El segundo día de clases fue relativamente fácil. Una fuerte tormenta azotó Gotham, lo cual espantó a la mayor parte de la concurrencia y nos dio una excusa para correr puertas adentro sin parecer intimidados. En los corredores nuestros compañeros portaban copias del diario El Planeta y los agitaban frente a mí en lo que me separaba de mis hermanos y dejaba a Bárbara en su salón.

—¿Salió la entrevista? —me acerqué a un grupo de chicos de mi salón. En las escuelas privadas éramos tan pocos alumnos que casi no existían las mezclas, aquel grupito me lo topaba en cada asignatura.

—Cinco hojas Grayson —me comentó uno extendiéndome el periódico. No puse objeciones cuando Cherry empezó a grabarme.

—Ya que estás tan adepto a los en vivo últimamente, Dick, ¿cuéntanos que se siente ocupar 1/5 del periódico?

Me enfoqué en la cámara con una sonrisa ensayada.

—Es muy incómodo, me siento un egocéntrico por haber hablado tanto.

—¿Egocéntrico? —preguntó con confusión uno de ellos.

—Si, ¿no les parece grosero solo hablar de ustedes? Digo, es extraño.

—Tú eres extraño —determinó Cherry —. ¿Sí conoces los nombres de todos los miembros de la Liga?

—Oh si —aquella pregunta estaba al final de la entrevista —. A veces parecen un club de lectura, son muy amigos y yo crecí con ellos, es como si fueran mis tíos.

—Dijiste que Superman es la persona que menos imaginamos —no pude evitarlo, me carcajeé. El asunto de la identidad de Superman se tornaba humorístico en medio de una entrevista con Clark Kent —. También reíste en la entrevista, ¿qué es lo gracioso?

—Creedme, su identidad es… para morirse —finalicé con una breve risa.

La campana terminó con el breve interrogatorio.

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La escuela de Central City recibió a su héroe con los brazos abiertos, Flash era uno de los héroes más queridos del mundo. Aunque su sobrino se encontraba a salvo en la escuela, tolerando a los curiosos, a los fans y a las chicas lanzadas, Barry Allen era harina de otro costal.

Siendo el tío de un héroe, él y su esposa, Iris, recibieron protección por parte de la Liga, pero dada la misma dulzura que engendraban los Flash y el hecho de trabajar en la estación de policía de una de las ciudades menos corruptas del país, Barry solo contaba con dos escoltas que cuidaban la entrada de la morgue y otro en su laboratorio, las dos salas donde más se la pasaba. Lo que funcionaba para él, pues su inconveniente más grande eran sus compañeros de trabajo.

—¿Conoces a Flash? —le preguntó Aria, su pareja de oficina. Era forense como él.

—Hablé con él un par de veces —murmuró el héroe releyendo la lista de componentes químicos hallados en escena del crimen en la que investigaba el detective Marrier. Su instinto le decía que la mezcla era accidental y no tenía que ver con el homicidio.

—¿Cómo es, Allen? —curioseó la mujer. Barry la miró, ella se relajaba sobre la alta mesa de la morgue, esperando que su tercer compañero volviera con el café. El cadáver aguardaba con paciencia en una de las mesas metálicas.

—Parlanchín, amable, tal cual se ve en televisión.

—¿Quién es tal cual se ve en televisión? —interrumpió Noah, entrando por la puerta de la morgue a la par que el detective Marrier con varias tazas de café.

—Allen me hablaba un poco de Flash.

Barry la miró con el ceño fruncido, molesto por haber sido lanzado a los leones.

—¿En serio? ¡Escúpelo todo Allen!

—Si —rió Noah —. O no hay café para ti.

—No lo conozco realmente, era lo que le decía a Aria. He hablado con él un par de veces, es parlanchín y amable, como en la televisión —recibió su taza de café doble a manos de Noah.

—Tu sobrino es el orgullo de esta ciudad —comentó el detective Miller.

—Gracias.

—Ahora, ¿tienes los químicos en los pantalones del sujeto?

—Aquí tiene detective —le tendió la hoja al hombre.

—Sabes —inquirió Noah con sospecha —, Kid Flash ha llamado tío a Flash. ¿Algo que decir al respecto, Allen?

El detective y Aria se me quedaron viendo. Que molesto.

—Wally y Flash son muy cercanos.

En respuesta, Aria se dirigió a Marrier.

—Detective, yo sé de una persona tan parlanchina como Flash —y apuntó con su dedo a Barry, poniendo la palma de su mano para tapar malamente el miembro.

El rubio tragó.

—Casualidades de la vida. ¿No son ustedes lo que dicen que llego tarde a todas partes?

—Es tu coartada.

