Capítulo 2

Vi con una oleada de alivio las compuertas subterráneas de la Baticueva. La mansión Wayne era un fortaleza donde podría encerrarme y no mirar atrás. La visión casi angelical de la compuerta abriéndose se acompañó de un mareo fuerte que instaba a tumbarme de la moto. Solté el agarre al manubrio con confusión apoyándome en mis pies, pero mis piernas no toleraron mi peso y empecé a deslizarme. Antes de golpear el suelo, los brazos de papá me sujetaron.

—Estás a salvo Dick —me dijo.

—Bruce, mi máscara.

—Lo sé. ¡Alfred!

Nuestro mayordomo, más bien nuestro abuelo, ya se encontraba allí, listo para lo que fuese con una camilla y suero intravenoso. Con una cuenta regresiva entre papá y Alfred me depositaron en la camilla, la cual condujeron gracias a sus rodachines al ala médica de la Baticueva. ¿Qué carajos estaban haciendo? ¡El mundo conocía nuestras identidades!

—Bruce, mi máscara —repetí.

—Tranquilo —no fue papá, sino Damián el que habló. Dami se veía adorable con su pijama de cohetes, mas la mesa de primeros auxilios junto a él dañó el encanto.

Los tres miembros de la Batifamilia ocuparon sus respectivas posiciones, funcionando como el engranaje de un reloj: mientras Bruce retiraba la parte superior de mi traje, Alfred acomodaba la jeringa del suero que yo requería con urgencia y Damián retiraba mis botas y medias en un intento de refrescarme. El proceso de rehidratación de emergencia lo conocía, pero…

—Yo estoy bien, dame un suero y ya. ¡Perdí la máscara! —mi grito desesperado sacó de su labor a papá.

—Lo sé —habló con calma aceptando la toalla blanca que Damián le pasaba. Alfred introdujo hábilmente la intravenosa en mi vena; era doloroso, pero algo a lo que me había habituado —. Tu oponente retiró sin querer tu máscara con una de las púas de su bota, el mismo movimiento que causó el corte sobre tu ceja.

—¿Cuál… auch? —fue fácil notar la susodicha herida con Alfred repasándola con un algodón empapado en alcohol. Olvidándome un instante del asunto de mi identidad, sonreí —. Qué oponente, ¿no?

—Magnifico —el murciélago se inclinó a besar mi frente, el viento en el camino ayudó a secar mi sudor, por lo que el gesto no resultó asqueroso. Con la toalla, aun así, Bruce limpió mi frente y mis mejillas, examinando la zona del corte en el lado izquierdo de mi cara.

—Hmp, por lo menos no da vergüenza ser llamado tu hermano, Grayson —comentó Damián con su usual prepotencia. Estiré una mano y le desorganicé el cabello al engreído mocoso.

—Permiso, maestro Bruce, será un punto según veo. Usaré el Truglue —intervino Alfred con el pegamento médico en las manos, lo que remplazaría el hilo y la aguja y protegería mi rostro de cicatrices exageradas —. Lo hizo muy bien, amo Dick, batió récords, la pelea sin pausas más larga de la historia, dice la web, pero opino que nos concentremos en el asunto vital y luego caigamos en las felicitaciones.

Asentimos.

—¿Y nuestro secreto? —pedí. Alfred inició el sellado de mi corte en lo que Bruce me retiraba el cinturón de herramientas de la cintura; tuve que alzar las caderas para que el objeto saliera.

—Revelado. No te preocupes, estaremos bien, Lucius y la Liga están en ello.

—¿Qué saben?

—Nosotros dos fuimos los primeros, hay conjeturas muy sólidas sobre Damián y Tim, están involucrando a Bárbara y a Jason. Caeremos todos. Superman ya se contactó, la Liga está moviéndose, esto los puede salpicar a ellos.

—Hay que iniciar el modo de defensa absoluta fase 1.

Bruce sonrió. Sabía en que estaba pensando: la mente primero en el trabajo. Aprendí de él el orden de las prioridades.

—Hecho, estamos en aislamiento justo ahora.

Con palabras no podía resumir la angustia que estaba sintiendo, me mordí el labio en mi mejor esfuerzo de mantener la mente en los negocios y no en la crisis, mas era demasiado peso en mis hombros.

