Malas nuevas, tengo fecha de ingreso a clases: 1 de septiembre, cual Harry Potter, por lo que los capítulos rápidos se nos van a acabar , pero mientras yo le sigo dando. Y no se me preocupen, que rollo tengo para rato, que si después me empiezo a demorar no piensen que es que voy a dejar tirada la historia, sino que los profes de la universidad son sádicos.
0oOo0
Me devolví del Tíbet en viaje comercial de China a Gotham. Un político era el único que me acompañaba en la primera clase; me las ingenié por medio de una sudadera con capucha, que compré a las afueras del aeropuerto, para pasar desapercibido para los turistas, pero las azafatas y él me reconocieron. Más que un comportamiento curioso y amistoso, el personal del avión, y el hombre, lucían preocupados por mí, lo que sería extraño, de no ser porque yo sí era consciente del estado en el que me devolvía para Estados Unidos.
Comida, entrenamiento, comida, entrenamiento.
Odiaba al Tíbet y odiaba a esos monjes. Cada instante en ese sitio era doloroso, desde el amanecer hasta el anochecer; la ropa delgada dejaba entrar el frío del Himalaya, los huesos temblaban conforme eran golpeados. Bruce odiaba el sitio, Damián igual, todos lo detestábamos, pero era el mejor entrenamiento del mundo, uno al que casi nadie se sometía gracias a la alta tasa de mortalidad. Ni siquiera muchos de los miembros de la Liga de las Sombras se le medían a esos monjes locos.
Físicamente, me adelgacé. La comida era básica en el monasterio: carne de yak con soya, arroz y té de mantequilla (lo del arroz y la soya se lo agregué, el resto sí es comida típica del Tíbet). Los brazos los traía sin un solo centímetro libre de moretones, mis canillas igual, mi quijada lucía un puñetazo feo que ya se decoloraba; lo peor de todo eran mis ojos. Científicamente, no existían pruebas que diesen veracidad al mito del Sanpaku y los accidentes, pero como analista de conducta, sí afirmaba yo cierto que el ver la esclerótica superior o inferior del ojo eran signo de que mentalmente algo iba mal.
Simplemente era una reacción natural del cuerpo ante el estrés, la ira o el consumo de ciertas sustancias. No era raro verlo en supervivientes de secuestros, como indicativo de lo extremo de las vivencias, o en asesinos que recién cometían sus crímenes, reflejando la pesadez del acto, en especial si se trataba del primer asesinato. Mi esclerótica inferior era visible, estrés. Y tenía que solucionarlo antes de arribar en Gotham.
—Señorita —llamé a una de las azafatas. No estaba de más decir que el viaje me lo pasé durmiendo, salvo por las horas de entrega de comida; me quedaba como una hora de vuelo para arribar en Gotham.
—Joven —se me acercó con la amabilidad esperada.
—¿Por casualidad no tiene unas gafas de sol que me venda?
Ella se lamió los labios. Era china, ella y el político entendían de la superstición.
—Lamento decirle que en los paquetes del avión no vienen lentes oscuros.
—¿No hay una forma de comprarlos antes de que yo baje? —pedí, sabiendo que era inútil.
—Toma —me habló el político, mostrándome sus propios lentes de sol —. Tus ojos… ¿qué te hicieron en China?
—Entrenarme. Gracias señor.
La azafata muy gentilmente alcanzó los lentes y me los dio.
—Sacrificios que se deben hacer, ¿eh muchacho? —le sonreí luego de agradecerle a la mujer —. Al menos haces que una parte del sucio mundo sea medianamente segura.
Le agradecí en su lengua, más él no me habló. Eran gafas bonitas, costosas y no lucía bien con mi ropa barata del pueblo a las afueras del monasterio, pero la moda era lo de menos. El avión aterrizó sin demora; rompiendo el protocolo, la azafata se acercó a mí mientras el piloto conducía en tierra la nave.
(Hace años que no vuelo en avión, no sé si sea mal que ella camine mientras el avión se aparca.)
—Un empleado de su padre lo aguarda afuera para llevarlo a casa. ¿Desea que en tierra lo aislemos y llamemos a los servicios sociales?
