Mi amigo secreto

Mi vida era normal, común y corriente. Pensaba que las cosas buenas o malas solo tenían que ser y fluir. Más allá de visualizarme como una fuerza que se ejerce con poderío o ímpetu, me dejaba llevar cual hojas en el viento.

Tenía diez años en mi haber, hacía unos meses mi madre había muerto y solía ser algo reservada, más que nada asocial. Mis días escolares eran simples: ir, estudiar y regresar a casa.

Tanto mi padre como mi hermano me incitaban a relacionarme con la gente, pero la verdad es que no quería... Hasta que lo conocí.

Un jueves por la tarde regresando a mi casa vi que había dos jóvenes con el mismo uniforme que mi hermano; a uno de ellos lo reconocí, pues era un recurrente en mi vivienda: Yukito Tsukishiro. Pero no sabía quién era el otro joven de ojos miel y cabello castaño.

Saludé cortésmente y mi hermano me presentó a su nuevo invitado, un chico recién llegado de Hong Kong. Su nombre era Li Shaoran.

Sentí como el rubor en mis mejillas me inundaba. Me sentí un tanto estúpida, incluso me dieron ganas de llorar...

Creo que él lo notó, porque suavizó su gesto frío y me regaló una hermosa sonrisa.

Quise agradecerle el gesto y saqué de mi mochila algunos dulces que planeaba comer en mi habitación.

Estuve compartiendo el té con ellos. Prácticamente me sentía como el mal tercio aunque, en éste caso, el mal cuarto.

Después de algunos minutos me retiré para dejarlos estudiar con tranquilidad, pero mi hermano me detuvo, pidiendo que me quedara para que Shaoran no estuviera solo, pues iría con Yukito a comprar unos materiales extras y, de paso, a por la cena.

Omití palabras y solo asentí con mi cabeza. Él me sonrió cabizbajo y, algo resignado, acarició mi coronilla antes de irse.

—¿Por qué tu linda mirada jade está llena de tristeza?

«¿Me está hablando a mí?» Fue lo primero que llegó a mis pensamientos. Me quedé inerte por unos segundos más, hasta que finalmente respondí:

—Mi madre murió hace unos meses, y pues me volví asocial –levanté mis hombros con desgana.

—Te entiendo; mi padre murió cuando era muy chico.

—¿Hace cuánto? —Idiota, eso no se pregunta —. ¡Discúlpeme! Qué imprudente fui.

Escuchar su carcajada me tranquilizó un poco. Admito que mi nerviosismo estaba a tope.

—Puedo notar que eres curiosa por naturaleza, eso me agrada —sonrió.

—Discúlpeme.

—Llámame Shaoran.

«Obvio no, o sea, es el amigo de mi hermano, ya eso es una clara señal para negarme. ¿Por qué mi cuerpo hace lo que quiere sin escuchar a la "cabeza" del grupo?»

—Se... seguro. Llámame también por mi nombre, así no me sentiré rara —intenté disimular con una risilla.

—Tienes díez años, ¿verdad?

—Así es —sonreí un poco.

Fue la conversación más larga que había tenido nunca. Aprendí tanto de él: idiomas, su cultura, hablamos de política, religión, historia y mitología.

Creía que sólo con mi padre podría encontrar esas respuestas.

Su semblante era amable, gentil, casi encantador; vi como se alegraba de tener una charla tan gratificante. Eso me hizo sonreír en mis adentros.

Sin deducir bien cómo fue, él comenzó a ir todos los días después del colegio. A veces platicaba conmigo, otras veces hacía sus deberes con mi hermano, y otras más me ayudaba con mis tareas de matemáticas.

Él llegó a ser tan recurrente en mi casa que mi padre lo consideraba un miembro de la familia, junto con Yukito.

Fue gracias a Shaoran que decidí abrirme un poco más a la gente. De vez en cuando solía hablar con Yukito de manera muy superficial, el clásico "hola, qué tal"; así que quise empezar a socializar un poco más y mi mejor opción resultó ser él.

