—Tengo hambre —les anuncié a las psicólogas siguiéndolas hasta el consultorio psiquiátrico —. ¿Hay una máquina de comida...? ¡Wow!
—¿Batson?
Generalmente, las salas infantiles de psiquiatría se equipaban con un ambiente propicio para los pacientes, sin embargo, la Liga no contaba con algo así, yo recibía mis charlas en la oficina de Canario; y los señores de los servicios sociales que me atendieron en el pasado no invertían ni dos centavos en el «ambiente propicio», lo que no sucedía en aquella sala.
—¿Es un original arcade? —pregunté internándome en la sala. El aparato era grande, tenía controles antiguos y la ranura para echar las monedas se hallaba tapada.
—Sí, ¿te agrada? —su tono me indicó que sonreía.
Bah, a la mierda la doctora, yo iba a jugar.
—¿Cómo hago que funcione? —exigí saber brincando en mis pies.
—¿Por qué no mejor hablamos primero?
¿Ah?
—¿Y si hablamos mientras juego? —ofrecí. Las mujeres me sonrieron.
—¿Te gustan los videojuegos?
—Ajá. ¿Cómo prende? —insistí.
Una de ella hizo una mueca.
—Batson, lo que sucede es que este no es nuestro lugar de trabajo usual, no estoy muy segura de cómo hacerla funcionar.
Dejé caer los hombros con un quejido; severo fiasco.
—Ven —habló la otra señora, la del lunar discreto junto al oído —. Siéntate con nosotras.
Ellas, por lo visto, me tutearían. Traté de no arrastrar mis pies, eso era grosero, pero de verdad estaba decepcionado. ¡Quería jugar! En la mesa, típico, me aguardaba un papel en blanco y un set de colores.
—¿Un test de dibujitos? ¿Enserio? ¿Así de cutre?
Parpadearon.
—¿Los conoces?
—U-hum —no pude evitar ver con fastidio a la hoja, odiaba esos test y ellas no parecían haber preparado algo más original; Flash gastó su saliva en vano —. ¿Qué están buscando? ¿Abuso, negligencia?
—No nos concentremos en eso —se apresuró a decir la mayor y quien parecía ser la directriz de la conversación —. Cuéntanos un poco de tu vida.
Mi vida es un asco, ya, pero no podía decir eso
—Está todo bien —me encogí de hombros.
—¿Tienes amigos por fuera de la Liga y el Equipo?
—Sí, pero murieron.
—Lo siento. ¿Te dolió su muerte?
—No —admití —. Estábamos en la calle, ninguno tenía mucho futuro, así que esa fue una buena opción para ellos.
La psicóloga del lunar escribía, la otra generaba las preguntas.
—¿No te parece algo cruel?
—El mundo es cruel.
Ella tanteó el techo con sus ojos antes de cambiar de tema, un gesto muy poco profesional.
—Has admitido públicamente que el dolor físico no te es tan preocupante como el daño mental. ¿Podrías explicárnoslo más?
—No —rasqué mi rodilla — Si quiere ver mis pensamientos y las consecuencias de mi pasado, vea las anotaciones de Canario Negro, ella es una psicóloga titulada, seguro que sus apuntes son muy completos.
—Queremos hablar directamente contigo.
—Pero yo no quiero hablar de eso —zanjé recorriendo con mis ojos la sala. De nuevo, y de mi parte, poco profesional, mas yo no era la contraparte que ejercía responsabilidad —. Creo que solo es cuestión de conectar la máquina.
—Billy, no hemos terminado.
—Es Batson, lo dejé claro —tomé un color amarillo y tracé un triángulo en el papel —. ¿Feliz?
0oOo0
—¿Me llamaste para verte lanzándote por el aire? —me burlé de Dick. Su entrenamiento era impresionante, pero yo tenía mejores cosas por hacer.
—Necesito que me ayudes a pensar —contó propulsándose desde los aros. En el aire, girando a una velocidad de miedo, añadió —. Hay que conseguir basura.
Y tan tranquilo, aterrizó en sus pies con una gracia envidiable.
