Escapando de los recuerdos de la Navidad
Doce campanadas fickers
Los personajes de Sakura Card Captor, pertenecen a CLAMP. La historia que a continuación leerán es de mi autoría y no permito plagios o adaptaciones.
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―¡¿Me está diciendo que no podré recibir mi título este año?!
Miré a la secretaria y contuve mi furia. Aunque ella no era la culpable, no podía evitar enojarme, era algo que necesitaba para poder empezar a trabajar en la empresa de la familia y cumplir el sueño de papá.
―Lo siento, señorita Daiduoji ―llamó mi atención, se acomodó los lentes y continuó―: las autoridades han adelantado su asamblea general y después de eso, empezarán con el receso que las fiestas navideñas significan.
Suspiré y me limité a agradecer el mensaje que la secretaria me había dado. No tenía caso renegar o insistir, la Navidad era esperada por muchos y para otros, como yo, era solo una fecha más en el calendario. Una celebración que no existía porque no había felicidad que promover, no desde que perdí una parte importante de mi vida.
Mi origen era desconocido, a temprana edad, fui abandonada en un orfanato. No conocí a mis padres y mucho menos supe porque se atrevieron a dejarme, nunca los extrañé. Contrario a eso, anhelaba tener una familia que me quisiera con ellos, tener a quién llamar mamá y papá.
Poco después de cumplir los siete años, una hermosa pareja estuvo visitándome por un tiempo, conversaban conmigo y me invitaron a paseos. En más de una ocasión, me invitaron a pasar un rato en su casa y, cuando menos me di cuenta, yo ya era parte de su familia. Dejé de ser solo Tomoyo y pasé a llamarme: Tomoyo Daidouji.
Mi mamá, Sonomi Daidouji, era una exitosa empresaria que se dedicaba a administrar al personal de la compañía que dirigía con mi papá, Tomoki Daidouji. Ellos dos supieron darme todo lo que quiénes me engendraron me negaron, hasta lo que yo nunca había imaginado poder tener.
Me enseñaron a nunca olvidar mis orígenes y a compartir con quiénes más necesitaban lo que yo ya tenía. Una vez al mes los tres, visitábamos la casa hogar en la que crecí para brindar un poco de alegría a esos niños que vivían lo que un tiempo viví.
A pesar de ser un matrimonio en exceso ocupado con sus responsabilidades, nunca me sentí sola. Gozaba de maravillosas tardes en compañía de ambos mientras me llevaban a las clases de canto. Sé que llegarás a los corazones de muchos con tu voz, Tomoyo. Fueron las palabras de papá cuando me escuchó cantar y no dudó en preguntarme si deseaba mejorar mi técnica, algo que no dudé en aceptar.
Él me acompañaba dos veces por semana a la academia, nunca faltó a los conciertos y competencias en que participé. Los dos siempre me apoyaban en cualquier cosa que deseaba lograr, pero él, lo hacía aún más.
Un día, apenas teniendo catorce años y siete de vivir con ellos; todo cambió abruptamente. Las sonrisas fueron opacadas por lágrimas, dolor y desolación. Fui invitada a una competencia regional de canto y papá me animó a participar, apenas faltaba una semana para las fiestas navideñas y a pesar de haber ensayado con mucho esfuerzo, no me sentía preparada para estar en ese escenario y se lo hice saber a él.
―No tienes nada de qué temer, pulga ―dijo, dejó un beso en mi cabeza y se acomodó el abrigo para salir―. Solo tengo que asistir a una reunión, pero prometo que estaré ocupando un lugar en primera fila para apoyarte.
Esperé verlo en el lugar que siempre ocupaba en los conciertos, pero no fue así. Sabía que algo estaba mal y en medio de un ataque de pánico me negué a cantar, perdiendo así mi pase a la final.
Ese fue el último día en que lo vi. Una fuerte tormenta azotó a la ciudad y entre mis insistentes llamadas pidiéndole que llegara a tiempo, papá perdió el control del vehículo y fue a caer al fondo de un acantilado.
El dolor que nos embargó a mamá y a mí, fue enorme e indescriptible. Los equipos de búsqueda dedicaron todos sus esfuerzos para encontrarlo con vida, pero por la altura desde la que había caído era imposible mantener esa esperanza por mucho tiempo.
―¡Es mi culpa mamá! ―confesé lanzándome a sus brazos, llorando sin control―. ¡Yo le llamé muchas veces pidiéndole que llegara pronto!
Mamá no dijo nada en ese momento, lloró conmigo y nunca me soltó. Cuando la habitación quedó en silencio, me ayudó a ponerme de pie y tomando mis manos dijo:
―¿Acaso provocaste la tormenta de nieve? ―preguntó, limpiando las lágrimas que aún caían por mi rostro.
―Pero yo… yo le llamé…
―Y era lo que siempre hacías. Cuando ibas a cantar lo llamabas para saber si estaría contigo. No puedes culparte por algo que tú no podías controlar… Tu papá nunca se negó a dejarte sola, especialmente en esos momentos. ―Mamá tomó mi mano y me guió hasta quedar sentadas en la cama de su habitación―. ¿Sabes qué dijo la primera vez que te vio?
Negué moviendo la cabeza, sabía cómo había sido el proceso de adopción, pero nunca supe qué impresión se llevaron de mí.
―Dijo que si lográbamos adoptarte, nunca te dejaría sola.
―Y nunca lo hizo ―declaré, empezando a llorar de nuevo.
―Entonces… no dejes que nunca se vaya de tu lado ―dijo, tocando mi pecho―. Será difícil, no puedo mentirte, me duele pensar en el resto de mi vida sin Tomoki, pero tampoco podemos olvidar que él fue feliz y nosotras debemos serlo también. Solo así su memoria estará presente en cada cosa que hagamos.
Y a pesar de que lo había intentado, después de diez años no pude recuperar aquella chispa que me caracterizaba. Dejé de cantar y rechacé cualquier invitación a conciertos o competencias. Pasé por alto las navidades y por más que mi mamá lo intentaba, no había el mismo entusiasmo a la hora de cenar juntas, y ni qué decir de los regalos. Se quedaban debajo del árbol por muchos días, hasta que ella entendió que lo material era algo que no me interesaba y dejó de gastar dinero en ellos.
A temprana edad le dediqué mis horas libres a la asociación benéfica que él fundó, ayudar a las personas más necesitadas era la manera en que podía dejar de pensar en él y su ausencia. Las ciudades que visitaba, no celebraban la Navidad porque estaban en extrema pobreza y en alguno de los casos la cultura de estos era totalmente alejada de lo que se conocía en Japón.
Dejé esos recuerdos en un lugar aparte y salí del edificio administrativo de la universidad, buscando el parqueo. Mientras tanto, me lamentaba de mi suerte, había hecho muchos planes después de recibir mi título. Eso iba a mantenerme ocupada y lejos de todo aquello que para mí era doloroso. Ya no quería revivir lo sucedido ese fatídico día, pero por más que lo intentaba, no podía olvidar.
Conduje en silencio hasta la empresa de mamá, las calles estaban congestionadas, los peatones esperando para cruzar la calle, mujeres cargando bolsas con compras, otras llevaban de la mano a sus pequeños que salían de la escuela y ante esa escena, me quedé embobada recordando quién hacía eso conmigo… papá.
El estridente sonido de la bocina de los carros que estaban detrás de mí me hicieron despertar y seguir manejando, evité distraerme en lo que quedaba de camino y sonreí al guarda que amablemente abrió la reja antes de sacar mi identificación.
Saludé a Rika, la secretaria de mamá y esta me notificó que ella no estaba ocupada. Le pedí que me anunciara y subí al ascensor que afortunadamente iba vacío. Miré mi reflejo en él y noté que mi cabello se había desarreglado un poco. No sabía definir su color, algunos decían que era violeta y otros, negro azulado. Mientras intentaba arreglarlo un poco pensaba en lo que podría hacer para que en los dos últimos meses del año, mi mente se mantuviera lejos del pasado.
―Podría unirme a algún grupo de ayuda humanitaria…
―¿A dónde vas? ―La pregunta de mi madre me asustó y miré a mi alrededor, no me di cuenta del momento en que entré a su oficina.
―Hola mamá… ¿cómo estás? ―pregunté, al llegar frente a ella.
―¿A dónde vas? ―insistió y una risa involuntaria salió de mis labios.
―A ningún lado, todavía ―respondí, suspirando―. Vengo de la universidad y la ceremonia de titulación no será hasta el próximo año.
―¡Pero apenas estamos en octubre! ―expresó mamá, dándome la razón.
―¿Qué haré en estos meses? ―pregunté, y aunque sabía que no debía hacerlo las palabras salieron sin control.
―Tengo una idea…
La observé por un rato esperando que me contara lo que se le había ocurrido, pero tal y como sucedía desde que papá falleció, se perdió en su mundo.
―¡Mamá! ―exclamé y aplaudí dos veces para llamar su atención―. ¿Qué idea tienes?
―Ah, eso… sabes que estamos preparando el balance general de este año y haciendo las proyecciones para el próximo. ―Asentí, sin decir nada―. También estamos recibiendo las solicitudes de apoyo económico y en esta ocasión llegaron muchas.
―Eso es bueno, ¿no?
La empresa que papá nos había dejado era una fábrica de insumos que proveía a empresas más grandes de artículos para la construcción de viviendas, y a pesar de que mamá no tenía mucho conocimiento dentro de ese rubro, se preparó y logró mantener la productividad a un nivel aceptable, para después de diez años ser de las pocas marcas que era reconocida a nivel mundial.
Gracias a eso, poco después de la muerte de papá, se dedicó un porcentaje de las ganancias anuales para pequeñas organizaciones que daban ayuda a quién más lo necesitaba y no contaban con el apoyo de ninguna otra empresa.
―Sí, muy bueno, tan bueno que todos los encargados de confirmar la veracidad de las solicitudes, están ocupados y nos queda todavía una organización que visitar.
―¿No pueden contratar a otro? ―pregunté, para mí, la solución estaba a la vista. No sabía lo que la hacía dudar.
―Sí… pero ahora que te veo en esta situación... ―Sabía lo que iba a decir, más no la interrumpí. Ella, todos los años previo a las fiestas navideñas manifestaba su preocupación al verme encerrada o como ella decía "escapando de la realidad". Mamá intentaba recuperar a la hija que perdió el mismo día que a su esposo―. Creo que puedes encargarte tú.
―Mamá… en teoría soy abogada…
―Con mayor razón, ¿quién mejor que tú para comprobar si la solicitud es real? ―Se puso de pie y sacó del archivero que estaba detrás de ella una carpeta que inmediatamente llegó a mis manos, en ella estaba grabado el nombre de la organización la cual había que visitar.
―"La cueva del lobo."
―Extraño nombre, ¿verdad? ―Mamá regresó a su lugar y me invitó a que leyera los papeles que había dentro del sobre―. Pero llama mi atención.
―La mía también ―respondí al leer la razón social, esa organización era un albergue infantil y juvenil. No entendía porque no contaban con ayuda del gobierno local y se lo hice saber a mamá.
―Por eso es que creo que eres la indicada para saber la respuesta ―insistió, posando sus ojos azules sobre los míos―. No es algo muy común y me interesa saber si lo que en ese informe reflejan que hacen, es verdad. ¿Qué dices?, ¿te animas? Puedes partir la próxima semana y estar en ese pueblo el resto del año.
―¿Estás escuchando lo que dices? ―Mi pregunta sonó con toda la sorpresa que tenía al escuchar esa sugerencia, ella apoyó la espalda en la silla y tomó un mechón de su pelirroja cabellera que bailaba con el viento para regresarlo a su lugar―. Siempre has deseado que celebremos una Navidad como lo que antes éramos y me estás mandando... ―Abrí el sobre y busqué el nombre del pueblo―, a Tomoeda.
