Pues fue rápido =) Espero que se diviertan =D


Cámaras, acción… ¡Amor verdadero!

6


Deseo y carcajadas

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Hinata tomó aire antes de dar el paso final. En realidad, no debería de verse de ese modo. El hombre que estaba a su lado y ella habían tomado una decisión como adultos que eran. Sus dedos anulares portaban los anillos que marcaba su relación. Una relación que para cualquiera que echase un vistazo de verdad le parecería extraña.

Sin embargo, a ella hasta ahora le parecía cómoda.

Lejos de ser un marido exigente, Naruto se había mostrado cauteloso y respetoso hacia ella. Probablemente, demasiado. Hinata todavía se reía entre dientes al recordar cómo se lo había encontrado la primera noche que compartieron en la cabaña, abrazado a uno de los cojines del sofá y la parte superior de su cuerpo en el suelo mientras roncaba.

Ella había aceptado que compartieran cama, él se negó. No lo hizo con malicia ni por otras intenciones. Fue sincero con sus suposiciones.

—Llevo unos días sin rodar y existe la posibilidad de que te confunda con un cojín y pueda despertarme con una erección que será molesta para ambos —le había explicado—. No quiero asustarte.

Hinata se había esforzado mucho en no dirigir su mirada a ese lugar, pero cuando despertó, Naruto maldijo entre dientes y se encerró en el baño durante un buen rato. Por supuesto, no le preguntó.

Más bien, no cesaba de pensar si en el futuro se arrepentiría de no haber dormido la noche de bodas con él.

Al menos, durante el día sí actuaban como una pareja de recién casados. Imaginaba, al menos, que podían pasar por una. Comer juntos, hablar durante horas, descubrir que tomarse de las manos no era malo y que hasta podía tomarse ciertas libertades.

Naruto era fresco y sincero y le gustaba eso.

Pero es obvio que cuando mejor te lo estás pasando, la realidad regresa a ti.

Naruto y ella tuvieron que recoger sus cosas y regresar al que sería su nuevo hogar. Ya no dormiría en una habitación en el hogar de su primo. No. Ahora sí tendría su propio hogar. Aunque, en realidad, era la casa de su marido. Podría comprarse una ella misma ahora. Era libre y tenía el bolsillo lleno.

Por suerte, su cabeza estaba lo suficiente bien amueblada como para no volverse loca.

Pese a que se habían casado cuando Sakura les preguntó cómo querían llevar el tema de bienes, Naruto se empeñó en que ella mantuviera su capital sin necesidad de entregarle una dote ni nada. No era algo que necesitase.

Al llegar, Naruto le había dado las llaves de la casa y se entretuvo en sacar las maletas del coche, dándole tiempo a aceptar o no su nuevo destino. Sería algo drástico si ahora decidiera echarse atrás y tampoco era tan horrible como para pedir el divorcio. Más bien, hasta impensable el planteárselo.

Si bien era cierto que había estado ya allí para llevar sus cosas, era algo muy diferente. Ese paso la anclaría para siempre a esa vida.

Cuando Naruto posó su manaza sobre el hombro, Hinata casi dio un respingo. Él parpadeó, sorprendido.

—Lo siento, no quería asustarte —murmuró—. ¿Te encuentras bien?

—Sí —respondió. No era mentira. No sentía las manos sudadas ni el corazón aterrado. Simplemente, su mente, como siempre, cavilaba las cosas y otorgaba la necesidad de darse un tiempo para pensar—. Entraré.

Él se rascó la mejilla.

—Estaba pensando… —comenzó—, que dentro de lo que cabe, eres una novia.

Hinata enarcó una ceja lentamente, sin comprender.

—Me refiero, a una recién casada —recalcó.

Hinata no terminaba de comprender a qué se refería. Pero metió la llave en la cerradura para no darle más vueltas ni retener la realidad por más tiempo, hasta que sintió su mano nuevamente sobre ella, esa vez, en su cintura. Estaba ligeramente inclinado sobre ella y llegaba su aroma. Colonia fresca como una brisa matinal y masculinidad.

Levantó los ojos hacia él, sintiéndose repentinamente avergonzada por ello.

—Sí, definitivamente tenemos que hacerlo.

—¿Qué? —No quería chillar, pero su voz sonó más estridente de lo que esperaba mientras él la giraba hasta quedar de lado. —Espera, creo que…

Pero él no esperó. Dobló las rodillas al tiempo que pasaba una de sus manos por debajo de sus piernas y afianzaba la que ya tenía en sus caderas, subiendo más por su espalda para estabilizarla contra él. Cuando la tuvo totalmente en brazos, sonrió.

—Las novias siempre cruzan el umbral de su casa así. ¿No?

Entonces comprendió. ¡Naruto hablaba del viejo romance de recién casados! Entrar en brazos del esposo el umbral de su casa.

Se echó a reír tímidamente mientras levantaba su brazo por encima de su cabeza para aferrarse a su cuello. Sacudió los pies para quitarse los zapatos y después, le miró.

—Lista, señor Uzumaki.

La boca masculina se torció en una mueca divertida.

Dio un paso al frente. Grande y ambos entraron al hogar casi sin ser conscientes.

—Bienvenida a casa, señora.

Hinata sonrió. Aferrándose con ambos brazos esperó a que la depositase en el suelo. Sin embargo, él no lo hizo. Se quedó observándola con detenimiento a los ojos con esa mirada azul intensa. Era como si fuera capaz de ver hasta sus pensamientos más privados. Se sonrojó por inercia.

