Sakura7893: Elemental, mi querida Watson. No, pero sí, en este capítulo aún no se menciona, pero se viene severa pelea que va a descubrir un par de secretitos de la Batifamilia. ¿Adivinan cuales podrían ser?

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A diferencia de muchas personas, yo no despreciaba las corbatas. Se podría decir que incluso me agradaban.

«¡Es criminal lo que él hace con estos niños! ¡Criminal! Un adolescente de 16 años en un motel, un infante; y los niños de 9 y 11, unos bebés, muy tarde en la noche codeándose con mugre y violencia. ¡Es criminal!»

Tendría que establecer unos límites para mí: ver noticias, enterarme de la perspectiva del mundo sobre nosotros y desarrollar una estrategia que me ayudase. Los en vivo ayudaron, era algo extraño hablarle a una cámara, pero podría usar más las redes sociales.

—Estoy listo —anuncié bajando con el uniforme de Gotham Academy. Bárbara, mis hermanos y yo nos presentaríamos para unos exámenes que nos permitirían ascender de curso y a Bárbara graduarse. No implementé mochila, ¿para qué?, los lápices y sus complementos viajaban a salvo en mi bolsillo.

Papá prohibía expresamente los audífonos y los teléfonos en la mesa, retomé mi recolección de información camino a la limosina.

«¿Cómo esperan que no sean violentos? Su día a día gira entorno a la violencia.»

«Yo sé que soy famosa por mi boca sucia y por mis palabras vulgares, pero yo no estoy de acuerdo que un menor de edad tenga relaciones. ¿Y si la chica quedase embarazada? Grayson, pues sí, conoce de medios de seguridad, pero ¿qué tan seguro se maneja con ellos? Una cosa es hablar de condones, todo el mundo sabe la teoría de un condón, mas la cantidad de hombres que aprenden a colocárselos es reducida. Siendo un adolescente, yo dudo sinceramente que Dick sepa la forma correcta de emplear un condón, que tenga sexo es peligroso tanto por un embarazo no deseado como por una enfermedad.»

Lo del condón sí me interesó, la embarré con Zatanna y a veces el látex me quedaba con aire por dentro.

«Los niños de esta generación crecieron con la pornografía, tanto que esta se ha integrado a la cotidianeidad. Nadie ve raro o anormal que un adolescente chequee páginas pornográficas sin supervisión, pero la psicología ya ha aclarado que el ver sexo a tan temprana edad genera trastornos.»

El temita del sexo no cambió.

«Desde febrero tenemos conocimiento que Dick, y posiblemente sus hermanos, han visto a su figura paterna tener relaciones sexuales con criminales, las llamadas villanas. ¡¿Cómo es que las pruebas psicológicas arrojaron que son niños sanos?! ¡No son sanos! Ver a un padre tener sexo es abuso sexual, es igual que si Wayne los hubiese violado.»

Pregunté a papá si hice mal al hablar de mis actividades de la tarde, yo de verdad no vi problema; papá me tranquilizó, diciendo que no era algo malo.

Yo solucionaré esto, Dick. Lo importante es que te hayas divertido y cuidado.

—Arribaremos al colegio en cinco minutos, señor Grayson.

—Gracias.

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Papá sospechaba. Me despertó temprano y me enseñó mis píldoras anticonceptivas, las que extrajo de mi bolso.

¿Para qué necesitas esto?

... tengo 18 años, papá.

¿Wayne te ha ordenado acostarte con alguien por información?

No, eso solo lo hace Dick.

¿Por qué?

Porque Dick es un perro y es excelente en el lavado de cerebro. Siempre obtiene la información.

¿Tienes novio, Bárb?

No papá.

¿Entonces?

Es complicado. Tenía curiosidad.

¿Él se cuidó?

Sí papá.

No le mentí, Bruce usó condón la primera vez, aunque yo ya tomaba la píldora; existía una enfermedad sexual que afectaba a los hombres y que era causada por coincidencia en la primera relación sexual de la mujer.

Así que sí, papá supo de mi vida sexual. Él era un detective, reduciría mi círculo de amistades y daría con el culpable. Papá era magistral en su trabajo, me iba a descubrir.

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No era requerida mi presencia en aquella reunión de Wayne Enterprise, pero asistir al edificio me daba acceso a dos objetivos muy claros. El primero lo cumplí al verme rodeado de paparazis en la entrada.

—Señor Wayne, ¿alguna declaración respecto al amplio catálogo sexual de su hijo Dick?

Alcé una ceja.

—¿Amplio catálogo? Ha tenido dos novias, ¿eso es un amplio catálogo? Entonces lo mío es una enciclopedia de 50 tomos —los hice reír, mas yo no perdí mi seriedad —. En Alemania y gran parte de Europa, los padres les preguntan a sus hijos de 14 años sobre cuándo traerán a su novio o novia a dormir. Y sí, se refieren a sexo, de frente y sin tapujos. Los muchachos tienen curiosidad, negárselos es estúpido, más lo es tratarlos como a idiotas. Dick no está siendo imprudente, yo conozco a la muchacha con la que salió ayer.

—¿Es cierto que él tiene amistades con las que practica sexo?

—Sí —asentí —. Son tres mujeres, dos cumplieron la mayoría de edad, pero fue hace muy poco, Dick las conoce desde que es un niño, yo sé perfectamente quienes son sus parejas. No hay riesgo de ningún tipo, Dick me pide permiso en cada ocasión.

