—¡Bullock!
Mi obeso compañero me miró sin retirar sus dientes de su dona. Eran las ocho de la mañana, la oficina recién iniciaba turno.
—¿Sí?
—Ven —lo llamé cortantemente.
Necesitaba de un segundo detective, pues mi deducción no me la quería creer. No, tenía que ser un error.
—¿Qué pasa, Gordon? —entró a mi oficina con su caja de 4 donas. Mi computador estaba puesto en el escritorio de frente a las sillas de invitados, donde nos sentamos, con el video listo para ser reproducido.
—Anoche, el video de Grayson, ¿lo viste?
—Sí. Internet no sabe si amar u odiar al mocoso. ¿Por qué?
—La parte que mencionaron a Bárbara... hablé con mi hija ayer, ella es sexualmente activa.
Bullock se atragantó con la masa en su boca. Trabajábamos juntos desde que mi hija nació, era como un tío para ella y yo confiaba en él.
—¿Qué? —exigió saber tras toser —. Gordon, si es con Nightwing, ese mocoso es un picaflor, sepáralos antes de que la hiera.
—No es con Grayson, ese es el problema, no me dijo con quién —suspiré —. Cuando Nightwing habló... velo y dame tu opinión.
Golpeé la barra espaciadora y el video continuó reproduciéndose.
¿Te gusta Batgirl?
Es muy bonita y una gran guerrera.
¿No la has invitado a salir?
Las risas del niño se me antojaban más de asombro que de burla, una risa de esas al no creerse lo que se oye.
No.
¿De qué se reía?
¿Por qué no? ¿Juega para el otro equipo?
No, no es eso, sino que... Yo no saldría en una pieza de invitarla a cenar.
—Miedo —determinó Bullock, concordando con mis análisis —. El primer «no» lo dijo automáticamente, con miedo, alargando la palabra, la risa es nerviosa. ¿Qué te dijo tu hija?
—Nada: que tiene 18 años, que el hombre es responsable, que no ha cumplido misiones sexuales para Wayne y que no es Dick.
—¿Ella toma la píldora?
—Sí, y el sujeto usa condón.
—Un tipo que no se la juega o Bárbara le ha copiado algo de paranoia a Wayne —Bullock reprodujo el video de nuevo —. ¿Y si es que Bárbara asusta a Grayson? Tu hija es asombrosa, la hemos visto acabar con pandillas enteras por su cuenta, seguro que al chico que intente propasarse con ella lo deja irreconocible.
—Bullock, Grayson es un vil encantador de serpientes que se coló dentro de la casa del mafioso Bertinelli y ahí dentro, con toda la seguridad presente, se cogió a su hija. ¿Crees que ese niño se detiene por miedo cuando su pene ya eligió objetivo? ¿Y que el niño que engañó a toda Gotham con un carrobomba que obviamente sí ordenó colocar no tiene la labia suficiente para convencer a una mujer? —sujeté mi frente con cansancio. Pasé la noche en vela tratando de cuadrar esa historia, intentado hallar una salida distinta a la única que veía —. Los hombres como Grayson se acercan a mujeres solas, lo ven como un reto y se alejan exclusivamente si hay un hombre que ya está con ellas.
—Así que el novio de Bárbara...
—No —lo interrumpí —. No es un novio, ella me lo admitió, dijo que tenía curiosidad y que era complicado.
—Así que es un amante —sonó horrible que él usase tal palabra al referirse a mi hija.
—Sí.
—Un amante clandestino, alguien oculto al público, pero lo suficientemente cercano para acceder a ella a pesar de todo el tiempo que pasa en la mansión Wayne entrenando y en misiones en el extranjero. Tiene que ser un héroe, un miembro del Equipo.
—Pensé en eso —sí, esa era mi carta de salvación —. Solo se me ocurre Superboy. Él es kriptoniano, hasta Nightwing se lo pensaría dos veces antes de meterse con ese chico.
—Sí, pero ellos admitieron haber tenido sexo en conjunto con una chica. Sin mencionar que Bárbara jamás haría una cosa así, ese dato invalida el temor de Grayson; él es demasiado cercano a Superboy.
—Volvemos al punto de inicio. ¿Y Kid Flash? Una infidelidad.
Lo que fuese era mejor que...
—No lo creo. No deberíamos elegir al azar. Veamos: alguien cercano, pero con quien no se le ha señalado públicamente, un tipo responsable, hay que serlo en exceso para invertir en condones si ella toma la... —los ojos de Bullock se apretaron —. ¿Quién pasa mucho tiempo con la niña, no llama la atención y le da miedo a Nightwing?
—Dios, dime que no piensas en el mismo tipo que yo.
—... Wayne.
—Carajo —enterré el rostro en mis manos —. Carajo, carajo. ¡Tiene que haber otra opción!
