Nuestra Primera Navidad Juntos
Sakura observaba el panorama desde todos los ángulos posibles, pero por más que buscara la manera de ganar, ya era demasiado tarde. Desde el momento en el que las piezas comenzaron a caer una a una, se supo perdida; sin embargo, lo que la mantuvo estoica en aquella sala fue el espíritu competitivo que la caracterizaba, a pesar de las inmensas ganas que sentía de arrojarse por la ventana.
Al verlo mover la última pieza de ajedrez, en un gesto casi involuntario, la muchacha apretó los labios en una fina línea tras cerrar los ojos. Era el final de todo...
—Jaque mate —susurró, palpando, saboreando cada una de las letras que lo coronaban como el campeón del juego.
La muchacha bufó con fastidio y dejó caer la cabeza entre las manos que posó en la mesita de centro de sala.
—No seas niña, Sakura —comentó en tono juguetón.
—¿Cuál será mi castigo? —quiso saber en hilo de voz, sin salir del escondite improvisado que suponían sus manos.
—Veamos… —Con un gesto pensativo, acariciándose el mentón, disfrutó de la tortura que la espera provocaba en su acompañante—. Pasar la noche conmigo —comunicó con una ceja alzada y sonrisa socarrona.
Sakura se incorporó de golpe, el rostro sonrojado y la mirada como la de un cordero a punto de entrar al matadero. Syaoran soltó una risotada ante el desconcierto de la muchacha y negó en un suave movimiento.
—Qué pervertida eres —acusó.
—¡¿Yo?! —exclamó con indignación—. ¡Pero si has sido tú él que...! —calló abruptamente. Syaoran solía tomarle el pelo con frecuencia solo para verla rabiar y hacerla pasar vergüenza—. Idiota —musitó, desviando la mirada de la achocolatada.
Syaoran se encogió de hombros, restándole importancia.
—El asunto es que este año no iré a China para navidad. Madre tiene asuntos que resolver y, la verdad, no quiero pasarla solo —concluyó con la mirada fija en los ojos color jade.
—La temporada navideña no es de mi agrado.
Syaoran observó en silencio como Sakura introducía las piezas del juego en su respectiva caja y rehuía su mirada.
—Comprendo que las personas pierdan el interés con el paso de los años —comentó sin perder detalle de los torpes movimientos ejecutados por la muchacha—. Pero lo que tú haces… no sé ni cómo describirlo; le tienes una especie de repulsión poco usual.
Sakura soltó un suspiro cansino, colocó la caja sobre la mesita de centro y, en un tono impropio, aseveró:
—Solamente no me interesan esas tonterías. No es un crimen y tampoco soy la única persona en el mundo que ve diciembre como un mes cualquiera del año. Si quieres que te haga compañía, bien… lo haré, pero no me pidas que me reúna contigo a cantar villancicos y fingir una emoción que no comparto.
—¿Por qué no? —cuestionó, tomando la pequeña mano entre la suya y llevando la otra al rostro de la muchacha. Ante el cálido roce, Sakura cerró los ojos y Syaoran percibió un leve temblor que no supo interpretar si era por su atrevimiento o por otra cosa—. ¿A qué le temes, pequeña? Por favor, dímelo.
La súplica causó un sentimiento de arrepentimiento en ella. Escondió el rostro en el hombro del muchacho, librándose de las caricias.
—Llévame a casa —rogó.
Syaoran la sujetó por los hombros, obligándola a separarse de él. Sakura sintió un nudo formarse en su estómago; la intensa mirada con la que el muchacho la estudiaba se le antojó dolorosamente insoportable. La habitación se sumió en un mutismo sepulcral y ella comenzó a jugar con los dedos en su regazo. Cuando se armó de valor para hablar, él se adelantó:
—Iré por las llaves.
oOo
—Mis notas universitarias han sido mejores que las tuyas —se mofó.
—Eso no significa que seas mejor que yo. Seguramente hiciste trampa o te valiste de tus encantos para sacar excelentes calificaciones —dijo en tono malicioso.
—¡Ey, eso no es cierto? —se defendió.
—No es un secreto que las maestras están idiotizadas por tus "encantos".
—¿Celosa? —acusó, con una ceja alzada y sonrisa cínica.