Barry rodó los ojos. Fuera de una percepción, no tenían pruebas, pero sus colegas eran detectives profesionales, se ganaban la vida uniendo datos incongruentes y dándoles sentido. Él tenía las horas contadas.

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Fue en la clase de biología que los Wayne iniciaron su venganza contra Shifield. La maestra les había entregado a los niños un crucigrama con preguntas relacionadas con los anfibios a modo de actividad de clase. Los Robin decidieron que como el más inofensivo, Tim sería el ejecutor de la primera parte del plan magistral que elaboraron por medio de una llamada telefónica la noche anterior.

Rebuscando en su cartuchera, Tim fingió no hallar su sacapuntas, por lo que despacio se dirigió al sacapuntas de pared que estaba en el frente del salón, asegurándose de tener la mirada atenta de algunos de sus compañeros, que no dejaban de asombrarse de estar en la misma habitación que Red Robin. Damián aguardó desde su puesto con la mano envuelta en un pequeño paquete blanco que parecía, a toda instancia, heroína. Su objetivo se sentaba en la segunda fila, no sería fácil introducir el paquete si no había suficiente revuelo, lo cual era la misión de Tim.

Con su lápiz bien afilado, Red Robin dio un paso devuelta a su asiento, tropezando con un objeto imaginario del suelo, cayendo al suelo y enterrándose el lápiz en su mano. Por su posición, con el cuerpo cubriendo sus extremidades superiores, nadie pudo ver la mini bolsa de sangre falsa que el chico hizo explotar. Para cuando los demás se dieron cuenta, ya Tim estaba sangrando en el suelo y hecho una bola con la punta del lápiz firmemente enterrada en su mano.

—¡Señorito Drake! —el grito del escolta azaró al alumnado y a la docente.

Aprovechando que los 12 alumnos restantes rodearon a Tim, Damián se deslizó por el pasillo que formaban las mesas e introdujo el paquete blanco en la mochila de Shifield ante la atenta mirada del escolta en la parte posterior.

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Aun cuando a Wayne Enterprise le llovían socios comerciales, no era mi deber estar al frente en las reuniones de negocios, para eso estaba Lucius, así que, ilusamente, ese viernes me tiré en la cama esperando dormir hasta la tarde, siendo interrumpido por el horrible, despreciable, timbre de mi celular.

—Wayne —gruñí girándome en la cama, dispuesto a seguir durmiendo una vez zanjara el asunto que, sin duda, no era tan importante.

—Ya estoy fuera, señor Wayne —la infantil voz de Billy me sacudió. Oh, definitivamente si era una llamada que requería mi completa atención.

Consulté mi reloj, las ocho de la mañana, Billy se expuso a los pedófilos solo 6 horas, excelente.

—Muy bien hijo. ¿Te sucedió algo?

Mandar a Billy a misiones de infiltración con grupos de pedófilos no siempre salía bien, la Liga era consciente de las veces que Billy sufrió abuso o, de plano, violaciones, pero el chico protestaba cuando querían discutir al respecto. «Yo he sido violado toda mi vida, en este punto ya ni me importa, porque puedo usar ese daño para proteger a otros niños, así como ustedes reciben palizas para proteger a sus ciudadanos», era lo que decía.

—Nada, señor Wayne. Me encerraron en una jaula de perro, hay casi 100 niños adentro enjaulados, es una bodega en los muelles, pero no los están maltratando sexualmente, se limitan a encerrarlos. El resto está en el informe, ya lo envié.

—Excelente Billy. Ve a descansar, pasamos una nota a tu director, usamos la fiebre de pretexto.

—Oh, bien… señor Wayne, hay una cosa más que debe saber.

—¿Si, Billy?

—A los niños se los van a llevar a África el martes en la noche por medio de un buque.

¿El martes?

—Contamos con cuatro días. Haré el operativo hoy o mañana. Gracias Billy.

—Hasta luego señor Wayne.

—Adiós hijo.

Colgué sintiéndome mejor conmigo mismo. Billy estaba intacto, él no me mentía en ese tipo de asuntos, teníamos la información, las fechas, pero faltaban los culpables. Bueno, eso se solucionaba por medio de una golpiza a quien tuviese encerrado a los niños. Por ahora, solté mi teléfono y me cubrí el rostro con las mantas.

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—No era conocedora de tus problemas de coagulación, Tim —le decía la señora Wilson a mi hermano. Cuando los escoltas me advirtieron que Tim se desangraba en el aula, yo imaginé un apuñalamiento con cuchillo, no con un lápiz.

Algo en todo ese lío me olía a pescado y la apariencia inocentona de Damián no me alentaba.

—No tengo problemas de coagulación.

