Las cosas continuaban subiendo y bajando... o quizá debiera dejar de pensar en nuestra estabilidad pública y concentrarme en el vaivén de las caderas de Bárbara. Admirarla era paradisiaco, con su pequeña boca soltaba los sonidos más espectaculares, sus ojos idos y su frente arrugada con el placer eran hipnotizantes. Rara vez asumíamos esa posición porque yo disfrutaba enormemente tener el control y someterla, pero hoy de alguna forma terminamos evocando un clásico.
—Nena —la llamé en voz baja. Ella pausó sus lentos movimientos para mirarme.
La besé, ¿por qué la besé? Yo rara vez besaba, pero Bárbara... se estaba convirtiendo en un ser especial para mí. Era algo más que sexo y mentoría, me encontré a mí mismo fijándome más en sus gustos, pendiente de que tuviera lo que necesitara; a veces la dejaba elegir la emisora en el Batimóvil, lo que me significaba quejas por parte de los niños y miradas maliciosas de Dick.
Sus pequeñas, pero ásperas, manos se treparon desde mi pecho a mi cuello, abrazándome y volviendo a moverse. Recibí sus gemidos en mi boca, extasiado por lo placentero que fue, a pesar de la simpleza.
—Hoy... —no supe como continuar mi frase. Con una mujer diferente hubiese planeado una cita: cena o película, pero con Bárbara aquello no era una opción, era demasiado joven para que yo la mostrara en la calle —. Tomémonos la noche.
Eran las 4 p.m., o algo así. Íbamos a mediados de mayo, Dick pasaba cada vez más tiempo con Kon-El y Zatanna, con quien parecía haber vuelto.
—¿Podemos darnos ese lujo?
—Lo de Bane lo he investigado de todas las formas posibles, no hay rastro.
—Se le vio en su isla... ah —se hundió así misma hasta el fondo. Sonaba algo pervertido, pero mi pene, que ya era generoso, se veía gigante al lado de su pequeño cuerpecito. Sus pechos era la única señal de adultez de su cuerpo; de no ser por su gran busto nuestra relación no habría durado, pues de reojo parecía una niña.
No me resistí y la sujeté de la cintura, elevándola sin sacarla de mi miembro, frenándome en la punta. Sus ojos brillaron con diversión, expectante a lo que ocurriría. La bajé con fuerza, causándonos un gemido doble.
—Capucha está alerta, los informantes también. De haber movimiento, nos enteraríamos horas antes —repetí la acción, pero con más suavidad —. ¿Tienes algo que hacer?
—El Equipo se va a reunir, van a hacer un directo... ah, ellos... ahorita te cuento.
Sí, me callé y la ayudé a moverse. Nuestros orgasmos nos sorprendieron casi al tiempo, lo que generalmente no ocurría.
0oOo0
—¿Cómo haces para que tu papá no note que te gastas la mesada en moteles de lujo?
Reí y jalé la sábana de Zatanna. ¿Para qué mierda se cubría luego de haber cogido?
—Quítatela, por favor. No hay forma de ocultarlo, le llegan las notificaciones.
—Tengo frío —justificó su uso de la sábana —. ¿Tú no?
—Me agrada el frío —dije retirándosela de la parte superior de su cuerpo —. Tu piel es muy sensible, me excita verlo.
Sonrió e igual subió la sábana.
—¿O sea que Batman no te dice nada?
—¿Qué me tiene que decir? —me encogí de hombros cruzando las piernas, sentado desnudo en el lateral del colchón —. A veces, cuando hablamos del tema, me da un beso en la mejilla, me dice que me divierta y deja en mi baño una canasta repleta de condones.
—¿Enserio? —alzó las cejas.
—Ajá. Quítate esto —pedí con frustración.
—¿Qué más me quieres ver?
—Todo.
Ruborizada, me concedió mi capricho.
Aprendí de sexo con papá, de cierta forma lo imitaba con la curiosidad de saber si sus ocurrencias me gustaban o no. Esta vez, le dejé chupones a Zatanna en los pezones y en el vientre, en el cuello no se podía porque su nuevo uniforme la exhibía demasiado en esta zona, lo que me encantaba. Las piernas de Zatanna eran delgadas y atléticas, me gustaban un poco más gruesas, pero estaban bien, continuaban siendo preciosas.
—¿Qué tanto me miras?
—¿Te puedo tomar una foto?
—Olvídalo, Dick —rio.
Extendí mi mano y la acaricié.
—No siempre podemos vernos y tú me fascinas.
Zatanna se sentó con una mueca. Oh, le di duro, nos pusimos frenéticos.
—Lo que quieres es material para masturbarte.
—Pues sí.
Mi sinceridad le dio risa.