Devolvió la mirada en pequeños parpadeos y esbozó una sonrisa cautelosa. Si por un casual él podía presentir lo nerviosa que la ponía, lo divertido que era comportarse como si fueran dos niños y… las ganas que le daban de besarle cuando le miraba los labios, sería el fin del control.

O eso pensaba.

Hinata no contaba con que la frustración podía ser peor incluso hasta que él, finalmente, la soltó. Sus manos cayeron contra sus costados como si pesaran demasiado y tenso sus hombros hasta que ella se soltó.

—Ponte cómoda. Iré por lo que queda del equipaje.

Le dio la espalda y salió para bajar las escaleras en busca de sus pertenencias. Hinata se quedó mirando a la nada, preguntándose cómo podía suceder eso. No debería de ser algo malo. Estaban casados.

Pero no por amor.

Naruto fue sincero: él necesitaba una mujer que le librara de su soledad. Ella también fue sincera: necesitaba libertad.

Ahora, ambos habían cumplido su misión al casarse.

Se volvió para enfrentarse a su nueva tarea: convertir ese lugar en un hogar. Naruto no había impuesto ningún tipo de regla especial hacia los dormitorios u objetos. Más bien, no se había cortado un pelo con nada. Porque hasta le mostró la habitación que le gustaba llamar: el lugar de los trofeos; donde guardaba sus recuerdos del trabajo.

No pensaba entrar ahí. No al menos, hasta que estuviera lista, quizás.

De lo que sí decidió adueñarse fue de la cocina. Porque la primera vez descubrió que Naruto era imposible. ¿Cómo podía pensar que una persona podía vivir a base de ramen durante toda su vida? ¿De comida comprada en el supermercado ya hecha? ¿De comida enlatada? ¡Ni hablar!

Ella no era una experta, pero algunas comidas era capaz de hacerlas y eran lo suficiente sanas como para no mandarlos a los dos al otro barrio.

La primera vez que vio el departamento de Naruto pensó que era justo el tipo de hogar que tendría un actor porno. Aunque se echó a reír porque jamás había pensado realmente en cómo sería un hogar para uno. Las personas tenían casas, techos sobre sus cabezas, la forma en que estuvieran establecidas el resto del hogar no era culpa suya.

Sin embargo, no podía evitar pensar que las cortinas oscuras, la moqueta, el dormitorio descubierto en el piso de arriba, eran justo las adecuadas para alguien como él. ¿De qué iba a esconderse en la tranquilidad de un dormitorio para hacer el amor cuando la mitad del mundo ya conocía hasta la forma de su trasero?

No. Hasta el hogar de Naruto era transparente como él. Y eso le había gustado lejos de asustarla.

Le había cedido una de las dos únicas habitaciones para su taller. Estaba la de los trofeos y esa. Agradecía que estuvieran separadas. Al parecer, él la había mantenido como un improvisado gimnasio que terminó desmantelando cuando el estar encerrado pudo con él.

No era un hombre que llevara bien estar encerrado en un hogar, sin nadie, en soledad. De ahí su necesidad de una persona con la que convivir. Naruto se asfixiaba en la oscuridad.

—¿Todo bien? —preguntó cuando regresó con el resto de cosas. Cerró la puerta con el talón y la miraba intrigado—. Creo que todavía no han llegado los regalos de la boda.

—No, creo que no —confirmó mirando a su alrededor—. No creo que tarden. Aunque no sé cómo vamos a organizar todo ello.

—Podemos actualizar lo que ya tengo y lo demás donarlo si te parece bien —propuso él rascándose la nuca y bostezando a medida que caminaba hasta el centro de la sala—. ¿Necesitas tiempo?

Hinata levantó el mentón.

—No. Está bien. Es mi casa. Nuestra casa.

Él sonrió, abiertamente, con la boca maravillosamente estirada.

—¡Desde luego! Y puedes…

El pitido del móvil lo acalló. Lo sacó del bolsillo y chasqueó la lengua.

—¿Trabajo? —preguntó acercándose casi de puntillas.

Él la miró culpablemente.

—Sí, lo siento. Se supone que todavía tengo unas horas libres, pero…

—Tranquilo —interrumpió—. Ves. Yo me encargaré de todo.

Pese a que no sonrió esa vez, Hinata sintió que el corazón le daba un vuelco. Naruto caminó seriamente hacia ella, inclinándose para besarle mejilla mientras sus manos aferraban sus hombros.

—Volveré tarde, pero volveré —aseguró.

—Lo sé —susurró dándole una palmada en el hombro—. Ves.

Naruto asintió. Recogió unas cosas y se marchó poco después. Hinata todavía sentía tensión los hombros donde sus manos le habían tocado y la mejilla caliente.

Definitivamente, su marido, era un gran hombre.

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—Más vale que hayas escrito el mejor guion del mundo porque tengo muchas ganas de matarte, Shikamaru.

Naruto aceptó la carpeta que Shikamaru le tendió con las palabrotas cosquilleándole los dientes. Nara se encogió de hombros, cansado. Tenía ojeras que marcaban sus horas de trabajo.

—No es mi culpa que el director de nuevo se haya emocionado y quiera adelantar el trabajo —protestó—. Cuando le pasé el primer boceto quiso más enseguida y llevo trabajando desde entonces, así que no me metas caña, Naruto. Que yo también estoy casado.

Naruto chasqueó la lengua y se sentó frente al escritorio de madera de Shikamaru. Sasuke ya estaba sentado en él y observaba la carpeta que asía casi como si siquiera la viera. Naruto no le dio mucha importancia y abrió la suya propia tras sentarse. Pese a que todo su cuerpo protestaba por estar en el lugar que menos deseaba estar.