No fue tan tentador como sí resultó el día de mi castigo, viendo a Rebecca irse. Las personas que se preocupaban por mí no lo hacían de mala fe, ellos no deseaban un escándalo o una demanda que les representase millones de divisas, ellos querían genuinamente ayudarme y ponerme a salvo.
Le sonreí suavemente a la azafata.
—Gracias, por favor no se preocupe por mí. Fueron unos malos días solamente.
0oOo0
Atrevidamente me mantuve despierto retando a mi cuerpo. Mandaría a los Robin a patrullar únicamente con Batgirl en la noche, ellos podían hacerlo. Más que por la llegada de Dick, traído a casa por Lucius, un movimiento extraño de químicos me tenía intrigado. Jason prometió estar atento para evitar drogas en desarrollo y con efectos desastrosos, pero hasta la fecha no se detectaba algún jíbaro de alucinógenos experimentales. Al quedarme en pie, pude ver la bienvenida de Dick. Era la 1 p.m.
—¿Qué te pasó en el rostro, Dick?
—No mucho, no esquivé bien —rió. Mi pajarito era un imán para el público y los periodistas; en lugar de huirles, Dick los encaró y rió con ellos mientras salía del aeropuerto.
—¿Por qué los anteojos?
—Oh, es que los últimos días mi entrenamiento fue en una sala oscura y aún no acostumbro los ojos a la luz, incluso con solo las luces eléctricas me da fotofobia.
—¿En qué consistió tu entrenamiento?
—Me enfoqué en lucha cuerpo a cuerpo y en ganar velocidad.
—Llegaste algo delgado, ¿no comiste bien?
—No es el mal comer, sino que el entrenamiento es tan fuerte que genera que queme más grasa. Aquí en casa puedo comer de una forma más alta en carbohidratos que allá.
—¿Qué nos puedes decir sobre la transformación de Billy Batson?
Hijos de su…
—Sin comentarios —murmuró de forma robótica —. Yo, am, hasta ahora vengo llegando, no sé qué ha pasado.
—¿Qué opinas del beso que le dio tu padre a Billy Batson, un menor de trece años?
Dick rió.
—Ustedes, francamente, inventan unas cosas —se carcajeó con fuerza hasta que le enseñaron un teléfono. Yo tuve que sonreír ante su mueca de pasmo —. ¿Y esto qué? Nah, es pura mentira —Lucius se inclinó y le susurró al oído —. ¡¿Enserio?! —y, asustado, rio más —. Ay, ellos por qué harán las fiestas sin uno.
Negué divertido y continué escuchando a la par que leía. Los componentes que se movían bajo cuerda eran parte de la mezcla del veneno Kobra; faltaban, no obstante, los ingredientes de su última mejora, la que usó la Liga de la Injustica con sus plantas. No que el veneno en una versión menor fuese menos peligroso y letal.
0oOo0
Desperté por sus risas. Tontamente, tomé la decisión de quedarme en casa de papá para compartir con él, pero me topé con la misma indiferencia de los años anteriores. ¿Qué no quería cenar conmigo unas semanas atrás?
No seas egoísta, me susurré. Papá trabajaba mucho, era su pasión, era grosero de mi parte querer absorberlo. Pero, al oírlo abajo, decidí ir y saludarlo con una sonrisa, no haciéndome la pregunta de con quién él estaba. Me llevé la sorpresa del siglo al verlo acaramelado con una mujer, no cualquiera, su doctora de terapias.
—¡Tim! —gritó asustado al verme.
—Hola papá, señora.
Ella no me respondió, vio entre nosotros con miedo, reconociendo lo incómoda de la situación.
—¿Por qué no me dijiste que venías? —me regañó papá con un tono duro. Lo hice, mas no alcancé a recordárselo —. Vete a tu cuarto a jugar con la computadora. Quédate más con Bruce para que no me des estas sorpresas desagradables.
La doctora lució algo indignada; me fui murmurando una disculpa, no alcanzaron a ver lo mucho que me afecto lo que dijo papá. Trabajar con niños en hogares dañinos, psicópatas y maleantes me dijo exactamente qué hacer, a pesar de lo doloroso que resultó: tomé dos maletas y las llené con la suficiente ropa, libros y juguetes para estar cómodo fuera, pero que no se detectara. Yo no contribuía en la vida de mi padre biológico, mi lugar no era con él, era buena hora de aprenderlo.
