sirvienta de la familia llevaba entre sus manos un juego de sabanas manchadas de sangre.

Mikoto contrajo el rostro en una mueca colérica y preguntó:

—¿Qué hizo ahora?— puso los ojos en blanco.

—La encontré inconsciente en la bañera— tartamudeo—. Dice que se desmayó.

—¿Sakura?— cuestionó Itachi cauteloso.

—No, no se desmayo, eso es lo que dice— deliberó con disimulada agresividad. Lejos de mostrarse consternada, llevó un cigarrillo de papel hasta sus labios.

—Ella quiere hablar con usted— agregó la pobre Suzume, las piernas le temblaban y sus ojos permanecían adheridos al suelo.

—Quizás deberíamos llevarla al hospital— se aventuró a sugerir Sasuke. Hacia varios días que no tenía atisbo de la pelirosa. Al principio asocio su ausencia a su condición de prisionera, de una u otra forma, la habitación que se le había designado no era más que una cómoda celda, no contaba con gélidos barrotes ni cama de piedra, sino con lindos tapices y una almohada de plumas, sin embargo, a final de cuentas era nada más una jaula.

—No está enferma, sólo quiere llamar la atención— murmuró Mikoto con desinterés.

—Mikoto-sama, la chica se ve muy mal, probablemente deberíamos seguir el consejo de Sasuke-sama— inquirió Suzume viéndola de reojo. Estrujó las sabanas contra su cuerpo y aguardó a que respondiera.

La pelinegra cerró los ojos cansados, y sin cambiar el tono de voz se refirió a la servidumbre.

—Retírense, todos.

En un abrir y cerrar de ojos la mujer y el equipo de sastres desparecieron rumbo al pasillo. Sasuke prensó los dientes. Repudiaba la actitud hostil de su madre, y aunque quisiera hacer algo al respecto, no tenía más opción que guardar silencio.

—¿Por qué está Sakura en ese estado?— cuestionó por fin Itachi, mostrándose molesto, demasiado irritado para maquillar el tono glacial en su voz.

Mikoto se cruzó de brazos. Ella era consciente de que sería imposible ocultarle la verdad a sus hijos, así que ambos aguardaron pacientemente a que hablara por sí sola.

—Es una mocosa testaruda, su insubordinación no tiene límites.

—Así que decidiste confinarla en su habitación— murmuro con indignación—. ¿Cuánto tiempo lleva allí?

—Once días— declaró.

El tiempo se ajustaba perfectamente al lapso de ausencia de ambos hermanos, por ese motivo no se habían percatado de la omisión de la kunoichi.

—Sakura no es una prisionera cualquiera— gruñó Itachi, conteniendo la necesidad de elevar la voz.

Una vez más, Mikoto puso los ojos en blanco.

—Claro que lo es ¿Por qué te preocupa tanto? — sus labios formaron una perfecta línea recta.

No hubo tiempo suficiente para que Sasuke procesara lo que acababa de acontecer ante sus ojos, porque en un parpadeo, Itachi caminó hasta la puerta con la clara intención de auxiliar a la pelirosa.

Sin detenerse a pensar en la discusión previa, Mikoto dejó el cigarro a medio consumir sobre la mesa de madera y se colocó de pie para seguir de cerca los pasos furibundos de su primogénito.

Sasuke siguió a ambos pisándole los talones a su madre. Por fin, arribaron a la pequeña habitación que se le había designado a Sakura en la casa de la servidumbre.

Lo primero que capturaron sus ojos al ingresar fue el aciago aspecto de la kunoichi; yacía postrada en el asiento de la ventana, con la espalda encorvada y el cuerpo ligeramente inclinado hacia el frente. Tenía una mano en el regazo y con la otra se aferraba a la toalla que mantenía oculta su desnudez. Su cabello estaba húmedo y temblaba de frío. La piel nívea se había transformado en un lienzo céreo, confiriéndole un aspecto verdaderamente enfermizo.