―Me cansé de luchar, Tomoyo. Eres mi hija, no mi empleada y no puedo obligarte a hacer lo que no deseas. ―Decir que me había quedado sin palabras era poco. Nunca, en los diez años que tenía papá de haber fallecido escuché algo como eso, mamá siempre fue paciente, de ningún modo me obligó a hacer algo que yo no quería. Sin embargo, jamás me detuve a pensar en lo que ella sentía―. Si quieres escapar, hazlo. Ya olvidé cuantas veces te he dicho que no eres la culpable de lo que sucedió.
―Mamá… yo…
―No hija, no es un reproche. Entendí que no puedo obligarte, ahora sé que el dolor que sentimos es diferente, pero quiero que sepas que siempre puedes encontrar el escape que necesitas conmigo.
―Mamá… perdón, yo nunca pensé en ti… ―Puse el sobre sobre su escritorio haciendo el intento por levantarme, pero ella fue más rápida que yo y, antes de que me diera cuenta, ya había rodeado la mesa para abrazarme. .
―Eso es lo de menos, te tengo a ti y es más que suficiente para enfrentar la vida. ―Abracé en respuesta a mamá y me permití soltar un par de lágrimas―. Solo quiero que sepas que tampoco estás sola.
―Lo sé mamá, lo sé…
―¿Qué dices, futura doctora en leyes? ―Antes de que yo pudiera decir algo más, ella se levantó y me dio la espalda. Estaba segura que limpiaba alguna lágrima, sabía que aún le dolía; sin embargo, a Sonomi Daidouji le gustaba aparentar mucha fortaleza―. ¿Aceptas tomar ese caso?
―Depende… no le he dado a conocer los honorarios que debe de pagar. ―Mamá y yo nos soltamos a reír y con eso, el ambiente se relajó―. Cuenta conmigo, mamá.
Me quedé con ella el resto del día conversando de muchas cosas y cuando nos dimos cuenta, el sol empezaba a ocultarse, momento oportuno para regresar a casa y a como ella había prometido, preparar la cena.
Viajaría a ese lugar, haría mi trabajo y tal vez, podría quedarme allí y hacer de este escape navideño uno de provecho.
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Al cabo de dos semanas, los preparativos para mi viaje estuvieron listos. Fui oficialmente acreditada como supervisora de proyectos y me puse en contacto con uno de los encargados del lugar. La mujer estaba claramente emocionada de recibirme y declaró que ella misma estaría esperándome en el aeropuerto, algo que no era necesario porque tenía pensado rentar un vehículo, sin embargo no rechacé su acto amable y le indiqué la hora prevista de mi llegada.
―Tu llegada es sinónimo de esperanza para esas personas ―declaró mamá, cuando me acompañó a la terminal de mi vuelo―. Pero no olvides que tienes una misión: confirmar que lo que dicen es verdad, si es así, ellos serán de los primeros en entrar en la lista de beneficiados con nuestros proyectos.
―Así será, mamá ―dije y escuché el llamado por los altavoces, era hora de despedirme de ella―. Te llamaré después de reunirme con los encargados.
―Te quiero mucho, Tomoyo.
―Yo también, mamá, te quiero mucho. ―Me acerqué a ella y la abracé fuertemente, mamá era una mujer que pocas veces se permitía expresar sus emociones de forma pública, pero ya que estábamos por separarnos por poco más de un mes, me atreví a hacerlo.
Después de compartir una sonrisa con ella, tomé mi maleta y pasé por el control de seguridad hasta abordar el avión. En menos tiempo del esperado, ya estaba en los cielos, imaginando muchos escenarios de lo que podría encontrarme al llegar a Tomoeda.
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El viaje había sido de lo más rápido y relajante. En menos de treinta minutos había pasado una vez más por los controles de seguridad, solo esperaba que la persona que prometió aguardar por mí, de verdad estuviera haciendo eso. Si había algo que yo detestaba, era la impuntualidad.
Salí por uno de los pasillos y me topé con una escena muy común en estos lugares. Personas emocionadas esperando a uno o varios familiares que llegaban de visita, guías aguardando a más de algún turista y taxistas de hotel con carteles en sus manos.
Alcancé a ver uno que llamó mi atención, tenía mi nombre y lo sostenía una mujer que no podía ser mayor que yo, su largo cabello castaño claro resaltaba ante los demás. Moví mi mano, saludándola. Al darse cuenta sonrió y se acercó. Estando a pocos pasos de ella, noté que sus ojos brillaban con emoción y aparentaban ser un par de esmeraldas.
―¡Bienvenida a Tomoeda! ―dijo, en un tono entusiasta―. Mi nombre es Sakura Li y la llevaré hasta su hotel.
―Es un gusto conocerla ―respondí, haciendo una reverencia―. Soy Tomoyo Daidouji y me gustaría pasar antes a conocer la organización en la que usted trabaja.
―¿En serio, no está cansada?
―El viaje fue apenas de hora y media ―respondí, empezando a caminar a su lado―. Opté por un vuelo para no perder tanto tiempo en la carretera y trabajar lo más pronto posible con ustedes.
―Nos emociona mucho por fin recibirla en nuestra casa ―confesó la chica, invitándome a entrar en el parqueo y estirando la mano en una muda señal me pidió la maleta.
―No se preocupe, no es pesada. ―La seguí por el lugar mientras esperaba que ella continuara hablando.
―También le confieso que… esperaba una persona mayor y de rostro intimidante ―dijo, de modo atropellado―. ¡Ay, perdón! Disculpe si eso la ofende, cuando estoy nerviosa pierdo el control y de mis labios salen cosas sin sentido.
―¿Cree usted que la edad o el físico influyen en la decisión que ayudaré a tomar? ―pregunté optando por no ponerle importancia a lo que había dicho, pero sin dejar de sonar seria.
―Lo sé, lo sé. No crea que nos hemos confiado con eso, pero las personas que nos han visitado son de la apariencia que mencioné y no nos dan una oportunidad ―confesó, bajando un poco su entusiasmo―. Solo nos visitan un día, y al siguiente envían un correo en el que alegan no contar con fondos para nuestra organización.
―Yo no he venido a perder mi tiempo, ni hacer que ustedes también lo hagan ―dije, y me detuve al verla a ella señalar un carro color verde.
―No diré nada más, solo espero que su visita sea positiva para ambas partes. ―La chica sonrió, después de eso entramos en el vehículo y ella condujo fuera del aeropuerto. En todo el camino no mencionó nada acerca del lugar que ella administraba, se dedicó a contar sobre las bondades de Tomoeda y tenía que aceptar que me agradaba lo que escuchaba.
Le di puntos a favor, porque eso quería decir que no estaba intentando convencerme de algo sin las evidencias que necesitaba.
Al salir de la congestionada pista que rodeaba el aeropuerto, el escenario cambió. Bosque a nuestro alrededor, las copas de los árboles tocaban el cielo y las hojas secas ya habían aterrizado en el suelo. Me sorprendió ver que a este lugar le hacía falta lo que a Tokio le sobraba, los centros comerciales ya habían sacado la decoración y promociones navideñas a pesar de que aún faltaba poco más de un mes para esas fiestas. Podía sentir la temperatura bajar, señal clara que el tiempo pasaría en un abrir y cerrar de ojos y que yo estaría atrapada en las celebraciones de las que deseaba escapar.
―Hemos llegado ―anunció al cabo de media hora de camino, apagó el motor de su vehículo y quitó el seguro a las puertas―. Aproveché para pedir algo de comer, ¿está hambrienta?
―Podría comer algo para conocerlos un poco ―acepté su invitación, total, en algún momento tendría que hablar con el equipo.
―¡Genial! Debo de advertirle que el primo de mi esposo es un caso especial, no descuide su comida o cuando menos se de cuenta… desaparece de su plato ―expresó, y lo que más llamó mi atención fue que ella mencionó las palabras "esposo y primo".
―¿Esta es una organización familiar? ―pregunté después de bajar del carro, me puse al lado de ella y admiré la fachada del edificio. Dos o tres plantas, pintadas con un modesto color rosa, el cartel con el nombre: "La cueva de lobo" y la silueta del animal con sus cachorros. Un jardín delantero y lo que resaltaba era un enorme cerezo, que para ese entonces, no tenía sus hermosas flores.
―Sucede que… ―La mujer dudó en responder―. Para ahorrar el pago de algunos salarios, mi esposo dedica su tiempo libre a apoyar en algunas clases y su primo trabaja a tiempo completo con nosotros.
―Ya veo, pero, ¿qué esperamos? ―pregunté, intentando sonar emocionada―. Quiero conocer el lugar y a todos los que dependen de ustedes.
El ambiente se relajó un poco cuando dije eso, noté como dejó escapar el aire que estaba reteniendo y recordé lo que mamá me había dicho cuando me comentó sobre estas personas: tu llegada es sinónimo de esperanza.
Me regañé mentalmente y juré que haría lo mejor para ayudar a quién más lo necesitaba, papá estaría orgulloso.
―Ella es nuestra recepcionista y enfermera ―señaló al entrar al edificio, una mujer que también aparentaba tener nuestra edad, nos sonrió. Usaba lentes circulares y su cabello, también castaño, le llegaba apenas a la barbilla―. Naoko, te presento a la señorita Tomoyo Daidouji de "Industrias Daidouji''.
―¡Sea bienvenida a "La cueva del lobo" ―saludó haciendo una reverencia, que yo también imité―. Espero que su estancia en este lugar sea agradable.
―El placer es mío ―respondí y empecé con mi trabajo de observar y tomar notas mentales de todo―. Me agrada el lugar, al entrar sientes un aura familiar.
―¡Eso es bueno! ―exclamó la señora Li, y debía confesar que me hacía sentir extraña llamarla así considerando que era de mi edad―. Naoko es escritora infantil y cuando no hay mucho trabajo que hacer acá o en enfermería ella se dedica a leer con los niños.
―También hice un curso de enfermería ―agregó la joven, dando respuesta a la pregunta que aún no había hecho, pero eso era bueno―, y afortunadamente nuestros pequeños cuentan con la visita mensual de una brigada médica extranjera y eso nos ayuda a mantenerlos sanos en la medida que nos es posible.
―Me alegra saber eso ―afirmé y miré a la encargada esperando a que dijera algo más.
―Sakura ―dijo entonces la chica, hablando con mi acompañante―, Li llegó hace rato y me pidió que te avisara que estaría en la sala de reuniones esperando por ti y la señorita.
―¡Genial, ya está aquí! ―La chica se expresó con tanta emoción que temí que saliera corriendo y me dejara sola―. Venga conmigo, señorita.
Caminé con ella mientras la escuchaba y miraba señalar los salones por los cuales pasábamos, deseaba empezar a ver con detalle lo que había en ellos, pero al parecer apremiaba la necesidad que ella tenía de ver al que creía yo, era su esposo.
―Una vez que Syaoran la conozca, podremos empezar con el recorrido ―indicó deteniéndose frente a una puerta doble―. ¿O prefiere comer algo primero?
―Me parece mejor idea primero observar y luego comer mientras conversamos ―sugerí, ella frunció el ceño y luego murmuró:
―Creo que debería de buscar también a Eriol.
―¿Y él es? ―indagué.
―El primo de Syaoran.
―Ya veo, es parte importante del equipo ―deduje al verla mover afirmativamente la cabeza.
―Sí, pero me preocupa más que cuando terminemos el recorrido él haya devorado la comida y nos obligue a preparar más ―explicó y sin poder controlarlo, me reí. Empecé a imaginar a un hombre con sobrepeso y cargando dos platos de comida en ambas manos.
―No creo que sea necesario que gasten tanto en mí ―dije y señalé la puerta. ―No hagamos esperar a su esposo.
Ella sonrió y abrió la puerta, al instante, un hombre alto de cabello castaño oscuro y de misteriosa mirada acaramelada se puso de pie. Sonrió en dirección a su esposa y también pude ver el amor reflejado en sus gestos. Eso me agradaba.
Ella se puso al lado derecho de él y sujeto su mano, el hombre me observó y sonrió cuando la señora Li rompió el silencio:
―Syaoran, ella es la señorita Daidouji. Nuestra invitada de honor.
―Es un gusto conocerla ―saludó, haciendo una marcada reverencia―. Syaoran Li a sus órdenes, nos sentimos honrados de que la hija de la señora Sonomi sea quién nos visite.