—Ok, Dick, pero que no salga mi cara.
¡Sí!
—Gracias mi amor —me incliné para besarla.
Describir a Zatanna era fácil: chica viciosa. Se mostraba algo dura, pero solo era insistirle, o quizás por ser su amante predilecto me daba esos gustos a mí. Zatanna me dio acceso a todo lo que le pedía, y no por consentirme, sino también por ella, porque le gustaba. En nuestra primera vez, de forma mutua, ella usó hechizos para que no nos agotásemos y practicáramos entre nosotros; usándonos, aprendimos de sexo oral, vaginal y anal. Experimentamos a lo loco con diferentes cosas, a veces nos lastimamos, pero fue un recorrido que yo no cambiaría.
Nos tardamos en separarnos del beso, con cualquier bobada nos encendíamos.
—Trae tu teléfono.
—Luego —susurré sobre su boca descendiendo en su mandíbula —. ¿Dónde mierda puse los condones?
—Creo que nos los acabamos —me sobó los hombros —. ¿No tienes una reunión con el Equipo?
—Es a las seis —busqué la mesita con productos del motel, allí había condones.
—Bueno. Eh, trata de tener más cuidado esta vez.
Me reí. Fuimos tan rudos rato atrás que el condón se me salió.
—Lo siento nena. No volverá a pasar.
0oOo0
—Guao —el ladrido agudo del perro me sacó una sonrisa. El animalito de metal, recubierto con una capa de tela que simulaba el pelaje de un pug, se sentó en mis pies.
—Va a ser un éxito en ventas —aseguré a Conner.
—Eso espero, Billy. ¿Dónde estará Dick? Quedamos en vernos aquí a las 6 —miró el reloj de su teléfono por cuarta vez —. Es raro que llegue tarde.
—¿Y qué es lo que van a hacer?
—Un en vivo con el Equipo y la despedida de Artemis y Wally. Los de relaciones públicas nos lo sugirieron, ya que el Equipo permanece oculto. ¿No quieres venir?
—No soy del Equipo.
El clon se encogió de hombros.
—Le caes bien a la gente.
Recostándome en el espaldar de su sofá, negué.
—No gracias. ¿Puedo quedarme aquí a ver una película? La Liga no me deja ver las de Chucky.
—Claro... ¡hasta que por fin!
—Lo siento, lo siento. ¿Lo traes? Hola Capitán.
—Hola.
—Sí. Ten —cogió al animal —, mete al perro en la caja, no demos spoilers.
—Seguro. Vamos, ya tengo la dirección. Es junto al parque de Metrópolis.
—Ok. Adiós Capitán.
—Adiós Billy.
—Chao —sacudí mi mano, con la otra movía los botones del control remoto, buscando la original de Chucky en el servicio de streaming. Una vez la voz del transbordador indicó que el par de muchachos se marcharon, solté el control y me paré del asiento.
Lo peor del trauma eran las adicciones que dejaba: alcohol, drogas, auto lecciones. Combatir los pensamientos suicidas era un trabajo de tiempo completo, mis pequeños casos de depresión eran realmente milagrosos, migajas para alguien con mi vida.
—¿Será qué...?
Conner mantenía un alijo de alcohol abundante, él ni lo volteaba a ver, no notaría que le faltaba algo.
No, Batson no.
Si lo peor del trauma era la adicción, lo peor de la adicción era el gusto. El licor quemando bajo mi garganta me generaba el mismo efecto de añoranza que el de un hombre que olía de casualidad, años después de su muerte, el perfume de su abuela. Era embriagador y... gentil. Mi infancia estaba en las botellas de licor, ¿qué podía hacer yo? Esa era mi vida.
Brandy, coñac, vodka, aguardiente, sake, tequila... lo que se imaginase, estaba en la nevera de Conner.
El señor Wayne iba a estar decepcionado.
0oOo0
—Pero miren, si son los ingenieros —el grito burlesco de Wally llamó la atención del Equipo sobre nosotros.
La idea era codearnos de las demás personas en una pizzería genérica, grabar el en vivo, dar a conocer a nuestro perro, la compañía de tecnología que creamos y la despedida de nuestros dos amigos. ¿Qué pensar de la decisión de Wally y de la forma como Artemis cedió ante sus presiones? Era... inusualmente similar a una traición bañada en cobardía.
—Hey chicos —mi sonrisa no vaciló al ver a Lagoon Boy. Creí que seríamos los miembros originales, sin los nuevos. Un momento, no eran los nuevos, solo Lagoon —. ¿Ya empezaron?
—Sip, digan «hola» —nos apuntó Wally con un teléfono.
—Hola —saludé amablemente, Kon les sonrió incómodo. Dado que aún continuábamos algo lejos del grupo, en la entrada de la semi vacía pizzería, me incliné para chocar mi hombro con el de mi amigo.