—La hay —consideró Bullock metiendo mano en la computadora; se repitió el «no» inicial de Grayson —, pero para causar este retroceso automático en el chico... tú lo dijiste, los hombres no consideramos viables mujeres ya pedidas, salvo si la competencia no nos intimida o creemos poder superarla. ¿Quién puede ser más acojonante que Batman?
—Nadie —admití con derrota.
—No es por ofender, Jimmy, pero tu hija es muy hermosa y es... —hizo el gesto de un pecho abundante —, bastante rellenita en... tú me entiendes.
—Lo sé, el temprano desarrollo de Bárbara me tiene atemorizado desde que sus 10. Me preparé para tener que espantarle los chicos de la escuela, pero ¿un hombre?
—No cualquier hombre y, francamente, yo no voltearía ni a mirar a Bárbara si supiese que Batman ya está parqueado ahí.
—Mi hija no es un pedazo de tierra —gruñí.
—Gordon, somos hombres —se palmeó el pecho —. Finjamos ser todo lo decentes que quieras, pero tú y yo conocemos la personalidad humana, somos detectives, sabemos que el varón es un ser instintivo, animal y hormonal. No todos, pero aplica para los suficientes como para ser considerado un patrón de personalidad. La respuesta es muy simple: el hombre que se acuesta con Bárbara es superior a Grayson, lo suficiente para que él retroceda sin chistar. O es Batman o es Superman, no se me ocurre otra opción. Y te juro que ese mocoso es tan atrevido que se ligaría a la novia de Superman frente a él.
—Y tan sumiso a su padre que jamás y nunca intentaría algo con una mujer a la que Batman... —me mordí la lengua, pues iba a tratar a mi hija como un objeto, igual que Bullock —, a la que el murciélago tomó para sí.
—¿A dónde vas? —me interrogó Bullock al verme levantar.
Cogí el arma de mi escritorio y la acomodé en su funda en mi cadera.
—A la mansión Wayne.
—¿Te enloqueciste? ¡Ese hombre te mata!
—¡Es mi hija! ¡Tengo más derecho a matarlo yo!
0oOo0
Un examen de educación física... como persona yo comprendía la importancia, pero como estudiante...
—Sube rápido esa cuerda, Batson —me gritó Johnson desde el suelo.
Decidí unirme al bando de los «debiluchos» y fingir que era incapaz de ciertas actividades físicas. Tras mi pelea con mi compañero el señor Wayne, luego de darme una regañina suave, felicitarme por mis movimientos y convidarme helado, me llevó aparte y me explicó que mostrarme tanto no era seguro, que era importante mantener cartas ocultas, como los cuchillos. Entonces, para compensar, empecé a hacérmelas de debilucho en la clase de educación física.
—Vamos Billy —me animó el profesor cuando ya iba por la mitad de la cuerda —. No toda la fuerza la puede sé la puedes dejar al Capi.
Entre dientes, solté una risita y continué. Quedaban pocos metros para alcanzar la campana y poder bajar. Tres metros... dos metros...
—Capitán... —la voz grave y en susurro del señor Tawky Tawny me sorprendió. El tigre, sin que nadie lo viese u oyese, asomó su rostro desde detrás de los asientos del gimnasio.
¿Qué hacía ahí el señor Tawky Tawny? ¿Me requería el Mago? ¿Black Adam volvió?
—No, Black Adam no.
La sorpresa bastó para que mis manos cedieran. No alcancé a sujetarme, ya me había ido de para atrás y mi pierna envuelta en la cuerda no bastó para sostenerme. Cerré los ojos y me preparé para el golpe. Mis piernas y mi trasero si se dieron duro contra las colchonetas, pero mi cabeza cayó sobre algo suavecito y peludo.
Un grito aterrador y super agudo acompañó los pasos histéricos de mis compañeros. Los miré huir, al profe y los escoltas pálidos.
—¿Ah? —el señor Tawky Tawny fue quien protegió mi cabeza con su cuerpo en la caída. Cuando el Mago dijo que ellos me protegerían no imaginé que sería realmente así, tan instintivamente.
¿Por qué no me ayudaron el año pasado al ser violado? Talvez porque no tenía un miedo real, estaba asustado y adolorido, sí, pero en control, con mi boca descubierta. Y esa causa aplicaba a todos los golpes en entrenamiento que recibí, ninguno era de riesgo real.
—Billy —me llamó el profesor.
—Lo siento, me solté por error —informé al profe levantándome. El señor Tawky Tawny se sentó en sus cuartos traseros —. Me iba a golpear la cabeza y él... me cuidó. Es su trabajo.
—Ok —susurró aterrorizado el profesor.
—Gracias señor Tawky Tawny —le dije al tigre, que me miró.
—De nada, Campeón de la Tierra —respondió —. El Mago te busca —comentó antes de evanecerse.
Bajé los ojos con timidez, siendo observado por toda el aula.