—La última vez que sangraste, Tim, ¿recuerdas? —preguntó con amabilidad la enfermera del colegio. Era una buena mujer, ella intentó llamar a los servicios sociales años atrás para advertirles de nuestras heridas sin importarle los riesgos de irse contra Bruce Wayne y su ejército de abogados en la corte.

—Si señorita, hace dos semanas me raspé la rodilla —comentó, retocando un tantico, era algo más que un raspón —. No hubo sangre excesiva. ¿Hay forma de qué esto haya sido cosa de una vez?

—La hemofilia es una enfermedad constante, pero se han dado casos donde la afectación viene y va. ¿De verdad nunca te ha pasado esto?

—No, jamás.

La señora Wilson entrecerró los ojos. Me adelanté a ella.

—No se puede ser Robin y tener hemofilia, es demasiado riesgo —solté —. Batman nos hizo esos exámenes.

—¿Y si se equivocó?

En el segundo que me tomó construir una respuesta objetiva que no mencionase nuestras constantes heridas, Damián hizo su aporte.

—Bueno, hay una forma de saber si fue un accidente aislado.

Todos lo miramos. Nada bueno salía de un Damián tan dócil.

—¿Qué se te ocurre, hijo? —pidió la señora Wilson.

—Apuñalarlo otra vez con el lápiz.

El escolta en la enfermería y yo bufamos, por supuesto, Damián era Damián. La enfermera le sonrío con dulzura, asumiendo su comentario como lo dicho por un niño que no entendía del mundo, por su parte la señora Wilson se lo tomó personal.

—¿De dónde sacas esas ideas tan violentas, Damián?

—¿Violentas? —frunció el ceño con una confusión que resultaba adorable. Oh, gran actor que era ese mocoso —. Violento sería si le dijera que usáramos mi espada.

—No se preocupe, señora Wilson, él viene así de fábrica —intervino Tim —. Pero, saben, no es mala idea.

Y antes de que la señora Wilson se diera cuenta, Damián había sacado de su bolsillo un lápiz con punta. ¿Por qué lo tenía ahí? Esa situación era prefabricada.

—¡Damián no!

—Señorito Wayne, suelte eso.

Pero Damián las ignoró y con una sonrisa le enterró el lápiz a Tim en el dorso de la mano. En lugar de pelear, Tim rió. No hubo sangrado excesivo, pero si una llamada a casa que contestó Alfred. Y la señora Wilson no pausa su escritura sobre nuestros «desordenes de comportamiento», nuestra «impulsividad» y el aparente «modelo de violencia y sadomasoquismo que aprenden en casa». Más les valía a esos niños que su bromita tuviese un uso o Bruce los iba a despellejar.

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—¡Eres el peor sujeto que ha pisado la faz de la tierra! ¡Judas se quedó pequeño al lado tuyo! ¡Y tú, traidor!

Mientras Olsen palidecía ante el señalamiento histérico de Lois, Clark se destornillaba de risa en su asiento. Lombard se aproximó a ver lo que sucedía más de cerca, aunque hasta Perry estaba ahí viendo el ataque de Lois a Kent y Olsen, ofendida hasta la médula por la entrevista a Dick Grayson en la que no participó siendo la compañera más cercana del granjero. Era demasiado hilarante para perdérselo.

—Señorita Lane, Clark no me lo dijo sino hasta que entramos a la mansión Wayne.

—¡Pudiste llamar!

—El mayordomo del señor Wayne nos quitó los teléfonos. Fue igual que entrar a un fuerte de guerra.

Lois resopló pateando la silla de Clark, que daba la apariencia de estar a punto de ahogarse con su risa.

—Pues me hubieras pasado a Bruce antes de que te lo quitaran. ¡Me acosté con ese tipo! Tengo ciertos derechos.

—Como presumir que tan rico coge Batman, pero fuera de eso… —ironizó una de sus colegas. Iracunda, Lois volteó a ver a su amigo.

—¡Deja de reír Villa Chica!

En respuesta, Superman continuó riendo.

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—Voy a matar a estos mocosos —gruñó papá entrando a la enfermería. Yo lo seguía de cerca, esperando que no explotase cual volcán.

La señora Wilson nos aguardaba con el director, la psicóloga del colegio, la enfermera y una rubia despampanante con un traje de oficina ajustado azul y gris que me sacó al coqueto que llevaba dentro.

—Hola, ¿nos conocemos? —avancé un paso hasta ella, quien rió. Papá me sujetó por la nuca mirándome con desaprobación.

—¿Hay mujer a la que no le tire la teja? —interrogó la señora Wilson —. Lo intentó conmigo.

Ante el aumento en la desaprobación de papá, sonreí mostrando mis dientes blancos.

—Las dos son preciosas —fue mi excusa —. Lástima que la señora Wilson te quiere preso.

—Calla Dick o te castigaré igual que a tus hermanos.

Cerré el pico.

