Era tonto, pero metiendo mi cabeza en mi casillero me sentía relativamente a salvo.
—No digas nada, sin declaraciones.
—Sí señor —susurré a mi teléfono. Sin despedirse, el señor Wayne cortó la llamada.
Respira Billy, respira.
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Con la molesta presencia de la señora Wilson y Rebecca, no hubo forma de que papá y yo intercambiásemos palabra respecto al asunto del Capitán. Y yo no era el único nervioso, papá, para asombro de las damas, atendió las llamadas de Flash, Superman, Canario Negro, el Capitán Átomo y el Hombre Elástico, todos con el mismo temor: ¿Acaso se descubriría la identidad de Billy? Y Bruce les daba la misma respuesta:
—No digas semejante estupidez, no hay forma de que yo haga eso, preferiría comerme mis intestinos primero.
Solo con Canario Bruce fue un poco más amable, pero en general, papá dejó muy en claro su futuro accionar, aferrarse a lo que pudiera y no soltarse. Aunque revelar identidades de la Liga de la Justicia era tétrico, lo cierto era que no ocurría el mismo daño cuando se revelaba una ficha «menor», como Canario Negro o el Doctor Destino, a un coloso en figura y publicidad de la talla de Superman, Batman o el Capitán Maravilla. Tumbar al murciélago fue suficiente daño, al resto de pesos pesados los cuidarían como a bebés.
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Callado, callado Batson, me repetí ingresando mi aula. La escuela pública donde estudiaba era genial, o algo así. Existían cursos muy buenos, con proyectores y presupuesto decente, pero debido a que nos agrupaban por calidad, los alumnos con notas mediocres y repitentes, incluyéndome, íbamos a parar a unas aulas con apenas pintura y pupitres rayados.
El vejo señor Nickles (no tengo idea si eso es un apellido, me lo acabo de inventar) ya estaba en el salón 203, con tiza escribía en el tablero verde unas fracciones. Yo era de los primeros en entrar al aula los días en los que alcanzaba a llegar temprano, por lo que me topé con un silencio sin prejuicios muy agradable y que no duraría.
—Buenos días Billy.
—Buenos días, señor Nickles —musité yendo a mi asiento en el fondo de la clase.
Sin voltearse, el hombre afroamericano y canoso, continuó.
—Hijo, creo que te llevarán hoy con la consejera. ¿Te encuentras bien?
Oh, así que se había enterado. Por supuesto que se enteró, Batson. Dah, hasta los ancianos tienen Facebook.
—Perfecto, ¿a qué con la consejera?
Entonces él se ladeó lentamente, me miró por sobre el marco de sus lentes. Un alumno entró al salón, lo que silenció al señor Nickles.
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Papá no debía hablarme o tocarme, mas yo si podía acercarme a él, por lo que en la limosina recosté mi cabeza en su ancho hombro, para desagrado de la señora Wilson, quien me observó con su cara de limón agrio. Ella se empezaba a desesperar conmigo.
—Richard, ¿no dormiste bien?
—No —gruñí. De haber podido cerrar los ojos, lo hubiera hecho, pero la paranoia propia de mi familia me lo impedía.
¿Cómo carajos iba Billy a activar ese condenado hackeo? Quizá yo debiera cancelar el desfalco y dejar las cosas con la Corte de los Búhos como estaban. Bruce odiaba las mentiras y los abusos de poder y lo que íbamos a hacer era… mierda, robar, incluso a esas viles porquerías, era pecado.
Pero ellos tienen más dinero, me dije. No los matará que les den una probada de su propia medicina y luego, tal vez, podemos devolver de alguna forma el dinero a sus legítimos dueños.
—Dick, te están hablando —alzó la voz Damián.
—¿Ah?
Parpadeé confuso, Rebecca me analizaba y la señora Wilson lucía molesta.
—Te preguntaba por qué luces tan cansado.
—Es un efecto colateral —los ojos a la morena le brillaron con malicia —. No estoy acostumbrado a que una extraña venga en la noche a sacarme de mi casa.
