Desconociendo el problema de los mayores, Tim y Damián se abrían paso hacia su salón. En Gotham Academy los menores no se rotaba de aula salvo para la clase de química y educación física, por lo que ellos no tendrían tantos inconvenientes.
Como máximo inversor de Gotham Academy, Bruce Wayne tenía ciertos privilegios en la institución a los que el director se adaptó, como por ejemplo que sus pupilos tuvieran un trato preferencial y Damián, de nueve, y Tim, de once, fueran puestos juntos en la clase de séptimo grado, una materia vista en promedio por alumnos de trece años. Para una escuela normal saltar de tal forma a dos alumnos representaría mofas y comentarios sobre el dinero mal gastado, pero en Gotham Academy, donde el 90% de la población estudiantil podría nadar en sus fideicomisos, la parcialidad mostrada con los Wayne fue una cachetada contra sus egos y que Damián los tratase igual que a sirvientes no ayudaba.
—Buenos días —saludó Tim por costumbre ingresando al aula. Dos escoltas entraron tras ellos, uno se posicionó en la salida trasera del aula y el otro junto a la entrada, los seis escoltas restantes se distribuirían en la sala de gimnasia, los vestieres y las demás habitaciones que ellos usarían en el día.
Damián adelantó a Tim sin saludar. Las conversaciones entre los preadolescentes del aula se detuvieron. A Tim le dio mala espina que Damián se paralizara frente a la mesa que compartían en el fondo y que el escolta, quien se acercó a ver, apretara los dientes. El chico avanzó, sin saberlo su rostro se transformó en una cara de póquer muy propia de la que usaba como Red Robin. En el respaldo de su asiento, junto al pasillo, alguien había pintado con excesivo uso de marcadores el rostro del Guasón. La tortura del tercer Robin era muy conocida, aunque no pasaba de un rumor jamás aclarado; aquel era el intento de alguno de sus compañeros de hacer una broma pesada.
Con furia Damián cambió los asientos y se tiró sobre el que estaba vandalizado. Podría detestar a Tim, pero él era miembro de su familia y no toleraría tal abuso.
—Siéntate.
Contento de no encontrarse bajo el espectro de la ira del más peligroso e inestable miembro de la Batifamilia, Tim obedeció al menor acomodando su mochila en el mesa; el moreno apostaba a que Shifield, su compañero que en ese momento sonreí burlonamente, era el responsable. Intercambiando una mirada con su homónimo, los dos chicos se asintieron. Iban a tomar represalias por la afrenta.
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En el salón 203 de una escuela pública de Central City, Wally West, mejor conocido como Kid Flash, observaba la televisión. Su profesor de historia no les dictó nada, se limitó a encender la tv y sentarse con ellos a oír el debate sobre la implementación de menores de edad por parte de la Liga de la Justicia.
—Es una irresponsabilidad muy grande —comentaba uno de los presentes en el estudio —. Anoche vimos la prueba de eso: Bruce Wayne permitió que su hijo de quince años luchara su pelea, no intervino sino para pedirle que le rompiera las piernas a su oponente. ¡Todos vimos al niño escupir sangre, por el amor de Dios!
Wally suspiró en voz baja. La palabra la tomó la mujer de la pantalla.
—Darle armas a un niño es un acto atroz contra la humanidad, ¿por qué hacer distinciones con la Liga?
Frunciendo le ceño, el pelirrojo despejó su mente de los comentarios en favor y en contra, recordando la charla en la cueva.
Los miembros del Equipo no tuvieron problema en reunirse en el Monte Justicia ante la llamada automática de la Atalaya.
—Esto está mal —susurró Megan desde el sofá vestida con su ropa de civil; un tiempo atrás Megan había abandonado su ropa inspirada en series de los 60 remplazándola con jeans y camisetas coloridas. Wally se señaló en ese momento que al menos la desgracia de su mejor amigo sirvió para reunir al kriptoniano y a la marciana, recién separados.
