—¡Batman es un monstruo! —rugí con ganas. Iba saliendo de la escuela en compañía de Mal y Marvin, quienes me llevarían a por un helado para «llorar» mi ruptura como era debido. Fue la notificación de la Liga la que me detuvo en pleno estacionamiento de la escuela para leer la maravillosa noticia.

—Ya lo sabemos, Wayne es un loco —rió Marvin colocando su patineta sobre su cabeza —. ¿Salió algo sobre él?

—Miren —orgullosísimo de mi mentor, les extendí mi teléfono celular —. Ganó el juicio.

Mal alzó las cejas. Marvin dejó caer la patineta con la boca abierta.

—Ese juicio empezó hoy —jadeó el chico afroamericano —. ¿Cómo carajos? No, espera, no lo ganó —tomó mi teléfono leyendo a profundidad —. «El juicio se anuló debido a que el testimonio instigador proviene del criminal llamado Guasón, quien no es una fuente factible, como el señor Wayne recordó a todos al mencionar las numerosas mentiras que el payaso loco dijo a Gotham para sumirla en el caos.» No ganó el juicio, pero fue quien hizo que lo anularan, impresionante.

—Viejo, ese tipo tiene una labia del tamaño de júpiter —murmuró Marvin asombrado.

—¿Quién tiene una labia del tamaño de júpiter? —pidió uno de nuestros compañeros acercándose interesados en el ruido que mis dos amigos hacían.

En lo que Marvin le explicaba y en su propio teléfono buscaba el artículo, capté la mirada extrañada que Mal le dedicaba al aparato en mi mano. Yo era un idiota, les mostré la noticia directamente de la página privada de la Liga.

Le sonreí a Mal forzadamente desactivando mi teléfono.

—Deberías tener más cuidado, podría suponerse lo que no es —comentó fijando sus ojos en la S en mi camisa negra. Dick tenía razón, debería comprarme ropa civil. Subí el cierre de mi chaqueta de cuero marrón.

Mal se mordió el labio inferior con una mirada interesada. Rodé los ojos.

—Dame el precio por tu silencio —bromeé. Marvin se había alejado de nosotros, compartiéndole la noticia de Batman al resto de la escuela.

—Si te trajera un poster de Superman, ¿crees que…? Ya sabes —hizo el signo internacional de firmar.

—¿Lo quieres personalizado? —dije sugerentemente.

Mal frotó sus manos con ambición. Ambos reímos. Oh sí, Mal era un buen amigo. Un rato después, con la emoción de Marvin mínimamente más contenida, salimos de los límites de la escuela en medio de una carajada grupal referente al nuevo y, tan corto, uniforme de las porristas que hacía babear a los profesores desde la sala de maestros, curiosamente con vista a la zona donde las chicas practicaban sus rutinas.

—No hay forma de no fijarse en Kiara —gimió Marvin —. Usa solo una tanga negra en los entrenamientos. ¡Se le ve todo!

—Ay, no es cierto —reí —. Si lo fuera yo… —mi sonrisa murió, una limosina blanca se estacionaba justo en la esquina de la escuela. Reconocería esa limosina donde fuese —. Chicos, me da la impresión de que no podré ir con ustedes a la heladería.

Marvin se quejó, pero Mal se detuvo a mirar el auto.

—¿Quién es?

—Confidencial —dije como si fuera broma, tratando de que al menos Marvin se lo tomara en chiste. No, yo no quería a mis amigos involucrados con mi padre biológico —. Nos vemos mañana en clase.

—¿Seguro? —pidió Mal.

Lo miré.

—Si para la medianoche no te he escrito, avisa a Megan.

—Esperen —Marvin reaccionó con confusión —. ¿De qué están hablando?

Lo ignoré y anduve los pasos que faltaban para llegar a la limosina. La puerta del pasajero se abrió automáticamente, escuché a Luthor correrse para darme espacio. Intercambié una mirada con Mal antes de sonreírles, tratando de inspirarles confianza. Ingresé en la, para mí, muy conocida limosina; ni Mercy ni Luthor me saludaron hasta que no cerré la puerta y ella hubiera arrancado el auto, pero mi padre me sonrió con su gesto particular de prepotencia.

—Hola, hijo mío.

0oOo0

Los cuatro Bati mocosos, cómo nos decía Bullock, nos reunimos en el corazón de la escuela tras el timbre que daba fin a la jornada escolar, cada uno con diversos grados de agotamiento.

—¿Y bien? —pedí. Los alumnos pasaban entre nosotros retirándose a sus casas; los ánimos a nuestro alrededor se habían tranquilizado, pero aún éramos objeto de estudio visual.

—Un asco.

Damián hizo un sonido gutural de fastidio.

—Larguémonos ya —ese fue Tim.

—¿No nos quedamos a los clubes? —personalmente, no me habría importado, lidié con esos chacales en la clase de matemáticas al mismo tiempo que con la trabajadora social. Aceptémoslo, yo era un crack.

—Ni lo sueñes Dick —Bárbara se cruzó de brazos.

—Olvídalo.

—Si nos haces quedarnos te sacaré los huesos con mi espada como si fueras un pescado.

Me reí señalando al trío, diciendo confidencialmente, pero en voz alta, a los escoltas.