Por dios. Había dejado a Hinata sola, sin ayudarla en nada. Si no llamaba en poco tiempo para preguntarle sobre algo, era un milagro. Aunque era una mujer muy capaz, había notado que necesitaba su tiempo para aceptar que ahora vivía en un lugar nuevo. No quería agobiarla y se había forzado a sí mismo a refrenarse.

Y no era nada sencillo.

La idea de casarse era un bálsamo para ambos y habría esperado que necesitasen tiempo para acostumbrarse el uno al otro. No era lo mismo que tener citas, donde se separaban y cada uno tenía su espacio personal. No. Ahora debían de compartirlo. Tampoco iba a ser como en la caseta durante su noche de bodas.

No iba a dormir en el sofá. Ambos iban a ocupar su gran cama de matrimonio y aunque era lo suficiente ancha como para que entrasen tres o cuatro personas, sería inevitable que no notase su presencia.

Había sido ella quien decidió ese punto. Tras verle dormir en un sofá que había sido una cama de torturas.

—Creo que será mejor que duermas en la cama desde ahora —le había dicho mientras enrojecía y mordisqueaba su tostada, durante el desayuno—. Al fin y al cabo, somos marido y mujer.

Naruto había querido explicarle de alguna forma no tan cochina como sonaba en su cabeza, lo que pasaría de hacerlo. Era muy consciente de que su cuerpo iba a despertar y no deseaba asustarla o despertarse en medio de un sueño con un tacón clavado en la frente.

Ella debía de aceptar que para un hombre no era tan sencillo ocultarlo, más, cuando estaba acostumbrado a esa libertad o a gastarla eventualmente gracias a su trabajo. Pero durante los días libres para su corta luna de miel y boda, no había tenido nada de acción y estar excitado sería irremediable.

Porque Hinata era hermosa. No era algo que no viera. Le había interesado en parte por ello. Lo había excitado en su primer momento. Esperar que eso pasara con el tiempo, era impensable.

Se consideraba un hombre con suerte, no podía negarlo.

—Voy a casarme.

Naruto levantó la cabeza para mirar a Shikamaru. Aunque la voz que había pronunciado esas palabras estaba cerca de su hombro, no le dio por relacionarlas con el hombre que tenía al lado hasta que el Nara negó y señaló con la misma estupefacción que él a Sasuke.

Éste no se había inmutado. Diablos, ni siquiera había levantado la vista de la carpeta que sostenía entre sus manos. Su boca continuaba de la misma forma. ¿Acaso había hablado por telepatía o qué?

—¿Qué has dicho? —preguntó cauteloso. ¡Él! Estaba siendo cauto porque le parecía casi un problema de su oído.

Sasuke levantó la mirada de las hojas para mirar a ambos. Arqueó una de sus oscuras cejas.

—Voy a casarme.

Sí. Esas mismas palabras. La misma voz.

Se levantó como un resorte.

—¿¡Qué!?

Sasuke se cubrió el oído y Shikamaru suspiró a sus espaldas. Seguramente, con un dolor de cabeza tan agudo por falta de sueño que su voz estridente no ayudaba.

—¿Por qué gritas? —protestó Shikamaru—. Tú te has casado. Es de esperar que Sasuke también lo haga. Para eso iba a esas reuniones de citas. ¿No?

Sasuke afirmó con leve asentimiento. Naruto entrecerró los ojos.

—¿Con quién? —preguntó directamente—. ¿Es que has tenido citas mientras yo no estaba?

Sasuke pasó la hoja con demasiada lentitud. Si no fuera porque sabía que era algo sumamente delicado para todos, le arrebataría el guion para que dejara de prestarle atención.

—Sakura.

Naruto abrió la boca. La cerró.

—¿Sakura? ¿La misma mujer que organizó todo?

—Sí —respondió Sasuke con tranquilidad—. Ella.

Hubo un momento de silencio hasta que estalló en carcajadas.

—¡Joder, sí! Lo sabía. ¡Sabía que iba a pasar! —exclamó levantando los brazos. Se detuvo, bajándolos—. Oye. No será porque os pillé en el despacho o porque la has cagado sin usar capuchón…

Sasuke gruñó. Cerró la carpeta en un gesto seco y se levantó.

—Idiota —dijo únicamente. Luego, tras levantar una mano hacia Shikamaru, se marchó.

Naruto buscó la mirada de este, inquisitivo. Pero Shikamaru miraba con anhelo el sillón.

—Vale, me voy. ¡Hinata va a morirse de risa cuando se lo cuente!

Aunque el que estuvo a punto de morirse al llegar a casa con la noticia fue él.

Hinata, en toalla, descalza, de puntillas, con el trasero marcándose y el cuerpo estirado intentando llegar a la llave del gas.

Joder. Si eso no era una bofetada a su entrepierna, era una condenada mentira. ¿Y qué pasaba con él? Realmente estaba necesitando trabajar.

Tragó e hizo fuerza de su mejor autocontrol.

—Hinata.

Ella dio un respingo. Gritó, volviéndose hacia él. Su mano derecha se aferraba a la toalla con todas sus fuerzas sobre su pecho. Quizás no se percató, pero al volverse, parte de la toalla se elevó y Naruto tuvo una perfecta, aunque corta, visión de sus muslos apretados y la oscuridad entre sus piernas. Fue leve. Como una bofetada.

