Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla esta historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.
Advertencia: El siguiente capítulo contiene descripciones explícitas de violencia física y psicológica. Leer bajo su responsabilidad.
Heredera de la Voluntad de Fuego
Parte II
Consecuencias irremediables
X
Enterrarse a sí mismo en trabajo era la única vía de acción que se le ocurría a Sasuke en esos momentos. La confusión bloqueaba cualquier otra opción. Mientras abandonaba el cuarte, caminando rápidamente ante los puestos situados afuera, miró la lista de tareas del día anotadas en su agenda y marcó las reuniones y llamadas, primero Inabi, después diez minutos en el Edificio 7 con Tekka Uchiha, una puesta al día con dos miembros del equipo de reconocimiento que lo estaban ayudando en la planificación de una misión; luego tenía que ver a otra media docena de soldados rasos para preguntarles su opinión.
—Sasuke-sama— lo llamó un joven a sus espaldas.
El aludido contuvo las ganas de poner los ojos en blanco.
—¿Sí?— cuestionó al mismo tiempo que se giraba para encararlo. El joven se entreveía nervioso, pálido.
—Su presencia es requerida en la Sala de Inteligencia— anunció—. Tenemos un problema.
Sasuke frunció el entrecejo.
Tan pronto como sus piernas se lo permitieron, recorrió el lago túnel subterráneo, siguiendo al chico flaco, con manos nerviosas y ojos color oscuros, siempre febriles. A ambos lados del túnel había grandes tuberías de vapor y el aire estaba caliente. Los conductos de fibra óptica y cables estaban todos juntos e iban por largas bandejas de acero que colgaban del techo de cemento.
Llegaron junto al ascensor. La puerta se abrió. Un shinobi les saludó con duros ojos grises.
Dos minutos más tarde, se encontraban en una pequeña oficina privada. Cuatro monitores de plasma dispuestos como formando una pantalla japonese se elevaban sobre soportes de acero más allá de la mesa central. Las paredes estaban desnudas y eran de color beige, aisladas con panales de espuma muy juntos que absorbía el sonido.
Sasuke odiaba los espacios cerrados. Había acabado odiando todo lo que había logrado en los últimos años. Toda su vida era un espacio cerrado.
El chico ocupó el único asiento y colocó las manos sobre un teclado. Los dedos bailaron sobre la superficie a la par que contraía los labios mientras miraba el monitor.
—Hace una semana enviamos un grupo de reconocimiento a Kisaragi— explicó el joven; la ruta del equipo apareció en la pantalla.
Sasuke prensó la mandíbula.
—¿Por qué hicieron eso?
—Fueron órdenes directas del General.
Hace un año habían realizado un ataque coordinado con el objetivo de apropiarse de Kisaragi. Sin embargo, la Insurgencia, con ayuda de la Sunagakure, repelieron el ataque, causando una serie de bajas importante para el bando de los Uchiha. Sin lugar a dudas, era un episodio vergonzoso en el prolífico y letal historial militar del Régimen.
—¿Hay noticias de ellos?— preguntó Sasuke. Internamente estaba furioso.
—Ese es el problema. La comunicación se interrumpió al segundo día de viaje. Los intercomunicadores perdieron la señal al igual que los GPS— dijo con voz neutra.
El azabache colocó una mano en el respaldo de la silla de su subordinado. La sala estaba en silencio, exceptuando el zumbido de los ventiladores de los equipos y un ligero tintineo.
—Muéstrame los registros de la última conversación— ordenó.
El joven volvió a aporrear el teclado. En el centro de la pantalla se vislumbraba el registro escrito de la última conversación con el capitán de la brigada.
—Muy bien— masculló Sasuke; sus ojos repasaban meticulosamente las oraciones proyectadas.
El chico dejó de teclear después de que los datos solicitados empezaron a descargarse. Tan solo transcurrieron un par de segundos cuando el archivo de audio comenzó a reproducirse.
«Voz desconocida: El área está despejada».
«Voz desconocida: Hay algo al frente».
«Voz desconocida: ¿Eso es…?».
«Voz desconocida: Oh, mierda ¡retrocedan!».
Intentó relajar la espalda, pero todos sus músculos estaban contraídos. Aquella situación era peor de lo que imaginaba.
—¿Quiénes conformaban el equipo?— tenía miedo de preguntar. Las bajas siempre suponían un golpe fuerte para el Régimen, en especial cuando se les había enviado a una misión suicida.
Tal como lo había hecho en los últimos minutos el diligente shinobi, le señaló una gruesa carpeta llena de papeles.
El color se perdió en el rostro del Uchiha tan rápido como oteó el informe médico de Izumi en los documentos que conformaban el archivo de la misión.
Por un instante, los sonidos a su alrededor de esfumaron. El joven dejó de teclear, las maquinas a su alrededor dejaron de funcionar. Lo único que podía percibir era la hoja entre sus manos.
Sin poder evitarlo, Sasuke dio un paso atrás, con las pupilas dilatadas a causa del espanto y el corazón golpeándole el pecho con el mismo ímpetu de los cascos de los caballos contra el suelo.
—Sasuke-sama— lo llamó el soldado raso, temeroso—. ¿Qué haremos al respecto?
El oscuro terror lo paralizaba de miedo.
Intentó desesperadamente pensar con claridad. Aquella situación lo había tomado por sorpresa que aún estaba un poco aturdido. Su mente estaba atrapada en escena que había vislumbrado dos semanas atrás en el jardín de la mansión, con Izumi e Itachi como protagonistas de aquel espectáculo.
—¿Sasuke-sama?
El chico interrumpió las reflexiones del interpelado. Abrió los ojos y levanto la mirada. Aquel joven parecía inseguro de si debía continuar. Era como si no pudiera controlar lo que decía. El cuerpo de Sasuke se tensó. Una extraña ruma hizo endurecer repentinamente el gesto del azabache, ensombreciendo sus ojos y contrayendo los músculos de su espalda.
—Enviaremos un equipo de rescate.
—No quiero ofenderlo, capitán, pero dadas las circunstancias, probablemente todos los miembros del equipo estén muertos— espetó. Todavía estupefacto y confuso—. La zona es un campo minado. Solo se necesita una explosión para activar el resto de las bombas. Escapar del rango de la explosión es prácticamente imposible.
Frunció el ceño ligeramente.
—Mierda…— susurró más para sí mismo que para su compañero. Por esa razón detestaba los cargos importantes. La vida de Izumi estaba en sus manos—.Envía a un equipo de rescate. En el mejor de los casos, probablemente consiguieron escapar.
—Como usted ordene, Sasuke-sama.
Él no respondió y lo dejó sin mirar atrás.
Caminó con rígida determinación hacia la oficina de su padre. La distancia era, de cierta manera, corta. Sin embargo, necesitaba calmarse antes de tratar el asunto que, literalmente, reposaba en sus manos.
Se desplazó por los pasillos del edificio principal, casi vacío a esa hora. El personal y la mayoría de los Generales estaban en una reunión especial, discutiendo la nueva política implementada por el Régimen.
Cuando arribó, lo primero que entró en su campo de visión fue el diligente y fiel asistente del general tanteando con excesiva rapidez el teclado del ordenador.
—¿Se encuentra mi padre en la oficina?— quiso saber.
El hombre, perteneciente al clan Shimura, detuvo el ajetreo sobre el computador para dirigirle la mirada por encima de los lentes de pasta.
—El General no puede atenderlo ahora mismo, Capitán— dijo secamente sin dirigirle la mirada.
—No estoy aquí en calidad de Capitán, si no como su hijo— respondió con la misma rudeza al colmo de la paciencia.
—En ese caso debo negarle la entrada completamente— espetó.
Sintió como los músculos de la espalda se le tensaban como nudos. Lejos de tomar consideración a las hoscas recomendaciones del hombre, colocó una mano sobre la perilla.
Escuchó como el asistente tomó aire, así como el horrible chirrido que produjo la silla cuando fue liberada de todo el peso de su cuerpo.
—Si te atreves a ponerme un dedo encima, no dudare en romper todos y cada uno de tus huesos— amenazó el Uchiha; la luz carmesí creció en sus ojos.
El hombre retrocedió, aterrado. No era la primera vez que se enfrentaba a él, pero si era la primera ocasión en que lo amedrentaba con el famoso Kekkei genkai de la familia.
Sin esperar que otra palabra proviniese de él, giró el pomo y caminó al interior del despacho, seguido de cerca por el cuerpo tembloroso y nervioso del asistente que custodiaba la puerta.
A pesar de su llegada, Fugaku permaneció con la mirada clavada en los papeles sobre el escritorio. Portaba el típico uniforme de guerra y su postura se entreveía igual de relajada que siempre. Pero Sasuke notó un cambio en el aire, era una sensación diferente.
El extraño presentimiento no fue impedimento para que Sasuke le dedicara una mirada llena de furia a su padre.
—¿Por qué autorizaste una misión de reconocimiento en Kisaragi?— preguntó con cautela.
La oscuridad se agitó en la mirada de Fugaku cuando se encontró con los de su hijo menor.
—Intente detenerlo, Fugaku-sama, pero me amenazo— chilló el hombre al mismo tiempo que realizaba una torpe reverencia a manera de disculpa.
—Puedes retirarte, Kiyoshi. Cierra la puerta, por favor.
El aludido obedeció sin rechistar.
—Kisaragi era una zona restringida. Hace unas cuantas reuniones se acordó que nadie se aproximaría al área hasta contar con un plan concreto y eficiente— espetó tan pronto como Kiyoshi estuvo lejos del oído.
Fugaku tomó el reclamo sin pestañear.
—Los rebeldes abandonaron la zona hace dos semanas— explicó el General con calma—. Considere apropiado enviar a un grupo de reconocimiento para inspeccionar el área.
Fugaku movió cauteloso la cabeza. Miró por toda la sala y se centró en el rostro de su hijo.
—Dicho grupo está desaparecido— dijo Sasuke con voz nivelada—, probablemente todos estén muertos. El equipo de operación perdió contacto con ellos desde hace una semana— sostuvo la carpeta. Su padre alargó la mano, y Sasuke la retiró, para dejarla caer sobre el escritorio junto con los pergaminos y los reportes de las misiones.
—¿Acaso estás cuestionando mis ordenes, Sasuke?— preguntó el hombre como si de verdad estuviese intrigado.
—En esta ocasión sí.
El pelinegro se alejó un paso, como si le repugnase permitir que su propio padre se le acercase.
Dudaba que dicha misión fuese realizada para beneficiar al Régimen. Kisaragi era uno de los tantos fracasos que manchaban el impecable y letal historial de guerra de los Uchiha, un episodio que Fugaku y todos los altos mandos intentaban olvidar.
Permaneció inmóvil en medio de la sala, apretando los puños con fuerza a los costados de su cuerpo.
—¿Sabías qué Uchiha Izumi estaba en el equipo?— cuestionó Sasuke con cautela.
