—¿Cómo que una prostituta?
—Shh —se sujetó el estómago con su risa crónica. Aunque me dolían los cachetes, eso ya no me daba humor. ¡¿Era enserio?!
—Billy, no la habrás conquistado con la forma del Capi, ¿o sí?
—No... espera —respiró hondo para recomponerse —. A ver te explico, es una... no le puedes decir a nadie.
—A nadie fuera de Batman.
—Oh, vamos —se quejó.
—Amigo, me va a preguntar y con Bruce no se puede mentir.
—Luego hablaré con él —se encogió de hombros —. Stephani es una prostituta de lujo de 24 años.
—Coño, ¿es enserio? —repetí mi pensamiento sin creerlo —. ¿De dónde conoces a una puta de las finas?
—El señor Queen.
—Ah —lo interrumpí rodando los ojos y recostándome en el asiento —. De naturaleza. No, pero sigue, este chisme no me lo pierdo.
—Pues se pone buenísimo. ¿Tú sabes que él a veces me lleva a sitios?
—Sí, te está entrenando en arquería, ¿no? Eso escuché.
—Sí, y es cierto, pero en ocasiones él organiza fiestas con prostitutas de lujo y me usa para escaparse de Canario Negro.
—Ey, ey, ey, para el carro. ¿Flecha Verde te mete a un sitio de putas? Viejo, ¡qué irresponsable!
—No, no, no son bares, de hechos no son fiestas de las grandotas —gesticuló con sus brazos. Estaba algo ido debido al alcohol —. Son tres tipos y tres mujeres en un ático, es igual en todas las reuniones, las mismas caras.
—¿Qué tipos? —fruncí el ceño.
—El señor Queen, el señor Nickles y Tommy.
—¿Cuál Tommy?
—Ni idea, un tipo lo más de majo al que todo el mundo llama por el nombre, no sé cuál es su apellido. El caso es que ellos se reúnen a jugar cartas, apostar y beber, básicamente huyen de sus esposas y compromisos, así que traen chicas.
—¿Y tú te quedas con ellos?
—Más o menos. Como soy la excusa de Flecha, me tienen listo helado, dulces y un televisor con todas las caricaturas habidas y por haber —sonrió —. Son graciosísimos una vez se les suben los tragos, hacen los bailes más ridículos.
—¿Alguien más va? —me aligeré. Acompañé a un par de ricos a fiestas así, eran aburridas porque la diversión la tenían ellos.
—Los dos sirvientes de siempre, pero se marchan a medianoche. Es supremamente privado, nadie más que nosotros sabe.
—Y esta Stephani, ¿qué?
Billy se sonrojó.
—Sé que me veo ridículo, deja de burlarte —dijo ante mi sonrisa. Es que era demasiado ver a ese niño elevado por una mujer. Era... normal —. Estoy ligeramente tragado por esa señorita.
(Tragado es enamorado, que pena ahí la jerga colombiana.)
—Billy —dije con tono de «noo». ¿Una prostituta? Era la peor opción del mundo.
—Déjame terminar —me golpeó el costado —. No te voy a hablar de las mil virtudes que tiene, porque no sé si las tenga. Es agradable, dulce y atenta, pero hasta ahí, sé que si sigo será la estupidez hablando en mi lugar —suspiró y miró al vació —. Me le quedé viendo justo a los pechos —señaló con su dedo a unos senos imaginarios —. Así fue como empezó.
Estallé en risas.
—¡¿Estás loco?! —de repente, la razón me llegó —. Espera, ¿tú te le quedaste viendo a los pechos? —y ya no fue más asunto de risa. ¿Billy demostró interés sexual?
El niño asintió con las cejas alzadas.
—Estoy aterrado.
—Billy... —me callé por qué el rostro se le contrajo, iba a llorar.
—No debería gustarme, lo leí en las notas privadas de Canario. Mi trauma es demasiado, se supone que no conocería el placer... pero es que está tan buena.
Nos volvimos a reír y él se limpió los ojos, negándose a mostrar tal dificultad en público.
—Ay Dios —murmuré entre apenado y divertido —. ¿Y cómo la convenciste?
—Después de que nos besamos...
—¡¿Después de qué?! —mi gritó debió oírse hasta donde los vecinos. Billy se soltó a reír, pero yo sí no pude. ¡Besarse! —. Vamos a ver si entiendo, ¿besuqueaste a una prostituta?
—Sip.