—Yukito, ¿puedo preguntarte algo?

—Adelante, pequeña Sakura —sonrió.

—¿Qué se hace para agradecerle a alguien?

—Depende de qué es lo que quieras agradecer. Si fuera un compañero que te ayudó a estudiar podrían ser unos dulces. En cambio, si fue por un favor que le pediste, podrías agradecerle con un pequeño obsequio dando a entender que su apoyo fue fundamental. O bien, si fue alguien que te ayudó a sanar tu corazón, podrías escribirle una carta.

Cuando concluyó, supe inmediatamente que Yukito ya lo sabía. Se había percatado que Shaoran me había cambiado de alguna manera, y si él lo había notado, mi hermano también.

En algún momento me preocupé, pues no planeaba una riña entre ambos, quería que siguieran siendo amigos; pero si mi hermano ya lo sabía y no había dicho nada, eso significaba que estaba bien, ¿cierto?

Es verdad que quería mentirme a mí misma de algún modo, porque no quería dejar de hablarle. Shaoran significó un antes y un después en mí y con los años eso no cambió.

Habían pasado ya ocho y seguíamos siendo amigos. Lo vi cursar la universidad, escoger su carrera y ejercer su profesión. Yo estaba apunto de entrar a la universidad y su apoyo fue fundamental todo el tiempo.

Tal como me dijo Yukito, comencé a escribirle cartas y muchas de ellas llegaron a su destinatario. Empecé a experimentar cambios en mi forma de verlo aunque creía simplemente que era admiración en demasía. Hasta que me animé a preguntarle al único que podía darme respuesta... Efectivamente, Shaoran.

—¿Tienes tiempo? —dije al otro lado del teléfono.

—Mañana estaré libre, o ¿es muy urgente de lo que quieres que hablemos? —sonó angustiado.

—Hmmm, no lo sé, pero puedo esperar a mañana —dije de forma tranquila.

—Entonces es una cita para mañana, mi niña. ¿Quieres ir a un lugar en especial?

—Al parque pingüino.

—Perfecto mi niña, descansa.

—Gracias, tú igual.

Las horas en mi habitación transcurrieron de la forma más lenta posible. Sentí que cada segundo duró una eternidad, que cada suspiro me llevaba una vida y que, por más que lo anhelara, el tiempo se quedaba estático. Fue la noche más agobiante de mi vida y en la que sentí un gran estrés.

Apenas sonó la alarma pegué el salto de mi cama con dirección a mi pequeño closet; no quería verme aniñada, pero tampoco vulgar. No quería verme atrevida, pero tampoco mojigata. No quería verme exagerada, pero tampoco simple. Tardé más de cuarenta minutos en elegir un atuendo que me convenciera.

Al final opté por una blusa en color rosa pastel, mi jumper de short y mis tenis. Me realicé un medio moño colocando un broche de cerezas que él me había regalado hacía seis años.

Salí de mi casa a las diez y treinta de la mañana en dirección al parque pingüino, que curiosamente elegí porque fue ahí donde le di mi primera carta de agradecimiento.

«Ese día me fue mal en la escuela. Unas niñas me empujaron mientras jugaban en la cancha de básquetbol, después de ir a la enfermería y tardarme el profesor me llamó la atención por llegar tarde, pese a explicarle mi justificante. A la salida las cosas no mejoraron y es que pasó un coche a toda velocidad junto a una charcadera empapándome por completo. Quería llorar, estaba harta. Caminé cabizbaja hasta los columpios del parque pingüino y me quedé ahí sentada. Perdí la noción del tiempo y, sin previo aviso, Shaoran llegó. Vio en qué estado estaba, se quitó el saco de su uniforme y lo puso sobre mis hombros sin darme tiempo a negarme, se arrodilló frente a mí y con su pañuelo limpió algunas lágrimas que ya habían caído por mi rostro. No me dijo nada, solo me regaló una hermosa sonrisa. De igual manera le sonreí; apresurada, saqué de mi mochila un pequeño sobre color rosa pastel, le extendí con ambas manos el papel y le dije:

Es una confesión, pero no de ese tipo. En está carta te expreso mi gratitud porque has sido un pilar en mi vida y no tengo palabras que lo puedan explicar, pero con esta carta sé que esos sentimientos te podrán alcanzar y entenderás lo que quiero decirte.