—¿Qué?
—Tengo un par de fotos que te alegrará la noche —para que constase, le pedí permiso a Zatanna de mostrárselas a Superboy. Ella accedió porque su rostro no aparecía —. Ayúdame a tapar con tus manos.
—¡Oe! —Artemis nos frunció el ceño.
—Ya vamos —contestó Kon cumpliendo mi petición. El rostro se le transformó al ver la primera foto de cuerpo entero, sin cabeza, obvio —. ¿Quién es?
—¿No te dije que te alegrarían? Tienes sonrisa de niño en navidad.
—¿Puedo pasarlas?
—Rápido.
Después de verlas, eran nueve, Kon se sentó con una gran sonrisa frente a Megan y su novio, quien se ganaba todas las miradas de los curiosos que se asomaban fuera de la pizzería. ¿Por qué le dejaron a Kon ese puesto? Yo no tenía idea, pero su buen humor le bajó los humos a ese par de amangualados, así que para mí estaba perfecto. De lo que le entendí a Kon, Megan usaba de más sus poderes marcianos; a mí en lo personal me inquietaba.
—¿Qué tanto veían?
—Nada, Arti, unas fotos de una... amiga que me llegaron.
Kaldur resopló y Wally rió.
—Esas amigas tuyas... ¿por qué nunca me has dicho sus nombres?
—Oye, tú eres hombre castrado, digo, casado —me mofé —. ¿Pidieron pizza?
—Wally ya se acabó la que había, ahora llega la otra. Los chicos atlantes no pudieron venir, Batgirl no contestó, ¿dónde está?
Horas y horas de fortalecimiento mental para no soltarme a reír con la respuesta que daría.
—En un entrenamiento especial con Batman.
Kon apenas disimuló su risa de pecho fingiendo ver un meme. Mi amigo kriptoniano no superaba que Bárbara y papá intimasen; yo lo entendía, era demasiado extraño, no precisamente malo, pero... con esa frase de doble sentido que empleé, sí daban ganas de reír.
—Lo siento —se disculpó el clon tratando de entrar en sus cabales. Compartimos una mirada divertida que no pasó desapercibida. Wally frunció el ceño, él se mostraba cada vez más celoso de Kon, tal vez sentía que lo desplacé como mejor amigo, lo que no se alejaba mucho de la realidad. Wally era incondicional, pero con lo que hizo, renunciar a ser héroe, me enseñó que él no estaba dispuesto a darlo todo por el deber, contrario a Kon. Era una cuestión de preferencias, el ir al parejo en la misma línea; Wally se salió, igual que Roy, así que tendría que buscarme unos amigos que perteneciesen más a mi mundo.
—¿Van a contarnos qué es lo que traen en esa caja o qué? Las personas lo están preguntando.
Palmeé la caja cerrada sobre las piernas de Kon.
—No, no, después. Dijeron que íbamos a jugar y a hacer retos.
—Bueno... oh, la comida.
Una pizza de pepperoni enorme apareció haciéndonos agua la boca; yo estaba hambriento. Compartimos un par de historias para dar contentillo a la gente, Wally y Artemis contaron sus planes y como consiguieron en oferta una casa para mudarse juntos a Palo Alto, California, donde estudiarían física y biología humana respectivamente.
Lagoon Boy encantó a las personas contando un par de historias de la Atlantis junto a Kaldur, Megan se les unió hablando de Marte, pero no me dio la impresión de que hubiese tenido mucha aceptación. No, las personas no superaban el hecho de su elevada edad.
—Después de Aqualad, Nightwing es nuestro líder —notificó Wally alegremente en algún punto.
—¿Por qué no les cuentas cómo terminó la única misión que lideraste? —me burlé.
Wally se sonrojó y hundió los hombros.
—Viejo, no me molestes más con eso —yo reí fuerte — Oh vamos, tus liderazgos fueron peores.
—En ninguno de los míos un gorila con semiautomáticas abrió fuego.
Los demás se unieron a mi risa.
—¡Hey! Eso también nos pasó en la misión de la India —alegó el pelirrojo —. Y el líder fue el Capitán Maravilla.
—Tenía 10 años, dale crédito. Oye, que recuerde, Billy no era el líder, solo nos acompañó. —lo defendió Artemisa —. Además, fue una época de disputas entre nosotros, cada uno tomó su lado.
—... la gente quiere saber por qué —informó Kaldur, quien sujetaba el teléfono que grababa.
—Am, no siempre estamos de buenas —respondí acabando con mi quinto trozo —. Se dieron ocasiones en las que quisimos matarnos entre nosotros, pero estos roces son cosa del pasado.
