Era increíble lo que podían lograr obtener las mujeres a través del sexo: dinero, status, el Batimóvil.
—Deja de hacer muecas, Damián —me regañó Batgirl desde el asiento del conductor.
—No te lo daría si no le hicieras mamadas.
Tim, chupando con un pitillo su gaseosa, me vio con la boca abierta, sorprendido y escandalizado de lo que le dije a la pelirroja, quien no se inmutó.
—Créeme, lo haría, porque yo sí alcanzo los pedales —se burló de mi tamaño —. Dick cumple los 16 mañana, así que los tres nos olvidamos de la posibilidad de conducir este auto.
—A partir de la cena, Dick podrá portar el símbolo del murciélago si la situación lo requiere —nos recordó Drake.
Gruñí.
—Bajemos y pateemos traseros —mi propuesta fue bien aprobada.
Una noche normal y típica no resultó, desde el inicio mi mareo de la tarde me atacó. Logré ocultarlo, mi habilidad no dependía absolutamente de mi estabilidad; de tal modo crucé el centro de la ciudad derribando ladronzuelos de poca monta. Nosotros etiquetábamos a los criminales con unas pegatinas en las frentes, así la policía llevaba el registro de quién realizaba la captura, la cual se avisaba por radio; en esos lapsos de colocar la etiqueta, o esperar a uno de los otros dos, le otorgaba a mi cuerpo tiempo para eliminar la vista difusa y la sensación de dar vueltas.
Internándonos en la urbe, repleta de rascacielos, ascendimos con cuerdas, regalando un espectáculo digno de mi ego a los transeúntes nocturnos de Gotham City. Fue aquí donde fallé: puse mal mis pies y tropecé, siendo atrapado por Batgirl.
—¡Cuidado! —no me gritó, solo alzó la voz para hacerse escuchar por sobre el viento, ya que no nos detuvimos.
Enfurruñado, busqué un callejón y me zambullí por ahí. La ciudad no me decepcionó, un grito afuera nos condujo a un robo de cartera en la calle, en la zona de los bares. Lanzar al ladrón una cuerda que se envolviera en sus pies fue simple, más difícil me resultó no besar el pavimento.
—Ush —fue el sonido colectivo ante mi golpe. Red Robin corrió pasándome, yendo a atender al ladrón y a entregar sus cosas a la víctima.
—Dos tropezones en una noche, ¿qué tienes? —preguntó directamente Batgirl, arrodillándose junto a mí.
Arrugué el rostro levantándome.
—Estoy mareado —admití —, pero puedo seguir.
—No, Robin, mareado no —respondió parándose.
—¡Puedo hacerlo!
Con desconfianza, Batgirl vio a nuestro alrededor, algunos curiosos nos miraban o grababan; estaban demasiado cerca de nosotros, menos de tres metros.
—No eres mi hijo, no puedo arriesgarte y permitir que cometas un error fatal —explicó llamando al auto de padre —. Red, lo acompañarás.
—¡¿Qué?! —exclamó horrorizado, la mujer el robo se marchaba muy contenta —. El enfermo es él.
—No está enfermo, habrá comido algo en mal estado —hubo un par de chiflidos cuando el Batimóvil se estacionó frente a nosotros.
—¿Puedo conducir? —intentó Drake.
—Piloto automático —fue lo único que ella dijo. Nos empujó a la parte trasera del auto, se esperó a que nos atásemos los cinturones y cerró la puerta, coordinando desde su guante la ruta —. Es solo una noche, niños, no me lancen fuego.
—¿Qué comiste? —se quejó Drake contra mí.
El auto arrancó; volteamos a ver, Batgirl se elevó por medio de un cable cuatro pisos, recibiendo aplausos y más chiflidos.
—Nada —murmuré —. Me purgaron en enero, ¿qué puede ser?
—En casa Alfred te hará una prueba de sangre —rio —. Ojalá me deje practicar enfermería en ti, alfiletero humano.
Lo pateé.
0oOo0
—Ese bajo es increíble —susurró Jason.