Tomó con ambas manos mi carta y me agradeció. La guardó en su bolsillo, agarró mis manos y caminamos hasta una cafetería, donde le conté todo mi espantoso día a fondo. Después de eso me llevó a mi casa.

Después de eso, no fue mi única carta».

Ese día al llegar al parque Shaoran ya me estaba esperando. Me saludó con un beso en la mejilla, que en nosotros era normal. (En general no es algo que se haga comúnmente).

—¿Te hice esperar mucho? —pregunté un poco preocupada.

—No. Llegaste a la hora acordada, pero yo decidí no hacerte esperar —dijo sonriente.

—Sha... Shaoran, no sé bien como expresarme, así que iré despacio. No quiero generar malos entendidos.

—De acuerdo, escucharé en silencio.

—Últimamente he experimentado cambios importantes en mí, hacia ti; tu presencia me resulta muy cautivante, tanto que he llegado a pensar que es admiración en demasía por ti, al punto de llegar a ser idolatría. No sé bien si me explico.

—¿Con exactitud, desde cuándo te sientes así? —dijo, serio.

—Creo que desde hace un par de meses, un poco antes de entrar a la universidad.

—¿Es la primera vez que te sientes de esa manera? O mejor dicho, ¿has experimentado esas emociones con otra persona?

—Es la primera vez.

—¿Y cómo consideras esos sentimientos?

—No creo que sean malos. Puede que algo exagerados, pero me alegra que sean hacia tu persona —sonreí un poco.

Vi su rostro lleno de rubor, solo recuerdo haberlo visto así una vez. Guardó silencio por unos minutos, aclaró su garganta y su voz emergió.

—Mi niña, estás enamorada.

—¿E-Enamorada? —sentí como mi rostro se teñía en carmín.

Entré en pánico. ¿Me había enamorado de Shaoran? Y, además... ¿acababa de decir que qué bueno que era de él?

«Mierda.»

Tiene sentido, porque se avergonzó por mi respuesta.

Quería llorar, no quería que se sintiera incómodo. Hace ocho años quise evitar eso mismo y expliqué qué significaba mi carta. ¿Por qué ahora no salió igual de bien?

¿Por qué?

¿Por qué?

¿Por qué?

¿Por qué?

No quiero que las cosas entre nosotros cambien, no quiero que ya no esté conmigo. No me importa si no me ama, solo no quiero que se vaya.

Mis ganas de llorar ya no eran ganas, ya era llanto...

—Perdóname —dije con la mirada al suelo—. No tienes que decirme nada, tampoco lo entiendas como que es una confesión romántica... —mis lágrimas inundaban mi vista.

«No quería decírselo, no quería, pero debía hacerlo.»

—Sí te sientes incómodo por esto, puedes fingir que jamás lo dije. Eso incluye que no me hables más.

No esperé más y salí corriendo, huí de ahí tan rápido que no dejé que me respondiera. ¿Qué respuesta me daría? La verdad no la quería escuchar, no quería ser humillada, menos por él que me había sacado de esa oscuridad que me albergaba; él, que me brindó su amistad y apoyo. Él... de quien me enamoré.

Encontré el fin de mi carrera al caerme de cara al pavimento. Pese al claro dolor en mis piernas y mi corazón, decidí quedarme tirada.

Escuché unos pasos a la distancia, aproximándose. No quise voltear, no quería ni pensar que pudiera ser él...

Y... para mi buena o mala suerte, sí era.

—¡Cielo Santo! Dime por favor que estás bien. ¿Puedes ponerte de pie? —estaba preocupado.