0oOo0
Entre mis cosas, en los cajones, yo siempre dejaba tirado el cambio que me sobraba. Alfred al limpiar me lo amontonaba en el cajón de los calcetines, conté 120 dólares. Los tomé y me los guardé en el bolsillo. Iba a hacer un viaje a Atlanta y Miami con el permiso de papá.
Alcé la cabeza ante la llamada que me llegó de parte de un escolta.
—¿Sí?
—Llegó visita, señor Grayson.
—¿Quién?
¿Visita en la mansión Wayne?
—El oficial Gordon y el oficial Bullock.
¿Eh?
—Claro. Gracias por avisarme.
—Con gusto, señor Grayson.
¿Gordon y Bullock? ¿Sucedió algo? ¿Pero por qué no usar los teléfonos? Bajé corriendo para interceptarlos, Bruce estaba ocupado con Bárbara. Ese par le daban como máquinas, lo que estaba bien; papá lucía más feliz, más relajado, lo que también podía ser porque Gotham ya no era una zona de guerra glorificada.
—Comisionado —sonreí a pesar de lo tenso que lucía el hombre entregándole su abrigo a Alfred. Bullock, detrás de él, se mostró serio. ¿Él con ese rostro cuajado? Problemas.
—Hola Dick —me saludó el canoso pelirrojo —. Necesito hablar con tu padre, ¿se encuentra?
Aguardé un segundo para responder.
—Sí, pero está durmiendo.
—Llámalo, por favor.
Alcé las cejas. ¿Gordon, fiel defensor nuestro, interrumpiendo el descanso de Batman? ¿Qué podía estar pasando?
—Am —los miré con cuidado. Tensión, enojo... Bullock, detrás de Gordon, me hizo dos señas clave: curvas de mujer y una mano en el cuello simbolizando un cuchillo. Era un asunto de faldas, ¿a Gordon qué le importaba...? Bárbara.
Mierda, escupí mentalmente al oír que arriba algo se golpeaba. ¿Por qué tenían que ser animales completos?
—Supongo que está despierto. Lo iré a buscar.
—¡No! —grité exageradamente extendiendo mis brazos. Si el comisionado veía a su hija desnuda arriba bien introducida en Bruce... ¡oh Dios! —. Yo, yo lo traigo. Esperen aquí.
El comisionado apretó la mandíbula con furia. Sí, tenía que ser por la relación entre ellos.
Subí las escaleras como una flecha. Con pena y afán, entré al cuarto de Bruce sin tocar. Por mucho que me gustase Batgirl y Catwoman, no existía posibilidad en este mundo de que yo hiciera un movimiento con ellas por respeto a mi padre, por lo mismo, ver el cuerpo desnudo de Bárbara me avergonzó en exceso.
—¡Dick!
—Shh —ojalá su chillido no se hubiese oído abajo.
—Dick —la voz atemorizante de papá me dio un escalofrío. Bárbara, sentada en el pene de papá, se cubrió los pechos con las manos.
—El comisionado está abajo —conté tomando la manta de Bruce medio tirada en el suelo y cubriendo a la pelirroja con esta.
—¿Mi padre?
—Está furioso —continué —. Creo que se enteró.
—Ay no.
—Shh, tranquila —habló suave Bruce tomándola por la cintura. Con el gesto de Bárbara supe que la sacó de su erección, la manta los cubría —. ¿Ha mencionado algo en casa?
—Encontró mis píldoras y me tocó decirle que estoy teniendo sexo.
—Suficiente para alguien como él —atiné.
—Baja Dick, dile que estoy durmiendo, que ya voy.
—¿Y si pregunta por Bárbara?
—Yo le dije que venía a entrenar.
—¡¿Cree que estás aquí?!
—Ella está entrenando puntería, dile eso si te pregunta. Baja.
0oOo0
Me vestí con ropa deportiva, me lavé la cara y los dientes, porque el sabor de los líquidos vaginales de Bárbara se hallaba con tanta intensidad en mi boca que temí que su padre lo notase. Bárbara se zambulló en la ropa que trajo con horror, asustada a más no poder.
—¿Qué va a pasar? —me preguntó.
Yo era un degenerado, sí, mas no era tan inhumano como para no compadecerme de ella y de su juventud. Una mujer mayor, más experimentada, podría pararse frente a su padre y admitir sostener relaciones sexuales, pero una adolescente, casi una niña, no era capaz de semejante hazaña, aun si esa misma adolescente pateaba traseros de ladrones y criminales cada noche.
—Yo me encargaré —prometí tomándola ligeramente de la mandíbula —. Estaremos bien.
—Le dije a mi padre que el hombre con el que me acostaba no era mi novio, que era curiosidad. Puedes librarte del asunto yendo por ahí —me ofreció.
Negué con la cabeza.
—Una unión sin compromiso que tranquilice a tu padre; eso implicaría terminar nuestra relación. Tomemos otro camino —me aguardé a conocer su opinión. Era su vida también.
