Hola

Me comentaron que si el Bart al que me refería era Gar. Si, lamentablemente confundí los nombres, ja,ja, lo siento.

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—Te supuse durmiendo —comentó Rebecca al colarse dentro de mi habitación, recostándose cruzada de brazos en el umbral que separaba mi dormitorio de mi oficina.

—Tuve que revisar algo.

No me molestó que ella se acercara a ver, era una información inofensiva: las estadísticas exactas de la Liga, Wayne Enterprise, mi persona y Bruce.

—Tu popularidad disminuyó luego de tu primer directo, pero aumentó en el segundo, no mucho, aun así —resumió.

—No dije algo políticamente correcto —respondí. Wayne Enterprise se mantenía sólida, Bruce también, las personas del mundo tomaron a bien la razón de la anulación del juicio, no existían pruebas contra Bruce, pero millones contra la reputación del Guasón, no existía forma en que el payaso diera testimonio y la noticia de que el tipo había muerto de un tiro en el pecho fue recibida con víctores. Casi nadie quiso saber la identidad del asesino, Batman era conocido por no matar y no hubo usuario alguno de internet que opinara que fue papá quien jaló el gatillo que no recibiese una oleada de críticas negativas. Y Bárbara se había recuperado del ataque público.

Mi nombre, no obstante, era tema de debate en redes sociales e internet. Hubo una gran cantidad de personas realmente ofendidas con mi comentario, al parecer mi petición de cambiar de tema, la manera en que lo dije, fue lo que peor les cayó. Supuse que era justo, a nadie le gustaba que le dijeran que su estilo o condición de vida daba asco. Al menos, como adiviné, la cantidad de videos de mí jugando al buen niño ayudaron.

—No era necesario, aunque… —dudó mordiéndose el labio. Le sonreí.

—Nadie esperaba que un superhéroe juvenil tuviese el pensamiento de un anciano —respondí por ella. Rebecca asintió —. Las personas esperan cierto tipo de comportamiento, no les gusta que sus ídolos no compartan sus opiniones.

—Tampoco creen en los puntos medios. O los amas o los odias.

Me encogí de hombros.

—Los respeto, son seres humanos que se enfrentan a un duro trato por parte de la sociedad, no tienen por qué gustarme.

—Es cierto y tu punto también es respetable. Deja ese trabajo a los agentes de relaciones públicas —me sugirió —. Tus hermanos están entrenado, muy impresionante.

—Yo entrené esta mañana —dije —. Me levanté a las cuatro para montarme en el trapecio.

—¿Qué ibas a hacer hoy en la tarde? —curioseó.

—Tengo que rellenar informes para el Equipo, son confidencial —me apresuré a explicarle.

—¿Y sí no te veo mientras lo haces? Francamente, me da miedo observar a tus hermanos entrenar.

Sonreí.

—¿Por qué?

Ella se removió.

—Nervios de que caigan. Tu papá los puso a luchar entre ellos en una plataforma de 20 centímetro de grosor a cinco metros de altura.

—Yo combato con papá en una plataforma de cuatro centímetros —comenté bebiendo de la sorpresa y admiración de su rostro —. Es fácil, ¿no quieres aprender?

—Me siento mejor en tierra, gracias.

Reí.

—Esto me tomará un rato, por favor siéntate —le acerqué mi silla gamer.

—Tienes un lindo lugar aquí —comentó girando el asiento para observar bien el resto de mi oficina. Era un lugar espacioso y de colores fríos con mi escritorio, algunos estantes con cosas de la escuela y uno que otro robot que yo hubiese construido por diversión esparcidos en la habitación.

—Mi Baticueva —murmuré entre dientes cerrando el portátil blanco y tomando el Alienware.

—Por curiosidad, ¿la Baticueva existe?

—Oh si —reí —, pero no puedo contarte donde está, lo siento.

—No iba a preguntártelo —me sonrió. Vaya, de verdad era guapa —. No me mires así, eres muy chico para mí.

—Tengo que intentarlo, no todos los días tengo la oportunidad de pasar tanto tiempo con una mujer hermosa —respondí coquetamente.

Rodó los ojos.

—Pierde las esperanzas niño.

—Jamás —exclamé teatralmente haciéndola reír. Me olvidé de mi informe, ya luego se lo daría a Kaldur.

—¿Mis hermanos te enseñaron el cuarto de juegos? —si, mi movimiento no fue el más astuto, en un cuarto con juguetes ella no me asumiría como un hombre, pero ese no era mi plan, seducir mujeres mayores sin fingir ser un universitario era divertido y a ellas les encantaba.

—No, solo la cocina, el granero y la sala de entrenamiento.

Nuestra sala de juegos le fascinó, por supuesto, era como un parque de diversiones, pero un tanto diferente. Por ejemplo, teníamos columpios y una selva, pero ambos se encontraban a una altura de unos cuatro metros, nuestras motos estáticas para jugar carreras en la pantalla tenían controles reales y funcionales, los carros chocones eran mecánicos y era necesario saber manejar un auto real para usarlos, entre otros.

