Hola. Como lo eliminé para no arruinar la línea de capítulos, añado mi comentario suelto aquí, conservándolo para la posterioridad.

Quedé con un mal sabor de boca con el final del capítulo porque esa aparición de Catwoman es innecesaria, injustificada y muy forzada. Les juro que tiene un motivo importantísimo, esto abre una cosa que no se imaginan y que nada tiene que ver con Batman, Batgirl o Gordon. Este hecho de que Batman rechazara a Catwoman va a generar, en unos cinco episodios futuros, una situación que va a enredar la pita de Dick aún más (sí, es sexo, pero no es lo evidente en lo que pueden estar pensando.)

Lo siento por hacerles creer que un nuevo capítulo estaba listo tan pronto, pero es que enserio sentí que les debía la explicación. Borraré el mensaje del listado de los capítulos un par de días antes publicar el siguiente para que no se confundan.

Gracias.

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—El regalo con más spoiler del mundo —me reí subiendo de un brinco a la parte de atrás de la camioneta de Capucha. A la gente de Eminem se le salió el cuento, los cabrones dieron testimonio, palabra a palabra, de lo que dije en el estudio del rapero. Era la perfecta ocasión para demostrar mi nueva postura de «no me importa lo que piensen»: directo, a la luz del día, en un sitio privado, pero no oculto, con dos de sus matones vigilando junto a nosotros. Era un parque, a esa hora estaba solitario, pero había gente igual, gente aterrada, curiosa y maldita que grababa.

—Viejo, te amo —Capucha abrió los brazos y me envolvió en un abrazo. Lo recibí risueñamente entregándole los dos CD's firmados —. Te besaría de no ser porque me madrearías.

—Genial que mantengamos los límites —acordé con diversión —. Tus dos canciones favoritas de todos los tiempos, creo que esta vez sí me superé —blofeé.

—Como no tienes una idea, cabrón —les sonrió a los objetos, con su casco espantoso al que no me acostumbraba —. Me encanta la frase de Eminem.

—Los dos te mandan saludos y que sigas lejos de las escuelas —de reojo vi a la corredora que trotaba ligeramente por el camino donde Capucha se parqueó; era una señora.

—Hasta un delincuente tiene que tener decencia. Los niños son primero, sino nuestro futuro estará jodido.

Los matones asintieron, yo igual. Era cierto, había que cuidar las generaciones próximas.

—Oigan, no pueden parquear aquí, estorban —era la mujer más valiente de la ciudad —. A las ocho llegan los adultos mayores, ¿de qué forma ellos pasaran si la mitad de la ruta de ejercicio está tapada?

—Eh, eh —Capucha frenó a los dos matones que la iban a espantar —. Lo siento mi señora, le prometo que nos iremos en unos minutos.

—Jum —nos miró airosa. Ok, valiente no, estúpida —. La juventud de hoy está perdida, dándoselas de malos tipos cuando deberían estar en la escuela.

—Yo ya terminé el año —me excusé alzando las manos.

—Validé el bachillerato —comentó burlonamente Capucha.

Ella resopló estirando el cuello para ver los CD's. Ni valiente ni estúpida, suicida.

—Bah, estos muchachitos que se creen que han sufrido, escuchando música de inadaptados y creyéndose mártires de la vida.

—Hey —la frené, ya se pasaba de la raya.

—No hable de lo que no conoce, anciana y váyase antes de que juguemos al tiro al blanco.

Molesta, renegando, histérica, aplicando el arquetipo que le quedase para describirla, se alejó, muy en parte gracias a que Capucha puso la mano sobre su sobresaliente pistola.

—Maldita —dijo uno de los matones, el de las cicatrices —. Yo no sé por qué hay gente que supone que todos tuvimos una vida de Barbie como la suya.

—¿Yo? —me señalé con asombro —. Viejo, vi morir a mis padres y trabajo desde que tengo uso de razón.

—Al menos tuvo una infancia feliz por unos años —continuó el cicatrizado —. Yo crecí en un orfanato, mis padres me abandonaron porque se les dio la gana.

—Eso no es tan malo —comentó el que estaba junto a él, castaño —. Mi padre era un ebrio que golpeaba a mi madre frente a mí y mis hermanos.

—Bueno, si se trata de competencia, les gano a todos ustedes —dijo con saña y mofa Capucha —. Es más, le gano al propio Eminem en un concurso de malas mamás.

—Nadie le gana a Eminem en una cosa así, jefe.

—No, Capucha gana —agregué —. Cuéntales.

—Mi mamá me vendió al Guasón por un gramo de heroína cuando yo tenía once, superen eso.

Los dejó boquiabiertos. Yo me solté a reír.

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—¿Esa historia de Capucha es cierta? —tenía que interrogar a Bárb al respecto en el almuerzo. Eludir la conversación respecto a su sexualidad era nuestra nueva actividad favorita en familia.

La conversación entre Grayson y los criminales llegó, en medio de abucheos y mucha crítica negativa, a internet.

—Si él es quien yo supongo, sí.

—¿Y quién supones que es?

—Eso no te lo puedo decir, lo siento.

La miré por sobre mis lentes. Bárbara lucía un ligero moretón en el pómulo izquierdo, vi cuando se lo hizo, fue peleando contra Catwoman fuera del museo, luego de la charla entre la mujer y Batman, plática que no deseaba analizar; sí, no más análisis con finales escabrosos.