Damián resopló, Rebecca hizo una mueca y la señora Wilson frunció aún más su ceño. Papá se limpió la garganta, de alguna forma se las ingenió para transmitir su enojo con ese método. Sonriendo, besé el hombro de Bruce a modo de disculpa y me volví a recostar allí.
—Es por tu propio bien.
—Lo que usted diga.
En lo que la detective analizaba la forma más idónea de llegarme con sus frases, Rebecca tomó la palabra.
—¿Richard? ¿Quién es William Batson?
El mayor error de KF, pensé con amargura. Se los repetí mil veces, sin fotos, pero solo Kon se precavió.
—No lo conozco.
—William es una amistad de Kid Flash —intervino papá —. Ellos se ven regularmente, gracias a que la velocidad de Wally le permite tener amigos en todas partes del mundo.
—Señor Wayne —habló el chófer —. Estamos a una manzana de Wayne Enterprise.
Los exámenes médicos y psicológicos ocurrirían en la empresa de Bruce, por motivos de seguridad.
—Gracias, Archi. Detente en la entrada para que yo me baje, luego sigue con los niños y las señoras.
—Cómo ordene, señor.
—¿Saldrás antes? —pidió Damián.
—Sí, mientras a ustedes los analizan, yo tendré una rueda de prensa para aclarar lo del niño. Dick estás a cargo —añadió una vez el chófer, Archi, se detuvo.
—¿Por qué siempre aclaran eso? —curioseó Rebecca, pero nadie le contestó.
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Fue monstruosamente cómodo no fingir mi personalidad tonta ante los periodistas, que, contrario a lo que sucedía con otras celebridades, no me abordaron directamente. Oh sí, Gotham funcionaba bajo sus propias reglas, la distancia física con Batman era una norma no escrita, pero ampliamente conocida.
—Buenos días señoras, caballeros —dije neutralmente avanzando entre ellos.
—Señor Wayne, ¿qué tiene que decir sobre Billy Batson y su presencia en…?
Interrumpí con mi mano a la mujer que habló, coreada por un montón de preguntas similares, que en conjunto no eran entendibles.
—Sé que quieren saber, yo aclararé esto —garanticé acercándome a la entrada de mi edificio —. Primero, por favor, permítanme instalar a los señores de los servicios sociales en las salas que les corresponden para los exámenes de mis hijos. En ese tiempo, James —señalé al portero, que brincó fuera de su butaco —, organizará con los demás miembros de seguridad una pequeña junta donde todos podamos sentarnos y comentar el asunto de William Batson, ¿correcto?
Igual que con la señora Wilson, ellos se sorprendieron de hallar tanta docilidad conmigo.
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—¿Con qué crees que salga? —me preguntó en voz baja M´gann en el cambio de clase.
—Con la verdad —susurré, más para Marvin que para ella.
Apreté mi puño cuando, disimuladamente cubriéndose los ojos al acomodar su flequillo, M´gann entró a mi mente.
No tienes que tenerme miedo, Conner.
Fuera.
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—Ok Grayson, por aquí.
Seguí los pasos del doctor Fuente, viendo inquietamente hacia mi espalda. Iniciaríamos con los exámenes físicos en una de las salas médicas de Wayne Enterprise. Damián insistió en acompañarme, a quien se añadió Tim; Barbara, también con la entrada prohibida en el colegio, se mantuvo a dos metros del ascensor con los brazos cruzados. No hubo una sola persona entre la secretaria de Bruce, los administrativos, mi familia y los abogados, de los cuales solo estos últimos bajaron con nosotros, que no luciesen verdes conforme continuaba mi marcha a la sala.
Todos asumieron, justamente, que después de la revisión los servicios sociales me arrebatarían de mi casa. Ojalá Tim les explicase del amuleto a Barbara y Dami, para que no se preocuparan tanto. Sobre eso…
—Doctor —lo llamé antes de que este abriese la puerta de la sala. Soné atemorizado.