—¡¿A mí me van a castigar?! —chilló Tim con dos curitas en la mano —. Soy el herido aquí.

—El que al parecer se reía y no hizo un solo movimiento por defenderse. Los dos al rincón —les señaló una esquina de la habitación.

—Pero padre…

—Una palabra más y van a dar vueltas hasta la cena.

Con simpatía observé a mis hermanos arrastrar los pies hasta el lugar indicado, para asombro de los presentes.

—Son como palomas mansas con usted —se quejó el director —. A mí Damián hasta me ha amenazado.

Bruce exhaló con fuerza. De verdad estaba enojado.

—Yo no entiendo a qué viene tanto alboroto por un lápiz.

—Señor Wayne, su hijo Damián demuestra una agresividad insólita en un niño de nueve años y Tim, ¡Tim se estaba riendo después de que le enterraron un lápiz en la mano!

Demasiada exposición al gas de Guasón, determiné.

—¿Podemos hablar en privado? —solicitó Bruce. El director negó con la cabeza.

—Hemos intentado todo con sus hijos, señor Wayne. Su presencia es la única que los aquieta.

Bruce me miró.

—Yo puedo mantener el orden con ellos. Vayan, prometo que no destruiremos la enfermería.

Damián bufó.

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La oficina del director era, lamentablemente, un lugar al que me presentaba más seguido de lo que me gustaba. Dick nunca generó un solo inconveniente, pero cuando yo me enteré por boca de Jason del acoso al que se sometía mi hijo mayor fui indulgente y motivador a que Dick se defendiera. Ahí iniciaron las peleas, los gritos, las groserías y los problemas.

—Su hijo Damián demuestra una conducta agresiva.

—Dígame algo que no sepa —respondí cruzándome de piernas.

—Usted alcahuetea el comportamiento de sus hijos, sucedió ayer con Richard y hoy con Damián…

—¿Usted conoce el pasado de Damián? —exigí a la trabajadora social.

Logré hacer que su cerebro se aletargara unos instante.

—No, señor Wayne. Tengo entendido que vivió con su familia materna.

—Así es, su madre y su abuelo —negué con la cabeza, los Al Ghul estaban locos —. Existe una sociedad europea llamada la Liga de Asesinos…

—¿Qué tiene que ver esa organización criminal con Damián? —preguntó abruptamente la señorita rubia que en el trayecto se presentó como Rebecca Miller, psicóloga y colega de la señora Wilson en el caso de mis hijos.

—El abuelo de Damián es el líder de la Liga de los Asesinos, su madre es una guerrera de esta liga, Thalia —me complací con sus rostros anonadados antes de continuar —. Damián creció siendo entrenado para matar, llegó a Gotham porque su familia estaba en peligro; literalmente su madre me lo entregó y se fue. Al llegar a la mansión, Damián intentó asesinar a Tim porque tenía metido en la cabeza que él sería Batman y vio en Tim una competencia.

—¿Y Richard? —preguntó la señora Wilson.

—Dick asumió el nombre Nightwing. Ser Robin es… ser un aprendiz, pero con la posibilidad de convertirse en Batman, Nightwing, al ser un héroe aliado, perdió este derecho. No es realmente tan estricto, no está en mis planes morir pronto, pero Damián lo veía así e intentó asegurarse de ser el único disponible matando a Tim y derrotando a Dick en combate.

—¿Un niño de nueve años le ganó a uno de quince? —pidió el director con horror —. Digo, todos son… ninjas, pero hay una diferencia de edad importante.

Asentí.

—Si, Damián no pudo con Dick, aunque si lo dejó muy malherido. Nosotros no atacamos a muerte, somos medidos, Damián no lo era, Dick quedó muy mal, Tim pudo haber muerto, pero nada de esto es realmente culpa de Damián, fue su crianza. Era agresivo, impulsivo, sin miedo a matar, creyendo que siendo un Wayne y el heredero de su abuelo era su derecho gobernar al mundo.

—¡¿Con qué clase de locas se mete usted?! —soltó la señora Wilson.

Oímos la risa de Dick en el pasillo.

—Thalia me violó drogándome. Y Damián creció sabiéndolo, constantemente se llamaba así mismo «el hijo indeseado». ¿Ahora entienden por qué es tan agresivo?

—Bueno, la verdad es que es una historia impactante… ¿cómo es el apellido de la familia? —pidió la señora Wilson sacando su cuaderno de apuntes de su cartera.

—No puede usarlo para una investigación, ni siquiera pueden anotar el nombre de la Liga de Asesinos.

—¿Por qué no?

—Porque el líder de la Liga, que supuestamente no existe, es un primer ministro, Ra´s Al Ghul. Entonces —dije tras una breve pausa —, ¿qué se supone que hagamos con los niños?

