Siento mucho la tardanza, aquí estamos de nuevo.
ADVERTENCIA: Lemon.
Cámaras, acción… ¡Amor verdadero!
¡Te deseo! Nos deseamos.
—Voy a morir. Me explotarán las pelotas y será el final de mi carrera y de mi vida.
Shikamaru le miró con cierta indiferencia desde el sillón de su casa, donde olía a deliciosa comida y su mujer canturreaba una canción de cuna mientras preparaba algo de picar para ambos. Su visita era claramente una sorpresa para el matrimonio, pero Shikamaru demostró que la paciencia era una virtud, especialmente, cuando de él se trataba.
Le vio encender un cigarrillo con suma tranquilidad.
—Sí, definitivamente, eso te mataría. O te castraría, a saber. Pero acabaría con tu carrera como actor, desde luego.
—No me estás ayudando —protestó pasándose las manos por la cabeza—. ¿Es que no hay nada que pueda hacer solo? Antes trabajaba sin Sasuke y no había problema.
—Sí, bueno —carraspeó Shikamaru mirando de reojo hacia la cocina y después, a él. Cambio de postura—. Sabes que el director con el que estamos es el más famoso, el que más paga y si quieres mantenerlo feliz, querrás seguir trabajando junto a Sasuke. Porque vuestras películas venden mucho más que por solitario.
Frustrado, se cruzó de brazos.
—Lo que no entiendo es por qué Sasuke tiene más días de vacaciones comparados a los que he tenido yo para la luna de miel.
—Porque él sólo tomó parte de sus vacaciones por enfermedad, mientras que tú cubriste tu cupo de faltas por una feria de ramen, otra por citas con otras mujeres y una vez más porque te emborrachaste de tal forma que tuvimos que fingir que tenías gripe para que el director no te despidiera.
Naruto palideció al recordar todos aquellos momentos. Era, por regla general, muy cuidadoso con su salud, pero aquella vez de borrachera no la olvidaría en la vida.
—Asimismo. ¿Qué tiene de malo que desees a tu mujer? —cuestionó volviendo a mirar de nuevo hacia la cocina. Temari empezaba a salir con una bandeja cargada con dos cuencos de pepinillos y aceitunas, además de dos bebidas light que dejó en la mesa. Después, le dio una rápida caricia a Shikamaru en el cuello y se despidió de ambos subiendo las escaleras. Shikamaru no dejó de mirarla en todo momento—. Es lo normal. Sois marido y mujer. Y te casaste consciente de que ibas a tener que pasar esa barrera. ¿Verdad?
—Sí, sí —confirmó atrapando una aceituna y llevándosela a la boca—. Pero es complicado.
Shikamaru detuvo la mano sobre la anilla de la lata, mirándole con una ceja alzada.
—¿Te estás burlando de mí?
Naruto sintió que enrojecía.
—¡No esa clase de dificultad! Sé perfectamente qué hacer y qué no —protestó metiéndose más aceitunas hasta que su boca quedó llena. Masticó, furioso y avergonzado a la vez—. Es que… no nos casamos exactamente por eso —murmuró poco después—. Es decir, sí, pero no.
Shikamaru frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
Se lamió los labios, preguntándose cuánto de eso podía contarle a Shikamaru. Sabía que él no iba a airear sus secretos. Shikamaru conocía más de ellos de los que podía contar con las manos. A estas alturas, la prensa debería de estar muy nutrida de sus intimidades de ser así. El problema es que eso afectaba ahora otra persona.
—Simplemente, Hinata es… intocable para mí.
De nuevo, Shikamaru lo estudió con la mirada, aunque parecía más interesado en subir escaleras arriba.
—¿Acaso te ha impuesto la ley marital tan pronto? —cuestionó—. No. Espera. No me digas que ni en la luna de miel…
Se levantó de golpe, irritado.
—Siento que quieres pasar más tiempo con Temari que conmigo, así que voy a marcharme. Gracias por los aperitivos —soltó rápidamente. Shikamaru se puso en pie para detenerle—. Que lo disfrutes, eh.