El General recorrió con los ojos cada una de las fotografías que mostraban los rostros de los integrantes del grupo, con líneas faciales que se hacían más duras. Apartó las fotos y abrió la cubierta de la carpeta para examinar su contenido.
El silencio se propagó en la habitación como si se tratase de una plaga: lánguido y mortal.
Fugaku sostuvo la mirada de Sasuke antes de inclinarse hacia el frente. Las manos de Sasuke temblaban, aun cuando realizaba un esfuerzo sobrehumano para mantener el rostro inerte.
No había necesidad de vociferar una respuesta explicita. Aquella afonía fue suficiente para comprobar sus sospechas y, también, sus temores. El corazón de Sasuke se detuvo un instante, y la voz de su padre volvió a esparcirse como veneno dentro del despacho.
—Por supuesto que lo sabía, yo mismo me encargue de integrarla en el equipo— recitó con parsimonia, sin remordimiento alguno.
El tiempo se detuvo, al igual que el corazón de Sasuke, quien no movió ni un solo musculo. No respiró.
—¿Itachi lo sabe?— fue lo primero que salió de sus labios. Su voz tembló.
El brillo en los ojos del General desapareció tan pronto como el nombre de su primogénito alcanzó sus oídos.
—No, ¿por qué debería saberlo?— Fugaku giró la vista hacia Sasuke. Todavía estupefacto y confuso—. Este asunto, en particular, no le compete.
El rostro del azabache se tensó.
—Si, si lo hace. Izumi estaba allí.
Fugaku elevó la quijada, como si estuviese disfrutando el momento en que Sasuke se quebraba ante sus ojos.
—¿Qué hay con ella?— preguntó—. ¿Qué es lo que la hace tan relevante en esta misión?
—No finjas, por favor no pretendas que no lo sabes, padre— dijo, molesto—. Cuando Itachi lo sepa quedara destrozado— susurró para sí mismo.
«Haré cualquier cosa con tal de asegurarme que tu e Itachi cumplan con su deber». El fragmento de aquella conversación con su padre arribó a su mente como una revelación.
Con la garganta seca, Sasuke contuvo la respiración y pensó: «¡Lo ha hecho por puro capricho! ¡Ha sido un puto capricho! ¡Maldita sea!».
Fugaku cerró los ojos y se rascó la cabeza. Pero su gesto había vuelto a ser serio cuando habló:
—Siempre me resultara doloroso tener unas cuantas bajas en nuestro ejército— susurró con fingida aflicción—. Para ser sinceros, Izumi era un impedimento.
Sasuke apretó los puños con todas sus fuerzas para tranquilizarse y conseguir calmar su cuerpo que aún temblaba. Los apretó cada vez más y más fuerte. No era fácil mantener las emociones bajo control, con la idea de que probablemente, Izumi estaba muerta.
Todo aquello era incomprensible. ¿Cómo era posible…? ¿Cómo podía uno perder así a una persona…a una persona tan querida?
Se sentía muy desgraciado, como si su corazón estuviera siendo aplastado por una furia y una tristeza que no podía liberar.
—¿Un impedimento para quién?— se atrevió a cuestionar.
—Para nosotros— respondió con serenidad—. La presencia de esa chica en la vida de tu hermano suponía una amenaza— la tensión y el desprecio se adornaron aquellas palabras—. Itachi estaba actuando de forma imprudente. ¿A caso creyó que iba a permitir que se casara con ella?
Sasuke se vio obligado a sostener el contacto visual con su padre. En esos irises negros solo se vislumbraba el rechazo y la decepción.
—No, sin embargo, no debías enviarla a una muerte certera— profirió. La furia de Sasuke se había vuelto más aguda y nítida, como un pulso palpitante. La rabia recorría su cuerpo entero con tanta fuerza y poder que estaba casi a punto de temblar.
—De eso se trata la guerra, Sasuke— las poderosas palabras de su padre se abrieron paso a través del rugido de la lluvia para atravesar el corazón de su hijo menor—. La realidad del shinobi no cambia. Este es el mundo en el que vives, aprende a vivir con ello.
Sasuke se tomó su tiempo para responder. La muerte era una constante en su vida. El primer encuentro que tuvo con ella fue a muy corta edad y, desde entonces, se había vuelto insensible ante su presencia. Hasta ese día.
—Cuando Itachi lo sepa… no te lo perdonara, jamás— respondió mientras exhalaba el aire atrapado en sus pulmones.
Fugaku guardó silencio por un segundo o dos, y luego comenzó a hablar, como si estuviese eligiendo las palabras con cuidado:
—Tanto tú como tu hermano tienen un deber con el clan. Apartar a Izumi del camino era fundamental para ayudarlo a cumplir su destino biológico— respondió sin alterar el nivel de su voz.
—¿Destino biológico?— repitió, confundido.
—Hijos. ¿Qué otra cosa hay en la vida?— dijo burlón. Fugaku parecía divertirse con Sasuke.
El pelinegro seguía de pie, impotente.
«—¿Qué otra cosa puede ser más importante que el deber?». Le preguntó a Sakura esa noche.
«—El amor— afirmó».
—El amor— repitió él en voz alta.
Los ojos de Fugaku se entornaron unos segundos sobre Sasuke, más escrupulosos de lo que solían mostrarse.
—¿El amor?— preguntó el General con clama; su mirada volvió del desagrado a la diversión en un simple parpadeo.
—Si.
Una leve carcajada resonó en la habitación.
—El amor no existe— espetó el hombre con firmeza—. Nunca fue más que lujuria, una idea superficial a mi parecer— lo contempló con una mirada franca e infantil—. Los matrimonios arreglados siempre han funcionado perfectamente bien, como mínimo.
—Tal vez para ti, pero no para Itachi— refutó.
Fugaku frunció el entrecejo.
Bajo el escrutinio atento de su hijo, se puso de pie y bordeó el escritorio hasta quedar frente a Sasuke.
—Te has vuelto blando, Sasuke. Probablemente deba enviarte al campo de batalla para refrescarte la memoria.
Sasuke tragó grueso, con el corazón latiéndole de nuevo, demasiado deprisa.
—Puede que seas mi hijo, pero no dudare en darte un castigo por tu actitud impertinente— dijo el General entre dientes.
Sasuke había olvidado cuando fue la última ocasión que recibió una reprimenda por parte de su padre. Debió ser muchos años atrás. Siempre procuró actuar con rectitud y honrar a los preceptos impuestos por el General, su mayor deseo era hacerlo sentir orgulloso, por ese motivo Fugaku nunca se vio en la necesidad de corregirlo. Hasta ese momento, había sido complaciente.
—General…— llamó la voz del asistente al ingresar en la habitación.
Ambos entornaron la mirada hacia él, uno con molestia y el otro con pesar. Fugaku contrajo el rostro en un gesto colérico.
—¿Qué demonios quieres?— pregunto con agresividad.
Kiyoshi dio un brinco, espantado, y buscó refugio en el suelo con cierto aire temeroso.
—El Comandante Shisui está en la línea, desea hablar con usted— tartamudeó.
El patriarca cerró los ojos, cansado, y sin cambiar el tono de voz se volvió a referir a su asistente.
—Ahora no— pese a la negativa, el hombre permaneció de pie cerca de la puerta—. ¿Qué haces ahí parado? ¿Acaso no me escuchaste?
Kiyoshi tenía el rostro más que pálido. Lo tenía casi gris, un surrealista contraste con sus gafas de montura plateada.
—M-me te-temo que es un asunto urgente, General— debido a sus temblores, su voz tensa sonaba incluso más histérica de lo habitual.
—¿Y qué estas esperando para decírmelo?— espetó aquello con un alarido tan repentino que Kiyoshio tambaleó hacia atrás. Fugaku lo observó durante un rato con una mirada feroz.
—Se trata de su hijo mayor— comenzó a decir, realizando un esfuerzo monumental para no romper en llanto delante de Fugaku y Sasuke—. Itachi fue gravemente herido en batalla.
5 años atrás
Konohagakure
El carromato paró un momento, supuso que se trataba de otro control, y siguió adelante hasta que se detuvo por completo.
—Fin del trayecto— dijo una voz—. ¡Fuera!
Las puertas traseras del carromato se abrieron. La primera en salir fue una kunoichi que estaba flaca como un espantapájaros; tenía los ojos hundidos y las manos y los pies ensangrentados.
—Muévete— dijo una voz distinta.
Costaba bajar del vehículo con las manos esposadas. Además, tenía el cuerpo magullado debido a la golpiza que los shinobis pertenecientes al escuadrón de búsqueda de los Uchiha le proporcionaron tres días atrás, cuando la capturaron en el bosque. Alguien la agarró del brazo y tiró de ella; se tambaleó y cayó al suelo.
Mientras el carromato se alejaba, se levantó como pudo y miró a su alrededor. Estaba en un espacio abierto donde había muchos grupos de gente y un gran número de shinobis armados.
Las vagas memorias de su infancia le indicaban que aquel sitio era la Arena de exámenes Chunin. O lo había sido. Ahora era una prisión.
Apenas puso un pie en el suelo, la empujaron hacia la derecha del recinto. Se unió a un rebaño de otras personas: si lo denominaba de esa forma era porque los arreaban como ganado. Guiaron al grupo hacia una sección de las gradas, acordonada con una especie de cinta amarilla. A simple vista, calculó que eran veinte. Una vez instalados, les quitaron las esposas. Supuso que las necesitarían para otros prisioneros.
Ella se postró a lado de la kunoichi que la había acompañado durante el viaje. A su izquierda había un hombre a quien no conocía y dijo ser shinobi; a la derecha de su compañera había otra kunoichi. Detrás de ellas, cuatro shinobis más; delante, cuatro más. Todos eran ninjas.
—Todos, manos al frente y la mirada en el suelo— ordenó uno de los custodios Uchiha con tono amenazante.
Nadie despegó los labios para protestar. Todos permanecieron petrificados, como figuras en una fotografía.
Sakura recorrió con la mirada el resto del entorno, una acción que no pasó desapercibida ante la mirada vigilante de uno de los custodios quien, sin pensarlo dos veces, le asestó un fuerte golpe con el bastón policial en el rostro, justo en la mejilla izquierda.
Apresada por el dolor, encorvó el cuerpo hacia el frente.
—Dije, manos al frente y la mirada en el suelo— repitió el hombre; eso serviría de advertencia para aquellos que osaran desafiar a la autoridad.
El sol caí a plomo. Podía imaginar que para cuando anocheciera tendría la piel en carne viva. No podían levantarse de su asiento: a quienes intentaban erguirse, lo mataban en un parpadeo. Permanecer sentada sin moverse por fuerza se torna tediosos; sentía los músculos del trasero, la espalda y las piernas entumecidos. Era un dolor leve en contraste con la perlesía del rostro, pero dolor al fin y al cabo.
De repente se oyó un violento ruido a sus espaldas, como el de una puerta al abrirse lentamente.
Sakura intentó captar parte de su imagen por el rabillo del ojo. Era un hombre.