—¿Considera usted que Dick es un hombrecito? Me refiero a ser un niño que fue forzado a crecer.

Lo medité un segundo.

—Dick vino a mí con una crianza gitana conservadora rodeado de trabajo duro, convencido de que se casaría con una chica a los quince años y que debía aprender un oficio para mantenerla. Creo que lo más difícil, fuera de la muerte de Jason, fue el superar que su familia de sangre sí renegó de él y que lo desterraron por el hecho de que se mudó con un no gitano, sin importarles nada más que este estúpido motivo. Dick aún tiene sus ahorros para la dote que le daría al padre de su prometida, trabajó por esa suma hasta hace muy poco y no aceptó dinero de otra forma, tenía que provenir de él. Alcanzó a reunir 30 mil dólares antes de darse cuenta que jamás usaría ese dinero —sonreí con tristeza —. Así que sí, mi hijo es un hombrecito, pero en eso yo nada tengo que ver.

—¿Usted no lo desalentó? ¿No lo llevó con un psicólogo?

—¿Cómo le dice usted a un niño de 11 años que su familia no lo quiere y que preferirían que estuviera muerto antes que con ellos? —me encogí de hombros —. Para que conste, cuatro psicólogos lo intentaron, pero Dick se negó a aceptarlo.

Ellos hicieron un momento de silencio. Una mujer tomó la palabra.

—¿Dick cree que es correcto comprar a una chica como si fuese una mercancía?

—Tal vez sí, después de todo fue la cultura con la que creció —hice un gesto de desinterés —. Nosotros defendemos la libertad de la mujer porque crecimos en una sociedad que la defiende. Él no.

—No es excusa para que sea machista.

—¿Machista? ¿Dick? —rodé los ojos —. Primero hable con él y luego acúselo. Permiso, debo entrar.

Listo, solucionado. Segundo objetivo.

El ascensor se detuvo en la quinta planta, lugar de recepcionistas y contadores insignificantes. Mi presencia los asustó; el subgerente encargado del piso se dirigió hacia mí con una sonrisa amable y nerviosa.

—Señor Wayne, es un placer...

—¿Dónde es el cubículo de la señora Davis? —lo corté.

—Am, eh, ella, por aquí por favor —me condujo al interior de la planta, por los lados del centro.

Ignoré a los curiosos que estiraban el cuello para verme mejor. Un par de ellos eran excriminales que se regeneraron y que hallaron apoyo en mi empresa.

Reconocí a la señora Davis, era la mujer que parecía al borde del colapso nervioso. Su hija fue violada mientras dormía en la seguridad de su alcoba junto a la habitación de sus padres.

—Es ella, señor Wayne.

—Sí, gracias. Señor Smith, anote en sus cuadernos que la señora Davis obtiene un receso remunerado de una semana por motivos personales.

Los dos me vieron como a un extraterrestre.

—S-sí señor Wayne. Enseguida, señor Wayne —tan torpe como un niño de dos años, se marchó a hacer el reporte. La señora Davis me vio con pánico.

—Buenos días señora Davis —me le dirigí con amabilidad tratando de no lucir intimidante.

—Buenos días.

Cabello impecable, ropa planchada, lo único desorganizado de su persona era su rostro y su lenguaje corporal.

—Recibí la notificación de lo ocurrido con su hija, tenga por seguro que lideraré la investigación y daré con el culpable —era bellísimo ver el cambio en sus facciones —. Vaya a casa y esté con su niña.

—Gracias señor Wayne, mucha gracias.

Le sonreí, asentí y giré los pies para marcharme, deteniéndome un instante a examinar su escritorio. El orden neurótico de cada pequeño rincón de la mesa me dijo lo que necesitaba.

Saliendo, el lambón de Smith me esperaba en las puertas del ascensor.

—La próxima vez que me entere que usted le negó una licencia por calamidad familiar a un empleado a su cargo, será despedido.

—... s-sí señor Wayne.

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Bruce... habló con la verdad. Los sermones del padre Seamus defendían la verdad por sobre todas las cosas, pero mis verdades no eran adecuadas para los demás. Yo rompía el esquema y el orden, era un escándalo, justo lo que la Biblia decía que no se debía hacer.

Aunque, siendo objetivos, lo que el mundo consideraba aceptable era para mí un escándalo. ¿Aborto? ¿Pena de muerte? ¿Matrimonio entre personas del mismo género? ¡Era abominable! Y yo ni podía decir dos palabras en contra o el planeta se me venía con palos.

¿Y desde cuándo soy un puto cobarde?, me reñí.

No, no lo era, pero actuaba como tal haciendo planes para gustar a la gente. Michael Jackson, en pleno apogeo de demandas por pedofilia, llenaba estadios; a nadie le importaba lo que hacía porque él era Michael Jackson, lo demás resultaba irrelevante. Un músico cualquiera se habría ido al foso más profundo, pero no Michael Jackson: nadie cantaba como él, nadie bailaba como él.

Y nadie más podría hacer lo que Dick Grayson.

Así que sí, desde ahora hablaría con la verdad, mi verdad, libre de tapujos, y el mundo...

—Puede irse a la mierda —susurré.

—¿Qué has dicho, Grayson? —mi profesor de matemáticas me alzó una ceja de forma retadora.

—Dije, «puede irse a la mierda».

Mis compañeros rieron o jadearon por mi irrespeto.