―El gusto es mío ―respondí y no pude evitar la pregunta al escuchar la familiaridad con que nombró a mamá.
―Era un adolescente cuando los conocí.
―¿También a papá? ―Mi corazón se estremeció de emoción al notar la expresión de admiración en su mirada.
―Él y mi padre eran amigos. Dejó un enorme legado, y a los Li nos alegra que la señora Sonomi y usted lo estén perpetuando. ―Mandé todas mis emociones a un rincón, no era el momento. Todavía no era el día en que me permitía ser débil y llorar por él después de tanto tiempo―. ¿Le parece si empezamos a recorrer el edificio, o mi esposa ya se adelantó?
―Oh, no, será un gusto conocerlo con la guía de ustedes dos. ―Agradecí su pregunta, tragué el pesado nudo que quiso salir como un gemido y acepté la invitación de salir de esa oficina.
―¿Dónde está Eriol? ―escuché la pregunta y de tantas menciones ya tenía cierta inquietud por conocerlo.
―Regresará hasta entrada la tarde.
―Qué alivió ―respondió, y contuve la risa.
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Después de cuatro días de minuciosa observación administrativa y de las labores que cada persona realizaba en la casa hogar, estaba casi lista para darles una respuesta, pero sentía que no se trataba nada más de dar el dinero que necesitaban.
El matrimonio Li trabajaba íntegramente, sus balances y cuentas no reportaban nada fuera de lo normal. Y lo que estaba empezando a admirar de ellos, era que contagiaban a los demás del amor a su misión. Tanto, que el resto de colaboradores donaba un diez por ciento de su salario para que a ninguno de los treinta niños que apoyaban les faltara nada.
Los pequeños asistían a la escuela pública en la mañana, y por las tardes eran recibidos por los Li y el resto del equipo para recibir clases extras; entre ellas: arte, cocina, literatura, música y artes marciales. Había estado presente en todas, menos en la de música y es que el profesor se ausentó por razones personales; según escuché.
Sentía que todas esas actividades que realizaban podrían darle mayor potencial a esta casa y tenía que ayudarles a que vieran lo que yo ya estaba visualizando, por eso hablé con la señora Li y le solicité una reunión para darles las noticias.
―Les agradezco que hayan aceptado verme ―dije, cuando los tres estuvimos en la pequeña sala de reuniones.
―Oh, no, somos nosotros los que estamos agradecidos de que usted nos acompañe todavía.
―Mi esposa tiene razón ―agregó el señor Li, tomando la mano de la nerviosa mujer que estaba a su lado.
―Bien, en ese caso… les cuento la decisión que hemos tomado ―callé unos segundos mientras abría algunos archivos en mi computadora―. He revisado todo lo que les dije el primer día y he enviado un informe a la gerente general y a la encargada de la aprobación de donaciones.
Observé al joven matrimonio, ella jugaba con los dedos de su esposo, demostrando cuán ansiosa estaba. En cambio él, como lo había venido notando, estaba con el ceño fruncido.
―Su solicitud de patrocinio ha sido aprobada ―les dije a la vez que sonreí, ella se puso de pie y derramando un par de lágrimas la vi abrazar a su esposo―. ¡Felicidades!
―¡¿Es real, Syaoran, es real?!
―Si cariño, es real ―afirmó él y después susurró algo en su oído que al parecer era que se calmara un poco, porque rápidamente se separó y me sonrió―. Oh, gracias. No tiene idea de cuánto alivio y felicidad nos da esta noticia.
―Eso no es todo ―agregué, adoptando una expresión seria―. Estuvimos analizando muchas cosas y también traigo una propuesta que les dará a ustedes la libertad económica que perdieron con el último patrocinador.
En conversaciones previas, ellos me comentaron todo lo relacionado con su último patrocinador. La casa hogar pasaba por una complicada situación, y estaba a poco de ser clausurada.
Me explicaron que el empresario del cual dependían fue acusado de corrupción y lavado de dinero. Como resultado, él ya estaba en la cárcel lo que los dejó a ellos viviendo de lo poco que les quedaba y de la solidaridad de la comunidad, pero tenían potencial y mi deber era ayudarles a descubrirlo. La cooperación que mamá hacía tenía un claro objetivo: la ayuda económica era entregada por plazo de cinco años y al término de uno la misma se destinaba a otras áreas y sabía que ellos podrían aprovechar esa oportunidad.
―¿De qué se trata?
―Esta casa puede convertirse en una academia de artes ―declaré rápidamente.
―¿Habla en serio? ―preguntó la chica abriendo sus ojos, sorprendida.
―Claro, después de la jornada escolar, ustedes se encargan de enseñarles herramientas para el futuro ―enumeré y los vi asentir―. ¿Por qué no extender ese servicio al resto de la comunidad y no solo a los que no tienen un hogar?
―Puede ser posible ―aceptó el señor Li―. Con el patrocinio que ahora recibiremos podríamos contratar a más personas.
―Podría ser, pero tengo una mejor idea, señor… ―Me detuve unos segundos para hacer un comentario arriesgado, pero necesitaba liberarme un poco―. ¿Podría llamarlos por sus nombres? Sé que son una pareja joven, casi de mi edad y con lo que voy a contarles, creo que pasaremos más tiempo juntos.
―No, no tenemos ningún problema ―respondió Sakura, y le sonreí―. Para nosotros será un honor tenerla con nosotros más tiempo.
―Bien, este es el plan: Organizar una exposición, todos los niños podrían preparar algo y ponerlo a la venta ese día. Tienen pequeños artistas, cocineros, músicos y luchadores. Pueden ofrecer un espectáculo artístico, musical y deportivo acompañado de comida y bebidas. ―A medida que contaba mi idea Sakura no dejaba de mover la cabeza emocionada y su esposo, Syaoran intentaba calmarla―. Yo me comprometo a propagar la actividad por todo Tomoeda con los medios de comunicación que tenemos al alcance, haremos volantes con la información de los cursos y a medida que los padres inscriban a sus hijos el salario de los nuevos maestros se pagará solo.
―¿Y en qué consiste el patrocinio de su empresa? ―preguntó Syaoran, que había puesto una mano sobre el hombro de su esposa, seguramente en un intento para calmarla, porque la mujer estaba que saltaba en un pie―. Entiendo su objetivo, que nosotros seamos capaces de generar nuestro propio dinero, promover empleos y no depender económicamente de nadie más.
―Exacto, nuestra inversión será única y por un plazo de cinco años, pero necesitamos poner una fecha a este evento si ustedes están de acuerdo.
―¡Un concierto navideño!
―¿Qué?
Los miré esperando a que alguno de los dos aclarara que era una broma, pero no sucedió. Me miraron con duda, aguardando a qué explicara el porqué de mi reacción; sin embargo, no queriendo sonar exagerada pregunté de nuevo:
―¿Un concierto navideño?
―Sí, ¡Será increíble! Todos los niños disfrazados como Elfos, al final del concierto entonan una melodía navideña y dejamos caer sobre ellos copos de nieve. ―Sakura empezó a enumerar y en mi mente se reproducía la escena, con la diferencia que quién cantaba era yo y alguien interrumpía mi participación anunciando la muerte de papá―. Será muy hermoso.
―¿No creen que falta mucho tiempo para eso? ―pregunté tragándome las emociones que querían empezar a aflorar en mí, tantos años y sentía como si había sucedido ayer.
―Oh, no, en realidad creo que estamos cortos de tiempo.
Bajé la vista fingiendo que lo estaba reflexionando y luego miré de nuevo a la pareja, ¿qué estaba haciendo? No podía dejar que las emociones me dominaran, mamá depositó su confianza en mí para esto. Yo podía hacerlo.
―Tenemos mucho que planear ―dije después de unos segundos, Sakura y Syaoran sonrieron, y con un gesto de mi mano los invité a tomar asiento de nuevo para conocer lo que yo ya había sugerido a la organización de mamá―. Aún no les he dicho en qué consiste nuestra inversión… Industrias Daidouji ha contratado a un equipo de ingenieros que justo ayer me envió el diseño de lo que pensamos hacer por ustedes. ―Volví a mostrarles la pantalla de mi computadora, pero en esa ocasión, con el plano de la ampliación que pensé podría ayudarles, Sakura ahogó un gemido y sus ojos se llenaron al instante de lágrimas―. Les dije que yo me encargaría de la publicidad, he calculado que gracias a eso necesitaremos un espacio grande para que todos estén cómodos y si el concierto y la exposición resultan un éxito, ustedes podrán hacer más eventos que convoquen a muchas personas. Además, también se remodelará el edificio en su totalidad, tenemos que estar preparados para recibir a personas interesadas en los cursos.
―¡No puedo creerlo! ―exclamó Sakura una vez más y abrazó a su esposo, pero no se refugió en su pecho; me miró, sonrió y dijo―: Usted es una esperanza para esos pequeños.
―Solo cumplo con mi deber y este es el momento de preguntar cualquier cosa antes de firmar el convenio de apoyo ―expliqué y tomé mi maletín, en él estaban los documentos que ellos debían de firmar para hacer oficial la donación. Expliqué todo el procedimiento y ellos leyeron los acuerdos plasmados en el papel con mucho detenimiento. Después de unos minutos de silencio, habló Syaoran:
―Señorita Daidouji, no tiene idea de cuánto le agradecemos todo lo que está haciendo por los niños. No vamos a dejar pasar esta oportunidad para ayudarlos a salir adelante. ―Él me devolvió los documentos―. ¿En dónde firmamos?
―Aquí ―señalé los lugares y él le entregó una pluma a su esposa para que firmara primero―. Mañana vendrá un equipo de trabajo: ingenieros, arquitectos y constructores para empezar. El tiempo es nuestro mejor aliado y no podemos darnos el lujo de perderlo, ustedes se harán cargo de planear todas las actividades para ese día y yo haré el resto.
―Se me ocurren muchas cosas. ―Después de firmar, Sakura le pasó los documentos a su esposo para que él hiciera lo mismo―. Será un día muy especial.
―¿Puedo instalarme acá? ―pregunté cuando los dos firmaron y me devolvieron los papeles―. Quiero estar cerca en caso de que algo suceda.
―Eso no tiene ni que pedirlo, será un honor tenerla con nosotros ―Sakura juntó sus manos con emoción a la vez que decía―: Incluso, puede ver los números que estaremos practicando y…
―¡Hola familia, regresé! ¿Alguien tiene hambre? ―Un hombre abrió la puerta y entró cargando dos cajas de pizza sin darse cuenta que estábamos ocupados, puso la comida sobre el escritorio, se acercó hasta Sakura, tomó su mano y le dio un beso en el dorso―. Te extrañé mucho, prima.
―Eriol…
―¿Tu también lo hiciste, verdad? ―preguntó, dándome la espalda. Chico alto, de cabello negro azulado y de hombros anchos.
―Eriol, estamos ocupados ―Syaoran insistió―. Esta es una reunión importante, ¿nadie te avisó?
El famoso Eriol se dio la vuelta al ver que su primo me señaló y contrario a lo que yo esperaba: una disculpa o algo por el estilo; él sonrió tomó una de las cajas y la puso frente a mí:
―¿Tiene hambre, señorita?
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―Creo que vamos por buen camino, mamá.
―Sabía que eras la indicada para trabajar con ellos ―respondió mamá sonriendo, después de la reunión con los Li regresé al hotel y me puse en contacto con ella por videollamada para ponerla al tanto de todo lo acordado con ellos―. Cuando terminemos la llamada leeré lo que me acabas de enviar.
―Enviaré invitaciones a la prensa y a una parte de tus socios ―le indiqué, mientras hablaba con ella, en otro lado de mi mente se formaba una imagen de lo que quería lograr con ellos, omitiendo los cantos navideños―. ¿Vendrás tú?
―Claro que sí, quiero un lugar en primera fila ―afirmó, y en sus ojos se reflejó un brillo que hace años no veía.
―Perfecto… mamá, hablamos más tarde; tengo una llamada ―mentí, no quería ahondar más en un tema que probablemente saldría a relucir, estaba cansada.