—Lo siento Bruce —dije con la voz entrecortada.

No me gustó la impotencia de papá, Alfred y mucho menos la de Damián.

—No tienes nada de qué preocuparte, hijo.

No se tragué su falsa esperanza. Con Bruce siempre era lo mismo, sobreprotección.

—No me insultes murciélago. Dime que vamos a hacer.

Suspirando, Bruce puso una mano en mi cabeza caliente.

—Tú te vas a dormir, nosotros solucionaremos esto —y miró a Alfred atender el corte en mi brazo, no requeriría ni puntos ni pegante, era una herida mínima —. Tendremos unos días feos, pero la mayor amenaza no existe.

Me estremecí, sin el Guasón merodeando hasta el apocalipsis era un evento ligero. La tumba en el viejo asilo de Arkham nos garantizaba que la peor amenaza que hubiera visto el mundo no se volvería contra nosotros ni contra Damián, el único Robin que no sufrió a manos del payaso.

—Igual queda el Pingüino, y Dos Caras y la Corte de los Búhos y…

Batman detuvo mi habladuría intranquila poniendo su mano sobre mi boca.

—Nos preparamos para esto, no lo olvides. Alfred, ponlo a dormir.

Insultado, vi a Alfred tomar una inyección de la mesa de primeros auxilios e introducirla en el catéter de suero; no era la primera ni la última vez que me obligaban a dormirme con drogas. Apreté la mano de su papá en lo que la conocida sensación de somnolencia me superaba y me cerraba los ojos.

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Vi a Grayson caer inconsciente con la droga que Pennyworth le suministró.

—¿Y Tim? ¿Se comunicó contigo? —solicitó Batman.

—Si padre. El escudo de su casa ya se encuentra activo, Batgirl avisa lo mismo.

—Perfecto. Mira si ya llegó alguna notificación de la Liga.

—Si padre.

Obedecí sin querer revelarles el contenido del segundo mensaje de Drake:

«Papá está sospechando, quiere desnudarme. Él no me va a permitir ser Red Robin».

No, pensé viendo al dúo atender a Grayson desde la silla de padre, esto es para otro momento, cuando las cosas se calmen.

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—Dime que lo de la tortura es mentira —pedí una vez se hizo muy claro que Tim no se quitaría su camiseta.

Tim me miró desde el sofá. No hubo tiempo de sospechas, mi hijo se reveló a sí mismo al sacar ese extraño guante tecnológico y activar un escudo purpura alrededor de nuestra nueva casa. Por supuesto, yo no tenía idea de que tal tecnología se encontrase pre instalada.

—Son exageraciones —me dijo. Mi hijo me era un perfecto extraño desde hacía años, si me estaba mintiendo le iba a ser fácil.

—Cuéntame.

—Confidencial.

Fruncí el ceño.

—Soy tu padre —le recordé.

—Confidencial —repitió. Cambié la pregunta.

—¿Cuánto tiempo llevas como Robin?

Yo sabía cuándo, fue el tiempo que él vivió con Bruce tras mi accidente y mi inconsciencia. Resultó que no solo perdí a mi esposa, sino también a mi hijo unigénito.

—Un año y cuatro meses.

—¿Desde mi accidente?

—Si.

Confirmado. Apreté con mis manos la silla de ruedas en la que estaba atrapado. Nunca antes había estado tan enojado.

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Con las ganancias de la apuesta en mi bolsillo, examiné la situación frente a la computadora central de la Liga. La Liga de la Justicia había entrado en un colapso total en el momento que la máscara de Dick cayó, Superman y Flash, haciendo uso de su súper velocidad, trajeron sus computadoras y teléfonos, poniéndose en contacto de inmediato con las redes sociales y los abogados de la Liga. Fue Linterna Verde quien deslizó el dinero apostado en mi regazo.

—Batman si intervino y hay huesos rotos, ganaste —dijo Hal.