—¿Eso es conmigo, con uno de tus compañeros o con tu examen?

—... con todos, señor.

Él resopló.

—No te estreses por un examen, niño.

Sonreí y seguí con mis ejercicios.

A diferencia de mis compañeros, que presentarían las evaluaciones a lo largo de la semana, mis hermanos, Bárbara y yo los realizamos el mismo día en diferentes salones; finalizamos antecitos del almuerzo. Bárbara quería ir a saludar a Artemis, así que fuimos para allá. No dejé en ningún momento de pensar en mi auto declaración. La verdad era un concepto que se prestaba para mal, pues la gente asumía que ser descarado y grosero era «decir la verdad»; no, sin tacto y empatía, la verdad no servía para nada. Claro, existían momentos en los que ser borde era lo más adecuado, pero debía hacerse con cuidado.

—¡Arti! —le saqué una sonrisa a la rubia. Ella y Wally desaprovecharon las grandes universidades gratuitas por irse a estudiar a una institución que... pues sí, era buena, pero no era Jale o Harvard —. No lo puedo creer —jadeé al ver quien estaba en las barras de alimentos —. ¿Te quedaste a solas con Paolo? ¡Qué injusto! ¡Hola amigo!

El chef barrigón me sonrió y me agitó la mano.

—Algún provecho había que sacarle a todo esto —se burló —. ¿Van a quedarse a almorzar?

—No, lo siento, solo pasábamos a saludarte. ¿Cómo te fue en los exámenes? —se introdujo Bárbara en la conversación. Damián y Tim sí corrieron a la barra de alimentos. Dami volvió a comer carne, pero en horarios y cantidades específicas, como una obligación no placentera. Aquí él le pidió un sándwich de verduras y queso fundido a Paolo.

—Dick... Dick.

Incluso girando alrededor de la verdad, tendría que venderme correctamente. Yo no me consideraba una mala persona, ¿podía usar eso a mi favor? Yo era un tantico machista bajo los parámetros occidentales, digo, me encantaría una esposa que me preparase la cena y se encargase de que todo marchase bien para yo no tener que preocuparme de recoger ropa y tender la cama, aunque para ello necesitaba una casa. Bruce me malcrió demasiado, yo no me imaginaba viviendo fuera de la mansión, así que ese asunto podía ignorarlo. También era homofóbico, mucho, pero yo... creía tener amabilidad con ellos, no era como si no los considerase personas.

—Nightwing.

Parpadeé y miré a Bárbara.

—¿Qué?

—Aterriza, te estoy llamando. Vámonos.

—Am, sí. Lo siento. Adiós Artemis —me incliné a besar su mejilla —. Hasta luego —me despedí de los ocupantes de la mesa.

—Chao Dick.

—Adiós Grayson.

—¿Qué pasa contigo? —curioseó Tim saliendo de la cafetería. El pasillo estaba desierto, salvo por los guardaespaldas.

—¿Creen que soy una mala persona?

—No —dijo de inmediato Damián.

—No eres precisamente el rey de la popularidad, pero no lo haces malintencionadamente —añadió Tim.

—Deja de pensar en cómo te ve el público. Haz tu trabajo y sé tú mismo, si no les gusta, que les den —fue la respuesta de Bárbara.

—Kon y Billy hicieron una inversión para BKD, no quisiera que mi mala publicidad los afecte.

—No lo hará —intervino Tim —. Ofreces un producto que sacia una necesidad, va acorde con el lio ambiental y ayuda a una población específica, los ancianos y discapacitados que se les dificulta limpiar sus casas. Además, es económico, lo pueden adquirir tanto ricos como clase media y algunos pobres. No importa lo que hagas, nada puede cambiar que ofreces calidad y un estilo de vida.

—Y Dick, recuerda —habló Damián —. No hay mala publicidad.

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—Uno, dos, tres.

La campana final de la escuela sonó; con una mueca me tapé los oídos, mis compañeros armaron un alboroto de gritos, casilleros golpeados y hojas volando. Mal y Marvin se burlaron de mí sin pausar sus exclamaciones.

—¡Al fin se acabó esta porquería! —sí, Marvin amaba estudiar en una escuela en la que apresuraban los exámenes y no obligaban al alumnado a esperar las vacaciones.

—¿Discúlpame? —la salida aparición de la vieja profesora de lenguas extranjeras acalló a Marvin, que se hizo el blanco de las risas a baja voz en lo que la anciana se retiraba por el pasillo.

—Oye, ¿los trajiste? —me interrogaron unas chicas.

—Sí, en mi auto —tuve que pedirle prestado un Mercedes de gran cajuela a Luthor, pero trasladé los pedidos que me hicieron por medio de Mal, Wendy, Marvin y Karen.

A mis compañeros les emocionó la idea de un robot aspiradora, el modelo causó furor en las redes sociales en menos de 24 horas. Nuestra página ya contaba con 2312 firmas de participantes, centenas de pedidos por internet que no nos costaría trabajo suplir y, presentes, 300 kilos de chatarra reutilizable que el personal de la Liga verificaba para evadir las bombas y los venenos. Prometimos que nos haríamos cargo de la creación del pelo del animal con ropa de algodón y poliéster que nos donasen; Dick tuvo una idea genial, agregar una capa del sintético a la piel del animal como parte de una película que no permitiese que la mugre se le pegara a la piel del cachorro. Era oficial, el sintético empezó a contactar con los habitantes de la Tierra.