—No tienes que tener miedo, hijo —me contestó el hombre mayor —. Es un examen muy simple.
—No es eso. Tengo un ardor en el pecho, ¿puede revisarme mientras…?
—Oh, sí, por supuesto —me sonrió afablemente.
Adentro, me recibió un consultorio más o menos normal, con una entrada a la máquina de rayos X, lo que la diferenciaba, pero el resto de elementos eran similares a los de una sala médica común.
—¿Me quito la ropa o…?
El doctor Fuentes me hizo un gesto para ubicarme en una de las sillas del escritorio.
—Por favor, Grayson, trata de tranquilizarte —me sugirió ubicándose delante de mí —. Haremos esto de la forma más fácil posible para ti. Me temo que deberé fotografiarte, pero podemos indicar unos límites claros —y ahí vaciló —. Escucha… ¿tienes maquillaje contigo? Podemos ocultar algunas de tus heridas.
—¿Ah? —solté estúpidamente.
—Nadie quiere que tú salgas de tu casa, Grayson. El psicólogo y yo trataremos de ayudarte lo más que se pueda para que a las manos de la señora Wilson y el juez solo llegue lo que necesitas que ellos vean.
Parpadeé. Por supuesto, lo había olvidado. La señora Wilson podría ser la excepción a la regla, incluso Rebecca, pero el resto de Gotham era una población sinvergüenza que se reñía a Batman y a sus reglas no escritas. El doctor, y por lo visto el psicólogo, comprendían lo que sucedería si se desarmaba a Batman, el caos social que ello conllevaba, y no permitirían que sus propias seguridades y las de sus familias se viesen afectadas por una nimiedad, como lo era la probabilidad tan alta de que yo, o mis hermanos, muriésemos debido a la sobreexposición al peligro.
—Ok doctor.
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Se acercaba la bendita hora del desfalco y el señor Wayne no aparecía en la emisión en directo desde las instalaciones de su empresa. ¿Qué se suponía que yo hiciera? La mitad de los ojos estaban sobre mí, los otros en el flojo debate que armaban unos periodistas en la mitad de la pantalla, aguardando a que el superhéroe apareciera.
8:19 a.m.
Con un vacío horrible en mi estómago, sacudí un pie y alcé mi mano. Usaría la vieja confiable y cruzaría los dedos.
—¿Sí, Billy?
—Disculpe, olvidé que debía tomarme mi medicina hace un rato, ¿puedo ir a buscarla?
La profesora de historia moderna, que usaba de excusa la asignatura para enterarse del chisme, lo consideró.
—¿No puedes dejarlo para más tarde, Billy?
—No, lo siento. El doctor fue muy enfático en la hora y ya pasó un rato —mentí.
—¿Medicina de qué tipo?
8:20 a.m.
Agh, cállese.
—Para una infección.
—… está bien, ve, Billy.
—Gracias.
Una vez fuera del salón, corrí lo más que pude al primer baño que encontré, cerrando la puerta tras de mí. Contaba con segundos para efectuar el paso a paso de Red Robin.
Del bolsillo de mi sudadera saqué el pequeño teléfono, de los que el propio Dick creaba. El código al cual enviaría el mensaje de texto se hallaba preparado.
«Capitán, con un simple punto bastará, lo importante es que envíe el mensaje. Y por favor, no coloque algo comprometedor, ya que ese mensaje también les llegará a los miembros de la Corte de los Búhos», me explicó el muchachito.
Aprovechando esos segundos al máximo, rebusqué en las opciones de teclado. Por muy tosco que pareciera por fuera el teléfono, Dick le equipó un montón de cosas, entre estas, los Emojis. Solo por burlarme, seleccioné al mono tapándose la boca, luego al mono cubriéndose los ojos. Los dos Emojis quedaron en stand by, por lo que aguardé mirando el baño, verificando que me encontrase solo, lo cual resultó positivo. El reloj marcó las 8:21. a.m.