—Por supuesto que no —afirmó con un leve sonrojo.
—Te demostraré quién es el amo y señor —prometió.
—¿Qué tienes en mente?
Él no respondió, en cambio la observó con una sonrisa malévola que la hizo estremecer.
Aquel día se habían encontrado por casualidad en el centro comercial y, tras la absurda riña, habían terminado jugando al ajedrez en el apartamento del muchacho y haciendo la ridícula apuesta que consistía en complacer un deseo del ganador.
Sakura no creyó que las cosas terminarían así. Después de haberla dejado en casa, con un escueto "descansa", todo rastro de comunicación cesó. Y tras eso habían transcurrido tres semanas.
Revisó el WhatsApp y soltó un bufido al comprobar que no tenía nuevas notificaciones y, como estaban de vacaciones por las fechas festivas, no podría abordarlo en la universidad. Lo extrañaba demasiado.
—Te quedarás sin uñas, monstruo —dijo con gesto burlón un moreno entrando en la sala.
Sakura pestañeó, completamente desorientada. No fue hasta que Touya señaló con un gesto su dedo pulgar que vio que, sin darse cuenta, había estado mordisqueándolo. La primera reacción fue bajar la mano hasta su regazo y la segunda hacer amago de protesta por el insultante nombre de pila con el cual su hermano mayor la había bautizado desde que eran niños. Sin embargo, descartó la idea. El moreno nunca la escuchaba y no estaba de humor para discutir con él.
La vibración del celular captó la atención de Sakura. Al revisar, sintió una punzada de decepción al ver que era un texto del operador.
Touya la observó con una ceja alzada.
—Monstruo… —llamó.
—No pasa nada —mintió con una sonrisa a medias, esquivando los ojos color marrón del moreno.
Touya analizó el semblante decaído de la muchacha. Sus ojos estaban enmarcados por unas pronunciadas ojeras y el brillo característico de las gemas lucía opaco. Pocas veces la había visto así, sabía que Sakura era buena ocultando sus sentimientos o al menos pretendiendo hacerlo, que prefería ahogarse en la bruma en completa soledad antes que arrastrar a otros. La única razón por la cual él se limitó a ser un espectador en la vida de su hermana fue porque creyó que solo necesitaba tiempo, tiempo que él dejó avanzar y no hizo nada para ayudarla a sanar, aunque ella no exteriorizara su sentir con palabras. A diario la había visto marchitarse cual flor, esperando perecer en cualquier instante.
En un gesto poco habitual entre ambos hermanos, Touya se sentó junto a ella ofreciéndole el brazo y parte del pecho como soporte, en el cual Sakura no demoró en refugiarse. Permanecieron en esa posición durante un tiempo en el cual el moreno dio suaves caricias en la coronilla castaña de su pequeña hermana.
—Sakura —llamó en un tono que denotaba culpa...
Sakura se removió entre los brazos de Touya con incomodidad. Cuando él la llamaba por su nombre no auguraba nada bueno, por eso se obligó a pensar rápido e interferir:
—¡Hermano, tú eres un cabezota! Quedaste en ayudar a la señorita Kaho en la tienda. Ve ya que se te hará tarde —apremió incorporándose de un salto y, a su vez, obligando a Touya a hacerlo con un tirón de mano.
Él moreno soltó un imperceptible suspiro; con Sakura jamás la tendría fácil. Se rascó la sien en claro signo de frustración, muy a su pesar supo que no lograría hacerla hablar y tampoco le permitiría hacerlo. Asintió y antes de avanzar hacia la puerta principal, dijo:
—Monstruo… El mocoso tiene su orgullo. Si en verdad quieres hacer las paces con él, ve a buscarlo.
Sakura se quedó pasmada observando la ancha espalda de Touya atravesar el umbral.
«¿Cómo lo supo?» pensó.
oOo
La frase: "el mundo es de los valientes" resonó entre sus pensamientos. Tenía aproximadamente una hora de estar montando guardia en las afueras del edificio donde vivía su mejor amigo y aún no se atrevía a salvar la distancia que la separaba de la entrada. Quería pedirle una disculpa por dejarlo siempre con una y mil preguntas.