—Jum.
Miré a Lagoon Boy.
—¿Algo qué agregar, Lagoon Boy? —lo reté sutilmente.
—El Equipo tiene en estos días algunos inconvenientes, no deberías decir que fue cosa del pasado.
—Celos infantiles no se pueden comparar a la disputa de aquel entonces.
—¿Celos? —la rubia miró entre nosotros.
—¿Por qué no le aclaras tú a Artemis? —le sonreí con falsa amistad.
—No son celos, es que es injusto. Nosotros somos miembros del Equipo y tenemos misiones de bajo nivel, y este chico nuevo, que se halla entre los que aún no entran, sí consigue misiones con Superman, el Capitán Átomo y Batman. No es correcto, hay una línea de mando.
—¿Hablan de Azul?
—Sí —me enfoqué en Lagoon —. Por supuesto que hay línea de mando y el grupo de niños que por ser tan jóvenes no pueden ingresar al Equipo son el más bajo escalafón, pero no podemos ignorar las habilidades de cada uno. Mi hermano Red Robin ha participado en más misiones que ustedes y yo no los escucho quejándose contra él.
—Es diferente, Dick —intervino Megan a favor de su novio —. Es el hijo de Batman, claro que tiene misiones y contactos, pero este chico Azul, ¿quién es él? Ni siquiera posee mentor.
—Un motivo más para interesarnos en su formación, señorita M. Las habilidades de Azul son únicas, por eso lo he recomendado. Entiendo que los novatos que sí son miembros del Equipo se sientan mal, pero ¿para qué te recomendaría a ti con Batman o Superman, Lagoon? Tienes un campo de trabajo, eres muy bueno en eso, pero no vuelas, no piloteas y no eres exactamente hábil con el camuflaje.
—¿Y ese chico esquizofrénico sí?
Mi vientre se contrajo de la sorpresa.
—¡¿Cómo te atreves a meterte con su enfermedad?! —se apresuró a alzarle la voz Kon. Las personas dentro de la pizzería estaban inquietas con nuestra discusión.
—Sabes algo, Lagoon. Azul es una gran ficha, se maneja en los tres niveles, puede hacer tu show de electricidad mil veces mejor y aún tener una variedad de armas que dan miedo —Megan y Kaldur me fruncieron el ceño, ofendidos —. Todos sabemos que lo insultas a cada oportunidad, lo que es bastante patético porque es un niñito tímido de 13 años que no te ha hecho nada.
—Es porque es raro.
—¿Te has visto a un espejo? ¡Eres verde con gris!
—Cambien de tema —nos ordenó Kaldur llamando a una camarera —. Mejor paguemos la cuenta.
—Yo oí que nos iban a invitar —bromeó Wally tratando de aligerar el ambiente. Le sonreí.
—Claro —busqué en mi billetera mi tarjeta de débito, en la cual papá depositaba mi mesada —. ¿Cuánto fue?
—78 dólares por las dos pizzas completas y las tres gaseosas.
—Ok —le tendí a la mujer la tarjeta.
La sonrisa educada de ella se fue al ser rechazada mi tarjeta.
—Lo siento, no hay fondos.
Todos nos quedamos en silencio. ¿Qué?
—¿Cómo así? Ahí mi papá me da mi mesada. Vuelva a intentar —pero no funcionó, no había fondos.
—Pagamos nosotros, no te preocupes —me dijo Artemis buscando en su bolso. Todos se hurgaron los bolsillos.
—No, es que... es 12, papá me consigna el 1 y el 15, ¿por qué no tengo fondos?
—Pues te la gastaste, idiota —dijo Superboy.
—Yo aun no entiendo cómo haces para acabarte tu mesada —comentó Wally.
—Gastando, Wally —dijo con tono de «duh».
—Viejo, ¡son 15 mil dólares! —pronunció cada sílaba con énfasis.
—¿Cu-cuánto? —jadeó Artemis con risa.
—¿En qué usaste tu mesada? —preguntó Kaldur con lentitud.
—No recuerdo —saqué mi celular —. En la aplicación del banco debería decir que... oh. Sí, ya sé en qué me gasté el dinero —sonreí apretando los labios, apenado.
Kon y Wally se acercaron a ver. El clon de inmediato empezó a reírse.
—Pero ¿cómo no te la vas a acabar?
Wally, con la boca abierta, siguió leyendo mi información bancaria.
—¿Te gastaste 7 de los grandes en un motel? —resoplé sin hallar respuesta. Oh, mierda, eso iba en vivo. Jason iba a carcajearse hasta morir —. ¿Hoy? Viejo, ¿desde las once de la mañana estuviste cogiendo?
Empecé a reír sin parar. Entre Kaldur y Lagoon Boy contaron el dinero para pagar a la camarera.