—Maldita sea Billy, y yo me creía loco —me carcajeé —. Cuéntame toda la historia.
—Pues nada, me le quedé viendo al escote y ella lo notó y me puse super nervioso.
—¿Sabe quién eres?
—Sí, pero me conoce desde hace varios meses.
—Espera, ¿hace cuánto Oliver engaña a...? Olvídalo, prosigue.
—No, pues ella le restó importancia y hablamos; la han violado, entiende un poco mi situación. El caso es que le pedí que me besara, tipo experimento, como con lo de Batman. Ella me dijo que sí, pero no podíamos hacerlo ahí porque estaban los sirvientes, así que fuimos a la habitación que me reservan. Y no imaginas cómo me puse.
—¿Ataque de pánico?
—No, ¿no es genial? ¡No hubo ataque de pánico! Me puse nervioso porque es guapísima, me iba a besar y yo solo tenía miedo a quedar como un idiota.
—Eso es... normal.
—Normal, ¿puedes creerlo? Y ese beso fue grandioso, fue, fue... excitante. Dios, fue asombroso.
—¿Y después qué?
—Ah no —parpadeó —. Ahí nos quedamos.
¿Eh?
—¿Ahí nos quedamos?
—Pues si no me dio ataque de pánico, sigamos, ¿no? —se encogió de hombros sonriendo.
Me dio esa risa de auto varado que no enciende por más que le giran a la llave.
—Hay que decirle a Bruce, se va a cagar de la risa.
—No, no me hagas ese daño, ¿y si no me deja ir a la cita?
Sonó realmente preocupado.
—Aparte de todo, ¿le sacaste una cita? No te bastó con besarte con la mujer de 24, no, para nada —ironicé.
—Agh, pero una cita más boba —alegó sacudiendo el brazo —. Yo la embarré con eso.
—¿Qué es?
—Una ida al cine —se quejó.
—¿Y es que a dónde te la pensabas llevar? ¿A un motel?
—No, pero tampoco para ir a ver Monster University.
Bufé.
—¿No se te ocurrió otra cosa?
—Es que es por el secreto, no puedo andar por ahí y quedarnos en su apartamento es peor. No, toca gastarle una cita decente, pero es cine o es cine, un lugar oscuro.
—Una discoteca —ofrecí con humor.
—Deja las bobadas —se rió —. No le vayas a decir a Batman o dile el domingo.
—Justo en este momento, en esa nube de amor que anda, puede que hasta te apoye.
Él alzó las cejas muy alto y enderezó la espalda.
—¿Batman enamorado?
—Amor es una palabra fuerte, lo admito, pero tragado si está.
—¿De quién? ¿Por ella rechazó a Catwoman? Todo el mundo quiere saber lo que tenía en la cabeza en ese momento. Joder, Hal casi se muere.
—Adivina —ofrecí.
—¿La Mujer Maravilla?
—Nah, la otra vez casi se agarra a pelear con Superman por ella y dijo que no volvía a acostarse con una amazona.
—¿Batwoman?
—Lesbiana.
—Am, ¿Canario?
—Más lejos imposible.
—Ah... dime que no es la chica pelirroja —le respondí con silencio. Jadeó —¡¿Qué?! ¡¿Batgirl?!
—La misma.
—No —se cubrió la boca.
—Sí —le respondí imitando su tono asustado.
—Pero ella es chiquitica —bajó las manos de su rostro.
—Yo he visto a Bruce con erecciones... mis respetos a Bárbara —asentí un par veces. Bárbara para mí ya era otro nivel, más arriba del bien y del mal, como cómicamente decía mi madre que en paz descanse.
—Yo estaba pensado era en qué se trepaba para alcanzar a besarlo. Ay, que imagen mental me has dado... ¿quién sabe esto?
—Nadie. La mansión, tú ahora, eres de la familia, y Kon.
—¿Superboy?
—Cuando yo caí, después, me acordé que no había borrado un video de ese par que estaba en unos archivos privados de un edificio y Kon me vio hacerlo.
—¿Por qué lo tenías que borrar tú?
—Es mi trabajo —me encogí de hombros —. Soy el vigía, tengo que estar pendiente de cuándo al señor se le cruzan los cables en vía pública.
Resopló.
—Batman es muy descarado. ¿Ellos lo hacen así como si nada?
—No, eso fue cosa de una vez. Batman es delicadísimo con Bárbara.
—¿A qué te refieres?