Intenté levantarme, pero solo logré terminar de fracturar mi fémur. Volví a caer, solo que esta vez Shaoran me sostuvo. Me tomó en sus brazos y me llevó al hospital.

Seis meses enyesada y cero posibilidades de huir como la cobarde que era.

En ese lapso pude realizar mis trabajos escolares en casa, además de algunas clases que mis maestros se ofrecieron a darme en línea.

Tuve demasiado tiempo para pensar en todo... Shaoran no se comportó distinto, me iba a ver casi todos los días a excepción de que estuviera muy ocupado.

Me sentía mal todo el tiempo, no sabía cómo orientar mis nuevos sentimientos descubiertos hacia él. Quería que fuéramos amigos, igual que antes de querer descubrir mi supuesta "idolatría" por él. Hubiera sido mejor, hasta más fácil.

Cuando por fin me quitaron el yeso y pude volver a la universidad, decidí alejarme de él; era lo mejor. Es verdad que no me odió por esa confesión, pero igualmente me rechazó al no darme una respuesta clara.

Poco a poco dejé de invitarlo a mi casa, hablarle por teléfono, enviarle mensajes y escribirle cartas.

Reconozco que me decepcionó saber o más bien darme cuenta de que Shaoran no preguntó nunca por qué lo hacía. Supongo que era normal, después de todo él no tenía sentimientos por mí, no de esos al menos.

Después de eso, mis días llenos de colores se volvieron grises y fríos.

Dolía todo el tiempo, no sabía que su ausencia también me haría daño. Confirmé que era amor auténticamente, el estar lejos solo me hacía un hueco enorme en el corazón.

Intenté diariamente no pensar en él, buscaba la forma de que su ausencia no estuviera presente en mí. Lo social nunca lo tuve, cobijé mis tristezas llevándolas en silencio, como era habitual en mí.

Tristemente volví a preocupar a mi familia y mi padre intentó ayudarme.

—Hija, ¿Shaoran y tú ya no son amigos? —preguntó con angustia.

—¿Eh?, pues... —dudé.

—Sabes hija, acepté a Shaoran como un miembro más de nuestra familia porque te hizo sonreír una vez más. Cuando tu hermano me dijo que él fue la razón por la que volvías a ser feliz, indudablemente quería que se quedara. Además de la gran persona que ha demostrado ser.

—Lo arruiné, papá —dije, cabizbaja.

—Todo encuentra su solución, hija. Solo hay que saber dónde buscar.

Sus palabras me calaron hondo, pero no lo suficiente para actuar.

Y así, sin saber bien, terminé la universidad.

Me gradué con honores, siendo la mejor de mi clase. Mi hermano y mi padre estaban felices y me organizaron una comida para celebrar mi exitoso viaje a mi nueva vida laboral.

En la reunión llegó mi ex amigo Li Shaoran, hay que añadir que bien acompañado. Era una chica de piel blanca, delgada, alta, de cabello negro y ojos lila.

Él me extendió una enorme caja color rosa pastel. Me sentí mal por el gesto que tuvo, pese a los casi cuatro años de no habernos hablado.

—No debiste —dije con vergüenza y tomé el obsequio.

Me regaló una dulce sonrisa y se retiró con su acompañante.

Era cierto que me dolía verlo nuevamente y más con aquella mujer; ella, por su parte resultó ser encantadora. Tristemente no le pude reprochar nada, hasta me obsequió un ramo de girasoles. «Es que por más que hubiera deseado odiarla, la mujer no se daba a odiar y eso me hacía rabiar y sentir lástima de mí misma».

Al concluir el festejo subí a mi habitación con todos mis obsequios, pero el único que me interesaba abrir era el de Shaoran.

Tras retirar la tapa de la caja, encontré un hermoso vestido blanco con detalles en dorado y azul, sus zapatillas a juego junto con unas medias y guantes.

Inspiré hondo y me resigné a dejar todo en aquella caja; amaba ese vestido, pero no quería sentir más dolor, así que simplemente lo guardé.