0oOo0
Alfred me recibió con camarones en mayonesa de curry, mi favorito. Papá me dio un suave abrazo, Damián un guiñó y Bárbara un beso en la mejilla; Tim no andaba por ahí. Pude recostarme en una cama al fin y descansar. No llamé a Kon-El, Billy o Wally, ellos habrían querido verme de inmediato y yo tenía una cita previamente agendada esa misma noche en la costa.
Jason.
0oOo0
—Pennyworth quiere que… ¿qué te pasó? —jadeé con una rara amabilidad. Drake era un inútil, pero él no se descompensaba así normalmente.
—Vete Damián —me ordenó sin levantar la mirada. No era que estuviese llorando, solo… lucía mal, triste.
—¿Acaso viste tu cara en un espejo? —no hubo respuesta. Cerré la puerta y avancé; me senté en el suelo para quedar a su nivel, mas mantuve mi distancia física —. ¿Es tu padre?
—Sí.
—¿Enfermó más?
—No… él no me quiere cerca.
Fruncí el ceño.
—Mi madre tampoco me quiere cerca.
—¿Cuándo se pasa esta cosa horrible del pecho?
—Nunca.
Lo acompañé en silencio por unos minutos; no demostramos debilidad, continuábamos siendo rivales.
—Esto es ridículo —dijo Drake sacudiendo la cabeza —. No me voy a quedar aquí. Tenemos que hacerle caso al capitán.
—¿A Batson?
—Sí, no dejar que se metan en nuestra cabeza. ¿No nos quieren? Entonces sigamos, apartémoslos del camino y continuemos con nuestras vidas —el cabrón sonó inspirador —. Ven Dami, vamos a entrenar a Ace.
—Bien —me levanté. Quizá lo hice muy rápido, porque todo me dio vueltas. Ignoré el evidente golpe de sangre en mi cerebro y corrí tras Drake.
0oOo0
Asombroso no alcanzaba a describirlo, era Superman. ¡Yo estaba volando con Superman! Todo rastro de amargura por haber cancelado a mamá de último minuto se esfumó de mi sistema; la ropa podía esperar, ¡era una misión con Superman!
Por la forma en que me sonrió el Hombre de Acero, mi emoción era visible por fuera de la armadura.
—¿Qué tan alto has volado, Blue Beetle?
—No demasiado, señor. Batman dijo que tuviera cuidado de ser visto.
—Sí, las precauciones siempre son necesarias, pero hoy subiremos. De lo que he entendido de tu armadura, la presión y el bajo nivel de oxigeno no debería ser un problema.
En lo más mínimo, Jaime Reyes.
—Así es, señor.
—Ok. Subamos.
Un miedo de Batman era que yo no controlaba correctamente mi armadura, principalmente lo hacía el escarabajo. De esa forma, sin que mi propia mente fungiera como filtro, existía el riesgo de que, al tropezar o ser agredido, el escarabajo reaccionara y activara la armadura con sus armas, descubriendo mi secreto. En ese momento, volando a la par con Superman, wow, lograba elevarme con mi propia orden, era algo en lo que iba avanzando.
—Muy bien Azul, ¿te puedo decir así? —pidió deteniéndose.
—Ajá —fue una mala idea: vi hacia abajo —. Ay, es muy alto —exclamé. Inconscientemente me aproximé al hombre de capa roja, temiendo caerme.
No dejaría a mi anfitrión morir tan patéticamente, Jaime Reyes.
—¿Patéticamente? Eso no me tranquiliza amigo —lo regañé.
Aspiré fuertemente al darme cuenta que mostré mi «esquizofrenia» frente al Hombre del Mañana. Superman, demostrando una educación superior a la media, no borró su sonrisa.
—Tranquilo Azul, no te dejaré caer. Tienes el control de la máquina, no temas. ¿Quieres hacer una pausa y hablar con tu… amigo?
—No señor.
—Ok. Subiremos más, ¿estás de acuerdo?
—S-sí señor.
Era avanzada la tarde, aún se veía el sol, pero, mientras más arriba, más brillante se volvía el cielo. En un punto, el aire se hizo… ¿escaso?