—Ya lo sé. ¿Eso no se compra?
—Sí, pero es más gasto. Quisiera que fuéramos independientes, igual que Wayne Enterprise.
—La conducta controladora de Batman se te está pegando. ¿Sabes cuánto tardaríamos en recolectar toda esa basura? Lo de ayer me gustó, engranajes hechos con plástico fundido y cables reutilizables; podemos ir por reciclaje a las costas, pero para un par de perros, para unos mil no cuentes conmigo.
—Me encanta saber que tan leal eres —se mofó yendo a por una toalla para secarse el sudor —. Tiene que haber una forma, en eso necesito ayuda.
—Lo volveré a decir, Billy es el de las ideas.
—Ya, pero está con los psicólogos de Naciones Unidas. Gente metiche —gruñó —. Vamos a la cueva, hay unos buenos libros de mecánica.
—Igual que en mi casa.
Llevaba un buen rato sin aparecerme por la cueva. Dick sonrió con malicia.
—¿Estará ocupada nuestra amiga?
—No, pero no quiere saber de ti. La ofendiste muy feo.
—Bah... en fin, no le voy a rogar. Consigamos otra.
—No lo digo a modo de suministrar una idea, pero tendríamos que drogarla. No hay forma de que una chica se meta con nosotros dos y permanezca en silencio.
Y Dick era demasiado religioso como para considerarlo en verdad. Yo no.
—Jum —movió la boca de forma pensativa —. Patrullemos Blüdhaven, ¿o estás ocupado?
—Algo, tareas. Pronto saldré de la escuela.
—... llamaré a Capucha, seguro que se le ocurre algo.
0oOo0
Escuchamos los pasos de Billy trotando escaleras abajo.
—Hola amigo —saludé. Obvio, se fue derecho hasta donde Batman, ignorándonos.
—¡Hay un arcare! —le anunció emocionado. Vaya, esas psicólogas obraban milagros, su mal genio se extinguió —. Y tiene un montón de juegos, y un buscaminas y...
—Calma, calma —me reí. De reojo noté que la amargura de Billy se había trasladado a las pobre mujeres —. ¿Quieres ir a seguir jugando?
—¿Puedo?... Ah, sí —su mirada se ensombreció —. Ellas tienen que leer la sentencia de muerte.
—¡Billy! —lo regañó Canario, impresionada por la actitud del niño.
—Sigo enojado —confesó sin miramientos —. Iré a jugar, me llaman. Ah, ¿hay máquinas de comida?
—Vi una en el segundo piso, Batson.
Ok, el chico les hizo seguir llamándolo por el apellido. Era muy rígido para tener 13.
—¿Necesitas dinero? —preguntó otra con una clara intensión de darle un par de billetes.
—No gracias.
Desapareció por donde llegó, se fue casi corriendo, de seguro a jugar y a comer.
—¿Y bien? —los abogados se nos acercaron. Todos nos paramos a recibir el veredicto.
—Tal como describe la señorita Lance en sus archivos, Billy racionaliza sus emociones. Se niega a sentir dolor, culpa o miedo, suprime lo que lo hace sentir mal y les otorga motivos a los sucesos traumáticos, tratando de dar una lógica positiva. Es un mecanismo de defensa fuertemente arraigado en él. En sus datos, señorita Lance, usted agrega que él no ha tenido avances en los últimos meses.
—Ninguno. Se ha enfrascado en una... negación constante.
—¿Qué cambió?
—Él. Ya no es un niño, empieza la pubertad y con ello todo lo que esta trae. Está feliz por crecer, odia ser tratado como un bebé, por eso le fastidian la escuela y los maestros; es muy controlador, creció manejando su vida y no se acopla a que otros le digan que hacer.
—¿Qué tanto poder sostiene diariamente? ¿De qué cosas se encarga? ¿Se le otorgan posiciones de liderazgo?