—Espera, no —detuvo. Naruto lo ignoró hasta la puerta. Shikamaru lo retuvo del brazo—. Naruto. Detente. Te conozco bien. Eres de los que les das vueltas a las cosas y terminas sacando conclusiones que no son. Un matrimonio es algo complicado y las mujeres son problemáticas a su manera. Pero eso no hace más que ser parte del núcleo que vas a convivir. Tiene sus cosas y buenas. No sé qué está ocurriendo entre vosotros, pero esos deseos de marcharte y estar trabajando hasta terminar agotado, me hacen pensar que tienes miedo de hacer algo. Quizás porque os casasteis muy rápido o por otros motivos que se me escapan, pero hay algo que he aprendido que hace falta entre dos personas, más, con la que compartes tu cama, tu tiempo, tu vida y, seguramente, tu corazón y destino: conversación y sinceridad. Cuando hay caos, es lo mejor. Ni grites, ni des mil vueltas porque la confundirás. Sé directo y sincero.
Naruto pestañeó, sorprendido.
—Hinata parece un poco hacedera de confundir y tú eres fácil para enredar a la gente. Así que toma mi consejo y prueba. Si no lo habláis, el trabajar no va a servirte de nada. ¿Acaso no querías estar con alguien para no estar solo? Si rehúyes, hundirás a Hinata en esa soledad que tu odiabas.
Naruto tomó aire y le dio una palmada en el hombro.
—Me has salvado el culo de nuevo, Shikamaru —confesó.
Shikamaru chasqueó la lengua.
—Si no lo hiciera, seguramente quien pagaría las consecuencias luego sería yo —protestó—, y eso sí que es problemático.
Soltó una risita entre dientes y levantó su mano para despedirse. Shikamaru no tardó en cerrar. Podía imaginarse que no tardaría en subir escaleras arriba y, lo demás, prefería no imaginarlo. Eran amigos, y existían ciertas barreras que no pensaba cruzar.
Además, necesitaba preocuparse más por su situación que por la felicidad de los demás.
Cuando llegó a su casa, Hinata corrió hacia él. Llevaba el cabello recogido, el mono vaquero de trabajo lleno de pintura y una camiseta de manga corta que se ajustaba sus brazos. Algunos mechones caían a falta de agarre alrededor de su rostro, confiriéndole un gesto plácido y juvenil, además de delicado y, de alguna forma, sexy.
Sus ojos mostraban preocupación y su voz tembló cuando habló.
—¿Te encuentras bien? Te marchaste cuando volvimos de la boda tras cambiarte de ropa y no has vuelto hasta ahora. Estaba muy preocupada —confesó.
Naruto tomó aire para tranquilizar su corazón. Era algo difícil.
—Lo siento, no quería preocuparte. Necesitaba pensar.
Se quitó la chaqueta para dejarla en el perchero de la entrada, junto al abrigo de ella y su bolso. Luego, sacó la cartera y las llaves y las depositó en la bandeja junto a las llaves de ella. Era realmente curioso el hecho de que ahora, mirase donde mirase, había cosas en par y eso, de cierta forma, le calentaba el corazón.
Hinata continuaba a su lado cuando se volvió. En un gesto inesperado, le tomó de la mano, acariciándola con suavidad y suspirando aliviada.
—Menos mal. Pensé que te había pasado algo malo y temía por ti. No sabía si debía de llamarte…
—¿Por qué? —preguntó sorprendido—. Cuando no estoy trabajando puedo atenderte cuando sea.
—No quería parecer que te presionaba —reconoció avergonzada—. Yo no entendía lo que ocurría, pero tampoco quería tensar la cuerda.
Negó, sonriendo.
—La verdad es que después de pasear fui a hablar con Shikamaru para averiguar si tenía algún trabajo para mí en solitario, pero al parecer, sin Sasuke no tengo trabajo. También, necesitaba consejo. Y no hay nadie mejor para ellos que Shikamaru.
Hinata suspiró aliviada y sonrió.
—¡Menos mal que no fue nada!
—No peligroso —reconoció—. Pero tenemos que hablar, Hinata.
Ella le miró asustada. Tragó y asintió, dando un paso atrás y soltándole.
—Creo que sé lo que vas a decir.
Naruto no estaba seguro de ello, pero al menos, intentaría ser lo más sincero que le permitiera su corazón.