—A todo. Una broma, un juego, un chistecito, todo está prohibido. Nosotros solíamos comentar a las amantes de Bruce, pero Bárbara es intocable, ella es «la niña». Y así la nombra para cada cosa, la niña, la niña; ese tipo es muy celoso, pero no celoso de «no me la vean ni me la determinen», sino... o sea, a los ojos del mundo ella tiene que verse inmaculada. ¿Conoces el complejo de santas y putas?
—No me vas a decir que Batman es un cabrón de esos.
—Para nada, él es un tipo super decente, para papá todas las mujeres son dignas de respeto, es lo que nos inculca, pero al mismo tiempo él sabe que las personas no son así y que las heroínas que se sexualizan, como Canario o Zatanna, pierden respeto. Por eso él no permite ni un comentario de Bárbara, ni siquiera entre nosotros.
—¿O sea que él no a cela?
—No, es sexo, no una relación... bueno —reí entre dientes —. No la cela, pero la cuida como el tesoro más grande. Yo una vez me puse dizque de payaso a conquistarla, pero en broma, obvio, para ver Bruce que hacía. Ese tipo se emputó como no tienes una idea.
—Es que solo tú te pones a bravear a Batman —rió —. ¿Te pegó o qué?
—No, tampoco, pero sí se enojó.
—Oye, tu papá pega duro —reconoció con humor —. Yo escuché cuando te dio con el cinturón la noche del carrobomba.
—Uy no, eso fue horrible.
—Pero es que tú también, ¿cómo ordenas un carrobomba?
Me solté a reír.
—Es que yo no lo pedí —bajé la voz, aunque los mocosos y la doña seguían ocupados, alguno estaba vomitando dentro de la casa y la mujer rebuscaba en los armarios tratando de solucionar aquello sin llamar a los padres —. Yo dije «un susto». Podía ser cualquier cosa, un mensaje en internet o algo así, ¿cómo imaginar que Capucha se lo tomaría a reto personal?
—Pero el carrobomba era falso, ¿se lo explicaste a Batman?
—No le importó y lo peor de todo es que yo me enteré que no era falso. Yo pensé que Capucha tendría dinamita de mentira...
—¿Qué? ¡Solo a ti se te ocurre tal cosa!
—No, recuera quién es él, ¿para qué tendría que ponernos una bomba? Además, hay una alianza, mientras que no alborote a la gente y se mantenga en los límites de lo decente, él puede hacer lo que quiera, pero él cabrón sí alistó el carrobomba.
—¿Le dijiste al murciélago?
—¡No! No Billy, ese tipo me mata. No, ni mierda, yo no le dije, aunque él es tan capaz que sabe. Me contó que ya se dio cuenta de todo lo que nosotros cuatro hicimos.
Billy palideció. Justo ahí llegó la señora del traje de seda con dos vasos con agua.
—¿Se sienten mejor?
—Sí, la verdad es que sí. ¿Y los niños?
—Ya empiezan a quedarse dormidos. ¿Ustedes se quedarán?
—No, haremos el viaje a Gotham y luego yo a Washington.
—Correcto. Beban esto para que se terminen de mejorar.
—Sí señora.
Ella se marchó y Billy continuó con el interrogatorio.
—¿El papá de Batgirl no es policía?
—Sí.
—¿Y él sabe?
—Se enteró el miércoles. Llegó armado a la casa.
—¡Uy! —dio un sorbo a su agua, yo no la probé. Mi gastritis estaba mejorando, menos medicamentos y una dieta más estricta sin verduras crudas. El problema surgía con el café.
—Fue tan gracioso, el comisionado vino con intenciones de matar a Bruce, casi se va por la escalera para ir a buscarlo.
—¿Y dónde estaba Batman?
—En la cama con Bárbara —resoplé —. ¿Te imaginas lo que hubiera pasado si el comisionado sube?
—¿Yo por qué siempre me pierdo estás cosas? —se rió Billy.
—Eso es tu culpa, por andar detrás de putas.
—Ah, no me la trates así.
—Aw, no pues, ¿no dijiste que era prostituta?
—Sí, pero no es para insultarla.
Rodé los ojos.
—No le estarás dando dinero, ¿cierto Billy?
—Estoy idiotizado, no descerebrado. Y no me cambies el tema, ¿qué pasó el miércoles?