El tiempo pasó sin percatarme realmente: dos años.

Después de mi graduación, mi hermano se mudó con Yukito a Tokio pues le conflictuaba mucho el viaje diario; al ser doctor, el tiempo era crucial.

Yo conseguí trabajo en mi pequeña ciudad de docente de jardín de niños. Así que me quedé con mi papá.

Durante todos los días desde hacía dos años recibía una carta sin firmar. Las primeras las leí, pero poco a poco dejé de hacerlo, dejé de prestarle importancia; llené cajas de esas cartas y el simple hecho de guardarlas dolían…

En el fondo deseaba que esas cartas que recibía fueran de Shaoran.

Deseaba que le hubiera preocupado que me hubiera alejado, aunque fuera un poco.

Nunca logré superar mis sentimientos por él ni la ruptura que hubo entre los dos, que ya sé que fue mi culpa.

Hoy por hoy, me doy cuenta de que actúe tan... infantil.

Y continué con mi vida de la mejor manera. Así fue hasta que se cumplieron cinco años.

... ... ...

—Hola, mi niña. ¿Cómo estás? —preguntó dulcemente del otro lado del teléfono.

—¿Shaoran? —dije con extrañeza.

—¿Acaso existe alguien más que te llame así, mi niña? —respondió juguetonamente.

—Vaya sorpresa, no me la esperaba.

—¿Estás ocupada?

—No.

«Mierda, contesté muy aprisa.»

—¿Puedo ir a verte?

«Dios, ¿qué hago? Han pasado muchos años ya. ¿Querrá hablar de lo que sucedió? ¿Será acaso por mi repentina ausencia en su vida? ¡Mierda! La duda me carcome el alma.»

—Sí, bueno. Sabrás que aún vivo con mi padre, así que...

—Tranquila, yo entiendo. Llego en una hora.

—Está bien, te espero. Con cuidado.

«¿Por qué sueno como una novia preocupada?»

«¿Qué es eso? ¿Acaso se está riendo? Oigo su carcajada.»

—¡Ay! No cambias, mi niña. Te veo. —Colgó el teléfono.

Fue la hora más corta, sentí que fueron cinco minutos después de su llamada.

Al entrar me saludó como antes, me sentí extraña y me embargó la melancolía.

—¿Y tu papá? —preguntó curioso en la estancia.

—Vendrá mañana por la tarde.

—¿Estás sóla en Nochebuena?

—No me importa —sonreí.

—¿Y Touya?

—Se fue a Hawaii con su novia.

—¿Y Tsukishiro?

—Trabajando en el hospital.

—¿Planeabas estar sola hoy? ¿Por qué no me llamaste?

—Shaoran, ¿qué esperabas que hiciera realmente? ¿Correr desprotegida a tus brazos por la ausencia de mi familia? ¿Que fueras a mi rescate cual princesa en apuros? Ya nada es como solía ser antes, Shaoran —dije resignada—. Ni yo sé bien por qué te dije que vinieras, bueno realmente sí sé; quiero que de una vez por todas dejes de lado mis tristezas, mis angustias, que te deje de importar ya. Por favor, ya recházame en forma y déjame avanzar. —Comencé a llorar—. Ya no soy esa niña de dieciocho años y tú no eres ese chico de veinticinco. Son muchos años de tormento, Shaoran. Solo... recházame ya. Han sido nueve años en los que he estado estancada. No eres mi príncipe azul y yo no soy tu princesa que necesitas rescatar. Solo... solo hazlo ya.

—Entiendo. Discúlpame por todo el daño que te he causado. —dijo tristemente.

«No era la respuesta que quería oír. Sentí enojo, rencor, odio, quería gritar».

Se salió de mi casa sin decirme nada más. Al cerrar la puerta, un grito furioso salió de mí. Otra vez me había pasado lo mismo y me quedé estancada. O no. Salí rápidamente de la casa solo para reclamarle.