—Ok, pero hagan fila, no quiero enredarme —pedí en el estacionamiento. Maestros, alumnos y la enfermera de la escuela compraron entregándome el pago, 100 dólares, en billetes y monedas. Mal tuvo que ayudarme a despachar oyendo a la emocionada Karen hablar que el doctor Ray Palmer la aceptó en su semillero de investigación aún sin ser oficialmente alumna de la universidad —. ¿Ray Palmer? ¿De Ivy Town?

—¡Sí! ¿Lo conoces?

—He oído de él —mentí. ¿Karen con un miembro de la Liga? Interesante.

Vendí 34 perros en total, 3400 dólares.

—Ya sabemos quién invita hoy los helados —comentó Marvin grabándome —. ¿Qué se siente ser rico?

—No es la gran cosa. Y lo siento, pero no, este dinero no es mío —expliqué guardando el fajo en una caja que llevé para ese propósito —. Hay que sacar la parte de los materiales, que son 80 dólares por robot.

—¿Y el resto? ¿Se lo dividen en parte iguales Nightwing, el Capitán Maravilla y tú?

—Nop. 8 dólares para el Capitán, 5 para mí y 5 para Dick, el resto se guarda como ahorro preventivo.

—¿Por qué al niño le dan más? ¿Él ayuda a hacerlos?

—No, solo es su idea.

—¿Entonces? —quiso saber Mal —. ¿Por qué cobra más?

—Él dio el dinero —me encogí de hombros —. Es el principal inversor. Se necesitaban 2 millones de dólares para las fundidoras, ensambladoras y demás. Billy puso el dinero, yo el lugar y Dick el diseño. Técnicamente, todos aportamos, pero el edificio me lo regaló Luthor, no invertí nada, ni siquiera pago los recibos de electricidad y agua, lo mismo con Dick, él usó la tecnología de su padre para crear el robot, Billy puso dinero de su propio bolsillo, eso le da más peso.

—¡¿De dónde sacó ese niño 2 millones de dólares?! —jadeó Wendy, que cargaba su pug bajo su brazo.

—Los productos que vende la Liga dan una comisión a los héroes, cada figurita del Capitán Maravilla, vestuario y demás, le dejan algo. La Liga dona la gran mayoría de las ganancias, pero cada uno de ellos coge un pequeño porcentaje, Billy pidió solo el 7%, que es lo estipulado por derechos de imagen, así que, ahí donde lo ven, ese niño tiene varios millones a su nombre.

—Yo no sabía que ganaban por ser miembros de la Liga —murmuró Marvin, que no dejaba de grabar.

—Repito, casi todo se dona. La Liga no es un grupo que busca dinero, lo de la publicidad es cosa aparte, ellos no graban películas, no hacen comerciales ni participan de campañas políticas, pero prestan su símbolo y su imagen para hacer juguetes y disfraces.

—¿Y qué hacen con ese dinero?

—Amigo —lo riñó Mal.

—Oye, la gente quiere saber.

—La verdad es que es usado como una ayuda. Seamos francos, ser miembro de la Liga no es fácil, la mayoría no tienen trabajos muy estables y esa ayuda extra siempre es bien recibida. Canario Negro es un ejemplo, tuvo que cerrar su floristería, Superman solo gana dos salarios mínimos viviendo en Metrópolis, con ese sueldo es para que pase hambre, Billy es un niño, ¿cómo se supone que pague su universidad? Y los más notorios son los velocistas, Flash gasta mensualmente 10 de los grandes solo en comida; y él necesita esa comida, no es un gasto que se pueda evitar.

—¿Alguno es desempleado?

—¿Me creerían si les digo uno es peón de construcción?

—No es cierto —consideró Marvin —. Ellos salen golpeadísimos en cada pelea, ¿me dices que después uno de ellos se va a revolver cemento y cargar cabillas?

—Increíble, pero sucede. A ver, no es que la Liga se queje, pero se suele pensar que nosotros vivimos en un lecho de rosas y eso no es verdad.

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Por petición de Barry, y algo de curiosidad, investigué a Albert Thompson, el jefe del rubio. Busqué con ahínco en los rincones más oscuros, pero su hoja de vida estaba limpia, salvo por su divorcio y su, muy evidente, crisis de mediana edad recién superada. Salvo una cuota atrasada dos años atrás con el pago de su auto, no existía ninguna irregularidad: promedio, normal... estancado. Sí, era eso.

—Ya sé por qué te odia —le envié a Flash en nota de voz —. Su vida gira entorno a su trabajo, pero se está quedando relegado ante las nuevas generaciones. Ibas a ocupar su puesto; felicitaciones Barry, en unos cuantos años serás el director de forenses.

Hablando de nuevas generaciones, la computadora de la Baticueva me avisó que los niños llegaron, Bárbara no venía con ellos.

«Baja», le escribí a Dick.

—Murciélago, ¿quieres pai de limón? —me ofreció, él cargaba un trozo generoso en un plato verde palo. ¿Qué tenía en el bolsillo?

—No, gracias. ¿Qué es ese papel?

—Una foto de Michael Jackson —la enseñó con su mano libre, desdoblándola por medio de sacudidas —. La colgaré en mi habitación.

—¿No era idolatría colocar personas mundanas en las paredes?

—Los santos son modelos de virtudes que debemos recordar de vez en cuando para no perder el camino —me explicó su punto de vista, el cuál yo no compartía. Igual traté de darle por su lado y no formar polémica.