—Ese par hablaron y terminaron a los gritos, se les escuchaba en toda la mansión —imité los gritos coléricos, pero sin subirle tanto a la voz —. ¡¿Cómo se te fue a ocurrir?! ¡Ni que la hubiera violado! ¡Es una niña! ¡No usa pañales! —me uní a las risas de Billy —. Lo mejor de todo fue cuando apareció Bárbara.
—Oee.
—Se les cuadró de frente y les gritó: «A mí me respetan. ¿Qué hacen encerrados hablando de mí? Es mi vida.» Los dejó calladitos a los dos.
—Ah no, pero bien. Yo pensé que se iba a apenar con el papá.
—Yo igual, esa muchacha no le tiene miedo a nada, es frentera. Termínate el agua y vámonos antes de que estos mocosos ebrios quemen la casa.
Bebí la mitad de mi agua de un sorbo.
0oOo0
—Bromeas, ¿no? —le dije al murciélago al ver que él se estacionó en un parque. Conducimos la ciudad por horas sin encontrar un solo asalto.
—No se me ocurre nada mejor. El último es huevo podrido —se lo dijo a Damián. Ese niño cada día era más niño; sonriendo como un infante sano, el chiquillo salió de un brinco del Batimóvil y corrió hasta los juegos del parque, ascendiendo por medio del resbalador a la torre general, desde donde se desprendían los pasamanos y los otros toboganes.
—Quedémonos un rato a ver si llaman, si no, para la mansión, ¿qué más?
Ambos bajamos y yo me columpié un rato, haciendo competencia con Damián de ver quien lograba dar la vuelta completa. Batman se sentó en la parte exterior del Batimóvil a chequear su teléfono con aburrimiento.
0oOo0
—Padre, no tengo ni una pizca de sueño —se quejó mi pequeño ya metido en la cama.
—Ni yo, Dami, pero no hay acción hoy. ¿Quieres que me quede contigo?
Con mi energía al tope, planeaba disfrutar de Bárbara, sin embargo, mis hijos iban primero.
—No padre, miraré la televisión. Hay un anime que quiero ver.
—Correcto cariño —le sobé el cabello —. Podrías decirme papá en lugar de padre.
—Jum... significan lo mismo —musitó esquivando mis ojos.
Le sonreí.
—Lo que desees amor.
Luego de besar su frente y alcanzarle el control remoto, salí de su alcoba. Escuché a Bárbara decir que iría a la sala, así que me dirigí para allá. Con Damián despierto, ni fumado me llevaba a Bárbara a mi alcoba, quedaban demasiado cerca las dos habitaciones; no me importaba que Dick oyese porque él solo volvía a dormir, pero Dami y Tim eran muy jóvenes y fueron criados en espacios más amplios que un tráiler de circo carente de privacidad.
—Estamos en las noticias —dijo Bárbara al verme. Me enseñó su teléfono, era un meme.
«Batman sacando al parque a sus hijos.»
No lo más ingenioso que hubiese leído, pero era la imagen lo que importaba. Una noche sin crimen... sí, nos ganamos la primera plana.
—Se asumió que eras mi hija —comenté tentativamente.
—Supongo —no le importó —. Desventajas de que me digas niña a cada rato.
Fue mi turno de restarle importancia.
—Sube conmigo al ático.
Hizo un sonido de apreciación sin moverse del sofá.
—¿Muy ansioso?
—¿Me vas a hacer rogar? —sonreí con diversión.
—No —hizo una mueca de aburrimiento —. Me tomé dos tazas de café, hay que quemarlas.
—Es mi misión de esta noche.
No alcanzó a cerrarse el ascensor oculto que nos trasladaría al ático antes de que yo tomase a Bárbara de la cintura y la elevara contra la pared.
—Me encanta cuando te pones rudo —me dijo besándome. Fue sencillo, sin mucha vibra.
—Hoy te voy a fascinar, aunque quisiera darte una clase.
—¿Clase? —arrugó la nariz. Era muy dulce y joven, maleable en el buen sentido.
El ascensor llegó al ático. Cargando a Bárbara, entré en mi habitación favorita de la parte superior de la mansión. Con baja luz, muebles de cuero, un espacio amplio y una cama con tres colchones hecha a medida, el ático era el más conocedor de mis locuras y aventuras sexuales.
—Hay cosas que son necesarias saber, trucos y lugares especiales —deposité a Bárbara en la alta cama, que me daba justo en las caderas, de modo que la penetración fuese intuitiva. Bárbara, tentadoramente, deslizó su rodilla por mi pierna —. A la mierda.