—Es terrible —concordó Flecha Verde sorprendiéndolos a todos. Por una vez el arquero no usaba su traje de héroe sino unos sencillos pantalones y una camisa blanca con calzado de cuero lustrado —. Nightwing puede convertirse en la cabeza de una serpiente muy larga.
—¿Qué quiere decir, señor?
Kaldur, eterno respetuoso de la autoridad.
—Ha caído la Batifamilia, ellos son los pesos pesados que pueden conectar las identidades civiles del resto de la Liga de la Justicia. A partir de hoy nos convertimos en un rompecabezas que periodistas, criminales y cualquiera con un computador tratará de armar buscando fotos y amistades inusuales.
—¿Crees que nos descubran a todos? —pidió Artemis.
—Si.
Wally tragó saliva. No durmió por eliminar cualquier relación que lo vinculase con Dick, empezando por sus fotos de Instagram y su amistad en Facebook. Ser el mejor amigo declarado de Nightwing lo convertiría en un flanco débil y Wally no podía decir que estuviere listo para que su identidad fuera conocida.
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—Míralo, luce tan normal.
—¿Crees que sea humano?
—Me salvó una vez de Enigma.
Gotham era similar a una curtiente porque olía a feo y todo lo que entrase en ella se endurecía o se descartaba. No fue sino llegar a Gotham para que las desgracias empezaran a ocurrir a mi alrededor: mis padres, mis tíos y primos asesinados, el resto del circo, mi familia del alma, ida para siempre, mi pobre abuelo conectado a un respirador y ahora cuidado por 5 guardias armados, mi familia de sangre rengando de mí por juntarme con no gitanos, luego vino Robin y lo que ello trajo, entre varias cosas una falsa personalidad que lucir en una escuela de ricachones donde nadie me quería.
Parezco un niño llorón, me regañé entrando a mi salón de matemáticas avanzadas. Bárbara iba en su último año, yo en el penúltimo, aunque solo tenía 15 años; no compartíamos clase o actividades extracurriculares, ella ajedrez, yo el club de matemáticas, de donde provenían la mayoría de compañeros que veían conmigo la clase a la que estaba ingresado.
—Buenos días profe —saludé al maestro. Este me devolvió un saludo cortes con una mirada analítica. Miré a mis dos escoltas, el resto debían estar en las duchas de gimnasia y otros salones, si yo no estaba mal Gotham Academy sumaba más escoltas que los que nosotros conservábamos permanentemente, por lo que fácilmente había unas 30 o 40 personas cuidándonos —. ¿Ustedes van bien? ¿Hambre, sed, ganas de ir al baño?
—No señor Grayson.
Señor Grayson… mis hermanos eran señoritos, porque sus padres continuaban vivos. Un recordatorio más de que era yo el que estaba a cargo. No podía dejarles el peso de mis errores a Dami y a Tim.
—Ok, genial, aster. Igual me avisan.
Asintieron confusos con mi palabra inventada. La gente a veces no tenía sentido del humor.
En mi asiento destapé el suero, bebiendo un largo sorbo que alertó a mis compañeros. Que los que me rodeaban fueran del club de matemáticas no significaba que fueran mis amigos, de hecho, me detestaban.
—Profesor, Grayson está bebiendo agua —alzó la voz Simón con una sonrisa petulante.
—Acusetes —dije en tono burlón, sin amedrentarme. Les sonreí ampliamente sin dejarme asustar por su unión grupal de ceños fruncidos. Eran patéticos y el motivo por el que les desagradaba lo era aún más.
—No se puede consumir bebidas en clase, Grayson.
—Lo sé —contesté alegremente dando un nuevo sorbo y levantándome. De mi bolsillo saqué la nota firmada por Leslie, la cual técnicamente no era legal, pues Leslie no me revisó, solo firmó el pedazo de papel que le enviamos por fax y nos lo reenvió —. Tengo deshidratación, la doctora me recetó suero.
El docente asintió leyendo por encima el papel.
—Oh, bueno, entonces no importa Grayson. Consume lo que necesites para recuperarte.
—Gracias señor.