Bárbara, con la boca abierta, preguntó:
—¿No finalizarías esto para librarte de la ira de mi padre?
Sonreí.
—Nunca —admiré su precioso sonrojo, me incliné y la besé —. Podemos decirle que somos pareja, acomodaré tu versión para que encaje.
—Igual nos va a matar, además... recuerda por qué era clandestino.
Sí, yo se lo dije al principio lamiéndole el cuello antes de hacerla mujer.
Mantendremos esto oculto, muñeca. Soy un mujeriego sin remedio y tu una bella dama, tu honor está primero.
El honor de una mujer era su virtud y su reputación; la sociedad era una caja de mierda criticona que destrozaría a Batgirl, o a Bárbara Gordon, de relacionársele sexualmente con un sujeto como yo. No, para los ojos del mundo Bárbara era un virgen, una santa como de las que Dick leía en esos viejos libros. La Bárbara que gemía, se retorcía y rogaba por más, esa Bárbara era un tesoro secreto que solo yo, y unos pocos y discretos hombres que ella eligiese, debíamos conocer.
—Te dije que tu honor estaba primero y esa sigue siendo la prioridad.
Ella frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Yo lo resuelvo, nena.
0oOo0
Me senté con los detectives a esperar. Planeaba comprar los boletos de avión en el aeropuerto, así que el retraso no me afectó. Yo no sabía si quería estar ahí para enterarme del chisme o quería huir de la escena del crimen, las dos sonaban muy viables.
—¿Por qué tan nervioso, mocoso? —preguntó Bullock bebiendo torpemente del té con limón que sirvió Alfred. No respondí.
El anciano permaneció igualmente en la sala de estar con la excusa de supervisar el trabajo de los perros robot; «no que dude de la eficiencia de su creación, amo Dick», me dijo. Bah, él igual tenía ganas de enterarse del chisme.
Quince minutos después, Bruce bajó las escaleras principales muy tranquilo, con un holgado pantalón caqui, una camisa blanca suelta y tenis.
—Buenos días detectives —saludó pisando el suelo de la habitación —. Mi hijo me notificó de su urgencia. ¿En qué les puedo ayudar?
No pasamos por alto que miró directamente a Gordon.
—Necesito hablar algo en privado con usted, es sobre mi hija Bárbara.
—Ella está abajo, entrenando.
Joder, su calma era de otra dimensión.
—Sí, tengo entendido que está aquí, pero mi asunto es con usted.
—Correcto. ¿En mi oficina?
—Por favor.
...
Bullock se aguantó a que se perdieran por el pasillo para hablar.
—Dime que esa oficina tiene micrófonos.
—Venga.
—Mejor en la cocina, amo Dick.
0oOo0
Su espacio era amplio y gritaba «dinero viejo», pero no me intimidé, en privado Wayne se mostró más abierto. O lo fingía, ellos eran actores consumados.
—¿Usa usted a mi hija para... misiones sexuales?
—¿Misiones sexuales? —alzó la ceja —. ¿Se refiere a algo parecido a lo sucedido entre Dick y Bertinelli hija?
—Sí.
—No, la vida intima de Bárbara permanece, hasta donde llega mi poder en ese aspecto, privada y no explotada.
—¿Y ese poder hasta dónde llega?
Me miró impasible.
—Nunca le he ordenado ninguna manifestación sexual o romántica más allá del beso en la situación del Pingüino, que, como ya lo hemos hablado, fue una distracción inocente.
—Sí —también lo vi con firmeza —. Deja de jugar, tú sabes a que vengo yo. Dick, Bullock, demonios, hasta ese par de engendros ninja que llamas hijos deben saberlo para esta altura —lo tuteé sin miedo.
—¿Qué quieres que te diga, Jimmy? ¿Qué me acuesto con tu hija? Pues sí, me acuesto con tu hija.
¿Y el canalla me lo decía tan sereno?
—Tiene 18 años, y si me sales con ese cuentico de que ya tiene la edad legal para decidir, te dispararé aquí y ahora —me alteré y grité —. ¡Es una niña!
—Oye, hace unas noches me diste tu aprobación a mi crianza con Dick. ¿Te olvidas que dijiste que a los jóvenes hay que darles su espacio y permitirles crecer?
—Sí, ¡pero no hablaba de mi hija! ¡Dick es hombre! ¡Es diferente!
—¡No es diferente! Eso se llama doble moral. La misma curiosidad que tenía Dick, la tuvo tu hija porque ella está grande, tiene hormonas y lívido sexual como cualquier persona normal —me exclamó —. Acúsame de lo que quieras, maldita sea, tienes material de sobra, pero no me salgas con doble moral porque eso es basura.
—Usted tiene 43 años de edad —recaí en el usted —. Mi hija aún ni recibe el título de bachiller. ¿No ve lo mal que es esto?