—Nunca se pongan en el lado malo de esta gente o tendrán que dormir con los ojos abiertos —algunos rieron, otros sonrieron. Broma y advertencia listas —. Bien pues, ¡a casa!

—¡Richard! —me encogí ante la voz de la señora Wilson.

Ay no.

Volteé a verla con una sonrisa terriblemente falsa.

—¿Si, señora Wilson? —exageré mi voz dulzona, dando muy claro mi mensaje.

La mujer estaba ahí de pie en el pasillo baldío con un rostro arrugado.

—Tal vez quieras leer las noticias, ya hay resultados del juicio de tu padre.

0oOo0

—Hola Luthor —dije recostándome en el costosos sillón. Una única vez me monté en la limosina de Batman y era idéntica a la de mi progenitor, con una tapicería más costosa que un auto promedio.

—¿Pasaste el mensaje, Kon-El?

—Si.

Un silencio amable se instauró entre nosotros, interactuábamos tan a menudo que la tensión se evaporó de nuestras pláticas. Luthor suavizó su rostro con habilidad.

—¿Y qué tal la escuela? He estado queriendo hablar contigo de algo.

¿Qué? ¿Cómo envenenar la comida de Kal-El?

—¿Qué sería?

—Tus perspectivas universitarias —su respuesta me descolocó —. Ya vas en tu último año, a unos meses de graduarte y no te has inscrito en ninguna universidad —borró su sonrisa —. ¿Intentas sabotear de nuevo tu educación?

Me sonrojé porque recordaba perfectamente la ocasión que él me preguntó aquello el año anterior, frente a Batman, media Liga de la Justicia y los miembros de la Luz. Fue jodidamente vergonzoso admitir que falté a un examen de inglés por ir a comprobar con Mal, Marvin y gran parte de la población masculina de la escuela si era cierto que las chicas de sexto se desnudaban en el gimnasio y se daban de almohadazos a modo de despedida. Wally, Flash, los Linterna y Dick aun se desmayaban de la risa.

No sé si estar decepcionado o orgulloso —me dijo Luthor con una sonrisa de desaprobación —. Perder el tiempo de esa manera.

¡Cuál perder el tiempo! —protesté —. Si sí lo hicieron.

Viejo, ¿en serio? —pidió Kid Flash con morbo. Hasta la Luz lucía interesada.

No te creo ni media palabra, Superboy —dijo Nightwing riendo.

Ah, ¿no? —saqué de mi bolsillo mi teléfono civil —. Tengo pruebas.

Y en menos de cinco segundos tuve a los chicos rodeándome y peleándose por mi celular, la dicha nos duró hasta que Batman me lo quitó ante las protestas de mis compañeros y las carcajadas de Luthor. Lo siguiente que supe fue que Nightwing y KF les suplicaban a sus mentores cambiarse a mi escuela y que yo tendría un teléfono nuevo, ya que el mío Superman lo rompió en dos con un discurso de moralidad que se acalló porque Luthor, aburrido, le disparó con una pistola.

—No, es que… no pude hacerme con una beca.

Luthor alzó una ceja.

—Batman tiene más que dinero y contactos suficientes para conseguirte un cupo en una universidad en Marte, ni hablar de aquí en la Tierra.

—Lo sé —me apresuré a decir —, pero yo… yo quería obtener por mí mismo mi educación.

Entonces Luthor volvió a sonreír, esta vez con orgullo.

—Un admirable gesto de tu parte. Imagino que fueron tus faltas de actividades extracurriculares las que detuvieron tu ingreso a la universidad, a diferencia de la señorita Morse.

Asentí.

—Megan es un miembro de las porristas y una estudiante brillante, le fue fácil. El resto de mis conocidos consiguieron su cupo por deportes.

—¿Y tú que ibas a hacer? —me encogí de hombros y a mi padre no le gustó —. Eres un Luthor, no dejamos decisiones de tal magnitud al aire, Kon. ¿Qué quieres estudiar? Yo te matricularé en la universidad que elijas.

—No aceptaré tu caridad —dije con un gruñido, cruzándome de brazos. Sus latidos se aceleraron, estaba molesto.

—No es caridad, eres mi hijo —cuando permanecí en silencio, desvió el tema —. ¿Qué pasó con tu novia marciana?

—La terminé —admití sin rodeos.

—¿Quién lo arruinó? —pidió en lugar del por qué. Fue agradable no tener que justificarme.

—Ella… no he podido ni verla a los ojos —confesé deseando contarle. El tema de M´gann lo conservaba fresco, solo habían pasado unos días y el dolor no menguaba, pero Luthor, en sus ocasiones de «hijo mío», me daba buenas recomendaciones, similar a Batman, un Batman malvado y calvo.

—¿Me cuentas? No te caería mal un consejo.

Latidos normales, sin sudores, sin presión sanguínea elevada. Luthor era sincero.

—Yo… he vivido con M'gann toda mi vida fuera de Cadmus y ella me… me traicionó, no fue con una persona, sino mi confianza y… tú sabes cómo eran los Gnomos, su control mental, ahora vivo con una persona con poderes psíquicos y en quien no confío.

Azul y gris se estrellaron. Encontré lo que no hubiese querido ver en el malo de la película: comprensión y amabilidad.