—Pues sí, supongo que sí.
—¿De ahí sacaste las fotos de...? —Kon señaló mi celular.
Asentí retirándoselo de las manos a Wally.
—Una de mis buenas amigas.
—Ja —el velocista, rodando los ojos, se devolvió a su asiento.
—Supongo que se me fue un poco la mano, generalmente manejo mejor la contabilidad.
—¿A quién llamas? —preguntó Megan.
—A papá, voy a ver si me puede adelantar algo.
Ellos bufaron con indignación y humor.
—Amigo, te quedan 20 dólares, sobrevive.
—Déjalo —Wally tomó la cámara y la enfocó en mí —. Ilústrense, el capitalismo en acción.
—Shh —lo miré mal. Papá contestó.
—Hola Dick —me sacó un poco de onda su tono calmado.
—Hola... ¿qué estás haciendo?
—Nada.
—No molestes, Dick —era Bárbara.
—Ah, hola. Siento haber interrumpido. Murciélago, me quedé sin fondos, ¿crees que puedas adelantarme algo de mi mesada?
—Mi teléfono me avisó, ¿te divertiste?
—Sí —sonreí ante su tono amoroso.
—¿Cómo han ido las cosas en Blüdhaven?
—¿Blüdhaven? Am, bien. El crimen ha disminuido 27% en el último trimestre.
—Gotham ahora puntea entre las mejores ciudades, gracias a ti. ¿Qué hay del Equipo?
—He hecho dos misiones internacionales y cinco locales en el último mes —me encogí de hombros ante las señas de pregunta de mis compañeros. Tampoco supe cuál era el punto de papá —. Y el entrenamiento con Azul va bien.
—¿La empresa?
—Ya hay ejemplares para vender, falta la inauguración. ¿Por qué?
—No, es que he estado pensando en darte un aumento.
—¡¿Enserio?! —sonreí ampliamente.
—Sí, te lo has ganado cariño. Ya te transfiero.
—¡Gracias papá!
Colgué alzando los pulgares.
—¿Si te va a adelantar? ¿Y por qué tanto interrogatorio?
—Me va a subir la mesada. ¿Acá hay baño? —pregunté a una camarera.
—Sí señor, al fondo.
—Gracias. Ya vengo.
0oOo0
—¿Por qué tienen esas caras? —le pregunté viendo desaparecer a Dick por el pasillo trasero de la pizzería.
—Conner, ¿no te parece que Batman lo malcría mucho? —tanteó Megan.
—Yo crecí con él —intervino Wally —. Siempre ha sido así, lo que Dick quiere se lo dan, pero consideremos igualmente cuánto le exigen.
—Eso es cierto —asentí.
—¿A qué te refieres, amor?
—Nena, Dick trabaja con su mentor en Gotham, pero también cuida en solitario a Blüdhaven, es miembro fundador del Equipo, da mentoría a uno de sus miembros, hace misiones, coordina actividades, entrena a sus hermanos y participa en misiones con miembros de la Liga, ahora está fundando un negocio, todo esto sin baja su promedio escolar de 10. Batman es un tipo muy equilibrado, muy justo; él ve la cantidad de cosas que hace Dick, el hecho de que es perfecto en todo, yo a Dick no le conozco errores, entonces... —alzó los hombros —, le da lo que le pida.
—¿Cuántas horas entrena Nightwing? —preguntó Lagoon Boy.
—Cuatro.
—Seis.
Wally y yo chocamos visualmente.
—¡¿Seis?! ¡¿Se lo subieron a seis?!
—¡¿Él hace seis horas?! —Artemis no se lo creía —. Yo solo hago tres. Digo, ¿estamos contando la patrulla?
—No. Entrena seis horas en la mañana sin pausa y en la noche patrulla.
—Viejo, él patrulla como cuatro horas. ¿Diez horas de ejercicio diarios? Eso es mucho.
—¿Qué es mucho? —Dick los sorprendió llegando con sus manos húmedas.
—¿Entrenas seis horas? —le cuestionó Megan.
—Ah sí, ¿por qué?
—¿Y cuánto patrullas?
—No lo sé, cuatro, cinco horas. ¿Qué con eso?
—Eso... ¿no es excesivo?
—No —se encogió de hombros sentándose en su silla —. Papá hace ocho horas y cinco de patrulla, Bárbara entrena cinco horas, mis hermanos igual.
—Sí, pero yo siempre creí que cuando decías ocho horas te referías a entrenamiento y patrulla, no solo entrenamiento —alegó Wally —. Oye, hoy que fuiste al motel, ¿entrenaste?
—Claro. Tú sabes que yo no tengo vacaciones, siempre hay que cumplir el entrenamiento.