Sin notificarle a nadie de su presencia en la mansión, deseosos de darles la sorpresa en el desayuno, los dos nos encerramos en mi cuarto con la luz apagada a oír música compartiendo audífonos.
—Tu guitarra está en tu habitación —una llamada de Kon frenó lo que él me fuese a decir. Contesté sin quitarle mi audífono —. Aló.
—¿Qué hubo? —algo comía —. ¿Vamos a hacer algo mañana por nuestros cumpleaños?
Cierto, él cumplía pasado mañana.
—Lo siento amigo, no podré, tengo un asunto familiar, una cena.
—Entiendo, ¿y en él día?
—Me tiene a mí —dijo Jason. Reí en voz baja.
—¿Quién está ahí? ¿Me pusiste en altavoz?
—No, no… es un viejo amigo. Lo siento, Kon, él está de visita y casi nunca lo veo.
—Tranquilo, no hay problema.
—¿Podemos quedar para tu cumpleaños?
—Claro. Adiós.
—Adiós.
Fue extraño colgarle, nosotros ya llevábamos unidos un buen rato. Quizá debiera salir con Wally también, o los tres.
—¿Superboy?
—Yep.
Miré nuestros pies juntos al final de la cama. Las medias de Jason eran viejas y rotas.
—Tengo que contarte un secreto, hermano —susurró él.
—¿Terminaremos enterrando a alguien? —reí, pero Jason no —. ¿Qué pasa?
—Es que te conozco y sé que contraerás la nariz.
—¿Qué puede ser tan terrible? Eres Capucha Roja, no hay muchos crímenes de los que me puedas sorprender.
—No es un crimen según la sociedad actual —giró para encararme, yo solo ladeé la cabeza. Su rostro suave decía que él no se afeitaba —. Creo que soy gay.
—… oh.
Con su usual gallardía, Jason me miró airoso, tratando de actuar duro, pero mi opinión le afectaba. Yo nunca callé mi pensamiento ante el homosexualismo, era asqueroso y no iba a fingir que no me producía nauseas.
—¿Y bien, monaguillo?
—No fui monaguillo —respondí, dándome tiempo. Me incorporé y me troné los dedos de las manos —. Dejemos algo en claro, Jason, eres mi hermano menor, parte de mi familia y una persona que amo. Acepté tu muerte, tu devuelta al mundo —me negaba a decir resurrección, para mí eso era cruzar un límite de altanería para con Dios —; y apoyé tu proceso de sanación mental, ayudándote al protegerte en tu paso al crimen, incluso de Bruce. No me gustan los gays, me dan repulsión, pero tú eres mi hermano y eso no lo cambia nada.
Jason sonrió.
—Sabía que podía contar contigo, Dick.
—Ahora, apalancado en que dijiste la palabra «creer», ¿puedo hacerte la pregunta cliché? —le hice ojitos, garantizándole que no lo juzgaría.
—¿Cómo estoy seguro?
—Ajá —me tumbé de nuevo, esta vez sí giré para verlo directamente. Mi celular quedó entre nosotros junto a los audífonos.
—Besé a un chico y se sintió… agradable, creo.
—¿Crees? No te lo tomes a mal, Jason, pero somos adolescentes, podríamos enamorarnos de un árbol si nos frotamos por accidente en él.
Jason detuvo la charla para reírse fuertemente. Le tapé la boca, riendo también.
—Quita —me empujó en un intento de respirar.
—Shh, la sorpresa —le recordé.
—Sí, sí —negó divertido —. Das unos ejemplos, Dick —hizo cara de «ay no».
—Pero es cierto —alegué divertido.
—Si, tal vez, pero tengo la inquietud. ¿Tú nunca dudaste de tu sexualidad?
—Zatanna Zatara, semejante mamacita, me besuqueó a los trece años; a los doce, Hiedra Venenosa me acarició mientras aguardábamos a que Batman me rescatara; a los diez, Catwoman me lanzaba besos. ¿Cómo podría dudar después de semejantes esculturas griegas? —con mis manos sostuve algo en el aire, presumiblemente una cintura —. Me encantan las mujeres.