—Se acercan las olimpiadas, tú tienes el nivel para competir.

—¿Me dejarían? ¿La Liga no tiene prohibido participar de eventos deportivos?

—Los metahumanos, pero tú y Dick pueden participar en gimnasia. Traerán el oro.

Bárbara sonrió ligeramente.

—Sería emocionante... ya imagino a Dick entrenando como un desquiciado para ponerle las medallas a Bruce en el regazo.

El temita Wayne. Se nos armó un silencio mientras comíamos.

—Bárbara... ¿sigues enojada?

—Sí —soltó su tenedor —. Debiste haber acudido conmigo, no con él.

—¿Y acaso no tengo derecho a pelear tras enterarme que un hombre de su edad te quitó la virginidad?

—Pero tu enojo era conmigo —dijo tomando su cubierto y picando un tornillo de pasta —. Él no me violó, fue mi decisión —comió. Le quedó deliciosa la pasta.

—No es sencillo para mí, Bárbara. Me gustaría que siguieras siendo la pequeña niña que se colgaba de mis piernas para que no fuese a trabajar.

Ella me sonrió con ternura. Bárbara era un reflejo de su madre, vi a mi esposa mil veces con el rostro entornado en placer, me daban nauseas imaginar así a mi hija, más si sabía que estaba en las grandes y pesadas manos de un sujeto sin escrúpulos que la doblaba en tamaño, en edad y que, además, tenía fama de fetichista.

—Me acuerdo de eso, te convencía de dejarme ir contigo a la comisaría.

—Y tu madre me gritaba.

Nos reímos juntos y continuamos comiendo.

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El mago me requirió unos minutos en su reino para avisarme de la llegada de Black Adam en fechas próximas. Dado que fui al siguiente día del aviso, tenía que estudiar para el examen de matemáticas, aparecí justo a tiempo para recibir una noticia del secretario de la ONU en persona.

—Es el cumpleaños del hijo del presidente, se hará una cena formal y quisiéramos invitar a algunos miembros de la Liga. Como el celebrado cumple 15 años, creímos acorde invitar a jóvenes héroes, usted y Nightwing, específicamente, para no desentonar con la reunión.

—¿Cuándo es?

—El viernes a las 6 de la tarde en una casa de descanso, en Miami.

—¿En dos días? Sí, estoy libre. Estaré ahí.

—Magnífico.

Sostuve mi sonrisa hasta que el hombre se marchó de la «sala común» de la Liga; obvio ese tipo no accedía ni de chiste a la Atalaya, estábamos en el Salón.

—Que desagrado —se burló de mí el Hombre Halcón —. Y ni oyes la lista de invitados.

—Ay no —me tapé el rostro con una mano —. Dios mío. Adivinaré, ¿la élite blanca que controlará al mundo?

—La misma. Dos nietos de la reina Isabel II, el joven heredero al trono de Japón, tres hijos de diputados europeos, el celebrado y sus dos encantadoras hermanas mayores.

—¿Y si ese día hay una pelea con alienígenas locos? —propuse con humor —. Te juro que los consigo.

El Hombre Halcón rio hasta caer sentado.

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—¡¿Olimpiadas?! ¡Genial! ¡Quiero participar, Bruce! —le exclamé a papá desde las barras asimétricas. El murciélago, que destrozaba la defensa de Tim, pausó su agresivo ataque. Mi hermano aprovechó para tomar aire.

—Hablaré con el Comité Olímpico, Bárbara y tú pueden ir de forma independiente.

—¿A qué país representará Dick? —preguntó Tim con curiosidad.

—Técnicamente, él es estadounidense.

—Me da igual, casi no recuerdo a Rumania —dije lanzándome al aire —. Con el país que sea, soy yo quien se quedará con el oro.

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—¡Martha! ¡Mira quien apareció!

La compañía de Luthor era agradable, Dick me traía diversión e historias sexuales, Billy era un chico increíble que daba los mejores consejos, pero nada se comparaba a la ternura de ese par de ancianos a los que llamaba padres.

—Hola mamá.

Sin haberme visto por semanas, la pequeña mujer no perdió oportunidad y me envolvió en sus suaves brazos.

—No vuelvas a desaparecer por tanto tiempo, cabeza dura —me regañó con cariño.

—Lo siento ma. Te traje un obsequio —señalé a mis espaldas. La caja del perro la dejé junto a la puerta de entrada, pues esperaba el recibimiento de mi madre —. Pensé que te gustaría para limpiar.

—Oh, ¡tu invento! ¡Jonathan!

Sí, estaba en casa. Superman... no lo llamaría fiasco, pero no resultó lo que esperaba, no obstante, mis abuelos, o sea mis padres, ellos fueron lo mejor que me pudo brindar el hombre de acero. Mamá y papá me recibieron desde el primer momento con los brazos abiertos, sin dudas y sin dobles intereses, tras una simple presentación hablaron de prepararme una habitación, de que me mudara y estudiara en el pueblo. Eran personas a las que amaría siempre.

Luego de hablar un rato de nosotros, de BKD, del perro, de mis estudios y de mi nuevo hogar, salió el tema de mis compañías.