Yo le parpadeé estúpidamente, no le di importancia al dinero. Ser un niño no me excluyó del trabajo, la Liga me había aceptado como un igual y me proporcionaban responsabilidades a la par con ellos, para completo desacuerdo de Aquaman, la Mujer Maravilla y Superman. En ese momento, yo debía hacer monitoreo en el lapso de tiempo que tardasen las cosas en estabilizarse, lo que podría tardar toda la noche. Un trabajo menor e insignificante, pero necesario. No era como si pudiéramos tener secretarias, no con toda la cantidad de secretos que bandeaba la Liga, empezando por mi propia edad y por el hecho de que nuestra base se encontraba en medio del espacio.

No, los asuntos de la Liga los solucionaba la Liga, mientras tanto, yo podría recurrir al Capitán Maravilla para que su inmunidad supliera la debilidad natural de mi cuerpo, que ya me cerraba los ojos por la falta de sueño.

—Shazam.

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Fue la alarma en mi mesa de noche lo que me despertó. Giré apagándola con monotonía, en esa acción vino a mí todos los sucesos de anoche: la pelea, la máscara perdida, Alfred drogándome.

Gemí apretándome la cabeza.

—¿Te duele algo?

La voz de Damián dentro de mis sábanas me sorprendió y al mismo tiempo no, el niño ocasionalmente se metía en mi cama y en una situación como en la que nos encontrábamos no era extraño que Damián quisiera estar acompañado. Podía fingir ser tan duro como quisiera, pero Dami era, en muchos aspectos, como cualquier otro niño.

—No… de hecho no —noté moviendo mis brazos e incorporándome. Estaba en mi cama, en calzoncillos; Bruce debió cargarme, pero no me cambió de ropa como hacía cuando era pequeño.

—Pennyworth te dio analgésicos musculares —contestó girándose en la cama. Noté que quería seguir durmiendo antes de levantarse.

¿Hasta qué hora Bruce le permitió estar despierto?

El reloj despertador decía que faltaba un cuarto para las siete de la mañana, mi hora de despertar si llegaba a casa pasadas las dos de la madrugada, cosa que no había ocurrido, por lo que acusé a Bruce de permitirme dormir de más.

—¿Te enteraste de algo?

—Si —se rascó un ojo con pereza —. Iniciaron una investigación sobre la muerte de Todd, el padre de Drake se va a reunir con Batman, quiere sacar a Tim del servicio… oh, y tenemos que ir a la escuela.

Alcé una ceja.

—¿Bruce nos va a mandar a clases?

Damián se encogió de hombros, tampoco muy impresionado por la decisión del patriarca Wayne. El niño desapreció por la puerta de entrada, no pude evitar sonreírle, el duro y malgeniado Damián se ablandaba conforme pasaba el tiempo. La crianza maligna de los Al Ghul empezaba a irse de la mente de Damián y el amor de la Batifamilia tomaba posesión del chico a pasos agigantados.

Me encaminé al baño comprobando que carecía de dolores, yo no tenía permitido holgazanear salvo en feriados y vacaciones, pues para poder dormir al máximo me obligaba a saltarme la pereza adolescente mañanera y ducharme con agua helada. Ingresé a mi magnifica ducha cortesía de la millonada Wayne examinándome en el espejo de cuerpo entero que tenía ahí por motivos de practicidad y no por los que Wally y Superboy inventaban riéndose.

Mi pelea con Larry me dejó un corte inofensivo en el brazo y un punto en la frente atendido con pegamento médico. Ni un viaje al hospital, me burlé. Lo que si tenía y a por montones eran pequeños y esféricos moretones en mis pantorrillas y antebrazos producto de bloquear y defender los golpes de Larry. Conocía ese tipo de herida, era la más común para nosotros, dolorosa e inofensiva, apodada por mí como «los rosarios» debido a lo mucho que me recordaban las cuencas del rosario morado de mi mamá.

Faltaban cinco para las siete de la mañana cuando bajé al comedor con mi elegante uniforme de Gotham Academy, aun un poco incrédulo de todo el asunto. Por primera vez no usaba gel en mi cabello, sin identidad secreta podía prescindir del peinado snob como parte de la identidad de Richard Grayson. En el comedor me aguardaba Bruce, Damián, Alfred, Lucius y media docena de abogados tanto de Wayne Enterprise como de la Liga de la Justicia. Por los platos sucios que Alfred transportaba a la cocina asumí que llevaban largo rato ahí reunidos.