—Y a mí, ¿no recuerdas que nos arremolinábamos a ver a escondidas al murciélago cogerse a Harley? Viejo, todavía me pajeo pensando en esa mujer.
—¿Entonces?
—No lo sé. Tú siempre eres el ubicado y el que elige sabiamente. ¿Qué opinas?
—… mi opinión franca no es de mucha ayuda —reconocí.
Jason rodó los ojos.
—¿Qué crees que diría Jesús, pues? Sueles hacer lo que dicta ese tipo.
Lo pensé unos segundos. Yo no era de saberme versículos o fragmentos enteros de la Biblia y desconfiaba de las personas que hablaban así, Jason igual.
—Creo que… diría que te diese un abrazo y que todo va a estar bien.
—¿Es su opinión o la suya? —entrecerró los ojos.
¿Acaso tengo el número de teléfono de Jesús, imbécil?
—De los dos —extendí mi puño para que lo chocara —. Hermanos.
—Hermanos. Quiero mi abrazo justo ahora —exigió a lo diva.
—Idiota —me burlé rodeándolo; tomé un par de Acetaminofén, algo ocultó al dolor, no me punzó terriblemente el cuerpo al moverme.
Tan cerca de él, besé su mejilla. Sí, su piel era suave.
—¿Y si me emociono y te meto la mano? —bromeó.
Él me tuvo que tapar la boca para que mis risas no atrajeran a Alfred.
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—Con esto sabremos que padece, amo Damián —me aseguró Pennyworth sellando el frasco con mi muestra de sangre.
—¿Qué supones tú?
—¿Mareos, amo? Una deficiencia en vitaminas o mala oxigenación sanguínea.
—Improbables —comentó Drake sentado en la camilla —. ¿Con tanto ejercicio? Él no tiene mala oxigenación, y los dos tomamos las mismas dosis de vitaminas.
—Pero tienen dietas distintas —señaló Pennyworth con malicia —. La carne roja es una fuente alta de proteína que por casi seis meses el amo Damián ha obviado. Esa es mi apuesta, me temo.
—Yo no comeré animales —determiné.
Pennyworth sonrió y se marchó. Drake me miró.
—Pero si es un fallo vitamínico, no podrás ser Robin.
Tragué.
—Esperemos los resultados.
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Despertar fue maravilloso, me gustaba el amanecer y, por la hora de mi reloj, era lo bastante temprano para alcanzar a hablar con papá. Bajé en mi ropa de dormir, pantis y una franela. Bruce no era idiota, él no dejaba marcas por fuera de mis pechos, lo que sí se podía ocultar.
—La reina de la noche —dijo papá al verme bajar las escaleras. El desayuno servido me antojó.
—¿Es una novela? Buenos días —besé su mejilla.
—Eres tú —dobló su periódico y me enseñó la página principal. Era una foto mía columpiándome por el aire con el título «La Reina de la Noche».
Sonreí estúpidamente, atontada con el halago.
—¿Por qué? ¿Qué hice? —pedí saber sentándome a ver mi foto. Era alucinante.
—Detención de asaltos, violaciones y una venta de armas en un callejón; una noche rutinaria, salvo que lo hiciste sola —papá me vio con ternura —. Hay un video de ti atendiendo a Damián Wayne, mandaste a casa a los niños y continuaste patrullando por tu cuenta, además, Batman no hizo acto de presencia anoche. Y este es el mes de la mujer, no lo iban a dejar pasar. ¿Quieres huevos?
—Sí, gracias —susurré más calmada —. Dick se volverá loco cuando vea esto.
—Y espero que Wayne igual. ¿Cómo va el Equipo?
—Bien, en misiones de vez en cuando.
—Correcto. Te haré el desayuno y me iré, en la estación solo van a estar hablado de ti.
Me sonrojé.
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—¿Y Grayson?
—Dijo que ya bajaba, amo Damián. ¿Salchichas?
Le alcé una ceja a Alfred, Dami lo fulminó con los ojos. ¿Qué sucedía?