Itachi se encontraba en cuclillas frente a ella; en su rostro era visible la amalgama de preocupación y enojo, ambas emociones por partes iguales.

—¿Estás enferma? ¿es verdad?— preguntó Mikoto, realizando un esfuerzo sobrehumano para modular su tono de voz.

Paulatinamente, la Kunoichi elevó el rostro; dos círculos cerúleos eran visibles bajo sus ojos. Había perdido algo de peso y el cardenal en su mejilla comenzaba a tornarse de un color amarillento.

—Me he desmayado, Mikoto-sama— respondió con voz suave, trémula.

—Bueno. Preparate, Sasuke estará aguardando por ti en la entrada.

—No, puedo…— titubeó.

Con la furia de un huracán, Mikoto se giró a verla.

—¿Qué?— indagó irritada—. ¿Qué puedes qué?

La kunoichi tragó grueso.

—No deseo importunar a nadie— soltó con pesar.

—No seas tonta, estás enferma— dijo antes de abandonar la habitación.

Una vez más, Sasuke la observó por el rabillo del ojo. Ahora más que nunca tenía la certeza de que Sakura era la prisionera que había visto hace cinco años en su visita al centro de detención con Shisui.

Al cabo de unos segundos, Itachi y ella intercambiaron un par de palabras indescriptibles para el azabache. Sin más preámbulos, el mayor de los Uchiha se puso de pie y salió de la habitación.

—¿Qué fue lo que te dijo?— quiso saber Sasuke mientras alcanzaba a Itachi en el pasillo.

—Nada en especifico— resopló.

Sasuke frunció el entrecejo.

—¿Por qué estas tan interesado?— increpó Itachi, lanzándole una mirada atestada de suspicacia.

—Sólo estoy siendo compasivo— mintió en un tono bastante creíble.

—Claro— afirmó Itachi—. No deberías encariñarte con ella, está condenada a muerte— añadió escuetamente.

Un escalofrió le recorrió la espina dorsal al escuchar las palabras de Itachi. Tal revelación no debería causarle inquietud, sin embargo, en su interior se agolpaba un tumulto indescriptible.


Necesitaba escapar. Necesitaba salir de allí a como diera lugar.

Si se abandonaba a si misma nunca abandonaría Konohagakure. Mikoto la confinó en su cuarto. Llevaba once días atrapada en aquella ostentosa celda de paredes tapizadas y suelo de madera. La puerta no estaba cerrada con llave, ni siquiera cerraba bien. Era un recordatorio constante de quien estaba en control.

Mentiría si negaba no sentirse emocionada al visitar el hospital. Aquella seria una hora en el exterior, con los rayos del sol sobre su piel, las flores y el maldito aire fresco.

Sin embargo, Mikoto tenía otros planes y, tan pronto como mencionó haberse desmayado, le designó como custodio a Sasuke, su hijo menor.

La habitación era irritantemente blanca, no había ningún detalle llamativo en ella, lo mismo que en la de afuera, excepto por el cuadro con un a serpiente retorcida alrededor de una katana en posición vertical, como una especie de empuñadura.

—Puedes vestirte nuevamente, Sakura— le indicó la ninja médico con suma amabilidad.

La habían sometido a diversas pruebas: análisis de orina, de hormonas, biopsia para detectar cualquier tipo de cáncer, análisis de sangre, entre otros. Tales procedimientos no eran nuevos para ella; durante su estadía en la Unidad 121 la obligaban a monitorear su estado de salud cada semana, permaneciendo atenta hasta en el más ínfimo cambio que pudiera presentarse en cualquier resultado.

Un escalofrió la sacudió cuando sus pies descalzos entraron en contacto con el gélido piso de azulejos. Se desplazó hasta quedar al otro lado del biombo y, sin ninguna distracción, se despojó de la bata azulada procurando vestirse tan rápido como le fuese posible.

—¿Y bien? ¿cuál es el diagnóstico?— escuchó preguntar a Sasuke. Había permanecido de pie durante toda la consulta, sin mover un músculo o parpadear. Su pose era relajada, pero siempre alerta de sus alrededores.