—¿Qué mierdas fue eso? —dije casi gritando.

—¿Disculpa? —dijo, sorprendido.

«Era la primera vez que le hablaba de esa forma.»

—Como escuchaste. ¿Qué mierdas fue eso? —conteste con más furia que razón.

—Vine porque quería pasar el día contigo, no porque te viera como una princesa en apuros que necesita ser rescatada.

—Ajá, ¿y luego?

—Sakura, nunca necesitaste que llegara alguien a salvarte. Tú siempre fuiste la que quiso colocar un caparazón ante los demás y es lo que estás haciendo conmigo. Y a decir verdad, nunca te detuve.

Que lo dijera me dolió. Me dolió que me dejara hacerlo, y más me dolió que le doliera.

—Nunca te vi como la princesa en apuros, sino como una valiente guerrera dispuesta a todo... —sonrió—. Tú eras todo lo que yo quería.

«¿Qué?»

—¿Era?

Empezó a inhalar fuerte, no esperaba que dijera algo.

El lugar fue invadido por un silencio sepulcral. Ninguno dijo nada, solo nos quedamos mirando el uno al otro entre una leve nevada que comenzaba.

Pasó aproximadamente una hora y lo sé porque tenía las manos entumecidas, al igual que las piernas. Estornudé y el trance en el que estábamos se rompió. Se quitó su abrigo y me lo puso encima, me abrazó y nos dirigimos a mi casa.

Al entrar, el calor inundó mi ser y comencé a respirar sin dificultad.

Nos sentamos en la sala junto a la chimenea. No dijimos nada, pero de vez en vez nos giramos para ver al otro.

—No te odio —dijo repentinamente—. Es solo que nunca he sabido...

—Expresar con claridad tus sentimientos. Lo sé —completé sin dejar de ver el fuego arder.

—Me conoces bien —sonrió.

—Son casi veinte años de conocernos, Shaoran. Siendo exactos diecinueve años, diez meses y cincuenta y dos días.

—Catorce de febrero, ¿verdad?

—Sí, creo que fue la peor fecha que pudimos planear para hacernos amigos.

—Tal vez, aunque ninguno lo planeó, ¿cierto? —me levantó una ceja pícara.

—Ja ja, sí. Ninguno lo planeó.

—¿Por qué te alejaste de mí?

—Tenía miedo.

—Pero nunca te traté diferente.

—Fue por eso, no sabía qué pensabas del tema. Ninguno habló o quiso hablar de aquello después de ese día. Ambos sobrellevamos el tema como mejor creímos, pero yo... yo no me conformaba con eso. Quería una respuesta clara, pero no era nadie para exigir una explicación así que solo me escondí, pensando que era lo mejor para ambos.

—Perdón, no pensé que te hacía daño —tomó mi cara con su mano.

Intenté disimular el nerviosismo que me acechaba, pero fue imposible. Mi corazón latía a mil por hora, mis mejillas se tiñeron de carmín, mi respiración se aceleró. No sabía qué hacer ni qué decir y el silencio fue mi mejor aliado.

Lentamente se acercó a mí y posó sus labios sobre los míos. Sentí que flotaba, sus labios eran un dulce néctar que no quería dejar de probar. Al alejarse despacio, me miró directo a los ojos y me sonrió.

«¿Pero qué mierdas acabo de hacer?»

—¿Qué... qué fue eso? —tartamudeé.

—Un beso, tontita —sonrió.

—O sea sí, pero ¿por qué me besaste?

—¿Te molesta que lo haga?

—Sí... No... —hablaba muy nerviosa—. Bueno, es que no vas por la vida besando a la gente sin su permiso.

—No voy por la vida besando a la gente sin su permiso... solo te beso a ti —dijo seductoramente.

Tomó mi cabello y lo colocó detrás de mi oreja. Siguió acariciando mi mejilla mientras observaba todo mi rostro. Sentía miedo, pero no miedo mortal o de peligro. Era un miedo combinado con emoción y al mismo tiempo con deseo de continuar.