Para luego la clase. Rompí la blusa de un solo jalón que Bárbara me respondió con risas; ella usaba el sostén especial que yo le mandaba a confeccionar. No eran lencería, sino unos sostenes de disminución de busto, pues con los brasieres normales, incluso los deportivos, se le salían los pechos por los constantes brincos y saltos.
—Calma, toro —se mofó desabrochándose ella el brasier.
Los senos eran senos, ya fuesen redondos, caídos o arrugados, para mí eran igual de bonitos. Ya si me tocase elegir preferencias... los de Bárbara me tenían loco.
Le arranqué los pantalones, dejándola en su cachetero naranja. Si bien ella usaba lencería en ocasiones, al ser noche de trabajo la comodidad era primordial. Besé con sensualidad la parte blanda de su pantorrilla, teníamos toda la noche.
0oOo0
Desperté con una jaqueca monumental y la boca seca. Resaca.
Dick me explicó en la Atalaya que modificó las cámaras y que éramos libres de contar que los organizadores de la cena nos emborracharon. De hecho, me lo recomendó. «Sería raro que solo nosotros dos no nos quejemos». Por lo mismo, me forcé a arrastrar los pies, descalzo y en pijama, a buscar a Flash. El secretario no estaba en EEUU solo para invitarme a cenas, él tenía otros negocios y varios le atañían a la Liga. Desde que se supo mi edad yo dejé de participar de esos desayunos políticos, se me acabaron los discursos y charlas, aunque muchos se asombraron al enterarse que sí era yo quien los escribía.
La Atalaya estaba vacía, el desayuno había empezado. Aparecí en la sala de conferencias del Salón en ese estado: recién levantado, descalzo, verde de las náuseas y con una mueca atroz.
—¡Billy!
—Shh —me agarré la cabeza. La Liga, el presidente de EEUU y los miembros de la ONU se me quedaron viendo —. Disculpen, necesito poner una queja formal ante el señor secretario de las Naciones Unidas.
—¿Yo? —él me miró por encima de su tamal —. Capitán, ¿se siente bien?
—No, mierda, no. Tengo resaca.
—¡¿Cómo que resaca?!
—¡Shh! Agh —me apreté la frente. Flash estuvo conmigo en un... flash.
Tontos juegos de palabras.
—Billy, ¿bebiste?
—Claro que bebí, esa es mi queja. ¿Por qué le agregaron tanto licor a la comida?
—¿Licor? ¿De qué comida estás hablando amigo? —me pidió el héroe escarlata.
—De la cena a la que me invitaron. Dick dijo que lo del postre era ron y yo sé que los camarones tenían ginebra —ignoré sus caras de pánico y continué —. Yo crecí bebiendo ginebra barata, me encanta su sabor, pero es que ¿por qué le echaron tanto? Entiendo en la salsa de la carne, pero todos los platos tenían alcohol. ¿Eso siquiera es legal?
—No, Billy. No comprendo, era una cena de menores según se nos informó —la acusación de Flash se ocultó con su decencia, pero estaba ahí.
—Yo... acomódelo en una silla, Flash. Haré una llamada.
—Esa es la cena en la que estaban mis niñas y Enrique, ¿cierto?
—Sí, señor presidente —le notificó Batman —. Voy a llamar a casa, yo vi a Dick dormido, no sé en qué estado esté.
—Permiso señores.
La pobre Jackelin recibiría un sermón monumental. Mientras tanto, me ubicaron entre el Hombre Halcón y Zatanna; ella, amablemente, me tendió su taza de chocolate caliente que el Hombre Halcón no me permitió probar. Alguien me trajo una pastilla para el dolor de cabeza, pero antes de dejarme consumir comida y medicamentos me hicieron una prueba de alcoholemia con uno de esos aparatos de Batman. Marcó 130 miligramos.
—¿Orinaste esta mañana, Billy?
—Sí.
—En otras palabras, esto bien pudo haber sido el doble anoche. ¿Quién embriagó a los niños?
El tono duro del señor Wayne puso nerviosa a la gente de la ONU, la responsable de mi seguridad, pues ellos me invitaron. A Jackelin la iban a despedir, no había ninguna duda, la Liga quizá tomara cartas legales en el asunto y los tutores del resto de mocosos sí que demandarían al organizador de la fiesta. ¿Quién era? ¿EEUU? ¿El presidente?
Lo que ocurriese, mientras que no me chocara con mi cita de la noche, no me importaba.