—Me alegra que hayan decidido traerla— expresó la joven kunoichi sin temor a las posibles represalias que su comentario pudiera causar—. Traté algunas fracturas viejas y heridas sin sanar. El dolor ya no será un problema— suspiró—. El deterioro de su estado es completamente normal, con un bloqueador de chakra como el que porta no me sorprendería que fuese empeorando paulatinamente.

—Ningún bloqueador de chakra genera tales efectos— decretó el azabache con un tono categórico.

—Ahí esta el problema. Este bloqueador de chakra no es como los otros— pronunció la mujer, haciendo las pausas necesarias para conferirle a su voz la inflexión de quien cree estar dirigiéndose a un infante—. Al inicio creí que se trataba de un mito. Orochimaru creó el prototipo, sin embargo, el comité ético conformado por ninjas médicos se opusieron rotundamente a la idea debido a los efectos a largo paso.

El estómago se le estrujó con una repentina y horripilante sensación de repulsión al tiempo que una abrasadora sensación de furia empezaba a serpentearle en el pecho.

Los Uchiha no iban a permitirle hacer uso de su poder cuando le viniese en gana, al contrario, se encargarían de transformar el proceso en un tormento, una completa agonía para su cuerpo. La habían ultrajado de la peor manera y eso nunca se los perdonaría.

Aún con las manos temblorosas, consiguió colocar cada prenda en su lugar. Al salir el biombo lo primero que entró en su campo de visión fue Sasuke: sus ojos la miraban fijamente, cauteloso. No iba a culparlo, ella tampoco confiaba en él y dudaba que en un futuro cercano el panorama cambiara.

—Sakura— llamó la ninja medico con voz almidonada—. ¿Hace cuanto tiempo llevas el bloqueador de chakra?— quiso saber.

Reticente, apartó los fanales esmeraldas del rostro estoico del pelinegro, posándolos en la amable faz de la kunoichi.

—Tres años— dijo puntual. No era necesario ahondar en detalles. La forma en la que lo obtuvo no era asunto ni de la ninja medico ni de Sasuke. Ese recuerdo lo reservaba para ella, aparecía cada noche en sus pesadillas.

—¿Puedo echar un vistazo?— solicitó la mujer con disimulada emoción.

Sakura no sabía qué pensar al respecto, las muestras de amabilidad no era comunes entre los shinobis Uchiha, hasta el momento lo único que había recibido de ellos era un hondo desprecio.

Sakura aspiró aire para destrabar su garganta, obstaculizada por el nerviosismo que le producía la invasión de su espacio personal. No obstante, asintió sin chistar.

Un escalofrió recorrió toda su espina dorsal al percatarse del gélido tacto sobre su oreja; delicadamente, la kunoichi descubrió el sitio donde posaba el dichoso artefacto, mismo que Sakura se empeñaba en ocultar tras la cortina de cabello rosado.

—Sasuke-san, acercate— solicitó ella. Sin poner ningún tipo de resistencia, el aludido recorrió los cinco pasos que lo separaban de Sakura—. ¿Puedes verlo?— él movió la cabeza—. Anteriormente los bloqueadores de chakra se colocaban en la verterá c7, sin embargo, era imposible vislumbrarlo en los prisioneros y aquellos que conseguían escapar pasaban desapercibidos, así que optaron por colocarlos en la oreja.

«Marcarnos como al ganado», pensó Sakura con rabia.

—Las micro agujas del dispositivo perforan la carne para eventualmente recorrer todo el torrente sanguíneo hasta instalarse en los puntos donde fluye el chakra— explicó con parsimonia—. No me sorprende que acabe dañando el organismo del usuario.

Sakura elevó la mirada adentrándose en el mar de alquitrán que emanaban los ojos del Uchiha, corrompiendo el ritmo acompasado de su corazón.

—¿Hay manera de removerlo?— probó el pelinegro, sabiendo de antemano que era una idea absurda.