—No seas cobarde —se reprendió—. Solo ve y dile que lo sientes, que lo extrañas y que... y que… argh. A quién quiero engañar —espetó al tiempo que apoyaba la espalda sobre la superficie lisa de un árbol—. Soy una tonta —musitó, dejándose caer sobre el suelo cubierto por una delgada capa blanquecina—. Syaoran —dijo con anhelo, contemplando la nieve caer del cielo con un suave susurro.
Sacó el teléfono celular del interior de su abrigo, abrió el chat que tenía con el muchacho y comenzó a teclear un "hola" que no llegó a enviar porque la notificación de vídeollamada entrante la interrumpió. ¡Era él! Con dedos temblorosos le dio aceptar y no demoró en aparecer el atractivo rostro de su querido amigo.
—Demoraste tres segundos en responder, señorita —bromeó.
Sakura le correspondió con una bonita sonrisa. Al parecer ya no estaba molesto con ella, o esa impresión le daba.
—Tengo una agenda apretada, señor Li —dijo con obviedad.
—Ya... Espero no interrumpir una cita importante, señorita Kinomoto.
La sonrisa de dientes perlados que el muchacho le obsequió entibió su corazón y, de pronto le pareció estar bajo un cálido rayo de sol de verano.
—Te extrañé.
—Lo sé, no puedes vivir sin mí —aseguró con un encogimiento de hombros, como si fuera lo más obvio del mundo.
—Engreído —le acusó—. Que no se te suba, por favor.
Syaoran soltó una risotada que contagió a la muchacha de su buen humor.
—Es inevitable, soy un excelente: hijo, estudiante, deportista, hermano, amigo y... —comentaba mientras enumeraba con los dedos las tantas virtudes que poseía—, además, soy apuesto.
—Sí, sí, sí… ya párale, don perfección —farfulló con un gesto de hartazgo.
—Buena prueba de mis palabras es que me extrañas.
Sakura puso los ojos en blanco. Olvidaba lo odioso que podía ser su mejor amigo cuando los humos se le subían, pero por otro lado se sentía feliz de volver a hablar con él. Iba a comentarle que estaba afuera del complejo de apartamentos en el que él vivía, pero justo en ese instante una tercera voz que llamaba al muchacho por su nombre en su lengua natal la hizo callar.
—Bajo luego —respondió con un bufido.
El silencio que siguió a la pequeña interrupción prevaleció por algunos segundos hasta que Sakura se animó a preguntar:
—¿Es… es una de tus hermanas? —musitó.
Syaoran asintió como única respuesta y Sakura sintió una punzada de decepción atravesándole el cuerpo.
—Creí que no irías a China este año —reprochó con ojos brillosos a causa de las lágrimas que se obligó a contener.
—Lo siento —se aclaró la garganta con incomodidad, a la par que recargaba la espalda contra el respaldo de la silla—. Te lo iba a comentar, pero todo fue tan repentino y…
Syaoran rascó la parte trasera de su cabeza. No tenía pensado que ella se enterara de esa manera, en esas últimas semanas nada le había salido como esperaba.
—Las odiosas de mis hermanas confirmaron su asistencia y las de sus esposos; me toca hacer de anfitrión —comentó con una mueca de desagrado—. Siento mucho haber sido tan frío contigo el último día en el que nos vimos —desvió la mirada de las gemas que lo veían con profunda tristeza y que le producían una sensación de culpa.
Sakura fingió una sonrisa y agregó con apremiante entusiasmo:
—Estoy feliz de que la pases con tus familiares.
A Syaoran no le pasó desapercibido, por el tono empleado, que ella estaba fingiendo y tratando de ocultar sus verdaderos sentimientos. Eso lo molestó en demasía. ¿Hasta cuándo Sakura pretendía seguir actuando así con él? Soportaba que fuera hermética con otros, pero se suponía que entre ellos había una conexión única y especial, o al menos para él era así.
Se masajeó el puente de la nariz con los dedos índice y pulgar. Ya tenía suficiente de excusas.
—Sakura, solo quiero conocerte. Eres una chica estupenda, alguien que tiene mucho para darle al mundo, pero que duda de cada paso que da y se la vive escondida en su caparazón. Por mucho que te quiera, no puedo seguir siendo parte de este engaño donde yo doy todo y tú solo recibes.