Es la atmosfera, Jaime Reyes. Yo me encargo.
Y, en menos de nada, pude respirar mejor; el aire dentro del traje se sintió artificial, como el aire acondicionado. Tras aclararle a Superman que respiraba bien, continuamos subiendo.
—Ahora si no mires abajo —se rió de mí el héroe.
—Ay no —sonriendo, me tapé los ojos, muy asustado; la armadura siguió subiendo.
—Vamos azul, pronto saldremos del planeta. Confia en mí, la vista lo vale.
Era surrealista, de película. Literalmente, pude ver la brecha entre el cielo y el espacio; Dios, era fuera de cualquier proporción.
—¿A la próxima puedo tomar una foto?
—Seguro hijo, pero nadie puede verla. Ahora, al trabajo. Necesitamos alejarnos más del planeta.
—¿Más? —me salió como un grito, lo que me dio risa —. Disculpe, esto es nuevo para mí.
—No te preocupes, ven —lo seguí temblando. El espacio no era oscuro, miles y miles de estrellas brillantes parpadeaban, parches de colores se mezclaban entre ellos, era un espectáculo asombroso —. Esquiva —me advirtió. Nos topamos con unos aparaticos metálicos, algunos grandes y otros pequeños.
—¿Son satélites?
—Así es hijo. ¿Vez lo que se aproxima? —me señaló unas luces cercanas. Asentí —. Son rocas que viajan por el espacio, la gravedad de la tierra las atraerá, pero son inofensivas, la más grande no será mayor que un niño de cuatro años. Normalmente el Detective Marciano, los Linterna Verde, el Capitán Maravilla o yo mismo realizamos estos trabajos con meteoros que sí representan un peligro para la Tierra. Para ti serán un perfecto entrenamiento.
—Ok.
—Batman habló de armas sónicas, de láser, plasma y energía. ¿Con cuál te sientes más cómodo?
—Láser, señor.
No importaba si me quedaba hasta medianoche ahí con Superman, toda la experiencia fue maravillosa. Oh, y mamá y papá iban a estar tan contentos.
0oOo0
Desperté más tarde de mi siesta de lo que hubiese preferido, no alcancé a ir a la misa de la tarde, ya era de noche. Papá y Alfred estaban avisados de mi encuentro con Jason para recuperar la tecnología de la Liga, principalmente los discos duros. Mis hermanitos no estaban a la vista. Hablé con papá antes de irme.
—Toma uno de los autos, no quiero que vayas en tu moto —me indicó él leyendo en la sala —. Usa los túneles para salir.
—Sí papá. ¿Puedo invitar a Jason a venir a la cena por mi cumpleaños?
—Sí —me miró —. No lo olvides, Dick. Fuera de la mansión, con ese casco, no es Jason, sino Capucha Roja. No cometas un desliz.
Sonreí. ¡Qué viva la paranoia!
—Claro papá. Buenas noches.
—Quítate las gafas —ordenó. Lo obedecí sin chistar, papá vio la señal de auxilio que enviaban mis ojos —. Es por tu seguridad amor, son sacrificios que deben hacerse.
Sacrificios que deben hacerse, ¿eh chico?... Al menos haces que una parte del sucio mundo sea medianamente segura.
—Lo sé, murciélago.
En el garaje fui humilde y esquivé los autos de carreras y de lujo, tomando un Audi negro. Con Jason mantenía un lugar de encuentro predeterminado; no solíamos cambiarlo, lo que sería estúpido, pero el sitio era seguro. Me refería a las casas de lujo en la costa, pues estas permanecían vacías en tres de las cuatro estaciones; y siendo casas de mafiosos en su mayoría, quebrados para la fecha, no contaban con una correcta red de seguridad, sino con el viejo sistema de un cuidador por contrato que tapaba las ventanas con tablas de madera y venía muy de vez en cuando a asear.
Conduje por la carretera hasta cierto punto, luego bajé a la arena de la playa de Gotham y seguí conduciendo hasta encontrar esa casita de un piso que carecía de balcón, ahí era perfecto para ocultar el Audi. Ya en el siguiente balcón se asomaba relajadamente mi hermano, Capucha.