—Vete del Mone Justicia.

No me sorprendió que supiera la ubicación de la base.

—Mi vida está aquí en Happy Harbor, mi otra opción es trasladarme a Metrópolis.

Luthor lo meditó unos segundos.

—El apartamento de Clark no es muy grande y él no tiene suficiente dinero para adquirir una casa… ¿y un hogar para ti aquí en Happy Harbor?

—¿Aquí? —repetí.

—Permíteme comprarte un Penthouse, podrás tener un lugar propio mientras vas a la universidad… oh no me mires así, Kr, moriré algún día y, te guste o no, mi dinero será tuyo.

—Tu dinero está manchado en sangre.

—Considero que ese argumento es de débiles. ¿Mi dinero está manchado en sangre? Si, tal vez, pero el uso que tú le darías en, no sé, comprar comida a refugiados, le dará un aire positivo a mi fortuna. ¿No te parece un golpe ingenioso a la Luz? ¿Usar los activos de uno de sus miembros en acciones honorables? —se burló.

No supe por qué, pero no pude encontrar fallas en su discurso. En esos tres años yo había ansiado con locura una figura paterna que no llegaba, Kal-El me consideraba un hermano y yo sabía que ese era su tope; y sería injusto ponerle la carga a Batman, mi modelo de autoridad más cercano, pero Luthor, la retorcida alimaña, ahí estaba… e incluso Batman admitía a viva voz que Luthor hacia mejor papel de padre que Kal.

—Robótica o ingeniería mecánica avanzada y me gusta la ingeniería genética —padre me sonrió. Le sonreí de vuelta con malicia —. ¿Qué te parece un laboratorio completamente equipado en lugar del Penthouse a cambio de dejarte pagar mi universidad?

Luthor rió.

—Hijo mío, me haces sentir muy orgulloso.

0oOo0

—Si Nicolas Maquiavelo hubiera conocido a Bruce, lo habría preferido mil veces sobre César Borgia —comentó Bárbara leyendo el artículo que nos pasó la Liga —. Manipular desde el estrado al juez, a los abogados de ambos lados, al jurado… joder. Era el juicio de la década y él lo redujo a una sola sección.

—Normalmente, me estaría burlando de ti por tal admiración, pero tiene razón, Bruce se pasa de genial.

La limo viró a la izquierda, estaríamos en la mansión en unos 15 minutos si el tráfico ayudaba.

—Papá debería fundar una secta —agregó Tim con jocosidad. Me resistí a hacer mala cara, no me molestaba cuando él le decía a Bruce papá mientras su verdadero padre estaba en coma, pero Tim debería guardar sus precauciones si no quería herir los sentimientos del señor Drake.

—¿No lo somos nosotros? —bufé. Examiné de reojo al conductor en lo que nos carcajeábamos. Nosotros también deberíamos guardar nuestras precauciones, existían personas que no les importaba pasar sus vidas en la prisión o hipotecar hasta los dientes de sus abuelas para pagar una demanda interpuesta por la Liga con tal de recibir sus 15 minutos de fama. Un solo comentario inadecuado nuestro grabado y ya podíamos freírnos en aceite hirviendo —. Oye Tim, ¿pediste permiso para venir?

—No, papá dijo que no había problema.

—¿Cuál?

—Ambos, en realidad. Hoy estuvieron hablando y si la respuesta es negativa, papá quiere que saque mis cosas de la mansión —se encogió en si mismo.

Jack Drake, otro inconveniente intensificado por mi culpa. Puse la vista en la ventana por buscar algo que hacer, pensando en una posible solución al problema que representaba el padre de Tim, una que no fuera asesinarlo. ¿Quién me mandó a fanfarronear tanto? ¿Por qué no acabé con Larry cuando pude? ¿Para qué hablar hasta por los codos? No importaba cuando dijeran que fue un accidente o cuanto me tocase sonreír a las cámaras y reconocer el hecho como un gaje del oficio, yo sabía que era mi culpa.

Cerrando los ojos, tomé la decisión de hacerme cargo de cada «pequeño inconveniente» que mi fallo hubiese generado.

0oOo0

Damián, viendo la culpa de Dick, la amargura de Bárbara y la tristeza de Tim, se deslizó al lado de este. No era que Damián odiase a Tim, odiaba lo que representaba: el final de todas su ambiciones. Si su padre prefería al hijo de un extraño en el papel de Batman, ¿qué le quedaba a él? ¿Cómo ganaría el afecto de su padre si tenía a ese chico no tan buen luchador y no tan hábil como él aplastándolo?

—Si te toca irte, recuerda el transbordador oculto en tu closet —le susurró en el oído para que el chófer no oyera. Tras eso, Damián se retiró a su puesto.

Suficiente amabilidad por un día.

0oOo0

Fue la presencia de Jimmy Olsen la que me recordó no llamar a Superman «tío Clark», porque ¿a qué venía la familiaridad de Nightwing con el viejo reportero sentado en la sala de su casa con un maletín de cuero en sus piernas?

—Señor Kent —saludé con una sonrisa fácil —. Chicos, digan hola al periodista más amable del mundo.