—Por supuesto que la hay, sin embargo, la persona portadora acabaría con un daño irreversible, incluso podría llevarla a la muerte.

Ante la declaratoria, Sakura percibió la bilis subir por su garganta, la forma en que su estomago se retorcía y los brazos temblaban a los costados de su cuerpo. Una vez más se sentía enferma, como si en cualquier momento la fiebre le recorrería la piel hasta hacerla arder y convertirla en cenizas.

Inmediatamente, ocultó el motivo de su desgracia.

Tanto ella como Sasuke permanecieron en silencio. Quizás ambos intentaban asimilar el peso de la revelación.

Ajena a lo que sucedía en la mente del Uchiha, Sakura le miró de soslayo y volvió únicamente la cabeza hacia el rostro de la kunoichi, cruzando los brazos a la altura de su pecho.

—Fue un verdadero placer conocerte, Haruno Sakura— dijo la kunoichi con una sonrisa sincera estirando la comisura de sus labios—. Espero que en algún momento podamos trabajar juntas.

Sakura sonrió para sus adentros. En sus años de servicio forzado ningún ninja había reconocido sus múltiples talentos. Los Uchiha la denigraban constantemente por su condición como prisionera, consideraban que era un animal al haber pertenecido a la resistencia y se encargaron de recordárselo hasta ese día.

—Sería un honor— murmuró ella.

Por un instante olvidó la presencia de Sasuke. Al verlo a lado de ella, se percató de lo desmesuradamente alto e imponente que era. Un aire altivo lo rodeaba; la mirada estoica y apagada y la quijada tensa le daban un toque despiadado.

—Gracias por la atención, Shizuka-san— resopló el azabache.

Ambos abandonaron el consultorio hundidos en el silencio, cada uno absorto en sus pensamientos.

Caminaron por el pasillo envueltos en un manto de tensión. Esta vez utilizarían las escaleras con el único objetivo de no llamar la atención, pues, cada vez que alguien los avistaba, las personas prestaban especial atención a la kunoichi, ninguno de ellos se inmutaba en disfrazar el desprecio comunal haciéndola sentir incómoda. Seguro sabían quién era y todos los crímenes que había cometido en su corta existencia.

Aún así, Sasuke parecía tener otros planes. El pelinegro frunció firmemente el ceño; antes de que Sakura pudiera objetar, la tomó de la muñeca y, como de costumbre, tiró de ella con suavidad, arrastrándola a un cuarto de suplementos cercanos. El cuerpo de Sakura, corrompido por los efectos secundarios del bloqueador, cedió como si de una marioneta se tratara.

—¿Pero qué demonios?— preguntó exacerbada. Buscó la forma de abandonar la habitación en cuanto antes, pero el imponente cuerpo del Uchiha bloqueaba la puerta.

—Tengo unas cuantas preguntas, y sólo tú puedes responderlas— le urgió, despertándola del letargo en la que sus vacilaciones la habían sumergido.

—¿Qué tipo de preguntas?

—No estás en posición de cuestionar— sus ojos centellearon—. Debes responder de manera inteligente.

Asustada, las pupilas de Sakura se dilataron. Si continuaba mirándolo no conseguiría aunar las fuerzas suficientes para alejarse de él. Se sentía mareada, un nudo prieto le estrujaba la boca del estómago.

—¿Por qué te enviaron a la unidad 121?— cuestionó, frío y cortante.

Ella lo miró con los ojos desorbitados, palideciendo de golpe, como si le hubiesen extraído toda la sangre del cuerpo.

—¿Cómo lo sabes?— indagó. Se retorció discretamente, tratando en vano de acabar con el contacto.

—Lo leí en tu expediente— el no se movió, tampoco aflojó el agarre. Continuaba oteándola con los ojos atestados de determinación—. Estuviste en la unidad 121 hace tres años, fue allí donde te colocaron el bloqueador de chakra ¿no es así?

Sakura abrió la boca a causa de la impresión. Respiró con dificultad, era como si el aire se le hubiera atascado en los pulmones, impidiéndole regular el violento palpitar de su corazón.