Era alto y fornido. Tenía el pelo largo y castaño oscuro, portaba el uniforme característico de los Uchiha, salvo por el emblema bordado en el hombro izquierdo que indicaba su lugar dentro del escalafón militar.
El hombre se plantó al final de los peldaños y echó un vistazo a todos. Su mirada se detuvo en Sakura, que era la única con un aspecto completamente diferente al resto.
—¿Son todos?— lo escuchó preguntar a uno de los subordinados en voz baja. El chico asintió—. Muy bien, muy bien. Entonces procederé con la presentación. Antes de nada, yo soy el capitán Uchiha Inabi— se presentó—. Como todos ustedes sabrán, están aquí para expiarlos. El Régimen los considera traidores, shinobis indignos del perdón, sin embargo, la benevolencia del General Uchiha es tan grande que se les otorgará una segunda oportunidad.
Cada uno de los presentes permaneció en silencio. Ninguno era lo suficientemente valiente para decir algo.
—Está es la Kunoichi de la Resistencia, capitán— oyó decir a uno de los subordinados.
En un abrir y cerrar de ojos, la tomó del antebrazo y le obligó a ponerse de pie.
Percibió el aroma del capitán tan pronto como acortó la distancia entre los dos.
—No debes preocuparte. Sacaremos lo que resta de la insurgencia de ti. El proceso será sencillo si cooperas— susurró: el aliento de Inabi impregno sus fosas nasales—. Creo que el cabo merece una disculpa.
Notó dedos feroces incrustándose en la suavidad de su carne.
—Lo siento— resopló.
—Lo siento, cabo Uchiha— la corrigió Inabi de inmediato, deleitándose con la posición de poder en la que se encontraba.
—Lo siento, cabo Uchiha— dijo ella pronunciando cada silaba con dificultad.
Escuchó el sonido de firmes pisadas a su espalda. Inmediatamente, tanto el cabo como el capitán se tensaron.
Hubo un breve silencio a su alrededor y ella hizo un esfuerzo desmesurado para no derrumbarse.
—No seas tan duro con los nuevos internos, Inabi, acabaras asustándolos— espetó con aire de burla.
—Siempre es bueno tratarlos con mano dura desde el comienzo— replicó Inabi.
Al comienzo fue incapaz de reconocer de quien se trataba. Reconocía a los altos mandos de vista gracias a las fotografías que los miembros del equipo de reconocimiento mostraban en cada reunión. Incluso, el mismo Kakashi había dedicado una pared entera a colocar estas imágenes de acuerdo a la información que recuperaban de los prisioneros de guerra.
—Por lo que veo ya comenzaste con las reprimendas— agregó plantándose frente a Sakura.
—Ya sabe cómo son los rebeldes, incapaces de mostrar un ápice de humildad. Hasta en los últimos momentos se aferran a sus ideales— resopló con desprecio.
—¿Está es la Kunoichi en cuestión?— lo escuchó preguntar.
—Sí. Arribó en el cargamento matutino.
—Dejame ver ese rostro— ordenó el comandante.
Sin pedirle permiso, la tomó de la mandíbula con fuerza, obligándola a elevar la cara para contemplarle.
—¿Cuál es tu nombre?— increpó.
—Ha-Haruno Sakura— titubeo.
Una grotesca sonrisa alargó la comisura de sus labios; la mitad del rostro estaba cubierta por una pérfida cicatriz rojiza. Cuando lo reconoció, su corazón falló en un latido.
El hombre frente a ella era nada más y nada menos que Obito Uchiha, antiguo compañero de equipo de Kakashi y actual comandante de las fuerzas armadas de los de su estirpe.
—En verdad eres una belleza— siguió al ver que ella lo miraba—. No la subestimen, ese sello en su frente es una muestra inequívoca de su poder. Tsunade Senju tenía uno igual.
Tras pronunciar aquellas palabras la liberó.
—Fuiste su aprendiz ¿no es así?— quiso saber.
—Sí.
—Ya veo— respondió—. Lleva a los demás a los vestidores, ahí pasaran la noche. Yo mismo me encargare de ella.
Inabi y el otro subordinado acataron la orden sin rechistar. Tan pronto como ambos dieron la vuelta, Obito la dirigió al punto más alto de las escaleras. Cruzaron la puerta hasta el interior del estadio.
«Se acabó— pensó—. Van a fusilarme».
En todo momento mantuvo cierta calma, aunque costara creer, y de hecho ya no lo creía: no era calma, era parálisis. Mientras se diera por muerta, sin preocuparse por el futuro, menos sufriría.
Siguieron por el amplio pasillo. Voces graves se oían detrás de las puertas; shinobis vestidos con la misma indumentaria de los soldados que la habían custodiado todo el camino. Había algo en los uniformes que la crispaba, en los emblemas, en las brillantes insignias de las solapas. Todos firmes.
Ingresaron a una pequeña oficina, o lo que restaba de una. La sala estaba completamente vacía, salvo por dos de los ninjas que se encontraban en el interior. En medio de la geografía, bajo la incandescente luz blanca del único foco de la habitación yacía una silla.
—Toma asiento, por favor— la incitó Obito con voz calmada.
—Gracias— contestó. No es que tuviera otra elección: la dupla de shinobis la encajaran en el asiento y la inmovilizaron, sujetándole con bridas de plástico a los brazos de la silla. Después salieron de la habitación, cerrando la puerta suavemente. Tuvo la impresión de que caminaban hacia atrás, como en presencia de un antiguo dios, pero no podía volverse para mirar.
—Permíteme presentarme— dijo—. Soy el comandante Obito.
Ese fue su primer encuentro.
—Usted ya sabe quién soy— contestó.
—En efecto—dijo, con una sonrisa insulsa—. Me disculpo por los inconvenientes que has sufrido.
—No ha sido nada— respondió con ademá serio.
Era una estupidez bromear con quienes tenían un control absoluto sobre ella. No les hacía gracia; creerían que no apreciaba del todo el alcance de su poder. Fue imprudente. Había aprendido la lección.
Se le borró la sonrisa.
—¿Agradeces seguir con vida?— le interpeló.
—Desde luego— mintió ella.
—¿Agradeces haber caído en las manos del Régimen?
—Supongo que sí— contestó—. No me lo había planteado.
—No estoy seguro que sientas suficiente gratitud— dijo Obito.
—¿Qué sería suficiente gratitud?— repuso, desafiante. Sin lugar a dudas estaba haciendo todo lo posible para ganarse un lugar en el paredón de fusilamiento.
—Suficiente gratitud como para cooperar con nosotros— dijo.
—¿A qué se refiere con cooperar?— quiso saber.
—Es sí o no.
Sakura guardó silencio, pero esta afonía se rompió al escuchar el motor de una máquina. Intentó desesperadamente pensar con claridad. Aquella situación era tan irreal que aún estaba un poco aturdida.
—Me temo que lo que está a punto de suceder será muy doloroso para ti— le advirtió. En la mano derecha llevaba una especie de pistola que estaba conectada al dispositivo que rugía terroríficamente en un rincón de la sala—. Eres tan valiosa que no podemos darnos el lujo de perderte, así que esta es una medida de precaución.
Comenzó a forcejear para quitarse las ataduras, aun cuando sabía de buena cuenta que aquello era inútil.
—En tu lugar, no me movería— espetó el pelinegro.
Lo contempló con una mirada de terror. Terrible e indescriptible. En su lengua podía degustar el sabor del bronce, como la punta de un clavo carpintero.
El Comandante hundió los dedos en su cabello, apartando los mechones rosados hasta descubrir la oreja izquierda.
—¿Te sentirías más tranquila si cuento hasta tres?— preguntó con una sonrisa burlona. Sakura asintió en medio de temblores—. Uno…— disparó de improviso, generándole un dolor sordo, entumecedor.
Un grito desgarrador laceró el aire. Fue tan violento que la garganta le dolía y el oxígeno abandonó sus pulmones.
Aquella sensación era una agonía.
—Espero que esto sea suficiente para que seas más agradecida— concluyó el comandante con una sonrisa victoriosa.
»»»»««««
Sakura se sentía como si estuviera viviendo en un sueño.
Tomó varias bocanadas de aire con la intención de aunar fuerzas para mover un músculo. Se miró al espejo durante un par de minutos; las marcas violáceas alrededor de sus ojos y el matiz céreo de su piel se volvieron visibles. Desde allí escuchó el sonido amortiguado de los pasos de Sasuke deambulando por la habitación. Permaneció de pie hasta que el frío que le recorrió la espina dorsal se hubo disipado.
Con pasos vacilantes, abandonó su escondite . Al salir del aseo, Sasuke estaba sentado al borde de la cama: tenía los antebrazos apoyados sobre sus piernas, la espalda rígida y el rostro sombrío detrás del cabello azabache. Sus ojos parecían hundidos, mirando a un punto fijo en el suelo de madera.
Jamás imaginó que vería al Uchiha tan alterado.
Contuvo el aliento en un acto reflejo cuando las densas pupilas del muchacho encontraron sus orbes esmeraldas. Tuvo que parpadear un par de ocasiones para asimilar que el Uchiha tenía la mirada fija en ella. La oteaba de una manera tan significativa que sintió como le atravesaba el alma en un quedo intento por pedirle algo. Pero, antes de que pudiera averiguar de que se trataba, Sasuke desvió la atención nuevamente al piso, dejó escapar una fuerte bocanada de aire e irguió la espalda.
Otra vez con los nervios de punta, la kunoichi tomo asiento a su lado. Sin saber muy bien que hacer, colocó ambas manos sobre su regazo, aguardando por las instrucciones del Uchiha.
—¿Alguna vez habías escuchado sobre el enlace de chakras?— preguntó con evidente nerviosismo.
—No— musitó.
Sakura aunó valor para mirarlo a la cara. De repente tenía la impresión de que la presencia de Sasuke tornaba pequeña la habitación y caldeaba el ambiente.
—Es una antigua costumbre dentro del clan— explicó con neutralidad—. Se genera un vínculo con otra persona con el objetivo de tornar más sencilla la tarea de localización.
Sakura no supo precisar si su silencio obedecía a los estragos que el nerviosismo le estaba provocando a sus sentidos o a la impresión de estar tan cerca de él. Lo cierto es que sus labios permanecieron cerrados y su lengua inerte; mientras, solo atinaba a parpadear.
—El proceso es incómodo, pero solo durara unos cuantos segundos— le advirtió.
—Está bien, confío en ti— consiguió responder en un susurro inestable.
El pecho de Sasuke efectuó un raro movimiento de apnea. Se paralizó al tiempo que advertía el inusitado cambio en su expresión; más vulnerable de lo que nunca había sido, no obstante, atiborrada de incertidumbre.
—¿Puedo tocarte?— le preguntó él; la voz ronca.
La pregunta del pelinegro fue tan directa que la kunoichi no supo cómo contesta a eso. Le estaba pidiendo permiso para profanar su piel.
Ella asintió con vehemencia.
Su corazón se precipitó en un latido doloroso cuando él levanto su muslo derecho, acariciando la extensión de piel con delicadeza.
