12 citas para navidad
Nunca me imaginé que, al llegar al estudio donde mi hija practicaba ballet, me tendrían preparada una emboscada. Y a pesar de estar comprendiendo todo lo que su profesora me decía, mis ojos no dejaban de acribillar a la mente maestra detrás de todo aquello. ¡Ja! Como si no la conociera lo suficiente para saber que algo se traía entre manos. No sabía qué era, pero debía haberlo.
No por nada era su padre.
―Entonces las mamás me cancelaron y nadie más quiso tomar su lugar... También los músicos y… es como si estuviera maldita o algo por estilo. ―Dejó ir un suspiro pesado y entrecortado―. Estoy desesperada, Shaoran… Si todo se suspende, no solo quedaré mal; la promesa con el hospicio quedará rota y las niñas se pondrán muy tristes después de tanto esfuerzo…
Y desde luego la heroína de siete años había salido a su favor, ¡metiéndome en el cuento sin consultarlo conmigo primero! ¡Cómo siempre! Esa pequeña era mi vida y mi ruina al mismo tiempo porque sabía cómo manipularme a su antojo. ¿Lo peor? ¡Que me dejaba en la mayoría de los casos!
Y para muestra, un botón:
―Papi, sé que tienes mucho trabajo, pero Sakura nos necesita. ―Ocultó su mirada café tras sus largas pestañas, dándole efecto de borrego a medio morir―. No podemos decirle que no.
Todavía no lograba comprender cómo unos ojos tan similares a los míos podían lograr eso.
Suspiré y pasé a la menuda mujer. Sus orbes verdes, siempre alegres y radiantes, parecían estar a punto de echarse a llorar y sus labios llenos temblaban... Maldita sea, negarme me haría ver como un desgraciado; más cuando Sakura Kinomoto había sido más que una profesora de ballet para nosotros.
Por el cariño que le tenía a mi hija y la ternura que la definía, me había tendido la mano incontables veces en esos cuatro años, al cuidar de Xiuying en las ocasiones en que me había visto ahogado entre ella, las clases y los ensayos extras con la filarmónica.
Le debía mucho… demasiado más bien.
Suspiré de nuevo; un "no" jamás había sido opción. O por lo menos no cuando se trataba de Sakura.
―De acuerdo.
―¡¿De verdad?! ―gritaron al mismo tiempo.
Asentí con la firmeza de mi decisión.
―Pero necesitamos organizarnos bien para ensayar y sacar adelante el evento.
―¡Sakura ya lo tiene todo planificado!
―¿Ah, sí? ―Alcé una ceja y mi mirada cayó en la joven profesora que, ruborizada, asintió.
―Xi-Xiuying estaba segura de que aceptarías. Por eso me adelanté… con una agenda ―finalizó con voz apenas audible y el rojo cubriendo todo su rostro.
Ah, demonios. Una mujer preciosa con un deje de inocencia: combinación matadora que acababa con las neuronas. Sacudí la cabeza y preferí volver al centro de la conversación antes de hacer o decir una estupidez:
―Vamos a revisarla, entonces.
Los labios de Sakura se extendieron y corrió hacia los vestidores; en todo ese tiempo no dejé de escanear su figura, especialmente sus caderas que se movían con una natural sensualidad.
Estaba mal. Corrección, ella me tenía mal… De un tiempo para acá parecía un condenado chiquillo hormonal y eso me revolvía las entrañas.
―¡Papi! ―El brinco que di en mi sitio, hizo reír a mi hija―. Te quedaste como hechizado.
El calor se apoderó de toda mi cara, maldita sea.
Aclaré mi garganta.
―Tú y yo tenemos una conversación pendiente.
―¿Y eso por qué? No he hecho nada malo.
Entrecerré los ojos y le di un toquecito en la frente.
―Eres una pulguita muy lista y sé que algo estás tramando.
―Creí que debíamos ayudar a quien nos necesita, es lo que me has enseñado. ―La sonrisa que dibujó me dio directo en la nostalgia… porque cada vez se parecía más a la que Mei solía usar cuando se salía con la suya.
Ni qué hacerle. Sonreí y le di un beso en la coronilla oscura.
―Ya lo veremos, Gōngzhu.
Como cada vez que le decía "princesa" en chino, Xiuying expresó su felicidad en una sonrisa.
Cuando Sakura volvió con nosotros, me mostró un cuaderno azul donde tenía varias anotaciones con datas, flechas y post it. Hice una mueca; más que una agenda, era un plan que tomaba en cuenta hasta el más ínfimo detalle.
Vaya que era organizada… Incluso había considerado mis tiempos libres y estaba convencido de que la espía responsable de darle esa información, se pasaba a mi cama a mitad de la noche porque le tenía miedo la oscuridad.
Miré a mi hija y gesticulé un "traidora"; ella se hizo la que no entendió, pero ya vería. Cerraría la puerta con llave.
«Mejor no te engañes a ti mismo».
―Tenemos doce días para lograrlo a partir de mañana ―dijo con ánimo y señaló la fecha del acto: 23 de diciembre―. Lo que más me preocupa son las galletas que quiero dar como obsequio a los asistentes. Dos de las mamás que me cancelaron se habían ofrecido a hornearlas… y a mí se me da fatal la cocina.
―¡Papá es excelente con las galletas! ¿Verdad, papi?
En momentos así era cuando me provocaba gritar y arrancarme el cabello, entonces me tocaba repetir mi mantra personal: "la adoro más que a mi vida, es mi niña, la luz de mis ojos". Así entraba en modo pingüino de Madagascar "saludar y sonreír".
Vida de padre soltero… ni modo.
Volví a prestar atención y, poco a poco, Sakura me fue poniendo al corriente de todo lo que había logrado avanzar, lo que faltaba y la manera en la que podríamos organizarnos para llevar a cabo todo en esos doce días. Me mordí la lengua para no maldecir, porque en ese tiempo difícilmente podría sentarme a descansar… o comer, porque todos mis ratos libres habían sido ocupados.