—Dick es un gran muchacho, ha pasado aquí suficientes navidades para reconocer que es una persona admirable, pero... ¿no crees que llevó las locuras adolescentes a otro nivel? Si Clark hubiese mostrado la mitad de esas conductas peligrosas yo ya lo habría zurrado.

—¿Conductas peligrosas? Pues, vivimos en riesgo, es parte del trabajo.

—No, no, Kon —ellos accedieron a llamarme así luego de explicarles que prefería el nombre kriptoniano —. Su vida de superhéroe es insuperable, él ha logrado metas que nadie nunca podrá alcanzar.

—¿Entonces?

Mamá frunció el ceño.

—Es una mala influencia. Oh, no hagas esos ojos, muchacho; tienes que reconocerlo. Rodeado de pandilleros, para arriba y para abajo con un narcotraficante que carga AK 47 y pistola, cada semana con un escándalo diferente, culpable de infinidad de crímenes y poseedor de una vida promiscua a la que te está arrastrando.

—¿Qué? —no pude evitar reírme avergonzado. Sí, hablar de sexo con los padres era demente... excepto si eras Dick y tu padre te facilitaba lugares y condones para «divertirte».

—¿Niegas haber admitido en YouTube que tuviste un trío con él?

—Am, bueno, no era propiamente un trío, solo...

—¿Solo qué? —exigió saber papá.

Me sonrojé.

—Él me vio con la chica, le gusta ver, luego él se lo hizo con ella. No estuvimos juntos los tres al mismo tiempo.

—¿Y crees que es muy diferente, Kon?

Sentí el dolor de ser juzgado.

—Mamá...

—Si a ese chico le gusta ver un acto íntimo es por el ejemplo que recibió de su padre. ¡¿Qué su hijo vigilase para que no lo atraparan metiéndose en camas de mujeres casadas?! ¡Por Dios! ¡¿Cómo Dick no ha ido a otro hogar?!

Y lo que creí que sería una plácida cena se convirtió en un yo callado y asintiendo a comentarios prejuiciosos e hirientes de dos personas que no aceptaron una explicación que no les diese la razón.

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Acostado en mi cama, revisé mis mensajes. Stephani me envió una foto de su cena.

«Luce apetitoso», le escribí. «¿Estaba rico?»

Intercambié números con la prostituta una vez volvió el señor Nickles, quien se tragó la historia de que ella me acompañó en la cama para que yo no me sintiera solo. Los minutos que nos besamos fueron largos, los mejores de mi vida. Sentir emociones de euforia y felicidad por algo no relacionado al vuelo, a las caídas libres desde el cielo o por la comida y el licor era... indescriptible.

«Exquisito. ¿Cómo van los exámenes?»

«Ahí.» ¿Qué le decía? Joder, quería verla de nuevo. «Hay una nueva película de Pixar.»

¡Agh! ¿Caricaturas? ¿Es tu mejor movimiento Batson?

«Uy sí.» «¿Puede ser este sábado? Lo tengo libre, iba a hacer de niñera de mi hermana, pero mis padres me cancelaron.»

¡Sí!

«¿Por qué?»

«Se enteraron de mi oficio.»

Oh, oh.

«¿Se enojaron?»

«Sí, mucho, pero da igual.» «Ya no vivo con ellos y soy mayor de edad, no pueden hacer nada.»

«Es la ventaja de ser independiente. Yo pienso hacer que un juez firme mi emancipación a los 16 así deba hipnotizarlo.»

«¿Sabes hipnotizar?»

Quise decirle que sí, que era uno de mis poderes, pero me contuve a tiempo.

«Aprenderé, ¿qué tan difícil puede ser?»

Le causé gracia y continuamos chateando de cosas sin sentido, cuadrando una hora para la ida al cine.

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—¿Qué? —dije a la mirada fija de papá sobre mí.

—No te oí llegar anoche.

Pensé brevemente mi respuesta.

—No llegué, no pensé que tendría problemas.

—Bárbara, preferiría que llegaras a dormir de ahora en adelante.

—Ay, esto no es enserio —me quejé soltando el huevo que rompería para mi tortilla de desayuno.

—Regálame esa paz —me pidió papá —. Prefiero no estar a las dos de la mañana imaginando Dios sabe que cosas.

Rodé los ojos y lo encaré.

—¿Quieres saber que pasó hoy a las dos de la mañana? —usé sarcasmo.

—Cuida tu tono, niña —me advirtió.

—Apuñalaron a Tim —lo miré a los ojos.

—¿Qué? ¿Él está bien?

—Sí, con cuatro puntos en su pierna izquierda y un par de días de descanso. Aclaremos una cosa y continuemos con nuestras vidas —puse las manos en el mesón de la cocina, donde yo apoyaba mi espalda —. Entreno cinco horas diarias, patrullo de unas tres a cinco horas, ya dejé de estudiar, lo que me libera, pero pronto estaré en la universidad y me volveré a ocupar. ¿Crees que gasto mis noches en la cama de un hombre?

...

—Lo siento, tesoro, pero esto es difícil para mí.

—Lo sé, mas tranquilízate. Estas cosas ocurren un par de veces a la semana de forma esporádica.

—¿Me estás mintiendo?

—No responderé a eso —sonriendo, giré y rompí dos huevos sobre la cacerola.