Acomodó la postura.

—¿Qué ocurre? —preguntó. No se acercó. Por el bien de ella. Por el bien de él. ¿Hasta qué punto era capaz de controlarse? Hasta ahora había pensado que muy bien. Claro que no tenía una mujer tan al alcance de la mano que despertara esas sensaciones. Fuera directa o indirectamente.

—Es el gas —tartamudeó ella. Naruto reconocía que era por frío exactamente—. Pensaba que sería cosa de la llave.

—Sí —confirmó—. La cerré cuando me marché para la iglesia, por si acaso. Como me he ido antes me he olvidado por completo de que había que abrirla y no llegarías.

Hubo un momento de silencio en que ambos se observaron. Naruto no podía saber qué estaba pasando por la cabeza de Hinata, pero cuando dio un paso hacia atrás, para dejarle espacio, imaginó que era una invitación muy diferente a la que le gustaría.

—¿Podrías…?

—Ah, sí, claro —aceptó moviéndose. Extendió su brazo y giró la llave hasta el tope—. Tardará unos segundos, pero ya podrás ducharte.

—Gracias —murmuró ella.

Le sonrió, encogiéndose de hombros. Luego, se percató de que la toalla apretaba unos generosos pechos. Más de los que pensaba que tenía. La boca se le hizo agua. Se había acostado con muchas mujeres. Más de las que podría contar jamás con las manos. De diferentes curvas en su cuerpo, a veces, ni una. Pero Hinata… Dios. Verla de esa forma era un ramalazo directo. Estaba tan duro que empezaba a dolerle el pensar que no estaba donde quería estar.

Ella dio un paso hacia él, extendiendo su mano libre hasta su mejilla.

—¿Te encuentras bien? —preguntó—. Estás muy caliente.

Si estuviera en una película la frase: Nena, no sabes cuánto. Saldría por sí sola. Sería el detonante para que terminase quitándole la toalla y…

Se mordió el labio inferior.

—Vas a coger frío —dijo, en cambio, apartando su mano con una mano más temblorosa de lo que le gustaría—. Te tengo una noticia, así que cuando termines, te lo contaré.

Hinata asintió y como si recordase de repente que estaba desnuda, sólo protegida por una toalla que seducía más que cubría, echó a correr hasta el baño. Naruto suspiró y casi chilló cuando la puerta se cerró.

Esperó un momento por si decidía volver para tirarse de los pantalones, de espalda al baño y ver con asombro que sí, estaba más excitado de lo que podría estar nunca. Y eran muchos años de sexo.

Sopesó la idea de masturbarse para aliviar un poco la sensación. Pero era peligroso. Si Hinata aparecía y le pillaba en medio del tema, podría crear un caos para siempre entre ellos. Y, si lo hacía rápido… ya conocía la frustración que eso terminaba por dejar. Además, no se sentiría satisfecho. Porque había un lugar donde quería meterse y eso, no se le iba a borrar de la mente ni del cuerpo.

Se sentó en el sofá lo más cómodamente posible y cogió la carpeta con el guion. Quizás, pensando en que iba a estar con otra persona ayudara a mitigar el problema. Aunque eso, podría crear otro. Lo que menos quería en el plato era un actor impotente.

La trama de la nueva película era absurda, como todas. Casi siempre se ponía más cuidado al tema sexual, así que no era de extrañar que pese a que Shikamaru tenía talento, al director le gustase más esos momentos.

Esa vez, Sasuke y él serían dos enemigos rivales que se colaban en la habitación de una joven señorita rica. Una niña rica de papá a la que Sasuke debía de secuestrar y él, proteger. Como ambos quedaban igualados en fuerza y habilidades, deciden que romperán ese equilibro con sexo.

La señorita no tiene ni voz ni voto, por supuesto. Ellos iban a tomarla y ella se dejaría. Algo que siempre le retorcía las tripas. Las mujeres tenían poco guion, poca importancia más que carnal. Shikamaru había entregado varios guiones en que las mujeres ocupaban una gran importancia, pero fueron descartados.

Eso se vendía para el disfrute sexual y a los hombres continuaban poniéndoles las mujeres sumisas y que solo estaban ahí o para seducirles o recibir. Como ninguna actriz se había quejado y, de hacerlo, generalmente terminaban callándose cuando tenían los bolsillos llenos, el tema continuaba igual. Era un ciclo que se repetía.

Cuando Hinata abandonó el baño liberó un agradable perfume a jabón que le cosquilleó la nariz.

Subió los dos escalones que separaban el salón y el resto de la casa y se sentó a su lado, emocionada.

—¡Cuéntame!

Naruto sopesó la idea de cómo podría resumirle una porno. Cerró la carpeta y la miró con el ceño fruncido.

—Pues… se trata de dos hombres enfrentados por… ehm… ¿Realmente quieres que te lo cuente?

Hinata frunció el ceño.

—Pero… tu has dicho que tenías algo que contarme.

—¡Ah, eso! —exclamó aliviado. Hizo a un lado la carpeta, volviéndose más hacia ella. —Es sobre Sakura y Sasuke. ¡Se van a casar!

Hinata abrió la boca. La cerró. Enrojeció y después, le echó los brazos al cuello pegando su mejilla contra la de él.

—¡Eso es maravilloso! Al fin a encontrado una mujer adecuada para él. Sé cuán de preocupado estabas por Sasuke.

Naruto la retuvo de los codos, frunciendo el ceño.

—¿Sabes de quién hablo cuando digo Sakura?