Iban a ser unos largos… largos doce días. Y eso que no incluía la cena de navidad que me tocaba preparar para Xiuying y para mí.
Suspiré por enésima vez. Estaba más que jodido.
Con ese pensamiento me fui a dormir cuando llegó la noche, pero a la mañana siguiente desperté con una euforia tal que me provocó hasta cantar, porque mientras había tenido mil y una pesadillas con todo lo que podría salir mal, en todas y cada una de ellas mi mejor amigo caía conmigo.
¡Una revelación!
Sabía que me costaría un testículo y parte del otro convencerlo, pero me negaba a sufrir solo. Y si debía joderlo para que me acompañara, lo haría sin remordimientos.
Así que, después de dejar a mi niña en el colegio y manejar como bólido por Tokio, llegué al hogar de la filarmónica con la más grande de las sonrisas. Aunque no actué inmediatamente: primero se debía reconocer el terreno.
Sondeé entre preguntas casuales si Eriol tendría algo qué hacer en esos doce días, especialmente el 23 de diciembre. Su respuesta fue:
―Ensayar como condenado al igual que todos. ―Alzó su ceja―. ¿Por qué? ¿Tienes algo en mente? Si incluye cerveza, me anoto.
Sonreí y preferí dejarlo picado durante todo el ensayo. Schubert haría la magia como siempre.
Dos horas después y con un corazón relajado, aguardaba por Sakura en la antesala con un chocolate en la mano y con Eriol a mi lado, refunfuñando.
La vida era muy buena.
―Eres un engatusador de mierda, ¿lo sabías?
Me encogí de hombros con descaro; de algún lado mi hija había sacado su lado manipulador. Lo importante era que no sufriría solo y que las niñas tendrían a su disposición no solo a un chelista, sino a un pequeño grupo de la Filarmónica de Tokio para tocar en su evento navideño.
―Usar a tu propia hija… que bajo has caído.
―Lo que te dije no era mentira: en verdad quiere que vayas a verla bailar. Sabes que eres como tío para ella.
―¡Odio tocar villancicos!
―No tocaremos villancicos ―dije por quinta vez, masajeando mi nariz.
―Sakura apenas te traerá las partes, ¿cómo sabes que no lo son?
―¡Porque las bailarinas de ballet no bailan villancicos! Estoy seguro que será algo como el cascanueces, ¡siempre es lo mismo!
Eriol se cruzó de brazos y alejó su mirada añil de mí. Ah, qué mierda, cuando se ponía en su papel de víctima no había quien los sacara de allí.
―¡Shaoran!
Bajé la vista y divisé a Sakura subiendo por las escaleras, mientras agitaba su mano. Su sonrisa era tan amplia que me resultó contagiosa.
―Vaya que estás domado.
―Ya cállate.
Como siempre, ella parecía un remolino de alegría y color que era capaz de rodear hasta los amargados como Eriol. Por eso no me extrañó que le informara que él y unos amigos se habían ofrecido a colaborar en su evento, dejando atrás la rencilla conmigo… o eso creía, porque cada vez que me daba una mirada veía al demonio enseñándome el dedo del medio.
―En verdad estoy muy contenta. Mientras más personas se sumen, más dinero recaudaremos y las niñas estarán felices. ―De repente tomó mi mano y sonrió―. Gracias, Shaoran. Apenas vamos iniciando y ya me has ayudado un montón al conseguir los músicos.
El calor se me subió al rostro de golpe y mi mente se fue al carajo… ¡Se suponía que eso le pasaba a los adolescentes! ¡No a un hombre hecho y derecho de treinta y dos!
―N-no es nada ―dije y tosí para camuflar el nerviosismo―. ¿Trajiste las partituras? Queremos echarle un vistazo.
―Oh, sí. Aquí las tengo ―dijo, removiendo el interior de su bolso; tiempo en el que aguanté las morisquetas de mi "amigo" hasta que ella alzó la vista y me extendió las hojas con un delicado sonrojo―. Quise traerlas yo misma porque… bueno… nunca había tenido la oportunidad de visitar el Suntory Hall y debía aprovechar, ¿verdad?
Alcé una ceja; no sabía que ella estuviera tan interesada en la sala de conciertos. Decidí tomar nota mental de ello.
La sorpresa fue muy grata cuando vimos que no se trataban de villancicos ni del cascanueces.
―Quise salirme de lo convencional y las niñas adoran las melodías.
―Uff… celta, nuestra nena favorita, amigo.
Una cálida emoción se apoderó de mi pecho, sin embargo, no se debía a lo que Eriol había dicho. Tenía tiempo que Xiuying no bailaba lo que yo tocaba, posiblemente desde bebé cuando daba vueltas en su sitio mientras yo practicaba en casa. Imaginarla saltando y dando giros mientras yo ejecutaba música celta, me sacó una enorme sonrisa.
―Bueno, como ustedes tienen mucho qué hacer, yo me encargaré hoy de hacer los arreglos para los demás instrumentos. Mañana podremos empezar con los ensayos.
―Cuenta con las cervezas que me pediste ―dije, colocando mi mano en su hombro.
Eriol sonrió con suficiencia.
―En verdad, muchas gracias por lo que están haciendo. Es muy valioso para las niñas y para mí. ―Ambos sonreímos―. Bueno… ya hice lo que debía hacer, así que ya me voy. Fue lindo verlos.
Ella alzó su mano y se dio la vuelta, en ese momento sentí un golpe en el costado que por poco no me sacó el aire. Pero… ¡¿qué mierdas?!
―Nada de eso, florecita ―dijo, llamando la atención de Sakura. Pasó su brazo por encima de mi hombro y sonrió―. Aquí nuestro querido amigo estuvo un poco fastidioso, diciendo lo mucho que le emocionaba la idea de darte un recorrido por nuestro templo.
¡¿Qué?!
―¡¿De verdad?! ―Eriol asintió y me obligó a hacerlo también con un pellizco en mi brazo que me dejaría un morado―. Todavía me queda algo de tiempo antes de la próxima clase… así que me encantaría.