—Pues… —dudó la señorita Miller —. Igual quiero hacerles una evaluación psicológica, necesito corroborar lo dicho por usted, pero si es verdad lo de la Liga de Asesinos, bueno, significa que Damián se encuentra en un proceso de readaptación a la sociedad.

—¿Cuándo sería este examen psicológico?

—Hoy después de la escuela o mañana.

—Hoy, mañana van a estar ocupados.

—¿En qué, señor Wayne?

Los ojos oscuros de la señora Wilson brillaron con malicia.

—Confidencial.

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Lo mejor de la escuela era cuando un maestro se enfermaba y nos dejaban a solas en las aulas. Alguien había puesto música, reggae y el ambiente se aligeró; no podría decir que me gustase o no ese género, pero las canciones ocasionaron que las chicas empezaran a bailar sobre las mesas del salón, por lo que para mí estaba perfecto, especialmente porque M´gann había salido al baño.

—Esto está mejor que el helado —dije a Mal. Mi amigo rió. Marvin llegó hasta nosotros con Kiara, una chica morena y de piel caucásica que empleaba el nuevo traje de las animadoras.

—Conner, te presento a Kiara.

—Ya la conozco —le sonreí a la chica. Ella tenía su fama de fácil, era la chica que, supuestamente, usaba solo una tanga bajo la minifalda de porrismo —. ¿Cómo has estado Kiara?

—Fatal, ¿y tú?

Era el tipo de respuesta que daba Dick, falsas, pero con simpatía.

—Justo ahora, grandioso —respondí usando las frases de cortejo de Dick. Carajo, me picaban las manos por ponérselas encima a esa chica.

—¿Por qué no te sientas con nosotros, Kiara? Conner nos estaba contando sobre el rompimiento con su novia —dijo con doble intención Marvin. Mal rodó los ojos.

—Oh, lo supe, cuanto lo siento.

—Yo no.

Kiara rió con ligereza y miró a su alrededor buscando una silla. Marvin hizo un amague de ir a buscar una para ella, pero yo palmeé mi muslo lo suficientemente descuidado para que el acto se entendiese como una petición o como un gesto vago. Kiara se lamió los labios y se deslizó en mi regazo; Mal hizo un ruidito de succión con la boca, similar al sonido de fritar. Marvin se había congelado.

Yo en lo único que podía pensar era en su abultado pecho contra el mío y en sus nalgas frías sobre mi pierna.

—¿Y no te has sentido algo solito, Conner? —me susurró deslizando su mano por mi mejilla. Me agradó su tacto cálido.

—Un poco —respondí entrelazando nuestros dedos. Marvin, que cobró vida, empezó a grabarnos. ¡Qué manía tan molesta la de grabar todo! Aunque, francamente, esa adolescente sexy en mis piernas si era algo que quería guardar para la posterioridad.

—Ah, pero estoy segura que un chico guapo como tú tiene una hilera de chicas detrás.

—Ojalá. Si quitas a mi mamá, no hay mujer que se me acerque a un radio de cinco metros.

No supe que ni que tontería continué diciendo, algo pendejo y sacado de internet, pero funcionó, pronto estuve besando a Kiara. Algunos chicos del salón se burlaron de nosotros o nos tomaron fotos, bah; Marvin continuaba riendo y Mal metía su puño en su boca para aguantarse las ganas de carcajearse hasta el infarto. El alboroto se detuvo cuando Megan volvió del baño. Su jadeo fue lo que nos alertó de su presencia.

La miré, a los chicos paralizados del terror, a Marvin tembloroso y a Kiara provocadora. Me encogí de hombros y seguí besando a la morena.

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—Superboy tiene huevos para hacer esto —le murmuré a Bárbara en la hora del almuerzo enseñándole el video. Con mis 3.4 millones de seguidores y los dos millones de perfiles que yo seguía, que tuviera agregados en Instagram a unos chicos de Happy Harbor era estadísticamente una casualidad.

—Pobre M´gann.

—¡Cuál pobre M´gann! —protesté —. Si ella anoche ya se besuqueaba con otro tipo. Las mujeres son todas iguales.

Bárbara frunció el ceño.

—Sácame de esa colada.

Rodé los ojos y retomé el video. Lo aceptaba, la chica estaba buena, tendría que ingeniármelas para que Kon me la presentara.

—Oye traidor, digo, hermano. Vas tarde para educación física —me recordó Tim.

Revisé mi reloj, quedaba un 25 minutos, sobre el tiempo para mí, porque yo me internaba antes al gimnasio para cambiarme a solas. Podría hacerlo en cinco minutos, pero me gustaba no arriesgarme a ser visto sin ropa.