—Hola —corearon. Vi en Damián ese gesto nervioso que ocultaba con arrogancia, oh sí, hasta Dami enderezaba la espalda en presencia de Superman. Bárbara y Tim, en cambio, le dedicaron sonrisas ansiosas y apretadas, similares a las que todo el día nos dedicaron a nosotros. Me reí llamando la atención.

—Y él es Jimmy Olsen, fotógrafo de El Planeta —señalé al cabeza de jengibre con la cámara colgando del cuello.

—Hola niños —y la mirada ansiosa se trasladó de mi familia al joven adulto —. ¿Cómo han estado? ¿Bien?

—Ahí —contestó Tim con menos interés; los otros dos se encogieron de hombros.

—¿Y Bruce?

—Arriba, celebrando su victoria con la almohada—contestó el tío Clark con su sarcasmo débil —. El señor Pennyworth nos pidió que esperáramos aquí, tu padre me contactó para una entrevista contigo, Dick.

Sonreí.

—Vaya, la exclusiva, ¿eh? Espero que Superman retenga a Lois antes de que ella intente arrancarle la cabeza, señor Kent.

Los hombres rieron. Las botanas en la mesa de café de la sala me indicaron el rastro de Alfred, quien seguramente se encontraba aseando la casa o durmiendo su siesta de la tarde igual que Bruce, lo que fuese esperaba que descansara y se relajara.

—Yo también espero lo mismo. ¿Podemos tomarles una foto a todos? Nos beneficia bastante la presencia de la señorita Gordon, tenemos a todos los aliados de Batman presentes.

—No a todos —anunció Tim —. Voy por el que falta.

—¿Un quinto Robin secreto? —pidió Clark con curiosidad.

—No —me carcajeé —, pero parecido, salvo que más peludo. ¿Hay una lista de preguntas? —mi tío me tendió un docena de hojas grapadas —. Tiene que estar bromeando.

Olsen y Clark sonrieron de oreja a oreja.

—Perry nos deja usar las 24 páginas de la edición mañanera si es necesario.

Silbé por lo bajo.

—A por el Pulitzer, entonces.

Olsen negó con la cabeza.

—No lo creo, compiten varios artículos de carácter mundial.

—Nada más difícil que sacarle al murciélago un tiempo a solas con sus hijos.

Me callé porque Tim regresaba con Ace trotando a su lado. Su gran danés negro, apodado Bati-Sabueso, portaba la máscara oficial que le cubría aparte de la cabeza y les daba pupilas blancas a sus ojos.

—¿En serio? ¿El Bati perro? —se burló Olsen.

—Se llama Bati-Sabueso —dijo irritado Damián, lanzándole cuchillos imaginarios al sujeto —. Y porque ya conozcan nuestros nombres no revelaremos el suyo.

Olsen le sonrió a Dami, recordándose que hablaba con un «dulce e ingenuo» infante. Detrás de él, Superman rodó los ojos.

—Por supuesto chico. Ok Batifamilia, elijan un lugar.

Decidimos tomar la fotografía sentados en el sofá con nosotros amontonados desorganizadamente y con Ace educadamente sentado sobre sus cuartos traseros y con su lengua descolgada en un gesto amistoso. Vimos las opciones luego, Olsen nos dejó escoger, pero yo fui quien la decidió: era en la que Bárbara mejor quedaba, cruzada de piernas con una risita mientras yo separaba no muy discretamente a Tim y Damián en su pelea por el espacio personal.

—Lucimos igual que unos chiquillos revoltosos —se quejó Tim.

—Es lo que son, bestias salvajes. Ahora shu, largo, entreténganse en el granero —y al verlos visiblemente ofendidos conmigo, agregué —. ¿O quieren participar de la entrevista?

Jamás vi a ese par desaparecer tan rápido, hasta Bárbara huyó. Cobardes, me burlé

—Si esto de ser superhéroes no funciona, tiene futuro corriendo maratones —comentó Olsen con humor.

—Bárbara es una promesa olímpica. ¿Dónde quiere la entrevista, señor Kent? ¿Aquí o en mi habitación?

Olsen, usando la excusa de la fotos, insistió en mi alcoba. Al adoptarme Bruce no tuvo reparos en proporcionarme el mejor cuarto de la mansión: repleto de juegos de video, luces, adornos y juguetes; más que un dormitorio, mi cuarto eran dos habitaciones unidas, pero carentes de una puerta entre ellas, solo muros, uno de los lados lo usaba como oficina y zona de estudio, en el otro estaba mi cama y mis juguetes de infancia, en el balcón tenía mi hamaca y balones. El cuarto empezó casi de inmediato a ser fotografiado por Olsen, quien ignoró el ligero desorden aquí y allá en forma de un par de camisetas en la silla de mi escritorio, mi pista de autos a medio armar en el suelo y un par de cuadernos en mi cama. Por fortuna, yo no era de dejar calzoncillos por ahí.

—¿Te molesta si grabo la entrevista?

—Lo que quiera, señor Kent.

—Gracias Dick —de su maletín mi tío sacó su grabadora portátil, su cuaderno y su bolígrafo —. ¿Podemos sentarnos?

Le señalé en respuesta la silla columpio en el centro de mi cuarto antes de irme a tirar a la cama sin reparos. Olsen ocupó mi puf verde.