Pese a la falta de aire una severa realización llegó a su mente: Uchiha Sasuke desconocía lo qué era y sucedía en la unidad 121, un hecho verdaderamente increíble.

—¿Acaso no sabes lo qué es?— cuestionó con incredulidad, moviéndose con mayor ímpetu para escapar del inclemente agarre, pero él no cedió.

Él la miró con frustración y mareó los ojos para no acabar fulminándola.

—Realmente eres una genio— espetó sardónico—. Por supuesto que no lo sé— admitió con cierta vergüenza.

Ella aguardó en silencio mientras procesaba su ultimo descubrimiento: Sasuke ignoraba por completo la existencia de la unidad 121, hasta ese momento. Lo miró de frente, procurando encontrar una razón para omitir tal información. Divertida, esbozó una sonrisa trémula y contuvo las ganas de soltar una carcajada.

—¿Qué te resulta tan gracioso?— cuestionó, haciendo un patético intento por modular su tono de voz.

—Es curioso, hace algunos minutos no querías dirigirme la palabra— enarcó una ceja, forcejeando una vez más para liberarse.

—Todos podemos cambiar de opinión— rebatió.

—No pensé que pudiese causarte tanto interés.

Sasuke frunció el entrecejo y, en un abrir y cerrar de ojos, acabó acorralándola entre su cuerpo y la pared, situándose peligrosamente cerca de ella.

Nerviosa, la kunoichi tragó grueso, notando el cálido aliento del Uchiha cerca de su rostro; percibió el olor a pino y tierra, el aroma almizclado de su sudor.

—No eres tú, sino las cosas que hiciste— masculló, su rostro no proyectaba ninguna emoción.

Ella respiró profundamente.

Desde el primer encuentro que tuvo con el Uchiha, advirtió como las fuerzas le fallaban; sus piernas se volvían enclenques y la respiración errática.

—¡Suéltame!— le ordenó, haciendo un valiente esfuerzo por no sonar asustada, moviendo la muñeca para romper cualquier contacto.

Una vez más, el azabache ignoró la demanda; en esta ocasión notó la debilidad de la kunoichi y temió que al soltarla ella no fuera capaz de sostenerse. Además, no la dejaría escabullirse sin una respuesta.

—¿Por qué te enviaron a la unidad 121?— los ojos oscuros de Sasuke se clavaron en los verdes de ella como la afilada hoja de una katana y sólo se despegaron cuando él hizo un mohín de desdén con la mirada—. Debió ser algo sumamente malo.

—Tal vez deberías cuestionárselo a tu padre— rugió, molesta, desafiante—. Parece que el General tiene muchos secretos— agregó cuando lo vio rodar los ojos como si estuviera cansado de ella.

Sasuke continuó divisándola minuciosamente. Desde ese punto notaba como el corazón le palpitaba entre las costillas, en la piel, bajo la garganta. Si estaba asustada no lo demostraba. En su rostro sólo podía divisar molestia e indignación.

La pelirosa elevó la barbilla en un gesto provocador. Aquel ademán le habría conseguido un boleto directo a la sala de tortura, pero en esta ocasión era diferente.

—Pensándolo bien, a veces es mejor no saber toda la verdad— dijo en un susurro, sosteniendo el profundo contacto de miradas que intercambiaban.

Por un momento imaginó que un hombre como Sasuke, capitán de un batallón, hijo del General, no toleraría tal falta de respeto. No obstante, para su sorpresa, él la liberó. En un acto reflejo, Sakura se alejó tanto como pudo de él, acariciando su muñeca.

Ella respiró con dificultad, procurando tranquilizar a su corazón desbocado. Aún sentía la falta de aire, pero fue capaz de recobrar la compostura. Realmente Sasuke no había sido violento con ella, sin embargo, su tacto tenía un efecto similar al del fuego.