—¡Hola! —la alegría mañanera de Dick interrumpió mi pregunta.
—¿Qué haces detrás de ese muro, cumpleañero? —le dije —. Ven a desayunar.
—Traje un regalo para ti, Bruce.
¿Un regalo para…? Jason.
—No puedo creer que enserio esté vivo —susurró Tim.
—¿Jason Todd está vivo?
—Jason —murmuré levantándome. Mi hijo, vistiendo pijamas de Dick, me sonrió terminando de salir de detrás de la pared.
—Hola murciélago, ¿hay desayuno para mí?
No le respondí, en su lugar me acerqué y lo abracé. Era mi Jason.
—Un placer verlo respirar, amo Jason.
—¡Alfred!
El tonto, de la emoción, casi nos tumba a Alfred del abrazo de muerte que le dio. Le sonreí a Dick y le indiqué que se sentase.
—Ven Alfred, acomódate con nosotros —le pidió mi hijo mayor —. Por mi cumpleaños.
—Cederé, amo Dick, después de servir.
Jason ocupó el asiento junto a Damián, quien lo vio con desconfianza.
—Creí que te había matado el Guasón.
—Creí que eras el hijo consentido —le señaló el plato —. No te sirven ni una tirita de tocino.
Damián frunció el ceño.
—Soy vegetariano.
—No por mucho, amo Damián —dijo Alfred trayendo un plato muy cargado para el comelón de Jason.
Tim rió viendo con culpa a Dami.
—Lo siento, es que Alfred se pasa —se excusó el moreno.
—Muy bien, ¿qué sucede? —los interrogué colocando mi servilleta en mi regazo. Dick me imitó sin darse cuenta, más pendiente de la discusión de sus hermanos.
—Anoche, maestro Bruce, los amos Timothy y Damián no completaron su patrulla programada por orden de la señorita Bárbara, quien los regresó a la casa debido a que el amo Damián presentó mareos que le ocasionaron dos accidentes.
—Solo tropecé una vez —lo interrumpió Damián.
—Si no fuera por Batgirl, te habrías caído de un décimo piso —le refrescó el dato Tim.
—¿Esos mareos de que son, Alfred?
—Extraje una muestra de sangre, la computadora ya imprimió los resultados —Damián lo miró expectante —. Fue lo que me temía, una pequeña deficiencia de calcio y una inmensa deficiencia de vitamina B12.
—Proteína —señaló Jason.
—Exacto, amo Jason.
—Pero yo tomo todos los suplementos —se defendió Damián.
—¿Hace cuánto presentas estos mareos? —pedí.
—Ayer solamente. Puede ser otra cosa —intentó.
Negué.
—¿Ya comiste algo?
—No, padre.
—Ve y orina en un frasco. Iremos con la doctora Thompkins al terminar el desayuno.
—Sí padre —alegre por considerarse otra opción, se marchó con docilidad.
—¿De verdad crees que haya otra causa? —preguntó Dick en susurro.
—No.
0oOo0
Intersección entre la primera y segunda clase, ¿por qué él me llamaba? Hice una mueca de tedio y contesté deteniéndome en el pasillo.
—Buenos días Luthor —dije al teléfono. Iba solo, ese día muchos representantes de universidades se agolpaban finalizando con los candidatos para sus instituciones, mis compañeros se ocuparon en eso. En tal punto del año, las clases eran un mero formalismo.
—Buenos días, Kr. Normalmente soy paciente contigo, hijo mío, pero hoy no se da tal caso. Exijo saber en qué estabas pensando al rechazar todas las universidades que te enviaron cartas.
Sonreí alzando una ceja. Oh, a mi «padre» talvez no le gustase la respuesta.
—Pues permítame decirle, padre —goteé sarcasmo —, que tenía yo muy en claro lo que hacía al no aceptar ninguna propuesta universitaria.
Un chico que pasó junto a mí dijo: «¿este es imbécil?».
—¿Intentas que me salga cabello, Kr?
Me doblé de la risa.
—Sé que quiero de mi vida, Luthor —le garanticé —. Y no, no es solo patear gente.