—Es que... Dios, eres tan pequeña y él es un coloso.

—Tampoco responderé a eso.

Me reí con el quejido atormentado de papá.

0oOo0

—Mmm, buenos días, Dick.

—Buenos días papá —me senté con suavidad en su cama. No fue una buena noche para ninguno: lo de Tim y lo mío —. ¿Puedo dormir contigo?

—Claro amor —papá, conocedor de lo que a veces se encontraban los héroes, y los civiles, me abrazó y me sobó los brazos. Por milagro, él usaba pantalones —. ¿Qué viste?

—Un bebé. Lo asfixiaron antes de tirarlo a la basura, no lo pude ayudar.

—Shh, no llores —¿lo estaba haciendo? Ni lo noté. Las lágrimas solo me afloraban con papá o Jason.

—Era diminuto, cabía en mi brazo.

—No lo recuerdes. Al despertar haz una oración por él, eso te calma.

Sonreí suavemente. Papá no compartía muchas de mis creencias e igual aprendía lo que yo favorecía y lo tenía presente para ayudarme o aconsejarme.

—Gracias Bruce.

—De nada Dick. Duerme, hijo.

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Los pensamientos sobre Stephani me sorprendieron en las clases; al ir acabando el año escolar los docentes nos dejaban a nuestra suerte y los chicos aprovechaban para recochar un par de horas.

—Tienes cara de enamorado, Batson.

Negué a lo dicho por Johnson sin dejar de sonreír.

—Para nada.

—Miren esos ojos brillantes y la sonrisita estúpida. ¿Cómo se llama?

Les dije lo primero que se me ocurrió.

—Caída libre.

—¿De qué hablas? —se interesaron algunos, unos cuatro.

—A veces, con la forma de Capi, asciendo a la estratosfera y me dejo caer. Es la cosa más impresionante del mundo.

Y apareció la inevitable pregunta.

—¿Qué se siente volar?

—Es... coño, es fabuloso.

—¿Podrías no decir tantas groserías? —me pidió una de las niñas, la clásica gomela que se las daba de fina.

—Soy vulgar, si no te gusta no me oigas.

—¿Alguna vez has hecho la caída libre como Billy Batson?

—No —negué de inmediato, aunque era mentira —. Esa mierda es peligrosa, mientras más alto menos aire, respirar es casi imposible y las nubes son heladísimas porque el agua al ascender se va enfriando.

—¿Y qué pasa si atraviesas una nube?

—Te mojas.

—¿Y el espacio cómo es?

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—¿Por qué Miami? —pregunté a papá mientras él me arreglaba la corbata, Billy ya estaba listo y nos aguardaba recostado en la pared. Desde la Atalaya nos trasladaríamos a las afueras de la casa de playa del invitado, quien creía que llegaríamos volando.

—Es un sitio neutral para los invitados.

—Yo no aguanto el clima —comentó Billy mirando sus zapatos pulidos —. ¿Por qué mierda con traje y corbata? Es Miami, nos vamos a ahogar en nuestro sudor.

—Habrá aire acondicionado y el reporte del clima dice que hará ventisca, tal vez rayos. Listos, lleva tú el regalo, Billy.

Papá le extendió una caja negra, el niño la destapó.

—Lindo, ¿un Rolex?

—Sí, un Cellini Moonphase de 18 quilates. Esperemos que le baste al malcriado. Tenemos el menú: picada de mariscos, una crema, la entrada, el plato fuerte y el postre, este tiene salsa. Billy, ¿cubiertos del postre?

—Los pequeños que ponen al frente en el plato.

—¿Cuál es cuál?

—El tenedor es para el postre, la cucharita para la salsa.

—Excelente. ¿Cuáles son los cubiertos del plato fuerte, Dick?

—Los más cercanos al plato.

—¿Cuál es la cuchara de la crema?

—La única cuchara con un tamaño decente —contestó el Capitán.

—Muy bien. ¿Y con qué comerán el camarón?

—Con el tenedorcito a la derecha.

—Perfecto.

—Sabemos hacer esto, murciélago —le recordé con aburrimiento —. ¿A qué horas se supone que acaba la agonía?

—A las diez —papá me dio una pequeña y suave bofetada por mi falta de respeto para con él. Le sonreí y él a mí —. Traten de no meter la pata en la cena, van a estar rodeados de pirañas chupa sangre en entrenamiento.

—Al menos puedo dormir hasta tarde. Eh, Batman, lo había olvidado, ¿puedes cambiar mi monitoreo de mañana para el domingo?

—Tú siempre has tenido ese horario. ¿Por qué quieres cambiar?

—Solo este sábado... voy a salir.

—¿Una cita? —no me contuve. Billy se sonrojó con una sonrisa involuntaria que en definitiva confirmaba lo dicho por mí —. Guao, ¡Billy!

No era para menos, ¿años de violaciones en su primera infancia y él conseguía una cita a los 13? Era mi puto héroe.

—Billy —Bruce sonrió, abrió la boca sin hallar palabras.

—Cállense —avergonzado, nos mandó a freír espárragos, tomó el regalo y se dio la vuelta. Una vez que se marchó con el transbordador, papá y yo soltamos la risa incrédula.

—Averigua todo —me pidió papá besándome la frente —. Y trata de que no te estalle la cabeza en la cena.