—Dispare a quemarropa, señor Kent.

El hombre rió entre dientes activando el aparato en su mano y abriendo su cuaderno.

—Han sido unos días movidos para ti, ¿cómo has estado sobrellevándolo, Dick?

El único motivo por el que pude dormir anoche fue porque me drogaron hasta las cejas.

—Pues bien —me encogí de hombros —. Bruce se ha encargado de la mayor parte de los problemas, ya sabe, con lo de la seguridad y eso.

—¿Y cómo te sientes al respecto? ¿Te sientes responsable por lo que ocurrió?

¡Qué pregunta tan estúpida! Claro que sí.

—Es una pregunta muy íntima, señor Kent, porque su respuesta se decide con el punto de vista de cada uno. Algunos dirán qué si fue mi culpa, otros que no, mas, en lo personal, no me creo responsable, digo, yo perdí la máscara, sí, pero no por un descuido, fue… un gaje del oficio. No por nada el proyecto de protección y los campos magnéticos marcianos ya estaban pre instalados, este resbalón lo pudo tener cualquiera.

—¿Te sientes a gusto con haber perdido la máscara en un combate? ¿O habrías preferido que fuera tu decisión?

Jamás me la habría quitado.

—Ninguna de las anteriores, yo hubiera preservado mi identidad secreta el mayor tiempo posible. Era un secreto que pensaba llevarme a la tumba —puse una de mis almohadas entre mis piernas y me retiré el saco de la escuela, mi mochila se había quedado abajo. Las preguntas ya eran escabrosas y recibían respuestas totalmente falsas y previamente concordadas por Bruce y por mí, preferiría que Olsen no viera mis puños apretados al mentir. Clark y yo odiábamos que él me entrevistara porque, si bien mi tío era preferible a cualquier rata de dos patas de Gotham, sus preguntas debían tener suficiente malicia para no ser criticado de parcialidad.

—¿Y qué hay al respecto de tus hermanos? Al caer tú, los arrastraste a ellos, a tu novia y a tu papá.

—Bárbara no es mi novia —fue lo primero que dije —. Me siento terrible por haber afectado a mis hermanos. Normalmente soy del tipo de personas que no miran atrás deseando devolver el tiempo o cosas así, pero si por mi fuese, yo sería el único implicado.

—Una postura muy loable de tu parte. ¿Y qué hay de eso de la señorita Gordon? Porque corre una sospecha muy escandalosa que la relaciona a ella y a tu padre, Bruce Wayne, en una aventura romántica.

Si Clark, cogen como conejos cada rato que pueden, siempre que Bruce no esté detrás del trasero de Gatubela o de otra mujer.

Me reí.

—¡Es ridículo! Te explicaré que sucedió en ese beso. Batman estaba caído, no tan herido, pero lo suficiente para darle un chance al pingüino de activar una bomba, por lo que necesitábamos distraerlo. Y tienen que saber que Pingüino es un morboso absoluto, así que con él usamos distracciones relacionadas con el plano sexual. En esos casos, bueno, suena algo machista, pero hay que usar a una mujer. Digo, Tim, Damián y yo… somos los hijos de Bruce, incluso Tim, que tiene a su padre con vida, ve al murciélago como a un padre, sería increíblemente escabroso darle un beso como el que le dio Batgirl esa noche. O bueno, por edades tendría que haber sido yo, Batman preferiría dejar volar la ciudad antes de someter a un acto pedófilo a Tim o a Damián.

Por supuesto, obviemos las misiones contra redes de pedofilia en las que hemos participado con Billy.

—Muy comprensible por parte de tu tutor. ¿Y el Pingüino, er, el señor Cobblepot, se distrajo?

—Oh sí, ahí entramos nosotros y lo alejamos del control de la bomba. Mientras yo lo mantuve ocupado en una lucha física Red Robin desactivó la bomba y Robin se encargó del secuaz que subía al tejado. Batgirl atendió la herida de Batman, pero cuando ya se fueron unir la lucha había acabado.

—Un magnífico trabajo grupal. Dick ¿qué se siente ser un superhéroe?

Dímelo tú, Superman.

—Es maravilloso ser capaz de ayudar a las personas.

—¿Ese es tu primer pensamiento? Porque, digo, el público ve a esos chicos de secundaria lanzándose en el aire y columpiándose entre los rascacielos y piensan, ¡qué adrenalina! O ¡quieren matarse!

Montón de quejicas.

—No, no, claro, es muy estimulante, pero sobre todo se trata de las personas, saber que mis habilidades han servido para reunir a una familia o salvar a alguien. Las columpiadas que ustedes ven es lo más notorio, pero lo más mínimo, generalmente, especialmente los menores, nos encargamos de hacer ayudas pequeñas, como dar indicaciones a personas extraviadas, recomendar los asilos y comedores benéficos a los indigentes y regalar comida a las prostitutas y a los adictos.

—Muchos consideran que los habitantes de calle son peligrosos, ¿qué piensas tú?

Lo son.

—Es algo muy ambivalente, muchos son amables, pero recordemos que en su gran mayoría crecieron en hogares conflictivos sin una correcta orientación, tienden a la violencia. Yo no digo que sean violentos, pero están adaptados a ello y al estilo de vida de las calles; sin embargo, por más que sobrevivir en los acueductos con limosnas es difícil, ellos no desean integrarse a lo considerado «sociedad». Por favor agréguele las comillas en su redacción.