―¿Ves, amigo? Todo arreglado, incluso podrás invitarle un chocolate caliente como querías. ―Palmeó mi espalda tan duro que pude imaginar mi pulmón saliendo por la boca―. Ahora, los dejo. Tengo que ir a dar unas vueltas antes del próximo ensayo. Diviértanse.
Lo miré alejarse con ese andar de demonio que se gastaba, pero en algún momento me las cobraría por hacerme quedar como un tarado frente a Sakura. Oh, sí, la venganza era un plato que se servía frío.
―¿Sucede algo?
Al girarme, la encontré frente a mí… mirándome con esos enormes y bonitos ojos verdes. Suspiré, a la mierda el almuerzo; me conformaría con una galleta.
―Ahm… n-nada… ¿V-amos?
―¡Sí, claro!
¿Dónde había una pared cuando más se necesitaba? Un golpe bien dado volvería a alienar lo que fuera que tenía desalineado.
No me quedó más que indicarle con la cabeza que me siguiera porque temía volver a tartamudear. Sin embargo, cuando entramos a la sala de conciertos que se había convertido como en un segundo hogar para mí, la ansiedad fue suplantada poco a poco por la emoción, al verla desplazarse entre los taburetes y atriles con sincera felicidad.
Sakura realizaba preguntas y más preguntas, mostrándose interesada en lo que yo le explicaba: la historia, dónde iban los violines, dónde se ubicaban las violas, las flautas y el lugar que yo ocupaba. Y a pesar de no resaltar entre los músicos que allí tocábamos, traté de transmitirle lo fascinante que era la unificación de todos para hacer magia, porque eso era la música para mí.
―Es una manera muy bonita de describirlo, casi poético ―dijo con una sonrisa y yo… yo me sentí bien.
Que ella estuviera entre aquellos instrumentos que me rodeaban la mayor parte del tiempo, dando uno que otro paso de ballet al imaginarse la música, provocó una sacuda que me recorrió de pies a cabeza. Ella me gustaba, mucho, y su presencia en mi territorio había disparado no solo el deseo, sino también los sentimientos que había estado refrenando para que no crecieran.
Tanto tiempo preguntándome lo que se sentiría tenerla entre mis brazos o el sabor de sus labios, y allí estaba, a pocos pasos de mí. ¿Podría ser ese el día? Estábamos solos… a pocos pasos el uno del otro; lo único que tenía que hacer era acercarme y si ella me sonreía: ser feliz.
Así que lo intenté… varias veces, pero en el camino encontré: un atril que por poco no me hizo caer, la tapa del piano casi asesinó mis dedos al apoyarme en él, y no sabía si el fantasma de la ópera había decidido frustrar mis planes al dejar caer unos de los platillos en la parte de atrás.
Así que… hasta allí llegaron mis intenciones y completé el recorrido con ese chocolate caliente que Eriol había mencionado… con el orgullo masculino por el suelo.
Alguien allá arriba estaba apostando en mi contra… ¡No era justo!
―Muchas gracias por esto, en verdad lo disfruté mucho ―dijo cuándo la acompañé a la salida.
―Me alegra… No muchas personas aprecian la música como tal ―expresé, tratando de olvidar lo que había pasado.
―Soy una bailarina, creo que viene con el paquete.
Ambos nos reímos y después de eso el silencio nos rodeó, sin embargo, no fue uno incómodo como había esperado porque me permitió percatarme de cosas: como el lindo sonrojo en sus mejillas, el ritmo de su respiración que estaba un poco acelerado y el aroma cítrico de su perfume.
No… yo no estaba mal. Estaba perdido.
―¿Sabes algo? Estoy en desacuerdo con lo que dijiste allá adentro.
―¿Con respecto a qué?
―Tú… tú no pasas desapercibido.
―Ah, eso. Es que somos muchos...
―Lo sé ―me interrumpió―, pero saber que tú eres uno de ellos es… lo que lo vuelve especial.
―¿Eh?
―Espero vuelvas a invitarme otro día.
Con esas palabras y una sonrisa ladeada, Sakura convirtió el agite en un maremoto y me dejó allí, como estatua, viendo cómo se alejaba mientras la brisa helada mecía su largo cabello castaño.
No me importó el jodido frío que se colaba por debajo de mi abrigo y el suéter… tampoco que llegaría tarde a mi próximo ensayo, porque esas palabras se habían quedado grabadas en mi cabeza y avivaron un pensamiento: a pesar de ser algo improvisado y de todos los desastres… eso había parecido una cita.
―Y no salió nada mal ―me felicité y me puse en marcha con una nueva idea en mente.
Había pasado siete años dedicado por completo a mi niña; algo que definitivamente no cambiaría, pero Xiuying merecía una madre, de preferencia una que tuviera bonita sonrisa y se llevará de mil maravillas con ella.
Esos doce días me darían varias oportunidades de oro que no debía desaprovechar. Doce citas y la primera había sido excelente. Solo tenía que idearme las once restantes.
Y si todo salía bien, le compraría el maldito cachorro que Xiuying me había estado pidiendo hasta el hartazgo, porque ya me había quedado claro su diabólico plan.
―Esa es mi chica ―dije con todo el orgullo del mundo.
De tal palo, tal astilla.
Los cinco días siguientes me esforcé en convertir todos los encuentros con Sakura en citas como había sucedido con el primero. Tres habían salido muy bien, terminando en algún café para hablar de nuestras vidas, jugando en la nieve con Xiuying o simplemente paseando mientras comprábamos las decoraciones que usaríamos en el salón. Los otros dos… habían sido un total desastre: en uno me había caído encima un árbol de navidad, dejándome un chichón que todavía dolía, y en el último la había arrastrado conmigo al hielo por no ser sincero y decirle que no sabía patinar.
Todavía me dolía la cadera, así que la idea de aparentar ser perfecto había quedado vetada. Por eso mientras manejaba hacia la casa de la encargada de los trajes, me dije que buscaría una actividad que pudiéramos desarrollar sin hacer el ridículo… una vez más.