0oOo0
Alfred midió el alcohol en mi sangre antes de permitirme ir a vomitar. Se me fue la mano con la ginebra; era la bebida favorita del Capi, claro que la agregué sin compasión, pero no imaginé que me afectaría.
—Es curioso, amo Dick, porque juraría que hay menor cantidad de trago en las botellas del bar —me acusó Alfred con delicadeza.
—Fue una broma —admití —. No le vayas a decir a Bruce, por favor.
—No lo haré, pero la próxima vez que usted quiera dárselas de gracioso, recuerde que el cinturón de su padre aún cuelga en su oficina.
Tragué y asentí.
Estaba demasiado enfermo para pararme e ir a dar vueltas, Alfred me dijo que reposara y entrenara en la tarde. Acostado, aguardando el desayuno, prendí el televisor. Si me examinaron significaba que el gato estaba fuera de la bolsa, pero en CNN no mencionaron la cena, había un tema más importante y trascendental: 0 crímenes en Gotham, algo que no ocurría desde la fundación de la ciudad.
—Personalmente espero que el señor Wayne lo esté celebrando con la almohada. Ojalá ahora él y los niños puedan tener un descanso.
—Puede que la estabilidad no dure tanto, Gotham tiene su fama, pero esta no fue una noche cualquiera, sino que es el resultado de una cruzada muy bien llevada con un cambio social que en secreto el propio Batman lideró. Pero comparto el pensamiento de dejar descansar a los niños, ¿cuándo fue la última vez que Damián Wayne se columpió sin presiones?
Reprodujeron un vídeo de Dami y Bárbara meciéndose en un parque, Bruce lucía tan aburrido que era gracioso de ver.
—Tal vez la hija del comisionado también obtenga un descanso. Ella es como una hija para Wayne, ¿no?
Me reí entre dientes.
—Sí. Wayne es un hombre, que, aunque no lo parezca, es afectuoso y ella, por lo visto, le ha despertado un comportamiento paternal.
—Ah, si supieran —comentó Alfred entrando con la bandeja de desayuno —. Anoche precisamente el señor Wayne mostró su comportamiento paternal predilecto para con la señorita Gordón.
Mis carcajadas me salieron desde lo profundo del pecho.
—¿Te despertaron acaso?
—No, pero ya cambié las sábanas. La edad no ha alterado el lívido y los resultados de su padre.
—Alfred, ni un maremoto se los alteraría —recibí la bandeja sonriendo —. Pero hay algo que yo no comprendo.
—¿Qué, amo Dick?
—Pues... a veces Bruce sí se muestra paternal con ella. ¿Por qué?
—No es simple de entender a su edad, amo Dick. Resultan confusas las emociones que provoca una amante más joven; ellas despiertan el orgullo masculino. Los hombres instintivamente son proveedores, su valor se liga a su capacidad de cuidar y suministrar. Una jovencita a la que prácticamente se instruye de cero en el arte del placer genera esa sensación de cuidado, lo que alimenta el ego del hombre. Por eso su padre la prefiere por sobre la señorita Kyle.
—¿Selina? ¿Tú crees que Bárbara superó a Selina a los ojos de Bruce?
—Ambas son aventuras muy placenteras, pero a largo plazo la señorita Kyle no ofrece un futuro, ella solo es sexo y coqueteos eternos. Los hombres, inicialmente, solo piensan en su pene, pero con el tiempo caen rendidos ante la mujer que les resulte más interesante.
—Pero Alfred —fruncí el ceño —. Sin ofender, pero Bárbara no es más interesante que Catwoman.
—Sí que lo es, amo Dick —sonrió —. Fíjese en el comportamiento de la señorita Gordon: incita a su padre, pero no lo busca, hace que él la persiga. Claro, la señorita Kyle hace exactamente lo mismo, salvo que con ella es literalmente una persecución repleta de comentarios subidos de tono. La señorita Gordon expresa un mohín casual que no pareciera ser hecho adrede, ni siquiera mira a su padre cuando lo ejecuta, pero él lo nota y se excita creyendo que fue un acto inocente de una niña muy guapa, así que apenas puede la busca y la toma, y ella, actuando como si nada pasara, confirma el hecho de que su padre no deja de observarla. Amo Dick, o todo es una casualidad inmensa, o la señorita Gordon es más hábil y astuta de lo que asumimos en un inicio.
Ese análisis jamás se me habría ocurrido.