—Pues... —Lo pensó seriamente antes de responderle—. Una chica con la que tuvo citas, como nosotros y que ha decidido casarse.

Naruto negó y casi gruñó cuando ella liberó el agarre en su nuca. Sus manos resbalaron hasta sus hombros. Bien. Podía sentirlas ahí. Podía imaginar que se cerraban sobre su carne, le clavaba las uñas y…

Suficiente.

—Es la coordinadora. Sakura Haruno.

Hinata entonces comprendió.

—¡Ella! —exclamó esa vez. De nuevo, su boca se abrió para cerrarse lentamente—. ¡Pero es…! ¿Eso es legal? —preguntó frunciendo el ceño y tensando su gesto—. Quiero decir… es su cliente. Ella no estaba como opción. ¿O sí?

—Creo que a Sasuke eso le daba exactamente igual —reconoció al recordar cómo se los encontró aquella vez—. Vaya contra las reglas o no, piensa convertirla en su esposa.

Se recostó contra el sofá y ella alejó sus manos hasta su regazo. Llevaba puesto algo simple y cómodo, pero para sus hormonas en ese momento era una condenada tortura que se pegase a su cuerpo algo tan simple.

—¿Vas a pensar en el vestido que llevarás?

Ella se tocó los labios, sorprendida.

—¿Estaré invitada?

Él frunció el ceño, confuso con esa pregunta.

—Eres mi esposa…

Se ruborizó al recordar.

—Ay, santo cielo, es cierto —murmuró apretándose los labios con tanta fuerza que los enrojeció. Naruto extendió su mano, reteniéndola.

—Vas a hacerte daño así —aseguró. Se movió lentamente, con el cuerpo en tensión, acercando su rostro al de ella—. Mejor así.

Posó su boca sobre la de ella, lento y suave. Ella bien podría empujarle, hacerle a un lado, chillar y asegurarse de que era un degenerado que debía de comprender los límites, sin embargo, cerró los ojos tras parpadeos de mariposa y movió sus labios bajo los suyos.

Cuando se apartó, no fue para romper del todo en contacto, sino para mirarle con dudas.

—¿Así está bien? —preguntó a media voz.

Naruto sintió que el suelo se movía a sus pies. Gruñó en su boca.

—Más —le dijo—. Más besos.

Hinata se aferró a sus hombros de nuevo, cerró los ojos y las uñas se clavaron en su piel. La intensidad de emociones que eso creo en su cuerpo fue mezclándose con la sensación de sus bocas uniéndose, de sus lenguas buscándose a tientas en la estrechez de sus besos.

Soltó sus manos lentamente, dejando caricias circulares, y las subió hasta su cuello. Era delicado, delgado y se curvaba de una forma deliciosa. Hinata se había recogido el cabello tras la ducha y fue delicioso moverse entre sus hebras hasta soltarlas sobre sus hombros. Le llegaba el cabello por la cintura, suave y tan oscuro que parecía azulado.

Podía imaginársela perfectamente desnuda, en su cama, sólo con el cabello ondeando despeinado a su alrededor. Era algo tan erótico que apenas pudo reprimir de nuevo un gruñido entre sus labios.

Bajó más su mano derecha a medida que el cabello descendía. Detuvo sus dedos sobre su espalda, presionando suavemente y, con la otra mano, bajó hasta sus piernas. Sólo tuvo que tirar un poco para sentarla sobre él. Un beso impidió su protesta o se tragó su nombre en sorpresa.

Sentirla sobre sus caderas, amenazando con que fuera capaz de notar cuán excitado estaba, era el siguiente paso a romper la barrera que se había esforzado en mantener. La educación se estaba yendo al traste.

Si ella no ponía los límites iba a terminar destrozando por completo lo duro que había trabajado.

Pero Hinata no parecía estar por la labor en detenerle. Más bien, había acomodado mejor sus caderas de una forma maravillosa y arqueado su cuerpo de manera que sus pechos se aplastaban contra su torso y podía sentir que, a falta de sujetador, sus pezones remarcaban cuan de excitada se encontraba.

Dios. Quería levantarle la camiseta. Quería ver cómo de necesitados estaban. Quería meterse uno en la boca.

Necesitaba parar.

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Hinata sintió que Naruto se despegaba hacia ella. Cuando abrió los ojos para comprender por qué estaba negándole algo tan maravilloso, descubrió que había echado la cabeza hacia atrás, estirando el cuello donde se marcaba la tensión de su musculatura y que boqueaba. Ella misma estaba haciéndolo, respirando agitada y con el cuerpo tan pegado al de él y aún pensaba que no era suficiente.

—Vale, vamos a parar —dijo entonces él, bajando la cabeza y la mirada hasta ella—. O rebasaré mi límite.

Estaba algo perdida. Como si él lo notase, la aferró con suavidad de las caderas, —o quizás nunca había quitado las manos de ella y se había acostumbrado tanto a ese acto que le parecía inadecuado que quitase sus dedos de ahí—, y empujó. Notó algo abultado contra sus nalgas. Podría retroceder más y sentarse encima sobre ello. Algo dentro de ella chilló. Quería, no, debía de hacerlo.

Pero Naruto la retuvo al notar sus intenciones y extendió su boca en una tensa sonrisa de dientes blancos.

—Sí, eso es suficiente —le dijo—. Porque estoy a mi límite ahora mismo. Como nunca lo he estado —prometió—. Si seguimos, vamos a terminar o desnudos en el sofá o en la cama. ¿Comprendes lo que quiero decir, Hinata?

Enrojeció.