—Todo está acondicionado para ser parte del entrenamiento, ¿conoces los juegos educativos? —pregunté viéndola analizar una de las motos.

—Si.

—Es lo mismo, pero a nivel de superhéroe.

Rebecca frunció el ceño.

—El señor Wayne les exige mucho, ustedes no tienen descanso.

—¿Exigirnos? Nosotros pedimos esto —mi respuesta la socavó —. Antes era un parque de diversiones normal, pero conducir una moto de juguete es aburrido si sabes manejar la real y no hay reto a la hora de columpiarse si no existe el riesgo; de esta manera es más agradable.

—¿Y si se caen?

Sonreí.

—Señorita Miller, nosotros nos columpiamos por rascacielos en mallas, ¿qué nos puede ocurrir aquí? Además, el piso está acolchado.

Ella asintió.

—Supongo —musitó examinando a su alrededor.

—Entonces, ¿aún sigo sin derecho a ese beso?

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Mocoso atrevido, reí internamente.

—Eres bastante insistente —lo confronté. Él sonrió con falsa humildad.

—Ya le dije, tengo que intentarlo, además, soy conocido por mi tenacidad.

Rodé los ojos. Adolescentes.

—Soy la psicóloga que te instauró el estado.

—Por favor, yo no voy a anunciárselo a la señora Wilson o a mis hermanos. No sé si le han contado, pero soy bueno guardando secretos.

Bufé.

—Es el colmo de la desmeritación, Dick —pero él se quedó mirándome con su sonrisa suave, sin avergonzarse o retroceder. Suspiré —. En la mejilla.

No celebró ni mostró señales de alegría como temí, se mantuvo sereno posando sus manos en su espalda y mostrándome el cachete derecho. Tuve que habérmelo imaginado, yo era más experimentada que él, pero me tomó por completa sorpresa que Dick ladeara su rostro en el último minuto robándome un beso en los labios. Oh y no fue un simple beso, él muy descarado aprovechó mi descuido para profundizar nuestro toque.

Besaba muy bien, demasiado para un adolescente de quince años. ¿Qué no se suponía que eran torpes y creían que un beso francés era un intercambio grotesco de saliva? Pues no, para nada con Dick.

Me separé de él con un impulso proporcionado por la toda la moral dentro de mí. El niño era ilegal, por el amor de Dios.

—Aw, se estaba poniendo bueno —comentó lamiendo su labio inferior. Me sonrojé cual colegiala.

—Eres un mocoso aventajado, no puedes hacer eso Dick.

Se encogió de hombros.

—Ya lo hice. ¿Qué tal? —vi arrogancia en sus rasgos.

—¿Quién te enseñó a besar?

—Un par de amigas a las que la ropa les pica. Vamos, ¿tan malo estuvo? —pidió cerrando el espacio entre nosotros y posando sus manos en mi cintura.

—Oye, oye, frenadito —dije tomándole las manos en un intento de apartarlo, mas era solido como roca.

—No le diré a nadie —prometió.

—No se trata de eso, es ilegal.

—Es solo un beso.

—Puedo perder mi licencia —nos recordé. Era tentador ceder ante su rostro guapo, joven y varonil. De mayor iba a ser peor playboy que su padre.

—No si yo no hablo.

Recibí su siguiente beso, menos casto que el anterior. ¿Qué edad tenían sus amigas? Niñatas no le habían enseñado a besar así ni aquella forma de aferrarse a mi cuerpo. Me estremecí de pies a cabeza.

—Aquí estás.

De golpe solté a Dick, observando con horror al señor Wayne en la entrada a la habitación de juegos. El muchacho no parecía para nada tímido.

—Hola murciélago, ¿me necesitabas?

—No completaste tu entrenamiento hoy —le dijo como si nada, como si viera todos los días a su hijo besando mayores de edad —. Ve a ejecutar lo que te falta cuando acabes aquí.

¿Cuándo acabes aquí? ¿A qué se refería? Obvio, yo sabía a qué, pero, ¿él permitiría que su hijo de quince años tuviera sexo con una mujer?

—Claro murciélago.

—Y Dick —lo miró con desaprobación señalando con su índice el suelo —. En este sitio juegan tus hermanos, ni sé te ocurra.

Pregunta resuelta. ¿Le preocupaba más el lugar que el acto? Dick le sonrió avergonzado.

—Lo siento papá, es que le estaba dando el recorrido.

—Ajá —soltó con sarcasmo —. Te esperó en 20 minutos abajo. Señorita Miller —me asintió como si nada raro pasara y se marchó.

—¿Qué carajos?

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—Es increíble —murmuró Wally contra la pierna de Artemis, acostado de lleno en el sofá de la cueva —. Era el perdedor, al que nadie volteaba a mirar y ahora me persiguen hasta en el baño. ¡Qué estrés! Dick no dijo que sería tan terrible.

—Porque en nuestra escuela son unos estirados —explicó Artemis, vestida de civil —. Ellos no sueltan la mandíbula ni aunque Superman se pare frente a ellos, les parece que es muy indigno de los amos del universo.

Gar resopló.