—Antes díganme de que se trató ese asunto del lápiz, porque Bruce va a liquidarlos cuando lleguemos a casa —no había podido enterarme del asunto por almorzar rápido para ir a entregar las raciones de los escoltas.

Tim y Damián intercambiaron una mirada. Una parte de mí estaba extasiada con la buena voluntad de ese par, pero otra parte, en la que estaba mi sentido de autoconservación, encendió una alarma.

—Fue la distracción, vamos a jugar una broma.

—¿A quién? —solicité.

—A Shifield —contestó Tim con los puños apretados —. Le haremos pasar el peor rato de su infancia.

Alcé una ceja.

—Escúpanlo.

Un nuevo intercambio. Ok, la alarma aumentó.

—Shifield se lo buscó —inició Damián inclinándose en la mesa para susurrar, los tres nos inclinamos a oír —. Drake explotó una bolsa de sangre teatral, con la clase distraída, introduje una bolsa de falsa heroína en la mochila de Shifield. Y efectuamos la llamada anónima, la policía vendrá en el siguiente periodo.

—¡¿Están locos?! —susurré con fuerza —. ¿Y si los pillan? Bruce los va a matar.

—Ustedes van a terminar en un colegio militar —dijo Bárbara con molestia.

Tim bajó los ojos, no era culpa.

—Shifield pintó ayer un retrato del Guasón en la silla de Drake.

Me bastó eso.

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—¿Dick?

Reconocí al chico alejándose de los casilleros. Este volteó a verme, era muy guapo y su cabello azabache le colaboraba. Con descaro, el muchacho se atrevió a dedicarme una sonrisa atrevida y a recorrerme con la mirada.

—Hola, señorita Miller. ¿Algo en lo que le pueda colaborar?

—¿Es tu casillero? —apunté con mi dedo.

—El de mi hermano —dijo con amabilidad y una sonrisa sincera —. Verificaba que no hubiesen instalado una broma o algo así.

—Vaya, es muy dulce de tu parte preocuparte así por tus hermanitos. ¿Tienes clase ahora?

—Gimnasia. ¿Me va a acompañar? —preguntó con suavidad, no la galantería que estaba esperando —. La señora Wilson va a estar ahí —oh, era inquietud.

—Claro que te acompaño. ¿Te molesta la señora Wilson?

—Un poco —me extendió su brazo caballerosamente; hubo un brillo juguetón en él. Me agradaba ese chico, era valiente. Entrelacé mi brazo con el suyo —. Nosotros no le agradamos.

—Queremos estar 100% seguras que no te han dañado en casa.

—Bruce preferiría cortarse una mano antes de permitir que nos tocaran, señorita Miller, ¿le puedo decir Rebecca?

—¡Naturalmente! —le sonreí con dulzura, observando desde ese punto su rostro abierto; realmente era un chico sensible —. Aunque no exista un daño físico, el trauma psicológico es un elemento a considerar.

—Lo sé, por aquí por favor —torcimos el camino por un corredor a la derecha —. Yo he ayudado a centenas de niños antes, comprendo lo que mencionas, pero Bruce es un gran ejemplo. No es golpear por golpear, hay una motivación, él nos enseña a no abusar, a usar nuestras habilidades para el bien.

—¿Admiras mucho a tu padre?

—Totalmente —se iluminó con una sonrisa adorable —. Es un papá maravilloso, siempre está pendiente de nosotros e incluso estando muy ocupado saca un rato para meternos a la cama. Y con Damián deberías verlo, cuando llegó mi hermanito, él no toleraba que lo tocaran o que se introdujeran a su habitación, pero ahora no se duerme sin su cuento y sin su delfín de felpa.

—Suena maravilloso.

La puerta del gimnasio se asomó, nuestra charla acababa.

—Lo es. Cuando vengas a casa, te daré el recorrido, tenemos una sala de cine y varios museos de diferentes periodos del arte —soltó mi brazo con delicadeza, con los modales de un príncipe —. Te veré en un momento, Rebecca.

—Por supuesto Dick, te esperaré en las gradas.

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Meterme en un baño de las duchas y cambiarme la ropa fue fácil, más aún lo fue hacer mi acto de niño bueno frente a la psicóloga y manipularla; tendría que asegurarme de seducirla, era preciosa, influyente en la corte y yo llevaba un buen rato sin sexo, le sacaría provecho a Rebecca en más de un sentido. Mis compañeros empezaron a llegar al salir yo usando el uniforme completo de gimnasia, lo que significaba que no era solo los pantaloncillos y la franela, sino la sudadera completa y los pantalones de cargo que me cubrían el cuerpo entero.

—¿No tienes calor, Richard? —me preguntó con saña la señora Wilson en el gimnasio. Rebecca me sonrió con dulzura, era demasiado simple tenerla comiendo de mi mano.