Di clic a enviar y suspiré. Me retiré del baño tras desarmar el teléfono, enviarlo de paseo por el inodoro y echarme agua en la cara, mi piel estaba grasosa, consecuencia de intentar comer al mismo ritmo que Dick y Superboy.
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Con Dick y el doctor en una habitación equipada con todo lo que el hombre fuese a necesitar en el sótano y Tim y Damián camino a la sala de juegos junto a mi oficina con los dos psicólogos, me permití retirarme. En el primer piso, picando unos sándwiches, camarógrafos y periodistas me esperaban. Algunos incluso se levantaron cuando ingresé, pero los descarté con la mano. La señora del carrito de cafés se quedó estática viéndome. Esa reacción la obtuve de todos mis empleados.
—Buenos días. Ahora sí —y en lugar de ocupar el asiento central y elevando predispuesto para ese tipo de asuntos, ocupé una de las sillas plásticas junto a los periodistas, en las laterales contra la pared, de forma que los vi a todos y ellos a mí —. ¿Me das uno, Rosita? —señalé la bandeja con comida.
—P-por supuesto, señor Wayne.
Tomé uno de los sándwiches, verificando en el proceso su calidad con un mordisco. Buen jamón, excelente queso, abundante mantequilla y pollo.
—Gracias… no gracias —me apuré a decir ante la gaseosa que Rosita me iba sirviendo —. Así estoy bien, gracias —no fui capaz de sonreírle, en verdad ese gesto no me salía. Miré a los demás presentes, que me observaban con ahínco —. Ok, ¿ya están grabando? Disparen.
—Preparamos una lista de preguntas que… —negué con la cabeza dando otro mordisco.
—No se preocupen, responderé lo más que pueda, pero mantengámonos en el tema de William.
Mirándose entre ellos, asintieron con duda.
—¿Conoce usted personalmente a Billy Batson?
—Sí.
—¿Cuál es el nombre del chico? ¿William o Billy? El registro no es exacto.
—Mmm, pues… ¿por qué no mejor después? Sé qué si respondo a esta pregunta, surgirán más preguntas.
—¿Por qué? —ella me miró con confusión y cierta risa.
Suspirando, consideré en un segundo la versión de los hechos que más se apegaba a la verdad. No concordaría con lo que les conté a las mujeres en la limo, pero de malas, usaría una excusa luego. Sí, que debía confirmar con la Liga antes de hablar al respecto, eso serviría.
—Billy Batson, nacido William Batson, es un jovencito de 13 años que actualmente se encuentra bajo la protección de testigos de la Liga de la Justicia. Realizamos el cambio de nombre por su seguridad.
Dos periodistas se apresuraron a alzar la mano. Señalé al más joven.
—¿Por qué Batson está en protección de testigos?
—Billy, él, tuvo una infancia difícil. Sus padres murieron cuando él tenía 5 años, dejándolo al cuidado de su ya difunto tío, el señor Batson. Este sujeto tomó la cuantiosa herencia de Billy, la pasó a sus cuentas personales y abandonó al niño en la calle —una mujer alzó la mano. Negué con la cabeza —. No he acabado el relato. Billy fue recogido por los servicios sociales, a los cuales el señor Batson compró para desvincular al niño de él; con esto, Billy fue a parar a su primer hogar adoptivo, donde lo golpearon violentamente. Billy huyó y el proceso se repitió, salvo que esta vez la familia alegó que él era un niño incontrolable, por lo que Billy fue a dar al orfanato, donde lo violaron diferentes personas bajo el consentimiento de su matrona. Y vuelve a ocurrir la misma historia, huir e ir parar a una lugar de abuso.
—¿En cuántos hogares adoptivos estuvo?
—Ocho en el lapso de su primer año año.
—¿Esto es un caso aislado o Fawcett City…?