—Sí, lo veo. Tengo edad para ser su padre, es una amiga de mi hijo, es sucio por todas partes —admitió cruzándose de piernas —. Salvo por una cosa, yo no lo inicié.
Eso si me hizo frenarme un instante. Siendo lógico, podía entender un poco a Bárbara, Batman era guapo, alto, rico, musculoso, ella lo veía constantemente sin camisa, algún efecto tenía que causar en Bárb.
—Bárbara pudo perfectamente habérsele desnudado enfrente, pero usted es un adulto, es su deber retroceder.
—Lo hice, al menos por un par de horas —se burló. Solté un gruñido de furia —. Respóndeme una cosa, ¿esto es por mi edad o por qué tu hija tuvo sexo?
—Las dos cosas.
—Bien, entonces piensa. ¿Preferirías que hubiese sido con un adolescente? —no, mierda no —. Imagino que tu silencio es porque recordaste lo qué es ser un adolescente varón, la forma en la que tratamos en nuestra juventud a las chicas. Que Dick sea el ejemplo: les rompe el corazón a todas, las engaña, se acuesta con una en la mañana, en la tarde, empleando el mismo dialogo barato, hace caer a la otra; luego va y le cuenta a Superboy toda la historia. Son jodidos chiquillos que solo quieren tirar, darle cual animales. ¿Quieres a tu hija con un mocoso de esos que apenas se saben colocar el condón y creen imaginar lo que es el sexo oral?
—No —respondí a regañadientes —. Claro que no, la hubiesen lastimado. Pero no te me pongas como le héroe aquí, solo es una excusa para follarte a una adolescente.
—Sinceramente, tal vez —se encogió de hombros —. Hablemos como hombres, la carne fresca siempre es apetitosa —sonrió, se atrevió a sonreír. Este hijo de... —, pero no lo hice por eso. ¿Te puedo contar mi versión de los hechos? Luego, si quieres traumatizarla, pídele a Bárbara su versión y verás que encajará.
—Habla.
—Bárbara tenía miedo de ser violada y ridiculizada por un criminal. Es un temor muy válido, la probabilidad es alta, así que me senté con ella y le hablé, le expliqué que debía planificar por su seguridad, pero que confiara en su entrenamiento. Ella me dijo que era virgen y que lo que más le asustaba era un problema psicológico a largo plazo, algo muy entendible.
—Y usted se ofreció —ironicé.
—No —negó con la cabeza —. Por su edad, aún tenía 17, y porque a Dick le gustaba, pero admito que lo pensé. Ambos, por separado, me comentaron que Dick le dijo que él podía ayudarla, imaginarás la pequeña serpiente astuta que es —sonrió con diversión —. Bárbara no es idiota, conoce a Dick y le dijo que no.
—¿Ahí entra usted?
—No. Ella cumplió los 18, el asunto del miedo se transformó en curiosidad. Bárbara falló un par de saltos en el entrenamiento, estaba distraída, le dije que aclara sus pensamientos antes de montarse al trapecio. Volvimos a hablar del tema, mas con otra perspectiva. Ella quería una pareja, pero en esta vida no es fácil hallar alguien que no haga preguntas por los horarios ajustados y las heridas; luego de que Bárbara me describió lo que pensaba le dije de frente que lo que quería ella era sexo sin compromisos y que se buscase a alguien mayor y más respetuoso que un miembro del Equipo. Le hablé de la reputación, la virtud y el honor femenino.
—¿Bárbara se lo pidió?
—Sí. Y le dije que no.
—Por unas horas —recordé su comentario.
—Fueron cuatro horas, la patrulla completa. Los niños se fueron a la cama, la esperé porque siempre se tarda más en cambiarse y le dije que fuera conmigo al ático de la mansión.
—¿Qué hay en el ático?
Desde ya sabía que no me gustaría la respuesta.
—Una habitación que diseñé para el sexo.
—¡¿Le quitaste la virginidad a mi hija en un cuarto tipo 50 sombras?!
Vaciló en su respuesta.
—No tengo tantos fuetes como el tipo de la película, pero en términos generales, sí.
—¡Cabrón hijo de perra! ¡¿Qué le hiciste a mi hija?!
Iba a salir con una cosa que me desesperaría más, se mordió la lengua de forma evidente. Quizá era más fácil leerlo sin la capucha y a la luz del día.
—Fui amable, dulce, le di todo lo que necesitaba y quería, después la senté en mis piernas y le enseñé a masturbarse para que no requiriese de mí o de otro hombre. Le di acceso ilimitado a una tarjeta de crédito para que pidiese los juguetes que quisiera y, en un inicio, no volvimos a hablar del tema, pero se nos creó una tensión sexual y ya sabes cómo son estas cosas.
Mi hija en un cuarto de sexo, desnuda frente a un hombre con más kilometraje que un taxi de New York, abriendo las piernas y entregando su inocencia a un tipo que se vestía de murciélago por las noches y golpeaba criminales, que luego, jugando al maestro, la corrompería todavía más.