—Por fin lo recuerdo— Sakura se giró a mirarlo sin comprender muy bien de qué hablaba—. Me tomó un tiempo hacerlo, pero ahora lo recuerdo con claridad— le soltó, acentuando su respuesta con un tono calculador—. Estabas con el grupo de prisioneros que arribó del sur hace tres años.

Sasuke siguió divisándola con el rostro impasible a la par que la faz de Sakura mudaba la molestia por impresión; su entrecejo se había relajado y su boca desencajado, ligeramente, como si no fuera capaz de comprender lo que él decía.

—Tu no pudiste verme porque tenías los ojos vendados, sin embargo, yo pude hacerlo, a través del cristal de aquel cuarto— memoró él.

El corazón continuaba resonando detrás de sus oídos a un ritmo ensordecedor. Estaba demasiado nerviosa, él la alteraba. No había ocasión en la que ese Uchiha consiguiera dejarla atolondrada, sin respiración.

—El teniente mencionó que tus compañeros fallecieron, tu fuiste la única sobreviviente— agregó.

«Naruto— pensó—. Debe ser una mentira, Naruto no puede estar muerto», tenía la respiración hendida en un montón de nudos prietos que le vejaban el estómago. Sus ojos comenzaron a escocer a causa de las lágrimas, nublándole la visión.

Podía escuchar como algo en su interior se rompía, quizás era su fuerza de voluntad o tal vez se trataba de sus ganas de continuar viviendo. Lo cierto era que, de ser verdaderas las palabras de Sasuke, se encontraba sola en el mundo, sin escapatoria o esperanza alguna. Todas las posibilidades de abandonar ese lugar habían muerto junto con su mejor amigo.

Su cuerpo se estremeció al notar el roce de los dedos de Sasuke sobre su antebrazo.

—Sakura ¿Quién eres realmente?— susurró, obligándola a encararle.

Los ojos de Sakura parpadearon para disipar el inminente llanto. Elevó la quijada, topándose de nuevo con los ojos de Sasuke, oscuros como el firmamento sin luna.

—¿Podemos marcharnos ya? Tu madre comenzara a sospechar si demoramos un minuto más— su voz sonaba lejana, demasiado extraña para ella.

Dándose por vencido, liberó el aire atrapado en sus pulmones en un fuerte suspiro. Continuar con esa discusión sería absurdo.

Sin más remedio, se alejó de la puerta, permitiéndole a la Kunoichi abandonar el cuarto de suplementos.

A medida que seguía los pasos de Sasuke por inercia, sus piernas habían adquirido la sostenibilidad de un algodón; cuando intento continuar, las piernas le fallaron, haciéndola casi trastabillar en el proceso. Reponiéndose, respiró hondo y se sostuvo del entramado de la pared para mantenerse de pie. Antes de enfrascarse en la tortura que se avecinaba, volvió a tomar otra bocanada de aire.

Estaba nerviosa. Jodida y terriblemente ansiosa.

La discusión con Sasuke en el cuarto de suplementos sólo consiguió avivar los pérfidos recuerdos de su paso por la unidad 121, los mismos que se había empeñado a olvidar, manteniéndolos en el fondo de su mente. No obstante, los planes del Uchiha eran diferentes a los de ella y estaba claro que no descansaría hasta conocer la verdad.

Al cabo de unos minutos arribaron a la recepción. Estaba tan absorta en sus pensamientos que ni siquiera se percató de la presencia del escuadrón de búsqueda que aguarda por ellos en la puerta.

—¿Sucede algo malo?— urgió Sasuke con poca paciencia; al igual que ella se mostraba ansioso por largarse de allí en cuanto antes.

—Sasuke-taichou— saludó uno de ellos, inclinándose hacia el frente en una señal de profundo respeto—. El escuadrón solicita su presencia en la sala de operaciones, necesitamos ultimar los detalles de la próxima misión.

—¿Ahora mismo?— farfulló Sasuke al tiempo que lanzaba una mirada hacia donde Sakura yacía de pie.

—Son ordenes del General— contestó el emisario.