―Tomoyo es la mejor modista de Tokio, por eso las niñas siempre se ven bonitas con sus trajes.
―Siempre me veo preciosa, papi me lo dice ―dijo mi nena desde atrás.
―Preciosa es poco, Gōngzhu. ―La vi sonreír por el espejo retrovisor.
―Es por allí ―señaló Sakura.
Pronto nos adentramos en el sector opulento de la ciudad, hasta llegar a una mansión que me hizo recordar lo que había dejado atrás en Hong Kong, hacía tantos años por seguir mis sueños.
Sacudí la cabeza y bajé del auto.
Una joven mujer nos dio la bienvenida; aunque sus ojos, tan azules que casi llegaban al tono violeta, me inspeccionaban con un deje de curiosidad que no comprendía porque jamás nos habíamos visto antes… y se incrementó cuando Sakura hizo las presentaciones.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Esa mujer sabía algo que yo no y me ponía nervioso. Para mi fortuna, la señorita Daidoji desvió su atención hacia Xiuying que estaba demasiado emocionada con todo aquello del traje, como solía ocurrir cuando Sakura mandaba a confeccionar nuevo vestuario… y desangraba mi bolsillo para enriquecer el de la mujer de cabellos negros.
―Tomoyo, ¿pareceré una princesa?
―Querida, serás una hadita invernal con alas y todo.
―¡Papi, seré una hada como la de los cuentos!
―La más hermosa ―le dije y debía serlo porque bastante caro me había salido.
―¿Qué les parece si hacemos una prueba? ―propuso Sakura y los ojos de mi hija se iluminaron.
De esa forma terminé sentado en una sala, con una taza de té de jazmín en frente… y con aquellos ojos que me inspeccionaban de arriba abajo. Tragué grueso.
―Y cuénteme, señor Li, ¿a qué se dedica?
―Toco en la Filarmónica y también doy clases de música. ―Fingí beber mi té porque ante tal mirada muy difícilmente me pasaría.
―Ah, sí… ¿Violinista?
―Chelista ―corregí, frunciendo el ceño―. Aunque también toco el piano.
―Yo canto a veces, me relaja mucho.
―Ya… ―Esa vez si traté de beber un sorbo porque lo necesitaba.
El líquido caliente se deslizó por la garganta y disfruté del sabor dulzón, olvidando por un segundo a la mujer que tenía enfrente. Un té de calidad sin lugar a dudas.
―Y… ¿tiene novia, amante o mujer de turno?
Me ahogué y tuve que llevarme la mano a la boca para no escupir el té.
―¿D-disculpe?
―Es que con ese cabello rebelde y esos ojazos, debe tener unas cuantas mujeres detrás de usted, si me permite decirlo.
―Ya lo dijo ―dije en una mueca.
No le afectó en lo más mínimo.
―Entonces…
―Por si no se dio cuenta, tengo una hija.
―¿Y? Eso no quiere decir que no tenga aventuras ocasionales para calmar las ganas, ¿verdad?
Pues sí… pero era algo que no iba a discutir con ella.
―Se están tardando un poco, ¿no cree?
Su risa musical llenó el espacio.
―Tranquilo, solo es curiosidad ―sonrió y se sirvió más té―. La verdad, ya había oído de usted.
―¿Ah, sí?
―Es muy famoso entre las mamás ―se rio―. Padre soltero, atractivo y parece derretirse por su hija. Un adonis entre tanto mentecato.
―Gracias… supongo.
―No hay de qué.
El silencio regresó y apenas podía respirar con esa mujer frente a mí. Gracias al cielo la voz de Xiuying anunció que ya estaba lista y cuando entró en la habitación… todo dejó de existir para mí.
Mi niña en verdad parecía un hada de invierno con ese vestido de tutú amplio, que parecía brillar con la incidencia de la luz y que terminaba en pequeños copitos de nieve. Giraba sobre sí misma diciendo: "Mírame, papi. Tengo alitas"… Mierda, mis ojos empezaron a escocer.
―¿Verdad que me veo linda?
Me hinqué en una rodilla y llevé mi mano al pecho, inclinando mi cabeza:
―Es usted una Xī luò gōngzhu y yo su fiel sirviente.
Su sonrisa resplandeció como nunca antes. Si podía verla así de feliz, que Tomoyo Daidoji se llevara todo mi dinero.
―Si soy una princesa de hielo, espera que veas a Sakura. ¡Parece una reina!
―¿Sakura también?
―¿No se lo dijo? ―preguntó Daidoji detrás de mí―. Ella también bailará ese día y le aseguro que se ve divina.
El estómago me dio un vuelco y los nervios se dispararon. Y a pesar de no pasar mucho tiempo, a lo mucho unos cinco minutos, la espera resultó una tortura… aunque valió la pena cada segundo.
Mi hija había tenido razón.
Cuando Sakura dio un paso dentro de la habitación, inmediatamente me transporté a un mundo invernal donde ella era la soberana. Sus ojos esperanzadores fulguraban entre tanto blanco, y el etéreo traje se movía con cada paso que ella daba.
Estando en el centro subió sus manos para realizar un giro que elevó la falda, y quedó suspendida sobre una punta de pie, mientras que su otra pierna se alargaba en el aire. Xiuying enseguida se colocó a su lado, riendo y tratando de imitarla.
―¿Qué tal? Tomoyo es la mejor diseñadora de vestuario, ¿verdad?
No… no eran los trajes. Eran ellas quienes hacían que se vieran… no había palabra para describirlos. Así que solo me limité a sonreír con un orgullo que no me cabía en el pecho y no supe por qué, pero sus mejillas se sonrojaron. Entre tanto blanco era fácil verlo y me sentí… pleno.
Y luego de tan emotivo desfile, terminé invitándoles un helado. El de Xiuying acabó embarrado en mi pantalón y el de mío en su estómago para no verla llorar; aun así, podía decir que había sido una cita exitosa. La sonrisa de Sakura me lo había dicho.