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Lo había sopesado como opción desde que él se marchara tras volver de la boda. Su matrimonio no estaba funcionando bien y la tensión entre ellos provocaba que las ausencias empezasen a ser dolorosas.
—Quieres el divorcio.
Naruto parpadeó muy deprisa, abrió la boca y palideció.
—Lo entiendo, esto fue un matrimonio con un destino y ambos lo hemos cumplido. Comprendo que quizás, soy yo la que más esta recibiendo de todo esto y que es incómodo para ti.
Repentinamente, la asió de los codos con tanta fuerza que la sorprendió.
—¡No, no quiero divorciarme de ti! —negó, más asustado que autoritario, apretando sus dedos contra su piel y huesos—. ¡Hinata, por favor! No me dejes… no cuando… he conseguido encontrar a la persona que es perfecta para mi vida. Hasta el punto de que provoca cambios en mí, más de los que esperaba.
Hinata sintió calidez. Por todo su cuerpo, naciendo desde su pecho y explotando en diferentes direcciones simultaneas. Subió hasta sus mejillas, cubriéndolas de color carmín.
—Justo de esto quería hablar contigo. A eso me refería. Pero no para divorciarnos —aseguró—. ¿Crees que podrías escucharme?
Asintió, algo más aliviada.
Lo había pensado mucho. La idea de separarse de Naruto no le gustaba. Comprendía los hechos que hicieron unirnos, pero, —quizás fuera un pensamiento suyo—, algo le día que se compenetraban mucho mejor de lo que jamás encontraría en otro hombre.
Él entendía que se encerrara en su habitación de pintura por horas, por ejemplo. Aunque no hubiera fregado los platos o tendido la lavadora. No le importaba que se desvelase trabajando en sus dibujos y se le pegaran las sábanas.
Naruto indicó el sofá con un gesto y empezó a caminar hasta él, deteniéndose al subir el pequeño escalón para ver si le seguía. Ella lo hizo, apretándose las manos, nerviosa y se sentó a su lado.
El hombre suspiró, pasando una de sus manazas por sus cabellos y mirando al frente, como si le costara encontrar las palabras adecuadas para la situación.
—¿Puedo ser sincero? —cuestionó. Continuaba sin mirarla, con el ceño fruncido.
—Por favor —accedió.
Él inclinó la cabeza. Su mano descendió hasta su nuca, ahí donde la camiseta dejaba al descubierto parte de su cuello en una curva masculina, atractiva y que provocó que sus labios cosquillearan con el indecoroso deseo de besarlo. Sus manos temblaron ante la imperiosa necesidad de acercarse a ese lugar, acariciarle ella la zona, experimentar la sensación.
—Te deseo.
Dio un respingo. ¿Esas palabras habían escapado de su boca? Se tocó los labios, sintiendo el rubor subir a sus mejillas y el calor expandirse por su cuerpo.
—Perdona —se disculpó—, no quería decir esa palabra, yo…
Naruto la miró perplejo.
—¿Qué? —cuestionó—. He sido yo quien las ha dicho, no tú.
Ambos se estudiaron un momento con la mirada.
—Espera —indicó Naruto con la boca muy abierta—. ¿Tú me deseas también?
Se acurrucó, avergonzada, abrazándose las piernas y escondiendo su rostro como autodefensa. Sintió que se movía, acercándose más a ella. Notó uno de sus dedos sobre la rodilla, con cautela.
—Hinata —murmuró. Su voz más ronca de lo normal—. Por favor. ¿Me deseas?
Asintió sin poder mirarle. Sentía que, si lo hacía, iba a esclarecer una realidad negativa para la que no estaba preparada en ese momento.
Naruto retiró su mano en silencio. Pensó que se había retirado, asqueado, hasta que sintió algo cálido contra su cabeza. Algo que reconocía.
Cuando levantó la cabeza, él sonreía. ¿Realmente acababa de besarle la cabeza como si fuera una niña?
Su boca se extendía en una sonrisa feliz, como hubiera recuperado su luz interior de alguna forma.