—Dolerá un poco al principio— apretó los labios al mismo tiempo que la escaneaba como si pretendiera ver a través de ella.
Una vez más, la pelirosa parecía no encontrar las palabras concretas para responder. Sasuke interpretó el silencio como si le estuviese dando permiso de proseguir.
Al muchacho le temblaban las manos cuando empezó a acumular chakra en las yemas de sus dedos. Se le erizó el vello de los brazos y las piernas. Mantuvo los ojos clavados en el suelo, demasiado tímida para mirarlo.
Tal como se lo había advertido, un dolor repentino le atenazó la extensión de la pierna. Lanzó un grito y llevó una mano hasta uno de los brazos de Sasuke, clavando los dedos en su bíceps.
El frío la hizo estremecer. Cerró los ojos y aguardó. Al cabo de unos instantes oyó la respiración laboriosa y entrecortada de Sasuke. Cuando sus chakras comenzaron a enlazarse, Sakura no pudo reprimir un escalofrió. Se quedó en esa posición, con los ojos cerrados y los músculos tensos, aterrada ante la idea de lo que iba a suceder.
Poco a poco, la agónica sensación comenzó a transformarse en ¿placer?. A pesar de portar un bloqueador de chakra, era capaz de notar la manera en que su cuerpo lo recibía sin problemas, mezclándose como si estuviesen hechos el uno para el otro. Fue entonces cuando ella arqueó levemente la espalda, siendo incapaz de contener un gemido tembloroso.
Sasuke tenía dedos hábiles y sorprendentemente amables. Abrumada por esa extraña sensación, alzó la vista y vio como la contemplaba él. Le pareció que en sus ojos había hambre, como si bebiera sus expresiones con los ojos.
La pelirosa permanecía inmóvil y silenciosa. Sintiendo una inexplicable resequedad en la boca, se lamió el labio inferior y disipó la distancia entre los dos, apegando su cuerpo al del Uchiha: el pecho contra la extensión de su brazo, una mano sobre su rodilla y la otra en la espalda; el rostro hundido en el espació que formaba la unión entre su cuello y el hombro.
Ella no lo notó, pero Sasuke tuvo que tragar grueso para mantener la concentración. Desde ese punto era capaz de inhalar el aroma de Sakura, almizclado, diferente, embriagante.
Aquello debió haber hecho que se sintiera más predispuesta a él.
Ninguno tenía la fortaleza, ni física ni mental, para resistirse. Aquello era demasiado para los dos. Sakura emitió un sonoro jadeo, aferrándose con su única mano libre al hombro de él.
Le pareció que transcurrió una eternidad antes de que Sasuke finalizara. Acaricio la piel delicada hasta que la sintió erizarse. Solo entonces se detuvo y elevó la mirada para encontrarse con la de ella.
Sakura estaba ruborizada y sin aliento, sentía el corazón desbocado en el pecho.
—¿Estás bien?— susurró Sasuke con dificultad, tan cerca de su rostro que su aliento le erizó la piel.
La kunoichi abrió la boca para hablar, pero las palabras se le atascaron en la garganta cuando los ojos de Sasuke intercalaron la trayectoria de su mirada esmeralda hacia sus labios entreabiertos. Su mano continuaba acariciando la zona afectada, obligándola a liberar otro jadeo.
Sakura hubiera preferido que le incrustaran un rastreador bajo la piel que solo le generara incomodidad en lugar del desconcertante cosquilleo y las mariposas en el vientre que el tacto deliberado de Sasuke le de lo que pudiese olvidarse una vez concluyera la misión. No una experiencia cargada de tensión. El chico parecía dejar marcas en su piel cada vez que la tocaba y que la estremecía en espasmos con una sencilla mirada. Definitivamente, ella hubiese preferido estar en esa situación con alguien que no fuera Sasuke. A pesar de que, paradójicamente, experimentaba un incongruente anhelo por él.
Hubiese podido pasar el resto de la noche sopesando sus opciones, pero Sasuke aprovechó aquel momento de descuido para pasar una mano por su espalda.
—S-sí, lo estoy— dijo en un susurro a duras penas audible.
En un abrir y cerrar de ojos, Sasuke inclinó el rostro sobre el suyo; su corazón estaba cerca de colapsar. La mirada de Sakura descendió; sus narices se rozaron, la distancia entre sus labios era casi inexistente. Debían detenerse. Habían cruzado una línea, pero no podían hacerlo.
Simplemente no quería que ese momento llegara a su fin.
Sasuke acarició la parte de su espalda que la camiseta dejaba al descubierto, en un travieso recorrido hasta su nuca con una delicadeza que ella creyó imposible. Sintió la carne ponérsele de gallina a medida que él la tocaba. El pelinegro ajustó el agarre y la inclinó hacia él para besarla; fue entonces que reaccionó.
Sacudiéndose el deseo con un gruñido gutural, la soltó como si cada centímetro de su piel ardiera, recobrando la distancia prudencial entre ambos.
Confundida, Sakura inhalaba y exhalaba violentamente. Su corazón continuaba latiendo con fuerza y su piel seguía caliente en las zonas que él había acariciado.
Aun sin comprender muy bien lo que acababa de pasar, Sasuke se puso de pie. Para sacarla de su campo de visión, se volvió y dio dos zancadas; las suficientes para llegar a una de las gavetas de la alcoba. Revisó uno de los cajones hasta dar con un uniforme oscuro. Tendiéndoselo a una desconcertada Sakura, expresó con inflexión queda:
—Conseguí esto para ti.
Dubitativa, Sakura extendió una mano temblorosa, aferrando los dedos al suave material.
Anticipándose a cualquier reacción de la kunoichi, Sasuke se apresuró a abandonar la habitación, dejándola a ella liada y deseosa por partes iguales.
Un soplo de viento del este, tan suave y fragante como los dedos de Sasuke, le revolvió el cabello. Oía el canto de los pájaros y veía la hierba, las flores silvestres y los espesos bosquecillos de olmos y secuoyas. Después de tanto tiempo en la oscuridad, el mundo era tan hermoso que Sakura se sintió mareada.
Contuvo las ganas de lanzar una sonora carcajada al mirar de reojo la figura de Sasuke deslizándose con agilidad sobre las ramas, sin hacer ruido. Estaba muy concentrado en lo que sucedió a su alrededor, echando vistazos en todas las direcciones posibles en busca de cualquier anormalidad.
El camino era poco más que dos surcos entre las hierbas crecidas.
Resultaba sinuoso como una serpiente, trazaba curvas y más curvas, se enredaba con otros senderos secundarios, y ocasiones parecía esfumarse por completo, para reaparecer media legua más adelante, justo cuando ya habían perdido la esperanza. El terreno no era dur; las colinas eran onduladas y los campos sembrados se intercalaban entre prados, bosquecillos y valles surcados por arroyuelos de aguas tranquilas bordeados de sauces. Pero, pese a todo, el camino era tan estrecho y retorcido que tenían que avanzar a paso de caracol.
Nubes altas en el cielo formaban una fina capa amarrilla que se fue adensando según avanzaba la hora y luego se espesó, hasta que un fulgor filtrao de color naranja se cernió sobre las frondas gigantescas de los árboles. El viento olía a otoño. Sakura aspiró la fragancia hasta sentir un escozor urente en el pecho, llenando sus pulmones del aroma de la libertad.
Su buen ánimo contrastaba con el aura enlutada del azabache. Durante más de dos horas, luego de atravesar el último punto de control dentro de la aldea, había estado sumergida en una serie de cavilaciones exuberantes y sin sentido. Sobre ella, los espacios entre las ramas que enmarcaban el cielo recorrían lentamente su segmento limitado del espectro, del amarilla al naranja, mientras Sakura tamizaba sentimientos desconocidos y evocaba una y otra vez determinados recuerdos. Ninguno amainaba. A intervalos, los músculos de su vientre se tensaban involuntariamente al rememorar otro detalle. Las gotas de sudor aperlandole la frente. La nariz recta y perfectamente perfilada. Labios enmarcados, Cuando él hundió los dedos en la carne de su muslo, un rápido vislumbre a su regazo para notar lo que los pantalones se suponían ocultaban. Lo vio, se obligó a volver a verlo.
Intentó protegerse con su fe política, con la teoría cientifica de las clases que los Uchiha promulgaban y su propio aplomo algo forzado. Era lo que era. Sasuke no era más que un captor, casi invisible. Ahora lo veía como una beldad extraña: había algo esculpido y quieto en su cara, sobre todo alrededor de los planos inclinados de sus pómulos y una boca llena, reluciente.
Ahora que lo pensaba, si tan solo hubiese inclinado un poco más el rostro la distancia entre sus labios habría desaparecido. Pero era demasiado peligroso, él lo sabía. Demasiada confianza, demasiado riesgo, demasiada precipitación.
Le habría gustado estirase y probar su piel; Sasuke despertaba sus dedos. Ahora comprendía a Ino a la perfección. Era tan agradable ser tocada por alguien, sentirse deseada por alguien, desear.
Mierda.
—¿Has recibido más noticias de la situación de Itachi?— se mordió la mejilla por dentro, había hecho un esfuerzo sobrehumano para modular su tono de voz.
Los ojos ónix de Sasuke se fijaron severamente en ella.
—No, ninguna hasta el momento— apuntó indiferente.
Pronto, un reconocido mutismo se instaló entre ellos. La sonata del bosque estaba allí para llenarlo. Una suave brisa movió sus cabellos, dejando un gélido cosquilleo por la piel de su cuello. Sintió los ojos de Sasuke clavarse nuevamente en ella, forzándola a devolverle la mirada.
—¿Cuál es su estado?— quiso saber. Necesitaba prepararse mentalmente para la situación. Si bien, la salud de Itachi había mejorado considerablemente en los últimos meses, Sakura estaba consciente que el daño en algunos de sus órganos era severo. Con sus cuidados se las apañó para comprar tiempo.
Sasuke inhaló una vez. Dos. Tres veces. Luego susurró con cautela.
—¿Sinceramente? No tengo la menor idea— ahora se escuchaba más calmado—. Shisui no entró en detalles y la señal se interrumpió poco después de enviar el mensaje— agregó tan serio como de costumbre—.De acuerdo con los reportes de inteligencia, su grupo se encuentra pasando la montaña Takurami, a dos días de viaje.
Sakura negó con la cabeza.
—Es mucho tiempo.
—Lo sé— concordó el Uchiha con ella—, por esa razón, intentaremos avanzar tanto como nos sea posible.
Sakura asintió.
Comenzaba a sentir aquel dolor profundo y dulce que le invadía los músculos después de un entrenamiento.
La kunoichi se estiró para ver cómo el mundo fluía a su alrededor; después de la celda, cada roca y cada árbol eran una maravilla.
—Deber ser extraño para ti.
Sakura se tensó en un acto reflejo al escuchar la voz de Sasuke susurrándole casi al oído. Debía tener el rostro atestado de confusión para que él fuese capaz de interpretar aquella mueca.
—Me refiero a todo este asunto de abandonar la aldea— insistió el Uchiha.