En los días siguientes entramos en la recta final y con ello redoblamos los esfuerzos. Los ensayos con las niñas eran cada vez más intensos, así como los nuestros y, al final, los compañeros que se involucraron, terminaron ayudándonos con la compra de obsequios para los niños del hospicio y con la decoración del salón donde sería el evento. Aunque huyeron como ratas cobardes el día que les dije que teníamos que hacer seiscientas galletas.
―Yo confundo el azúcar con la sal.
―Y yo no sé diferenciar entre la harina de trigo y la de maíz.
―¡Buena suerte, súper papá!
Con eso los malditos me abandonaron, incluido el desgraciado de Eriol, pero ya verían. Me la desquitaría en algún momento.
Con esa rabia conduje para buscar a mis amas y señoras en la academia, porque con todo lo que había pasado me veía a mí mismo como un humilde siervo que había hecho de mandadero, recolector, decorador, chofer y ahora cocinero.
Me merecía unas vacaciones… de preferencia en las Bahamas. Gracias.
Mi hija fue la primera en levantarse cuando vio mi auto estacionarse y levantó su manita para saludar; Sakura sonrió detrás de ella. Con esa imagen toda señal de molestia y cansancio se esfumó.
Merecía las Bahamas, pero si ellas estaban conmigo.
Al subir al auto, Xiuying me contó con lujo de detalles lo que merendó antes de hablar de las prácticas que la habían dejado agotada. Siempre era así: la comida primero.
―Eso no quiere decir que no te ayudaré con las galletas, ¡son seiscientas!
―Gracias por recordármelo, hija.
―De nada.
Suspiré… los niños eran tan puros que no sabían lo que era el sarcasmo. Ojalá se quedara chiquita por siempre… así tampoco tendría que lidiar con enclenques e inútiles que osaran mirar a mi nena.
Quizás debería retomar las prácticas de esgrima.
―En verdad, lo siento ―habló Sakura, despejando mi lado asesino―. Te juro que te compensaré todo lo que estás haciendo.
―Tranquila, lo estoy haciendo porque quiero.
―Un ángel en todo esto, eso has sido para mí.
Y allí estaba mi pago. Sonreí como idiota.
Poco después nos estacionamos cerca del súper para adquirir los ingredientes que hacían falta, y para ganar tiempo nos separamos: ellas irían por los huevos y el azúcar, mientras que yo buscaría la harina, la crema, el chocolate y las especias.
―Jengibre, jengibre, jengibre… ¿Dónde demonios estás?
―Disculpa… ―A mi derecha encontré una castaña que me sonreía―. ¿Podrías pasarme el orégano, por favor? Es que está muy arriba.
―Claro.
Alcé la mano y para mi buena suerte, el perdido en acción estaba justo al lado. Tomé varios porque no sabía cuánto iba a necesitar para las condenadas seiscientas galletas… y prefería que me sobrara a tener que salir corriendo antes de que cerrara el supermercado.
―¿Harás galletas de jengibre?
―¿Eh? ―Ella señaló lo que tenía en el carrito―. Ah, sí.
―Me quedan fatales porque se me queman o me quedan demasiado duras. Por eso me voy por las de mantequilla que son más fáciles de hacer.
Yo antes pensaba lo mismo, pero después de haber visto como cien videos de Youtube había dado con las cantidades adecuadas y los tips secretos para que las galletas quedaran con el picor perfecto al suavizarlo con chocolate, y que se deshicieran en la boca. Y viendo que la chica estaba realmente interesada, no me molestó compartir la receta.
―Espera, ¿no se refrigeran? ―Negué con la cabeza―. Entonces, ¿cómo haces para estirar la masa y cortarla?
―Te aseguro que podrás hacerlo sin problemas.
―Juro que lo intentaré esta misma semana… Soy Amy, por cierto.
―Shaoran.
―Uhm… Y dime, ¿qué más haces? Además de las galletas, claro ―se rio.
Iba a contestarle cuando un "Papá" estridente se escuchó al final del pasillo… y pertenecía a la boquita fruncida de mi hija que se acercaba.
―Te estabas tardando mucho ―dijo y se guindó de mi brazo, lanzando toda la ferocidad que una niña de siete podía reunir en una mirada.
No era la primera vez que pasaba… y siempre terminaba disculpándome. Sin embargo, la chica no me dio oportunidad porque enseguida dio media vuelta y se fue.
Perfecto.
―Hija…
―¿Sí? ―La dulzura había regresado a ella.
―Ya hemos hablado de esto.
―No dije ni mu, solo la miré ―resopló.
―Pero no fuiste muy amable ―me crucé de brazos―. La cortesía y el respeto ante todo, Xiuying Li. Siempre te lo he dicho.
Ella mordió su labio como si fuera a echarse a llorar. Suspiré, qué difícil era ser padre.
―Ya, ya. ¿Dónde está Sakura?
Cuando me giré, enseguida la divisé escondiéndose detrás de la esquina del anaquel. Pero qué… ¿a qué estaba jugando?
Mujeres. Desde la más pequeña a la que me tenía besando el piso, no las entendía ni un poquito.
Tiempo después, llegamos al pequeño apartamento que Xiuying y yo llamábamos hogar. Mi hija corrió a su habitación para cambiarse de ropa y yo directo a la cocina para ponerme manos a la obra, porque las seiscientas galletas no se harían solas. Y recalcaba la cantidad porque estaba seguro que pasaría toda la noche amasando, cortando y horneando.
―Me gustaría poder colaborar, pero soy un peligro en la cocina.
―¿Lo has intentado?
Dio un largo, muy largo suspiro.
―Nunca me salen bien las cosas.
―Nosotras seremos las asistentes de papá ―intervino Xiuying, subiéndose en su taburete―. Le pasamos los ingredientes y luego viene la parte divertida: hacer las formitas y decorar. Yo soy muy buena en eso.
―Estoy segura de ello, cariño.