Lo comprendía. No era una tonta del todo. Sabía qué iba a pasar de continuar, pero el hecho de ir averiguándolo era tan tentador que se le olvidó por completo que no estaban casados para eso.

Apoyó las rodillas sobre el sofá y saltó hacia atrás, casi tropezándose con sus pies. Si él no la hubiera sostenido de las manos, se habría caído seguramente y estaría dando un escenario increíble y patético.

Continuaba sosteniéndola de ellas cuando volvió a hablar. Algo inclinado hacia delante, como si estuviera sufriendo.

—Hinata —nombró. Su voz era casi como un ronroneo que la invitaba a algo más—. Por favor, entiende que no quiere decir esto que no te desee. Dios, no desearte sería una locura, ttebayo. El problema es que lo hago y hace tan poco que nos hemos conocido… somos dos extraños y no quiero asustarte.

Eso era cierto. Si bien habían hablado largo y tendido de muchas cosas, saberlas no significaba que conociera del todo a Naruto. Existían ciertas cosas que sólo se entendían, comprendían o no, cuando había convivencia.

Al menos, saber que la deseaba era un alivio. Aunque también quedaba la frustración.

—Lo siento —se disculpó—. Es duro para ti.

—Y para ti —dijo él. Por un instante, le pareció que le miraba los pechos como si pudiera ver por encima de la tela de su camiseta—. Para ambos.

—Pero… —dudó. Dios, iba a decir esa locura. Iba a hacerlo—. ¿Por qué paramos si queremos?

Naruto dio un respingo. Aquella pregunta, claramente, no era algo que esperaba. Se pasó una mano por la frente y bajó por su rostro hasta detenerse sobre su estómago.

—Si nos acostamos…

—Sí.

—¿No te arrepentirás? —preguntó—. Nos casamos por un acuerdo. Ya te dije que no necesitabas responderme de esta forma. Sólo con ver que no estoy solo al volver del trabajo, que tengo a alguien con quien hablar de trivialidades, de dormir a mi lado, puedo conformarme. Sé que te desearé más veces, pero no es imprescindible hacer eso si crees que es una obligación.

Tomó aire. Comprendía a lo que se refería.

—Quizás ahora mismo hable más tu frustración que otra cosa, así que piénsalo con tiempo. ¿Vale? —propuso—. Yo he de volver al trabajo. Vamos a comenzar a rodar esta tarde-noche, así que no vendré hasta la madrugada casi.

—Yo… —balbuceó—. Comprendo. Te dejaré algo de comida en la encimera. Mañana iré temprano en busca de un local y arreglar los papeles por la herencia.

—Claro, tómate tu tiempo.

Naruto la soltó finalmente. Su mano resbalando por la suya lentamente hasta quedar colgando de su rodilla. Hinata le dio la espalda y caminó casi de puntillas hasta la cocina. Se encerró en ella, agitada, avergonzada, frustrada y a la vez, con ganas de llorar.

Cuando Naruto se marchó no pudo retener más las lágrimas.

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Las siguientes semanas fueron una completa tortura.

Agradecía tener ese trabajo. Las horas de rodaje le cansaban lo suficiente como para poder volver con Hinata y sobrellevar un poco mejor el deseo que despertaba en él. Que las actrices fueran diferentes ayudaba un poco, pero maldita fuera su cabeza que solía cambiarlas en su mente por ella. Y se sentía cruel, asqueroso y avergonzado de eso.

Cuando regresaba a casa, Hinata solía levantarse. Él cenaba mientras ella le contaba sus quehaceres del día, lo que había logrado encontrar como futura galería de arte o la visita que Hanabi había hecho durante su ausencia. Cosas rutinarias que no ayudaban a despejar del todo su mente de lo que él deseaba en sí hacer con ella. O ella con él.

Naruto había reconocido la frustración y el hambre de Hinata. Lo comprendía, pero no cesaba de preguntarse si estaría bien de aferrarse a ello para conseguir su propia satisfacción.

Y aunque sonreía y hablaba como si nada hubiera pasado, mantenía una distancia de seguridad que a veces molestaba su sueño cuando estaba solo, en la cama y le llegaba el aroma de su cuerpo que dejaba en las sábanas.

Uno de aquellos días, se despertó porque escuchó algo de ruido desde abajo, en la sala de estar. Reconoció la voz de su cuñada, Hanabi y la Hinata chistándole para que bajase el tono. Algo tarde, ya le había despertado.

—¿Me estás diciendo que pese a que es un condenado actor porno no habéis hecho nada?

Hinata parecía nerviosa por el tono de voz.

—Yo no te he dicho nada de eso, Hanabi. Por favor, deja mi intimidad…

—He preguntado si ya tenía un sobrino o sobrina en camino y me has dicho que eso queda muy lejano.

—Pero eso no quiere decir que…

Hinata había guardado silencio después de eso, mientras Naruto miraba el techo. Si Hanabi supiera lo duro que su hermana lo ponía, quizás pensaría de otra forma, pero, desde luego, no era algo en lo que debiera de meterse.

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Hinata se había acostumbrado por fin al extraño horario de Naruto. Él ya se lo había comentado antes de casarse y aunque era algo solitario para ella durante el día, tenía las suficientes cosas que hacer como para compensar su falta. Le gustaba su soledad en la que podía gastarla en pintar sin que nadie le recriminara.

Aunque a veces se ponía a pensar demasiado en si realmente ellos parecían recién casados.