Al girarme les enseñé mi sonrisa torcida al montón de molestos adolescentes que no demoraron nada en quejarse en voz baja sobre el supuesto favoritismo del maestro. Tocaron a la puerta justo cuando el profesor inauguraba la clase con una formula en el tablero.
—Siga.
La señora Wilson se asomó por la puerta.
—¿Matemáticas avanzada?
—Si, ¿es madre de un alumno?
Me mofé de la situación. Esto es increíble.
—Señora Wilson, ya está algo mayor para cursar el bachillerato, ¿no le parece?
El aula entera abrió la boca.
—¡Grayson! —me reprendió el profesor —. ¿Qué es esa falta de respeto?
—Yo la conozco —me defendí con fastidio goteante —. Es mi trabajadora social.
—Así es profesor —dijo la guapa mujer sin inmutarse por mi descaro —. Estaré en algunas clases de Richard y sus hermanos, mi nombre es Amanda Wilson. ¿Habrá algún problema si me uno a ustedes?
—Espere, ¿qué? No me avisaron de esto —exclamé poniéndome de pie.
—Grayson, a tu asiento —me señaló el profesor. Lo ignoré.
—Creí que solo la vería en gimnasia, ya sabe, buscando el supuesto abuso.
La señora Wilson me sonrió.
—Imaginé que sabrías que en los casos de abuso hay un estudio psicológico incluido.
—No creí que nos harían ese análisis.
Carajo, ¿tendría que aguantármela? Bueno, mejor conmigo que con mis hermanos.
—Grayson, a tu asiento —repitió con vehemencia el profesor, harto de no ser atendido —. No me hagas repetirlo nuevamente.
Bufando me tiré en mi silla.
—Por favor discúlpelo, detesta los servicios sociales —le dijo la señora Wilson con cordialidad.
—¿Le informaron? —pedí con interés y sarcasmo.
—Si, tu padre me avisó que podría esperar este comportamiento de ti.
Otra vez bufé.
—Por favor tome asiento en uno de los pupitres vacíos señora, ¿Wilson?
—Si profesor, Amanda Wilson. Muchas gracias.
Y avanzó con su sonrisa condescendiente hasta situarse junto a mí; el profesor me dejaba sentarme hasta el fondo, en la fila sin alumnos, por lo que ella tuvo completo acceso a mí. Me recorrió un escalofrío que apenas pude contener.
—Jóvenes —inició el docente con su marcador negro copiando otra fórmula de ecuación —. En la clase de hoy vamos a reforzar los temas vistos en el último mes. Les escribiré 20 ecuaciones en el tablero, tienen el resto de la clase para entregarlas.
Ecuaciones, sencillo. Mientras mis compañeros sacaban calculadoras, lápices y cuaderno, yo extraje de mi mochila un bolígrafo y un cuaderno grande y anillado. El profesor, el señor Warren, copió el primer ejercicio en el tablero, yo lo escribí en mi cuaderno y directamente lo solucioné, así, sin más que un lapicero naranja.
Por eso me odiaban los del club de matemáticas, porque se consideraban humillados.
—¿No vas a usar lápiz… o calculadora? —me pidió con asombro la señora Wilson.
—No es necesario —y le sonreí al furioso Simón. La verdad es que mi reticencia al apoyo de la calculadora era más por fastidiar, resultaba muy divertido ver a esos chicos ricachones agobiados con el fenómeno de circo.
—Es el alumno más aventajado del colegio —intervino el señor Warren —. Por favor hagan silencio, los demás necesitan concentrarse.
—Si, disculpe —dijo la señora Wilson extrayendo de su bolso un cuaderno.
Estiré el cuello para ver las anotaciones, pero ella me tapó con una sonrisa.
—No me copies, Richard —susurró.
Me carcajeé y continué en lo mío. Me enteraría tarde o temprano.
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Entré a la sala de reuniones privadas de Wayne Enterprise asintiendo a mi secretaria. El edificio se encontraba sumamente nervioso a mi alrededor, llenos de risitas nerviosas, ojos saltones y mandíbulas sueltas. Mi visita programada de afán, no obstante, me recibió con menos impresión: Jack Drake, el padre de Tim.