―Y yo de que puedes aprender ―le dije y le guiñé un ojo―. Xiuying ha ido de a poco, así que ven aquí y presta atención.
―De acuerdo… pero no digan después que no advertí.
De esa forma, metimos las manos a la harina… y una hora después podía dar fe de que Sakura en verdad era terrible en la cocina. Tres huevos habían fallecido en el piso, cuando había intentado batir la mezcla había salido disparada por todos lados… y en verdad no le había creído a Yamasaki al decirme que confundía la sal con el azúcar, pero ahora veía que sí era posible.
―No es para tanto ―le dije a una Sakura que se había hecho bolita sobre un taburete.
―Es humillante.
―No lo es. ―Me incliné frente a ella y le alcé el mentón, dejando una pequeña mancha de harina allí. Le sonreí―. Todos tenemos algo en lo que somos malos.
―Tú no… eres perfecto ―resopló.
―Nena, yo tengo diez mil y un defectos: mal humor en las mañanas, odio el frío, peco de ingenuo y no sé bailar.
—¿En serio no sabes bailar? ―preguntó con una sonrisa pequeña y un adorable sonrojo.
—Tengo dos pies izquierdos —le dije con la mano en alza—. La habilidad de Xiuying la heredó de su madre.
Por un momento, Sakura guardó silencio y se mordió el labio; actitud que no entendí hasta que dejó ir su sorpresiva pregunta:
—No sueles hablar mucho de ella, ¿todavía te afecta?
Esbocé una pequeña sonrisa y me enderecé. Era cierto que no solía hablar de Meilin con mucha frecuencia, pero no se debía al dolor, sino más bien a que los recuerdos que tenía de ella, los consideraba una especie de nexo que jamás se rompería y que solo compartía con mis seres más cercanos: mi hija y el estúpido de Eriol. Sin embargo, si Sakura pasaría a formar parte de ese pequeño círculo como algo más que la profesora y cuidadora ocasional de Xiuying… debía decirle.
Así que, mientras amasaba, fui contándole un poco de quién había sido mi esposa por tres años, lo mucho que la había querido, su partida y lo difícil que había sido afrontarla. Sin embargo, no había tenido tiempo para deprimirme o llorar porque Melin me había dejado el más precioso regalo. Uno que, por cierto, se había quedado viendo caricaturas.
—Gōngzhu, ¿no dijiste que serías mi asistente?
—¡Oh! Lo siento, papi.
—¿Qué significa Gōngzhu?
—Princesa en chino —respondió Xiuying con alegría—. Me dice así desde bebé.
—Aunque últimamente estoy pensando en cambiarlo por "traidora".
Las risas femeninas llenaron el espacio. De esa forma el tiempo fue transcurriendo entre risas y más cuentos; la masa poco a poco fue transformándose en deliciosas galletas que no pudimos resistir probar, y Sakura descubrió que era excelente para decorar con el glaseado, lo cual reparó un poco su orgullo herido.
A las diez y media de la noche ya teníamos trescientas ochenta y dos galletas decoradas y empacadas, más una asistente dormida en el mueble.
—La llevaré a su cama.
—Yo lo hago —dijo Sakura con una sonrisa—. Tienes las manos llenas de harina.
—¿Podrás con ella?
—Soy pequeña pero fuerte —se rio.
La dejé estar y volví a la masa; sin embargo, un deseo surgió en mi pecho al ver que la cargaba con tanto cuidado. Me limpié las manos con un paño y caminé por el oscuro pasillo hasta la habitación de mi hija. Y si antes había dicho que me gustaba, la imagen de Sakura arropando a Xiuying para después dejar un beso en su cabecita de cabellera oscura… terminó de joderme.
El corazón me brincó como solo lo había hecho una vez hacía tantos años: estaba enamorado.
Elevó sus ojos hacia mí y la sorpresa se reflejó en su rostro, pero no duró mucho. Sonrió y me indicó que hiciera silencio con su dedo índice; yo pasé candado en mi boca extendida.
Luego de eso volvimos a la cocina y si bien estaba enfocado en sacar las galletas restantes, no podía dejar de mirarla cada tanto. ¿Qué podía hacer para hacer avanzar las cosas? En esos días me había dado cuenta que no le era indiferente, tendría que estar ciego para no notarlo, pero lo que no había descubierto todavía era si ella estaba dispuesta a tener una relación seria.
Porque allí estaba mi dilema: que un noviazgo conmigo implicaba una niña y un futuro.
—Te ves agotado ―dijo de repente.
—Faltan menos que antes...
—Déjame ayudarte a estirar la masa. Creo que en eso no puedo causar un incendio —se rio y me quitó el rodillo de las manos.
Me di golpes en el hombro mientras ella iba adelante y atrás con el rodillo, pero lo hacía con tanta fuerza que terminaría cansada en menos de cinco minutos.
—La idea es que el peso del rodillo haga todo.
—Es lo que hago.
Negué con la cabeza y me acerqué para mover sus manos y colocarlas adecuadamente, desde su espalda.
—Así, solo tienes que empujar y volver.
Sakura miró por encima de su hombro y me quedé congelado en mi sitio, hechizado por esa mirada bonita que convirtió mi boca en arena. Un beso de ella, eso era lo que necesitaba para saciar mi sed. Bajé la cabeza, solo un poco, dándole la oportunidad de moverse y salir de la prisión formada por mis brazos. Pero Sakura me sorprendió al girarse por completo hacia mí y lanzar un anhelo a través de su mirada oscurecida y sus labios entreabiertos.
Nuestras respiraciones se tornaron pesadas, entrecortadas… y a medida que fui bajando más y más la cabeza, los alientos fueron mezclándose hasta que el roce se hizo presente. Cerré mis ojos para disfrutar de ese largo toque que solo buscaba conocer… memorizar la forma de esos labios con los cuales había soñado hasta el cansancio.