—Buenos días —saludé al entrar propiamente al comedor sin pasar por alto las miradas ansiosas de los abogados, las ojeras terribles de Lucius y el cansancio de Bruce. Bien hecho, Grayson —. Buenos días Alfred.

—Buenos días amo Dick, ¿huevos? —se detuvo en su salida cargando con la bandeja cargada en platos.

De repente y sin previo aviso, la culpa de lo que había ocasionado me golpeó. Alfred tenía unos 73 años, ¿cómo iba a aguantar el trote de la tensión en la que yo acababa de colocarlo? ¡Era el mayordomo de Batman! ¡La cabeza de Alfred iba a tener precio!

—¿Dick? —me llamó papá. Parpadeé en su dirección, recompuse mi rostro al mirar a Alfred.

—Si Alfred, gracias —avancé al comedor y tras besar la mejilla de mi padre me senté en la mesa y deposité la servilleta sobre mi regazo; Damián me miró con curiosidad, pero lo esquivé —. ¿Tenemos problemas legales?

—Ustedes no —contestó Bruce bebiendo de su café y dejando mi momento de flaqueza para después, a su lado reposaba el periódico del día doblado de forma que el titular no se veía —. La normativa de la Liga de la Justicia los protege, pero se ha levantado una investigación en mi contra sobre la muerte de Jasón, deberé comparecer frente a la corte hoy a las dos de la tarde.

—Jasón murió en un accidente de esquí —contesté automáticamente con la respuesta ensayada que la mansión entera conocía.

—Así es —secundó Bruce. Nos interrumpió un copioso desayuno cortesía de Alfred: huevos revueltos con queso y champiñones, un café cargado, tostadas con aguacate y semillas espolvoreadas, un plato de fruta picada y un batido proteínico de vainilla. El trabajo de superhéroe consumía demasiadas calorías al cuerpo, yo me alimentaba con 13 mil calorías al día para permanecer sano —. ¿Te sientes listo para la escuela?

—¿Realmente iré? ¿No es de riesgo?

—Consideré la educación en casa, pero el presidente, el alcalde y el secretario de las Naciones Unidas concordaron en que debes ir a la escuela para tranquilizar al público. Estoy seguro de que los abogados pueden explicarlo mejor que yo.

La elegante mujer sentada frente a Lucius tomó la palabra.

—La Liga de la Justicia establece en sus estatutos qué si uno de sus miembros revela su identidad por voluntad propia o por error, el país se encuentra en la obligación de protegerlo a él, a sus asistentes…

—Compañeros —interrumpimos Dami y yo, ofendidos.

—Es el termino adecuado, señorita —explicó Lucius.

—Oh, correcto, si, disculpen. Las leyes de la Liga protegen a los compañeros y a la familia del héroe, así como a los miembros del Equipo, grupo conformado por menores de edad que entrenan bajo la tutela de la Liga. Dado que eres pariente, compañero y miembro del Equipo, serás protegido y no podrás ser retirado del hogar del señor Wayne siempre que no se pueda probar que te encuentras en alto riesgo, te rompes más de tres huesos en un año o tienes indicios de abuso intrafamiliar y/o abuso sexual, tanto en tu hogar como en tus actividades como superhéroe. Si te encierras en la mansión será difícil corroborar tu estado de salud, por lo que deberás asistir a clases para que el público constate que te encuentras a salvo.

—Entiendo. ¿Qué limites nos pone eso? —pedí a Bruce tomando un trozo de melón con el tenedor.

—Ustedes podrán actuar con normalidad, pero habrá que considerar algunos márgenes —me explicó Bruce, finalizando con su comida —. Nada de heridas de gravedad que no tengan una explicación plausible y sensata con testigos de que lo ocurrido fue un accidente.

Damián resopló y continuó apuñalando sus champiñones. Concordé con él, era ridículo. Otro abogado tomó la palabra.

—Será necesario, señor Grayson, que se mantenga alejado de los escándalos en los próximos días.

—Defina escándalo.

—Sin estar en las calles después de medianoche, sin golpes, tiros u otras heridas de gravedad, no alejarse de sus guardaespaldas, sin licor y sin sexo.