—Estoy con el mocoso —añadió Laagan, sentado con Chico Bestia en el comedor —. No conozco mucho del mundo aquí en la superficie, pero Batman es un hombre muy importante en su identidad civil, casi al nivel del rey Orión en Atlantis, haciendo a Nightwing y a los Robin príncipes.

—Es casi así —concordó Wally —. Son millonarios, hacen lo que se les da la gana y en Gotham, Batman es la ley.

—Bueno, ha influenciado demasiado —comentó M´gann apareciendo por el pasillo. Debido a sus poderes marcianos no se detectó en sus ojos o nariz el rastro de las lágrimas que las acciones de su exnovio provocaron, pero un abundante tristeza se reflejaba en sus rasgos —. Batman fue de los primeros y Nightwing inauguró a los jóvenes compañeros.

—¿Te sientes mejor, pez ángel? —preguntó Laagan acercándose a la chica verde. La manera en que le tomó de la mano alertó a Artemis, quien codeó a Wally.

«¿Y ese par qué?», moduló.

El pelirrojo se encogió de hombros, observando la escena.

—Por supuesto, si, genial —respondió M´gann con poca energía —. Vine a preparar la cena. ¿Pollo?

—Suena grandioso, hermana —y Gar sonrió cuando Laagan besó la comisura de la boca de M´gann. El dúo en el sofá abrió mucho los ojos ante tal escena antes de desviar la vista a la pantalla del televisor.

«Mierda», musitó Wally sin emitir sonido. Artemis asintió pasmada.

—¿Y ustedes chicos? —la voz de M´gann los hizo fingir que todo andaba de maravilla —. ¿Se quedan a cenar?

—Er, si.

—Em, Megan, ¿te sientes mejor? —la pregunta de Wally se llevó un pellizco por parte de la rubia.

—Si, claro —anunció con falsa alegría antes de irse a la nevera.

Laagan gruñó.

—Superboy es un descarado, le diré un par de verdades apenas lo vea.

—Suerte esquivando esos puños kriptonianos, Lagoon Boy —comentó Wally poniéndose de pie —. Voy a… ir con Artemis a aquí, er, ya venimos.

Tomando a su novia de la mano, salieron a prisa. Laagan no se inmutó, Gar se distrajo ayudando a su hermana, M´gann les agitó la mano. La pareja no habló hasta no estar a salvo en el cuarto provisional de Artemis.

—¿Descarado? ¡Laagan la está besando en la cueva! ¡Esta es la casa de Conner! —exclamó Wally sujetándose el cabello. Artemis se sentó en la cama tratando de responder, mas de su mente no se iba ese beso.

—¿Crees que los haya visto? Digo, si viera a mi ex de hace cinco días besarse así con un extraño, amor, yo también me morrearía con el primero que pasara frente a sus narices.

—Nena, esto va a acabar muy mal —el velocista se sentó junto a la rubia —. ¿Laagan si será capaz de atacar a Conner?

—Estaría loco —bufó con risa Artemis —. Muy interesantes sus poderes y como se hincha, pero Superboy es kriptoniano. En el mejor de los casos, a Laagan le romperán la cara.

—Viejo, no sé si quiera ver a Conner enojado de esa manera… pero es que… ¡Megan es una perra!

Artemis frunció el ceño, era su amiga después de todo.

—Normalmente me quejaría por tu machismo, pero si se besó con Laagan en la cueva, donde vive Conner sin siquiera una semana de separados, cariño, Superboy tiene el derecho de pasarle por encima con quien se le de la gana.

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Tres horas me tomó terminar mi rutina faltante, ante los ojos de la señora Wilson; los niños terminaron mucho antes y se dirigieron a la biblioteca de la mansión a realizar sus deberes, el único motivo por el que ella no estaban con ellos, a mi parecer, era que la señora Wilson creía que me caería de las plataformas, matándome en el proceso.

—¿No tienes calor, Richard? —repitió su frase de la mañana una vez mis pies tocaron tierra.

Le fruncí el ceño. No podía ponerme mi franelilla de siempre con ella ahí, opté por la primera capa de mi traje de Nightwing, de modo que mi cuerpo se tapó en su gran mayoría.

—Pierde el tiempo intentándolo —le contesté yendo a por mi botella de agua sin abrir.

—¿No deberían hidratarse más seguido?

Negué.

—No se preocupe por nuestras rutinas, somos profesionales. Iré a bañarme, estaré ahí para la cena.

La morena frunció el ceño, pero asintió marchándose. Alfred me haría aspirar cada gota de sudor que yo dejase caer en la alfombra, así que me dirigí a las duchas conjuntas a nuestra sala de entrenamiento. El agua helada fue refrescante y tranquilizadora. Usando mi ropa post entrenamiento, una manga larga gris y unos jenas, me dirigí a mi cuarto en busca de zapatos, donde leí un satisfactorio mensaje por parte de Billy.

«Tengo 20 artículos listos, usé imágenes. ¿Te envió el link?»

«Si, gracias.»

Talvez por eso a papá le gustaban los Robin, entre el ir y venir como Batman y Bruce Wayne, las investigaciones eran una dificultad, pero al llegar a la Baticueva él descubría que Tim y Bárbara habían hecho gran parte del trabajo. ¿Podría yo formar mi propio equipo? Era una idea que merecía ser analizada, pero por ahora, Kon me respondió.