—¿Sabes? Me estaba torturando con esto. Buscaba trabajar frenéticamente justo para quitar la tensión sexual que provocas en mí, Hinata. Pensaba que debía de darte miedo, asco incluso, que alguien como yo estuviera todo el tiempo excitado por ti.
—¿Por… mí?
—Así es —confirmó él con la voz y la cabeza—. Puedo demostrártelo.
Extendió su mano con completa confianza. Hinata enarcó una ceja y aceptó su mano. Él la desvió hasta su ingle, directamente sobre su miembro, que, pese a no ser una clara erección, comenzaba a forzarse. Y dado lo vital que parecía y debía de ser, sabía que no tardaría nada en estar duro y firme.
Sus ojos se desviaron de su rostro al lugar de su mano y, después, a sus ojos. Una mirada azulada, profunda y muy masculina. Llena de una promesa que le aceleró el corazón y tensó partes de su cuerpo que no sabía que podía tensarse con tanta necesidad.
—Llevo luchando contra el deseo que siento por ti desde que nos casamos. Pensé que trabajar me ayudaría, pero no es así.
Hinata tragó, nerviosa.
—Yo… no sabía cómo expresarlo tampoco y… me frustré mucho —confesó.
Naruto guiñó los ojos.
—Espera. ¿Estabas intentando que…?
Asintió, avergonzada, cubriéndose la cara con su mano libre.
—Pero ¡qué malditamente ciego soy!
Liberó su mano para tomarle las mejillas con ternura. Hinata soltó un siseo inesperado que él atrapó con sus labios. Se aferró a su camiseta, sorprendida, con la cabeza dándole vueltas. Le recordó a aquel momento en que él se detuvo, en que la confusión todavía estaba apoderándose de ellos.
—Hinata —murmuró ronco—. Lo preguntaré. Porque de aceptar que me deseas a quererlo en este momento hay un gran paso.
Ella suspiró. Sentía los labios calientes y tensos por el beso. El cosquilleo del deseo por más. Y la cabeza embotada.
—¿El qué? —preguntó.
Él esbozó una sonrisa tierna, acariciando sus labios con los pulgares.
—¿Quieres hacerlo? Mira que después será incómodo y difícil para mí detenerme.
Entonces, comprendió. Se lamió los labios. Sabía que negarse sería mentir completamente. A ella misma y a Naruto, quien, obviamente, sabía perfectamente que estaba excitada. La otra vez, estaba segura, también lo supo.
Llevó sus manos hasta el cuello masculino, pasando por sus hombros y aferrándose a sus brazos. Temblaba. De impaciencia, de deseo.
—Quiero que continúes, por favor.
Naruto se lamió lentamente los labios. Su mirada oscureciéndose.
—Hinata, voy a hacerte esta pregunta, no para ofenderte, pero necesito saberlo.
Ella asintió, preocupada.
—¿Eres virgen?
Hinata abrió muchísimo la boca y sintió que el calor emanaba de su cuerpo. Naruto, con el ceño fruncido y muy serio, la asustaba por un momento.
—Entiende que no lo pregunto como algo malo —indicó—, pero… sé que es complicado para las chicas. No quiero que tengas una primera vez de cualquier forma.
—¿De cualquier forma?
—Estoy muy tentado a tumbarte sobre la moqueta y hacerte el amor, Hinata —confesó siseando entre dientes—. Te deseo hasta el punto de ignorar la cama, el sofá y cualquier otra superficie ahora mismo, pero —reconoció—, me niego a hacerlo si es tu primera vez. El suelo no es buen lugar para una mujer como tú. Y tampoco el sofá.
Se apretó las manos, nerviosa.
—¿Qué quieres decir con una mujer como yo?
Naruto se tomó un momento antes de contestar.
—La mujer que he escogido a mi lado hasta el fin de mis días.
Un escalofrío estremecedor y cálido recorrió su cuerpo. Se movió hasta abrazarlo y aunque él le devolvió el abrazo, tenso, no fue del mismo ardor que ella. Entonces, le miró y asintió, pestañeando en busca de ocultar un poco más su rubor.
—Lo soy.
Él siseó una palabrota, pero no la soltó. Apretándola contra su cuerpo de una mejor forma, se puso en pie y caminó hasta las escaleras que los llevaría hasta su dormitorio.