Alcé una ceja. Nightwing era conocido como un adolescente, pero en ocasiones yo debía beber licor o ligar con prostitutas para conseguir información, ni para qué empezar respecto a las horas de irme a la cama y mis lecciones físicas. Esto se va a complicar, pensé con el desayuno a mitad de camino. Con Bruce lo que más aprendíamos era que las crisis iban luego de los alimentos y que un cuerpo débil no servía para nada. Fuimos entrenados específicamente para comer y orinar en situaciones de riesgo o incómodas, como al lado de un cadáver o en medio de un tiroteo.

—Lo básico. ¿Qué tan mal estamos?

No me gustó que la abogada hiciera una pausa antes de responder.

—El consenso general era que el segundo Robin murió a manos del criminal llamado Guasón, información jamás desmentida; en fechas similares se declaró la muerte de Jason Todd a causa de un incidente terrible en los Alpes Suizos. Nuestra gráfica indica que las personas de a pie están atribuyendo la muerte de Jasón Todd a un asesinato perpetrado por el Guasón mientras portaba el uniforme de Robin, lo cual se suma a la sospecha de que el tercer Robin fue torturado por el Guasón antes de la desaparición de este último.

—Nunca existió tal tortura, fueron exageraciones mal infundadas —dije con un tono oscuro que no alentó a los abogados. Piqué lo último de mis huevos.

—Centrémonos en lo que es vital para Dick. ¿Él será llamado a testificar para lo de Jason?

—Si, señor Wayne, junto a su mayordomo.

—Correcto. Ustedes irán escoltados a la escuela igual que Bárbara y Tim; cada uno contará con 4 escoltas, Gotham Academy tendrá más de manejo permanente, estas cuatro personas permanecerán cada minuto público con ustedes.

No supe si preocuparme porque fuesen muchos o pocos los que estarían con nosotros.

—¿Alguien más se vio afectado? —finalicé mi batido proteínico. Lo que faltaba era que Superman o uno de los grandes hubiera caído por mi culpa.

—No, la Liga permanece intacta.

Asentí soltando interiormente un suspiro. Menos personas con las qué disculparme.

—¿Y los escoltas?

—Proporcionados por las Naciones Unidas, son soldados de guerra retirados que han entrenado por años para esta ocasión.

Yo no era ajeno al proyecto de seguridad, ayudé a desarrollarlo. Si no olvidaba nada, todo estaba marchando como en los protocolos.

—Su almuerzos y sus vitaminas, amo Dick, amo Damián —dijo Alfred acercándose a la mesa con dos bolsas de papel rellenas de sándwiches y dos mini vasos con unas 10 pastillas cada uno; vi que los abogados se quedaron viendo mientras tomábamos nuestras «vitaminas», que, en realidad, si eran en gran parte vitaminas, pero también medicina oxigenante que servía como apoyo a nuestro organismo y así este no colapsar por el poco descanso que recibía. Bajamos las pastillas con nuestros cafés —. Los guardaespaldas de los amos se encuentran aquí, maestro Bruce.

—Excelente Alfred. Por favor llévate sus platos —y dirigiéndose a sus nosotros dijo —. Suban a cepillarse los dientes.

—Claro padre.

No contesté nada y seguí los pasos de Damián.

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El comisionado Gordon podía aceptar muchas cosas, que su hija fuera una superheroína vestida de murciélago era, muy a regañadientes, una de ellas, pero él no toleraría ni en lo más mínimo que Wayne usara a su hija para algo más que dar palizas a mafiosos. El video había sido muy explícito y aun, varios meses después, uno de los temas más controversiales de internet y las noticias: el beso entre Batman y Batgirl, a quién muchos habían supuesto la hija de Batman, que sirvió como distracción para que los Robin derribaran al Pingüino en un momento crítico.

—Yo espero que en realidad no sea su hija, que haya sido una suposición nuestra —el comisionado oía una vieja entrevista de dos periodistas en la GBS reproducida con su celular —, porque los otros se han llamado antes a sí mismos hijos de Batman y cuando este se ha referido a ellos dice «los niños».

—Él no hace distinción entre ellos —agregó su compañera.