«Delicioso. Olvidé el dinero en la cueva y no le importó que lo hiciéramos en una estación de tren abandonada.»

Uf.

«Suena grandiosa, preséntamela.»

«Ven hoy. Dame una excusa para no ir a dormir en la cueva.»

Grabé una nota de voz.

—Me encantaría Kon, pero tengo a los servicios sociales metidos en casa, espera, quizá cuando se duerman me pego una escapada…

—¿Y adónde exactamente irás? —la voz de Rebecca me hizo soltar la nota de voz, la cual se envió.

Giré a verla. Joder, se había soltado el primer botón de la camisa.

—A acompañar a Superboy. Está triste porque rompió con su novia.

—¿Superboy? —se interesó ingresando a la habitación —. ¿Es verdad que es el hijo de Superman?

—Confidencial… aunque por otro beso en la mejilla yo…

—Oh, cállate —gruñó —. ¿Tú padre consciente que te acuestes con mujeres?

Me encogí de hombros.

—Rindo en la escuela, como héroe, soy un buen ejemplo para mis hermanos, tengo un estilo de vida sano, no fumo, no bebo, tengo un comportamiento ejemplar y no hago berrinches, así que él consciente que me divierta. El cómo, no le importa, siempre que use condón.

—No eres un adulto… ¡¿y no eres católico?! Ya sabes, la religión de la Virgen y la que pregona la lujuria como un pecado capital.

—Nunca dije que fuera un buen católico.

Negó con la cabeza, molesta. Solté mi teléfono, Kon respondió con risas, y me aproximé a Rebecca.

—Quieto ahí, niño maravilla —alzó una mano.

—¿Hice algo mal? —jugué mi carta de buen chico.

—No voy a seguirte la cuerda, eres un mocoso mimado que tiene más de lo que merece.

Eso me molestó. Mucho.

—En serio me gustas —agregué con malicia —. Mi intención no es dañarte de ninguna forma, Rebecca.

Y se ablandó. Las personas sentimentalistas eran fáciles, predecibles, porque creían que el mundo era un lugar hermoso y que los buenos eran buenos en todo, se olvidaban de la escala de grises. ¿Ser héroe no podía hacerme un chico malo? Yo no emborracharía a una mujer y la dejaría tirada, tampoco me la cogería sin que estuviera en sus cinco sentidos, pero yo no me hacía problema en manipularlas, obtener lo que quería y olvidarme de ellas.

Pronto tuve entre mis brazos otra vez a Rebecca, besaba bueno. No pude cargarla, porque su apretada falda ejecutiva restringía el movimiento, pero ataqué su cuello con vehemencia, abriendo un par de botones extra de su camisa.

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No me aburría de él, no era torpe ni estúpido, me recorría con las manos sin tocar las zonas directamente, me acariciaba los costados sin adentrarse en mis pechos o en mi trasero. Era un mocoso hábil y pronto me encontré cediendo, ardiendo en deseo de su toque.

—Cierra la puerta —le pedí. Si alguien pasaba por ahí, Dios no lo quiera mi jefa, me arruinaría la carrera.

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En la cena observé la sonrisa suave de Dick y el nerviosismo crónico de la señorita Miller. No me molestaba que Dick tuviera sexo, era un chico responsable con demasiadas cosas encima que cumplía cada meta propuesta y expectativa que se autoimpusiera. Los padres no deberían tener hijos favoritos, pero él era el niño de mis ojos. Yo no sabía si era por ser con quién más compartí o por lo escasos problemas que me causó, mas Dick era mi debilidad. Mi hijo se hacía cargo si yo no estaba, me ayudaba, colaboraba a sus hermanos, se esmeraba porque todo saliera perfecto y, con el asunto de los servicios sociales, daba todo de sí para que no hubiese manera de que retiraran los niños de mi custodia. Al contrario, poco había hecho yo, él fue quien plagó internet de videos donde se alababa su crianza, su educación, su humanidad, su sencillez y un montón de cosas más que nos otorgaban ventajas tácticas en la corte.

—Alfred, ¿hiciste lo que te pedí?

—Por supuesto, maestro Bruce, hoy el postre será el favorito del amo Dick —anunció con su elegancia habitual marchándose con los platos de la entrada, el plato fuerte ya servido.

Dick me sonrió con dulzura.

—Gracias papá.

—¿Qué hizo? —pidió Damián, mi eterno celosito.

—Nada en especial, estos días ha estado algo tenso y quise consentirlo un poco. No se preocupen niños, mañana es su turno de elegir.

—Pizza —dijo de inmediato Tim.

—Camarones —pidió Damián.

—Hagan la lista —les facilité tomando mi copa de vino. Una llamada por mi comunicador interrumpió la cena —. Aquí Batman.

—Robots asesinos, Batsy —era Linterna Verde.

—Coordenadas… voy enseguida. Permiso señoras.

—¿A dónde va?

¿A qué venía tal dureza de la señora Wilson? Era insoportable, tomaba toda mi cortesía tratarla decentemente.