—¿Y días libres?
—Sí, como hoy, aunque si salimos temprano igual iré a patrullar. ¿Vienes conmigo, Kon?
—Seguro.
—Espera, espera, espera —Wally alzó las manos —. Seis horas de entrenamiento y... ¿a qué hora saliste del motel?
—A las 5:40 p.m.
—Casi siete horas, más las seis de entrenamiento, ¡son trece horas!
—Las siete horas las puedes reducir a cinco —consideró Artemis —. Nadie le da sin parar por siete horas.
Dick le enseñó los dientes.
—¿Bromeas?
—Llevé ocho condones y tuve que comprar más, los gasté toditos.
—¡¿Con qué clase de loca fuiste?!
Dick rio tanto que tuvimos que esperarlo.
—Mejor ya hablemos de otra cosa, me van a crear mala fama.
—¿Mala? Joder, ya te tildan de ídolo sexual.
Mi amigo se volvió a reír.
—Kon, mejor muestra a ese perro.
—¿Ahora sí nos van a contar de la empresa?
—Sip —dudé si sacar al cachorro o realizar una pequeña intervención primero —. Señor gerente, explique un poco de la empresa.
—Ok —sacudió su cabeza tratando de relajarse —. BKD s.a. es una empresa con fines de lucro fundada por tres personitas —nos señaló —, cuyo objetivo es crear tecnología accesible empleando el reciclaje que se obtenga del mar y el océano.
—¿Qué significa BKD?
—Nada, son las iniciales de nosotros tres. B de Billy Batson, K de Kon-El y D de Dick Grayson.
—¿Billy Batson? ¿El Capitán Maravilla?
—Sí.
—¿Qué pinta él en esto? —curioseó Artemis —. Ustedes son quienes producen y ponen el capital.
—¿Es chiste? Todo esto es idea de él —revelé —. Billy desarrolló todo, literal nos dice que hacer y nosotros solo obedecemos.
Ellos alzaron las cejas con asombro.
—Oiga, es una empresa tipo Sociedad Anónima, ¿cierto? ¿No se necesita de mínimo dos socios mayores de edad?
—Sí, pero un juez validó que yo fuese socio luego de un par de firmas de Bruce, con Billy tocará esperar, mas se le considera miembro. Nuestro plan inicial es ofrecer esto —palmeó la caja —, un robot que funja como mascota, pero también como una ayuda a las labores de la casa.
Yo abrí con cuidado la caja, extrayendo de esta el pug.
—Ahora está apagado, pero bastan con poner un dedo en su nariz para despertarlo.
El perro los sorprendió a todos abriendo los ojos y ladrando. El animal se rascó la mandíbula con la pata y dio un par de pasos sobre la mesa antes de sentarse.
—Llevémoslo afuera —propuso Dick.
0oOo0
El directo lucía divertido, enseñaron al perro limpiando y recogiendo, el cómo cargaba sus baterías y demás cuidados del animal. Le pedí a Dick días antes que resaltara el no uso de una cámara por motivos de seguridad y ese dato fue muy bien acogido, tal como predije.
Nuestra estrategia de comparar precios para el pug, 100 dólares o 700 billetes, funcionó: si se organizaba un paseo al mar de Gotham dos veces al mes para extraer basura reutilizable, y el resto del mundo donaba plástico y celulares viejos, el perro se quedaba a 100 dólares. Nuestra página, dada a conocer por ellos, empezó a recibir cuestionarios de participantes que deseaban ayudar tanto al mar como a mantener un precio accesible.
Quizá debí ir con ellos, pero...
Di un último sorbo a la botella de vodka y la devolví al puesto. Fueron tres miserables sorbos, insuficientes para siquiera marearme, no obstante, me tranquilizaron lo suficiente para que yo caminara fingiendo estabilidad mental en los pasillos de la Atalaya.
—¡Billy! —el grito de Flecha Verde me hizo sonreír; él y sus juegos —. Tengo planes y te incluí en ellos.
Los demás miembros lucieron divertidos con aquella declaración.
—¿Qué será esta vez? ¿Competencia de baile o apuestas de póquer?
—¡¿Qué?! ¡Oliver!
El señor Queen palideció ante el grito de Canario.
—Él bromea —corrió hacia mí, cualquier ruta lejos de su novia era bienvenida —. Cierto, le enseñé a distribuir la baraja, pero no hubo apuestas... —Canario puso sus manos en sus caderas —, está bien, pero con gomitas y chocolatinas... y unas cuantas monedas. Pero te juro que lo de hoy no es nada parecido. Tenemos que irnos. Di adiós Billy.
—Lo controlaré, Dinah —prometí yendo tras él.