Él me saludó con la mano. Subí lentamente las escaleras del balcón que conducía a la playa quitándome las gafas y dejándolas colgar de mi camisa. Mis piernas punzaron en cada paso. Jason, Capucha, me recibió sonriendo; ese casco nuevo, que reflejaba cada movimiento de su rostro, era francamente aterrador.
—Hola Dick.
Mi hermanito creció, era más alto que yo. Sonreí.
—Hola viejo —avancé hasta él y recibí su suave, pero no flojo, abrazo. Puse mi cabeza sobre su hombro, disfrutando de la presencia de mi hermano por unos segundos.
—¿Qué te hicieron, Dick? —me preguntó distanciándose y sujetándome con cautela la mandíbula, examinando el golpe.
—Entrenarme. Fue un regalo de cumpleaños.
—Dile a Bruce que las descripciones de regalo y castigo son diferentes —se mofó cruelmente.
Frente a Jason no pude evitar mostrarme avergonzado.
—Sabes cómo va, Capucha.
—Claro que lo sé —frunció el ceño soltándome —. La última vez que el murciélago me mandó, me devolvieron con tres costillas rotas. Ten —me tendió dos discos duros en estado sólido —. Lo que tenía la lacra en sus computadores y las USB.
—Gracias amigo —los guardé en mis bolsillos —. ¿Vendrás mañana a cenar por mi cumpleaños?
—Voy a donde sea que hay comida gratis. Dime la verdad Dick, ¿fue regalo o castigo? No te veo a ti pidiendo para tu cumpleaños una ida donde esos malnacidos, pero fue lo que dijo el engendro de Superman.
Suspiré.
—Yo le dije a Superboy que pedí más entrenamiento y que papá me ofreció un templo en el Tíbet; él y la psicóloga se creyeron la historia.
—¿Y?
—Fue regalo, ya estaba planeado, pero de cierta manera fungió como castigo.
—¿Qué hiciste?
—Era mi día libre… —me excusé sonrojándome.
Capucha rió.
—Oh, Dick, ¿no lo hiciste? ¿Tomaste?
—Un poquito —me reí con él. Nos recostamos a la baranda —. Yo… pedí el día y me fui para donde Superboy. Ay no, ¡tenías que haber visto al amigo de Kon-El!
—Espera, espera, espera, ¿cuál amigo?
—Es que Superboy y yo tenemos una conocida —narré usando mis manos para expresarme; la sonrisa no me la contuve. Con Jason era fácil sonreír —. Es una chica muy centrada, mantiene en secreto que nos ve.
—¿Es una puta?
—Es… una buena definición —estallé en carcajadas.
—¡¿Tú y Superboy contratan a una…?! ¡Oh, joder, Dick!
—No la contratamos, no exageres —exclamé divertido —. Es una muchacha que… pues sí, se acuesta con nosotros, pero no le pagamos.
—Ella lo hace por convicción —afirmó con fuerza.
—Malparido —me reí.
—Bueno, ¿y qué pinta su amigo ahí?
—No, es que nosotros nos reuníamos los tres, la chica y nosotros dos, pero se nos ocurrió invitar al amigo de Kon-El. Y lo más gracioso, el pobre idiota creyó que era una fiesta.
—Ay no, no me digas que apareció con frituras —rodó los ojos.
—Con tres cajas de pizza.
—Espera, Dick… ¿hiciste una orgía? —susurró asombrado. Yo no conocía la vida sexual de mi hermano, si es que la había; muy loco y todo, pero él solo tenía catorce.
—Mmm, no fue una orgía… pero se le parece —me reí con lo último.
—No, venga, cuenta. ¿Cómo fue? ¿Y dónde aparece el trago? ¿La embriagaste?
—No, es que el asunto del licor no fue directamente por una borrachera. Yo tomé cerveza rubia japonesa y jugamos ahí a verdad o se atreven.
—¿Cómo para adecentar la cosa?
—Más o menos —resoplé —. Y pues hicimos retos y fuimos tomando, yo ya me había acabado una lata, el total no fue mucho, medio sixpack tal vez, el resto se lo tomaron ellos.
—¿Y…? —meneó los brazos, deseando oír la parte picante de la historia.