—Misión de emergencia. Dick, estás a cargo —dije poniéndome de pie.

—Si papá —respondió cortando un trozo de su carne.

—El camino ya está habilitado, maestro Bruce —Alfred apareció como un fantasma por el pasillo tendiéndome un generoso sándwich —. Para el camino, señor.

—Gracias Alfred.

—¿En qué momento lo hizo? —el susurro mal disimulado de la señorita Miller a la señora Wilson arrancó una risita a mis hijos.

Las coordenadas puestas en el tubo zeta me llevaron, con mi avión de combate, a Washington, donde la Mujer Maravilla, Linterna Verde, Flash y el Capitán Marvel se enfrentaban a unos robots de diversos tamaños, unos como una casa, otros del tamaño de un niño, equipados con laceres asesinos sacados de una película de ciencia ficción; aquello tenía la huella de Luthor en lo largo y ancho. Me uní a la contienda sin vacilación, la cual mermó al rato, en lo que los robots en pie disminuían.

—¿Dónde está Superman? —dije al descender de mi nave, cerca de los civiles, periodistas en su gran mayoría. La escasa pelea que quedaba, los voladores la remataban.

Había un orden de hacer los llamamientos, Billy y Superman eran casi iguales, pero el niño hombre era llamado en segundo lugar si se trataban de robots, al ser usuarios de magia o de un paradero desconocido, Capitán Maravilla era la mejor opción.

—No contesta —respondió Flash, los demás estaban peleando, pero empezaban a acercarse poco a poco. Los periodistas aledaños captaron la noticia y empezaron a difundirla igual que si hubiéramos dicho que Superman había sido tragado por un agujero negro. Francamente, sacando a la esposa de Flash y a Clark, esa plaga no servía para nada.

—A mí me contestará —saqué mi celular, una explosión acompañó el repique de la llamada. La Mujer Maravilla travesó de un puño a uno de los robots.

—¿Qué pasa? —el gruñido del kriptoniano no me asustó.

—Washington, robots con láser. ¡Aquí, ahora!

Flash se carcajeó. Colgué sin querer oír los quejidos de Superman, quien apareció ocho segundos después con su traje a medio colocar y una erección resaltando en su traje ajustado. Pura casualidad, su llegada coincidió con la de Linterna Verde y la Mujer Maravilla. Billy venía retrasado, pero dando por terminada la contienda.

—¡Esto está controlado! —se quejó el alienígena examinando la zona.

—Superman, yo sé que están muy sexys los robots asesinos, pero tranquilízate —se burló Linterna, el cual señaló con descaro la entrepierna del hombre de acero. Superman se sonrojó hasta las cejas, pero estaba más enojado que avergonzado.

—¡Este traje que tampoco colabora! —gruñó tratando de jalar la tela por la zona afectada para disimular. En eso llegó Billy —. ¿Me puedo ir?

—Claro, no hay que dejar que se duerma —respondí con sarcasmo.

—Wow, Supes, con razón no contestabas —comentó el niño —. Por cierto, más robots —señaló a sus espaldas. Del cielo estrellado provenían más máquinas, un par de docenas.

Superman se golpeó la frente con la mano antes de despegar. Con una carcajada grupal y una sonrisa de mi parte, cada uno fue a lo suyo.

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—Pobre Superman —me burlé. Ya eran las once y la pelea volvía a empezar a disminuir, la quinta oleada de robots era destrozada a diestra y siniestra, no había señal de una sexta. A mis ojos no era un gran combate, simples robots locos y asesinos, lo típico, pero por ser tantos fue que requirieron a Superman y a Billy.

—¡Cuál pobre! Dick, es muy poco profesional —alegó Damián.

—Ay, él pidió la noche —dije con la lastima alargando mis palabras —. Todo legal, pasó un permiso por asuntos personales hace una semana.

La señora Wilson rió. Los ocupantes de la mansión veíamos la televisión en la sala de la casa, Alfred incluido.

—Los socios del maestro Bruce rara vez se dan ratos privados, no deberían haberlo llamado.

—Pues tú sabes cómo es esto, Alfred —contesté. La señora Wilson no tuvo tiempo de interrogarme, los miembros de la Liga volvían a reunirse en el mismo punto y los camarógrafos captaron nuevamente la conversación.

—Acabamos, puedes irte —decía con mofa Linterna Verde al kriptoniano.

—Conociéndola ya se durmió —se cruzó de brazos con fastidio, su erección se había ido a la historia —. ¡Qué fiasco de noche! Yo todo contento, ahg.

Tía Diana se dobló en risa, Hal se le unió, luego Billy y Flash, finalmente el propio Superman. Papá ni se despidió, simplemente los miró y se dirigió a su avión, pronto lo tendríamos en casa.

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La cueva me recibió en silencio, cada hora se hacía más atractiva la sugerencia de Luthor acerca de mi propia casa, fuese un apartamento de mala muerte o un Penthouse de lujo, cualquier vaina sería mejor que los silencios de M´gann y el riesgo permanente de que mi mente volviera a ser saboteada por ella.