―Te quiero hija, come bien ―expresó, antes de terminar la llamada.
Me reí instantes después que dijo eso, porque si había hecho algo más que cerrar un convenio de asistencia económica, era comer. Cuando el famoso Eriol se dio cuenta de mi presencia no dudó en compartir su comida y no mostró ni un ápice de vergüenza al estar interrumpiendo nuestra reunión. Se sentó a la par mía y de otra bolsa sacó varias latas de soda para darnos una a cada uno.
Cuando me presentaban a los demás como hija de Sonomi Daidouji, todos hablaban con mucho cuidado y respeto, sin embargo, ese hombre hizo algo poco común. Su frescura me resultó contagiosa, pero no lo demostré, me mantuve seria y acepté lo que me ofrecía.
Se mostró emocionado cuando los Li le comentaron que habíamos firmado el convenio y le pusieron al tanto de todo lo que tenían que hacer. De inmediato propuso hacerse cargo del concierto navideño y que ese mismo día empezaría a trabajar con los niños.
Apagué la computadora y me puse de pie, fui hasta la enorme ventana que me dejaba ver algunos edificios más pequeños, casas y las calles que a esa hora empezaban a llenarse de niños y adolescentes que salían de sus escuelas.
―Tengo que encontrar la manera de hacer bien el trabajo y no involucrarme de más ―dije, a la vez que apoyaba la frente en la ventana―. Mi lado profesional me impulsaba a darlo todo de mí, pero mi yo de la adolescencia, que aún no había superado el dolor al recordar un concierto navideño y la muerte de papá, quería escapar.
¿Qué podía hacer?
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Después de haber estado en reuniones publicitarias, pasé directo a la casa hogar a pedido de Sakura. En su mensaje me explicó que deseaba ponerme al tanto de lo que estaban preparando para el día del evento, yo también quería llegar y revisar los avances en la ampliación del auditorio.
―Debería de rentar un auto ―murmuré, después de salir del taxi que me había estado esperando en el hotel. Saludé a Naoko que estaba leyendo un libro en su puesto y pasé directo a dónde imaginaba ella debía estar, su oficina. Sin embargo, no avancé mucho hasta que algo llamó mi atención.
Era una suave melodía, a medida que aumentaba el volumen, mis pies me impulsaron a llegar hasta el lugar en dónde estaban tocando. Ya había olvidado la sensación de sentirme atraída por la música y cuando fui consciente, llegué hasta el escenario que se había improvisado para la práctica de los niños.
Levanté apenas la cortina para no interrumpir, lo único que me importaba era escuchar, porque gracias a esa melodía y a las voces infantiles; yo estaba en otro lugar. Cerré mis ojos y me transporté a esos días en los que únicamente quería hacer sentir orgulloso a papá, las noches en que él se sentaba en la cama de mi habitación y me escuchaba cantar antes de darme el beso de los dulces sueños, y verlo de pie entre los asistentes aplaudiendo cuando terminaba mi participación en algún concierto.
Fueron días maravillosos y siempre le agradecí a la vida por eso… solo que… cuestioné en muchas ocasiones porque la vida no me permitió tenerlo por más tiempo.
―¡Aquí estás, Tomoyo!
Quién tocaba el piano se detuvo abruptamente y seguido de eso, los niños también. El maestro se puso de pie y me asombré al recordar que el primo del señor Li,Hiragizawa, era el encargado de las clases de música.
Él, al darse cuenta en dónde estaban quiénes le habían interrumpido se acercó a nosotras.
―Buenos días señorita Daidouji, prima ―dijo haciendo una leve inclinación de cabeza―. ¿Por qué no pasan y nos escuchan cantar? Así nos dicen que tal vamos.
―Oh, no, no deseo interrumpir ―negué rápidamente viendo a Sakura que no dejaba de sonreír―. Solo me extravié un poco.
―Yo no tengo ningún problema en quedarme ―indicó ella.
―Pero, me has pedido que viniera porque necesitabas hablar conmigo.
―Así es, se trata de una…
―¡Profesor Hiragizawa! ―escuchamos una estridente voz infantil y los tres miramos en esa dirección―. Akira confundió las partituras.
―Oh, disculpen, tengo que poner el orden. ―Yo pensaba que él se iba a acercar a los niños, pero lo que hizo fue darse la vuelta y habló con voz fuerte―: ¿Les gustaría que Sakura y la señorita Daidouji se queden para escuchar?
Un sonoro "sí" se escuchó como respuesta, Sakura me miró entre complacida y apenada para luego acercarse al grupo que, muy emocionado, volvía a recuperar el orden.
―Yo, con gusto los escucharé, no sé mucho de música, pero quiero tener la exclusiva ―Sakura sonrió y tomó dos sillas para ubicarlas frente a ellos, después de eso me observó y preguntó―: ¿No deseas tener también la exclusiva?
―Claro que sí ―respondí, me acerqué y aunque tenía miedo de involucrarme con la música de nuevo, lo hice por ellos.
―Ilustres invitadas… sean bienvenidas a estos ensayos…
―Eriol, ¿Sakura está aquí? ―Naoko interrumpió la introducción y Sakura, poniéndose de pie, se disculpó con nosotros.
―No empiecen sin mí.
Mientras ella se alejaba, me fijé en los niños. Todos se miraban muy bien cuidados, se notaba en sus sonrisas, en sus rostros y en lo bien cuidado de la piel. La ropa que usaban, estaba limpia y por lo que sabía, recibían atención médica una vez al mes.
―No podré quedarme con ustedes. ―Sakura llamó nuestra atención y cuando la miré, estaba conteniendo las lágrimas.
―¿Todo está bien? ―pregunté.
―¿Sucede algo, prima? ―el joven Hiragizawa hizo lo mismo y tomó una de sus manos, ella negó con la cabeza y respondió:
―Hoy será el mejor día para Ryo ―expresó liberando por fin las lágrimas―. Ha sido aprobada la solicitud de adopción por parte del matrimonio Kurokiba.
―¡Esa es una excelente noticia! ―expresó el joven, sonriendo―. Anda, yo me quedo con la señorita Daidouji.
―Disculpa que te dejé con Eriol, Tomoyo ―expresó limpiando sus lágrimas y antes de que pudiera decir algo, ella continuó―: La pareja me está esperando, están ansiosos por darle también la noticia a Ryo.
―No te preocupes, ve con ellos. Yo… ―miré a los niños y después a su primo―, veré en que puedo ayudarlos y si nos queda tiempo, hablaremos de lo que necesitas contarme.
Sakura se despidió de nosotros y de los niños. Desapareció detrás de la cortina y yo suspiré, ¿cómo salía de este embrollo musical?
―¿Vamos? ―preguntó Hiragizawa extendiendo una mano, suspiré una vez más y regresé al lugar que hasta hacía unos minutos había ocupado.
―Chicos… Sakura tuvo que irse para atender una visita importante… pero, ―Él se sentó frente al piano y pasó los dedos sobre el teclado, mi piel se estremeció ante ese sonido―, la señorita, muy amablemente decidió quedarse con nosotros. ¿Cantarán para ella?
Una vez más se escuchó la emocionante aceptación de ellos y sonreí.
―Vamos a empezar con algunas melodías que ellos ya han ensayado ―explicó, dirigiéndose a mí y después a los niños―: ¿Están listos?
Después del conteo regresivo él empezó a tocar el piano. Se notaba que no era un novato en la música y que le había dedicado mucho tiempo a enseñar a estos niños. Todos seguían el ritmo de la melodía y aunque uno se equivocó en una de las estrofas, eso no le restó puntos al esfuerzo que estaban haciendo.
Después de tres canciones y un par de minutos de orientaciones, Hiragizawa me explicó que la melodía que estaba por tocar, era una que él había escrito. No me impresionó, desde la primera vez que lo vi me pude dar cuenta que era un hombre talentoso e inteligente. No era solo uno de esos que se vestían de forma intelectual para aparentar y además, en sus ojos se reflejaba la experiencia y emoción con la que hablaba sobre la música.
―¿La canción tiene nombre? ―pregunté.
―Todavía no ―respondió y después miró al grupo―. Vamos chicos, es hora de cantar.
Él cerró sus ojos y después de unos segundos, en los que tomó una honda bocanada de aire presionó las teclas del piano y la melodía nos envolvió. Uno a uno los niños fueron interpretando la estrofa que les correspondía, haciéndome sentir la intención de la canción.
No era la típica melodía navideña que hablaba de regalos, muñecos de nieve y árboles de navidad. En esa canción, estaba reflejado el deseo de un niño de vivir en un hogar, de tener todo lo que se les había negado y reviviendo aquellos años de mi dura infancia, me prometí que les ayudaría a tener los medios necesarios para que su estancia en esta casa, fuera mágica.
No me di cuenta de cuánto me había llegado la canción hasta que un par de lágrimas cayeron sobre mi brazo. Limpié todo rastro de ellas a tiempo, porque el joven Hiragizawa había acabado de tocar la melodía y se puso de pie para aplaudir a sus estudiantes y al verlos tan emocionados, hice lo mismo.
―¿Qué le parece? ―preguntó, acercándose al grupo―. Y no nos diga que está excelente, sé que aún nos hace falta y por eso, necesitamos una crítica que nos ayude a mejorar.
―Creo que podría resultar que uno de los niños sobresalga interpretando un solo.
―Sabía que eso funcionaría. ―No fue hasta que él habló que me di cuenta del error que cometí, me dejé llevar―. ¿Sonaré muy atrevido si le pido colaboración en esa parte?
―Pero… yo no, yo no sé de música ―intenté escapar de su mirada, pero a pesar de la distancia sentía como esos intensos ojos de color gris me analizaban―. Me ha encantado la melodía, pero no veo en qué podría yo criticar o intervenir.
Por unos segundos él no dijo nada, pero no apartó la mirada. Seguía analizándome, era como sí… ¡él ya sabía algo!
―Chicos… ―cayó otra vez, miró a los niños y luego su reloj―, es hora del descanso antes de la próxima clase. ¿Por qué no van a sus habitaciones para prepararse?
Los pequeños aceptaron la invitación y salieron de la sala, despidiéndose de nosotros dos en el camino. Los miré uno a uno, en sus rostros se dibujaba la satisfacción de saber que estaban haciendo un buen trabajo.
―¿Y bien? ―La pregunta me sacó de mi nube y brinqué en mi lugar, lo miré a los ojos, había en ellos una burla grabada. ¿Por qué?―. Me gustaría saber su opinión.
―Creo que ya le dije que mi opinión no influirá de modo profesional ―respondí, intentando no reflejar dudas―. Me ha gustado mucho la interpretación, sé que necesitan practicar, pero no de qué modo.
―¿Por qué dejó que su carrera acabara de esa manera? ―preguntó, ignorando mis palabras―. No me imagino el dolor que sufrió ese día, pero no pensé que la obligaría a abandonar lo que tanto había trabajado. Debo de confesar que la primera vez que la vi no me percaté; pero hace unos minutos me di cuenta que el modo en que apreció la música es el único en que lo hace un artista.
¿Este hombre me conocía? ¿De dónde? No recordaba haberlo visto alguna vez y yo tenía buena memoria.
―No sé de qué habla ―dije y me felicité mentalmente, no hubo duda en mi tono de voz―. Si no le molesta, iré a esperar a Sakura para hablar con ella.
―¿Por qué no cantó en esa competencia? ―Su pregunta me detuvo en seco, ¿acaso él había estado ese día? No esperé mucho tiempo por una respuesta, porque continuó diciendo―: Ese día, después del concierto iba a presentarme ante usted, quería hablar con el prodigio japonés del que tanto me habían hablado y pude ver en algunas competencias.
Quise sonreír al recordar el título que gané en algunas competencias, pero no tenía derecho a recordar esos días con alegría. Por mi culpa y mi necedad, provoqué que papá falleciera en ese accidente. Todavía le daba la espalda a Eriol Hiragizawa, ¿por qué no aprovechaba su silencio y huía? Porque eso estaba intentando hacer… huir.