—¿Por qué has maldecido?
—Porque no siempre es agradable —reconoció deteniéndose a los pies de la cama—. Intentaré que lo sea, pero el dolor no va a quitártelo nadie. ¿Lo sabes?
—Lo sé —confirmó avergonzada—. Aunque mi educación en esos temas es algo más… escasa. Ya viste a Hanabi.
Él chasqueó la lengua.
—Ahora mismo, en quien menos quiero pensar es en ella —confesó depositándola suavemente en la cama—. Si no en ti.
Hinata se aferró a sus hombros, maravillada y halagada de cierta forma. Naruto besó sus labios con una ternura que no esperaba. En realidad, cada beso que depositó en su cuerpo fue tierno, relajado, sin dejarse llevar por la desesperación del deseo, que, claramente, luchaba por controlar.
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Naruto había probado muchas mujeres. Las había tocado y les había hecho diferentes cosas. Cosas que podrían avergonzarlo de cierta forma. Sin embargo, lo que estaba sucediendo en ese momento era muy diferente. Eso no se trataba de una exigencia del guion, sino de sus sentimientos y deseos.
Era Hinata la que estaba en sus brazos, era la mujer a la que estaba tocando. La que estaba suspirando por cada acción correcta que lograba hacer. Y estaba tan nervioso como si fuera la primera que tocaba.
Desde hacía muchos años no se había detenido tanto en asegurarse que una mujer disfrutase. Aunque sí que se esforzaba en que ninguna de sus compañeras de reparto se lastimase, estas solían indicarle con la misma experiencia que no había ningún tipo de problema. Hinata, era un mundo nuevo.
Su piel era blanca por muchas partes, rosada en otras y maravillosamente suave. Sus dedos se hundían con facilidad. Se aferraron a sus senos con dificultad, siendo llenadas sus palmas de una forma maravillosa y sus pezones reaccionaban maravillosamente en cumbres sobre las grandes y rosadas aureolas.
Mantenía sus manos a su lado, aferrando las sábanas y dejándole actuar. Eso, lo detuvo, frunciendo el ceño. Soltó con cierta protesta uno de sus pezones y la miró.
—¿No quieres tocarme?
—¿Qué? —preguntó algo ida—. ¿Tocarte?
—Sí —asintió. Pasó su pulgar por encima del enrojecido seno—. Abrazarme, tocar partes de mi cuerpo como estoy haciendo contigo. ¿No quieres?
Ella parpadeó, avergonzada.
—No sabría dónde tocar… ni qué hacer…
Comprendió, sonriendo. Desvió su mano de su pecho hasta su brazo derecho. Acarició el interior del brazo, bajando hasta su mano. Jugó con su palma un instante y, después, la llevó hasta sus hombros.
—Si no me acaricias o me tocas, no podré saber si lo estoy haciendo bien. Si te gusta, apriétame, si no, apártame. Pero acaríciame. Quiero que lo hagas. ¿Puedes hacerlo, Hinata?
Hinata cabeceó una afirmación. Ella misma elevó su otra mano hasta sus hombros. Fue agradable sentir sus dedos rozar su piel. Acariciar su nuca, que la punta de sus dedos se enredase en sus cabellos.
Lo excitaba como si fuera un condenado adolescente.
—Bien, así —murmuró.
Le besó los labios y, de nuevo, se perdió en caricias por su piel. Con cierta mirada de anhelo abandonó sus senos, con tristes y excitantes caricias de promesas de regreso. Descendió por su vientre y, justo como esperaba, cuando apretó con suavidad sus muslos para lograr ver ese lugar, Hinata apretó los dedos en su carne.
—Tranquila, ttebayo —le dijo. Un susurro ronco—. Quiero probarte.
—Pero es…
—Sé bien lo que es —bromeo—. Y sé cómo debe de estar ahora mismo. Justo por eso quiero… no, deseo hacerlo.
Ella enrojeció y tartamudeó algo que no captó, pero no se negó. Le permitió bajar la cabeza, besarle el vientre y continuar hasta el comienzo de su bello, oscuro y rizado. Pasó por encima y el conocido aroma de excitación le inundó la nariz, le cosquilleó la espalda y preparó aún más su miembro para ella.