—Lo haré. ¿Por qué crees que no desean incorporarse a la vida promedio?

Me lamí los labios.

—Es… es complejo. Digo, ¿tiene alguna práctica que sus amigos o compañeros de trabajo reprochen, señor Kent?

Me refiero a parte de mentirles la mitad del tiempo, Kal.

—¿Yo? Bueno, no sé. ¿Qué opinas Jimmy?

El pelirrojo alzó una ceja.

—Comes comida chatarra como si no hubiera un mañana Clark. Te va a dar un infarto fulminante en los próximos años.

Tío Clark y yo compartimos una sonrisa de complicidad.

¿Superman muriendo de un infarto? ¿Qué sigue? ¿Batman de comediante?

—Ok, comida chatarra. Es insano, te pone al borde del acantilado de la diabetes y de las enfermedades del corazón. ¿La dejarías? Sinceramente.

—No —dijo de inmediato —. Me gusta, no tengo tiempo para prepararme comidas caseras y en mi presupuesto mensual no entran las frutas frescas.

Lo apunté con un dedo.

—¿Lo ves? Tus hábitos, aunque dañinos, son tuyos, no los quieres soltar por comida de conejos. Lo mismo sucede con las personas de la calle, ellos no aspiran a un trabajo de ocho horas diarias ni un hogar estable, lo que quieren es que los dejen en paz. Y es su decisión, nosotros nos limitamos a colaborarles en lo que se relaciona con alimento y vestuario, pero no podemos forzarlos a un cambio de realidad que no desean.

—Es… entendible si lo vemos así. Supongo que pocas personas conocen tanto a los habitantes de calle. ¿Y tú Dick? ¿Tienes un hábito reprochable?

Burlarme de supervillanos con armas de destrucción masiva.

—Muchos consideran que mis actividades de héroe son nocivas y peligrosas.

—¿Tú no?

Si.

—No es tan riesgoso para nosotros. Me refiero a… ¿brincarías por un risco de 100 metros de altura que da a parar al mar?

—¿Para qué?

—¿Lo harías?

—No.

—¿Y si fueras un clavadista profesional con siete años de experiencia saltando por riscos?

Clark parpadeó.

—Es diferente, sabría hacerlo. O al menos no sentiría el corazón en la boca.

—Es lo mismo para mí. La gente dice: «los van a dejar como a coladores». No preguntan cuantas horas al día entrenamos para esquivar balas.

—¿Cuántas? —se apresuró a decir.

—Dos, mis hermanos tres —sonreí —. Nos ven pequeños y dicen que Bruce es negligente. Le decían a él en un inicio que lo iban matar, ¿quién es ahora Batman? Una jodida leyenda. Entonces argumentan que él es único, que no como él no hay dos, ¿y qué hay de Flecha Verde? ¿O de Artemis? Ella nunca ha cubierto su abdomen, si le dieran un tiro ahí podrían matarla porque no tiene protección, pero si tu miras su torso no verás una sola cicatriz. ¿Cómo se le llama a eso? Entrenamiento.

—¿Consideras que las personas critican tu estilo de vida por qué no lo conocen?

—Creo que padecen de un temor muy justificado, pero erróneo. Una persona promedio teme a una pistola, a una navaja, a las heridas o a las alturas, luego nos ven combatiendo el crimen de noche y saltando de techo en techo y nos juzgan en base a sus limitaciones. Se dicen: «oye, mira es pistola, me quedaría quieto, él no lo hace, algo está mal aquí».

—A tu percepción, ¿esta crítica es por maldad o envidia?

En gran parte.

—Hoy un maestro me dijo que dependiendo del punto de vista yo podría ser abusado por Bruce. Y como le dije, señor Kent, las limitaciones propias de cada persona crean su zona de confort. Si les asustan los golpes y me ven peleando, dicen que Bruce me lavó el cerebro y que yo tengo miedo de denunciar su abuso. En cambio, si son personas que no tienen problema con la agresión física o que de plano la consideran parte de su estilo de vida, como un artista marcial, se encogen de hombros y nos dicen: «si pudiera yo también lo haría».

Un toquido en la puerta nos interrumpió, di gracias al cielo, Clark no tendría que señalar que evadí la pregunta.

—Disculpe amo Dick, señores periodistas —Alfred se asomó por la puerta con una charola de plata cargada en platos —. Su onces de la tarde, amo Dick.

—Gracias Alfred.

Me levanté y le recibí la comida, devolviéndome a la cama. Mis tripas estarían prontas a sonar, por lo que destapé los platos cubiertos en lo que Alfred se retiraba. Sándwiches de jamón, una pizza del tamaño de un plato de cuatro partes, barritas de queso frito, una limonada con cerezas y un pudín de vainilla.

—Wow —dijo Olsen —. Es mucha comida.

—Lo sé, consumo 13 mil calorías al día. Ventajas de ser superhéroe: no existen las dietas.

—¿Le puedo tomar una foto? —señaló al plato.

—Claro —me encogí de hombros.

—¿Todos los héroes consumen este tipo de raciones? —curioseó Clark anotando algo en su libreta.