—De forma esporádica. Billy ha liderado en diversas ocasiones al Equipo y en dos momentos dirigió equipos de lucha directa de la Liga, en todos los casos ha sido por necesidad de un suplente con sus habilidades o que se encontrase disponible y en posición. Billy se siente cómodo siendo un subordinado, admite libremente que le asusta que vidas dependan de él; y no queriendo ponerle este peso, hemos evitado al máximo colocarlo en el primer lugar.
—El control de Billy es para sí, no abarcando a las personas a su alrededor —continuó el murciélago —. Más que fastidiarle que le den órdenes, a él le molesta la injusticia y, según él, de forma inconsciente los adultos somos poco explicativos con los niños. Es su principal inconveniente con los maestros, le dicen que hacer y no el por qué, esto le molesta, pero la Liga es muy clara y acepta el cuestionamiento siempre que este se dé fuera de la misión y del riesgo. En realidad, tratándosele como a un igual y con respeto, es muy majo y accesible.
—¿Y esto ha cambiado al crecer?
—Solo se incrementó su necesidad de respeto. Es una fase, son las inseguridades propias de la edad, estará perfecto en un par de años.
—Generalmente, ¿cómo lidia con sus problemas?
—No lo hace —aceptó Canario —. Las lidiamos nosotros al tratar que él se exprese.
Una de las psicólogas movió los dedos.
—El archivo dice que se niega a tomar antidepresivos.
—Así es.
—¿Qué consume? —los tres guardamos silencio, compartiendo una mirada veloz —. Digan la verdad. Señores, un perfil psicológico como el de Billy incluye obligatoriamente alcohol y drogas. ¿Qué consume él?
—Licor —habló Batman. Nosotros dos no pudimos hablar —. Se le ha dado desde niño, los pedófilos lo emborrachaban para que se portase mejor. Billy asoció el alcohol al... adormilamiento de su mente y del dolor, físico y emocional.
—¿Lo de la ginebra es cierto? —cuestionó el abogado con furia. No iba a calar que la Liga mintiese.
—Sí y no. El Hombre Halcón descubrió la botella oculta bajo el escritorio de Billy, pero él no había tomado —modificó.
—¿Para qué la tenía entonces? —arremetió el hombre de traje.
—Por si acaso. Igual que un niño que ha pasado mucha hambre y oculta comida en su alcoba, no por apetito, sino por miedo a retornar esa necesidad y no tener con qué suplirla. Billy es un buen niño que el mundo rompió y no reparó, él mismo unió los pedazos de la manera que pudo. No es sano, se lo hemos dicho, lo hemos castigado, pero él no conoce más y tiene miedo a soltar sus defensas naturales.
—¿Encaja la declaración del señor Wayne con el perfil psicológico de Billy Batson, doctoras?
—Sí, tiene mucho sentido. Los avances que ha tenido la Liga son considerables. Billy está muy unido a usted, señor Wayne.
—Sí.
—Fuera de su trauma, él es un adolescente muy normal, habló con nosotras mientras juagaba, distraído es muy alegre. Lo que nos contó de su vida encaja a la perfección con los documentos que la Liga nos suministró.
—¿Existe riesgo de confabulación?
—Sí, él estuvo a solas con la Liga por muchas horas —acordó la mujer —, pero no parecía que estuviera mintiendo. Así de enojados y ariscos, los niños no mienten, y concentrado en la pantalla, tampoco habría mentido con facilidad, lo hubiéramos notado.
—¿Ve usted y sus colegas inconvenientes con que Billy Batson continúe siendo miembro activo de la Liga de la Justicia de América?
—Retirándole el alcohol, no. ¿Consume algo más?
—Solo licor, les teme a las drogas. Es un niño listo.
—Su hígado —intervino una de las médicas —... no sentí cirrosis.
—Porque no bebe realmente. Huele el alcohol o da pequeños sorbos; no es bebedor, simplemente tiene problemas.
—¿Alguna vez se ha emborrachado?
—Jamás.
—¿Hay forma de que él hubiese bebido más de la cuenta y no lo hallan notado?