Sakura desvió la atención hacia otro punto, lejos de la disimulada discusión que Sasuke sostenía con sus subordinados. Los asuntos del Uchiha no eran de su incumbencia. Ni siquiera era capaz de ordenar correctamente los acontecimientos de las últimas horas en su cabeza. Menos iba a tener la capacidad neuronal para mantenerse atenta a los sondeos de aquel grupo de ninjas.

Por un momento esperó escuchar el típico ajetreo que predominaba en el hospital, pero eso no sucedió. En el nosocomio imperaba una tranquilidad inusual. El personal deambulaba por los alrededores con absoluta calma, demasiado ensimismados en sus propios asuntos para reparar en ella.

Entonces la vio. Ino. Estaba de pie con otras dos mujeres, cerca de la recepción. Su voz comenzaba a materializarse en la habitación, aumentando el aura de tensión que se había cernido sobre ella en los últimos minutos.

La volvió a mirar con atención para asegurarse que se trataba de ella. Procuraba avistarla entrecortadamente, con movimientos rápidos de los ojos, para que nadie lo notara.

La pelirosa no se percató que en todo ese tiempo había contenido la respiración. Buscó aire entre jadeos y, con más brusquedad de la que pretendía, hilvanó una sonrisa infeliz.

El corazón le golpeo las costillas. Era ella. Definitivamente era ella. Ino. Yamanaka Ino.

Mordió sus labios; la carcajada hervía en su garganta como si fuera lava.

No podía creerlo.

Aquello no podía ser cierto.

Se rehusaba a creerlo.

Los últimos informes decían que Ino había muerto. Recordaba con claridad el llanto desgarrador de su madre y la furia contenida en la mirada de Shikamaru al escuchar el informe oficial.

Las costillas le dolían de tanto contener la risa. Iba a estallar como un volcán.

Ino Yamanaka se encontraba a unos metros de ella. Estaba absurdamente vestida con un conjunto negro; tironeaba distraídamente del brazalete azul claro en su brazo izquierdo, mismo que representaba su condición de prisionera que intentaba redimirse por sus crímenes ante el Régimen.

Sakura la miraba con ojos muy abiertos por la conmoción. El tiempo dejó de pasar y cuando retomó la marcha lo hizo de una forma tan vertiginosa que los oídios de la kunoichi empezaron a zumbar; el piso bajo sus pies a retumbar. Ahogada, boqueó como queriendo absorber aire, pero los pulmones no le respondieron.

Ino estaba sana y salva. Viva.

Lucia tan hermosa como la recordaba, tan perfecta como la ultima vez que hablaron la noche previa a su misión. Ella le había confesado sus sentimientos por Shikamaru, iba a explotar de felicidad al saberse correspondida. Sakura compartía su felicidad, porque dentro de ese mundo de guerra y destrucción aún había cabida para el amor, había espacio para un sentimiento tan inusual y profundo.

Quería que la mirara, pero sus ojos se deslizaron sobre ella como si no fuera más que otro objeto decorativo. Lo deseaba con todas sus fuerzas, debía reparar en ella antes de que Sasuke se aproximara, antes de desaparecer.

Una voz familiar la llamó por su nombre. Ambas se miraron fijamente, con rostro inexpresivo y apático.

—¿Sakura?— volvió a decir Sasuke.

Cuando notó nuevamente el suave tacto del azabache danzando por su antebrazo, un frio estrangulador la sacudió de pies a cabeza.

—¿Te encuentras bien?— urgió el Uchiha al atisbar su rostro consternado, los ojos llenos de lágrimas. Notó por la rigidez en su postura que no quería tenerlo cerca.

Por el rabillo del ojo siguió sus movimientos hasta verla desaparecer en uno de los tantos pasillos del hospital, lejos de su alcance…lejos de ella.

Sakura no dijo nada, pero por la palidez recién adquirida en su rostro, Sasuke supo que era el momento de retomar el control de la situación.

—Vamos, es hora de regresar a casa— susurró. Sakura no estaba escuchando nada hasta que sintió un tirón en su brazo.