—Lo intentaré.

La casa estaba en la playa, era grande y bonita, no muy sinuosa. Billy tenía razón, el clima afuera era un asco. No, no era un asco, seguro que en pantaloneta y metido en el mar era una maravilla, pero con ese traje de tres piezas yo empezaba a emular el infierno.

La fiesta nos recibió con los invitados ya dentro, muchísima seguridad vigilaba los alrededores; nosotros caminamos por la acera, sorprendiéndolos. A lo lejos, el cielo se iluminó por un relámpago.

—Una tormenta eléctrica, espero que alcancemos a verla.

—Seguro, Capitán.

Los invitados ya estaban dentro con el aire acondicionado a full, en una mesa decorada con manteles bordados se depositaron los obsequios de los demás.

—Buenas noches —por protocolo, se levantaron y los saludamos de mano. Yo lo hice luego de Billy, la Liga era más ligera en asuntos de liderazgo, pero en mi casa la línea de mando estaba muy bien establecida. Pequeño, delgado y no muy fuerte físicamente, lo que quisieran, sin embargo, Billy era el que mandaba —. Señoritas —diferenciamos al estrechar la mano de las hermanas mayores, y buenonas, del celebrado, un mocoso llamado Enrique.

—Feliz cumpleaños, Enrique —dijo el Capi —. Te trajimos un pequeño obsequio por parte de la Liga y del Equipo. Esperamos que te guste.

—Lo hará... ¿te decimos Billy o Capitán? —como todos estaban de pie para recibirnos, a Enrique le bastó estirarse para recibir la caja. Las marcas de alto nivel no colocaban su nombre, sino un discreto logo.

—Lo dejo a su elección. ¿Podemos sentarnos?

—Por favor.

Nos sentamos en los sofás con las piernas cruzadas, igual que las mujeres de a pie, nada de poner un pie en una rodilla. Por supuesto, las dos damas presentes no podían sentarse así, sería indecoroso, el sentado de ellas era más rígido, con las rodillas y tobillos juntos sin dejar ver lo que se escondía bajo sus faldas.

—El clima está algo fuerte afuera —mencionó una de las hermanas. Eran básicas: rubias, delgadas, con colores pasteles, nada que llamase la atención.

—Sí, es lo bueno de las tierras tropicales.

—En particular, me agrada mucho este calor con humedad —mencionó el heredero al trono de Japón —. Es bastante... festivo.

—Los países tropicales, en especial el caribe, majestad, son espectaculares —complementó Billy —. Arman unas fiestas por días donde abundan la música y la alegría.

—Muy bien por ellos, ¿no? —la sonrisita estirada de Enrique me dio un mal augurio —. Grandioso que encuentren motivos de celebrar a pesar de sus múltiples guerras y sus economías precarias.

Aquí vamos.

—En la adversidad, Enrique, siempre florece la fuerza —dije —. La vida fácil solo crea hombres débiles. Creo que esa frase es de un árabe.

—Sí —la deviación del tema pasó desapercibido mi insulto —. La escuché en mi último viaje a Dubái.

Claro que sí, mocosos de papi y mami.

—¿Alguien aquí ha intentado aprender árabe? Me han dicho que es un idioma muy complejo.

—El principal problema es que, a semejanza al hebreo, se lee al revés —explicó Billy al nieto de la reina Isabel.

—¿Usted habla árabe, Capitán? —interrogó con interés el japones —. Tengo entendido que es políglota.

—El árabe no lo manejo de forma consciente.

—No comprendo.

—En esta forma de Billy Batson hablo unos 12 idiomas, pero al asumir la forma Capitán Maravilla puedo entender cualquier idioma, incluyendo a los animales. Es muy útil y me ayuda a aprender más idiomas en corto lapso de tiempo.

—¿Puedo hacerte una pregunta al respecto, Billy?

Claro, Enrique lo iba a tratar como a cualquier parroquiano.

—Por supuesto.

—¿Por qué te llaman el Campeón de la Tierra?

—Es mi título, lo gané por elección y conquista a los siete años.

—Eso es impresionante.

—Gracias, majestad.

—¿Qué hacíamos a los siete? —comparó una de las chicas —. Recuerdo que yo ganaba competencias de equitación infantil.

—Yo ya era la estrella del circo donde crecí —aporté.

Enrique alzó una ceja como diciendo: ¿enserio mencionaras al circo? Iugh.

—Yo avanzaba en mis estudios con tutores privados y aprendía inglés —mencionó Akishino, el heredero al trono japonés.

—Yo entré a la sección avanzada de ballet.

—Yo cursaba niveles también avanzados, pero en lucha grecorromana —ese fue Enrique.

¿Se las intentó dar de intimidante cuando me vio al decirlo? Bah, yo lo destruía.

—Buenas noches —una señora delgada, con la cara marcada por el Botox, y con un traje de dos piezas de seda verde entró a la sala, cargada con una bandeja de cocteles amarillos —. Oh, es un gusto que se nos hallan unido, señorito Batson, señorito Grayson. Les traigo mangonada, una bebida tropical. La cena se servirá muy pronto. ¿De qué hablaban?

—De lo que hacíamos a los siete años, gracias —recibí mi bebida —. Yo era artista circense.

—Ah, muy interesante. ¿Y usted, señorito Batson?