¿Cómo se atrevió?

Con un rostro pétreo accedí a la cocina donde Wally masticaba un sándwich desordenado y relleno a más no poder con restos de la cena.

—¿Dónde estabas? —me interrogó. M´gann y Lagoon Boy observaban desde el sofá los comentarios de la pelea, por sobre todo mofas al problema de Superman. Gar dormía en el espacio libre del sofá. Los ojos de M´gann estaban brillantes, pero su conversación ocurría con Laagan; yo no me encontraba seguro de poder disipar mi ira si volvía a sentirla en mi cabeza.

—Ocupado. Habrá que hacerle un meme —señalé al televisor abriendo la nevera. Kiara se las ingenió para agotarme parcialmente, lo que no era tarea sencilla, aunque, quizá, se me fue la mano con ella porque en al final, la séptima u octava ronda tal vez, hecha en la cama de su habitación, ella estaba inconsciente, se había dormido, pero ya antes no había puesto reticencia, por lo que no vi problema en volver a enterrarme en su vagina dos veces más antes de dejarle una botella de agua y salir.

Tomé una lata de refresco, de la encimera iba a elegir unas papás, pero quería acompañarlas con una salsa o algo.

—No sé cómo tú y Dick se atreven, conozco al tipo desde hace años y aún no soy capaz —comentó Wally acabando con su comida —. ¿Me pasas un paquete?

—¿De qué quieres?

—Lo que sea… picante —añadió. Le tendí un producto local, tomé el frasco de mayonesa, papás de pollo y mi bebida.

—Estaré en… —me interrumpió una llamada de Dick. Descolgué mis artículos en la mesa para contestar —. ¿Ya se fue tu chaperona?

Capté la atención de los tres héroes.

—Ajá, ¿dónde estás?

—En mi casa.

—¿La cueva? ¿Estás… intentas hablar de incognito?

—Eres brillante —dije con exceso de energía. Wally alzó las cejas, Laagan apretó los dientes, oí su crujido —. ¿Qué quieres, Dick?

M´gann me miró, le alcé una ceja y ella desvió la vista. Lagoon Boy se enfureció aún más, pero la marciana lo tranquilizó. No pude evitar el escalofrío que me recorrió al imaginarme siendo yo el manso bajo su toque mental.

—Papá llegó, me mandó a la cama. Voy a hacer una pijamada secreta tanto de él como de las señoras en casa.

—Espera, ¿qué? Entiendo por qué de ellas, pero ¿tú papá?

Ahora Wally lucía interesado.

—Si, tú, yo y voy a invitar a Billy.

—¿Otra noche de chicos? ¿No es algo joven?

—Esta vez es trabajo, necesito un… te lo explico aquí, ¿sí?

—Cuentas conmigo. ¿Qué tubo?

—El de mi closet, ya te mando el código.

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Recibí a Kon y su comida en compañía de Billy, sentados en el suelo formando un semicírculo igual que dos preescolares.

—Rayos, es una reunión de alcohólicos anónimos.

—Bastante similar —dijo Billy apoyando su mentón en un puño que reposaba en sus rodilla, sus piernas se cruzaban —. ¿De qué se trata esto, Dick?

—He estado pensando, en ocasiones Batman se sobrecarga de trabajo —en lo que narraba sin mucha idea de que decir, Kon se sentó con nosotros cerrando el círculo —, mis hermanos y yo continuamos el trabajo, Bárbara hace lo suyo y así, cuando B aparece, ya nos encontramos listos para completar la investigación con una redada. Y lo he analizado las últimas horas, quiero un equipo.

—¿Qué clase de equipo? —pidió Kon destapando el empaque en sus manos.

Me lamí los labios. Confiaba en ellos e igual me entraban nervios, la información que les iba a revelar era delicada.

—Un equipo que labure en las sombras en pro de la protección de la Liga, un equipo que pueda deshacerse de enemigos y que pueda ser un apoyo opcional.

—¡Dick! Te atrasaste unos años, ¡somos parte de ese equipo! —rió Kon.

Fruncí el ceño con cansancio.

—No y baja la voz, se supone que estoy durmiendo.

—¿Por eso nos reunimos aquí? —curioseó Billy —. Amigo, tú closet es más grande que algunos apartamentos.

Sacudí la mano llamándoles la atención.

—El Equipo es útil, pero yo estoy hablando de un equipo, un grupo que opere por fuera de la ley —aguardé a sus respuestas, pero salvo miradas pensativas y ceños no obtuve nada —. La Liga está limitada, nuestros enemigos no, quiero… es una… —me atoré con las palabras.

—¿Para eso es el blog? —me ayudó Billy.

—Si, capitán.

—¿Cuál blog? —pidió Kon metiendo una fritura en el frasco de mayonesa. Afortunadamente él había traído un paquete gigante, porque Billy y yo no nos resistimos a meter mano.

—Kon, estamos creando unos blogs que hablen bien de la Liga, pero con nombres falsos. Mi idea base es influir en la publicidad, manejo de masas, cosas de políticos, pero a favor de la Liga.

Kon se echó hacia atrás.

—Explícate —exigió Billy.