Le había llegado la tarjeta de invitación para la boda de Sakura y Sasuke Uchiha. Había mirado vestidos por internet sin convencerle ninguno. Cuando llegó a la parte masculina se preguntó si ella debía de comprar el traje de Naruto. ¿Se sentiría incómodo si lo hiciera?

Pero cuando le preguntó, él sonrió como un niño pequeño.

—Estaría realmente feliz de que hicieras eso, Hinata. Escoge lo que creas que me queda mejor y va acorde a tu vestido. Quiero que quede claro que eres mi esposa.

Aquello había mandado a volar su corazón de alguna forma. Se había sentido tan tentada de abrazarle que tuvo que hacer su mejor esfuerzo para no moverse del lugar.

Días después, Sakura apareció en su casa. No iba sola. Acompañada por Ino y varias mujeres que Hinata no conocía, la invitaron para una despedida de soltera. Justo en ese momento, Naruto se levantaba. Bostezando, rascándose el trasero y arrastrando los pies.

—¿Por qué hay tantas mujeres en la puerta de nuestra casa?

—Voy a secuestrar a tu esposa —le dijo Sakura como respuesta—. Vamos a una noche de solteras.

Naruto había fruncido el ceño.

—Pero ella no está soltera.

Sakura se había echado a reír.

—Por esta noche, ha de serlo. Te prometo que ningún otro hombre se la va a llevar.

Hinata le había mirado preocupada, preguntándose hasta qué punto era eso aceptable.

—Diviértete —le dijo él en un susurro y le besó fugazmente la mejilla. Aunque las chicas silbaron por su gesto, Hinata se sintió vacía.

No es que Naruto se hubiera enfadado porque fuera a divertirse mientras él trabaja, es que ella habría querido algo más. Quizás, un beso en los labios, un toque sensual en su espalda que prometieran que no se iba a olvidar de él en toda la fiesta y que desearía volver a casa cuanto antes…

Vale, la frustración atacaba de nuevo.

Empezaba a estar harta de ella.

Después de la conversación con Hanabi en la que se había visto expuesta su nula relación marital, comenzó a pensar si no se arrepentiría después de todo cuando era en ese momento que lo deseaba. Le había dado vueltas a la pregunta de Naruto, sopesado de muchas formas los pros y los contras y llegó a la determinación de que sí, le deseaba.

Y no necesitaba un contrato para confirmarlo.

El punto era, hacérselo comprender a él. No era de las que se tirarían al cuello del hombre y sin más se bajarían las bragas. ¡Ni hablar! ¡Qué vergüenza!

Descubrió que era mucho más torpe de lo que creía para intentar seducirle. Nada le funcionaba.

Se paseó en toalla cuando él estaba en casa. Se agachaba levantando el trasero cuando llevaba los pantalones de pintar. Se soltaba el cabello de forma sensual —o a ella le parecía que lo era—, se subía a gatas en la cama fingiendo ir a coger algo cuando él se iba a dormir. ¡Sólo le faltó pasarle las tetas por la cara!

Se sentía más frustrada y agotada, a tal punto, que se dio por vencida.

Decidió que si no conocía algo no podía echarlo de menos. Sí, vale. Era imposible para ella olvidar el beso en el sofá. La sensación de su erección contra sus nalgas. Sus manos tocando su cuello, su espalda, sus caderas… La fuerza con que la presionó contra él. El modo en que sus pechos se aplastaron y rozaron contra su musculatura.

En fin, nada que no pudiera echar en falta. ¡Ja! No podía engañarse con eso.

Se percató de ello cuando hizo algo que nunca había hecho, no al menos, con el mismo deseo que en ese momento. Tocarse a sí misma fue momentáneamente un alivio, pero un orgasmo vacío por algún motivo.

Y qué frustrante era.

.

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Naruto llegó días después con un encargo, justo cuando ella se disponía a ir de compras. Necesitaban abastecer la lacena. Naruto comía mucho más de lo que parecía. Era natural, si pensaba que gastaba muchas calorías. Los actores no eran sólo un miembro, eran cuerpo también. Aunque existían videos en los que el hombre era corpulento, grueso, sudoroso… Él y Sasuke estaban a otros niveles.

Tuvo que hacer su mejor esfuerzo para no ver cómo se abría su camisa al agacharse para ponerse los zapatos, o la forma en que su coleta resbalaba por su hombro y colgaba sensualmente de su hombro.

Diablos, había tenido que hacer grandes esfuerzos en esos días. Pareciera que Hinata hiciera adrede lo de querer seducirle. Si no fuera porque sabía que no era así, le daría hasta un premio —y un revolcón que le vaciase las pelotas hasta que le dolieran—.

—¿Irás al centro comercial que está a dos manzanas?

—Sí —respondió ella—. Ahí venden esa carne que te gusta y la pasta para hacer Ramen casero.

El estomago gruñó como respuesta. Ella sonrió.

—Lo haré esta noche para que puedas cenar.

—Gracias —murmuró algo avergonzado. Luego extendió el papel—. Hay una tienda de lencería en esa zona. ¿Podrías comprar esto por mí? Hoy tengo que acompañar a Sasuke para la prueba del traje, así que será difícil ir. La dependienta trabaja con nosotros de siempre, así que con solo darle el traje sabrá cuál es. Shikamaru ya ha dejado todo pagado.

—De acuerdo —aceptó ella guardando con cuidado el papel en la cartera—. Lo traeré.