Hubo un corto silencio antes de que Sakura susurrara:
—En cierta parte lo es— sus miradas se encontraron durante una fracción de segundo—.Pasé tanto tiempo recluida tras las murallas… tengo la impresión de que estoy vislumbrando el mundo por primera vez.
Él la taladró con sus finos ojos ónix.
—No te has perdido de mucho— suspiró—. A donde quiera que vayas la guerra y la destrucción son el pan de cada día.
Cruzaron por un poblado con varias chizas pequeñas, erigidas sobre altos troncos que les daban aspecto de grullas. No había ni rastro de la gente que vivía en ellas.
—Algunas personas optan por ver la fealdad del mundo— comenzó a decir, pasando su comentario magistralmente—. Yo elijo ver la belleza. Creo que hay un orden en nuestras vidas, un propósito.
—¿Y cuál es ese propósito, Sakura?
El calor reptó por su cuello a una velocidad alarmante. No fue la pregunta la que tomó por sorpresa a la ninja médico, sino la forma en cómo había paladeado su nombre. La voz de Sasuke estaba decorada con una suavidad rustica que hizo vibrar algo en su pecho.
Ajeno a la creciente vergüenza de la que era presa su compañera, aguardó pacientemente por su respuesta. En cuanto a ella, volvió la mirada al frente, procurando que su cabello rosado formara una cortina que le confiera unos cuentos segundos de privacidad para disminuir el sonrojo y recobrar la firmeza.
Sakura agradeció el silencio. Jamás se había cuestionado cuál era su papel en la tierra. Cuando consiguió arribar con su madre a la base dela Insurgencia, tenía la certeza que su propósito en esa vida era ayudar a los demás. Se aferró a dicho ideal hasta el día en que los Uchiha la capturaron y se encargaron de despojarla de sus sueños y ambiciones. Sin embargo, todo transmutó en el instante en que conoció a Itachi. Comenzó a creer que todos los sucesos que habían marcado su corta existencia se reducían a ese momento, a esa especifica tarea: salvar al primogénito de Fugaku.
Pero ahora no estaba del todo segura.
De nuevo la atacaba aquella sensación inexplicable que solía embargarla justo después de interactuar con Sasuke, la misma que conseguía desequilibrar sus latidos y el pulso bajo su piel. Luego de lo acontecido en su habitación, le pareció que habían superado un obstáculo. Aún así, el sentimiento no podía compararse con lo que sentía por Kakashi o Naruto. Este era distinto en toda la extensión de la palabra. Alarmante. Un escalofrío le surcaba la columna cada vez que sus ojos se encontraban con aquella mirada azabache que evocaba una relación más compleja como la amistad.
—Aún no lo he descubierto— dijo encogiéndose de hombros.
Miró al pelinegro, quien estaba vertiendo toda su atención en ella, ceñudo, como si la respuesta a ese cuestionamiento fuese de vital importancia, algo que necesitara para seguir viviendo.
—¿Cuál es el tuyo?— preguntó de manera inocente sin ánimos de generar una discusión entre los dos.
Hizo una pausa para otearle de reojo y recibió como respuesta una tensa mirada por parte del Uchiha. La familiar descarga eléctrica pasó por la espalda de la kunoichi. Inhaló y exhaló. Una, dos, tres veces. Hasta controlar el hormigueo que danzaba sobre su piel.
—Me temo que no tengo ninguno— dijo con aspereza.
El destello de una mirada de punzante extrañeza surcó el rostro de Sakura, turbándola por un segundo o más. Unas ganas infinitas de abrazar al joven frente a ella, la embargaron. Sin embargo, no hizo tal cosa; cualquier cosa que se hubiese propuesto vociferar se vio interrumpida cuando pudo distinguir un roble lleno de mujeres muertas.
Los cuervos habían comenzado a picotear los cadáveres. Las finas cuerdas se clavaban profundamente en la carne blanca de los cuellos violáceos, y cuando soplaba el viento, los cuerpos giraban y se balanceaban.
Ambos se detuvieron en seco.
La guerra se había cobrado un alto precio. Dejaron atrás aldeas, pero no vieron aldeanos. Una chica joven que abrevaba su mula desapareció a toda prisa tan pronto como los divisó. Más tarde pasaron ante una docena de campesinos que cavaban en un campo al pie de los restos de una edificación calcinada. Los hombres los miraron con ojos pagados retornaron a sus labores cuando llegaron a la conclusión de que no eran una amenaza.
—Esto es perverso— dijo Sakura cuando estuvieron suficientemente cerca para verlo con toda claridad.
—Siempre hay que ver la belleza del mundo ¿cierto?— vociferó el Uchiha en tono sarcástico.
Sakura le lanzó una mirada enfurruñada. Restándole importancia al indolente comentario, preguntó:
—¿Quién podría hacer algo así?
Los cuerpos colgaban por encima de sus cabezas, como fruta podrida que la muerte había madurado en exceso.
—Bandidos ¿Quién más?— dijo Sasuke—. La zona está repleta de ellos.
Sakura cerró los ojos y sacudió la guedeja rosada.
—Esto es inhumano— insistió.
—En un mundo inmerso en el caos, los hombres malos abundan— espetó con una seriedad abominable, tan terminante que dio un paso al frente, dispuesto a seguir con su camino.
Fue hasta el momento en que Sasuke se percató de la ausencia de Sakura que giró sobre sus talones para mirarla. Intercambiaron una mirada silenciosa, dura e increíblemente tensa.
—¿Qué demonios estas haciendo?— pregunto, hastiado—. No hay tiempo que perder.
—No dejaré que estas mujeres inocentes sean pasto de los cuervos. Debemos bajarlas y enterrarlas— no era una pregunta.
Sasuke frunció los labios y dio un vistazo fugaz a su alrededor.
—No— se negó tras un par de segundos de deliberación. Dio un paso al frente e interrumpió el análisis de la pelirosa, obligándola a mirarlo directo a los ojos—. Este lugar es tierra de nadie. Probablemente los grupos que dominan la zona ya sepan que estamos aquí
Otra oleada de indignación reverbero en las entrañas de Sakura.
—Uno de nosotros tendrá que cortar las cuerdas— dijo la kunoichi—. Yo subiré, necesito un kunai.
—No.— Sasuke se puso tenso—. No permitiré que tengas un arma.— Su voz era tan inconmovible como la roca.
«No confía en mi».
Sin decir una palabra más, Sasuke caminó hacia el roble y comenzó a trepar.
Las ramas más bajas del árbol eran lo bastante grandes para que pudiera ponerse de pie sobre ellas mientras se abrazaba al tronco. Caminó entre las hojas con el kunai en la mano mientras liberaba los cadáveres. Los cuerpo cayeron, rodeados por enjambres de moscas; con cada uno que dejaba caer, el hedor aumentaba.
Haciendo caso omiso, Sakura arrancó una parte de la corteza del árbol, se colocó de rodillas en el suelo y comenzó a rascar la tierra.
Para su sorpresa, Sasuke imitó sus acciones. Probablemente de esa forma acabarían en tiempo récord.
Mientras cavaba, a la mente de Sakura llegó un recuerdo. Aunque su trabajo estaba en la enfermería, durante algún tiempo tuvo que trasladar los cadáveres del hospital. Por si eso fuera poco, debía limpiar los cuerpos, porque se trataba de antiguas pacientes; y además, el suministro de agua para lavar a los vivos era limitado, cuánto más para limpiar a los muertos. Cuando terminaba con el trabajo, tenía que arrojar a los muertos a un montón de cadáveres putrefactos.
Realizaban el trabajo entre dos. Tendían los cadáveres en parihuelas y, bajo la vigilancia de los Uchiha, los trasladaban al depósito, que estaba a media hora de camino del hospital. Habría resultado una tarea laboriosa para hombres sanos, Para ellas, resultaba agotadora. Los guardias no las dejaban un solo momento para respirar; pero la inhumanidad estaba a la orden del día en la Unidad 121.
—¿Sucede algo malo?— preguntó Sasuke por lo bajo.
—Es solo que de entre todos los horripilantes trabajos que tuve que realizar, éste fue el que me dejó recuerdos más macabros— confesó, señalando con un gesto al cúmulo de cadáveres que aguardaba por ellos.
No quería rememorar cómo tenía que tropezarse con los montones de cuerpos en putrefacción, muchos de los cuales pertenecían a personas que habían muerto en las condiciones más deplorables, víctimas de enfermedades y experimentos terribles.
Todavía le resultaba increíble intentar encontrar de dónde pudo sacar fuerzas necesarias para seguir realizando aquellas tareas. No se desmayó siquiera una vez, como le ocurría a tantas de sus compañeras.
Sakura oyó un sonido débil y húmedo, como el que se produce cuando una persona se dispone a hablar y la lengua se despega del velo del paladar.
—Lo lamento, yo…— empezó a decir él, impasible.
Sakura lo miró inexpresiva.
—Tu no hiciste nada, al menos no directamente— refutó.
Por el rabillo del ojo notó la ondulación de los músculos de Sasuke, como un gato arqueando el lomo.
—¿Qué fue lo que sucedió en la unidad 121?— preguntó con brusquedad ; sus ojos centellaron.
Ella tragó el prieto nudo de su garganta.
Se miraron de hito en hito durante varios segundos, y ninguno dijo nada.
—Lo leí en tu informe— explicó con cierta vergüenza.
¿Qué obtenía él de todo eso, jugando el papel de ingenuo? ¿Qué sentía al interpretar ese ambiguo rol? Claramente, Uchiha Sasuke no tenía ni la más ínfima idea de lo que realmente ocurría en aquella fabrica. Actos de perversión, por lo que sabía.
Seguramente obtenía algún beneficio de ello. De alguna manera, cada uno iba a la suya. Tal vez le producía satisfacción el simple hecho de saber algo secreto. O de tener alguna información sobre ella. Ese eral tipo de poder que sólo se puede usar una vez.
—Si lo leíste en mi informe, ¿por qué estás preguntándomelo? — elevó la mirada hacia Sasuke, encarándole con la misma firmeza que él le devolvía.
—Porque quiero escucharlo con tus propias palabras— su respuesta sonó fría y cortante.
Sentía los músculos de los hombros tensos y duros.
Rehuyendo la mirada inquisitiva del Uchiha, continuó escarbando. Los dedos comenzaban a entumecérsele por el frío y las piernas se le acalambraban a causa de la incómoda posición en la que se encontraba. Aunado a esto, la falta de aire comprimía sus pulmones, resultando doloroso y difícil respirar con normalidad, pero pudo recobrar la compostura.
—Lo que haya sucedido en ese lugar, ahora mismo está en el pasado y olvidado— volvió a tomar una nueva bocanada de aire.
—Corta esa mierda— espetó Sasuke a secas.
—¿A qué te refieres?
—Solamente quiero ayudarte— su rostro no mostraba otra cosa que no fuera determinación y eso la enfureció.