―Fue hace diez años, lo recuerdo muy bien. Cuando anunciaron a Tomoyo Daidouji todo el público se quedó a la expectativa, incluso yo, un niño de dieciséis años. ―Quería que se callara, no quería seguir escuchando, pero no podía. En mi mente empezó a repetirse ese trágico día, en cámara lenta―. Pero luego la expectativa dio paso al desconcierto porque la participante había desaparecido, ¿qué sucedió para que alguien tan dedicada a la música como usted, dejara abandonado su puesto?
Cuando lanzó esa pregunta, él ya me había tomado suavemente del brazo para encararme. No me importó que viera las lágrimas bañando mi rostro, no me importaba que viera el dolor en mí, deseaba que se sintiera culpable.
―¿En qué le afecta el pasado a usted? ―pregunté, me aparté de él y limpié mis lágrimas―. Debería de estar enfocado en el presente y en ayudar a los niños, no en mí.
―Me importa usted. ―Esa afirmación me dejó sin palabras, había tanta seguridad que por un momento, olvidé todo y solo estaba frente a mí ese hombre de cabello negro azulado que me sacaba al menos una cabeza en tamaño y esos enigmáticos ojos que hacían juego con sus lentes―. No entiendo por qué escapa.
―¿Escapar? Yo no estoy escapando de nada. ―Me recompuse al instante, unas ansias que creía desaparecidas volvieron a mí, era como si―... ¿Qué es lo que quiere de mí?
―Que no escape de la música, puedo ver claramente cómo su cuerpo se estremece… es como si cada nota acariciara su rostro… ―cerré mis ojos dejándome llevar, era verdad. Desde la primera nota que él tocó, me sentí envuelta por una caricia familiar, como la brisa del mar, como el rocío del amanecer que me hacían suya―. No puede negarlo.
Quería hacerlo, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. Era como si ese hombre me conociera desde tiempo atrás y sabía mis más ocultos secretos, pero… ¿qué quería de mí?
―¿Qué quiere de mí? ―pregunté una vez más y en ese instante me detesté. Esa frase sonó como una súplica.
―Quiero… quiero que cante ―dijo y abrí mis ojos volviendo a la realidad. Yo no podía cantar, no de nuevo―. Puede ser la guía para los niños, necesitamos el toque femenino y usted puede darlo.
―Yo… yo no puedo… Llevo años sin cantar ―aclaré mi garganta y logré salir de ese hechizo.
―Lo que bien se aprende nunca se olvida ―insistió él y vi que también se alejaba un poco de mí―, además, yo también estaré para ayudar. ¿Está de acuerdo?
―No me pida que suba al escenario el día del concierto ―señalé con seriedad, estaba dispuesta a hacer todo para que la actividad resultara un éxito y si tenía que involucrarme más a fondo sin verme expuesta al público, lo haría―. Quién quedará en ridículo, será usted.
―Es lo que menos quiero ―tomó mi mano y la besó por más de dos segundos, sin soltarla levantó la mirada y dijo―: No deseo perderla de vista ese día.
Todo pensamiento o idea racional se esfumó de mi mente, lo único que fui capaz de hacer fue ver al hombre que no soltaba mi mano. Se levantó, sus movimientos eran en cámara lenta y después de darme una sonrisa, salió de la sala, dejándome más confundida que nunca.
―¿En qué diablos me he metido?
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Después de esa extraña conversación, preferí regresar a mi hotel. Al llegar le comuniqué a Sakura que al día siguiente pasaría a primera hora por la Casa Hogar para conversar con ella.
No tenía cabeza para nada más que recordar el terrible error que cometí. Sabía que era algo bueno lo que iba a hacer, pero no podía dejar de repetirme que tenía que evitar lo más que pudiera los acercamientos con Hiragizawa y los niños.
Me enviaron para ayudar, y eso iba a hacer. Daría mi opinión solo si era estrictamente necesario y me limitaría si se trataba de cantar. Sobreviviría las semanas que fueran y no tendría necesidad de escapar.
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Una semana había transcurrido desde el encuentro que tuve con Eriol Hiragizawa. Todavía no entendía que me había sucedido ese día, yo me jactaba de ser una mujer que aprendió a controlar sus emociones en el pasado y que nada ni nadie las alteraría; pero eso se acabó cuando él expuso toda la verdad.
Una de las tantas cosas que pensé, fue huir. ¡Incluso llamé a mamá! Pero ella empezó a felicitarme por el maravilloso publicitario que estaba haciendo del evento y me prometió estar en primera fila para ver todo. ¿Cómo podía quitarle esa esperanza si todos estos años estuvo luchando para que yo dejara de escapar? Suspiré y me guardé las quejas que ni siquiera había pensado bien para convencerla que podía enviar a alguien más en mí lugar y me despedí de ella.
Sakura me comentó al día siguiente, que había conseguido el apoyo de la escuela primaria de la comunidad y que el grupo de arte interpretaría el día del evento la obra de El Cascanueces. Estaba tan emocionada que no pude evitar sentirme igual que ella.
La construcción del nuevo auditorio estaba a pocos días de ser completada, las entradas para la exposición habían sido vendidas previo al día del evento, los niños estaban más que listos con las demostraciones que iban a hacer de sus talentos y mamá extendió la invitación a los empresarios que formaban parte de la asociación familiar de que tenían que acompañarnos.
Todo estaba casi listo, las prácticas con el coro se desarrollaron con una familiaridad increíble, era como si… como si nada hubiera alterado mi vida. Por un momento hasta imaginé que mi papá estaba esperando por mí detrás de esa cortina. Eriol Hiragizawa me demostró que era un maestro dedicado y hasta llegué a sentirme en confianza con él como para llamarlo por su nombre, además, no volvió a mencionar mi abrupta desaparición de las competencias de canto, y se lo agradecía.
Entre los dos existía una conexión, era normal. Amábamos la música, aunque yo creía que ese amor había muerto hace tiempo, pero con él… descubrí que no, solo estaba dormido y gracias a ellos recordé lo bien que me sentía al cantar.
―¿Crees que vendrán todos? ―preguntó Sakura, casi al borde de un ataque de nervios.
Faltaban tres días para la exposición y ella estaba dejando salir todas sus inseguridades, era normal, no todos los días debías organizar una actividad que iba a garantizar la estabilidad de un proyecto tan hermoso como el que su familia cuidaba tanto.
Por eso, la había invitado a tomar un café, en el trayecto al centro comercial más cercano pude apreciar la sobriedad que había en las calles. Era como si el lugar necesitara más luz, más color. Meses atrás, a mí me hubiera encantado estar rodeada de esa vibra, pero gracias a Tomoeda, eso estaba cambiando y sentía la necesidad de más energías.
―Sakura… todas las entradas fueron vendidas y estoy segura que nadie querrá perderse el evento ―dije, mi labor no acababa solo con aprobar y ejecutar un proyecto, también debía de transmitir seguridad y tenía la certeza de que todo saldría bien―. Además, todos mis invitados de honor han confirmado su asistencia, entre ellos, medios de comunicación. Así que…
Callé unos segundos y miré mi atuendo: falda y camisa formal, estaba segura que mi cabello estaba un poco opaco porque no había visitado al estilista, con tantas cosas, lo olvidé. Merecía un descanso y Sakura necesitaba relajarse.
―Oye, ¿conoces un salón de belleza de confianza? ―pregunté.
―Sí, no voy muy seguido, pero ella es muy talentosa ―comentó, viéndome confusa―. ¿Necesitas algún tratamiento de belleza?
―¿Podrías poner la dirección en el gps? ―pedí, señalando el monitor del vehículo que había rentado―. Y sí, necesitamos una tarde de relajación, ¿tienes cosas pendientes?
―No, le pedí a Syaoran que se hiciera cargo de la atención el resto del día.
―Perfecto, te recomiendo que le escribas para avisarle que llegarás muy tarde a casa. ―Sonreí, me divertiría junto a mi nueva amiga y haría algo diferente después de tanto tiempo―. Iremos al salón, y luego… vamos a recorrer tiendas.
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La tensión se sentía en el ambiente, había llegado el día del evento y desde la noche anterior estuvimos trabajando, afinando detalles y cuidando que nada nos fallara.
Los medios de comunicación llegaron un día antes para preparar un reportaje especial, los de logística se encargaron de disponer el escenario con las cosas que Sakura y yo habíamos comprado, fueran colocadas en lugares estratégicos. Ese fue un regalo de mi parte, no me importaba gastar mi dinero, me sentí bien al hacerlo.
Cinco puestos fueron colocados de manera estratégica: arte, cocina, artes marciales, literatura y el de información. Mi idea era, que después de esta exposición, la casa hogar tuviera las herramientas para generar empleo y un ingreso económico sin necesidad de pedir donaciones.
Contarían con nosotros siempre que estuvieran presentes en el presupuesto de la compañía, pero el plan era que ellos no dependieran de nadie más y no repitieran la historia del año pasado.
―¿Te parece si me acompañas, Tomoyo? ―preguntó Sakura, se acercó una vez vio que los periodistas me habían dejado sola. Faltaban nada más unas horas para dar inicio y ellos querían tener alguna exclusiva.
―Claro, ¿pasa algo malo? ―consulté, por fortuna, ella había dejado a un lado la ansiedad y su sonrisa me lo confirmaba.
―Oh no, todo está bien… solo creo que es un buen momento para dar palabras de ánimo a todos, están detrás del escenario.
Recordé mis días de competencias, mi papá siempre había hecho eso. En más de una ocasión yo estaba nerviosa antes de participar y escuchar sus palabras de ánimo y orgullo eran más que suficiente para calmar toda ansiedad. No me importaba si ganaba o no, verlo a él, ya era mi mayor premio.
Acepté la sugerencia de Sakura y la acompañé hasta donde estaban todos reunidos. Eriol, Syaoran y otros colaboradores los acompañaban y claramente se podía notar las ganas de salir corriendo que algunos tenían en sus caritas.
―¿Están listos? ―pregunté, llamando la atención de todos―. Quiero que sepan que hoy es un día especial para todos, aún más para mí. Hemos ganado algo especial en este tiempo de preparación y les aseguro que no es el único logro que obtendrán, al terminar, podremos ver los frutos de nuestro trabajo.
―Estamos muy agradecidos contigo, Tomoyo ―habló Sakura, en sus ojos el brillo inconfundible de lágrimas deseando caer libremente―. Tu llegada a este pueblo ha sido la mayor bendición que podemos recibir, de no ser por ti…
―Un momento, por favor. ―Tenía que detenerla, de lo contrario, las dos nos pondríamos a llorar―. ¿Quién va a sudar en el cuadrilátero?, ¿quién hará una exposición de pintura en vivo? Yo no, así como tampoco me subiré al escenario para cantar. Esto es obra de ustedes, yo solo he dado un pequeño empujón.
―Nunca olvidaremos lo que ha hecho por nosotros ―agregó Syaoran, con una sonrisa que pocas veces había visto en su rostro dirigida a alguien más que no fuera Sakura―. Sabía que los Daidouji eran una familia de buenos valores, aunque no lo había visto, ahora lo confirmo.
―Oh vamos, por favor. Esto aún no empieza, tenemos mucho por hacer ―tragué el nudo de emociones que empezaba a burbujear en mi interior―. Creo que todos ya deberían de estar en sus puestos.
Después de ese momento tan emotivo, empezaron a buscar sus áreas de exposición; todos menos el grupo de canto y su maestro, Eriol.
―¿Sucede algo? ―pregunté.
―Queremos darle las gracias por ser también nuestra guía en las prácticas. ―Una de las niñas, Hisako, dio un paso al frente―. Usted ha sido la mejor maestra que hemos tenido.
―¿Y qué pasa con el señor Hiragizawa? ―dije, quería reír, pero sentía que debía aparentar seriedad―. Él es el maestro de planta, yo solo he apoyado un poco.
―Usted es mujer y su voz es como la de un ángel ―agregó otra niña, Mikumi. En su rostro se notaba un ligero sonrojo―. Creo que así es la voz de una mamá.