—¡Exacto! Si los asume a todos como a sus hijos y él besa a Batgirl, ¿qué le puede estar haciendo a los otros niños?

Gordon detuvo el video cuando escuchó a su hija bajar por la escaleras. Años atrás a él le tocó mudarse de su viejo y pequeño apartamento cercano a la estación a aquella inmensa casa proporcionada por el estado debido a las amenazas de muerte contra su persona. Ahora su hija de 18 años poseía más amenazas que él.

—Buenos días papá —Bárbara esperó la respuesta, pero su padre no dijo palabra —. ¿Qué quieres de desayuno?

—Ya lo hice —respondió el comisionado parpadeando. Si, era su hija, la pequeña y frágil Bárbara que creía conocer.

La pelirroja alzó las cejas, por años la labor de la cocina le perteneció a ella, pues su padre no tenía tiempo para hacer las comidas. Lo que Bárbara desconocía era que el comisionado quiso permitir que su hija durmiera lo máximo posible esa mañana.

—Vaya, gracias.

El silencio en el que desayunaron fue tenso. Gordon no apartó la vista de las raciones que su hija consumía ni del batido nutritivo que tomaba, que en realidad era proteínico y repleto en calorías. Sabiendo la identidad de su niña, el policía reconoció todas las señales de Batgirl.

—Los escoltas que mandó la Liga aguardan afuera —comentó —. Ese aro extraño que activaste no dejó entrar al cartero, uno de los hombres de la Liga nos trajo la correspondencia.

—No podremos invitar a personas, deberemos acostumbrarnos a un estilo de vida diferente.

—Bárbara —se apresuró a decir con la lengua trabada —. El video donde besas a Wayne…

—Era la misión papá —le sonrió dulcemente. Gordon volvió a parpadear estúpidamente, embelesado con la dulzura que le proyectaba su hija —. Solo fue eso, no hay algo de fondo.

Y Bárbara no borró su gesto hasta que no estuvo convencida en que su padre le creyó la mentira.

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La salida de la mansión no fue complicada, la ley prohibía que los periodistas acamparan frente a las casa de los miembros de la Liga o sus parientes, pero eso no les impedía a los paparazi hacerse por el camino tomarle fotos a la limosina blindada que transportaba a dos héroes. Nuestros ocho escoltas, menos el conductor de la limosina, viajaban en dos camioneta blindadas que rodeaban nuestro auto.

—Bárbara ya va en camino —dije a Damián revisando mis mensajes en el celular exclusivo de la Liga y el Equipo. Mi celular público murió, alguien filtró mi número telefónico y me lo reventaron a punta de mensajes. Papá me entregó un permiso médico para saltarme gimnasia y consumir líquidos en clase, ante lo cual también me dio cuatro botellas de suero, pues yo tenía síntomas de deshidratación.

—Igual Drake —anunció matando zombis en su teléfono —. Crearon un hashtag para que nos saquen de la escuela.

—Lo vi —#queremosaloswaynefuera era la respuesta de los padres atemorizados por la seguridad de sus hijos, algo respetable —. Esperemos que lo aprueben, no tendremos que volver a clases.

—¿Seguiremos estudiando? —preguntó con el ceño fruncido.

—Si, pero en casa y a nuestra manera… ojalá lo aprueben.

—Si, ojalá. ¿Qué sabes de la investigación sobre Todd?

Me encogí de hombros, no perdí de vista las miradas del chófer. Aunque fueran nuestros escoltas, ellos eran desconocidos, no personas de fiar.

—No van a conseguir nada, Jason fue incinerado y hay testigos del accidente —mentí. Llevaba semanas sin saber de Jason, que mi hermano criminal no me contactara en esta situación no me gustaba, Jason podría convertirse en un inconveniente mayor.

Gotham Academy nos recibió con policías, público con pancartas de amor y odio por igual, periodistas alejados y profesores. Descendimos del auto en silencio y con una calma fingida, ¿para qué dar muestra de nuestro pánico y del acoso que sentíamos con tantos ojos encima? Hubo un aplauso sonoro dedicado a nosotros que se coreó con un abucheo desorganizado. Accedimos a la entrada rejada de la escuela por medio de la calle humana que nos abrieron los docentes y la policía. De ellos tampoco me fiaba.