Tuvo que tomarse un momento para controlarse. Besó la cara interna de sus muslos, llegó hasta sus ingles y besó, lentamente, la suave carne de sus labios exteriores. Hinata dio un respingo, sorprendida.
Mantenía sus piernas separadas, levantadas un poco para que él pudiera acomodarse mejor, aunque era mucho más estrecha que sus compañeras, pensó, con cierto orgullo, que ella llegaría a esa clase de flexibilidad para él. En todo su cuerpo.
Cuando se deslizó más hacia su centro, Hinata siseó su nombre, cubriéndose al instante los labios con una mano. Se lo permitió por un momento, concentrado en intentar comprender su significado a medida que su boca indagaba aquel lugar inexplorado.
—Hinata —nombró, soltando adrede su aliento sobre ella—, quiero escucharte.
—Pero… —masculló una protesta cuando su dedo pasó por la zona más sensible. Más tarde, esperaba recordarse a sí mismo disfrutar un poco más de su tortura.
Sonrió para sus adentros y presionó su boca de nuevo en el lugar, a la par que su dedo descendió.
—Hinata. ¿Alguna vez te has…?
Un rubor diferente al sexo usurpó sus mejillas. Desvió la mirada, respirando agitada.
—Ya veo —confirmó. Aquella idea le calentaba. Muchísimo. Quería verla hacerlo. Lo deseaba. Pero no en ese momento.
—¿Qué? —farfulló ella intentando ver—. ¿Hay… algo malo?
—No —descartó moviendo su dedo hasta el lugar adecuado, acariciando la entrada en lentos círculos de humedad—. Es perfecto.
Poco a poco, fue invadiéndola, preparándola para él, disfrutando de la humedad que era capaz de crear, de aumentar el deseo.
Mientras su cabeza estaba completamente llena de él, de lo que ansiaba, aprovechó para liberarse a sí mismo. Fue una tortura magnifica y a la vez, maravillosa libertad. Se masajeó a sí mismo por un instante, y después, levantó la cabeza para mirarla.
Hinata parpadeó, entre lágrimas y tragó.
—Sólo voy a parar un momento. ¿De acuerdo?
Ella asintió confusa.
Él se movió por encima de su cabeza hasta atrapar el cierre del cajón y rebuscar. Sacó la alargada caja y, con los dientes, rasgó el plástico y atrapó el paquete. Lo abrió con la misma experiencia de siempre y retrocedió para colocárselo.
—Eso no va…
Él la miró con cierta diversión.
—Te aseguro que sí —dijo, intentando mostrándose calmado—. En mi trabajo ves muchas cosas, Hinata. Si sale un niño por ahí, imagina lo que puede entrar. Y yo, soy pequeño comparado a todas esas.
Se inclinó para besarla, tomándole el rostro entre sus manos.
—¿Quieres que me detenga?
—No —negó—. No puedo… yo…
—Lo sé —confirmó él. Bajó su mano por sus piernas hasta el hueco entre ellas y, sin dejar de besarla, volvió a acariciarla, a concentrarla en el ansia a la idea de no pensar en lo irrelevante.
Después, se movió lentamente, adecuando sus caderas a las suyas. Rozó su erección contra ella, colmándola de caricias y besos. Su cuerpo tembló y se tensó a medida que la unión crecía entre ellos.
—Hinata —nombró entre beso y beso. Ella se aferró a su espalda con los dedos.
No había una forma más amable de hacerlo, ni más suave ni menos dolorosa. Por más placer que quisiera darle, era su cuerpo el que iba a ser dañado.
Sudando, se movió contra ella, penetrándola. Sintió la elasticidad al romperse y ella gritó, en su oído, boqueando a medida que las lágrimas resbalaron por sus mejillas.
—Hinata —murmuró repetidas veces, besando sus lágrimas, sus labios, intentando controlar el maldito y condenado impulso de moverse.
Le apretaba de una forma maravillosa, como si deseara engullirlo hasta lo más fondo. Iba a derretirse.