—¿Se negó o dio la impresión de arrepentirse?
—... sí, pero si te lo cuento estaría hablando de la privacidad de tu hija.
—Hazlo.
—Dame un momento.
0oOo0
—¡¿Por qué apagó el micrófono?! Agh, Bruce y su olfato de perro.
0oOo0
—Tu hija tenía vello, la cultura del siglo XXI ha satanizado el vello púbico y le daba vergüenza.
Gordon ya estaba a un paso de un colapso mental, ¿para qué pedía saber más?
—¿Y?
¿Enserio? ¿Él no respetaba la intimidad?
—¿Qué quieres que te diga? No soy muy fan del vello, pero no se lo dije —me tragué mis ganas de decirle lo intrigantemente atractivo que me pareció ver la húmeda y rosada cavidad de su hija rodeada de esa piel lechosa y el suave vello pelirrojo, siendo la prefecta descripción que yo poseía sobre virginidad. Uff, que delicia fue ser su primera vez, habría amado hacérselo sin condón, eso hubiese sido alucinante, más de lo que ya fue —. La segunda y tercera vez no lo mencioné, mas al ver que se convertiría en un patrón le revelé mi preferencia, dejándoselo a su elección.
—¿Igual habrías tenido sexo con ella?
—... sí.
—¿Qué dijo Bárbara?
—Que no sabía cómo depilarse sin cortarse.
—Esas son las cosas que enseñan las madres —comentó con el pensamiento en su difunta señora —. ¿Y usted le dijo qué hacer?
—No, pero le pagué, y le pago, la mejor esteticista intima del país. Problema resuelto.
—¡El problema no está resuelto! Que le pasen cera...
—Laser.
—¡Lo que sea! Que le de dinero y cosas de lujo por acostarse con usted no está bien. Ni el que se acueste con usted, carajo.
—Aclaremos el tema del dinero —pedí —. Hablando a calzón quitado, tú hija y yo somos más que amantes. Me gusta tu hija, es preciosa, inteligente, hábil, fuerte, disciplinada y tenaz. Soy un hombre, quiero consentirla: cine, baile, cenas, pero no podemos hacer eso, ni por la edad ni por la publicidad. Recaemos en el tema del honor de Bárbara, no le haría un daño semejante al revelar nuestra relación. Por todo esto, sí, le doy dinero para que gaste en lo que quiera, pero yo habría hecho eso así ella tuviera mis años, se llama caballerosidad. Quiero que se sienta hermosa; es una mujer, su belleza cuesta, así que le doy para lo que quiera y para que le sobre. No la he comprado, no piense algo semejante de su hija.
—Esto no me hace sentir mejor Wayne —escupió —. Es mi hija.
Me desesperé y alcé la voz.
—¡No usa pañales!
—¡No es motivo para que la desnudes!
—¡A ella le gusta! ¡No la estoy violando!
—¡No me basta eso!
—¡¿Quieren callarse?! —nos sorprendió a los dos el portazo de Bárbara, quien ingresó a mi oficina —. ¡Sus gritos se escuchan hasta la zona de entrenamiento!
Tenía que ser una exageración.
—Barbara, ve a mi auto y espera...
—¡No! ¡¿Qué creen que hacen ustedes dos discutiendo sobre mi vida sexual?! ¡¿Hola?! ¡Es mi vida! ¡¿Les cuesta demasiado respetarme?!
Los dos enmudecimos y compartimos una mirada. Bárbara, furiosa como nunca la había visto, se marchó pisando fuerte.
—¿Enserio asumes que puedo manipular a una chica con tanto carácter?
Gordon no me respondió.
0oOo0
Finalizada mi telenovela, en realidad huyendo cobardemente de la ira de Bárbara, me dirigí con tres escoltas al aeropuerto.
—Primero Atlanta, luego Miami —les expliqué —. Llegaremos para la cena. Uno de ustedes se quedará, irá a casa y luego nos recogerá al volver.
—¿Exactamente que iremos a hacer?
—Voy por dos artistas, quiero que me firmen unos discos para un regalo.
—Entendido, señor Grayson.
El aeropuerto se conmocionó con mi aparición, hubo fotos y videos, saludé a los que pude haciendo la fila; no era temporada y las aerolíneas costosas portaban una menor cola. Un vuelo a Atlanta salía en 20 minutos, ojalá alcanzase.
—Siguiente.
Sonreí amablemente a la ansiosa secretaria.
—Buenos días. Tres de primera clase para Atlanta, el más próximo.
—Sale uno en 13 minutos. ¿Nombres? —dicté mi nombre y el de los dos escoltas —. Es menor de edad, ¿viaja con un tutor?
—No, pero ellos son mis escoltas. Esperaba que bastase.