—Gracias —los bordes de las copas tenían tahini y limón —. Yo en esa época aún me prostituía en las calles.

—Ah.

Mordí mi mejilla internamente para no reír. La mangonada estuvo genial, la conversación viró a ningún tema interesante: burlas a los pobres, menciones a caballos y a las olimpiadas.

—Me dijeron que quieres participar —Billy me sonrió.

—Sí —atraje la atención de los niñitos —. Soy un gimnasta de talle olímpico, voy a participar.

—No sería justo con los demás, a mi humilde opinión —no Enrique, tu opinión nunca ha sido humilde —. Eres casi un miembro de la Liga de la Justicia.

—Entiendo el punto si yo participase en lucha porque manejo docenas de estilos —sí, aprieta los dientes, malparido —, pero la gimnasia no cambia, todos, teóricamente, deberíamos ser capaces de hacer lo mismo, la diferencia está en quién lo hace mejor.

—Seguro que ganas —me animó una de las hermanas de Enrique. No recordaba sus nombres —. ¿Y la chica pelirroja? ¿Bárbara es que se llama?

—Sí, Bárbara Gordon. Ella va a participar, los dos nos traeremos el oro.

—China y Rusia son fuertes oponentes. ¿Representará a Estados Unidos?

—Sí, soy ciudadano estadounidense.

Y el tema se fue a los países en los que ellos hicieron turismo. No eran malos niños, solo creían que el mundo empezaba y finalizaba en sus anos. Billy me jaló la manga, me incliné para que él me susurrara al oído:

—¿Podemos ir al baño?

—Claro amigo —me aclaré la garganta y me abotoné el saco suelto —. Permiso, ¿dónde queda el baño?

—Al fondo, la puerta color piel.

Lo dejé pasar, no era racismo realmente, no con intención al menos, simplemente era una frase demasiado arraigada. O quizá no me importaba tanto por ser «blanco».

—¿Y si digo que me dio dolor de barriga? —ofreció Billy. Yo me miré al espejo, amaba mi cabello, me gusta verlo sin gomina, consecuencia de tantos años usando esa porquería para fingir ser «Dick Grayson».

—¿Qué tal jugar un poco? —sonreí malignamente —. Sabes que no salgo de casa sin mi cinturón utilitario.

—Oh, ¿en qué estás pensando? —se unió a mi sonrisa.

—Traje ron, distraigámoslos con algo y adulteremos la comida. Mataría por ver borracho a Enrique.

—Te apuesto a que intentaría besuquearse al niño japones.

—Ja —reí —. Hagámosle. ¿Por qué no formas un espectáculo de relámpagos?

—¿Usar los poderes del Mago? No, no es correcto.

—Hum —¿qué solución existía? —. Ve y diles que me mareé, que fue por el viaje, que ya bajo. Por favor, no dejes que suban.

—Seguro. ¿Trajiste más licores?

—Sí, ¿quieres un sorbo de algo?

—Francamente, sí, pero mejor no. Se me ocurre que... un licor en una cosa, otro licor en otra —me enseñó los dientes —. Quiero ver la cara de esa anciana cuando sepa que todos los niños a su cargo están borrachos.

—Eres un maldito genio del mal, Billy. Lo haré.

Una vez se fue, saqué mi teléfono.

—¿Jaime? Tengo tu primera misión en solitario, secreta y por fuera del sistema, una situación de vida o muerte que no se repetirá —dije con una voz grave y pesada.

—Es la quinta vez en dos semanas que me lo dice, Nightwing.

El chico cogía carácter, se burlaba de mí con más soltura.

—¿Quieres 30 dólares o no? —me aligeré.

—¿A quién hay que matar?

—Haz que tiemble la tierra con una de tus sacudidas sónicas, ya te envío la dirección. No dejes que te vean.

—Como ordene.

0oOo0

—¿Y Dick? —preguntó la mujer, Jackelin, guiándonos al comedor. A las reuniones específicas de adolescentes y niños solo iban niñeras.

—En el baño. Pidió que lo excusen unos minutos, está mareado.

—Oh, ¿se siente mal?

—No, él está bien.

—Pero se mareó, ¿con qué?

—Con el viaje. Verá, hicimos un vuelo desde Gotham, es una distancia muy larga que se recorrió en poco tiempo y hay un cambio de clima considerable. Es el calor de afuera que lo golpeó.

—Pero, ¿el avión...?

—No usamos avión —interrumpí a Madeline, la hermana de vestido azul pastel —. Yo me transformé, lo sostuve y emprendí el vuelo.

—¡¿Eso es seguro?!

—Sí señora, claro —mentí —. Tenía protección para los ojos y la boca cerrada, usualmente viajamos así, pero no a trópico, por eso se mareó. Realmente no fue el viento o la presión lo que lo descompensó, sino el calor.

—Comprendo —no lo hacía, pero fingía que sí —. Iré a ver si se siente bien.

—Dick pidió que no se molestasen y que la cena continúe —dije. Casi le tapo el paso, pero eso habría sido agresivo y una señal de que algo iba mal. Un comportamiento así se comentaría luego de que buscasen el porqué de la borrachera infantil —. No quería incomodarnos, por eso hizo creer que está bien. Se le pasará después de que vomite —hice una mueca graciosa que le sacó una sonrisa a Jackelin.