—No, señora Wilson. El día ha sido frío —me burlé.

La clase de gimnasia empezó bien, vueltas, no tuve problemas en mantenerme a la velocidad media de la clase, la lluvia de dificultades técnicas llegó con la ejecución de la clase de artes marciales.

—Vamos Grayson, no tienes que fingir ser patético —comentó el docente viendo que no me adaptaba a la postura que los demás usaban.

No era a propósito, eso de los dos brazos cubriendo la cara era… incómodo; con un brazo yo defendía mi cara, el otro era para los órganos del cuerpo.

—No lo hago, su postura es diferente a la mía —expliqué bajando los brazos.

—¿De qué hablas? Así se pelea en la MMA —comentó con fastidio uno de mis compañeros.

—Párate como normalmente lo harías, Grayson —pidió el docente.

Lo obedecí apoyando mi peso en la pierna de atrás, mis pies uno frente al otro, pero con el pie trasero apuntando a un lado, manteniendo el equilibrio a través de las piernas bien abiertas. Mi brazo de enfrente estaba medio doblado con la mano en un puño ladeado sin apretar, mi segundo brazo se mantenía junto a la cadera con el antebrazo de para arriba, listo para defender mi ingle y mis riñones.

El profesor suspiró.

—¿En qué arte marcial has sido entrenado?

—Las que imagine. Batman es un maestro en todas ellas y me las inculcó día y noche.

—Observé tu estilo de pelea, es aéreo, casi no usas llaves, saltas demasiado. Gotham Academy exige boxeo y artes marciales mixtas, estilos diferentes al tuyo. Trata de acoplarte.

—Si señor —aligeré mi postura.

—¿De qué sirve un arte marcial sin llaves? —preguntó el mismo chico que habló hacía un rato, con más confusión que desprecio —. Yo he entrenado mixtas desde los cinco años, las empleo mucho.

—Las empleas para ganar puntos en un salón —le dije —. Tú alargas un combate cinco minutos y lo repites varias veces, yo no puedo hacer eso, debo desarmar e inmovilizar en segundos. Mis ataque son más brutales que los de ustedes y más efectivos. Las llaves son útiles, pero irme a rodar al suelo con un criminal es pedir que me metan un tiro.

—¿Es mejor lo tuyo que lo mío?

—Es diferente, tu combates con iguales, yo lo hago con ventaja. Tú respetas a tus oponentes y yo, mientras que nos los mate y no les rompa los huesos, puedo hacerles lo que quiera. Yo no tengo más prohibiciones, ustedes manejan un estricto manual de reglas que los limitan.

—Bueno, bueno —el profesor palmeó —. Mucha chachara, adáptate a la clase Grayson.

—Si señor.

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El pobre director del colegio de los Wayne lucía una cara de cansancio total. Una vez marchado el señor Wayne y sus nervios por tener al descendiente de unos asesinos entre el alumnado se calmaron, el sujeto pudo degustar una hamburguesa y una ensalada en la calma de su oficina. Fue su último momento de tranquilidad, porque luego se encontraría escoltando a dos oficiales de policía a la clase de séptimo ya que un alumno anónimo reveló que había un estudiante moviendo sustancias psicoactivas en el colegio.

—Permiso profesor —dijo al docente de historia entrando al salón y deteniendo la película sobre la revolución industrial que veía el curso.

—Siga señor director.

El mayor se dirigió a los preadolescentes encendiendo la luz del aula.

—Nos informaron que hay un estudiante de este salón traficando con drogas —con curiosidad echó un vistazo a los Wayne, ellos reaccionaron como los demás, con susurros inquietos —. Los señores policías van a requisarlos uno por uno. Abran sus mochilas cuando se los pidan y permanezcan en sus asientos.

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El chistecito de Damián y Tim nos favoreció inmensamente, al fin del día los periodistas no se interesaron en nosotros, sino en el niño escoltado por la policía fuera del prestigioso colegio que salió minutos antes, inculpado de venta y porte ilegal de drogas. El padre de Shifield, un importante hombre de negocios local, mas no a la talla de Bruce, se negó a dar declaraciones. Me dio una picada molesta de que, tal vez, se nos fue la mano, y digo nos porque yo colaboré metiendo algo hierba y cocaína que escondía en la escuela, ya que sin una guarida propia ese era mi mejor movimiento para ocultar la droga que decomisaba en Blüdhaven, en el casillero del chico.

—¿Alguna vez les ofreció? —interrogaba la señora Wilson a mis hermanitos. Las dos mujeres subieron a la limosina con nosotros, de lo que le entendí a Bruce ellas pasarían la noche en la mansión para que observaran nuestras interacciones.

—No hablábamos con él.

—Oh, gracias a Dios no se vieron inmiscuidos.