—Ellos tiene la mayor red de pedofilia de este país. No es un caso aislado. Billy continuó escapando. Ustedes tienen que entender que él era un niño de 6 años en ese momento, no conocía nada del mundo, salvo el dolor. En la calle encontró a otros como él, menores sin hogar que se prostituían por comida y dinero. Billy tuvo la lógica que comparten muchas personas en igualdad de condiciones: mejor sí yo decido cuando.
—¿Fue un prostituto?
Hice una mueca. Mi teléfono sonó, pero lo ignoré.
—Yo no lo llamaría prostitución. Hablamos de un niño con hambre en una zona de riesgo, es supervivencia. Billy estuvo en la calle hasta los 8 años, en ese tiempo él conoció a miles de pedófilos de todo el mundo, fue secuestrado, vendido, devuelto… es una historia muy dura. A los 8, Billy es adoptado por quien que él llamó el tío Dudley, un hombre amable y gentil que lo ayudó. Lamentablemente, el señor Dudley moriría tres años después; a los 11, Billy volvió a la calle, pero la Liga se enteró de él cuando tenía 10 años, al percatarnos de su precaria condición nosotros activamos la protección de testigos y lo acogimos.
—Un momento —pidió un hombre frunciendo el ceño —. ¿Qué tiene que ver eso con la presencia del niño en el depósito?
—Sí, es que nos fuimos por las ramas. Aunque es mejor haber explicado su vida y… disculpen, mi teléfono no deja de sonar.
Y sin ver su contenido, dado que se trataba de mi teléfono civil y no el de la Liga, lo apagué y dejé sobre mi pierna.
—¿Por qué protección a testigos?
—Billy sabe mucho, ya lo dije. Su testimonio vincula a políticos, hogares adoptivos, miembros de los servicios sociales, policías, personas de a pie, maestros, empresarios, de todo, incluso organizaciones internacionales.
—¿O sea que con su testimonió apresaron a estas personas?
—No —la chica de la pregunta se desinfló —. No es tan fácil.
—Pero tienen un testigo —alegó otro con indignación.
—No es suficiente, me temo. Billy habló años después de lo sucedido, sin pruebas solo se puede abrir una investigación, pero no enjuiciar a nadie.
—¿Entonces qué está haciendo la Liga?
—Esperar.
—¿Esperar? —fruncieron el ceño.
Me encogí de hombros.
—A que tengan un desliz, un error que pueda ser probado, unir esto al testimonio de Billy y jalar de esa cuerda lo más que se pueda. Actualmente la Liga ha llevado a prisión a diez personas, pero son muchísimas más las que se encuentran libres.
—¿Y el tío de Batson?
—Fue a dar a prisión, pero allá se ahorcó. Y el dinero de Billy se perdió.
—¿Cómo puede la Liga de la Justicia sentarse a esperar a que violen niños? —me exclamó uno, enojado —. Usted les mete miedo a los criminales de aquí, ¿por qué no hace lo mismo en Fawcett City?
—No es tan fácil —lo recriminé —. Yo hago eso en emergencias, una bomba o un secuestro, algo con lo que se tenga un límite de tiempo, pero no puedo entrar a la casa de una persona supuestamente de bien, golpearla y hacer que se orine encima, no sin tener pruebas, porque en el juzgado él o ella dirá que su declaración la hizo por miedo y se lavará las manos.
—¿Es que acaso el testimonio de un niño no es suficiente prueba ante un juez?
—No.
—¡Señor Wayne!
Me sorprendió que Lucius entrara corriendo a la sala de juntas.
—¿Qué?
Ag, ¿ahora qué? ¿Dick? No, habrían usado el otro teléfono.
—Lo necesitamos en la oficina, aun no es oficial, pero se dice que en el informe de las nueve de la mañana anunciarán que la bolsa de New York se cayó.
¡¿Qué?!
—¡¿Qué?! —oh, y no fue el único, los periodistas me corearon.
—Ha ocurrido un robo billonario, señor Wayne.
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—Lo que tienes es gastritis hijo. ¿Has dormido bien estos días?