—¿Y Michael Jackson es un modelo de virtud? ¿O es que te harás bailarín?

Dick rio y guardó el papel, alcanzando, con su mano libre, un trozo de tarta.

—Ni lo uno ni lo otro. He tomado una decisión —y comió.

Su última decisión quebró a medio planeta, pero enriqueció a mi apellido aún más, así que...

—¿De qué se trata?

—Voy a hablar con la verdad. Jackson, acusado de violar niños y de descuidar a sus hijos, llenaba los estadios del mundo, agotaba la boletería. Yo solo habló un tantico mal de los gays y doy el ejemplo de una adolescencia insana, no soy públicamente peor que ese tipo, así que voy a dejar de intentar enamorar a los demás y seré yo mismo.

Wow.

...

—¿La verdad?

—Yeap —sonrió muy dulce.

Amaba a Dick, en serio, pero lo iba a hacer llorar.

—Bueno, hablemos con la verdad. ¿De dónde sacaron el dinero para comprar lo necesario para BKD? ¿Y a quién le pidieron para la construcción de los robots que operan el lugar, fabricando 50 perros robot por minuto?

La sonrisita de Dick se ensombreció. A su favor resaltaría que trató de mantenerse a flote.

—Te lo dije, Billy nos colaboró. 2 millones, ese niño es muy desprendido. Con lo que tenemos Kon y yo no alcanzábamos para...

Respuesta y distracción. Bien ejecutado.

—Dick, respóndeme a algo. ¿Me perdiste el respeto?

El niño se atragantó con su respiración y bajó el plato.

—No señor.

Lo miré a los ojos, él me rehuyó.

—Entonces ¿por qué me mientes? —no hubo respuesta. Dick empezó a hiperventilar y se transformó en un manojo de temblores —. Ven.

¿Yo les pegaba tanto? Dick no dudó en tensionar los hombros y apretar los codos contra sus costados en una seña de defender su integridad, acción que no aumentaría, mis hijos se quedaban muy quietos cuando yo los sancionaba con el cinturón.

—Papá, yo... ¿leíste la carta?

—¿Cuál carta?

—No importa —su velocidad al asegurar eso fue de risa, pero no cambié mi semblante.

Me levanté de la silla, Dick me llegaba al pecho, y puse mi mano en su cabeza para que se tranquilizara. Tenía 16 años, el cinturón se había acabado para él.

—¿Creíste que no me enteraría? —negó con los ojos gachos —. ¿Por qué lo hicieron?

—Yo...

—Sé que fueron Tim, Billy, Conner y tú.

—Umh —hizo un ruidito de queja que le salió más como un lamento —. Yo... nosotros... yo...

Suspiré.

—Mano —pedí. Envolví su extremidad y le di un pequeño abrazo —. No estás en problemas por el robo... no tanto.

—¿De verdad?

—Sí, los problemas los tienes por mentirme.

—Ah —pero igual lució menos... menos a punto de orinarse, aunque esa frase no estaba bien redactada —. Papá, yo... la orden no se quedaba quieta, no había pistas... y todo fue un malentendido.

—Lo sé, succionaron más efectivo del que creyeron posible, fue un accidente que los hizo ricos.

—¡¿Cuánto sabes?! —jadeó impresionado.

—Lo suficiente como para asumir que los Linterna Verde te juzgarían por tráfico de químicos ilegales en este cuadrante —soltó la mandíbula —. Según tú, ¿así me cuidas la espalda?

—Lo siento. Me desesperé.

—Tú eres el chico religioso, ¿qué significa la desesperación?

—Falta de fe —hizo un mohín precioso.

—Ajá. ¿Y tomar el camino fácil?

—Falta de templanza.

—Magnífico, con eso tienes para trabajar un buen rato —palmeé su hombro.

—¿No me vas a castigar?

—¿Hiciste algo malo?

—... sí.

—Ya sabes que cometiste un error, hay que repararlo. No necesitas cinturón, un palo o que te deje sin patrulla por una semana para entender esto. Tienes que devolver el dinero.

—¡¿Qué?! ¡Papá No puedo hacerlo sin descubrirnos!

—Haya la forma —le limpié las pocas lágrimas que derramó —. Deja de llorar, sé un hombre. La embarraste, así que arréglalo.

—Sí señor... papá, ¿estás enojado?

—No por el robo, sino por el hecho de que te permitieses desesperar hasta tal punto —suavicé mi mirada —. Pero entiendo el por qué, los tiempos han cambiado y las cosas se pusieron duras. No te dejes atrapar.

—Sí, Batman.

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En mi habitación, me retiré la corbata con furia. Papá se enteró.

Lo bueno era que no usaría la camisa del uniforme en los siguientes meses, pues reventé todos sus botones. Calma, calma, me insistí. Papá no me estranguló, no me dio con el cinturón y no me llevó preso, que eran las tres alternativas que yo consideré viables. Por andar con mis arrebatos fue que me jodí y jodí a la mitad del mundo.

Mente fría, me dije. Sé fuerte, no dejes que tus emociones te venzan.

Con serenidad tendría que buscar una forma de cumplir la orden de papá, lo que era lo justo: devolver el dinero sin ser señalado. Y, en ese instante, no iba a conseguir nada. Le daría tiempo al tiempo y me acostaría a dormir, consultando con la almohada un par de horas antes de salir a patrullar con Red Robin.

—Amo Dick, ¿puedo pasar?