—Pues habla de una buena vez.
Admitir aquello en un pasillo escolar, repleto de chismosos, no era cómodo, pero vi en una película que no se debía despreciar la publicidad gratuita.
—Me voy a dedicar al reciclaje.
—… ¡¿Te volviste loco?!
Horrorizado, aparté el teléfono de mis oídos. Joder, todos oyeron ese grito. ¡Qué garganta!
—Oye, ¿puedo al menos explicarme? —le peleé al teléfono.
—Oh, te explicarás muchacho. Tienes la mente más prodigiosa que el dinero pueda crear…
—Hey, Conner.
Le alcé la mano a Marvin, indicándole que no podía atenderlo. Mi amigo igual se quedó ahí.
—¡Claro que tengo la mente más prodigiosa jamás creada, señor Juguemos-A-Ser-Dios! —le grité —. ¿Qué me van a enseñar en una universidad si CADMUS me metió en el cerebro todo el conocimiento existente en este sector del universo? ¿Para qué querría desperdiciar horas y horas en un pupitre?
—¿Qué pasó? —susurró Wendy, apareciendo en mi visión, a Marvin.
—Está peleando con su papá.
—¿Por qué?
—No quiere ir a la universidad —eso lo dijo otra persona, mientras tanto…
—Entiendo tu punto, Kr, pero ¡¿reciclaje?!
Su ira me dio risa.
—¡Pero te va a encantar, señor Apoderémonos-Del-Mundo!
—¿Cómo me va a encantar semejante porquería? —preguntó lívido.
—Voy a crear una empresa con Dick, Luthor. Vamos a desarrollar robots funcionales con materia prima extraída del reciclaje para vender al público, ¿cómo en tu mente maligna y retorcida no ves la ganancia? ¡Es basura, maldita sea! ¡Me haré rico con basura! —esperé una respuesta, mas no apareció. Fruncí el ceño concentrándome en su respiración irregular —. ¿Estás teniendo un infarto?
Marvin rio junto a un par más; Wendy lo codeó. La respiración de Luthor era cada vez más irregular, sonaba como si luchase por recibir oxígeno.
—Dile que deje de hacer show —me indicó Wendy, que odiaba a los millonarios megalomaníacos.
Negué con la cabeza, pasmado.
—Creo que sí es un infarto —oh, soné aterrado —. ¡Luthor! ¡Respira! ¡¿Dónde carajos está Mercy?!
—Llama al 911 —gritó Marvin.
—No sé ni dónde está el sujeto… espera, él reacciona.
Luthor tosió y empezó a reírse.
—Ay, Proyecto Kr, no lloraba así desde hace años.
¡El malnacido se ahogó con su propia risa!
—Agh, ¡yo asustado idiota! —lo insulté —. Te ríes horrible.
Marvin y Wendy respiraron con calma.
—¡Basura! Oh, Kon-El, el joven Grayson es lo mejor que te pudo pasar. Las maravillas que obran las correctas amistades.
—Oh, cállate —le grité, pero él siguió riendo. Colgué furioso, no dudando que él me escribiría.
—Ese tipo está loco —murmuró Wendy.
—Jum, mujer, me asustó enserio —me les acerqué. El timbre de la escuela sonó, pero no teníamos afán.
—¿De verdad no irás a la universidad? —quiso saber Marvin.
—Nop —dije infantilmente.
—¿Y lo otro es cierto? ¿Robots hechos de basura?
—Sí —me animé —. Lo estoy trabajando con Dick… realmente no tenemos mucho, pero ya es oficial.
—¿Y qué van a crear?
—Vamos a empezar con un perro robot.
—Wow. ¿Y cómo se llama la compañía?
—Sí —miré a otro lado con bochorno —. Aún trabajamos en eso.
Ellos rodaron los ojos.
0oOo0
—Bajo la cama, bajo la cama —susurró Dick empujándome.
—Me siento como el amante —me quejé deslizándome. Muy bonita sorpresa en el desayuno, pero mi tonto hermano mayor olvidó por completo que una intrusa se colaba en la mansión cada día.