—En el lapso de tiempo que vivió con su tío, pudo ocurrir, pero no bajo nuestros cuidados —agregué mi granito de arena —. Billy toma sus tres comidas en el comedor principal, no se le permiten platos fuertes en su habitación, y, aunque él no lo sabe, periódicamente Batman, Aquaman, el Hombre Elástico o yo nos colamos en su cuarto para comprobar que duerma. Encima, él no suele estar solo, le gusta nadar y ver televisión en la gran pantalla de la sala común, donde todos podemos verlo.
—¿Doctoras?
—Nos habló de estas actividades, al parecer usa mucho la arquería del Salón de la Justicia.
Sonreí, era cierto.
—Físicamente, él está perfecto. No tiene moretones o marcas frescas... bueno, tiene golpes en las piernas y los brazos, pero no son la gran cosa, definitivamente no algo que la fuerza de Superman hubiese podido generar.
—Billy entrena de vez en cuando con los Robin, quizá de ahí provengan.
—Veredicto, señoras —exigió el abogado.
Ellas se asintieron mutuamente.
—Si las doctoras que examinaron su cuerpo no ven problema, yo declaro mentalmente sano a Billy Batson, libre de manipulación, de abuso o de negligencia. Necesitará chequeos, pero la Liga se ha encargado bien y ha sido responsable con él. Por mi parte, puede continuar fungiendo como el Capitán Maravilla.
—Igual por nosotras.
—¡Genial! —sonreí, la vocecita de Billy se coló desde las escaleras, donde él apareció comiendo palomitas de maíz —. Ahora solo falta que el juez firme y caso cerrado, ¿no?
—Momentico —lo frenó con diversión la psicóloga —. Tengo una condición para ello.
—Agh, ¡vamos! —pero fue tan gracioso que nadie lo regañó por su altanería —. ¿Qué?
—Debe volver a la escuela, no más educación en casa para ti, Batson.
0oOo0
A Jason no se le ocurrió nada, estaba muy ocupado con una entrega de narcóticos, así terminé yendo al plan más aburrido que un domingo podía poseer: ir con Tim y Damián a la peluquería del Walmart, la única abierta en toda la ciudad.
(No tengo idea si abren un domingo, pero creería que sí, hay gente que solo tiene ese día disponible.)
Los guardaespaldas fueron útiles, pero no usamos ni gorras ni gafas, todos nos reconocieron y se morían por hacerse una selfie con nosotros. Fue divertido recibir tanta aceptación, igual que el par de insultos ocasionales de personas que terminaron siendo fuertemente abucheadas; yo actué como niño bueno e hice una mueca compasiva ante el castigo público que recibieron, pero sin intervenir de ninguna manera.
—Grayson, ¿te puedo hacer una pregunta? —no supe ni quien lo dijo, alguien a mi derecha, quizá el chico con la sudadera.
—Claro, pero por favor, no involucren a mis hermanitos.
—No, no creo que lo haga —sonaba burlesco. ¿Hum? —. ¿Verdad que te acostaste con una de las psicólogas que te puso el estado?
Me frené en seco. ¿Cómo se enteraron? Damián abrió los ojos, pero recuperó su compostura de inmediato, Tim apenas vaciló. Él sería un buen Batman.
—No —me reí de los nervios —. ¿Cómo se te ocurre? A ver, lo intenté, son guapísimas, pero ninguna me puso cuidado —y los demás se carcajearon de mi tono despreocupado. El chico, sí, sudadera azul, sonrió.
—Es lo que oí. ¿Puedo hacer otra pregunta?
Miré a la distancia, ya casi llegábamos a la peluquería.
—Claro, pero se me acaba el tiempo, tengo que entrar a un local. Que sea rápido.
—De hecho, es algo larga —me siguió sin borrar su sonrisa. Caminé más lento, pendiente de ese tipo. ¿Rebecca habló? —. Verás, tengo un conocido en servicios sociales, un viejo amigo; y él me contó que, la noche del carrobomba, nada más que tres personas sabían que tú ibas a ser trasladado. Oficialmente continuabas bajo custodia de Wayne porque no se encontraba un lugar seguro para ubicarte, pero la verdad es que sí lo hallaron y no le dieron la información a nadie, ni siquiera a ti, que la pediste insistentemente a la detective antes de irte a tu habitación a empacar —ok, me frené, ¿de dónde sacaba ese tipo tanta información de algo que pasó en el interior de mi casa? —. Y dado que se descubrió que eres medianamente aliado de Capucha Roja, me da curiosidad, ¿sabes cómo hizo él para enterarse de que ibas a salir de la protección de tu hogar?