—Hola amigo —lo saludé cerrando la puerta de cristal opaco tras de mí. Me admití estar muy nervioso por mi reunión con mi viejo amigo, Tim era el único Robin con padre vivos o medianamente interesados en sus hijos y yo necesitaría su permiso para que Tim continuara su carrera de superhéroe. En más de una ocasión en el pasado se me fue la mano con mis hijos, pero yo solo le respondía a Alfred, en cambio con Tim debería rendir cuentas a un tercero y eso no me gustaba.
—Buenos días Bruce —me habló con mesura.
Avancé y me senté en el asiento más próximo a la silla de ruedas en la que Jack estaba atrapado, fingiendo no darme cuenta del examen visual que el castaño me realizaba.
—Tu convocaste —dije en un tono empresarial que en otra ocasión le hubiese arrebatado una risa a mi amigo.
—No necesitas indicaciones, sabes a que vengo —respondió con un tono duro, matando toda amabilidad. Suspiré —. Dime exactamente qué te poseyó para unir a mi hijo, a sus nueve años, en tu lucha contra el crimen.
—Tim lo solicitó —fue mi respuesta, una muy mala respuesta.
—¡Es un niño! No se hace lo que ellos dicen.
—¿Y crees que sucedió así? —me defendí —. Llegó a mi casa antes de tu accidente, nos cayó de sorpresa y demostró conocer mi identidad —resoplé de pura indignación —. Un mocoso de nueve años logrando lo que miles de personas no.
—¿Cómo lo supo? —curioseó Jack —. Tim es inteligente, pero…
—No es mera inteligencia. Todos somos inteligentes, pero a un artista se le llama creativo, a un matemático analítico. Tu hijo es un detective innato. Me superará incluso a mí en unos años.
Jack me miró un instante antes de negar vehementemente con la cabeza.
—¿Y por ser inteligente le pusiste una diana en el pecho? ¡Mi hijo tiene escoltas! Esta mañana lo intenté ver desnudo, pero no quiso. Se lastima, Bruce, todos ustedes lo hacen.
—¿Tienes una idea de para qué son los Robin? —pregunté.
—Son la distracción, Gotham entero lo sabe, distraes a los pandilleros con niños vestidos de colores, un blanco fácil, mientras te deslizas en la sombra y los noqueas.
—Si y no. Ser distracción es una de las funciones, pero en lugares abiertos y contra cierto tipo de oponente, no contra pandilleros, al menos Tim y Jason no —mentí respecto a Jason —. Los Robin son una herramienta de apoyo, rastrean, buscan información y realizan parte de la investigación; su contribución en las peleas es útil, no lo niego, pero se exponen mínimamente y a distancia.
—Que sarta de mentiras estás diciendo —respondió Jack con furia palpable —. Hace dos semanas mi hijo encerró al Pingüino en una celda de Arkham.
—¿Viste la pelea?
—Sabes que no, las cámaras fueron cortadas por el Pingüino, pero el tipo tenía una motosierra en la mano y Tim estaba en la habitación.
—¿Quieres ver lo que pasó? Tengo la grabación —le sonreí.
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En su clase de biología los Robin recibían una aburrida lección sobre la anatomía de los anfibios.
—Dibujaran el sistema reproductor de las ranas —indicó la maestra.
Damián miró al escolta a sus espaldas.
«Hasta ellos están aburridos», escribió en su cuaderno, el cual deslizó hasta Tim, quien le sonrió y anotó:
«La profe es un lastre.»
«Se cómo hacerla divertida.»
Los chicos intercambiaron una mirada de complicidad. Generalmente a ese par había que separarles los puños con una vara, pero cuando Tim y Damián tenían un objetivo común se convertían en los mejores amigos.
«Pago por ver.»
Damián recibió su cuaderno y en la misma hoja, donde debería estar dibujando la rana expuesta en el tablero por medio de un proyector, esbozó con talento una versión caricaturesca de su maestra, aumentando dramáticamente el pecho de la mujer y el discreto lunar en su mejilla, convirtiéndola en una bruja con anteojos ahorcada con las cuerdas de un violín, presumiblemente el violín de Damián.