—Hola Richard, tus hermanitos me dijeron que estabas aquí.
—Hola Rebecca.
—¿Puedo pasar?
—Claro.
Pies bonitos, tacones profesionales, no muy puta o masculina. Dick me contó de esa mujer en la carrera por las escaleras, horrorizados con su llegada.
—Tu padre se marchó con Damián al médico, Tim me dijo que estaría estudiando. ¿Quieres que te acompañe?
—Por supuesto, ven, siéntate.
Conocía ese tono, Dick lo empleó con Bárbara y Zatanna, solo teniendo éxito con la morena.
—¿Te duele? —el colchón sonó cuando ella se sentó.
—Ligero, no esquivé. Tengo el día libre, ¿quieres hacer algo?
—Oh sí, me contaron. Feliz cumpleaños.
—Gracias.
—Te traje un obsequio.
—¡¿Enserio?! —sí Dick, enserio, bájale a tu bareto mañanero —. ¡Qué rico! Gracias.
—Pensé que te agradaría el chocolate blanco.
—Sí, es muy dulce… —ahogó un bostezo.
—Luces cansado, mejor duerme.
—No puedo, Alfred me regaña si te dejo sola por la casa.
—Me puedo quedar aquí contigo y así se resuelve.
—Genial, sí. ¿Podrías apagar la luz?... gracias Rebecca. ¿Por qué no te acuestas un rato aquí?
Malparido.
—No sueñes Richard.
—Dijiste eso la última vez.
Oh, mierda.
—Richard, lo que hicimos estuvo muy mal.
—Lo sé, lo siento, Rebecca. Es que me gustas mucho.
—Sé notó. Dame espacio —ella se retiró los tacones y se acostó junto al degenerado suertudo —. De probarse, podrían despedirme.
—Nadie lo sabrá, yo te lo garantizo.
Algún gesto tuvo que hacerle, porque pronto la cama empezó a emitir ruido. Dick portaba razón: cualquier cosa me excitaba. Los sonidos de los besos, de los suspiros y de la tela retirándose me ganaron.
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Apliqué con cuidado mi lápiz labial, revisé el resultado y asentí. Me gustaba verme bonita, así que invertía en maquillaje, cremas, serums y tratamientos faciales. Hoy tenía que salir a comprar comida, no que necesitáramos, la Liga nos proveyó de un mercado escandaloso, pero tocaba mantener las apariencias.
Por comodidad, vestí un jean ancho, una blusa ajustada y un par de deportivas blancas con una cartera de cuero que alguna vez Bruce me regaló por un cumpleaños.
—Salgo en cinco minutos —avisé por el teléfono a mis guardaespaldas terminando de peinar mi cabello. Con mi ropa, más que mis músculos, se apreciaba la cicatriz de mi brazo, un navajazo obsequiado por el Guasón en lo que fue el momento más atemorizante de mi vida.
Empaqué mi teléfono y mi billetera en la cartera, tomé aire y bajé buscando la puerta. Los guardaespaldas, permanentemente en mi casa, me rodearon aun antes de salir del escudo protector marciano; curiosos, periodistas y un par de acosadores locos se agolpaban a las afueras. Los ignoré, porque, aunque algunos eran medianamente dulces, otros solo deseaban escándalos morbosos.
—¿Cómo te hiciste esa cicatriz, Bárbara?
—¿Cuál fue tu reacción por los titulares de hoy?
—¿Damián Wayne se encuentra en buen estado de salud?
Ok, eso sí tenía que responderlo.
—Hasta dónde sé, solo fue un mareo.
Un guardaespaldas me abrió la puerta de la camioneta, era una máquina inmensa y altísima a la que ellos, muy caballerosamente, me ayudaban a subir.
—¿Tienes alguna relación romántica con Batman?
—¿Por qué tu uniforme no tiene más escote?
—¿Has visto a algún miembro de la familia Wayne desnudo?