—Por si no lo recuerdas, Uchiha, soy una prisionera— dejó caer la corteza que utilizaba como pala y, sin inmutarse en sacudirse las manos, descubrió la oreja izquierda, coronada con el bloqueador de chakra—.Esto es prueba de ello.
Su corazón sonaba a un ritmo ensordecedor. Estaba demasiado alterada. Todo era culpa de Sasuke. No había nada en ese joven que no consiguiera atolondrarla.
—Hay un lugar para ti en la aldea—murmuró.
—En una celda de prisión, querrás decir— escupió con todo el desdén posible—. Hace mucho tiempo que cambie la libertad por cautiverio.
—Es por redención— siseó; una ínfima nota de desesperación se filtró en sus palabras.
Sakura frunció ligeramente el ceño.
—Nuestros pecados son los mismos, Sasuke. La única diferencia es que los cometidos bajo órdenes diferentes— farfulló tan bajo que, aunque la escuchó, Sasuke no estuvo seguro si ella quería que lo hiciera. Una sonrisa triste ladeó los labios de Sakura cuando volvió a hablar—: En ese caso ¿Por qué soy yo la que debe rendir cuentas?
La fatiga empezaba a pesarle; no esa fatiga habitual que venía después de una larga caminata, sino la que la obligaba a detenerse y descansar frecuentemente.
Pese al temblor de sus piernas cansadas y el dolor que la obligaba a mantener rígida la espalda, Sakura sabía de buena cuenta que no podían parar.
Bajo la brumosa luz de la luna brillando. Través de las ramas que había sobre sus cabezas, Sakura miró a Sasuke. Sus pesadas respiraciones resonaban con un ruido que les parecía ensordecer, pero la kunoichi hizo todo lo posible por escuchar qué ocurría más allá de sus propios jadeos, procurando distinguir otros sonidos en la zona que los rodeaba, envueltos en la más completa oscuridad.
—Se lo que estás pensando y la respuesta es no— la voz de Sakura rugió repentinamente, cansina, al mismo tiempo que sus orbes esmeralda se apartaban un instante del camino para posarlos sobre el azabache.
Sasuke tensó los labios.
—Bajamos el ritmo tres kilómetros atrás— apuntó a lo obvio. El rostro de la ninja médico se sonrojó.
—¿De verdad? Ni siquiera lo noté— ambos sabían que estaba mintiendo.
Si continuaban así, tanto ella como el Uchiha se verían obligados a descansar medio día.
—Debemos detenernos— dijo él con aquel tono suyo tan característico.
La pelirosa frunció el entrecejo.
—Estamos en campo abierto.
—Solamente descansaremos unos cuantos minutos— respondió—. También estoy llegando a mi límite.
Sakura echó un vistazo a sus espaldas. Nadie parecía estar yendo tras ellos. Tenían poco aliento para poder suspirar, pero al menos podrían relajarse un poco.
Al dejar caer sus bolsas, Sakura sintió un agudo dolor en los hombros. No estaba en muy buena forma. Después de dejar los bultos, apoyó las manos en los muslos e intentó descansar.
Sasuke la apremió para que se sentara en la oscura arboleda. Al igual que ella, volvió a comprobar si se oían otros ruidos sospechosos y se sentó a su lado. La abundante maleza seca crujió bajo su peso.
Le parecía que habían cubierto buena distancia, pero dado el modo en el que habían avanzado, zigzagueando, y que habían perdido todo sentido de la dirección al subir la colina, puede que solo estuvieran a unos centenares de metros del sitio donde habían enterrado los cuerpos de aquellas mujeres. Aunque eso podía deberse a la espesura del bosque o a que la ocultaban leves laderas o saledizos. En todo caso, Sakura se sentía más segura en la intimidad del bosque.
Sasuke miró a Sakura y susurró:
—¿Estás bien?
—Sí— murmuró ella, y asintió levemente.
Lo mejor era quedarse allí un rato, pero, de todos modos, tampoco tenían otra opción.
Bajo la mirada expectante de su compañera, lo primero que hizo fue abrir su mochila. Rebuscó en su interior, a tientas, y encontró un objeto que parecía una barra de cereal.
—Gracias— masculló al mismo tiempo que tomaba la fuente de alimento.
Ambos se dispusieron a comer en silencio.
—Respecto a tu informe— comenzó a decir Sasuke; su voz sonaba suave y modulada, tan agradable que Sakura notó un cosquilleo en su vientre—, no puede evitar percatarme que probablemente fuimos compañeros en la Academia, ya sabes, antes de que sucediera todo esto.
Sakura masticó lentamente y dejo escapar un largo y pausado suspiro.
—Tal vez, pero no puedo recordarlo— sentada, se apoyó contra el tronco del árbol más cercano y estiró las piernas.
Sasuke propinó un resoplido y siguió comiendo. Permanecieron en silencio durante un rato. Luego él sacó a relucir otra idea.
—¿Crees que hubiésemos sido amigos?— preguntó sin mirarla.
Ella lo observó por el rabillo del ojo y sonrió.
—Es poco probable— decretó—. Estoy segura que eras bastante popular, probablemente todos querían estar contigo. En cambio, yo era una niña tímida— por un instante se permitió disfrutar de aquella fantasía—. ¿Habrías sido mi amigo?— quiso saber.
Volvió el rostro en dirección a Sasuke; ahí estaba él, con un sonrojo en las mejillas y el entrecejo ligeramente fruncido. Tenía la certeza que, en su faceta de capitán, el rostro del Uchiha emulaba la serenidad de una piedra. Sin embargo, las palabras que recitó la tomaron por sorpresa.
—Claro, por supuesto— dijo con un suspiro.
Notó como el calor subió por la delgada columna blanca que era su cuello.
—Si, claro— consiguió responder con cierta ironía.
Sasuke frunció la frente.
—¿Por qué te resulta tan extraño?— preguntó él con sus diáfanos ojos ébanos clavados en su rostro.
La pelirosa tragó grueso. Se hallaba cautivada por el intenso fulgor de esos orbes color media noche que la observaban como si ella fuese la única mujer en el mundo.
—Miranos— los señaló a ambos en un intento por enfatizar su punto—, somos tan distintos.
—Diferente no es malo— dijo él, restándole importancia al argumento de Sakura.
—Tampoco es bueno— aclaró.
Sakura volvió a suspirar profundamente de nuevo.
Levantó la mirada y a través de las ramas vio el grisáceo cielo azul, con un turbio fulgor, a la luz de la luna. Sentía que con tal cantidad de información, le estaba otorgando demasiado poder a un hombre distinto a Naruto o una persona diferente a Ino, pero Sasuke mostraba verdadero interés por lo que ella pudiera sentir o pensar, así que se halló poseída por un extraño impulso de complacerlo con honestidad.
Aquella sucesión de pensamientos la condujo a otro impulso más preocupante.
Sakura se volvió hacia Sasuke y dijo:
—Los únicos recuerdos que tengo de esa época se reducen a lo que viví con mi madre cuando escapamos de la aldea— llevó las rodillas hasta su pecho, aferrándose a si misma—. Lo recuerdo perfectamente. Yo era muy pequeña pero se me quedo grabado en la cabeza…
La mirada de Sakura viajo hacia la tierra.
—Lo último que recuerdo de mi vida antes de la guerra es un cuento. Mamá lo leía cuando me iba a dormir. Era mi favorito, trataba de un pececillo dorado. Yo siempre le pedía algo a ese pez: «Pececillo dorado… Querido pececillo…». Mi deseo era para el verano en la playa, y que papá viniera con nosotros. Mi padre era tan divertido.
Una sonrisa trémula estiró la comisura de sus labios al evocar aquella reminiscencia de su familia, de los días felices.
Sasuke se vio en la necesidad de decirle que conocía el cuento a la perfección, también era su favorito. Pero en ese punto, él no tenía derecho a opinar nada, ni fantasear sobre su relación. Lo único que podía hacer era mantenerse callado, observar, como siempre lo había hecho.
»La mañana del golpe me desperté de pronto, asustada. Se oían ruidos desconocidos para mi… Mis padres no se dieron cuenta. Creían que yo dormía, pero solo fingía. Me quedé en el rellano de las escaleras, muy quieta.
Escucharon el susurrante sonido de las ramas más altas de los árboles en lo más profundo del bosque, agitadas por el viento.
»Mire la forma en la que papá besaba a mi madre sin parar, le besaba la cara, las manso… Eso me sorprendió, nunca antes se habían besado así. Después salieron de casa, tomados de la mano. Bajé las escaleras tan rápido como mis piernas me lo permitieron y, desde el umbral de la puerta, vi como mamá se colgaba del cuello de mi padre y no lo dejaba marcharse. Él la apartó y corrió, ella lo alcanzó y volvió a abrazarlo; lo quería detener, le gritaba. Entonces yo también grite: «¡Papá! ¡Papá!».
Sakura lanzó una mirada al cielo.
»Mi padre, al verme, se llevó las manos a la cabeza y empezó a andar, a correr. Le daba miedo mirar atrás. Tengo la sensación de que comprendía que aquella era la última vez que lo veía. Nunca nos volveríamos a encontrar.
Volvió su mirada hacia Sasuke.
»También recuerdo, de más adelante: el cielo negro y explosiones a mis espaldas. Al borde de la carretera yacía mi madre con los brazos abiertos. Le pedí que se levantara, pero ella no respondió. Los soldados la envolvieron en una tienda de campaña y la enterraron en la arena, allí mismo. Lo único que pasaba por mi mente eran preguntas: ¿Cómo íbamos a encontrarnos después? ¿Cómo volveríamos a estar juntas?
»Uno de los miembros de la insurgencia preguntó mi nombre. Pero a mí se me había olvidado. No me acordaba de nada. Así que me quede sentada junto a su cuerpo hasta que se hizo de noche, hasta que alguien me recogió y me subió a un carreta. Llegamos a una aldea, la gente desconocida nos cobijó en sus casas.
Los dedos de la kunoichi se aferraron a sus propios brazos, estrechándose sobre si misma en un abrazo que intentaba reconfortarla.
»Pasé mucho tiempo sin hablar. Tan solo miraba.
Ella suspiró de forma muy larga y profunda.
»Después recuerdo un día de verano. Un espléndido día de verano. Una mujer extraña me acariciaba el pelo y yo rompí en llanto. Comencé a hablar… a contar cosas sobre mi mamá y mi papá. Cómo papá se había ido corriendo sin mirar atrás… cómo mamá yacía en el suelo…
»La mujer que me acariciaba el pelo era Tsunade-sama. En aquel momento lo comprendí: ella se parecía a mi madre.
Sakura ladeó la cabeza, perdiéndose un instante en el pasado. Se estremeció entre la tierra y, aunque su rostro permanecía imperturbable, las ganas inmensas de romperse en llanto como aquella vez la embargaron.
Suspiró y busco a tientas la botella de agua en su propia mochila.
Sacó la cantimplora, rompió el sello del tapón de rosca y solo dio un pequeño trago antes de entregársela a Sasuke, que cogió el objeto e emitió su acción.