—Si cuando me di cuenta ese par la habían agarrado y en menos de lo que canta un gallo la ropa salió a volar. No, eso fue una chimba —dije con energía, recordando lo divertida de la tarde —. Primero mamadas, ellos le hicieron sexo oral, luego vine yo y empecé la fiesta en forma, siguieron y después cogieron a la pobre boba y le hicieron un señor sándwich.
—Eso es cuando es por delante y por detrás, ¿verdad?
—Ajá.
—Uy. ¿Tienes fotos?
—No, pero puedo mirar las cámaras.
—¿Y el castigo qué o qué? ¿Cómo encaja?
—Es que eso fue la noche que se fugó el Pingüino, antes de yo irme. Pues el día libre lo tenía, pero me llegó la alarma y decía «en diez minutos». O sea, me tocó volar…
—Ja, te imagino. «¿Y mi camisa?» —gritó en una pésima imitación.
—No, para nada, desde lo que me hizo Bertinelli yo solo saco lo indispensable, el resto vestido.
—¿Enserio? ¿Sacar y meter literal? Bueno, es que también lo que te hizo esa perra fue muy rastrero, dizque venir a echarte al agua con lo de las cicatrices.
—No, eso fue una maratón con Zatanna buscando un método para ocultar todo de los médicos. Lo que pasa es que esa mujer es excelente en lo que hace y con un amuleto de los suyos la piel me quedó como nueva, pero de no ser por eso me arrastran los de servicios sociales.
—Y Bruce a prisión. Pero dame algo de crédito, de no ser por el susto de la bomba esa misma noche te sacan de la mansión.
—Ja, tú si eres aprovechado, ¡¿de quién fue la idea?!
—¿De quién fue la dinamita?
Parpadeé.
—Ay no, dime que usaste dinamita falsa.
Jason rió.
—Eso fue lo que te dije —gemí sujetándome la frente —. ¿Cómo se te ocurre que voy a tener dinamita falsa? Soy un capo, Dick, no invierto en bromas de Halloween. Además, hubo una posibilidad muy alta de tener que poner esa cosa, no podía quedar como un pendejo y no hacer volar al menos una cuadra.
—¡Calla! ¡No puedes decirle a ninguna persona sobre la dinamita! —le grité —. Viejo, ¡Bruce casi me mata! Me sacó a punta de correa del cuarto por solo dinamita falsa, ¡¿te imaginas lo que me hace si le decimos que era autentica?!
—¡¿Y así quieres que vaya?! De todos nosotros tú eres el predilecto. ¡A mí me mata de verdad, Dick!
Gruñí enderezándome. Probé varias posiciones, pero en todas me dolían los costados.
—Escucha, el tema del carrobomba quedó en el olvido, no le diremos una palabra y punto.
Capucha sonrió.
—¡Qué miedo le tienes a su cinturón! —giré los ojos y no respondí —. Aprende de mí, que sí me independicé.
—No digas boberías, tú te quedaste en Gotham. Finges que eres el rebelde de la familia murciélago, pero no lo eres, sigues sus órdenes igual que el resto. Todo lo que está en Gotham, Capucha, está bajo su poder, y tú no eres la excepción.
—¡¿De quién fue la culpa?! —rugió genuinamente enfadado —. Yo te dije que nos fuéramos juntos a Blüdhaven —me apuntó —, que nos saliéramos de su sombra, pero tuviste miedo de dejar la vida cómoda como el principal heredero de un millonario picho en billetes.
—Yo no hago esto por el dinero —protesté ofendido.
—Lo sé, te creo, y aun así te lo digo. Ni uno solo de nosotros entró a esto por dinero, nadie lo hace, pero Red Robin, Robin, Batgirl, hasta la jodida Batwoman que se las da de héroe solitaria, ellos son niños que sujetan la mano de su padre; incluso tú, Richard Grayson, vil gitano desterrado de su tierra y de su gente, no serías capaz de sobrevivir sin Bruce Wayne. Tienes seis años adaptado a ser su mano derecha, te vi crecer con él, no vas a echar por la borda seis años por unos cuantos azotes.
—¡¿Quieres callarte?! —grité a lo más que pude —. ¡¿Crees que para mí es fácil?!