Busqué la ayuda de Eriol con la mirada, hasta él se sorprendió por esas palabras. ¿Qué podía responder ante una súplica como esa? Porque eso era, una súplica. Esos niños no habían conocido a sus mamás y ante cualquier muestra de afecto ellos se aferraban. Deseaban tanto encontrar lo que habían perdido, que elevé una rápida plegaria deseando que más de alguna familia se acercara para adoptar a uno de ellos.
―¿Para qué nos quedamos? ―preguntó Eriol, habían sido los segundos más angustiantes de toda mi vida, pero él rompió la tensión.
―¡Tenemos un regalo para usted! ―exclamó otro de ellos, el pequeño Takumi.
―¿Para mí? Pero… pero si… yo no soy la que va a salir al escenario, ustedes se merecen el regalo ―dije, sin poder esconder mi sorpresa.
―Yo les dije que dirías eso, pero ellos insistieron.
Después de esas palabras, el grupo, que estaba formado por quince niños hizo un círculo; dejándonos dentro de él a Eriol y a mí. ¿Qué estaban planeando?
No tuve tiempo de pensar en una respuesta, porque Eriol puso frente a mí un ramo de hermosas orquídeas color púrpura. ¿Alguien les dijo que eran mis favoritas?
―¡Muchas gracias, Tomoyo! ―gritó todo el grupo, Eriol me entregó el ramo y cuando pensé que soltaría mi mano, no lo hizo; posó sus labios sobre ella por unos segundos.
Mi corazón empezó a palpitar a un ritmo frenético, uno que pocas veces había sentido en mi época de chica enamorada, pero a diferencias de aquellos tiempos; esta vez, se prolongó aún más. ¿Qué era toda esa revolución?
―Tenemos que ir a ocupar nuestros puestos ―me dijo, su voz sonó extraña, como un susurro. Despegó su mirada de la mía, luego se dio la vuelta viendo a los niños y dijo―: Los quiero a todos en una hora en este mismo lugar, aquí podrán ver la obra.
Poco a poco, los niños nos fueron dejando solos. Él sonrió una vez más y antes de hacer lo mismo que los demás, preguntó:
―¿Estarás aquí cuando sea nuestro turno de cantar?
No entendí el porqué de esa pregunta, pero una vez él me dejó sola fui a la entrada del nuevo auditorio. En ese lugar haríamos la reinauguración de las nuevas instalaciones, porque no solo se trataba de ampliar un espacio. Habíamos hecho una remodelación general, algunos de los salones todavía no estaban completamente decorados, pero era normal; me sentía agradecida con el equipo que viajó desde Tokio porque trabajaron sin descanso.
Di una vuelta por el área de exposiciones, todo estaba en su lugar: lienzos en blanco, tarros de pintura, un par de cocinas, mesas para preparar alimentos y el espacio en donde se colocó el cuadrilátero. Podía asegurar que esa exhibición sería la más concurrida por los niños que nos visitaran. Hasta yo quería ver el talento de Syaoran Li en esas circunstancias.
Segura de que todo estaba en su lugar, seguí el sonido de la algarabía. Allí ya estaban los niños de la casa, los colaboradores, los invitados de honor; entre ellos mi mamá, la prensa y quiénes habían comprado su entrada, asegurando con ello un valioso aporte a la causa.
Un poco nerviosa al ver los disparos de las cámaras, me acerqué a ellos. Mi discurso fue corto, pero envié un fuerte mensaje a quiénes tenían la capacidad de ayudar y se hacían oídos sordos al clamor de los más necesitados.
Viendo los rostros llenos de esperanzas de los más pequeños me convencí de que mi mamá había hecho bien al mandarme a Tomoeda, no me veía escapando de ellos, ni siquiera había tenido tiempo para pensar que en pocos días se cumplía un año más del fallecimiento de papá.
Corté, con ayuda de los niños el listón y una emoción inigualable me embargó. Sakura y todo su equipo se hicieron a un lado y todas las personas empezaron a entrar.
―Sabía que eras la indicada para este trabajo ―dijo mamá, colocándose a mi lado.
―¿Lo dices en serio? ―pregunté y me refugié en sus brazos.
―No puedo creer que dudes de ti misma ―sonrió, acariciando mi cabello―. ¿Por qué no entramos para que lo confirmes?
Apenas dimos cinco pasos en el interior de la casa, nos vimos rodeadas de la prensa, mamá amablemente respondía las preguntas que vinculaban nada más este proyecto y se limitaba a pasar aquellas que de momento, no eran relevantes.
Nos acercamos a los socios de la empresa y en compañía de Sakura empezamos el recorrido por toda la casa. Un poco nerviosa ella respondía a las preguntas que le hacían y en más de una ocasión intervine en los aspectos que me concernían a mí.
Todos estaban satisfechos, podía notarlo, Naoko estaba en el área de información explicando sobre el proceso de adopción a un grupo de personas que la rodeaban. Decidí contratar a más personal para que apoyaran en las distintas secciones y la idea funcionó, porque mientras la recepcionista hablaba, una chica entregaba volantes que diseñamos para la propaganda.
Nuestro recorrido terminó en el cuadrilátero de artes marciales. Sakura estaba notablemente emocionada al ver a su esposo usando el traje ceremonial del gongfu, disciplina que se practicaba en China. Él se colocó en el centro del ring para presentar a su asistente; el joven Akira se había convertido en su fiel discípulo casi desde su llegada a la casa. Al ser un adolescente de casi quince años, tenía pocas probabilidades de ser adoptado, pero no perdían las esperanzas.
La demostración dio inicio y todos estaban concentrados con el estilo que ambos hombres ejecutaban. La coordinación casi perfecta, era como una danza. Los aplausos no tardaron en escucharse y eso que ellos todavía no habían terminado.
―Tomoyo… falta poco para que los niños de la escuela den inicio con la obra ―Sakura susurró cerca de mí, era verdad, yo debía llevar a nuestros invitados de honor a los lugares que reservamos.
―¿En serio? ―pregunté con un poco de pesar, estaba interesada en ver el final de la exhibición, sin embargo, no me quedé.
Le indiqué a nuestros invitados el lugar por el que me debían de seguir y poco a poco nos fuimos alejando de los puestos en que se habían dado las exposiciones.
―Esta es nuestra última parada ―dije, cuando todos estuvimos en la entrada del auditorio recién modelado, era el momento en el que nuestra idea empezaría a ser analizada si valía la pena o no ponerla en práctica, esperaba que sí―. Dentro de poco verán la obra "El Cascanueces'' y después de eso un mini concierto navideño por el grupo de música de esta casa, espero sea de su agrado.
Los dejé ocupar sus lugares y me senté al lado de mamá. Disfrutaría con ella de la obra y después me iría detrás del escenario, quería estar cerca y que los pequeños sintieran mi apoyo. Me interesaba que al final de este evento, las personas que nos habían acompañado desearan poner en práctica alguna de las actividades y convertir esta casa en una academia.
Unos minutos antes de que la obra diera inicio, las butacas empezaron a llenarse. Estaba muy emocionada porque ver a tantas personas esperando el final de nuestro evento, quería decir que les interesaba saber más y eso podría significar que sí habíamos cumplido con nuestra meta.
La obra empezó y aunque en el pasado le huía a ver esas cosas, me agradó hacerlo y más porque estaba con mamá; compartiendo como teníamos tiempo de no hacer. Normalmente terminaba huyendo a mi habitación o a otro lugar en dónde la Navidad no era de gran importancia.
―Tengo que dejarte, mamá ―dije cuando noté que la obra estaba a poco de terminar, un grupo de niños esperaban por mí―. Te veo cuando todo termine y nos reunamos con el comité.
―Anda, nos vemos más tarde. ―Antes de abandonar mi lugar en silencio, ella tomó mi mano y me obligó a inclinarme para escuchar su pregunta―: ¿Cenarás conmigo este martes?
―¿Martes? ¿Qué hay ese día? ―pregunté.
―Es Noche buena, hija. ―Por unos segundos me quedé congelada en el mismo lugar. Todo este tiempo estuve tan enfocada en el trabajo que olvidé todo lo que esos días significaban para mí. Normalmente visitaba la tumba de papá en soledad y le pedía perdón una y otra vez.
Todavía me sentía culpable, seguía repitiendo el evento y sabía que si yo no hubiera insistido en que él tenía que estar viendo mi participación, tal vez… papá estaría sentado al lado de mamá.
―Hablamos cuando todo acabe. ―Fue lo único que dije, abandoné las butacas. Llegué a la parte trasera del escenario y el grupo de canto ya estaba esperando que la obra se terminara para ocupar el lugar que les correspondía.
―No olviden que esto se trata de otra práctica más ―escuché que Eriol les decía―. Vamos a divertirnos e invitar a otros niños a formar parte de esto.
―Lo que dice el profesor Hiragizawa es totalmente cierto ―dije, acercándome a ellos―. Ustedes ya han ganado y les puedo asegurar que vendrán cosas mucho mejores.
―¿Nos verá cantar, señorita Tomoyo? ―preguntó una de las niñas, se notaba muy ansiosa, podía entenderla. Recordé una vez más las veces que le hice esa misma petición a papá. Aparté el dolor que empezaba a sentir y le respondí:
―Claro que sí, Inui, estoy muy interesada en escuchar tu solo.
―¡Daré lo mejor de mí! ―dijo, con emoción.
―Muy bien chicos, es nuestro turno ―Eriol llamó nuestra atención y los niños regresaron al lugar que antes ocupaban―. Nos vemos más tarde, Tomoyo.
Los aplausos de felicitación se escucharon. Había terminado la obra y mi corazón se estremeció, era como si quién iba a cantar era yo. Me acerqué al telón que aún no levantaban y los vi, todos estaban listos; se colocaron de manera que pudieran tener contacto visual con su maestro y el público.
El presentador anunció que ese acto era el último del evento, agradeció a todos aquellos que nos acompañaron y que mostraron interés por los servicios que se brindaban.
Las luces del escenario se apagaron, el telón fue elevado y las exclamaciones de asombro no se hicieron esperar. El escenario cambió en su totalidad, el equipo de logística quitó rápidamente los castillos y en su lugar colocaron nieve artificial, faros encendidos, paredes que simulaban las casas y otros elementos que hacían ver al espectador que estaban frente a una escena propia de la Navidad.
Después del conteo regresivo, Eriol empezó a tocar las canciones que habían estado practicando, eran un total de seis. Se escuchaban tan diferentes, una energía familiar los rodeaba, como si ya los hubiese escuchado cantar y no solo me refería a los ensayos de días pasados.
El programa fue avanzando, Eriol aprovechaba algunos minutos para darles un descanso a los niños, contaba un poco de lo que hacían en las clases de canto y la meta que se proponía para el futuro: llevarlos a una competencia regional. Él era todo un profesional y además, se dedicaba con mucho cariño a la enseñanza de la música.
Para terminar, cantaron la composición de Eriol y yo esperaba escuchar esa interpretación. Inui, con su voz fue capaz de transmitir la súplica de todos ellos, y mía también de tener un hogar, porque yo fui como ellos. Solo deseaba que sus vidas cambiaran desde ese día. Noté, aún a la distancia, como algunas mujeres se emocionaron al punto de las lágrimas; lo habían logrado. Consiguieron transmitir lo que ellos sentían, solo faltaba que empezaran a actuar de verdad.
La ovación del público no se hizo esperar, todos se pusieron de pie, y entre aplausos y vítores los felicitaron por la magnífica interpretación.
―Ha sido un honor tocar y cantar para ustedes ―Eriol dijo, cuando los aplausos dejaron de escucharse―. Según el programa, este es el final, pero cierto día; los niños me comentaron que deseaban hacer un regalo a la persona que ha hecho esto posible.
Después de escuchar todas esas cosas, quise escapar, pero mis pies se negaron a responder la orden y Eriol hizo silencio por unos tortuosos segundos, miró en mi dirección y terminó diciendo:
―Es por eso, que queremos dedicarle esta última melodía.
*Enlace*
ver video "Dance with my father" de Celine Dion
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Los aplausos se escucharon una vez más en todo el auditorio, miré en todas las direcciones; buscando un escape. Pero, detrás de mí estaba Sakura que hacía todo lo posible por contener las lágrimas, sin embargo no dejaba de sonreír.