En el interior del patio de Gotham Academy no recibimos sino silencios por parte de nuestros «queridos» compañeros.

—¿Se les queda algo? —pidió uno de los guardaespaldas.

—Negativo —le contesté con frialdad.

Asintiendo, el hombre despidió al chófer por medio de su comunicador. Dentro las cosas no se tranquilizaron, muchos padres de familia acompañaban a sus hijos con una visible preocupación.

—Estaríamos mejor en casa —me susurró Damián.

—Bonitos y gorditos, Dami —me burlé del asunto.

Damián resopló y me siguió. En una situación normal, Damián era un chico quisquilloso e independiente con un fuerte problema con las reglas, eso demostraba lo asustado que se encontraba mi hermano, o pudiera que no y que simplemente Damián entendía aquello como una misión. Después de todo era un Wayne y los Wayne, adoptados o biológicos, no necesitábamos muchas indicaciones, reconocíamos una línea de mando y obedecíamos.

En la puerta de entrada nos aguardaba le director, Gordon y una mujer ataviada en un traje empresarial color ciruela; ella se me antojó preciosa, era una de esas mujeres cuarentonas que no perdían el encanto.

—Buenos días señores, mi señora —y con menos coquetería y más respeto, asentí al comisionado —. Buenos días comisionado Gordon.

—Buenos días hijo.

Me fijé más en la mujer, que me sonrió con dulzura. El vello de mi nuca se erizó, algo iba mal.

—Buenos días, Richard, ¿verdad?

—Si señora, ¿y usted es…?

—Amanda Wilson, servicios sociales.

Mi sonrisa murió. Tuve que apretar el hombro de Damián para que mi hermanito dejara de asesinar a la mujer con la mirada.

—Creo que no hay nada en lo que le podamos ayudar, señora Wilson —contesté cortante.

Gordon asintió un par de veces, de acuerdo con mi respuesta. La mujer igual nos tendió su tarjeta.

—No se moleste —le dijo Damián cruzándose de brazos —. Sabremos todo sobre usted en diez minutos, Amanda Wilson —nombró silaba a silaba el nombre de ella.

La mujer morena buscó apoyo en el comisionado, encontrándose con nula atención.

—Entren niños, acá estamos dando un espectáculo innecesario.

Obedecimos sin chistar. Dentro de la escuela, las cosas no eran diferentes, los alumnos pululaban por el pasillo de entrada y nosotros destacábamos con nuestros escoltas, especialmente porque en la entrada estaban Tim y Bárbara, lo que aumentó la multitud que truncaba el camino.

—¿Novedades? —les solicité.

Bárbara negó con la cabeza.

—Nos asignaron una… oh, ya la conociste.

—Si, Tim, una trabajadora social —a mis espaldas entraron el director y la señora. El más intimidado era el director, acariciando constantemente las palmas húmedas de sus manos contra su pantalón.

—Niños —nos llamó la atención el comisionado, hablándonos con el mismo tono que usaba en la terraza de la comisaría —. A clases, con cabeza fría, que no hallan inconvenientes.

—No los habrá —dije.

—Yo no prometo nada —respondió Bárbara cruzándose de brazos. Le sonreí; por supuesto, con nuestro supuesto romance y el beso muy comentado entre ella y Batman, la reputación de Bárbara estaba por el suelo.

—No es la actitud correcta, querida —le aconsejó la señora Wilson.

—Es la actitud necesaria —dije y me dirigí a mis hermanos y a Bárbara —. A clases, ya oyeron al comisionado. Tim y Damián no se van a separar, tú y yo iremos juntos el mayor tiempo posible. Caballeros, damas —miré a los escoltas, la mitad de ellos eran mujeres debido al género de Bárbara y a que era preferible que Damián y Tim, por su edad, fueran escoltados al baño por mujeres —, cualquier inconveniente lo notifican conmigo, sin Batman presente yo soy quien está a cargo. ¿Preguntas?

—¿Lo podremos llamar estando usted en clases?

—Si, la seguridad es prioridad, los profesores están advertidos, ¿cierto director? —lo miré. El hombre carraspeó.

—Cierto… eh, igual les recordaré.