Tim consideró la caricatura antes de negar con la cabeza.
—¿Has visto los dibujos obscenos que hace Dick? —murmuró el de once a su hermano.
Damián asintió.
—Grayson es un sucio.
—¡Niños! —les llamó la atención la docente —. Espero que su cuchicheo sea por el trabajo en clase.
—Ajá —dijo Damián sin mucho interés.
Haciendo gala de esa cansona costumbre de los niños de ser metiches y chismosos, la compañera que tenían delante se giró y alcanzó a ver el dibujo de la docente antes de que Tim bajara el cuaderno.
—Se están burlando de usted profesora —exclamó —. Le hicieron un dibujito.
—No es cierto —aseguró Damián arrancando la hoja. El sonido alertó a la docente.
—Lambona —acusó Tim con molestia.
—Denme ese papel —ordenó avanzando al fondo de la clase.
—No sé de qué habla —dijo Tim recibiendo el susodicho papel por debajo de la mesa. Aquellos niños podrían esconder drogas en un aeropuerto internacional y no les temblaría la voz.
—¡Ustedes se podrán creer muy especiales, pero a mi clase y a mí me respetan! ¡¿Dónde está el papel?! —les quitó el cuaderno, pero Tim ya había desaparecido el incriminatorio dibujo.
La mujer revisó sus cuadernos, sus mochilas y sus bolsillos en vano.
—Insisto en que no sé de qué está hablando —argumentó Damián con prepotencia —. Ella le mintió —señaló con la quijada a la muy confundida acusadora.
—Yo vi el dibujo.
La profesora frunció el ceño.
—Vamos donde el director ya mismo.
—¿Por qué? —arremetió Tim —. ¿Por un papel que no existe? Sin pruebas no se puede acusar a alguien.
—¡Siéntense!
Y furiosa, la maestra marchó al frente del salón. El resto de la clase no perdió de vista a los niños Wayne, quienes no se molestaron en ocultar sus sonrisas burlonas. El papel reposaría en el interior de la camisa de Tim hasta la hora del almuerzo, donde podría enseñársela a Dick.
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—Terminé —anuncié a los diez minutos de haber empezado las ecuaciones. Hubo un sonoro gemido grupal y una risita del profesor.
—Grayson, normalmente finges demorarte —comentó el profe con jocosidad, examinando en su pupitre el cuaderno de una chica confundida con el punto cuatro. Si, ese ejercicio estuvo particularmente complicado, tardé dos minutos enteros.
—Hoy por alguna razón no tengo paciencia —dije con ironía —. ¿Puedo hablar con mi nueva compañera de clases?
El profesor suspiró.
—En voz baja. Trae el cuaderno —y cuando se lo tendí, no lo agarró, sino a mi muñeca. Tensioné el brazo de inmediato, pero mi viejo profe de matemáticas no era rival para mí —. Grayson, escucha —susurró —, no quiero oír que insultes más a esa pobre mujer.
—Esta investigación es para desprestigiar a Batman, yo no soy abusado en casa —dije solo para sus oídos.
—Hijo, tu situación depende mucho del punto de vista.
—Señor, suéltelo —ordenó mi escolta acercándose.
Alcé mi mano para detenerlo. El profesor me soltó y tomó el cuaderno.
—Tranquilo, era un regaño. Gracias igualmente amigo.
Mi escolta, tendría que aprenderme sus nombres, asintió y retornó a su lugar junto el umbral de la puerta de entrada. Me encaminé a mi asiento y, con descaro, pegué mi pupitre al de la señora Wilson, sonriéndole con amabilidad recostándome en mis brazos cruzados. Ella cerró su cuaderno.
—No podemos hablar —me recordó.
—Si en voz baja, me autorizaron —le sonreí —. ¿Puedo leer su veredicto? —apunté con mi dedo al cuaderno.
La señora Wilson respiró dos veces antes de decidirse.