—Miren, justo ahora estamos en stand by, la Liga va bien, pero ya hay personas que tras el enfrentamiento de los robots empezaron a decir que Wayne Enterprise debería hacerse cargo del daño perpetrado por los robots. Aquí en Gotham hay un grupo que se hace llamar La Corte de los Búhos, ellos estaban esperando esta situación para atacar, van a llevar el nombre de Bruce al lodo en el menor tiempo posible y…

—Si Bruce Wayne estornuda, la Liga se resfría —completó Kon.

—Exacto.

—¿Qué propones? Te escuchamos.

—Debilitar a la Corte. Jamás hemos podido con ellos porque en papel no hay pruebas, los testigos acaban muertos, los enfrentamientos físicos son calles sin salidas, pero si los debilitamos de una manera que no pueda ser relacionada con Bruce o la Liga, ellos perseguirán una fachada de humo y mientras tanto no podrán accionar su máquina publicitaria.

—Si, muy lindo, pero ¿cómo? —pidió Billy irguiendo la cabeza —. Yo soy el tipo que llaman para los pleitos, no para estas cosas.

—Lo sé capitán —le sonreí —, pero necesito a Billy, no al Capitán Maravilla.

El chico alzó las cejas y sonrió lentamente.

—Suena interesante —murmuró Kon —. Dinos que hacer.

—¿Cómo debilitas una organización? —pedí retóricamente.

—Dañar el nombre, pruebas en su contra, frenar sus ingresos —enumeró Billy.

—Las dos primeras no se han logrado, ahí entramos nosotros. La Corte ha acumulado millones a expensas de pensionados y viudas, mas la mayor parte de sus ingresos provienen de la mafia. La idea es entrar en sus archivos, averiguar los números de las cuentas y robar el dinero.

—Espera, espera, espera, querrás decir devolver —dijo Billy con incertidumbre —. La Liga no roba.

—Por eso digo que es fuera de la ley, si lo devolvemos a sus dueños originales la Corte sabrá de inmediato que se trata de Batman, es nuestro modus operandi, pero si el dinero desaparece creamos la niebla que los confundirá.

—¿Y dónde se supone que vamos a depositar todo ese dinero? —preguntó Kon —. No es como que podamos meterlo en una maleta.

—Pues… Tim es mejor que yo en esto, pero… yo quería preguntarte si podemos usar una de las cuentas de Luthor.

—¡¿Qué?!

—Shh.

—¿Cuáles cuentas de Luthor? ¡¿Ustedes en qué me están metiendo a mí?! —susurró Billy con vehemencia.

—Kon está en el testamento de Luthor, ellos tienen una buena relación.

—Billy, ¿sabes que Luthor es mi padre genético? —el chico asintió. El kriptoniano se lo explicaría mejor que yo —. Bueno, él me ha dejado muchas cosas, cuentas bancarías, teléfonos, una computadora, le devolví los autos, básicamente quiere que me quede con su fortuna al morir, está construyéndome un laboratorio de ingeniería y va a pagar mi universidad.

—¿Batman sabe de esto?

—De la relación de Luthor y Kon, sí, de hecho, él borró anoche la adopción de los señores Kent y puso a Luthor como el padre legal de Kon. Miren, la Luz y la Corte son entidades internacionales que chocaron en el momento que la Corte empezó a expandirse fuera de Gotham, si escondemos el dinero en cuentas de Luthor y nos descubren, ellos pensaran que fue la Luz. Se van a atacar mutuamente y nos dejarán quietos.

Billy se tomó unos segundos para procesar la información.

—¿Por qué modificaron tu adopción?

—Es una estrategia, si caigo Batman revelará a Cadmus y a la ingeniería genética de Luthor Corp., se armará un escándalo enorme que recaerá en Luthor, alejando la atención de la Liga.

—¿Todo esto es para proteger la Liga?

—Si, capitán.

Billy suspiró.

—Escuchen, al final día, cuando Batman y Luthor se enteren, ¡porque se van a enterar!, a ustedes dos les darán un par de palmaditas, talvez tu papá te castigue barriendo la Baticueva y a ti, no sé, te hagan jugar con kriptonita, lo que sea, ustedes saldrán bien parados, pero a mí me echarán de la Liga y les recuerdo que yo no tengo otro sustento, ¿ahí qué, Nightwing?

Recibí sus palabras como una advertencia y un regaño. No me importaba que Billy fuese de la altura de Damián, yo lo respetaba demasiado.

—Tendremos un montón de dinero, yo me ocuparé.

—Más te vale —me apuntó con el dedo antes de sonreír —. Porque me gusta la idea.

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—¿Dónde está Richard, señor Wayne?

Retiré la vista de mi periódico matutino, eran las siete de la mañana.

—En misa.

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La iglesia me recordaba a mis padres, a los años simples donde tuve verdadera paz. Mi recuerdo más hermoso era estudiar en el tren mientras este se movía a la siguiente parada del circo; no era un recuerdo en específico, sino el sentimiento. Yo no tenía miedo, mis padres estaban conmigo, fue la época en la que papá era el hombre más fuerte del mundo y mami podía protegerme de cualquier cosa. Muy lejos quedó esa vida pacífica.