Probablemente era consciente de que el agua era un bien preciado. Cada botella contenía aproximadamente un litro, y solo tenían dos.
—Siéntete afortunado, Uchiha. Es la primera vez que cuento esta historia en voz alta.
Los ojos del aludido se abrieron más de lo que pretendía. Jamás había escuchado un relato de la guerra desde otra perspectiva que no fuese la de su bando.
Sakura representaba la consecuencia de todo el mal infligió por su padre.
Todo lo que hizo Fugaku fue por orgullo, vanidad y resentimiento.
Cualquier cosa que Sasuke se hubiera planteado decir se vio interrumpida cuando Sakura esbozó una ligera sonrisa. Él hizo todo lo posible para devolvérsela. Lo que acababa de relatarle era espantoso, pero se sintió un tanto aliviado cuando esbozó su sonrisa.
—Bueno, será mejor que continuemos— dijo ella a la par que se ponía de pie, dispuesta a proseguir con su ardua travesía.
—Sí— asintió Sasuke.
¿Qué se suponía que tenían que hacer ahora?
No había caminos que recorrieran el angosto valle por el que caminaban. El color rojizo dorado de las hojas otoñales había ido escaseando desde que salieron del bosque para ascender por las viejas colinas. Los gigantescos centinelas de un verde grisáceo se alzaban ya sobre ellos, junto con píceas, abetos y una interminable sucesión de pinos soldado. En cambio, a ras de suelo había poca vegetación, y una alfombra de agujas color verde oscuro cubría el terreno.
Debido a la naturaleza accidentada del terreno, ambos se vieron obligados a bajar el ritmo y, lo que hace un kilómetro era un trote seguro y estable, se transformó en una caminata torpe y lenta.
Al ser incapaz de canalizar chakra a las plantas de los pies para mantener el equilibrio, Sakura realizaba un esfuerzo sobrehumano para emular el paso del Uchiha. Sentía como si hubiese estado en pie durante varios días corriendo todo el tiempo; le dolía el pecho y los músculos se le acalambraban como si le faltara azúcar. La mochila parecía pesar el triple de lo normal y mantenía los párpados tan abiertos como el cansancio se lo permitía.
—Baja despacio— la instruyó Sasuke al descender por una pendiente particularmente inclinada.
Aferró los dedos a las rocas y plantó los pies con tanta firmeza que le resulto extraño el tropiezo al final del camino. Para su sorpresa, los agudos reflejos del Uchiha evitaron que impactara de lleno contra el suelo; cuando abrió los ojos, una sensación de electricidad le recorrió el cuerpo al sentir una mano tocando sutilmente su cintura. Desde esa distancia, podía percibir el calor que emanaba del cuerpo de Sasuke tan cerca que si inclinaba el rostro solo un poco sus labios entrarían en contacto. No apartó la mirada de él, y aunque quisiera, era imposible hacerlo. No mientras el pelinegro permaneciera en silencio, admirándola empedernidamente.
El hechizo llegó a su fin cuando las voces surgieron a sus espaldas. Se escuchaban lejanas, pero las palabras eran claras.
Una especie de gruñido escapó entre los dientes de Sasuke. Sakura vio como él se alejaba de nuevo, manteniendo la distancia entre ambos.
Llevó un dedo a sus labios para indicarle que guardara silencio. Hasta el momento no habían encontrado señales de vida en kilómetros a la redonda, por lo que, la presencia de aquellas personas era un mal augurio.
Utilizaron el follaje de los arbustos como camuflaje. El calor le escocia los músculos y el cansancio atentaba con cada paso que daba. Aun así, se las apañó para seguirlo a un sitio entre los matorrales.
Entonces fue cuando lo vieron.
La luz proyectada por las antorchas hacia brillar los rostros de los sujetos congregados en el centro de la arboleda. Iban ataviados de negro de pies a cabeza y llevaban consigo un centenar de armas de caza.
No se necesitaba ser un genio para comprender el contexto de la situación. Esas personas probablemente pertenecían al grupo de bandidos que Sasuke había mencionado horas atrás. Tal vez por ese motivo, las aldeas y poblados alrededor de la montaña fueron abandonados. No era de extrañarse que, en medio de una guerra, ese tipo de personas abundaran y sacaran provecho de la coyuntura.
En el sitio en que se encontraban era imposible escuchar lo que decían por lo bajo. De la rama de un árbol colgaba un hombre; aun estaba vivo, pataleaba y se esforzaba por encontrar una superficie donde reposar los pies, pero era inútil, sus suplicas pronto se transformaron en un grito escalofriante que rasgó el aire en el momento que uno de los encapuchados clavó el puñal en su vientre. Una, dos, tres veces. El corte era tan profundo que parte del intestino comenzó a salir por la abertura.
Ante la brutalidad de la escena, Sakura se sintió increíblemente mareada y con ganas de vomitar. Pero tragó saliva y consiguió mitigar la náusea. Levantó la cabeza y miró en otra dirección, a la cuesta por la que habían bajado dando tumbos.
—Mierda…— masculló Sasuke; lucía igual o más atónito que ella.
Era evidente que debían marcharse de ahí cuanto antes. Si los bandidos llegaban a descubrirlos, probablemente sufrirían la misma suerte de ese pobre hombre. Sasuke lo sabía a la perfección.
El Uchiha llamó su atención; una vez más le pidió que guardara silencio y, con mímicas, le indicó la dirección a la cual se desplazarían. Si tenían suerte, la oscuridad de la noche y la espesura del bosque jugarían a su favor.
No se había dado cuenta de lo tensos que estaban sus músculos hasta que comenzó a moverse nuevamente. Sus ojos vibraban de miedo, a su mente acudió la escena de los cuerpos de aquellas mujeres pendiendo del árbol y los gritos desgarradores de ese hombre al ser asesinado. Cada nervio de su cuerpo estaba entumecido por una sobrecarga de emociones. Notó el sabor agrio de su propia saliva, era como si estuviese tragando bilis.
—¡Busquen a los rezagados!— ordenó uno de los bandidos a sus espaldas—. No deben estar lejos.
La pelirosa hizo un esfuerzo monumental para calmarse, desviando la atención hacia el rostro imperturbable del azabache. Lentamente, los ojos del Uchiha se encontraron con los suyos.
—No te detengas— susurró.
Marchó con sigilo por el camino que Sasuke había señalado. Mantuvo los ojos clavados en el sendero al mismo tiempo que los brazos le vibraban a los costados de su cuerpo.
No escuchó los pasos del pelinegro, pero sabía que estaba a un paso detrás de ella.
Ambos eran lo suficientemente agiles e inteligentes para generar sonido alguno que pusiera en alerta al grupo de depravados. No fueron sus respiraciones entrecortadas lo que los obligó a detenerse en seco, sino más bien, las voces de dos personas.
—¿Escuchaste lo que hizo Kimi?— preguntó un hombre.
—Sí. Qué vergüenza. Pero no me sorprende— contestó la mujer que iba a su lado. Ambos parecían demasiado enfrascados en su conversación para prestar atención a la tarea que estaban realizando.
—Su hermana, en cambio… Me impactó— suspiró.
—Su pobre madre— coincidió la voz femenina sonando igual de apesumbrada.
—Tendría que haber sabido que algo iba mal— se lamentó el individuo antes de separarse de su compañera y tomar caminos diferentes.
Fue entonces que, en un intento por escapar de ahí intactos, Sasuke lanzó en kunai en dirección de la mujer. El arma se hundió en su garganta sin mucha resistencia. El cuerpo de la fémina, desde el pecho a los dedos de los pies, empezó a convulsionarse, y luego se paró, cayendo en el suelo con un ruido sordo, como si se tratase de un costal de papas.
En un parpadeo, Sakura escuchó un sonido desgarrador, parecido al que produce un limón al partirse por la mitad. El cuchillo tenía que estar realmente afilado y el limón muy fresco.
Le costó un segundo darse cuenta de lo que había ocurrido.
Sakura vio como el Uchiha sometía al otro hombre; lo sujetaba de la nuca con la mano izquierda, y clavó el kunai un poco más adentro. Se pudo oír otro crujido y el borboteo de la sangre al salir de la herida, manchando la capa negra que cubría la mitad del cuerpo de aquel individuo.
Sasuke dejo caer el cuerpo inerte, que se derrumbó en el suelo justo a su lado.
Tan solo era cuestión de segundos para que los demás se percataran de la escena y ambos shinobis lo sabían a la perfección.
—Debemos separarnos— dijo Sasuke en voz baja. Sonaba agitado, pero su faz reflejaba lo contrario.
—¿Qué?
—Vamos a separarnos— repitió sin dejar que trasluciera su inquietud—.Toma esto— le extendió la katana que llevaba en la espalda.
Con las manos temblorosas, Sakura rodeó el arma, insegura, aún sin comprender muy bien el plan del Uchiha.
—No voy a dejarte solo— insistió.
Si bien, durante el grotesco espectáculo Sakura contabilizó a cinco personas, no dudaba que se estuviesen enfrentando a un grupo que los superaba en número. Podía confiar que las finas habilidades de Sasuke bastarían para salvarlos, pero la sensación opresiva en su pecho le decía a gritos que no estaba bien subestimarlos.
—En tu condición actual no puedes luchar— comenzó a decir—, pero debes hacer el intento.
En el instante que sus miradas impactaron, el corazón de Sakura se detuvo y un reconfortante alivió llenó sus pulmones, una calma que extrañamente provenía de la mirada de Sasuke.
Un agudo silbido rasgó el aíre.
—Sigue por el camino y no te detengas— la tomó del brazo y la obligó a ponerse de pie, llevándola hasta los matorrales.
—¿Qué sucederá con la misión?— quiso saber. No era un buen momento para hablar de ello, pero necesitaba respuestas.
—A la mierda la misión, Sakura— gruñó, molesto—. Probablemente esta sea la única oportunidad que tengas para escapar, no la desperdicies.
Y así fue como la liberó.
Él la estaba dejando marchar.
El sonido de las pisadas llegó a alguna parte de sus oídos.
—¡Vete!— ordenó el Uchiha antes de correr hacia sus enemigos.
Reticente, la kunoichi salió corriendo hacía los árboles. Al borde del bosque, se volvió un instante para recobrar el aliento. Un dolor punzante recorrió la piel de su muslo, exactamente donde Sasuke trazó el enlace de chakra, era como si le hubiesen clavado un afilado cuchillo; la hoja atravesaba músculo y nervios, impidiéndole caminar.
Tratando de ignorar el sentimiento de culpa, Sakura continuó andando. Era peligroso para ella correr de un modo tan imprudente, pero tenía que escapar. Esa era su prioridad.
Se incorporó cuando oyó un leve crujido.
Procedía de la arboleda que se encontraba a los pies de la colina del norte, ligeramente hacia el este de la región central del valle.
Aferró los dedos con fuerza al mango de la katana y, sin darse cuenta, mordió su labio inferior hasta percibir el sabor metálico de la sangre en sus papilas gustativas.