—La verdad es que no —confesé, mil veces más relajado que al inicio de mi examen médico.
El colgante de Zatanna fue efectivo, ni yo reconocía mi cuerpo. Quedaban unas cuantas cicatrices, claro, pero unas marcas naturales y pequeñas, muy difuminadas, nada en comparación con la realidad, cicatriz sobre cicatriz. Las dos torturas del Guasón, la multitud de heridas menores que se acumulaban muy juntas, los pocos tiros que traspasaron mi uniforme y unos cuantos cortes de espadas, cortesía de la Liga de Asesinos, fueron borradas de mi piel. Incluso mis diez huesos rotos no se vislumbraron en la máquina de rayos X. Solo se mantuvieron mis músculos, que impresionaron al doctor, de la mano con mi condición física puesta en evidencia.
Oh sí, Zatanna podría irse de viaje con mi tarjeta de crédito cuantas horas quisiera.
—Y el estrés ha sido alto para ti —agregó el doctor —. Esta es una reacción de tu cuerpo, una queja. Difícilmente podemos aspirar a reducir tu situación, pero puedo recetarte un medicamente muy efectivo. Baja de la camilla y ponte la camisa.
—Gracias.
Obedientemente, hice lo indicado. Mis fotos de poca ropa, como planeaba burlarme del asunto, continuaban en la memoria de la cámara del doctor. Ojalá tuviera conmigo mi celular, así calmaría a los Robin y a papá. Oh, y a Bárbara.
Con la receta del doctor guardada en mi bolsillo, el doctor y yo salimos de la sala. Los guardaespaldas del pasillo se nos unieron en el ascensor. En el piso 32, donde quedaba la oficina de Bruce, la sala de juntas importantes, la recepción, la zona de las secretarias y las oficinas de un par de ejecutivos, nos aguardaba una curiosa escena entre Tim y Damián.
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Genial, papá venía saliendo de la reunión sorpresiva que hicieron los empresarios. Suponiendo que se trataba del desfalco me alegré, la misión se cumplió, la Corte de los Búhos estaba a nada de ser destruida y nuestra vida sería más fácil.
Hora de poner mi propio plan en acción.
Con el examen psicológico resuelto, la señorita y el señor ese no vieron problema en que nos tiráramos en el lobby del piso 32 a jugar con la pista de autos que las secretarias guardaban para nosotros. Aquella entretención era de las favoritas de Damián, aunque le irritase verse como un niño frente a los desconocidos; mejor así, irritado era más predecible.
—Hola Dick.
—Hola enano.
Al ver a papá venir en su silla de ruedas por el pasillo, desvié mi atención y caminé a la mesa de bocadillos predispuestos. Por política y contentillo de la gente, en la mesa de exhibición se daba una sección vegana, la favorita de Damián. Lamentablemente para él, las secretarias eran mucho de dietas, por lo que optaban por comerse las nueces y almendras que él, el engreído, aseguraba que eran suyas. En la mañana aún quedaban algunas nueces y una barra orgánica.
—Suelta eso, Drake.
Dicho y hecho, con Robin solo bastaba picarlo.
—¿Por qué? —le sonreí maldadosamente, tomando la barra de semillas —. No sé qué le ves a esta comida de roedores —genial, papá acababa de entrar al lobby, por lo que me vería en la inevitable pelea que Damián armaría. Ojalá con eso él dejase de verme como un mocoso frágil y de cristal.
—Sabes que es mi comida.
Dick, recostado en el muro, sonrió cruzándose de brazos. Los demás aguardaban expectantes a lo que yo iba a hacer.
Retadoramente mordí la barra.
—Ah no, pero es que sabe rico —mascullé masticando. Bah, era cartón —. Deberías comer… lo siento, creo que era la última. ¿No comes a las nueve en punto? —y di otro mordisco, tragando velozmente.
Mi hermano mayor se atragantó con su risa. La vena de Damián explotó y se abalanzó sobre mí a su velocidad mortal, saltando para atacarme por arriba.