—Está bien.
Tomé el cuaderno con curiosidad. A mí como Robin y Nightwing me hicieron exámenes psicológicos basados en lo que se le permitía estudiar al público, algunos doctores indicaban que yo tenía trastorno de déficit de atención por hiperactividad, bastante certero, pero falso, otros alegaban que yo tenía indicios de abuso en el hogar y que mis deseos de proteger niños eran una muestra de ello, la verdad era que, por mi tamaño, especialmente al inicio de mi carrera de héroe, se me facilitaba más salvar infantes que adultos. Me daba mucha curiosidad saber qué opinaba de mí la señora Wilson.
Grayson.
Muy inteligente. Es grosero y le gusta la confrontación. Se comporta como el líder de sus hermanos y de Gordon. Los protege y no teme usar la fuerza. Es arrogante.
—¿Arrogante? ¿Arrogante bueno o arrogante malo? —pedí. Con el resto de la anotación no tenía inconvenientes.
—¿Se puede ser arrogante bueno?
—Papá dice que la arrogancia es una forma errónea de llamar a la autoconfianza o a la grosería mezclada con el orgullo. Dice que no es malo demostrar nuestras habilidades.
—Como tú en esta clase.
Me encogí de hombros.
—¿Qué culpa tengo si mi cerebro es una computadora? No voy a fingir ser un bulto muerto —ella meneó la cabeza de forma afirmativa, de acuerdo —. Cuando abrió su bolso vi una copia de «Niños en hogares conflictivos». ¿Algún motivo en particular para traerlo?
Ese libro lo escribí yo con Batman y el comisionado Gordon hacía unos años; recibió muy buena crítica.
—Te estudiaba. Lo escribiste a los qué, ¿13 años?
—12.
Con confianza tomé su bolso y delicadamente lo abrí echando un vistazo a su contenido: el libro, maquillaje, una libreta pequeña, papel higiénico de viaje y un segundo libro dedicado a analizar psicológicamente a Batman.
—¿Me lo firmas?
—Claro. Ni se moleste con este —golpeé el libro que criticaba a Bruce con los nudillos, su pasta dura sonó. Le entregué el bolso tomando mi libro —. Lo leí, son sandeces, no le pegaron ni a la motivación. Dice que Batman creció como delincuente.
—Comenta que tiene doble personalidad y viendo el comportamiento de Bruce Wayne…
—Somos actores —la interrumpí —. Bruce Wayne no existe.
—¿Disculpa?
Bajé la voz, capté demasiada atención con mi comentario.
—El playboy descomplicado que juega polo con supermodelos en ropa interior y se asoma por la oficina cada quince días a cobrar, él no existe, es el papel que Batman interpreta ante la sociedad. El verdadero hombre está bajo la capucha, ¿me entiende?
—Si… ¿y qué hay de Richard Grayson?
Ahora tenía la atención hasta del profesor.
—¿Quién? ¿El snob hijo de Bruce Wayne que pasa su tiempo libre practicando equitación y besando modelos adolescentes, cual copia de su padre? —sonreí y con sarcasmo y fingida alegría añadí —. ¿O se refiere al niño llorica, pero genio, que Bruce Wayne adoptó por lástima de un circo? O, no, no, ya sé, usted habla de ese chico adorable y tierno que acapara toda la atención de las mujeres mayores en los eventos de caridad de Gotham —la cara de impacto de la señora Wilson me causó gracia. Con una voz más tranquila respondí —. Estos tres personajes llamados Richard Grayson, ellos no existen —y antes de que la señora Wilson hablara, me llegó un mensaje en el celular que permanecía en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta. Solo una persona en el mundo tenía ese número. Alcé la mano —. ¿Puedo ir al baño?
—Claro Grayson.
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«Baño del segundo piso, junto al salón de música».
—¿Estás loco o qué es lo que te pasa? —murmuré entre dientes a la visita que me aguardaba en el baño de caballeros.
Jason sonrió salvajemente. El ducto de ventilación en el techo mostró haber sido manipulado sin decoro alguno.