—Depende, algunos más que otros. La Mujer Maravilla come normal, su cuerpo es diferente al nuestro y su fuerza no requiere de una alimentación como la de los humanos. Los marcianos también comen poco, sus cuerpos recrean la energía… es complicado de explicar. Superman devora lo que se le ponga en frente y si te descuidas con Damián él sería capaz de vaciar la nevera en una tarde, pero los más afectados son los Flash.

—¿Afectados?

—Ellos, literalmente, deben tener siempre algo en la boca. Sus cuerpos van a una velocidad superior a la nuestra, no es solo correr, es un cambio a nivel molecular. A Flash le queda un poco más fácil porque es un adulto, pero Kid Flash está atrapado en la escuela ocho horas cada día y él necesita ingerir al menos 3 mil calorías cada hora.

Olsen alzó las cejas. A Clark le brillaron los ojos, pensaba lo mismo que yo. Si la identidad de Kid Flash se revelaba, con mi testimonio podrían implementar un sistema de alimentación en su escuela que lo beneficiara.

—¿Pasa hambre? Eso es peligroso para cualquier adolescente y trae consecuencias a largo plazo.

—Kid Flash se suele escabullir a los baños a comer barras especialmente diseñadas para él, pero no es lo mismo porque aún tendrá hambre y no siempre obtiene permisos de los docentes, así que en ocasiones pasa dos o tres horas con mareos y signos graves de hambruna, que, para nosotros, humanos promedio, significaría un día entero sin alimentos.

Está bien, exageré.

—¡Eso es de locos!

—Lo sé —concordé muy serio —. Se graduará en unos meses, así que ya ve la luz al final del túnel.

—Dick, y hablando de las consecuencias de ser superhéroe, ¿qué hay de tus heridas? Vimos sangre el miércoles.

Los servicios sociales ganarían el caso solo con quitarme la camisa.

—No requirieron puntos, la herida de mi brazo fue un mero rasguño que ya sanó, el cuchillo de Larry era extremadamente filoso, para cortar las capas de tela de mi uniforme se necesita… bueno, más filo que un bisturí médico y eso es mucho.

—¿Pero tú te sientes bien? ¿Qué secuelas te dejó la batalla del miércoles?

¿A parte de lo obvio?

—Nada —dije con una sonrisa amistosa —. Deshidratación, pero es muy normal, mi cuerpo está bien, hubo agotamiento físico, claro, pero Bruce, Batman, sus entrenamientos son de mayor duración. En fines de semana y vacaciones yo me mantengo en servicio una horas por noche, en ese lapso me muevo sin descanso, salvo un par de paradas para comer. Amm, tres horas de lucha intermitente y sin pausas es todo un récord, incluso para mí, pero nada a lo que mi cuerpo no esté habituado. La única diferencia fue la falta de descansos y la intensidad, Larry es un gran guerrero, del resto, físicamente, fue… una noche más.

Miré con alegría a la boca abierta de Olsen y mordí uno de mis sándwiches.

0oOo0

Reconocido, Capitán Maravilla, A05.

Canturreando por lo bajo, saludé con mi mano a Canario Negro, quien se disponía a usar el transbordador.

—¿Buen día en la escuela, Billy?

—Mmm, ahí —hice una mueca. Desde que la Liga me aceptó como un niño, Batman me asignó un nuevo código para mi pequeña persona, así podría transportarme sin problemas y sin dejar de ser un chico.

Canario negó con diversión y se despidió con dulzura de mí. Ingresé por el pasillo saludando cortésmente a los héroes que me encontraba por ahí; el señor Wayne se tomó muchas molestias para que no hubiese forma de que mi secreto se filtrase, como implementar contratos de confidencialidad específicamente ligados a mi nombre para los científicos que se colaban a la Atalaya y para los otros miembros de la Liga de la Justicia. Aunque si bien esas medidas se dieron tres años atrás, cuando yo tenía 10, fue hacía año y medio que de verdad la Liga se reunió para conversar sobre mí. Todo empezó debido al más reciente brote de mi mala suerte.

A los cinco años quedé huérfano y fui a dar donde mi avariento tío William Batson, por lo que pronto terminé en la calle y sin un penique de la cuantiosa herencia de mis padres. Pasé de uno a otro hogar adoptivo en el lapso de un año topándome con pedófilos y matones, a los seis años decidí que las calles eran más seguras que los hogares de acogida que el gobierno me proveía. A los siete, ocurrió mi maravilloso encuentro con el mago Shazam, el cual me proveyó de los poderes que me permitieron convertirme en el Capitán Maravilla y ayudar a la humanidad. No obstante, al final del día yo volvía a ser el pequeño Billy que se prostituía por unos billetes.

Luego, a los ocho, llegó la Liga y a los nueve el tío Dudley, las cosas se estabilizaron, pero mis buenas rachas no duraban. A mis once años volví a ser un huérfano después de que un ataque de trombosis fulminante se llevara la vida de mi atesorado tío. Con tanta experiencia, no me fue difícil esconderme de la ley y salirme del nuevo y, no hay sorpresas ahí, abusivo hogar de acogida. Por un mes, traté de encontrar un punto de equilibrio, hasta que la Liga se enteró.