Maldita sea.
Y el tipo siguió, con esa puta sonrisita.
—Digo, es que es muy conveniente. Él se entera y decide subir una foto con un carrobomba, sin dirección, solo con un mensaje que garantizaba que era por ti. Y de inmediato, la orden recién firmada por un juez queda invalidada a causa de fuerza mayor, ya que se trata de la seguridad de la ciudad. ¿No es raro? ¿Cómo se enteró tu amigo Capucha Roja que te sacarían de tu casa y que lo único que te retuvo a salvo junto a tu padre por tantas horas fue el motivo de la seguridad pública? Porque, sabes, si él hubiese conseguido esta información por boca de una de las tres personas que conocían exactamente a dónde llevarte, él habría sabido la dirección y la habría publicado para dar fe a su amenaza, pero no lo hizo porque sencillamente él no lo sabía.
—Dick —me tironeó Damián, tratando de sacarme de ahí. No, yo no moví los pies, encararía ese asunto, sino sería mil veces peor.
—Además, todos los que se enteraron de que ibas a ser trasladado, ya sabes, los abogados, tu hermanito, el mayordomo y tu padre, todos ellos no se movieron de la sala de tu casa, solo te fuiste tú —me apuntó con su dedo. El resto murmuraban o callaban —, la única persona de la que se sabe, según el propio Capucha Roja, que sostiene una alianza con este capo del crimen organizado que es famoso por no tener alianzas —rió secamente en su repetición —, porque prefiere matar a su competencia y a sus rivales, cosa que no puede o no quiere hacer contigo. ¿No te parece super conveniente que él supiese todo esto y amenazara con ese carrobomba del que nunca se supo nada más, en el preciso instante que tú salías, tras mucho atrasar tu ida, con la detective del caso? Y a todas estas, ¿cómo hizo él para saber que no ibas a ser sacado de tu casa? ¡Si eso se resolvió en tu casa! ¡Con una llamada de teléfono hecha por el alcalde, quien estaba en la comodidad de su sofá en ese momento! No hubo testigos que pudiesen contarle a Capucha Roja que ibas a quedarte en la mansión Wayne, salvo tú.
Me lamí los labios.
Mierda, mierda, mierda.
—Mi alianza con Capucha Roja no funciona así —fue lo que se me ocurrió rebatir, ¡¿qué iba a decir para el resto?! —. Mi padre no negocia con criminales, yo hice el trato sin su autorización. Capucha me avisa si hay un cargamento de droga experimental o una nueva banda tratando de incursionar en los bajos fondos de la ciudad, con eso, y manteniéndose alejado de las escuelas y universidades, yo distraía al murciélago de él, lo que ya no importa porque papá se enteró al mes. No tengo un número con qué contactar a Capucha.
Ay no. Error.
—Acabas de decir que él te avisa cuando hay movimiento. ¿Cómo lo hace? ¿Con señales de humo?
—¡Claro que no! Es... es una conversación unilateral, él tiene un número privado mío, me notifica de los asuntos que nos apañan y ya, usa teléfonos desechables, así que no se le puede escribir de vuelta o rastrearlo, solo leo lo que me envía y me aseguro con los informantes del murciélago que él cumpla su parte, distanciándose de los centros educativos. No hay forma de que haya hablado con él esa noche —sonreí —. Muy buena teoría, excelente, enserio. Ahora pregunto yo, ¿cómo mierdas conoces lo que sucedió en mi casa y que mi hermano Damián estaba ahí?
Sonrió enigmáticamente y retrocedió un paso.
—No lo sabía. Gracias por confirmar parte de la historia, niño maravilla.
Retrocedió más y empezó a alejarse.