Los aplausos cesaron y Eriol empezó a tocar el piano de nuevo, presté atención a la melodía. Me era familiar, a pesar de tener muchos años sin cantar, podía recordarla. Como si la hubiera escuchado ayer.
Cerré mis ojos y me dediqué a sentir la canción, los niños todavía no cantaban, pero mi mente ya estaba en otro lugar.
―Papá ―susurré aguantando las lágrimas. Me acerqué al telón, de modo que pudiera ver a mamá entre el público. Ella miraba con embeleso a los niños mientras cantaban.
Ella sí dejó caer libres sus lágrimas. Cuántas noches, cuando mamá y yo discutíamos, corría hasta los brazos de papá. Él se reía conmigo y al final, me mandaba hacer lo que mamá me pedía.
Recordé las veces que a escondidas los miraba bailar en el despacho y la ocasión en que él me descubrió, soltó suavemente a mamá y se acercó a mí para que me uniera a su danza.
Conforme fui aceptándolos como mis padres, me levantaba en sus brazos y bailaba conmigo después de hacerlo con ella, me encantaba la sensación de protección que él me regalaba.
Daba vueltas conmigo hasta que caía dormida y luego me llevaba por las amplias escaleras. Me depositaba en la cama y su beso de buenas noches me hacía sentir amada.
Después que él se marchó, habían sido muchas noches en las que ella no se dio cuenta y escuché cómo lloraba. Recé repetidas veces, más por mamá que por mí, pero me di cuenta que no sería suficiente, él nunca regresaría y cada día una parte de ella moría.
¿Por qué tuvo que irse tan pronto? Preguntaba viendo al cielo, todavía nos hacían falta muchas cosas por vivir.
Recordé los paseos por el parque, las prácticas de canto, las noches de enfermedad en que él siempre estaba y por primera vez en mucho tiempo; me sentí verdaderamente culpable. No por su muerte, le había negado a él la oportunidad de que su memoria no estuviera empañada de dolor. Pasé muchos años sufriendo por mí, pero nunca me puse a pensar en él; en sus deseos y en el dolor de mamá.
Papá decía que su anhelo más grande era vernos felices a las dos, que no existía mejor regalo para él que ese. ¿Qué estaba haciendo yo con mi vida?
―Vivir miserablemente ―susurré y me dejé caer en el helado suelo.
―¿Estás bien? ―De inmediato, sentí las manos de Sakura intentando ayudarme a ponerme de pie―. ¿Por qué lloras, Tomoyo, te duele algo?
Negué repetidas veces moviendo la cabeza, no podía hablar, no sabía qué responder. Conseguí ponerme de pie y me aparté de ella, corrí hasta dónde podía llorar libremente, no estaba escapando, necesitaba un refugio y no sabía si mamá podría darme eso.
Llegué hasta la oficina que aún ocupaba y me encerré. No me importó caer de nuevo y llorar. Le había fallado a papá, ¿cómo estaría él si pudiera verme? ¿Él estaba presente? No fui capaz de concederle lo único que nos había pedido.
―Tomoyo, abre la puerta, por favor. ―Esas palabras sonaron acompañadas por suaves golpes a la puerta―. No me alejes más, hija. No puedes seguir sufriendo así.
Apenas levanté la mano para abrir y sin reparar en ella. Escuché sus suaves pisadas adentrarse a la oficina, pero no la vi. A los pocos segundos un suspiro llegó a mis oídos y sus brazos me envolvieron en un abrazo, uno que me había negado a sentir por mucho tiempo.
―Perdón, mamá, perdón ―dije, después de un rato de llanto ahogado―. Le fallé a papá, te abandoné a ti.
―No Tomoyo, no tengo nada que perdonar ―respondió mamá y la fuerza de su abrazo se intensificó, hasta la escuché suspirar―. Puedes llorar todo lo que quieras, pero no te escapes así de mí, eres lo único valioso que tu papá me dejó y no quiero perderlo también.
―Nunca pensé verdaderamente en ti ―me aferré más a sus brazos y expresé lo que estaba descubriendo―. Me encerré en mi propio dolor, a pesar de que sabía que tú también sufrías, nunca lo sentí de verdad.
―Mi sufrimiento era porque mi hija olvidó que yo también perdí una parte de mi vida y por partida doble, también te perdí a ti. ―Quise abrir la boca para refutar, pero no me dejó―. Aunque la muerte de tu papá fue inesperada, pude darme cuenta que él me dio todo lo que yo no sabía que necesitaba.
―Pero…
―Me dio una razón para seguir viviendo, tenía que velar por una pequeña que nos necesitaba más que nunca, si tu no estuvieras en mi vida… yo de verdad estaría muerta.
―No mamá… tú no estás sola…
―¿Me lo prometes? ―Levanté el rostro al escuchar esa pregunta, ella también estaba llorando, pero eso no opacaba la sonrisa que me regalaba.
―Te lo prometo, mamá.
Me refugié una vez más en su pecho y lloré de nuevo. Lloré por todos los momentos en que ella no tuvo el consuelo que yo sí, por las noches en que nadie la abrazó hasta que se quedó dormida y por las veces en que tuvo que celebrar la Navidad en soledad.
―Bueno, ya hemos perdido mucho glamour ―dijo después de un momento en silencio, miré mi reloj y me asusté, fue mucho tiempo―. Usted, señorita Daidouji, tiene un trabajo que terminar. Así que ―sacó de su bolso un paquete de toallas desechables y me las entregó―, recupera el brillo de tus ojos y termina lo que empezaste.
Cumplí su orden y después de darle un beso, salí de regreso al auditorio, esperaba encontrarlos todavía.
―¿Estás bien, Tomoyo? ―encontré a Sakura en el mismo lugar, en su rostro la preocupación bailando, esperaba que en mi ausencia nada malo hubiera sucedido.
―Estoy bien, perdón por lo de hace un rato ―me disculpé y busqué a un grupo de personas que necesitaba ver―. ¿Has visto a los niños del coro?
―Oh sí, están esperando por ti en el escenario ―señaló, sonriendo―. Ah, y no te preocupes, la gente ya se ha ido, tus invitados de honor están en la sala de juntas comiendo el banquete y Syaoran, Naoko y yo nos estamos haciendo cargo de preparar el informe de hoy.
―Gracias por todo, Sakura ―dije, quería abrazarla, pero mi segundo agradecimiento de esa manera, sería para otras personas―. En un rato les ayudaré.
―Para nada, ve, te esperan.
Sin insistir, obedecí. Levanté el telón y los vi, algunos estaban sentados en el suelo de madera, otros corrían en todo el escenario y los más grandes, conversaban con su maestro.
―H-hola… ―Apenas escucharon mi balbuceo, todos dirigieron la mirada a dónde yo estaba. Corrieron con preocupación bañando sus inocentes rostros.
―¿Qué le pasó?
―¿Se enfermó?
―¿No le gustó nuestra canción?
Esas y otras preguntas salieron de sus labios, pero solo iba a responder la más importante; no podía romper sus corazones.
―Ha sido la interpretación más hermosa que escuché en toda mi vida ―dije, con lágrimas acumulándose una vez más en mis ojos, las aguanté y les aplaudí con emoción―. Creo que soy yo quién debía darles un ramo de rosas a cada uno por tan maravilloso concierto. Estoy muy orgullosa de ustedes. ¡Felicidades!
―¿De verdad le gustó? ―preguntó Inui.
―¿Puedes ver cómo el maquillaje se me ha corrido de mi rostro? ―señalé y le guiñé un ojo―. Este es el resultado de lo que ustedes lograron. Cuando un artista conmueve a quién lo ve o escucha hasta las lágrimas, quiere decir que ha triunfado.
―Pero nosotros no queríamos hacerla llorar ―se quejó otro de los niños.
―Cuando sean grandes lo entenderán ―Eriol intervino y significó mi salvación, no quería ahondar en el tema, un paso a la vez―. Deberían de ir a dónde Sakura les dijo después de hablar con la señorita, ya es hora de cenar.
Todos protestaron, más no ignoraron la orden. Se despidieron de Eriol chocando las palmas y aproveché que cada uno pasaba al lado mío, para darles un abrazo.
―Gracias…
―Los niños son capaces de poner en situaciones incómodas a los adultos ―dijo él, encogiéndose de hombros.
―¿Y usted no es adulto? ―no pude evitar preguntar―. Pero mi agradecimiento no se debía a eso… la canción, no la escuchaba desde… ―negué internamente, no era necesario decir más―. Fue una interpretación hermosa.
―Algo me decía que era la canción ideal, y a los niños les gustó el significado ―explicó y se encogió de hombros, una vez más―. Y tampoco pierdo la esperanza de que algún día, me des la oportunidad de escuchar esas cosas que te has guardado, soy un hombre muy paciente.
―Pero… yo… hay cosas que puedo guardarme para mí, si así lo deseo. ―Por un momento, empecé a dudar, pero por mucho que me agradaba no iba a dejar que me pusiera nerviosa―. Aún quedan cosas por hacer, necesito reunirme con Sakura, su esposo y con los inversionistas de la empresa de mamá. ¿Te quedarás aquí?
―Oh no, no me perdonaría si la dejo ir sola ―Eriol se puso al lado mío, ahuecó su mano izquierda invitándome a caminar a su lado. Suspiré y lo acepté. Cuando llegamos a la sala de reuniones, él me soltó y por increíble que pareciera; extrañé su contacto.
―Que bueno que están aquí ―Sakura se acercó a mí, estaba notablemente emocionada. ¿Acaso los inversionistas ya habían hablado?―. Tenemos listo un informe preliminar, en un par de días el oficial.
―¿Ya hablaron con ustedes los inversionistas? ―pregunté cuando vi a su esposo, acercarse a nosotros.
―Así es, hace poco ―Sakura se mordió los labios, las lágrimas bailando en sus ojos―. ¿Les dices, Syaoran?
―Claro, pero primero quiero empezar con el informe preliminar ―respondió, observando los papeles que tenía en las manos―. Aquí están las fichas de cinco parejas que se acercaron a Naoko para preguntar sobre el proceso de adopción. ―Mi corazón se estremeció al escuchar esa noticia, pero por la expresión en el rostro de Sakura y su esposo, todavía había más―. En este lado, están las fichas de inscripciones para todos los cursos y quiero resaltar que hay más niños anotados en el curso de artes marciales.
―Eso no me preocupa, la música atrae y estoy seguro que pronto tendré a muchos niños y adolescentes haciendo fila para recibir mis clases ―comentó Eriol, siguiéndole la corriente a su primo―. ¿Eso es todo, o todavía hay más noticias?
―¡Claro que hay más! ―comentó Sakura―. ¿Verdad, cariño?
―Así es, los inversionistas de la empresa Daidouji han hablado con nosotros y nos han ofrecido un trato ―calló apenas unos segundos, pero fueron los más lejanos que sentí―. Nos han ofrecido contratar más personal: para apoyar en los cursos, en el cuidado de los niños, para ayudar a Naoko en recepción y enfermería.
―Esa es una maravillosa oferta, ¿aceptaron? ―pregunté, ni yo sabía lo que habían decidido ellos, pero estaba satisfecha con lo que les ofrecieron.
―Claro que sí ―intervino Sakura―. El patrocinio será por un año y también nos han puesto una meta: las ganancias de este año las podremos destinar para pagar el salario de todo el personal y ellos destinarán el mismo presupuesto para el mantenimiento del edificio.
―Los financiamientos se renovarán hasta que seamos totalmente independientes a nivel económico ―agregó Naoko―. Es la mejor oferta que hemos recibido.
―Eso sin contar las llamadas que hemos atendido gracias al reportaje que se hizo del evento. ―Más orgullosa no podía estar, todo había resultado un éxito total; todo gracias a papá y su deseo por hacer sonreír a quiénes habían dejado de hacerlo.
Sakura se encargó de contarnos a los demás acerca de lo que se había recaudado ese día, todos estaban felices y parte de esa emoción la sentía yo también.