—Creo que agoté el último gramo de paciencia que te quedaba, ¿no? —cuestionó con timidez.
—Si no me importaras, ni siquiera intentaría saber de ti. Me daría igual, Sak.
Sakura soltó un sonoro suspiro.
—Tengo una deuda que saldar con usted, señor Li, y como soy mujer de palabra, pagaré el precio que decidas.
Syaoran la observó con una ceja alzada en claro gesto de incredulidad. No sabía mucho sobre el pasado de Sakura, pero la conocía lo suficiente como para captar el trasfondo de esas palabras.
—¿Lo que yo quiera? —se aventuró a preguntar.
Sakura asintió sin emitir un solo sonido. Syaoran la observó tan fijamente que la muchacha sintió su alma al desnudo por primera vez. La embargó la duda, pero se dijo a sí misma que sería valiente, aunque después volviera a ser la pequeña cobarde de siempre.
—Bien, pero primero dime, y quiero la verdad —casi ordenó—. ¿Estás afuera de mi casa, Sak? —cuestionó como primera prueba de que ella estaría dispuesta a aceptar los desafíos y pruebas que surgieran en el camino.
Sakura cerró los ojos con fuerza, deseando que la tierra se la tragara. El árbol bajo el cual estaba era el preferido de Syaoran: un roble frondoso y saludable. Habían compartido muchos días de picnic a la sombra de sus ramas y era obvio que su amigo lo reconocería.
—Sí —afirmó, volviendo a enfocar la mirada verdosa sobre la de color oro.
—Está nevando, Sak. Ve a casa antes de que te congeles. Una vez ahí, hablamos.
oOo
A veces lo adoraba con el alma y otras deseaba estrangularlo con sus propias manos.
—Tu primera misión será decorar tu casa con temática navideña, Sak.
Maldita fuera su suerte. De dónde sacaría accesorios navideños a escasos seis
días de la navidad. Soltó un bufido de fastidió al salir de una tienda porque la mayoría de los comerciantes la habían observado como si estuviera loca, como si fuera un ser de otra galaxia, todo gracias a su "queridísimo amigo".
Aunque en parte había sido su culpa por aceptar los absurdos términos propuestos por el muchacho.
—Ya estoy en casa —afirmó a través de la pantalla del celular.
—Me siento afortunado de saber que fuiste a buscarme a casa pese a lo tupido que está nevando. Pero por favor, no te expongas de esa manera, no quiero que te enfermes.
—A diferencia de cierto lobo chino, mi estimado, a mí sí me gusta la nieve. —Syaoran hizo un gesto similar al de estar congelándose por el frío y Sakura soltó una pequeña risita—. Me cuidaré, no te preocupes —prometió para satisfacción del muchacho.
—Recuerda que no estoy ahí contigo para agasajarte con mis habilidades en enfermería.
Sakura meneó la cabeza de lado a lado con una sonrisa en el rostro. Definitivamente su amigo tenía el ego por los cielos.
—Dime, ¿de qué van los desafíos? —cuestionó, dejándose caer boca arriba sobre los blancos edredones de su cama.
—Un desafío aunado a una confesión durante un periodo de cinco días —respondió. Era el momento de la verdad y él estaba dispuesto a jugarse el todo por el todo—. Te haré una pregunta y no podrás eludir la respuesta como tampoco podrás incumplir lo que te demande hacer.
—Perdí una apuesta. ¿Por qué debo pagarte por cinco? —protestó con una ceja alzada.
—Porque mi deseo es que me pagues de esa manera. Que yo recuerde, la apuesta no estaba limitada a nada —dijo en tono triunfal.
—¿Qué pasa si pierdo? —quiso saber.
—Recibirás un castigo —dijo en tono enigmático—. Y no te diré cual, pero créeme, por tu propio bien más vale que cumplas.
—Te odio —bufó Sakura con mirada reprobatoria.
—Yo te amo, Sak.
Sakura sintió el calor abrasador del rubor entibiarle el rostro por el vívido recuerdo de la conversación que había sostenido con su mejor amigo. Sabía que el "te amo" empleado había sido en broma, pero de cierta manera causó una sensación profunda e indescriptible en su ser. Fue como recuperar parte de los fragmentos que, con el paso de los años, dejó esparcidos por el universo. Como renacer sin las cicatrices grabadas en su alma.