Apreté los dientes tan fuerte como pude, solté y seguí caminando en dirección de la peluquería. Tim y Damián lucían preocupados, Tim resbaló ahí. La gente amable que andaba junto a mí se alejó. Fue increíble, pero quitando a los guardaespaldas, llegamos casi a solas a la peluquería.
Ni bien entrar, mis teléfonos empezaban a sonar.
—Buenas... tardes —ya eran las 12 m. —, tengo turno —le entregué el recibo que imprimí en casa al hombre de cabello platino en la zona de despacho. Cogí la llamada de papá —. Aló.
—No vayas a decir nada, estoy mandando a Superboy y Zatanna, le dije a ella que fingiera estar en una relación contigo, no les será difícil.
—Correcto.
—Te sostuviste bien, no te preocupes —colgó.
La frase favorita de papá: no te preocupes.
—Por aquí, por favor —me indicaron las sillas —. ¿Estos hombres vienen con usted?
—Sí, son mis guardaespaldas, espero no haya problema.
—Para nada. ¿Los señores toman algo?
—No, mis hermanos y yo recibimos agua embotellada.
—Correcto —aun confuso de con quién trataba, me guió hasta mi asiento. Dos guardaespaldas entraron, el resto estaban esparcidos por Walmart o en la entrada al establecimiento.
Contesté la siguiente, era el propio Capucha.
—¿Precisamente tú? —musité.
—Te estoy viendo en un en vivo —me notificó —. Lamento decirte que tu boca dijo una cosa y tu lenguaje corporal otra, mantente callado. Estoy investigando justo ahora a ese tipo, te pasaré la información.
—Gracias amigo.
—¿Quién era? —le dije a Tim con mis ojos que se callara —. Perdón —alegó indignado por mi enojo —. ¿Por qué tienes esa cara de puño?
Agh, grandiosos, los estilistas y sus clientes se dieron cuenta de quienes éramos y, con sus teléfonos, seguro que se enteraron del asunto.
—Por nada, mocoso.
—Relájese —me indicó el escolta junto a mí. Lo miré —. ¿Se puede probar?
—Yo no ordené un carrobomba —fui firme, y algo vocal, con eso. La chica del tinte me puso los ojos encima, muy incrédula.
—No fue lo que le pregunté. ¿Las acusaciones de ese chico se pueden probar?
—¡No!
—Pues no se preocupe, quite esa cara o todos creerán que en verdad pasó.
Él tenía lógica, pero no era fácil relajarme en el asiento y fingir que era una inocente paloma. ¿Se podía probar? No, el teléfono con Jason tenía registro, pero encriptado, casi imposible de... me aseguraría de que fuese imposible al 100%.
—Dick —me llamó Tim. Una señora muy elegante y prolija me miraba con cierta pena desde la puerta, de su mano estaba un niñito como de diez años, muy sonriente y tímido.
—Hola —saludé abiertamente.
—Hola, disculpa ¿Nightwing? —habló algo risueña —. Mi hijo te vio y... no se calmará hasta que no le hables —incluso hizo un pequeño gesto de disculpa —. Dice que tiene algo que preguntarte.
Me reí, los niños eran muy dulces.
—Claro, am, ¿se puede? —pregunté a los peluqueros.
Uno de ellos, con una voz que preferí ignorar, contestó:
—Cariño, la publicidad gratis es siempre bienvenida.
—Gracias. Hola amigo —agité mi mano tratando de hacerlo sentir cómodo. Con ayuda de la mamá, el niño entró en confianza y al establecimiento, acercándose a mí.
—¡Hola! —y su efusividad se cubrió de vergüenza. Aw, que tierno.
—Ven, siéntate —me corrí para hacerle espacio en mi propio asiento —. ¿Cómo te llamas?
—George.
—Ah, gran nombre. El mío es Dick.
—Lo sé. Eres Nightwing —comentó trepándose en la silla.
—Ajá —sonreí, pero borré el gesto al notar que una mujer que se hacía ondas empezó a grabar —. Regálame un segundo, George. Señora —hablé con un tono medianamente duro, no queriendo asustar al niño —, es un menor, igual que yo. A mí no me importa, pero pida permiso a la madre para grabar.