Asentí con una sonrisa interna dando el visto bueno para que el grupo de mis hermanos se marchase. Con las breves misiones donde tuve que asumir el liderazgo en el Equipo y con el cuidado de los Robin, entendí el hábito controlador de Bruce, si las personas no obedecían estrictamente como se les decía las crisis comenzaban.

—Hasta luego comisionado, un placer señora Wilson —y sonreí con descaro —. Lástima que no nos conocimos en otras circunstancias.

Gordon se mordió la mejilla para no sonreír, Bárbara rodó los ojos, el director alzó las cejas.

—No seas majadero, Richard —se burló la señora Wilson —. Y no hay porque despedirnos, estaré en el colegio atenta a, ¿cómo dijiste?, cualquier inconveniente.

Perra.

Sostuve mi sonrisa.

—Espere sentada, señora Wilson.

—Grayson —me advirtió el director. Les di la espalda y emprendí mis pasos con Bárbara a mi lado; los escoltas nos rodearon en formación diamante, apartando de nosotros a los curiosos.

Yo sabía que tendríamos problemas y que no pasarían ni dos horas antes de tener un altercado grave, pero realmente no creí que la confrontación fuera tan repentina y frente a los adultos.

—Eres una puta, eso es lo que eres.

Bárbara miró al jugador de futbol obsesionado con ella y cuya propuesta romántica desairó semanas atrás; el chico, mayor de edad, no tuvo reparos en meterse dentro de nuestro perímetro e insultar a la pelirroja delante de su padre, un policía. No quise ni ver la reacción del comisionado, me concentré en la mirada helada que me dedicó Bárbara, no dudé ni un instante en atender su petición no dicha.

—Te rechazaron, supéralo y muévete —me paré delante de Johnson, el capitán del equipo de futbol, quien me sobrepasaba en altura e intentaba intimidar a Bárbara con su tamaño, si su postura corporal era indicador de algo. Un escolta quiso intervenir, técnicamente ellos no podían agredir a los estudiante, pero alcé mi mano, Johnson no valía el esfuerzo.

—¿Para qué la querría? Sí se al cogen entre tú y tu pa… oghh.

No tuvo forma de decir su última palabra, lo estampé contra uno de los casilleros luciéndome, ya que lo sujeté del cuello elevándolo del suelo con una sola mano, en una demostración de fuerza que serviría de advertencia. Hubo una exclamación en el pasillo, oí al director acercarse.

—Vuelve a hablarle así a Bárbara y me vas a conocer —gruñí soltándolo.

Johnson tosió y se sobó el cuello viéndome desde el suelo con odio.

—Jodido mocoso de circo.

—Dime lo que quieras, pero si te escucho hablando mal de Bárbara otra vez te partiré cada hueso de la mano.

—¡Señor Grayson! —la señora Wilson y el director me llamaron la atención a coro.

—¡Me está amenazando! —chilló el deportista.

El director frunció el ceño, mis hermanos y yo teníamos conflictos ocasionalmente, de pequeño yo solía dejarme, pero desde la adopción de Jason me torné ligeramente más… abierto en peleas.

—Me insultaba —anexó Bárbara viendo al director.

—No justifica, señorita Gordon, una amenaza de tal magnitud.

—La trató de puta, ¿acaso no lo oyeron? —agregué con una ceja alzada. Los abogados babearían ante la demanda que se le podría cavar al director si pasaba por alto un insulto sexual a una protegida de Batman.

—No es cierto, yo no…

—Tengo la grabación —lo cortó Bárbara.

—Mentira.

—Lo grabo todo.

Se creó un silencio en el pasillo. Mejor nos hubieran dejado en casa, pensé.

—Esto permanecerá como un incidente aislado, siempre que las amenazas se olviden y los lenguajes se moderen —determinó el director tras unos instantes de pensar —. A sus salones.

Me alejé un par de pasos murmurando en voz baja. Bárbara se detuvo ante el jugador, frenándome.

—La siguiente ocasión que me alces la voz y me trates de ramera, yo personalmente te dejaré como un hígado.

El director suspiró, rindiéndose. Al darme la vuelta, para que la señora Wilson no me viera, sonreí, siempre me gustó la violencia física.