Mi mano fue hasta su mejilla, comprobando la suavidad de su piel que siempre despedía un aroma cítrico que me fascinaba. Y deseaba saber más, oler más… degustar más. Mi lengua delineó su labio inferior, pidiendo permiso de encontrar y apoderarme de su sabor. Sakura se alzó de puntillas y me lo otorgó al pasar sus manos por detrás de mi nuca; entonces ambos profundizamos aquel beso con sabor a jengibre y por el cielo juraba que amaría esas galletas de por vida.
Un gemido que salió de su garganta y acabó en la mía, se escuchó como la canción del Aleluya. Mis manos se cerraron en su cintura y con firmeza la acerqué a mi cuerpo, sintiendo su calor fundiéndose con el mío. Las de ella se hundieron en mi cabello, despeinándolo a su gusto. Delicioso, sublime… y entonces un "Papá" se escuchó a lo lejos bajándome el calor de golpe.
Nos separamos con la respiración agitada, aunque nuestras frentes permanecían unidas. Esa vez fue un "Papi" lo que se oyó y con más necesidad.
—Ve ―se rio.
Asentí y mientras andaba por el pasillo, recurrí a mi mantra: "la adoro más que a mi vida, es mi niña, la luz de mis ojos", porque en verdad quería arrancarme el cabello.
—¿Qué ocurre?
—T-tengo miedo.
Suspiré, allí se fue toda mi pasión.
Me acosté a su lado y después de cuatro cuentos y tres canciones, Xiuying volvió al mundo de los sueños, pero yo muy difícilmente regresaría al mío.
Con ese desanimo volví a la cocina y en verdad creí que el ambiente se tornaría incomodo entre Sakura y yo; grata fue mi sorpresa cuando me encontré con su rostro sonrojado y sonriente, esperando por mí. Por lo tanto, la faena con las galletas continuó y no fue para nada aburrida porque estuvo acompañada de caricias, juegos coquetos y más besos que me permitieron conocer no solo su sabor, sino también esas curvas de muerte que me tenían babeando desde… no sabía desde cuándo.
Para las tres de la mañana, las seiscientas galletas habían quedado listas y nosotros caímos rendidos en el mueble, pero si algo tenía yo era que no importaba el día ni la hora a la cual me fuera a dormir, me despertaba a las cinco. Ni un minuto más, ni uno menos. Aunque ese día fue una fortuna porque pude disfrutar del rostro adormilado de Sakura, apoyado en mi pecho.
Décima cita, más que exitosa. Y a esa se le unió un perfecto desayuno de tres que contó como la undécima cita, en la cual ninguno de los dos dejó de sonreír. Por supuesto que aproveché de besarla cuando dejamos a Xiuying en el colegio y también cuando la dejé en su casa.
El cielo era azul y la vida excelente, sin lugar a dudas.
Solo me quedaba la cita número doce, la cual me emocionaba y asustaba en partes iguales, porque en verdad esperaba que ella estuviera dispuesta a embarcarse conmigo en esa aventura.
El doce era decisivo.
Con ese pensamiento di lo mejor de mí en ese último día antes del evento, aunque el cansancio estuviera respirándome en la nuca. De esa forma, cuando por fin pude ir a dormir, lo hice tranquilo y feliz, despertándome fresco y preparado para ese gran día.
No tocaría en el Suntory Hall ni para grandes personalidades; nuestro público estaría compuesto por personas que habían decidido regalar sonrisas a aquellos niños que poco tenían, y por ellos daríamos el todo por el todo.
Al llegar, Xiuying prácticamente me arrastró por el salón en búsqueda de Sakura y tuve que recordarle en más de una ocasión que llevaba a cuestas un enorme violonchelo.
Las luces, telas y cristales habían convertido aquel lugar en un mundo encantado de hielo donde nuestras haditas cobrarían vida; sonreí sin poder evitarlo.
―Apura el paso, papi.
Ignorado total.
Gracias al cielo, divisé a la preciosa profesora cerca de la tarima que habíamos levantado el día anterior, recibiendo a las niñas con una sonrisa… aunque no era la habitual que resplandecía.
―Estoy tan nerviosa que no he podido comer ―me dijo al preguntarle.
Me incliné y le pedí a Xiuying que fuera con sus amiguitas. No esperó que lo repitiera para obedecer.
―No puedes estar sin comer, podrías colapsar y no queremos eso, ¿cierto? ―le dije, elevando su mentón.
―Es que… nos hemos esforzado tanto. Quiero que salga todo bien… demostrar que sí pudimos y también… no quiero fallarte.
―¿A mí?
―Me tendiste la mano y me impulsaste cuando creí que no podría hacerlo. ―Entrelazó nuestros dedos, así pude darme cuenta que estaba temblando―. Nada de esto hubiera sido posible sin ti… y por eso no quiero…
―Hey, todo va a estar bien. Las mejores bailarinas saldrán a escena hoy y nosotros nos sentimos dichosos de darles música.
―¿De verdad?
―¡Claro! Incluso estamos pensando convertir esto en una tradición navideña de la Filarmónica.
―Eso… eso me alegra mucho, de verdad ―dijo con los ojos cristalinos―. Los niños lo merecen.
―Y es algo que nos enseñaste tú. Y así como nos abriste los ojos a nosotros, lo harás con las personas que ya están esperando afuera para entrar. ―Asintió―. Bien, ahora ve y come algo.
Sakura sonrió y, sin detenerse a mirar a los alrededores, sin importarle nada más, se alzó sobre sus puntillas y dejó un beso corto pero significativo en mi mejilla. Porque sin palabras me había dado la respuesta que había querido encontrar en esos días, y me lo confirmó su mirada.
―Tú y Xiuying siempre han sido un sol para mí.
―Sakura, yo…
―¿Te parece si hablamos después del acto? Debo maquillar a las niñas y… me gustaría tener el tiempo apropiado para conversar.
¿Cómo no sonreír a eso? Asentí y dejé un beso en su frente. Entonces la vi partir y fue cuando me di cuenta que no solo las mamás me observaban, mis compañeros habían llegado y tenían cara de idiotas… lo que se traducía en aguantar sus bromas, pero ¿qué importaba? ¡Estaba malditamente feliz y ninguno de ellos me lo arruinaría!