Sin ningún pudor, la mujer le hizo una seña a la cámara, que la mamá, aún algo apenada, aceptó.
—¿Y qué hacías por aquí, George?
—Comer un helado. Mi favorito es el de menta, ¿y el tuyo?
—Vainilla, pero me agrada el de menta —no era cierto —. ¿Y qué me ibas a preguntar?
—Pues... en mi escuela hay un niño más grande que yo y que me molesta a veces, ¿has peleado con niños grandes?
—Sí —dudé riendo, no eran exactamente niños, pero quizá valiera.
—¿Cómo haces para no tener miedo de enfrentarlos? Yo huyo —admitió con decepción de sí.
—No te sientas mal, a veces correr es lo mejor.
—Pero tú nunca corres —sus ojos eran verdes y grandes, me vio con tanta sinceridad que me sentí sucio. Yo estaba demasiado manchado para ser un ejemplo a seguir de alguien así de puro —. Tú no te asustas con nada.
Me reí entre dientes. Tendría que endulzar mis palabras para que el niño, y los que me vieran en la transmisión, se llevasen un buen consejo.
—¿Y quién te dijo que yo no me asusto?
—¡Brincaste de un helicóptero sin paracaídas!
—Pero tuve miedo en cada segundo que estuve en el aire —respondí con calma, sonriendo ligeramente —. Siempre hay miedo, George. Lo importante no es el no tener miedo, porque va a haber miedo, lo que vale es que no dejes que él te gane. Tú tienes que ganarle.
—¿Cómo lo hago?
—Siendo más fuerte que tu miedo. Y créeme, no es fácil, pero no hay otra manera. Oye, mira quién viene ahí.
—... ¡Superboy!
Kon-El, que entraba con Zatanna y una bandeja con lates, parpadeó confuso.
—Y Zatanna —y le susurré al oído, pero tan alto para que todos oyeran —: Ella es mi novia.
—¡¿De verdad?! —chilló.
Su mamá, feliz, lo llamó.
—Vamos Georgie.
—Aaah.
—Has caso a tu mamá —le indiqué —. Se un niño bueno.
—¡Sí! ¡Adiós Nightwing!
—Adiós George —lo vi agitarle la mano a Superboy y Zatanna, quienes lo despidieron sin entender —. ¿Mi café?
—Sí, un descafeinado con leche —Kon me lo tendió. Ambos se sentaron entre nosotros, con el escolta acomodándose para darle la silla junto a mí a Zatanna; ella jugó su papel y besó mi mejilla —. Chocolate con leche y galletas para ustedes.
—Sí, gracias.
—Gracias —los niños se adaptaron a la situación y fingieron.
—¿Viste los memes de Billy? —con fluidez, Kon me enseñó su teléfono, fingiendo que todo iba de perlas, bebiendo de su vaso.
«Sabes quién es el que manda cuando Superman suplica».
—Wow —sin hacerlo a propósito, Billy consiguió una pose muy altiva y elegante con esos seres sujetándole a Superman arrodillado delante de él —. Quedó como el más.
—¿Y no lo es? Miembro de la Liga desde los ocho años —comentó Zatanna —. Hay proezas que nunca se van a repetir, esa es una.
—Para algo crearon el Equipo, para evitar esto.
—Es relativo —consideré —. Tenemos cuerpos de niños y adolescentes, él no. Pudo engañarlos sin problema.
—Ya, pero el comportamiento, ¿cómo no lo notaron?
—A veces se crea un personaje, creyeron que era él sin salirse de su papel de bonachón, y que lo había desarrollado pensando en los niños.
—Grayson —me llamaron.
—¡Calvo! —pidieron de inmediato los Robin.
—Ja, ja —les hice una mueca y luego sonreí al peluquero, el mismo del hablado amanerado —. Solo desbastar y largo adelante. Gracias.
Les seguí la cuerda a Zatanna y Kon, deseoso de acabar pronto y huir del ojo público.