Fue cenando en un día de escuela. Supe que algo iba mal porque los siete miembros fundadores entraron con cara de circunstancias a la cafetería de la Atalaya, prácticamente en línea recta hacia mí. Recuerdo que había berenjenas crocantes y puré de papas en mi palto, yo bebía leche. El silencio reinó en la Atalaya al detenerse los héroes frente a mí.

Hola, ¿cenarán conmigo? —dije con amabilidad, a sabiendas de lo que sucedía. Yo contaba las horas aguardando a que Batman se enterase.

Billy —inició la Mujer Maravilla. Por supuesto que era ella la principal instigadora, ya que detestaba que yo trabajase para la Liga —. Nos enteramos de lo que estás haciendo.

Estoy cenando.

Superman, Aquaman y Flash alzaron las cejas, Hal Jordan bufó. Yo era conocido por mi educación extrema, mi sarcasmo los cogió a todos fuera de base.

Nos referimos a lo sucedido con tu tío —continuó Diana fingiendo que no dije nada —. Te encuentras en este momento dentro del programa de servicios sociales, pero te escapaste. Te están buscando.

Yo no voy a volver a esa casa o a ninguna otra —le dije sin subirle el tono.

Billy, eres un niño —empezó Flash —. Necesitas una fami…

Ni siquiera te atrevas a terminar esa frase Barry —me recosté en mi asiento con los brazos cruzados y una sonrisa irónica en los labios —. La mitad de ustedes son huérfanos, ¿qué les pasa? ¿Se les olvidó como es esto? No necesito familia, mis padres están muertos, mi tío también. Mi familia murió, estoy solo, punto.

Hijo, cálmate —intentó Aquaman.

Estoy calmado Arthur, pero yo no voy a ir a un hogar adoptivo, ahórrense esto.

Les dije que era un perdida de tiempo —comentó Batman, el más neutral de los siete.

¡Para ti es fácil! ¿Cuántos niños huérfanos has tutelado y adoctrinado para luchar contra el crimen?

Tres —le respondió retadoramente.

El rostro de la Mujer Maravilla tomó un color morado.

Lo que haces, Billy, es ilegal. Trajiste tus pertenencias a la Atalaya, usas las computadoras para realizar tus deberes escolares, comes nuestra comida. Un miembro de la Liga no puede huir de la ley y esperar cobijo de nosotros.

La miré con cierta arrogancia. No había necesidad de ponerme de pie, era el más pequeño de ese satélite, la única forma de alcanzarlos sería transformándome en el Capitán, pero eso haría que me perdieran el respeto. No, lo líos de Billy los solucionaba Billy.

¿Cree que tiene el sartén por la manga, señora?

Hijo, más respeto.

Esa es una calle de dos vías, Arthur. Si van a amenazar con sacarme de la Liga si yo no acudo con los servicios sociales, entonces no gasten saliva. No pienso volver y si me cuesta el puesto aquí, bien sea. Ahora, ¿puedo terminar mi cena o me echarán a patadas?

Los siete intercambiaron una mirada muy larga, en la que los otros se removían en sus asientos. Le guiñé el ojo a Canario Negro, la que lucía más preocupada.

No puedes siquiera considerar aceptar, Batman —gritó Diana.

El Capitán creció en las calles, desaparecerá por completo, abandonará la escuela, su vida y su seguridad. Dormirá en estaciones de trenes, ¿sabes de donde sacará el dinero? ¿Te recuerdo cómo sobreviven los niños en las calles?

Es un niño, no puedes negociar con él, no es un criminal —añadió Flash.

¡Yo no negocio con criminales! El Capitán Maravilla es un miembro de la Liga de la Justicia, años atrás se votó por su permanencia, esta discusión es innecesaria. Decidan, lo quieren aquí o extraviado.

Y decidan lo que decidan —dije —, por favor háganlo en otra parte, quiero cenar. Ah, y si de verdad me echan, ¿me dan diez minutos para asaltar la despensa? —terminé con una sonrisa que ellos respondieron con un silencio mortal —. No me miren así que no bromeo, ¿dónde carajos se supone que compre comida sin un centavo encima?

—Y el resto es historia.

—Billy, ¿dijiste algo? —me llamó la atención con suavidad el Capitán Átomo; yo entraba a la sala de computadores de la Atalaya.

Yo y mi manía de hablar en voz alta.

—No, lo siento capi —sonreí —. Es algo de mis deberes.

—Entiendo, si tienes alguna duda puedes consultarnos.

—Si, lo sé, gracias.

Si, la vida en la Atalaya era grandiosa, mi habitación era permanente, con el dinero obtenido por la venta de productos de mi alter ego obtuve un depósito donde guardaba muchas de mis pertenencias, la Liga me asignaba tareas igual que al resto y entre los miembros se turnaban para colaborarme con la escuela y revisar mis calificaciones; sin que nadie lo supiera, Batman me asignó una cuenta para mi universidad y me pasaba billetes debajo de la mesa para comprar golosinas. Yo amaba a ese señor, fue el primero en apoyarme y permaneció fiel a mí en cada minuto.

Mi suerte era negra, pero entre todo eso, la luz se filtraba y, al menos por ahora, mi vida era dulce.