—Ok. Está bien. Por favor, prosigamos. Este es su asiento, señorito Batson.

No alcancé a saber cuál era, el suelo a mis pies tembló. Fue una sacudida muy fuerte y constante. Una chica gritó, el heredero al trono japones, de mi edad, se mostró más calmado, Enrique se aferró a su silla en la cabecera y Jackelin a una pared.

¿Esa era la distracción de Dick? Considerando que sacó a las sirvientas de la cocina, sí. Vaya presupuesto que maneja el muchacho, pensé con diversión. A mí solo se me ocurrió aventar algo por la ventana para distraerlos.

—No —les dijo el niño nipón a las sirvientas que se retiraban —. Quedémonos juntos, se puede repetir el sismo.

Y lo hizo, pero se sintió más suave, tal vez más lejos. ¿Cómo carajos Dick fabricó terremotos?

—A mí esto me asusta —reveló una de las jovencitas.

—Tranquila. Iré a ver a Dick.

—¿A mí?

Ese carbón era demasiado rápido. Ay no, salió por el lado de la cocina, ¿qué mierda le pasaba? Nos iban a descubrir y la ONU nos mataría.

—¿Dick? ¿Qué haces ahí?

—Me perdí y seguí el olor de la comida —su excusa era ridículamente creíble, ya que venía con un camarón en las manos —. Lo siento, es que vomité un poco y quise asentar mi estómago.

—No se preocupe, señorito Grayson. La cena ya va a empezar. ¿Se siente mejor?

—Sí señora —le sonrió dulcemente.

Rata asquerosa, engañaba al que fuese.

Sentí el alcohol desde el primer momento, pero se requería de suspicacia para darse cuenta. Joder, ¡Dick era un puto profesional! ¿A qué horas hizo todo eso? Pero él no se delató en ningún momento, comiendo con gracia y porte de sangre azul, a pesar de que, a sus propias palabras, su sangre era lo más sucio que existía en la faz de la tierra.

Piénsalo, Billy, me dijo esa vez. A los gitanos no los quiere nadie y ni ellos me quieren.

Reírse en lugar de llorar era una técnica de distracción que yo conocía íntimamente; según Canario, no era sano, pero era mejor que llorar.

—La picada de camarón está exquisita —mencioné.

Era ginebra, oh Dick le pegó al clavo. ¡Ginebra! ¿Qué no haría yo por la ginebra? La degusté lentamente, apreciando cada bocado.

—Le creo que le gusta —señaló con humor uno de los nietos de la reina.

—Crecí comiendo esto.

—¿Hay camarones en las calles?

—Muy observadora, Madeline, pero, verás, los pedófilos no obligatoriamente son viejos sucios. Hay muchos pederastas en el mundo que tienen dinero, viven igual que ustedes, rodeados de opulencia. Yo me comía sus sobras.

—¿Entonces por qué luces tan feliz con los camarones? —me criticó Enrique.

—No voy a explicarlo porque no lo entenderán.

—No somos retrasados, Capitán.

—No, no lo son, pero son ricos y mimados. Ustedes nunca podrán entender lo que es el hambre.

0oOo0

—Tiene que estar descompuesta —murmuró Damián ingresando al único Taco Bell que hayamos abierto. Los dos empleados del restaurante y el par de cliente de última hora se nos quedaron viendo boquiabiertos; nosotros dos entramos con la armadura, los cinturones y las capas, la respuesta era natural.

—Papá dice que es verdad, yo no me lo creo. Hola, un Nachos Bell y una Coca-Cola, gracias —dije a la dependiente tendiéndole mi tarjeta de crédito. Bruce pagaba las meriendas en la patrulla.

—Yo quiero un helado de oreo y arequipe... gracias. ¿Padre querrá algo?

—No dijo. ¿Le preguntas?

—Ve tú, esperaré en la mesa —dijo recibiendo el recibo y la tarjeta. Ese pedazo de plástico era de los Robin y mía, para comida y emergencias.

—Seguro.

Salí y encontré a Bruce en el parqueadero haciendo lo mismo que habría hecho Damián: verificar que la radio del Batimóvil funcionase.

—Así que la leyenda era cierta —bromeé ocupado el puesto de copiloto y cerrando la puerta. La luz amarilla interna del auto y el aire acondicionado con olor a vainilla me resultaban entrañables, pasé muy buenos momentos en ese auto —. Se nos acabó la chamba.

—La chamba no se acaba —Bruce me sonrió devolviendo la radio a su lugar —, pero ciertamente disminuye en ocasiones.

—25 llamadas a urgencias en 12 horas, todas por accidentes, ni un solo robo, asalto o violación. ¿No te tiene feliz?

—Antes de la tormenta hay calma. Catwoman seguirá por ahí, la gente no aprende a no traer cuadros y estatuas de gatos. Y lo Bane jamás se resolvió.

—Bane me asusta —confesé —. Casi te mata, ¿quién nos protegerá ante ese tipo?

—No le temas, ustedes mismos tienen que protegerse. Confia en Dick, él los guiará si algo sale mal. Y también confía en ti, eres fuerte.

Le sonreí suavemente sacando la mente del gigante musculoso.

—¿Por qué le dijiste eso a Catwoman anoche? Ella te fascina.