—Chico, ¿quieres ver rodar mi cabeza? —me regañó con buen humor el señor Queen.
—Lo siento —sonreí —. ¿A dónde vamos?
—A una fiesta privada, necesito coartada —me guiñó un ojo.
Fiesta privada significaba que se dirigía a engañar a Canario Negro. Yo fui cómplice de semejante acto en repetidas ocasiones, al principio por desconocimiento, luego por andar aburrido. El señor Queen organizaba reuniones privadas con unos pocos amigos y unas bailarinas exóticas, se sentaban a beber y jugar a las cartas, yo me ahogaba en helado y los observaba mover ases bajo la mesa. Naturalmente, Canario desconocía todo esto, la excusa que Flecha Verde empleaba era que me estaba entrenando como arquero, lo que no era mentira. Incluso me hizo un traje que yo aún no estrenaba.
Canario Negro no era idiota, ella sabía que el aprovechaba para fumar y beber en esos ratos a solas, pero creía que solo era eso, no que se revolcaba con prostitutas de elite.
—¡Oliver! —los amigos de traje del rubio nos recibieron en un ático de lujo en medio de la gran ciudad, New York —. ¡Capitán! —me recibieron con mucho aprecio, bromeando de mi título colocando una mano en la frente, a modo de saludo marcial.
—Hola Tommy, hola señor Nickles —no, no era mi viejo profe de matemáticas, sino un empresario amigo del señor Queen.
—Hombre, ¿tú eres miembro de la Liga o algo así? —preguntó Tommy sujetando al rubio por sus hombros —. Siempre te lo traes, no es que no nos agrade —me aclaró —, pero es raro que te lo presten.
—Es Flecha Verde, tienen la misma barba —razonó con mofa el señor Nickles.
—¡Qué va! No digan sandeces, ¿yo un héroe? ¡Si le temo a las alturas!
—Lo mismo decía Wayne.
—Nah, ni de cerca a la realidad. Lo que pasa es que el capi y yo nos llevamos bien y le agrado a la Liga.
—Bueno, a cualquiera le cae bien un sujeto que le dona millones y millones.
Nos reímos todos juntos y avanzamos. Eran las mismas tres prostitutas de las otras veces: Sara, castaña, Stephani, morena, y Susan, rubia. De por sí ellas me amaban, pero con el asunto de mi identidad me recibían aún mejor, peleándose por abrazarme. Los dos sirvientes que siempre atendían ese asunto privado ya sabían de mi presencia, yo era la única forma de que el señor Queen se escapara de su muy conocida novia Canario Negro, por lo que me esperaban con una copa de helado de vainilla y chocolate líquido.
—Señoritas, ya venimos. Cuídenme al niño.
—No se preocupe, señor Queen.
Me senté con ellas en el sofá a comer mi helado.
—¿Cómo han estado chicas?
—Ahí más o menos, Billy —Sara hizo una mueca. Ella era la que tenía más busto —. La recesión nos ha golpeado, pero estamos bien.
—¿Y qué tal tú? ¿Y la escuela?
—Va bien, pronto se va a acabar.
—Sí y en verano tal vez te podamos ver más —dijeron risueñas —. Solo nos encontramos una vez al mes.
—Bueno, eso no depende de mí, sino de ese trío de vagos. Convénzanlos a ellos y yo estaré aquí —llevé la cuchara repleta de helado a mi boca —. ¿Y sus clases de baile?
—¡Magnífico! —sonrieron brillantemente. Eran buenas chicas, sin proxenetas explotadores —. ¿Qué opinas tú?
Stephani puso algo de música, electrónica genérica, y el trío me bailó. Yo conocía esas danzas, medio las aprendí, a los viejos verdes les enloquecía.
—A mí me gusta.
—¡Uy! —gritaron atrás —. ¿Cómo las convenciste de bailar? Nosotros tenemos que darles trago antes —se burlaron.
—Mañoso que es uno, señor Queen.
Les agradaba, sí, mas los clientes eran ellos. Las prostitutas me abandonaron a mi suerte en el sofá para irse a entretener a sus amantes; con cocteles viniendo, ellos se relajaron en su mesa verde de cartas. Yo me encogí de hombros y me acabé mi helado, recostándome en el sofá a ver memes desde mi celular. El directo continuaba, los chicos estaban haciendo bromas.
Wally, Kon y Dick estaban entre ellos estirándose los brazos, pero sin tocarse.
—Veamos —Kaldur leía de un teléfono —, primera condición de los mejores amigos, hacer una pijamada gamer —Dick chocó manos con Conner y Wally —. Segunda condición, haber iniciado un emprendimiento juntos —volvieron a chocar las palmas —. ¿En serio?
—De pequeños Dick y yo les vendimos postres a la Liga para reunir dinero y comprar Nuggets de pollo y entradas de cine los fines de semana.