—¿Bárbara engatusó a Bruce?
—No lo sabemos, pero yo solo diré, amo Dick, que, en muchas especies animales, la hembra es quien domina al macho.
0oOo0
Jeans, zapatos nuevos, una sudadera amarilla, una chaqueta de mezclilla oscura y una cachucha negra. La cita que tan nervioso me tenía era en Starling City, en un cine local.
«Ya llegué», me escribió Stephani. Faltaban quince minutos para que empezara la película.
«Te acabo de mandar las entradas, muéstraselas al guardia de la entrada. ¿Qué quieres comer?»
Me miré de nuevo al espejo del baño. Dejé sobre el lavamanos mi comunicador; pedí la noche desde las 4:00 p.m. con la excusa de ir a ver una película, sin entrar en detalles, no tenían por qué llamarme.
«Yo compro aquí.»
«No, no. Yo invité, tranquila.»
«Bueno. ¿Palomitas con mantequilla?»
«Genial, sí. Pediré una grande y dos bebidas, ¿te parece bien?»
«Sí.»
«Ok. Voy para allá.»
«Seguro. Uso blusa azul.»
Confiaba lo suficiente en Stephani, pero igual no fui estúpido y no le dije el color de mi camisa. El plan era que nos viéramos dentro de la sala en los puestos asignados. Compré cinco entradas: unas falsas, a dónde la mandé haciéndole creer que ahí nos sentaríamos, yo me ubicaría más arriba y verificaría el lugar, esperaría que empezasen las propagandas para dar por seguro que no era una trampa y le pediría que subiera. La quinta entrada se hallaba en otra sala, con la misma película; si sentía desde la fila de la comida que se trataba de una trampa, la dejaría plantada y me ocultaría.
Sí, era definitivo, pasaba demasiado tiempo con Batman y su gente.
... eres de la familia... Dick nunca sabría lo feliz que me hizo con tan breve frase.
Bueno, el exterior del cine lucía normal, nadie sospechoso o raro que revisase los alrededores. Entré mostrando la factura virtual de la segunda sala; la fila de la comida era breve, no muchos iban el sábado porque era más costoso, preferían el día del 2x1. Sin comportamientos extraños, sin gente espiándome de reojo, sin risitas o cámaras.
—¿Vienes con tus padres? —me pidió la señora al atender mi pedido de palomitas y refrescos. Al final me decidí por uno solo y una botella de agua.
—Están trabajando.
Padres, niños y adolescentes. Stephani revisaba su celular y miraba a las escaleras; yo me uní a un grupo que entraba y me camuflé con ellos. Ella aguardaba a un niño solitario, por lo mismo no revisó el grupo de tres mocosos y madres de carteras anchas. Me senté en la esquina izquierda de la última hilera. Vi subir civiles, a Stephani estirar el cuello para observar a cada persona que entraba, a ella escribiéndome, sentí la vibración en mi pantalón. Nadie se fijaba en mi cita, ella no intercambió miradas con ningún presente.
Le escribí al reproducirse las normas de convivencia del cine.
«Mira arriba, a tu derecha.»
(Si ella está de espaldas, su derecha es la parte izquierda del cine.)
Stephani me buscó y me halló. Sonrió, desactivó el teléfono y no miró a los civiles, no me señaló ni murmuró. Parecía seguro.
—¿Qué haces aquí? Nuestros asientos están abajo.
—No, en realidad son estos. Lo siento, motivos de seguridad.
Ella separó los labios y los cerró. No lució enojada.
—Supongo que es entendible, Billy —alegremente, se sentó junto a mí. En el huequito del brazo de la silla deposité su bebida —. ¿Cómo entraste?
Risueña, sonriente y dulce, la misma Stephani.
—Gajes del oficio —me burlé y me relajé tras una revisión rápida. No nos miraban —. ¿Quieres palomitas?
—Claro, gracias —al tomarlas, ella se inclinó hacia mí. Olía a coco —. Debiste haberme permitido comprarlas.
Negué.
—Yo invité, no te haría gastar.
—Soy la adulta, debería pagar.
—Nah —sonreí de lado —. Técnicamente soy más alto que tú.
Rio.