Mi júbilo creció cuando se abrieron las puertas y las personas empezaron a ingresar. Las madres que habían decidido colaborar de protocolo atendieron a las personas y entregaron las galletas que habíamos horneado, generando sonrisas en todos los asistentes que fueron ubicándose en sus puestos, llenando el espacio en su totalidad.
Un triunfo total porque todo el dinero recaudado con las entradas sería donado a los chicos del hospicio que también habían llegado y mostraban su resplandeciente felicidad.
―Ya, Romeo. Nos toca afinar ―dijo Eriol.
Asentí y lo seguí. Saqué a mi gran compañero de madera rojiza y tras colocarlo entre mis piernas, pasé el arco haciendo resonar las cuerdas, uniéndome al sonido previo que solía reinar antes de una presentación.
Cuando la señorita Daidoji salió a escena, todo se sumió en el silencio. Entonces dio las palabras de apertura en nombre de Sakura, agradeciendo no solo la asistencia de los presentes, sino también la disposición de aportar su grano de arena en tan noble causa.
―Oye, esa no me la has presentado ―susurró Eriol.
―Es la dueña de mis quincenas…
―¿De qué diablos hablas?
―Es la que diseña y confecciona el vestuario de las niñas.
―Interesante… En la próxima prueba de vestuario los acompañaré.
―¿Y por qué demonios irías?
―Porque soy un tío comprometido y si quieres salvarte de las bromas por los besitos entre tú y Sakura, lo harás.
―¿Ahora eres tú el manipulador? ―resoplé.
Eriol se encogió de hombros.
―Algo se me tenía que pegar de ti.
Imbécil.
El discurso terminó y los aplausos no se hicieron esperar.
―Ahora, los invito a que se unan a mí en este viaje de fantasía que promete emoción y aventura ―dijo con teatralidad―. Dejen que las moradoras de este precioso mundo los encanten y deleiten con su belleza sin igual.
Inclinó su cabeza como si de una princesa se tratara y se ocultó tras el telón.
Había llegado la hora.
Shun, el compañero que había tomado el rol de director, aclaró su garganta y al subir su batuta, todos tomamos posición de inicio. Al bajar sus manos con fuerza, los violines y las flautas iniciaron su sollozo. El sonido fue en crescendo hasta reverberar en aquel lugar; entonces salieron a escena las pequeñas hadas de azul que, en carrera sutil, se unieron a las blancas, formando una ventisca.
Tuve que hacer un esfuerzo para no dejar caer el arco cuando distinguí a mi niña. Ya la había visto con su traje, pero maquillada y moviéndose con tanta sutileza a pesar de tener solo siete añitos… En verdad parecía un ser de otro mundo, irreal… Una preciosa hada que me había robado el alma desde el momento que me abrió sus ojitos y me llenaba el pecho de orgullo.
Sacudí la cabeza y me preparé, justo cuando Shun volteó hacia nosotros. Un golpe con el talón y entonces mis dedos iniciaron sus caricias por las cuerdas así como la danza del arco sobre ellas, aportando los sonidos graves a la melodía.
Cerré mis ojos y me desconecté de todo lo que había a mí alrededor, dejándome abordar por la música que había memorizado porque, como siempre decía: ella vivía en el corazón, no en la razón. Y esa vez tenía un incentivo más por el cual hacerlo bien.
Abrí los ojos y sonreí, disfrutando de ver a mi pequeño ángel abrir sus alas y volar al ritmo que su papá tocaba.
Así nos mantuvimos durante cuatro piezas seguidas en las cuales las niñas se desenvolvieron con soltura, encantando a todos los presentes. Y cuando llegó la quinta que iniciaba con tambores y panderetas, la reina del recinto helado surgió del hielo, dando giros delicados en punta de pie que estaba seguro enamoraron a más de uno… o por lo menos fue así conmigo porque mi corazón regaló cada latido a ella.
Sus hombros se movieron sensuales al ritmo de los violines y despegó en vuelo con un salto diestro. Cuando aterrizó sobre la punta de las zapatillas, las pequeñas se unieron a su soberana agitando sus bracitos como si fueran mecidas por el viento, mientras ella, la reina, giraba sobre su eje.
El director me dio una mirada y bajó la batuta, indicando el inicio de mi solo. Así que me vi obligado a perderme esa visión para concentrarme en lo mío. Los dedos amaron las cuerdas con velocidad y el ritmo impuesto por el arco era rápido, profundo y podía escuchar en la lejanía los pasos de las bailarinas emulando el sonido que yo producía.
Seis piezas más fueron tocadas, haciendo un total de 37 minutos encantadores de danza y poderosa música celta en vivo. Cuando la última nota fue ejecutada con el último paso de ballet, el silencio se hizo. Una conmoción que incluso nos abordó a nosotros.
Reina y súbditas se alinearon tomadas de las manos y al realizar una venía pulcra, los aplausos estallaron. En ese momento Xiuying giró hacia mí y agitó su manita en el aire, saludo que devolví sin dudar.
En verdad, para esos ojitos no pasaba desapercibido a pesar de haber muchos más conmigo… y tampoco para la mujer a su lado que sonrió en amplitud.
Y me aseguraría de que esa decimosegunda cita no fuera la última, sino el inicio de una vida plena.
... ... ... ... ... ... ...
NA:
Cuando mi querida Cherry´sFeathers me invitó a este precioso proyecto, no pude decir no, y gracias a esto pude interactuar con personas fabulosas. Gracias por haber pensado en mí :)
Espero hayan disfrutado de este shot cuya intención era sacar sonrisas en estas fechas tan especiales, inspirado en mi propia familia porque les estoy presentando a mi hija y a mi esposo xD No, no es chelista, pero es informático y sabe cocinar mejor que yo haha.
¡Felices fiestas para todos! Que la pasen en familia y sus sueños se hagan realidad en este 2022 que se aproxima a paso veloz.
Un beso para todos,
CherryLeeUp.