Las preguntas se acallaron cuando el guardaespaldas se montó en el asiento trasero junto a mí y cerró la puerta. Al inicio ir con desconocidos era incómodo, pero ya nosotros hablábamos, elegíamos música e intercambiábamos chistes, amenizando el viaje. Extrañaba ser una desconocida que a nadie le importaba, ni siquiera tomar el carrito en el supermercado lo lograba sin fotos de extraños.
Adquirí lo de un mercado normal pasando de largo a los adultos que me silbaban, me llamaban o me saludaban; no ignoré a los niños pequeños, a ellos les sonreía, mas no les hablaba. Darle cuerda uno era motivarlos a todos a que me acorralaran. Relleno el carrito con la compra usual, me encaminé a la zona de belleza, quería un par de esmaltes nuevos. Me fascinaban las uñas largas, pero por mi trabajo no me las podía permitir; que decepción.
Como en cada fila de caja para pagar, me encontré con una estantería de revistas. Cada mes compraba lo mismo: Cosmopolitan, W Magazine y Vogue, me gustaba la moda y la alta costura; de nuevo, lujos que casi no me podía permitir porque toda mi ropa requería ser antibalas. De plano obvié los periódicos con mi fotografía, interesándome en una revista de negocios que no adquirí.
Los prototipos de Wayne Enterprise han sido un éxito. La firma anuncia la fecha de estreno de sus aplicaciones de redes sociales.
Bruce lo logró, bueno, Lucius Fox y los demás lo lograron: posicionaron, a punta de la desconfianza en los usuarios, un producto que, como admitió la revista, se logró en gran medida a la seguridad que brinda la figura pública de Batman.
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Con un ojo en el trasero desnudo de Rebecca y el otro en mi celular, oí lo sucedido con Kon y Luthor. Genial, anunciado nuestro plan macabro, restaba reunirnos y empezar a construir el perro robot.
—¿Podrías hablar con Tim? —pedí a Rebecca —. Ha estado algo triste.
—¿Por qué?
—No lo sé, me pareció decaído esta mañana, mucho revolver los huevos y poco comer.
—Claro Richard —a medio vestir, me sonrió. Linda lencería —. ¿Tu hermano enfermó? Vi cómo se golpeó ayer.
—Con él también hay que hablar —puse un rostro serio —. Rebecca, sin ofender, pero ¿cuándo el estado nos quita la niñera? —la señalé.
—No lo sé, no instauraron un detective para ustedes desde lo sucedido con la señora Wilson. No hay mucho interés en vigilarlos.
—Comprendo. ¿Quieres continuar con tu carrera? Aquí estás estancada.
—¿Puedes hacer eso? Yo sí quisiera, me siento inútil cuidando de unas personitas que ocultan todo y no quieren ser ayudadas.
Le sonreí.
—No necesitamos ayuda, ¿me creerás algún día?
—No —sonrió terminando de abotonarse la camisa —. Iré con Tim. Me marcharé hoy temprano para que tenga su cena tranquilos.
—Gracias.
La vi treparse en los tacones con habilidad. Ella se fue con el sonido del taconeo. Cinco segundos pasaron y Jason no emergía; me asomé a ver sin abandonar la cama, sosteniéndome con las manos en el suelo.
—¡Oye!
—¡Qué asco! —levanté la cabeza, negándome a ver la paja de mi hermano —. ¡Jason! —lo grité tan en susurro como pude.
—Tú te la cogiste conmigo aquí abajo —me acusó.
—Agh. Mejor haz silencio, voy a grabar una historia en Instagram.
—¿Para qué?