¿Alfred?

—Dame un minuto —deprisa me quité la camisa por completo y la hice una bola sobre la cama, ocultando los botones caídos bajo la cama con una patada. Quedé en franelilla y pantalones —. Sigue.

—Permiso, amo Dick —me sorprendió ver que Alfred cargase algunos billetes en la mano —. Vengo a realizar una compra, amo Dick.

—... ¿eh?

—De su perro aspiradora, por supuesto. Quiero dos.

Me solté a reír.

—Alfred, ¿cómo se te ocurre? Yo te los traigo.

—No, no. Recíbame.

—Obvio no, Alfred —negué sonriendo —. Tómalos a modo de regalo. Te los dejaré en la cocina.

Mi amigo, más bien abuelo, retorció los billetes de forma indecisa y bajó su mano extendida.

—Está bien, amo Dick. Por favor, recoja esa camisa.

—Sí.

Al irse él, seguí riendo. Ja, ¿yo cobrarle algo a Alfred? Primero me comería mis intestinos.

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Pronto se acabaría esa asquerosa semana de exámenes y entraría a vacaciones de verano. ¡Capitán Maravilla diurno! ¡Yupi!

Salí de la escuela animado, oliendo el cercano triunfo del descanso tan merecido. Ser el mocoso de la Liga me protegía de los fotógrafos, algunos civiles también los alejaban, en general la ciudad era amable conmigo, pero yo no entablaba amistad con ninguno. Esos extraños buena gente eran escalofriantes, igual que los escoltas. Varias veces, como hoy, cambié mi vestuario superior rojo y me puse algo amarillo o verde y anduve con un único escolta, de tal forma que no llamaba la atención y pasaba desapercibido.

Por costumbre, me dirigí a alguna tienda o vendedor ambulante para comer una dona o una salchicha antes de marcharme a la Atalaya, pero hoy me tuve que detener. El guardaespalda me vio con curiosidad, mas yo no aparté mis ojos del sujeto que leía su periódico en la cafetería exterior del elegante hotel con el letrero verde.

Reconocería a Víctor dónde fuese.

—Espéreme afuera —ojalá mi tono serio no lo alterase. Crucé la calle subiendo la capucha de mi sudadera. Por mi pinta de adolescente, la mesera me intentó frenar en la entrada, pero la esquivé murmurando algo sobre que quedé de encontrarme con mi papá. Me deslicé en el asiento frente a Víctor, que, extrañado por mi presencia y los pasos rápidos de la mesera, retiró los ojos del periódico —. Hola.

—Señor, ¿este niño viene con usted?

—Sí —musitó entre dientes. La mujer, satisfecha, se retiró. Víctor dobló con parsimonia su periódico, cada vez más pálido —. Hola William.

El señor Wayne tenía razón, la señora Taylor no volvería a la escuela, era difícil considerando lo famoso que me hice, pero eso no significaba que yo la hubiese perdido.

—Hace años no nos veíamos.

—Lo sé, cuando me rompiste la nariz.

—Muy poco, considerando lo que me hiciste tú a mí —puse mi codo en la mesa y apoyé mi mandíbula en mi puño —. ¿Continuas con tus viejos amigos?

—No.

—¿Por qué no me invitas una malteada? —sonreí de lado con humor —. ¿Qué ha sido de tu vida? Oí que te dedicaste a ser profesor universitario.

—Sí, no más pediatría. ¡Señorita!

—Ah —fue divertido ver lo nervioso que pidió una malteada de Milo con helado de vainilla —. ¿Y tu señora?

—En Wisconsin, con mis hijos —aclaró y se limpió la garganta —. William, estoy limpio, no he... vuelto a las viejas andadas.

—Sí, lo sé —me retiré de la mesa y me recosté en la silla acolchada —. Igual que sé que has estado viviendo en el sexto piso de un edificio al sur, que tu gato está enfermo y que tus hijos te llamaron el viernes a contarte de su experimento de ciencias.

Víctor permaneció en silencio, con los hombros flojos y el rostro ensombrecido.

—Relájate —añadí —. Estás tan cagado encima que no has movido un solo dedo, Batman no tocará a tu ventana a medianoche para meterte una paliza.

—Señor, su malteada.

—Gr-gracias. Puede dársela.

—Gracias —recibí mi dulce bebida con una sonrisa que no borré. Era falsa, pero resulta intimidante para Víctor —. ¿Cómo se llama el gato?

—Anastasia.

—¿Es gata o también le pones vestido?

—... yo. William, ¿qué es lo que quieres?

—Saludarte —me encogí de hombros removiendo la bebida con el pitillo de colores, mezclando el helado y el Milo —. Eres de los pocos cuyo nombre jamás comenté con el murciélago.

—¿Por qué?

—No quise afectar a tus hijos, son unos niños... pues, son de mi edad, lo que es bastante retorcido. ¿Has sabido algo de la señora Taylor?

—No.

—Imposible que no, era tu jefa. Seguro que tus viejos amigos saben de ella.

—Pregúntales a ellos —frunció el ceño, intentando lucir intimidante.

No quité mi sonrisa y miré a su frente, no a sus ojos, así se incomodaría más.

—Una eternidad en prisión por otra. Esa mujer no se detuvo, solo se mudó, alguien así no pausa su cacería. Averigua dónde está y yo no te delataré con mis buenos amigos, tú ya sabes quienes son.

Víctor asintió retorciendo las manos.