—Sí, pero al ser un menor puede pagar un tiquete en primera y dos en turismo, la compañía le obsequia los otros dos en primera clase.
—¿Enserio? —alcé las cejas, no me sabía esa —. Cool. Seguro, sí, gracias.
Pagué con mi tarjeta de las mesadas; atrás dejé a un par de personas enojadas por el «privilegio» que se me otorgó. Ciertamente, sentí que fue injusto, pero si se podía hacer...
El viaje transcurrió bien, rechacé la champaña de cortesía y acepté un vaso de agua con gas. Al pisar suelo de Atlanta, una comitiva de medios televisivos me aguardaba.
—Ah, ¿qué no hay una ley que me protege de esto? —les pregunté directamente junto a la cinta de las maletas. Uno de ellos me respondió con su micrófono listo, mi cara de «quiero que la tierra me trague» estaba en vivo y se repetiría en los noticieros de la tarde y de la noche.
—No si te encuentras en algo oficial como Nightwing.
—Sí, pero esto es por motivos personales —respondí tratando de sonar razonable y educado.
El periodista que habló conmigo, en jean, saco y corbata, lo suficientemente decente para su canal, me sonrió.
—¿Y si jugamos a que sí? Es difícil para los medios fuera de Gotham chico.
Borré mi sonrisa.
—No. Déjenme respirar.
—Aw, unas preguntas —insistió una de las mujeres.
—No.
Fue incómodo que esa panda de locos me siguiera por el aeropuerto, el miedo que infundía mi papá no me protegía fuera de las murallas de nuestra ciudad, la amenaza de una demanda no les bastó para dejar de perseguirme arrojando preguntas que ignoré. Mi plan era simple, comprar los sencillos que le regalaría a Capucha e irme a que los autografiaran para mi hermano, pero esos idiotas no me dejarían en paz.
—Señor —casi corrí al ver a un guardia de seguridad del aeropuerto.
—Joven —los ojos le brillaban. ¿Y si era peor pedir ayuda? No se me daba muy bien recostar mis problemas en otros, pero no encontraba forma de hacer que ellos se alejaran.
—Am... ¿sabe dónde venden CD's aquí? —no pude formular la verdadera pregunta.
—Sección cinco, girando en la siguiente esquina a la derecha.
—Ok, gracias.
Caminé hasta el sitio abrazándome a mí mismo. Yo rara vez actuaba así de cohibido, pero me golpeó el no hallarme en mi terreno; con el traje podía bromear, reírme o insultarlos, me sentía desnudo sin mi máscara y mi kevlar, en suelo extranjero, siendo un extraño. Un alivio fue ver la tienda de música desierta; los guardaespaldas cuidaron que esos locos no fuesen a entrar.
—Buenos días, ¿en qué puedo...? —el muchacho que atendía se quedó de piedra al verme.
Genial, simplemente genial.
—¿Tiene el sencillo de My Mom, de Eminem?
—S-sí Nightwing.
Agh.
—¿Y Hookah? Es de Don Omar.
—Sí, sí señor. Enseguida.
Costaron 30 dólares, putos aeropuertos careros. Salí a mi tormento personal con la bolsa de mi compra.
—Esto es ridículo —gruñí a los escoltas —. ¡Es ilegal! ¡Soy menor!
—Lo lamento, señor Grayson. Esta gente no entiende.
—No es tu culpa. Para un taxi.
Y me continuaron persiguiendo hasta Interscope, una casa discográfica donde, según mis contactos, se hallaba el rapero Eminem cuadrando unos detalles de su siguiente lanzamiento. Afortunadamente, al reconocerme, Interscope me abrió paso y pude librarme de los locos.
—Bienvenido, joven Grayson.
—Buenos días —revisé mi reloj, sí, aún era de mañana —. Disculpe, ¿hay alguna forma de que yo pueda robarle cinco minuticos a Eminem?
Con mi sonrisita de niño bueno y mi nombre, logré reunirme con Eminem, su agente y un par de músicos en una sala de grabación. Volví a estar nervioso, pero era de emoción; yo no conocía en persona a Eminem, y era raro, porque era un famoso que admiraba hasta cierto punto, él era una inspiración de autosuperación.
—Es un verdadero placer conocerlo, señor Mathers —dije estrechando la mano del rapero.
—Puedo decir lo mismo, Dick. ¿Te puedo decir así?
—Claro, sí.
Él me sonrió y soltó mi mano. Yo continuaba sonriendo porque... era Eminem.
—¿En qué te puedo ayudar? Preguntaste por mí.
—Ah, sí. Discúlpenme por interrumpirlos —dije a todos los presentes —. Lo que sucede es que quisiera pedirle un pequeño favor —saqué su sencillo de la bolsa —. Yo, am, es un autógrafo.
Eminem frunció el ceño y aceptó el disco con extrañeza.