Mi nueva vida era caótica, inestable, se bordeaba con la muerte y el sufrimiento; yo era agradecido con lo que tenía, pero no era iluso. Mi vida era tal, que ni dentro de una iglesia estaba a salvo. Simplemente apareció ese fotógrafo, yo me encontraba en las bancas junto a la puerta lateral del templo con un escolta y el hombre tuvo una vista perfecta de mí. El fotógrafo alteró la ceremonia, que hasta ahora iba en la primera lectura.

Y al hombre se le unió una chica mal vestida para estar tan cerca de un lugar de oración, el que fuese. Ella me lanzaba preguntas sin importarle que estaba perturbando a los feligreses y a la misa. Eran blogueros, una periodista de verdad y un fotógrafo con contrato no se arriesgarían a la demanda de sus propias empresas por ganarles una demanda de Bruce Wayne y la Liga de la Justicia. Debido a la poca concurrencia de una misa mañanera de sábado, tuve acceso directo al cura, que me reconoció desde su asiento en el altar; por donde yo estaba no había más personas.

La lectura se había detenido, la mujer en el atrio miraba confusa lo sucedido, pidiéndole al párroco una indicación para continuar.

—Los amigos periodistas —dijo el sacerdote con su micrófono —, son bienvenidos a unirse a la eucaristía si guardan la cámara y mantienen el silencio, si no, por favor retírense. Esta es la casa de Dios.

Y aunque la chica le hizo un gesto obsceno, se alejaron. Me pude relajar en mi asiento, conocedor de que para cuando llegara a casa mis fotos en misa le habrían dado la vuelta al mundo. Igual, con fingida calma, pasada la ceremonia, me acerqué donde a el cura a darle mis disculpas cuando él ya se retiraba luego de atender a las personas que se le acercaban a pedirle consejo o a saludarlo.

—Tonterías muchacho —él me conocía, la iglesia quedaba cerca de la mansión, yo iba ahí cada sábado desde mi adopción. Y para desautorizar cualquier ansiedad que me quedase dentro, cómicamente, blandió su palito de agua bendita sobre mi cabeza, empapándome.

—Gracias —bufé tragándome mi risa en lo que me marchaba.

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—¿Tanto culillo tienes que fuiste a la iglesia? —me burlé de Dick entrando a un centro comercial en Metrópolis especializado en tecnología. Con mi S en el pecho y las gafas de sol de Dick fuimos notados casi de inmediato.

—No realmente —bajó la voz —. Voy los sábados, además hoy en la noche hay una misión difícil, hay unos niños secuestrados, pedía por ellos, para que estén vivos y la misión sea un éxito.

—Entiendo.

Yo no era creyente, para mí todo eso de las religiones era superstición.

—Tim accedió, le expliqué esta mañana, pero me puso una condición.

—¿Cuál?

Fingimos mirar unos celulares en el aparador, susurrándonos. Al menos no había mucha gente.

—Decirle al murciélago.

—¿Ese niño quiere que nos maten? —logré mantener mi voz calmada.

—Dijo que quiere que le exponga la idea, a ver que dice. Indiferentemente si la respuesta es un si o un no, Tim se une.

—¿Y cuál es el sentido de alertarlo? —tomé el codo de Dick y lo guié a una estantería naranja repleta de mouses de computadora.

—Para que, si algo sale mal, Bruce esté avisado. Ok —habló normal —, ¿dónde está Dell?

Elegimos tres pantallas gigantes de 30 pulgadas, tres teclados retroiluminados que Dick eligió con tal cuidado que nos demoró 10 minutos, mouses, unas CPU micros de alta gama que costaban un ojo de la cara, micrófonos, un portátil que él consideraba el más potente y audífonos. Con un carrito nos bastó para completar lo que Dick creía necesario y que, para variar, pagaría yo.

—Tú invitas a la próxima —me quejé sonoramente en la caja deslizando la tarjeta de crédito de Luthor en el datáfono; el saldo de ese pedazo de plástico era ilimitado, según palabras del propio Luthor.

—¿Cuántas cuotas, am, señor, er, hijo de Superman? —pidió la nerviosa cajera.

—¿De cuánto es el saldo? —pregunté.

—58.000 dólares —susurró aterrorizada.

Claro, Luthor dijo que era ilimitado, pero…

—Dos cuotas —contestó por mí Dick.

En lo que la mujer terminaba de facturar, me incliné a Dick.

—¿Cuándo te acostumbras al padre rico?

—Es práctica —sonrió.

Salimos con el carrito al parqueadero, donde una multitud asombrada observaba a la Esfera. Me les acerqué a paso rápido, no queriendo que la tocaran.

—Niña —la llamé —. Necesito un vehículo.

Y la Esfera, muy dócil, se convirtió en la moto usual, salvo que en el lugar de lobo instauró una zona de almacenamiento sellada. Un montón de exclamaciones llenaron el sitio, de las cuales Dick se encargó en lo que yo guardaba la compra.

—Es tecnología que Superboy desarrolló, ¿no es grandiosa?