—Confirmar algo. Shh —decidí que grabar así, sin la presión de los comentarios emergentes, era más tranquilo —. Hola, me han estado preguntando que si es cierto lo de la compañía de basura que Kon-El mencionó en el pasillo de su escuela. Antes de confirmar o negar, quisiera decir que voy a demandar a la persona que graba esos videos. Hablamos de una cuenta de YouTube llamada «El Clon», donde cada día suben videos de mi amigo caminando, bebiendo agua o participando en clase; eso se llama acoso y tiene cárcel, incluso para un menor. Ahora, sí, es cierto, Kon y yo estábamos hablando de la contaminación y de cómo muchas empresas ayudan a la eliminación de basuras creando objetos o productos con estas; decidimos hacer lo mismo, hay que salvar al planeta. Aún no hemos empezado porque yo me fui, pero mañana nos reuniremos a iniciar los primeros esbozos del llamado perro robot —me interrumpí, un Jason adecentado salió de debajo de la cama. Le guiñé un ojo, divertido con su estado sudado y alegre —. Y si, decidimos venderlos al público para poder crear muchísimos y así eliminar toneladas de basura, pero como tal aún no hay un producto. Los mantendremos avisados, adiós.
Jason aguardó mi seña para hablar.
—¿Por qué objetos con basura?
—Estuve leyendo a Maquiavelo en el vuelo de ida al Tíbet. Superboy, un amigo y yo estamos planeando, por así decir, la dominación mundial. Necesito un perfil como el tuyo, ¿te le apuntas?
Me miró con pasmo.
—¿Dominación mundial?
—Siéntate y te cuento.
—No, espera, trae un trapo, hay una cosa blanca debajo de la cama.
—Agh, ¡Jason! —me quejé recostándome en el colchón.
El idiota se rió.
0oOo0
—Lo siento Damián, sí es un problema de calcio y vitamina B12 relacionado a tu dieta vegetariana.
Apreté los labios esperando que mi hijo explotara por los aires.
—Pero me tomo las vitaminas que padre me da —alegó desde su silla. El consultorio de Leslie quedaba en el hospital benéfico que yo patrocinaba, a Dami no le gustó exponerse ante tantas personas.
—Sí, Damián, pero tu cuerpo consume demasiado. Permíteme explicarlo. Las vitaminas y minerales son quienes facilitan que los órganos y tejidos del cuerpo rindan al máximo y desempeñen sus funciones. Ingerimos en la alimentación las vitaminas y minerales, y las gastamos según el uso que le damos al cuerpo; en tu caso, un Robin, gastas demasiado, así que necesitas consumir demasiado. Un niño normal, con una dieta tan rica en nutrientes como la tuya, no necesita ningún tipo de suplemento, esto se da para ayudar a tu cuerpo en sus actividades diarias extremas. El calcio y el B12, especialmente el B12, se consiguen de productos de origen animal; el suplemento en una persona vegetariana normal satisface la necesidad del cuerpo, pero en tu caso, no es suficiente y por eso se dio esta falla en tu organismo a modo de mareo.
—¿Y si doblamos la dosis de suplementos? —consideró. Negué con la cabeza, pero dejé que la doctora lo explicara.
—Estos suplementos son químicos, Damián. El consumo que tú tienes es el adecuado, tomar suplementos en exceso es riesgoso para la salud, compromete órganos como los riñones porque estos tienen sobrantes. Por ejemplo, demasiado calcio te puede generar quistes.
—Ah —musitó recostándose en su silla.
Quise abrazar a ese niño, no me gustaba ver al bravo Damián tan deprimido.
—¿Cómo estabilizamos su dieta?
—Solo hay dos formas: la primera es que consuma productos de origen animal que suplan estas necesidades nutricionales, la segunda es que disminuya sus actividades físicas. En un par de semanas, solo con la segunda opción, se encontrará mejor.
—¿El cambio no es inmediato?
—No, su cuerpo ya tiene un ritmo establecido por años, requiere tiempo y una dieta especial para adaptarse. Y, por supuesto, esta adaptación se hará sin Robin.
—¡No! —el grito el Damián no la amedrentó.
—Lo siento Damián, médicamente no puedo permitirte fungir como vigilante si no compruebo que estás comiendo carne roja o un producto de procedencia animal que estabilice tu cuerpo.
—¿Estás segura? ¿No hay otra solución?
—No. Y Bruce —apretó los labios con pena —, no es necesario notificar a los servicios sociales de este inconveniente, pero si lo vuelvo a ver en las calles con la máscara o me entero de que continuó entrenando, voy a tener que demandarte por negligencia.