Volvió a acariciarla lentamente y aguardó. Cuando ella se movió, él la miró fijamente y devolvió el gesto. Su rostro, concentrado, se mantenía ligeramente fruncido, hasta que descubrió que él la observaba. Entonces, enrojeció y se mordió el labio inferior.
Lentamente, sin romper el contacto de sus ojos, volvió a moverse. Lento, deteniéndose, ahuecándose mejor y más profundo. Su interior se amoldaba a él, lo recibía.
Aún con todo eso, no podía hacer más. Ella debía de relajarse, de florecer para él.
Incluso si eso le rompía.
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Hinata se quedó mirando el techo por un buen rato en silencio. Naruto, a su lado, dormitaba. Tenía un brazo doblado bajo su cabeza y su gesto se mantenía serio, alerta. Sabía que cuando hiciera algún gesto para moverse, él despertaría.
Le miró por un momento. Tan guapo. Tan atractivo. Y tan delicado con ella que le estremecía el corazón. Hinata no tenía otros amantes con quien compararle, pero estaba segura de que no habría tenido una mejor experiencia ni contratando un amante.
No iba a negar que una parte fue dolorosa. Era algo que ya esperaba, desde luego, no era tonta. Pero el esfuerzo de Naruto por darle placer, había menguado un poco ese recuerdo. Incluso, la hizo alcanzar el orgasmo. Uno maravilloso que la llevó a un nivel que ni siquiera ella pudo en medio de su frustración.
Era increíble como podía llegar a descubrir una esa parte que, pese a no estar censurada como antes en la sociedad, ella no se había atrevido a descubrir por su cuenta.
Lo que llegaba a intrigarla de verdad era si Naruto realmente había quedado colmado. Se había detenido pronto, quizás, para él. ¿Acaso no estaba acostumbrado a hacerlo tantas veces?
Le preocupaba de verdad. ¿Y si ella no era capaz de satisfacerle? ¿Cuán de alta tenían las expectativas los chicos como él?
Repentinamente, las lágrimas inundaron sus ojos. Se dio la vuelta y apretó los dedos contra los labios para reprimirse.
—¿Hinata?
Dio un respingo, sin volverse. Él bien podría pensar que estaba dormida.
—Te he escuchado.
Aquello destruyó sus creencias. Se volvió cuando le puso la mano en el hombro.
—¿Te duele? ¿Mucho?
—No —negó entre hipidos—. Es que…
—Ah —dijo al caer en la cuenta—. ¿Quieres lavarte y no puedes moverte? ¡Eso es fácil! Puedo cargarte si hace falta.
—No es eso —descartó.
En realidad, él la había lavado, aunque dudaba de haberlo hecho bien. Fue todo un detalle, debía de reconocerlo.
—¿Qué ocurre, ttebayo? —cuestionó guiñando los ojos. Se apoyó en el codo, observándola.
—Es que… —No sabía cómo expresarlo ni cómo repercutiría en él.
—Dilo sin más o no entenderé nada —recomendó él—. Ya has visto como hemos estado hasta ahora.
—Es que… creo que tú no has disfrutado —murmuró—. Yo no sé cómo hacer disfrutar a un hombre, así que…
Naruto se golpeó la frente, siseando.
—Lo sabía —masculló.
Hinata tiró de la sábana, cubriéndose.
—Lo siento mucho —susurró avergonzada.
ÉL le tiró con la punta de los dedos, queriendo ver su rostro.
—Hinata. Era tu primera vez, debías de disfrutarla tú, no yo. En eso me enfoqué. ¿Acaso crees que no vamos a hacerlo más veces? —inquirió con cierto brillo travieso en los labios—. No soy un bruto. ¿Sabes?
—Entonces… —murmuró.
Él asintió y le besó la frente.
La había estado cuidando, procurando su bienestar más que el de él. Puede que no hubiera disfrutado, pero era algo que pensaba recuperar tarde o temprano. Se preguntó si sería capaz de hacerlo, de mostrarse más atrevida, más dispuesta. Si esa vez sería capaz de recibirle más veces, de encontrar otra postura o… hacer cosas que le estallarían la cabeza de sólo imaginarlas.
—Naruto.
—¿Hum?
—Gracias.
Continuará…
Y creo que sí, que el próximo será el último =D