Oh sí, las ocasiones en las que yo era el que temblaba y temía a cada palabra que soltase él habían acabado.

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(Hola. Bien, enserio, enserio, estoy tratando de crear un personaje lógico, que tenga un punto de vista diferente a los extremos que se suelen ver. Si hay alguien aquí de la comunidad y quiera dar su opinión, se lo agradecería. La verdad es que no imagino a alguien como Nightwing siendo grosero y violento, pero, de nuevo, las personas son complejas, tiene gustos y disgustos, estas preferencias les dan caracteres únicos. ¿Cuál es su opinión sobre esta faceta de Dick?)

El crimen no pausaba, pero mermaba. Los jovencitos, chicos un par de años mayores que yo, se retractaban de salir a por problemas si sabían que mi familia patrullaba las calles. El crimen no se eliminaba de raíz con el miedo, pero menguaba lo suficiente para que los avances sociales diesen un paso y capturaran a más y más niños, los cuales crecerían con perspectivas por fuera de los rincones oscuros en plena noche.

Quizá no fuese tan mala idea suministrar el sintético; era inmoral y talvez yo pagase por eso en la otra vida, pero podría controlar el mundo, no para gobernar, sino para que menos bebés naciesen en la violencia. Una paz injusta era mil veces mejor que una guerra justa, eso usaría de defensa ante el juicio con Dios, ojalá valiese lo suficiente para salvarme el pellejo.

Con Red Robin detuvimos cuatro robos y un intento de violación, una noche aburrida para nosotros.

El grito de «¡Maricón!» y el sonido de vidrio rompiéndose me atrajo. No era por ser malo, pero el caos no era escaso en la Avenida Pride, nombrada así por ser una zona de discotecas y bares gay; y no era que yo dijese que ellos fuesen violentos, pero sufrían de tanta persecución que no era extraño que recibiesen ataques directos, igual que ese chico de color al que un rubio con sudadera de equipo de futbol, muy a lo cliché, golpeaba con una botella secundado de su grupito de matones que intimidaron a los homosexuales y trans que rodeaban al herido.

Intervine en el segundo golpe mandando a volar la botella, que aterrizó y se rompió en el suelo. Tim, que llegó columpiándose, de un golpe con sus dos pies mandó al tipo a volar. Vernos fue para que los otros imbéciles, de mi edad, saliera corriendo.

—¿Quién...? ¿Nightwing? ¡¿Cuál es tu jodido problema?! —me gritó el violento desde el suelo —. ¡¿Qué no te dan asco?!

—Pues sí —me encogí de hombros —, pero no por eso voy a atacarlos. No te pongo más años que los míos, te daré el beneficio del menor de edad. Vete ya o te haré pasar las siguientes dos noches en prisión.

Escupiendo y mascullando, el rubio se levantó y se fue detrás de sus amigos.

—¿Todo bien? Uy —hice una mueca —. Que corte —dije con un delicado humor, buscando calmar a las personas a mi alrededor. El chico, un hombre joven y de color, con una blusa cortica púrpura y unos jeans apretados, recibió el botellazo cerca al ojo derecho, cortándose en esa zona —. ¿Quiere que lo escolte al centro médico más cercano?

—Él no quiere nada de ti —gruñó uno de los trans.

—Lo siento, tiene que decirlo él. Si lo dejo aquí sangrando, será mi responsabilidad lo que le pase.

Él, o ella, bueno, el tipo ese, hizo una cara de asco.

—Como si te importara.

—De hecho, sí —dije mirando la herida —. Son... cinco puntos y la extracción del vidrio. Ese corte se infectará si no se trata ya —informé.

—¡Él no recibirá ayuda tuya! —chilló él/ella.

—Cálmate —pidió uno de los suyos. La victima abrió la boca.

—Sí, hágalo usted... no tengo seguro médico —les dijo a sus amistades.

Y en este país, las curaciones costaban un ojo de la cara.

—Ok. ¡Red Robin!

El niño, que platicaba con un par de maricas, corrió hasta mí.

(Esa palabra es grosera, lo sé, lo siento, pero toca usarla al ser parte del vocablo del personaje.)

—¿Sí, Nightwing?

—Mira y aprende. Ya has practicado bastante en los plátanos del desayuno, tú harás los últimos dos puntos.

—Ok Nightwing —asintió emocionado.

—Oye, ¿él sabe hacerlo? —pidió el hombre de color —. ¡Es mi rostro!

—Relájate, estaré viendo. Siéntate en la acera —de uno de los compartimientos de mi cinturón, el nuevo, el negro, extraje mi mochilita de primeros auxilios —. ¿Cómo te llamas?

—Mike.

—Ok Mike. Te informo que tengo título de enfermería y, bajo parámetros legales, Red Robin, quien será mi ayudante en esta ocasión, se haya cursando clases de enfermería y se encuentra capacitado para socorrerte en la extracción del vidrio y la colocación de los puntos —dije todo esto recibiendo de Tim su botella irrompible de alcohol, gasas y, de mi paquete, saqué unas pinzas metálicas, hilo y el portaagujas —. Para las evidencias, necesito que rectifiques, ¿prefieres que sea quien realice el procedimiento o deseas ser trasladado a un centro asistencial?

Él estaba algo en shock, me aseguraría que comiera antes de irme.

—Ni siquiera estás grabando —una chica con una pinta de punk y el pelo verde me alegó.