—No te ofendo, hermanito, te abro los ojos.
—No, tú hablas mucho —lo señalé con mi dedo —. Te llenas la boca hablando de mierda, pero no eres diferente a mí. ¿Por qué no te quedaste con Ra´s Al Ghul o con la Liga de Asesinos? Es porque esta maldita y podrida ciudad nos succiona y nos jala. Acéptalo Capucha, tú y yo moriremos peleando por los ideales de Batman.
—…
—¿Crees que duermo tranquilo sabiendo qué si Bruce muere antes de que Tim crezca, tendré que usar la máscara y suplirlo? Viejo, amo a ese tipo, lo amo con locura, es la mejor figura paterna que pude pedir —no me di cuenta que estaba llorando —, pero es demasiado peso. La gente es insoportable, lo que quieren es vernos jodidos para vender periódicos, no tienes idea de las decisiones que hemos tomado estas semanas para mantener a flote la familia.
—¿Violaste a Bertinelli? —curioseó con morbo.
—No, mierda, no. Lo de ella fue que… ah, olvídalo. Ese tema está muerto y enterrado. Mira, idiota. Tú y yo somos iguales en algo: estamos solos. Mis padres murieron, igual que tu papá; mi familia sobrante quemó mis posesiones porque pasé una noche en la casa de la única persona que se dio cuenta de mi sufrimiento, a ti tu mamá te vendió al Guasón por unos gramos de heroína —Jason apretó los dientes —. El circo continuó con su plan de ruta, tú no tienes a nadie más. Lo único con lo que contamos es Bruce Wayne, ¿a qué otra opción podríamos aspirar?
—… matarnos.
—Yo no haría eso, es pecado mortal.
Jasón bufó.
—¿Y una orgía no?
No me sonrojé, estaba demasiado afectado.
—Sí, lo es. Alguien me dijo que a nosotros nos exponen tanto que nos compensan permitiéndonos lo que a la mayoría no. ¿Sabes por qué después de la borrachera papá me pegó?
—¿No fue por el licor?
—No, a mí me daban trago desde mi tiempo en el circo, Bruce a veces me deja beber cerveza, como en Navidad y en el aniversario mortuorio de mis padres. Lo que lo enfureció fue que yo, como pensé que tenía que asistir, fui corriendo a vestirme alcoholizado. Su enojo fue porque me puse en peligro, me recomendó el condón y tener cuidado con el alcoholismo. ¿Qué padre hace eso? Nosotros no somos normales y nuestra vida no es normal, pero es la mejor alternativa que tenemos.
—Supongo que quien te lo dijo fue otro niño héroe. ¿Bruce te dio con la vara?
—Sí.
—Esa cosa la estrenó conmigo. Lo recuerdo: pedagogía, dolor y charla. Hasta cierto punto, dio resultado. Bruce hizo de mí una mejor persona y jamás se lo agradecí.
—Ven conmigo, duerme en casa y quédate hasta la cena.
—No lo sé. La verdad es que me da miedo encararlo.
—¿Por qué?
—Tengo vergüenza. Sácame a mí y la familia es perfecta: el hijo prodigio, el muerto que no da líos, el niñito desarma bombas y el ninja con un buen código genético.
Fue extraño que se mencionase de esa forma. Por supuesto, Jason Todd y Capucha Roja eran, después del pozo de Lázaro, seres distintos.
—Oye, no te des tan duro —la pasé la mano por el hombro, ambos mirábamos a la costa oscura —. Si no fueras un criminal, la mafia no funcionaría, sería un caos y a mí me habrían llevado a los servicios sociales.
—Pues sí —dijo con falso orgullo —. Estarías muerto sin mí, Grayson.
Reí.
—Sabes, compré el disco original del grupo que escuchábamos de niños.
—¿Cuál?
—No recuerdas —lo empujé y canté —. Vamos más bien a soplar, esto que acabo de comprar.
Emocionado, Jason le pegó con las manos al borde del balcón.
—Que me vendió su mamá, por allá en El Espinal.
—¡Soplar, soplar, soplar, en la capital! —canturreamos a coro.
—Ay viejo, vamos. Quiero oír esa canción. Dios, mi infancia está en esa canción.
—Ja,ja, vamos.