Luego le dio la espalda y se llevó consigo su aroma. Naruto se quedó un rato mirando la puerta, hasta que recordó que había quedado con Sasuke y que este estaba siendo el peor novio de la historia. ¡Era peor que la misma novia! Ni él había estado tan histérico —más bien no recordaba haberlo estado, pero lo estuvo—, y Sasuke parecía una doncella en apuros.

Para cuando terminó con él y regresó, Hinata ya estaba allí. Se había puesto el peto vaquero que usaba para pintar y llevaba el cabello recogido en un moño descuidado. Ya tenía manchas en la cara de pintura. Estaba guapísima. Cuanto más la miraba, más y más le gustaba.

—He traído lo que me pediste. Te lo he dejado en la puerta de la habitación de los trofeos.

Naruto sonrió divertido. Le gustaba la forma en que arrugaba la nariz cuando hablaba de esa habitación. Algún día, se decía a sí mismo, esa mujer iba a entrar en ella y ver lo que tenía tras esa puerta.

—Gracias, Hinata.

Se alejó para entrar en la habitación y abrir la caja. Quitó el primer plástico y se quedó con la boca abierta.

Primero pensó que el trabajo era el trabajo.

Después, escuchó su móvil sonar y la voz tímida de Hinata llamarle.

La mujer que ahora era su esposa se quedó a cuadros cuando salió con aquella ropa interior. Con la boca y los ojos muy abiertos. No podía juzgarla.

Tomó el móvil entre sus manos.

—Dime que no te has equivocado, Shikamaru —ladró.

El Nara estaba descojonándose a carcajada limpia.

—Lo siento, Naruto. Equivoqué el número de referencia. Esa ropa no es para ti. ¿Te queda bien?

—¡Vete al…!

Colgó, sulfurado.

Al volverse de nuevo se vio en el espejo. Era de encaje, perfecta. El corsé apretaba su pecho y afinaba sus caderas. El liguero se encajaba en su pierna y estiliza su entrepierna, que, claramente, se mostraba abultada por la presión de la tela. Las medillas se enrollaban en sus piernas, mostrando unas piernas más femeninas de lo que le gustaría.

Cuando miró hacia Hinata se le congeló el aliento.

Ella estaba comiéndoselo con los ojos. Sus mejillas estaban turbadas y su boca tensa y llena, como si estuviera preparándose para una tanda de besos. Su pecho oscilaba al compás de su respiración.

Naruto tragó al sentir la boca seca. Empezó a abrir los brazos, pero ella giró en redondo.

—¡Estaré en mi sala de pintura!

Naruto se quedó patidifuso. La siguió tan atónito como incrédulo. Pegó la mejilla contra la puerta hasta que llegó el sonido de una risita sofocada seguida por movimiento de muebles. En realidad, no sabía cómo había organizado Hinata su cuarto de pintura. No se había atrevido a entrar, respetando su espacio, su libertad. Pero en ese momento se moría de ganas por hacerlo. Aunque sabía que ella estaba riéndose de él, también reconocía que lo había deseado.

Su mujer le deseaba.

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Hinata todavía se reía entre dientes cada vez que la imagen de Naruto se repetía en su mente. Sin embargo, no pudo soltar el pincel hasta que cuadro estuvo terminado. Si Naruto había comido o no, si era de día o de noche, no importó.

Ella sólo trabajó y trabajó.

Cuando finalmente se acostó, el cuadro de un joven rubio, vestido con ropa de encaje, la seducía desde el cuadro.

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Sasuke la vio llegar paso a paso hasta el altar. Cuando extendió la mano hacia ella comprendió que estaba bien. No iba a volverse atrás. Era la mujer que había escogido y ella, le había escogido a él. Fuera por el sexo, fuera porque ninguno tenía otra opción, estaba bien.

Escuchó palmadas y grititos de emoción a su lado. Sabía que Naruto no iba a poder controlarse y aún así, lo pidió como su padrino de bodas. Igual habría sido mejor pedírselo a Shikamaru en su lugar.

Cuando dijo sus botos y, finalmente pudo besar a Sakura, Naruto fue el primero en chillar, en levantar los brazos y saltar por los escalones para besar a su propia mujer. Hinata, azorada, casi se pisó el bajo del vestido morado que llevaba a conjunto con la camisa de Naruto.

Sakura, de su brazo, se echó a reír.

—Al principio dudé si esos dos iban a hacer buena pareja. Todo fue muy rápido, pero veo que no es así.

Sasuke le dio la razón. Luego la miró inquisitivamente. Ella sonrió.

—Sí, nosotros somos perfectos en nuestras imperfecciones, Sasuke Uchiha.

—Como digas, Sakura Uchiha.

El mundo del matrimonio, era algo que debían de comenzar.

Tanto Naruto como él, poco a poco, a pasos torpes, esa era la nueva vida que habían escogido.

Aunque todavía quedaba mucho para que los focos se apagaran.

Continuará…

n/a:

Bueno, la idea era divertirse y tener un poco de cositas hot. Estos dos se gustan mucho desde que se conocieron, así que esto era de esperar. Aunque son torpes, qué vamos a hacerles.

No quería enfocarme mucho en la voz SS porque al fin y al cabo, este fic es más NH centric, pero igual, me encanta escribir de ellos escenitas cortas y directas.

La escena del corsé y tal, pueden imaginarla como gusten. Sólo piensen en Naruto con ropa femenina xD. Este Shikamaru y sus errores. He de decir que esta idea es gracias a las locas ideas que intercambiábamos antes Procrastinación y yo en nuestros ratos libres (¿). Así que mérito a ella.

Y en fin… ¡Nos leemos! Que quizás queda ya poco de este fic =D