—No te preocupes, no fue por ti... bueno, sí, pero no porque me sintiese obligado. Selina es una mujer hermosa, pero es un callejón sin salida.

—¿Y yo?

Me miró. Su máscara... lo hicimos un par de veces con la máscara.

—Tú eres una gran chica.

—No me evadas.

—Bárbara... me gustas, así de simple. Cariño, los hombres no somos complejos, no podríamos manejar tantas emociones, para eso son las mujeres; me agradas, me gustas, no te sacaría de mi cama ni en un millón de años.

—Hasta que te aburras —me burlé —. No me ilusiones, Bruce. Prometiste que no lo harías —me torné seria. Era un tema delicado, un solo desliz que tuviera con él, un sentimiento más allá de la mentoría y yo empezaba a correr riesgo. Bruce no dejaría de cogerse a media ciudad y yo no me haría el daño de creer que podría conservarlo para mí.

—Lo sé, te dije que no rompería tu corazón, que sería sexo y nada más —lo miré de forma interrogante —. Me temo que me enganché un poquito, nena. Tendrás que soportarme.

—Que sacrificio —dije con ironía. Bruce soltó una risita.

0oOo0

El plan salió a las mil maravillas. Para el postre, donde vertí el ron a una velocidad que me enorgullecía, los niños ya tartamudeaban y la señora esa no encontraba qué hacer con ellos.

Mis indicaciones con Jaime fueron exactas y él las ejecutó al pie de la letra; ya se había convertido en un disciplinado soldado: dos temblores que sacudiesen un amplio margen de tierra, no solo la casa, sino que de verdad pareciesen sismos, a los quince minutos una llamada a mi teléfono, una coartada perfecta para modificar las cámaras. Al revisar quien adulteró la comida de los niños, solo me verían pasando y tomando un camarón de la fuente, acto que hice adrede para justificar ante las demás cámaras que mi ruta fuese la cocina y no la sala.

No era difícil si se le tenía el truco, solo era estirar el segundo de grabación que las empleadas salieron, cubriendo con este el espacio en el que adulteré la cena, luego sobreponer el video donde yo entraba casualmente y recortar mi devuelta al pasillo, desde donde entré a la cocina a robar el camarón, remplazando este espacio de tiempo con otra imagen donde el pasillo se viese vacío. O quizá sí era confuso, pero ya se me daba fácil y tarde unos cortos minutos, los que justifiqué diciendo que no encontraban un archivo que yo había enviado en la tarde.

Pan comido.

—Me uní al club de los mareos —dijo Billy a la mujer. Ella, desesperada, llevaba a un nieto real a que se recostara al sofá. Sí, se me pasó la mano.

—¿Usted?

—Tranquila, enfóquese en ellos. Dick, ¿me acompañas al patio? Quiero aire fresco.

—Claro, Capitán —me levanté tambaleante, lo admitía, me golpeó, no imaginaba el estado de los más pequeños o el de esas chicas anoréxicas —. Señora, muy rico, pero se les iba agotando la reserva de licor.

—¿Licor? —ella dejó al nieto medio inconsciente de su Majestad en una silla libre, los grandes se arrastraron por su cuenta a la sala, allá armaban un alboroto nada digno de su apellido—. ¿La cena llevaba licor?

—Lo del postre era ron sin ninguna duda —determiné en voz baja, no queriendo que los nietos y el niño nipón, los más jovencitos, oyeran.

—¿Ron? Yo reconocí fue la ginebra en los camarones, pero con el resto no supe —aportó Billy siguiéndome la cuerda y apoyándose en mí.

—¿Ginebra? ¿Ron? —su desespero aumentaba.

Algo rompieron los niñatos en la sala.

—Oiga, olvídese de nosotros —le dije —. Podemos cuidarnos perfectamente, vigile a esos mocosos. Estaremos en el patio trasero.

—Claro, claro. En seguida les llevaré un agua con gas.

—Descuide.

El vaivén irregular de Billy no desapareció al pasar el umbral fuera de la cocina, creí que era fingido; lo que rompieron fue un jarrón, pero los ignoramos y abrimos la puerta corredera del patio. El calor y la humedad nos azotó con fuerza.

—Agh —protesté.

—¿Me puedo quitar la corbata?

—Seguro, ya no importa —señalé la banca acolchonada. Nos sentamos a nuestras anchas y tropezando, con las piernas bien abiertas, muy lejos de esa porquería de protocolo. Revisé por costumbre, sin cámaras.

—Qué forma de echarle postre a un ron, digo, ron a un postre —se rió de su broma retirándose la corbata y el saco.

—Está gente está loca —me burlé. Una regla era apegarse a la versión a mostrar, no a la real, así no sucedían deslices, pues la mente se adaptaba a lo que se le repetía —. Cumplió 15, no 21, ¿cómo le fueron echar ron como si no hubiera un mañana a la salsa?

Billy estalló en risa.

—Ay no.

—Bueno, aprovechemos. ¿Qué es eso de que tienes una cita? —el rubor volvió —. Uy —le pinché la mejilla con mi dedo.

—Cállate Dick —pero empezó a reír de forma frenética y ahogada.

—¿Quién es?

—Una prostituta —declaró sin dejar de reír. Lo imité con la boca abierta.

¡¿Qué?!