Esta vez ella no protestó; estaba demasiado ocupada tratando de asimilar el hecho de que su mejor amiga estaba viva.


Regresó la mansión a última hora de la tarde. El sol brillaba débilmente entre las nubes y en el aire flotaba el olor de la hierba húmeda que comenzaba a calentarse. Había perdido la noción del tiempo.

Caminó por el pasillo levantando pesadamente los pies cada vez que daba un paso, sujetándose de la pared. Sentía como si hubiese estado de pie durante varios días corriendo; le dolía el pecho y los músculos se le acalambraban como si le faltara azúcar.

Estaba demasiado cansada para continuar con esa historia. Demasiado cansada para pensar dónde estaba.

Ingresó a hurtadillas en la habitación. Tomo asiento en la silla, con las luces apagadas; la parte superior del yukata abrochado y abotonado.

La noche comenzaba a caer. Sentía que la aplastaba, como una lápida.

Necesitaba tranquilizarse, asimilar la serie de acontecimientos de hace algunas horas. Echó la cabeza hacía atrás y cerró los ojos con fuerza; lágrimas saladas brotaron de las comisuras, resbalando por sus mejillas hasta desaparecer en su cuello.

Ino estaba viva. Sentía un enorme alivio.

«Oh, Kami— pensó—. Haré lo que quieran. Me destruiré si eso es lo que realmente desean; me vaciaré realmente, me convertiré en un cáliz. Dejaré de lamentarme. Aceptaré mi destino. Me sacrificaré. Me arrepentiré. Abdicaré. Pero por favor, permíteme hablar con ella».

Poco le importaba el hecho de que Ino estuviese ayudando a los Uchiha, a final de cuentas, ninguna tenía elección, era eso o cumplir su condena en algún campo de trabajo forzado, hasta que el cansancio o las torturas las consumieran y acabaran con ellas.

La mejor forma de sobrevivir era resistir, y si eso implicaba formar parte del bando contrario, lo haría con gusto, aún cuando fuese en contra de sus principios.

Necesitaba aferrarse a la idea de sobrevivir.

No tenía escapatoria. El tiempo era una trampa en la que se encontraba inmersa. Debía olvidarse de su pasado y del camino de retorno. Vivir en el presente y sacar el mayor partido de él.

Pero ahora, esa tarde, algo había cambiado. Las circunstancias se modificaron.

Aun temblando, consiguió tenderse sobre el futon. Se sentía hecha añicos.

Fijó la mirada en la guirnalda derecho y las cortinas, las cuales colgaban como una cabellera blanca empapada. Se sentía drogada. Tal vez la estaban drogando. Quizás la vida que creía vivir es una ilusión paranoica.

Cansada, cerró los parpados, permitiéndose arrastrar por los inconfundibles signos del sueño. Por ahora descansaría, mañana sería otro día y ella podría pensar con claridad, así sabría como actuar cuando llegara el momento.

Continuará


N/A: ¡Felices fiestas! Y sobre todo ¡feliz año!

Hoy les he traído un capítulo largo en comparación con los anteriores, agárrense de sus asientos, porque los próximos serán tan extensos que acabarán con la vista cansada.

En este capítulo opté por centrarme en la interacción entre Sasuke y Sakura. Su relación es nada más y nada menos que un slow burn, por el momento, la desconfianza es mutua y sus intenciones son completamente distintas: Sakura quiere sobrevivir y Sasuke quiere saber sus secretos a como de lugar.

Así mismo, conforme vaya desarrollándose el fic me centraré en otros personajes como es el caso de Itachi, quien es fundamental en la historia de Sakura, al igual que Ino.

Uno de los propósitos para este 2022 es continuar con el fic y finalizarlo, así que cruzo los dedos para contar con el tiempo y la inspiración suficientes para hacer este sueño realidad.

Sin nada más que agregar, espero que este año mejore en muchos aspectos y sea bueno para todos. Les mando un fuerte abrazo y mis mejores deseos.

¡Cuídense mucho! ¡Nos leemos pronto!

Hasta la próxima.