¿Cómo era posible que estuviera ocurriendo aquello? Sasuke le había permitido escapar sin rechistar. Tenía la impresión como si de verdad estuviera a punto de perder el juicio. Se le estaba yendo la cabeza. De repente sintió náuseas y ganas de vomitar.
Pero oyó otro crujido a sus espaldas, y su cuerpo se estremeció. Aquel ruido había sido mucho más fuerte que los otros.
Sakura contuvo la respiración y retrocedió lentamente hacia la arboleda que tenía a sus espaldas. Sabía que aquello iba a acabar ocurriendo, pero eso no evitaba que no pudiera dejar de temblar.
Se ocultó entre los matorrales para tener una mejor perspectiva de lo que estaba ocurriendo a sus alrededores. Lo único que escuchaba era el sonido de su respiración agitada y el palpitar de su corazón atascado en sus oídos.
—¡Onaga!
—¿Qué?
—Un Uchiha, corrió en esta dirección. Maldición. Debemos rastrear la zona.
Las voces sonaban más cercanas mientras el sonido de las pisadas sobre las hojas del pino se hacían cada vez más evidente.
Sakura había olvidado respirar en ese momento. Tomó una fuerte bocanada de aire al mismo tiempo que desenfundaba la katana en silencio.
Cuando estuvo frente a frente con la mujer, no dudó en embestirla: lanzó un alarido, pero murió antes de poder sacar el arma. La hoja se le clavaba en el centro del cuello, cayó de rodillas y redujo el poco tiempo que le quedaba de vida al extraer la katana y ahogarse en su propia sangre.
Antes de que pudiera responder, el compañero de la mujer la tomó del tobillo, arrastrándola por la tierra hasta aprisionarla con su propio cuerpo. Enredó ambas manos en su delgado cuello, cortando el suministro de aire al mismo tiempo que la levantaba un poco y golpeaba su cabeza contra el suelo.
—¡Maldita rata!— gruñó entre dientes. Presionó con más fuerza su garganta.
Forcejó tomándolo del brazo. Al hombre eso no le gusto y, en un abrir y cerrar de ojos, le asestó un puñetazo en el rostro y el aire se le escapó de los pulmones.
Con una fuerza sorpresiva, Sakura aprovechó el instante de preparación del siguiente ataque para apartarlo de su cuerpo. El hombre se puso de pie, y antes de que volviera a arremeter contra ella, alcanzó a tientas la katana y la clavó en la boca del estomagó.
Un líquido viscoso resbalaba mezclado con la sangre, y la hoja que estaba dentro del cuerpo reflejaba un luminoso azul claro.
Sakura sintió una horrible sensación corriendo a la velocidad de la luz desde el abdomen de su oponente hasta sus muñecas. Como si estuviera siguiendo el rastro de esa sensación, la sangre resbalaba por la hoja, fluyendo desde el cadáver hasta las manos de Sakura, quien dejó escapar un grave quejido, extrajo la hoja y giró sobre su costado izquierdo para evitar que el cuerpo inerte cayera sobre ella.
Resoplando y jadeando, Sakura sintió una náusea inaplazable.
No tuvo mucho tiempo para reponerse cuando una flecha se le alojó en el hombro: pronto sintió un agudo dolor.
La kunoichi se retorció para ver la herida. La punta le había atravesado el jersey y se había clavado precisamente en el espacio que formaban la clavícula y el acromion. La sangre resbalaba por su brazo.
Consiguió mantener el equilibrio y corrió por el camino por el que había venido, siempre sujetando la katana.
Pensó que podía oír las maldiciones de su oponente a su espalda. Cuando estuvo lo suficientemente lejos de la vista, se ocultó detrás del tronco de un árbol.
Se puso de rodillas y se retorció hacia su derecha con la idea de arrancarse la flecha con un movimiento rápido. Apretó los dientes, pudo sentir cómo se le desgarraba la carne y a continuación… un torrente de sangre.
Tiró los fragmentos a un lado y se levantó. Se encontraba bien. El dolor era increíble, pero podía soportarlo. Se cambió la katana a la mano izquierda.
Pronto, su oponente surgió entre la oscuridad, de la misma dirección en la que ella había corrido.
Se acercó a ella. Dejó a un lado el arco y sacó del cinturón unos nunchakus. Sakura miró de reojo la ballesta en el suelo y pensó: «Te arrepentirás de haber dejado eso ahí».
—No lo hagas…— sugirió el hombre—. No te servirá de nada.
La kunoichi movió la katana de un lado a otro, apuntándole también al pecho.
Él ni siquiera se inmutó. Probablemente estaba pensando que Sakura era una chica y, además, estaba herida, así que de ninguna manera podría perder en un enfrentamiento contra ella.
Su adversario era más o menos veinte centímetros más alto que ella y treinta kilos más pesado. La ninja médico había acabado con la vida de dos de sus compañeros atrás, pero tenía pocas posibilidades de salir bien de aquel enfrentamiento. Y encima, tenía una herida muy grave en el brazo derecho. Pero ella estaba convencida de que no perdería la batalla, pasara lo que pasara.
De repente, el hombre hizo un movimiento. Dio un paso adelante, haciendo girar los nunchakus.
Sakura los bloqueó con el brazo izquierdo. Sintió una sensación punzante que le recorría la extensión de la extremidad hasta el centro de su cráneo. A pesar del dolor, lanzo la katana hacia delante. El chico sonrió al retroceder, esquivándola. Una vez más, se encontraban separados por un par de metros.
La kunoichi sentía ahora el brazo izquierdo entumecido. Estaba bien, no tenía nada roto.
Él hombre reanudo su ataque lanzando los nunchakus con un revés. Sakura se agachó con un movimiento rápido. Los nunchakus se desplegaron en toda su extensión, agitándole el cabello… varios mechones se sacudieron en el aire. Rápidamente adelantó la katana. La luz de la luna arrancó un destello plateado al filo de la hoja cuando descendió, casi demasiado deprisa para verlo. Y el muchacho gritó.
Dejó escapar un aullido de dolor y cayó de rodillas, a unos cuantos metros del lugar donde reposaba su mano. Luego se tambaleó y se volvió, dándole a Sakura la espalda.
Sin pensarlo dos veces, clavó la hoja en su espalda. El joven manoteó, y de repente se quedó quieto. Sakura empujó más fuerte. La katana se hundió en la carne sin mucha resistencia.
La pelirosa sintió una repentina punzada de dolor en el brazo derecho y se derrumbó de espaldas junto al cadáver del muchacho. Estaba jadeando como le ocurría después de utilizar su ninjutsu médico.
Había ganado. Pero también se sentía vacía. Puede que toda aquella lucha no hubiera durado más de treinta segundos. No habría sobrevivido a una pelea más larga.
En cualquier caso, había ganado. Y eso era lo que importaba.
Se sujetó el brazo derecho, empapado en sangre, mientras miraba el cadáver del bandido.
Consiguió levantarse apoyándose en un árbol cercano. Sentía el cuerpo increíblemente pesado.
Haciendo caso omiso a las órdenes del Uchiha, regresó al sitio donde lo había abandonado antes de salir corriendo en dirección desconocida.
El cielo comenzaba a aclarase con las primeras luces del amanecer.
Cada vez que miraba hacia atrás temía ver el destello de las antorchas al salir de los matorrales o la arboleda, pero no vio nada. El bosque siguió durmiendo.
Estaba mareada y a punto de derrumbarse cuando el azabache entró en su campo de visión.
Sasuke se puso en pie. Era todo barro y sangre; tenía la ropa echa un desastre y el rostro rojo como la grana.
Sus miradas se encontraron y un escalofrió la recorrió como un latigazo… y, de repente, todo alrededor del Uchiha giraba. Sakura lo agarró antes de que cayera. El brazo le dolía horrores, pero era fuerte, y su tacto, más delicado de lo que Sasuke habría imaginado.
—Idiota—dijo casi sin energías—. ¿Por qué regresaste? Era tu oportunidad de escapar.
La kunoichi volvió el rostro atormentada por el repentino reclamo del Uchiha. Tenía la cabeza colgando a un par de centímetros de su propia cara.
—Nunca me habría perdonado el dejarte atrás— le contestó su lengua sin pedirle permiso.
Creyó escuchar una risita irónica muy cerca de su oreja, generando un extraño hormigueo sobre su piel, mismo que le recorrió la nuca hasta diseminarse por toda la extensión de su espalda.
—Eres demasiado obstinada y estúpida— dijo en un susurro a duras penas audible para los dos.
Sakura pensó en contarle el día que dejó a Naruto atrás. Los años que pasó atormentándose pensando en la posiblemente muerte de su amigo, en su sacrificio innecesario y en la culpa que acarreaba consigo. Al final decidió no hacerlo. No era el momento adecuado. Lo más importante para ella en ese momento era proteger al azabache y no responder al cuestionamiento del porqué había regresado por él.
Sería mejor dejar esa conversación para más adelante, cuando dispusieran de más tiempo. Suponiendo que pudieran tener algún tiempo en el futuro.
—¿Sasuke?— lo llamó en un hilo de voz.
—¿Uh?
Sakura tragó grueso. La respiración del pelinegro era cada vez más irregular.
—Oye…— dijo ella. No estaba segura de sí era por la impaciencia o por la mera idea de que el chico pudiese morir en ese preciso momento, peo estaba empezando a tartamudear un poco. De todos modos, tenía que decirlo—: Definitivamente habríamos sido amigos.
Sakura lo miró a los ojos.
—¿Qué?— consiguió decir en medio de jadeos.
—Habríamos sido amigos— repitió.
Sasuke se limitó a parpadear en tres ocasiones de manera lánguida antes de desvanecerse.
Continuara
N/A: ¡Hola, hola! Espero se encuentren de maravilla 3
Ha pasado un tiempo desde la última vez que actualice. Debido a la cantidad de detalles que contiene el fic, a los constantes bloqueos de escritor y otros factores, me resulta un poco complejo traer actualizaciones tan seguido, sin embargo, tengan por seguro que la historia sigue su curso :3
Y hablando de eso, muchas cosas sucedieron en este capítulo. La relación entre Sakura y Sasuke ha transmutado y no hay vuelta atrás. No lo llamaría amor, pero si es deseo.
Asi mismo, el proceso donde enlazan sus chakras esta inspirado en la ceremonia Handfasting, es un antiguo ritual celta en el que las manos (en este caso fue el chakra) se unen para simbolizar la union de dos vidas.
Respecto a la faceta que vimos de Sakura en esta parte, todo tiene una explicación y un porqué.
Aún quedan ciertas incógnitas por responder y situaciones por resolver.
Una vez más, agradezco de todo corazón el apoyo que me brindan, ya sea dándole follow, agregando a sus favorites o dejando un bonito review, tengan por seguro que estoy al tanto de sus comentarios y sus lindas palabras son un motivador para seguir escribiendo.
Sin nada más que agregar, ojalá el capítulo haya sido de su agrado :D
Nos leemos pronto, ¡cuídense mucho! ¡Hasta la próxima!