—Te sigo desde hace tiempo, sé que siempre has tenido una política de 0 autógrafos por motivos religiosos.
—Sí —asentí —. Los considero una banalidad, creo que nadie debe de ser elevado a tanto —el rapero apretó los labios y me vio con rostro de no entender —. Ah, ¿el por qué del autógrafo? —reí —. Es que no es para mí, yo realmente no lo pediría, es un regalo para un amigo.
—Ah —todos asintieron con comprensión —. Entiendo.
—Sí él... —me pausé, tratando de decirlo de forma decente —. Ama su música, él... tuvo una infancia difícil y su mamá —me estrujé los dedos —... digamos que ella no... am... bueno, consumía drogas y él... yo... disculpe, señor Mathers.
(Para los que no sepan, la madre de Eminem es una mujer adicta que maltrató bastante al cantante en su infancia y es la principal culpable de los años con adicción de él, mucha de la discografía de Eminem es dedicada a hablar sobre su mamá.)
—No te preocupes, Dick. ¿Es el cumpleaños de tu amigo?
—No, yo quería desde antes hacerle el regalo, pero estaba estudiando y el viaje y todo esto toma varias horas.
—Por supuesto. ¿Alguien tiene una pluma?
—Mierda, le pegó al blanco —jadeé al leer la dedicatoria. «No te atrevas a juzgarme: no tienes ni idea de todo por lo que he pasado. Eminem».
(Es una frase del señor Mathers. Sí, ese es el apellido de Eminem.)
—¿Cómo se llama tu amigo?
—... ¿puede ponerle las iniciales?
—Sí, como gustes.
—CR.
No era como si pudiese decir Capucha Roja directamente, pero Eminem, que escribió con curiosidad el «CR», se quedó viendo el disco. Sí, el tipo era brillante y la pescó sin vacilar.
—¿Acaso le estoy firmando un autógrafo al capo de Gotham? ¿Capucha Roja es CR?
Quedamos en silencio, aguardando a que yo hablase. Asentí con ansiedad.
—Él es un viejo amigo mío que tomó otra senda —reconocí.
—Ten —me entregó el disco con menos hostilidad de la que esperé —. Dile que le mando mis saludos, que siga alejado de las escuelas.
—Sí, señor Mathers.
(Este escrito es una interpretación libre del personaje de Eminem, todo es ficción. No incito de ninguna forma a pensar que Eminem favorecería de cualquier forma a un narcotraficante.)
Con Don Omar tampoco me fue mal; con él tuve que avisar y pedir permiso desde el aeropuerto, pues el hombre se hallaba descansando en su casa, pero el puertorriqueño me recibió como a un rey, me brindó la cena, porque ya era de noche, e incluso me invitó a quedarme a dormir.
—Es algo tarde para que un bellaquito como tú salga a la calle.
(Si no traduce, bellaco es una palabra del reggaetón que significa malo o ruin, bellaquear es tener sexo. Algunos cantantes usan el diminutivo de «bellaquito» para referirse con cariño a alguien; en el español muchos insultos pueden convertirse en frases amistosas, especialmente con niños (quizá por eso salimos de una guerra para entrar en otra 😊).)
Sí, la conversación fue en español. Y accedí porque no podía viajar con los escoltas por los tubos zeta.
—Muchas gracias por su hospitalidad, don William.
Estando con el hombre latino, vimos una noticia de farándula de Gotham que era tan asombrosa que mi ciudad se atrevió a meterla como un «extra», igual que si se tratase de una bomba o un atentado.
Yo sí sabía que Catwoman aparecería, era época de exposiciones artísticas, nuestra gata estaba en la obligación moral de intentar robar algo referente a su animal favorito. La última vez que apareció, vi el dilema de papá: ¿irse con ella o quedarse con Bárbara? Al final, la mujer del látigo ganó, pero Bárbara no se afectó, ella sabía cómo eran las cosas y, conmigo, se burló de Bruce y de lo sonado que fue en esa ocasión su encuentro con Catwoman. ¿Qué cambió? ¿Qué el comisionado se enterase y Batman se obligara a lucir decente por su propio bien? No, Bruce no era así. Si me preguntaban, yo diría con franqueza que eso habría sucedido con o sin la aparición del comisionado; Bárbara se le metió en ese frío corazón forrado en acero y plomo, ya lo había notado, aunque jamás imaginé que papá...
—¿Tú me rechaza a mí? —el alegato indignado de Catwoman fue grabado por una cámara de seguridad —. ¿Tienes fiebre?
—Me aburrí de nuestro tira y afloja, lo siento bonita. Dame la pintura.
Catwoman, riendo, le respondió con un latigazo.
—Vaya, jamás lo creí posible. En fin, etapa de mi vida superada.
Mientras el público hacia conjeturas de lo que había pasado, yo solo pensaba en una cosa: Catwoman era vía libre.
Ja, a quién le han dicho, me reí de mí mismo.