Por mi parte, jugaba a la guerra con pulgares con Bárbara, al menos hasta que la dejamos en su casa, luego me entretuve con Rebecca y Tim, chateando un poco con KF y Conner. En la mansión Alfred nos aguardaba con té y una pila de comida para nosotros, Bruce estaba presente.

—¿Desean una entrevista formal o prefieren un análisis de comportamiento? —ofreció Bruce con Damián en sus piernas, sentados en la sala. Todos conocíamos nuestros papeles, yo era el seductor, Dami la bolita de ternura y Tim el chico silencioso, pero educado.

—Solo un análisis, señor Wayne. Queremos comprobar el estilo de vida que llevan sus hijos en su hogar.

—Entiendo.

—Papá, yo le prometí un recorrido a Rebecca por la mansión —comenté. Bruce y yo sostuvimos un intercambio visual.

—No hay inconvenientes Dick, pero por favor que sea al final.

—Por supuesto, murciélago.

—¿Murciélago? —curioseó la señora Wilson.

E iniciaron las preguntas: la morena me siguió escaleras arriba interrogándome sobre mis calificaciones, mis amigos, mi dieta, mis gustos, la comida que no me gustaba, etc, etc. Damián y Tim se perdieron con Rebecca, sin duda ejecutando su show de niños lindos para ella.

—Realicé mi tarea esta mañana, ¿hay forma de que pueda dormir?

—¿Te sientes cansado, Richard?

—No, suelo dormir en las tardes.

No era un mentira propiamente, yo si tomaba siestas aquí y allá de manera periódica, estuviese o no agotado.

—Oh, no hay problema, estaré con tus hermanos. Ah, y me llevaré esto —dijo cogiendo el plato de sándwiches vacío que yo traje a mi cuarto al subir con ella.

—Gracias señora Wilson —me senté en mi cama sacándome los zapatos. Le sonreí con maldad —. ¿No hay beso de dulces sueños?

—No me provoques niño —me regañó.

—Es exactamente eso lo que quiero —comenté.

—Mocoso precoz.

Se marchó riendo. Yo me tiré en la cama a ver los mensajes en el celular oficial de Nightwing. El grupo del Equipo permanecía en un tenso silencio, todos habíamos quedado con los ojos toteados con ese video de Conner y la chica morena; Wally, Kaldur y Zatanna me lo comentaron al privado, al parecer Lagoon Boy estaba furioso porque M´gann entró llorando a la cueva, mientras que Kon aun no aparecía. Bart se había encerrado con ella, pero estaba dispuesto a salir cuando Superboy llegara para darle un puñetazo.

«Armaste un revuelo. ¿Besa rico?», le escribí al clon, pero no me respondió. Yo me hacía una buena idea de en qué podía estar ocupado, así que lo dejé estar. En su lugar puse mi nombre en un buscador desarrollado por la Liga, uno en el que no sería espiado. Apareció una lluvia de artículos, videos de mi combate, noticias, la entrevista del tío Clark, videos en la escuela y de mi familia en el circo. En YouTube había un montón de conspiraciones, tonterías sobre los Iluminati y cosas así. Como un añadido, el buscador de la Liga proporcionaba estadísticas que una máquina generaba, mi popularidad fluctuaba, pero la de la Liga bajó.

«Cuídame la espalda», había dicho papá.

Levantándome, me acomodé en mi escritorio y encendí mi laptop blanca de la encimera colgante sobre mi escritorio metálico. Necesitaría comprarme una nueva computadora, yo tenía cuatro, pero una, la de mesa en el rincón, era para jugar, la plateada, una Dell, era para la escuela y manejar mis cuentas públicas como Dick Grayson, la negra, Alienware, era la de Nightwing, con demasiados registros para darle un uso diferente y la blanca la empleaba como almacenadora, era la más sencilla y ligera, ella no toleraría el uso que yo tenía en mente.

Crearía un blog sobre superhéroes y una página en Internet, ambas las distribuiría por medio de Google, de modo que apareciesen en cada página que hablase negativa o positivamente de la Liga y el Equipo. Por supuesto, primero debería crear las entradas, la identidad falsa de los escritores, añadirles personalidades opuestas y el resto de arandelas de decoración. Modificaría las fechas de subida de la información, tanto sobre mi identidad como hechos antiguos de la Liga, escribiría comentarios de usuarios falsos, bueno, todo, de modo que pareciese algo creíble. Si, pero me tomaría tiempo y una computadora con mejor seguridad.

Odiando inmiscuir a alguien más en todo esto, llamé a Billy. Yo tenía demasiado en mi plato y mi atención debía depositarla en las mujeres que recorrían mi casa.

—Aló —sonó despierto, al fondo se oía caricaturas.

—Billy, ¿tienes tiempo libre?