Los instantes previos a una pelea eran un golpe de adrenalina seductor.
Justo a tiempo esquivé el puñetazo que iba directo a mi cara saltando a un lado; soltando a la deseada barra orgánica, me elevé de un brinquito e intenté realizar un hacha, que era una patada en bajada que golpeaba nucas, Damián la recibió con su duro antebrazo, por supuesto, lo que sonó igual que chocando metales. Papá, Bruce, nos entrenaba golpeando entre nosotros nuestros brazos, antebrazos y pantorrillas, con los meses estas zonas se endurecían formando una especie de barrera que no permitía que los golpes doliesen, similar a un callo, pero subcutáneo. Y naturalmente, al ser partes del cuerpo tan duras, sonaban y muy genial.
—Detenlos —le gritó la señora Wilson a Dick cuando Damián intentó patearme.
Dick solo se rió. Yo me propulsé y me alejé con una pequeña voltereta de Damián, cayendo al suelo en una perfecta posición de contrataque.
—¡Tim! —volteé a ver a mi padre, relajando mi cuerpo, pero a Damián él no le importaba y aprovechó mi descuido para tratar de hacerme papilla —. Paren. ¡Damián!
Con el niño Wayne ignorándolo, me vi obligado a continuar peleando en defensa propia. Yo no permitiría que Damián volviese a intentar aniquilarme. Hubo un intercambio de golpes, no duró mucho antes de que Damián lograse conectarme un puñetazo en la mejilla, mas no me desestabilicé. Tardaría un par de años más en igualar a Damián, a él tendría que explicarle luego que quería impresionar a mi papá; yo no retaría a Damián sin la presencia de Dick y sin una excusa que le valiese al niño, jamás, le tenía demasiado miedo.
—¡Señorita Gordon!
—Yo no me voy a meter —alegó la pelirroja.
Oh, ¡bingo! Le coroné una patada en el costado a Damián. Carajo, era mi más grande logro. El clic del ascensor no me distrajo, ni a Dami de su patada voladora.
—Quietos.
La voz de Bruce, joder, eso sí que nos frenó. Damián hizo un increíble movimiento para frenar su patada y caer de pie, igual que un gato. Con los ojos muy abiertos, ambos miramos a nuestra figura paterna.
Bruce ni se fijó en nosotros, sino en Dick, quien cesó su risa; Bárbara se enderezó y alisó el cabello con las manos, nerviosa. Bruce nos puso los ojos encima.
—Hay una emergencia, no quiero saber que están peleando.
—¡Se comió mi merienda! —se quejó Damián infantilmente.
Bruce rodó los ojos.
—Siempre es lo mismo con ustedes dos. Discúlpense con los presentes, los asustaron.
Era cierto, ya lo había notado, las secretarias y los hombres de traje se amontonaron junto a las paredes, esquivándonos de forma temerosa.
—Lo lamento.
—Damián.
—… lo lamento —murmuró con los dientes apretados —. Te mataré Drake —susurró.
—Escuché eso —lo riñó Bruce —. Vengan acá —y con su ceña de la cabeza, atrajo a Dick y a Bárbara.
—¿Qué? —pidió mi hermano mayor, curioso.
—Se va a caer la bolsa de New York —nos reveló en susurró. ¿Qué? —. A la de Gotham no le fue muy bien, alguien robó todos los activos de la Corte de los Búhos, quien sea destruyó sus empresas. Están a punto de declararse en bancarrota.
—Eso no puede ser —murmuré impactado.
Dick y yo compartimos una mirada. Solo robamos en cuentas personales, no las empresariales. Se suponía que los miembros de la corte no eran tan idiotas de almacenar activos líquidos con el dinero recaudado en sus estafas, ¿o fue que blanquearon todo introduciéndolo a sus empresas? ¿Manejaron cientos de personas el mismo capital conjunto?
—Aún no hay permiso de investigar, pero liderarás esa labor, Red.
Asentí, mudo.