Los jóvenes héroes vieron con extrañeza a Dick, quien se justificó:
—Me daba pena pedirle dinero a Bruce.
—Crisis que obviamente solucionaste. Ok, tercera condición, haber compartido mutuamente a una chica. Esta creo que no... —Kaldur se quedó con la boca abierta al ver a Dick y Conner, muertos de la risa, chocar las palmas. Ahí sí todos soltaron la quijada.
—¡¿Qué?!
Pero los dos no pudieron contestar.
—Billy, necesitamos una mano inocente que reparta las cartas.
Fue entretenido ver sus apuestas descaradas, ellos me dejaban participar y me enseñaban que hacer; gané 20 dólares antes de retirarme a la cocina para que ellos empezaran a mover dinero de verdad. Las chicas, que jugaban y los entretenían sirviendo más licor, me acercaban cocteles de frutas y soda, creados solo para mí.
Conforme llegó la noche, las caricias se convirtieron en besuqueos descarados que se solucionaban en las habitaciones. Para su mal, al señor Nickles le entró una llamada de su esposa que lo hizo salir corriendo, dejando a Stephani libre y aburrida, sin nada mejor que hacer que revisar su maquillaje.
—Así estás muy bonita —le dije.
Ella, halagada, me lanzó un beso.
—¿No te aburres?
—No, hay caricaturas.
Yo me entretenía con Jorge El Curioso, un gran programa. Stephani se sentó junto a mí, su pronunciado escote quedó a la altura de mis ojos, me costó verla al rostro.
... oh, interesante. Me atrajo su busto.
—Mi hermanita ve esto —comentó alegremente. Ni ella ni yo éramos ingenuos, ambos captamos el desliz de mis ojos —. Prefiero los Backyardigans.
—Me agradan —dije incómodo, mandando la vista al frente. Terminé cubriendo mis ojos, avergonzado. ¡Qué pena con Stephani!
Ella no habló, pero se acercó a mí con un gesto amable y besó mi mejilla.
—Tranquilo.
—Lo siento —dije veloz —. Lo siento —repetí anonadado. Tal vez el hecho de conocerla ayudó, pero no me sentí tan raro teniéndola así de cerca. Bueno, las mujeres en general no me despertaban tanta sospecha como los hombres, excepto si yo estaba alterado, entonces no dejaba de reproducirse en mi mente la tortura de la señora Taylor.
Era sexista, pero las mujeres eran bondadosas y maternales, incluso las más toscas poseían empatía; pero cuando una mujer era mala, el infierno se le quedaba pequeño.
—He escuchado de tu pasado —mencionó suavemente —. ¿Te gustan las mujeres?
Giré mi cuello, mas solo vi a los dos sirvientes trasteando en la cocina, a unos diez metros.
—Sí, eso creo. Trato de no pensar en el sexo.
—Me violaron de pequeña, un tío —aclaró —. Mi trauma se fue al obtener el absoluto control de mi cuerpo.
—¿No intentaste otra carrera?
—Lo hice, pero de alguna manera mi mundo...
—Terminaba volviendo al punto de inicio —compartimos una sonrisita —. Sí, sé que es eso.
—Pero estoy ahorrando —contó con esperanza —. Estudiaré pedagogía y me haré maestra. Tú también tienes en tus manos tu destino, Capitán Maravilla.
—Supongo —me le quedé viendo. En el fondo, Jorge El Curioso jugaba con su amiga ardilla —. ¿Sería ilegal si me dieras un beso?
—¿Un experimento al estilo del que hiciste con Batman? —asentí —. En tu cuarto.
Tan esperada era mi presencia en las veladas del señor Queen que mi cama aguardaba tendida en la habitación más al fondo del ático, de modo que yo no oyese la batalla campal de las otras recámaras. Me cohibí de una forma horrible, pero hermosa. No temía de ella ni de su tacto, estaba nervioso por estar frente a una mujer de revista y quedar en ridículo.
¡Maldita sea! ¡Me comporté como un adolescente normal! ¡Sí!
—¿No te sientas conmigo? —alzó una ceja, fascinándome adrede. Me senté tratando de no reír.
—Mierda, creo que enserio me gustas —dije sin tapujos.
Stephani soltó una risita; sus labios iban de color vino.
Me quedé quieto y ella se acercó con sensualidad. Alcancé a tragar nervioso antes de sentir su boca sobre la mía. No lo podía comparar con el beso del señor Wayne, pues no fue tan gran al grano. Resultó atrayente y mi boca, que sí que sabía besar, se me obligó a aprender, reaccionó a los estímulos de Stephani.
No tuve que pedírselo, ella me volvió a besar.