La película fue muy graciosa, no cayó en clichés y su banda sonora me encantó. Más que eso, de verdad me sentí cómodo; era la primera vez que iba a cine desde que me salí de la prostitución, creí que no lo soportaría. Los pedófilos, igual que los demás, tenían fetiches, algunos simples, como vestirme de niña, otros preferían jugar con esperma de vela, cuerdas o recrear situaciones que proyectaban en sus hijos, pero que no se atrevían a llevar a cabo con ellos. Una de las más repetidas era la de ser manoseado por una pequeña mano en la oscuridad del cine.
Mis dedos chocaron con los de Stephani al sacar palomitas, al acomodarme en una posición más confortable toqué su pierna, un mechón su cabello moreno y liso me cayó encima, lo tomé y no se lo solté, lo que la entretuvo.
Al acabar la película prendieron las luces y yo subí la capucha de mi sudadera y acomodé mejor mi cachucha.
—¿Qué quieres hacer ahora? Son las siete.
—¿Podemos ir a tu apartamento?
—Es lo más seguro, ¿verdad? —sonrió apenada —. Lo siento Billy, sé que no deben verte con una...
—No es por ti —la detuve en voz baja. Daba lo mismo, no quedaban muchos en la sala —. Al contrario, preferiría no exponerte.
—Qué lindo eres. Vamos a mi casa, prepararé algo.
Arrugué el rostro.
—Pediré lo que quieras a domicilio.
—No —rió estirándose —. ¿Cómo se te ocurre? Aún eres muy joven para ir de caballero galante.
—Ya llegué hasta aquí —bromeé. Stephani se lo tomó a bien y se levantó riendo.
No retrocedí ni un ápice y pagué el taxi a su casa; zona despejada, normalidad, sin autos siguiéndonos. Su apartamento era pequeño y lindo, decorado con esmero y feminidad. Memoricé la dirección: calle 14, edificio 204, tercer piso, apartamento 308.
—Tengo un trozo de pastel con crema haciendo ojitos en la nevera —comentó ella cerrando la puerta.
Me entró la inquietud ahí a solas con ella.
—¿Parezco un tonto?
—¿Un tonto?
Alcé una ceja con diversión, dispuesto a mofarme de mí.
—Tengo 13, no sé qué tan ridículo me veo al intentar cortejar a una mujer.
Stephani sonrió avanzando hasta mi persona.
—Te ves dulce —con su dedo tocó la punta de mi nariz, haciéndome cosquillas —. Eres un buen niño.
Su olor me gustaba, tan cerca me ponía nervioso. Esta vez Stephani no usaba escote, iba muy sencilla.
—¿Podría besarte otra vez?
Ella no se mostró sorprendida, pero sí curiosa.
—¿Un nuevo experimento?
—No —sonreí involuntariamente, traté de mitigar mi gesto inconsciente, pero no pude. Miedo, vergüenza, expectativa... mis emociones me superaban.
—Billy —incierta, agachó los ojos. No era tan alta, no llevaba tacones, pero igual era me superaba por al menos tres cabezas.
—Olvídalo —me rendí. No era justo pedirle algo así, yo era menor a la edad de consentimiento y no creía ser muy atractivo para alguien que no fuera un pedófilo.
Tomando una decisión, Stephani se agachó un poco, me sujetó el rostro y me besó. Tibio, gentil, agradable... Dios, oh Dios. Parpadeé al separarnos.
—¿Te gustó? —preguntó con suavidad.
—Mis psicólogos me dieron por caso perdido, que no soportaría el tacto humano, que rehuiría al cualquier acto amoroso. Gracias.
Me ardieron los labios, pero valió la pena. Stephani me guió a su sofá, nos recostamos ahí y nos besamos por una hora, ¡una hora!; yo no abusé, no la toqué, solo sujeté su cintura y ella me acarició el cabello y el rostro. Fue más que divertido, fue excitante. Yo, Billy Batson, poseía una erección bajo la ropa. Era oficial, definitivo: yo tenía salvación.
Lo que nos separó fue una alerta en mi teléfono.
—Luego lo miras.
—No —me distancié —. Es una alerta de seguridad internacional.
—¿Qué? —sonó horrorizada.
—Ay no.
No, no, no. Mierda. Maldita sea. Coño. Carajo.
Sin creérmelo, reproduje el vídeo.
—Agh.
—¿Me puedo quitar la corbata?
—Seguro, ya no importa.
Era la conversación con Dick donde mencionamos a Stephani, la identidad de Flecha Verde, las infidelidades del hombre, el abuso físico del señor Wayne hacia Dick, a este hablando de la sexualidad de su padre... Bárbara.
—Mierda.