—La máscara graba todo —le notifiqué —. ¿Mike?

—Usted... su ayuda.

—Ok, listo, gracias. Empezaré. Red.

—Sí —el niño se sentó a la izquierda de Mike y tomó su mano —. Dolerá un poco, pero Nightwing siempre da paletas de leche al final.

Mike sonrió, divertido de las pendejadas de Tim. El populacho, con las jodidas cámaras de celular que tanto me perseguían, hicieron un semi círculo a nuestro alrededor viéndome atender la herida, comentado de mi presencia allí.

—Creí que era homofóbico.

—Ese tío nunca ha hablado bien de nosotros, ¿por qué está aquí?

—Él me salvó la otra vez, no es tan malo, digo, si toca elegir...

Tres cristales después, Mike y sus amigos ya se habían calmado, incluso el él/ella.

—Muy bien, ahora, esto sí va a doler —advertí antes de extraer el último cristal; era más grande, como del tamaño de la uña del meñique, y estaba enterrado.

Mike siseó y apretó la mano de Tim con bastante fuerza, nada que el niño no fuese capaz de soportar.

—¿Ya?

—Ya —con una gaza nueva le limpié las lágrimas. No todos poseían un umbral del dolor alto, yo de niño me burlaba, pero ya no —. ¿Conoces a los que te agredieron?

—Estudian con mi hermano.

—Si deseas demandarlos, comunícate con la policía de Blüdhaven, así puedo entregar la cinta de seguridad —distrayéndolo, no se alteró al sentir la aguja entrar. La piel era dura, requería fuerza y pulso coserla.

—Preferiría no hacerlo, no puedo pagar un abogado.

—Hay de oficio, conozco un par de picapleitos muy buenos en lo que hacen.

—¿Picapleitos? —pidió él con una mueca divertida —. ¿No es cómo les dicen a los malos abogados?

—Este dúo en particular son conocidos por no perder casos —le sonreí —. Les decimos así de cariño. Además, hoy en día los crímenes de odio tienen mucha fuerza.

—Ja —me interrumpió la él/ella —. Díselo a Marky, la policía la violó y no hicieron nada.

—¿Es transexual? —punto dos finalizado.

—Sí.

—Bueno, por estadística muchos de los crímenes de odio no llegan a ningún lado. Hablando en términos generales, las víctimas de los crímenes de odio son personas no gratas por gran parte de la sociedad: homosexuales, travestis, negros, emigrantes, prostitutas, gitanos e indigentes. Por eso, sus casos rara vez avanzan, pero no te preocupes Mike, testificaré y jalaré un par de cuerdas para que tu caso no se hunda si decides demandar.

—¿Por qué?

—Eso hacen las conexiones, tengo amigos en...

—No —me interrumpió —. ¿Por qué me ayudarías?

—Ah, no es muy difícil de entender: haría esto por cualquiera. Red, tu turno.

Tim soltó la mano de Mike, se esparció alcohol en los guantes y se acercó a sujetar el portaagujas y el hilo. Me senté en la vía, los autos por ahí iban despacio, de forma que miraba el trabajo de Tim y podía darle la mano a Mike, el cual no me recibió.

—Le dijiste a esos chicos que te dábamos asco —puso la mano en su regazo. Con un rostro de concentración adorable, Tim acomodó la aguja muy lentamente —. Nunca has callado tus opiniones sobre nosotros.

—Peor sería si dijera mentiras —me encogí de hombros —. El problema es que no son dos extremos de amor y odio. Me da bastante asco ver a dos mujeres o dos hombres besándose, eso no significa que yo vaya a golpearlos o separarlos, solo giraré mi rostro y miraré a otro lado con desagrado.

—Eso también es violencia —musitó la chica punk. Mike hizo una mueca y retorció las manos cuando Tim penetró la piel. Extendí de nuevo mi mano y ahora sí la tomó. Su agarre era firme.

—Supongo, pero si nos vamos a ello, tanto por heterosexuales y homosexuales, esos besos largos que pareciera que se van a sacar las amígdalas son bastante groseros y asquerosos de ver. Un picoteo en los labios lo entiendo, pero ¿más? ¿En público? Es vulgar e indecente, especialmente con los demás que tenemos que verlos.

—¿Y el matrimonio?

—En general me da igual, siempre que no sea bajo el rito católico.

—¿Por qué no podríamos casarnos en una iglesia?

—Hay normas. Digamos que me quiero casar con... —traté de pensar en una mujer.

—¿Zatanna?

—Ella es católica (eso dice Wikipedia). Con Bárbara, Batgirl. Su familia es protestante. La única forma de que ella se case conmigo por lo católico es que reniegue de su credo, lo que me parece muy cruel, y por lo mismo yo no renegaría del mío, así que optaría por una boda civil. Y después no podría comulgar ni confesarme, pero son las reglas, porque me excluyan al tomar la decisión de irme a casar a un juzgado no significa que estén mal.

—¿Te gusta Batgirl? —preguntó la chica punk.

—Es muy bonita y una gran guerrera.

—¿No la has invitado a salir?

Tim, que cerraba el quinto punto, empezó a reír.

—No —resoplé con risa.

—¿Por qué no? ¿Juega para el otro equipo?

—No, no es eso, sino que... —me volví a carcajear —. Yo no saldría en una pieza de invitarla a cenar —pero lo dije con humor.

Y no respondimos ninguna pregunta que hicieron, limitándonos a reírnos.