—Hola a ti también Dickie.
Suspirando exasperado, le robé un abrazo a Jason. Pude sentir sus costillas, eso no me gustó.
—No vuelvas a desaparecer tantas semanas, hijo de…
—¿Por qué susurras? —pidió en el mismo rango vocal.
—La escolta está afuera esperando, la trabajadora social vendrá si tardo más de cinco minutos. Es un horror. ¿Cómo entraste? Se supone que hay súper seguridad.
—Dormí aquí —admitió desviando la vista. Miré los jeans sucios de Jason y sus tres camisas en un intento de eliminar el frío.
—Ve a la mansión, Alfred te extraña.
—¿Y Bruce?
—Aun te ama, siempre te amará.
La boca de Jason se crispó en una sonrisa.
—Suenas a película barata —nos reímos. Jason apoyó sus manos en mis hombros, éramos casi de la misma estatura —. Mantendré a la mafia en raya.
—Si ven tu rostro estamos jodidos. Bruce se presenta hoy a defenderse en la corte.
—Jason murió en un accidente de esquí —murmuró él de manera mecánica —. ¿Le creerán? El Guasón se mofó mucho de mi muerte.
—Necesitamos que lo hagan. Ve a casa —repetí —. Tendrás comida caliente y cama, desde la Baticueva podrás ir a la ciudad.
—Lo consideraré…
—¿Richard?
Musité una palabrota.
—Es mi trabajadora social —susurré muy bajo antes de agregar en voz alta —. Ya voy, ¡no vaya a entrar!
—No lo haré Richard, no soy tu enemiga —dijo en un tono dulzón que le sacó una risa a Jason.
—Shh.
—¿Con quién estás?
—Con nadie —era difícil sonar calmado con Jason moviendo las cejas en ritmo de samba.
—Yo oí a alguien —insistió —. ¿Es una muchacha?
Tuve ganas de suspirar. Obvio, lo peor que se le ocurre es una novia secreta.
—Te conviene una trabajadora social sin malicia —me dijo Jason al oído; la vibración me generó cosquillas.
—Algo así… am, ya salgo.
—Si estás encerrado con ella no es por algo inocente y puro. Voy a entrar.
—¡¿Qué?! ¡No!
¿Estaba loca o qué? Le propiné un puño a Jason para apurarlo. Él saltó y se sujetó a la entrada del ducto.
—Lo siento, pero debo entrar —movió la manilla de la puerta e ingresó justo cuando Jason terminaba de deslizarse por el ducto —. ¡Vi eso!
—Mierda.
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El director acomodó sus lentes para poder ver mejor el ducto abierto con la confusión escrita en su rostro. Dick se recostaba en la puerta del baño intercambiando miradas conmigo. La señora Wilson no paraba de chillar que había visto escabulléndose a un hombre por ahí.
—Pudo haber sido Tim o Damián —dije cruzado de brazos y fingiendo poco interés. Esperaba que Jason hubiera salido de Gotham Academy, no nos serviría de nada que descubrieran a mi hijo muerto gateando en los conductos de ventilación.
—Usaba botas sucias, señor Wayne —dijo la señora Wilson.
—Superboy entonces —sígueme la cuerda, le dije a Dick con los ojos —. ¿Quién era Dick?
—Superboy —concordó. La trabajadora social lo vio con incredulidad.
—Hace un instante no decías palabra, ¿y ahora es Superboy?
Dick se mantuvo en silencio en lo que yo llegaba, bien.
—No quería que la Liga lo descubriera —se encogió de hombros —. Se ganó un castigo de Superman por estar aquí —distorsionó.
La señora miró entre nosotros en pos de un agujero en nuestras versiones. Al no hallarlo, habló.
—¿Y qué quería Superboy?
Con qué nos va a seguir la cuerda.
—Información, yo tenía una USB que había que pasar al Equipo ayer, pero con lo de Larry no pude. Vino a recogerla porque es de urgencia.
La mujer sonrió.
—Y si es oficial, ¿por qué se metería en problemas por venir?