—¿Aún me amas? —preguntó de repente.

«¡No le digas! ¡No le digas! ¡No le digas! ¡No le digas! ¡No le digas!»

—Sí.

«Idiota.»

—Perdóname por no decirte las cosas con claridad antes. He sido un idiota contigo.

—No entiendo. ¿A qué te refieres?

—Te amo, mi niña. Cuando me dijiste que te habías enamorado realmente me sentí feliz, pero comenzaste a entrar en pánico y te retractaste. Intenté actuar igual para que no te sintieras incómoda pero solo te generó angustia, así que cuando decidiste alejarte no quise presionarte y dejé que lo hicieras sin interferir. Admito que me dolió mucho, pero esperaba que dejaras esa coraza protectora. Te seguí esperando, te seguí buscando, pero tú simplemente me dejaste en un cajón olvidado.

Lo abracé. Ya no era tiempo de enojarnos, ya no era tiempo de lastimarnos, ya no. Simplemente ya no. Ambos sufrimos la toma de malas decisiones que pensamos eran las mejores.

—Te amo, Shaoran, y no eres el único que necesita pedir perdón. Cometí muchos errores que no sólo me lastimaron a mí, también a ti y a los demás. Pero no más.

Me abrazó con fuerza y besó mi frente; me acurruqué contra él. Me sentía plena, feliz y calentita.

Llegué a pensar que, si el mundo se acababa aquí mismo, no me importaba.

—¿Y qué le hiciste a todas mis cartas?

—¿Tus cartas? ¿Eran tuyas? —respondí, sorprendida.

—No me digas que las tiraste.

—No, no las tiré. Las dejé guardadas en mi habitación.

Subí rápidamente por las cajas que estaban llenas. Al verme, Shaoran se puso feliz. Pensó que las había tirado o tal vez quemado.

—Admito que no las leí todas. Como no decía el nombre del remitente, pensé que era una confusión.

—¿Y el vestido?

—Tampoco me lo puse —admití con vergüenza.

—Gracias.

—¿Eh?

—Verás, el vestido lo confeccionó mi hermana a petición mía, pero admito que se me hizo muy extravagante y, bueno, no quería…

No permití que continuara y corrí hacia mí habitación, siendo perseguida por Shaoran. Él me tomó por la cintura al entrar y ver la caja rosa, arrojándome a mi cama, y se subió encima evitando así que me moviera; pero era cierto que esa posición era muy comprometedora.

Nos dejamos llevar, supongo.

Me besó con pasión. Logré zafarme de su agarre solo para atarlo con mis brazos a su cuello. Comencé a sentir sus manos en mi espalda y como poco a poco exploraba mi cuerpo. Sentí nervios porque sería mi primera vez, pero estaba bien, porque sería con él.

Cuando alzó mi falda y comenzó a acariciar mi cadera no pude evitar gemir; no sé por qué o qué lo hizo detenerse. Se hincó y me sentó en la cama.

—Lo siento, me deje llevar…

Fueron sus últimas palabras. Me abalancé sobre él y lo jalé para estar en la posición de antes.

No quería arrepentirme nuevamente por no saber cómo actuar, ya no quería perder el tiempo de poder estar juntos y, aunque no sabía si éramos novios, pareja o algo más allá de amigos, la verdad era que por primera vez me quise arriesgar y descubrir qué nuevas cosas estaban por venir.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

N/A

¡Holii!

Espero de todo corazón que este shot lo disfrutaran tanto como lo fue para mi el realizarlo.

Esté fue un proyecto ambicioso, me lleno el corazón ser parte de él.

Mi querida amiga CheeryFeathers me consideró y eso simplemente no tiene palabras que les hagan saber lo feliz que me hizo; llevo muy poco tiempo en esto de los fics, y quiero seguir aprendiendo y dando más y mejor de mí para todos :3

¡MUCHÍSIMAS GRACIAS!

Chibithez.