―Esto lo tenemos que celebrar ―comentó Naoko, llamando nuestra atención―. ¿Qué dicen?
―¿Les parece reunirnos un día después de Navidad? ―sugirió Sakura. Disimulando un poco, miré a mamá con sus invitados que ya se estaban poniendo de pie; lo mejor era acercarme a ellos y agradecerles el apoyo.
―Quiero agradecer en nombre de Empresas Daidouji el apoyo que el día de hoy nos han dado ―dije, cuando llegué con ellos haciendo una reverencia. Nunca había sido testigo de tanta bondad en un solo día y quería que lo supieran―. Las expectativas de este evento han sido superadas y estoy segura que de ahora en adelante, la casa hogar será vista con otros ojos.
―Eso era lo que Tomoki deseaba, pequeña ―respondió uno de los mayores inversionistas, amigo de papá―. ¿De qué nos sirve tanto dinero si al final todos iremos a parar al mismo lugar? Vamos a compartirlo y ser testigos de estos milagros, usted ha logrado muchos el día de hoy.
―Fue un trabajo en equipo ―aseguré y miré a mamá, ella estaba conteniendo las lágrimas, pero eran de orgullo. Para que nadie le preguntara qué le sucedía, dije―: El vehículo que los llevará de regreso al hotel debe de estar por llegar, con gusto los acompañaré.
Uno a uno, fueron abandonando la sala recibiendo palabras de agradecimiento de Sakura y su equipo. Cuando solo quedaba mamá me acerqué a ellos para también despedirme, necesitaba descansar.
―¿Te unirás a nuestra celebración? ―preguntó Sakura, tomándome de las manos―. No tienes idea de lo felices que nos has hecho a todos, en especial a mí, tanto que ya te considero parte de la familia.
―Bueno… yo… te agradezco el título, a mí también me agradó mucho trabajar contigo. ―Sakura no me dejó terminar de hablar y me abrazó, no dejaba de repetir la palabra "gracias" y estaba segura que también estaba llorando.
―¿Vienes con nosotros? Syaoran trajo la camioneta, allí alcanzaremos todos ―insistió.
―Yo… creo que no…
―Tomoyo no tiene problemas en acompañarlos ―mamá se puso al lado mío y me abrazó, sabía lo que estaba intentando hacer. Pero yo tenía otros planes en mente―. Han hecho un estupendo trabajo, fueron casi dos meses, es lo menos que se merecen.
―Muchas gracias, Sonomi Daidouji ―Syaoran se acercó a mamá, tomó su mano y depositó un beso en ella―. Ha sido un placer verte de nuevo y en estas circunstancias.
―A mí también me ha agradado verte una vez más, Syaoran ―ella sonrió de nuevo y se encaminó a la puerta―. Ha sido un gusto estar acá, diviértanse mucho. ¿Cuándo te veré, Tomoyo?
No había que ser un genio para saber el porqué de esa pregunta, ella daba por sentado que yo haría lo mismo de todos los años: escapar.
―Pronto, mamá, pronto. ―La dejé salir sola, necesitaba hablar con Sakura antes de hacer lo que había planeado.
―En ese caso, podemos irnos ―anunció mi amiga.
―Sobre eso, Sakura… no podré ir con ustedes ―dije y la decepción se reflejó en su rostro―. Pero hay algo que me gustaría pedirles.
―Claro, lo que tú quieras ―respondió ella, de inmediato.
―Bueno… yo quería saber si hay un puesto vacante aquí ―Sakura me miraba con toda la duda en sus ojos, ¿no había sido muy clara mi petición?―. Estudié la carrera de Leyes y me parece buena idea que tengan un asesor legal de manera permanente y más si hay interesados en adoptar.
―¿La escuchaste, Syaoran? ―preguntó llamando a su esposo―. ¡Tomoyo quiere trabajar con nosotros!
―Estoy a tu lado, cariño, no grites. ―Tuve que reírme al escuchar esa petición y él continuó―: ¿Está segura? No es que yo no quiera, pero en Tokio tendrá mejores oportunidades laborales que en este lugar.
―No estoy pidiendo que me paguen por lo que haga acá ―dije, con seguridad―. Solo quiero ayudar y estoy segura que me necesitarán, ¿estoy dentro?
―En ese caso… ―dijo, extendiendo su mano―. Bienvenida a la cueva.
Los aplausos de emoción no tardaron en escucharse, sonreí agradecida, pero todavía tenía cosas que hacer.
―Regresaré después de las vacaciones navideñas ―dije y por dentro me reí porque estaba haciendo lo mismo que me hicieron en la universidad, sin embargo empezaba a entenderlos―. ¡Feliz Navidad a todos!
Diez años sin decir esa frase y aunque había cierta incomodidad, no era como antes. Tenía mucho trabajo por hacer y no se trataba del ámbito profesional, debía sanar mi alma y sabía por dónde debía de empezar.
Salí de la sala de juntas esperando encontrar todavía el vehículo que había traído a nuestros invitados, pero mala fue mi suerte al llegar al parqueo y no verlo estacionado.
―A buena hora entregué el carro ―dije, cruzándome de brazos. Saqué mi celular para pedir un taxi, no podía perder más tiempo.
―¿Necesita transporte privado la señorita?
―¿Eriol? Deberías de estar con tu familia y amigos ―él sonrió y negando con la cabeza, respondió―:
―Debería, pero sé que puedo ayudar más si te llevo a tu hotel. Vamos, sube. ―Ni siquiera lo pensé, rápidamente me subí al carro y le agradecí el gesto. Él salió del parqueo y me acomodé en el asiento.
―Gracias, me has salvado.
―Oh, no es nada. Me encanta ser el príncipe de brillante armadura que las niñas leen en los cuentos y que las mujeres tanto desean.
―Es una lástima, yo prefiero a los guerreros ―cubrí mi boca al instante, ¿por qué dije eso?
―También puedo ser solo tu guerrero, si así lo deseas ―Eriol apagó el motor del carro después de estacionarse, ¿llegamos tan rápido?―. Podría viajar a Tokio e invitarte a cenar después de destruir un par de dragones.
―Los… los dragones no existen. ―¿Mi consciencia se estaba burlando de mí? Miré por la ventana y me di cuenta que habíamos llegado, mi oportunidad para escapar, esta vez si era necesario―. Yo… bueno… gracias por traerme.
No le di oportunidad de decirme nada más, me quité el cinturón de seguridad y salí del carro como si mi vida dependiera de ello. Me detuve al llegar a la recepción para recuperar el aire y tranquilizar a mi corazón, ¿por qué latía así?
No me molesté a pensar en esa respuesta y pasé directo a mi habitación, dejé mis cosas en la primera mesa que encontré. Me miré en el espejo y aunque sabía que era la misma Tomoyo de hace unos meses, sentía algo diferente en mí. Era la decisión y el propósito de hacer algo diferente.
Salí de mi habitación en búsqueda de una persona, la que tanto necesitaba ver y a quién había dejado en soledad.
Toqué la puerta, los pasos se escucharon dentro de la habitación. Contuve la respiración y cuando ella abrió, me recibió con una sorpresa.
―Pero… ¿qué haces aquí?
―Quiero visitar la tumba de papá y después de eso celebrar la Navidad ―dije, con las lágrimas una vez más intentando salir―. Pero todo eso lo quiero hacer contigo, mamá.
No tardó ella en tomarme entre sus brazos y soltarse a llorar. Mamá empezó a repartir besos en mi rostro y mi cabeza susurrando palabras de agradecimiento. Solté una risa porque esas muestras de afecto también habían desaparecido y me alegraba sentirlas de nuevo.
―Perdón hija, me emocioné ―mamá me soltó, me tomó de la mano y me metió a su habitación.
―Está bien, mamá, no pasa nada.
―¿No estoy soñando, verdad? ―preguntó y quise reírme, pero con seriedad, le respondí:
―Hice mal las cosas, mamá. De ahora en adelante, no escaparé, mucho menos de ti.
―No es necesario, Tomoyo…
―Sí lo es, mamá. Hablamos de esto en la casa hogar y lo reafirmo ahora. Mañana regresaremos juntas a Tokio, visitaremos a papá y prepararemos la cena navideña que a él tanto le gustaba.
―Este es el mejor regalo que he podido recibir ―afirmó, me abrazó y llorando una vez más, ella le agradeció a papá por el milagro.
―Me quedaré a dormir contigo ―dije, envolví su cintura y suspiré llena de felicidad.
Muchos años me mantuve en un escape continuo, pensando que de esa manera iba a olvidar. No sabía que estaba cometiendo un error y gracias a todo lo que había vivido en esos dos meses, me di cuenta que debía transformar ese dolor en esperanza. Papá estaba en un lugar mucho mejor y yo no debía dudar de que algún día me encontraría con él y le daría los abrazos que ya no pude darle, bailaríamos las canciones que nos faltaron y cantaría para él eternamente.
Mi celular empezó a sonar interrumpiendo mi abrazo con mamá. Miré la pantalla que me anunciaba que tenía un mensaje pendiente, al abrirlo, mamá alcanzó a leer y se le escapó una risita de asombro.
22:35
En cinco días llegaré a Tokio, tengo unos dragones que cazar. ¿Me acompañas?
Eriol H.
―¿Quién es ese chico? ―preguntó mamá, conteniendo la risa.
―Solo un amigo del trabajo, vamos ya a dormir ―me puse de pie y rápidamente me encerré en el baño, escribí un corto mensaje y lo mandé sin necesidad de pensarlo dos veces.
22:38
Al único que voy a cazar, es a ti.
Sabía que iba a recibir su respuesta, pero no me detuve. Tenía cosas más importantes por hacer y si él quería "ir de caza" lo haría a mi modo.
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N/A: Buenos días/tardes/noches. Espero estos días los estén viviendo con mucha esperanza, emoción y felicidad. Quiero contarles que mi querida Diosa de corazón negro (derechos reservados) me invitó a participar en este proyecto y como no acostumbro a hacer nada para estas fechas. Acepté. ¡Me invitaron a un proyecto!
Y como la vida se burla de mí, la idea en la que tenía que basarme fue: "Escapando de la Navidad" y las que me conocen de inmediato: ideal para Wonder Grinch. Y yo tipo: ¿Ahora qué diablos escribo?
Misteriosos son los designios de la musa, si señor. Porque lo ideal hubiese sido basarme en algo tipo Grinch si así me siento, pero analizando un poco al personaje en cuestión recordé que él no odiaba la Navidad, odiaba a las personas que le dieron la espalda, creo que pasé una semana con mi amiga CherryLeeUp discutiendo las ideas y ella me las botaba porque no tenían base sólida.
Así que, me fui por mi fuerte: la realidad. Les escribí esta historia en la que Tomoyo sufre a pesar de tanto tiempo por la muerte de su papá y ha pasado diez años escapando de esa celebración, pero no lo haría por siempre y creyendo que en Tomoeda podría hacerlo, le salió el tiro por la culata. Tuvo que enfrentar la realidad que ella vivió al ver a esos pequeños y se dio cuenta del error que había cometido todo ese período.
El momento ideal para pensar en los más necesitados no debería de ser solamente en Navidad. Y aunque nuestra situación económica no nos permita dar la ayuda que les garantice algo bueno y bonito, la compañía vale más que cualquier suma de dinero. Por eso, no olviden visitar a ese familiar que vive solo o si pueden organizar una visita a un asilo u hogar de niños para jugar con ellos, les aseguro que se ganarán el cielo.
Y sí, una vez más tomé a Eriol y a Tomoyo como protagonistas, aunque no hay un romance en sí; se da a entender que entre los dos se está cocinando algo. Se me ocurrió una idea más y tal vez, muy pronto les pase una parte más de esta larga historia.
No haré más larga esta nota, solo me queda agradecerles si llegaron hasta el final de este relato. Dar las gracias a mi amigo Pepsipez por sus correcciones y observaciones y a CherrysFeathers por invitarme a formar parte de este proyecto.
Deseo que pasen una Feliz Navidad en compañía de sus familias y que la abundancia reine en sus hogares.
Se despide de ustedes: Wonder Grinch/Lady Isabella