—No es el canal apropiado —contesté por él —. No debió meterse por los ductos y romper la seguridad.
Ella volvió a pasear los ojos sobre nosotros.
—¡Están inventando esto sobre la marcha! —se quejó con ira.
Suspiré.
—Escuche, señora Wilson, ya es bastante que usted siguiera a mi hijo de 15 años al baño, como para que encima entrara cuando él le dijo que no. Tiene las de perder aquí, así que le aconsejo que no se inmiscuya.
—¿Un hombre adulto puede caber en este ducto? —nos interrumpió el director sin dejar de examinar el conducto.
—Si señor —dijo Dick.
—Superboy entra estrecho, pero es viable —determiné viendo al ducto. Yo no habría entrado, era algo pequeño para mí.
—Señor Wayne, indiferente de lo que opina la señora Wilson, su hijo y sus amistades rompieron los protocolos de seguridad de la escuela —dijo el director retirándose los anteojos —. Protocolos instaurados para su propia protección.
—Y yo le pido disculpas —bajé los brazos tratando de verme menos agresivo —. Para mis hijos y sus amistades meterse en ductos y deslizarse a través de edificios es tan común como la leche con hojuelas para el desayuno. No lo hicieron maliciosamente o con ánimo de dañar la infraestructura, para ellos en una segunda naturaleza.
—¿Cómo agredir a un alumno en un corredor? —pidió el hombre. ¡¿Que qué?! Dick esbozó una sonrisa de culpa cuando lo asesiné con la mirada —. Porque el joven Grayson lo hizo amenazando con romperle los huesos de las manos a un estudiante.
—De una mano —corrigió.
—¡Dick!
¿En qué mierda estaba pensando ese niño?
—Dijo que Bárbara era un puta.
—¿Dijo qué? —gruñí tan bajo que, a los presentes, excepto a mi hijo, les recorrió un escalofrío. De inmediato me enfoqué en el director; se veía culpable —. Bárbara es una niña y una heroína que lamentablemente, por ser mujer, tuvo que usar como distracción en una situación de peligro una actuación con una connotación sexual que no pasó de ser eso, un acto —mentí parcialmente con la ira fuera de lugar. Bárbara ofendida era un tema que me sacaba de quicio con una facilidad atemorizante —. Si me entero que ha habido más comentarios contra ella, yo, Bruce Wayne, personalmente lo demandare a usted, a este colegio y al alumno que se haya atrevido a insinuar tal acusación contra la señorita Gordon.
—Pero, pero —tartamudeó el director, pálido.
—Que tenga un buen día señor director. Dick, a clases.
—Si papá.
Y sonriéndole con descaro a la señora Wilson, Dick se escabulló del baño con su escolta siguiéndolo. Yo me marché sin despedirme, deseando conocer el nombre del alumno que llamó puta a mi niña bonita para estrangularlo con mis propias manos.
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—Habla Clark Kent —con su usual alegría, Clark contestó el teléfono fijo de su cubículo. La voz al otro lado de la línea lo tomó desprevenido.
—Hola, señor Kent, ¿se acuerda de mí?
—Por-por supuesto, señor Wayne —murmuró rogando al cielo que Lois estuviera demasiado lejos para no oír su conversación o de inmediato le raparía el teléfono de las manos para poder pedirle la exclusiva a su exnovio —. ¿En qué le puedo ayudar?
—Necesito un reportero fiable que entreviste a mis hijos y a mi persona. Mis agentes de relaciones públicas me recomendaron una entrevista escrita y yo pensé en usted, sé que es una fuente fiable —aun sin sonar pomposo, Clark notó que Bruce no asemejaba la voz de Batman, una contención natural del hombre de la que iba a ser difícil desprenderse.
—Para mí será un honor.
—Magnifico. Enviaré a su correo las indicaciones. Y señor Kent, que esto no salga de entre nosotros.
—Por supuesto, señor Wayne.
Colgando, el kriptoniano sonrió. Lois podría matarlo, pero acababa de meterse en la pelea anual por el Pulitzer.