Entre recuerdos y reflexiones, sin darse cuenta llegó a la acera de la cuadra en la que vivía y observó las casas de los vecinos, todas perfectamente decoradas con: luces multicolores, campanitas en las entradas, pinos, santas inflables y renos mecánicos en los patios.
Soltó un suspiro cansino a la vez que negaba suavemente con la cabeza; había perdido todo el día tratando de conseguir lo que Syaoran le había encomendado.
—Sakurita —saludó la voz cantarina de una mujer esbelta y de cabellos rojizos—. ¿Estás bien?
—Sí, Sonomi. Solo estoy… un poco frustrada —comentó con una mueca por sonrisa, observando a la elegante mujer.
—Oh, querida niña, ¿puedo hacer algo por ti? —preguntó con sincero interés, sujetando las manos de la de ojos color jade entre las suyas.
—Nada —comentó con tristeza—. A menos que le haya sobrado algo de la soberbia decoración navideña que tiene en su hermoso hogar…
—¡Por supuesto, querida niña! —exclamó la de cabellos rojos con entusiasmo—. Cambio la decoración anualmente, pero nunca me deshago de la del año anterior hasta que renuevo. Creo que lo poco que tengo puede servir para tu propósito.
—No quiero causarle molestias...
—Feliz de ayudar y de ver que por fin a los Kinomoto les ha llegado el espíritu navideño, Sakurita. Ven —dijo, jalando a la muchacha por la mano.
oOo
La mujer tenía un gusto exquisito para el ornamento. Sus elaboradas decoraciones eran tema constante de conversación todo los años e incluso el alcalde había nombrado a la casa de Sonomi como: "La atracción número uno de las fechas decembrinas".
La residencia Daidouji había ganado buena y merecida fama a raíz de todos esos sucesos. Anualmente llegaban personas de diferentes partes del país y algunos extranjeros a disfrutar de la inauguración de las fiestas de fin de año. Sakura solo debía cruzar al extremo opuesto de la calle para disfrutar del espectáculo y, sin embargo, jamás había puesto un pie en ellas. Los villancicos cantados a coro y a todo pulmón llegaban hasta sus oídos, pero ella prefería arroparse hasta la coronilla y colocarse los auriculares para no tener que escucharlos. Salía de la cama solo para disfrutar de los fuegos artificiales desde la comodidad de su ventana.
Sakura sonrió al pensar en su mejor amigo, que seguramente daba por sentado su fracaso. Vaya sorpresa se llevaría. Se sentía satisfecha y una chispa del orgullo fulgía en su pecho. La mirada verdosa recorrió una vez más su obra maestra: el pino verde con adornos en color plateado y zafiro lucía elegante. No medía más de dos metros de alto, era frondoso y hacía ver la sala de los Kinomoto incluso más pequeña de lo que en realidad era. Las luces a juego con la decoración le daban un aspecto atrayente.
Desvió su atención del árbol y la centró en las cuatro cajas restantes. Sonomi le había regalado infinidad de adornos que ella no pensaba colocar, aparte del pino solo había puesto en la puerta de la entrada principal unas campanitas que decían: "Merry Christmas". Éstas se iluminaban en colores: verde, amarillo y rojo, con un Santa que decía el clásico "Jo, jo, jo" cada cierto intervalo de tiempo. El resto lo guardaría en el sótano.
"Shallow" en voz de "Lady Gaga y Bradley Cooper" la distrajo de guardar lo sobrante. Tenía una vídeo llamada entrante, justo la que ella estaba esperando y a buena hora.
—Ya habías tardado —saludó con una sonrisa a ese chico de ojos chocolates que le dio un guiño como saludo.
—Sé que me extrañas, cariño, pero no seas tan posesiva —dijo con una sonrisa ladina.
—No empieces —advirtió, al tiempo que se dejaba caer descuidadamente sobre el sofá.
—Tú ganas —dijo—. No dispongo de tanto tiempo como quisiera. Hay una absurda cena con los suegros de mis hermanas —comentó, con un gesto que mostraba su descontento con tal evento—. ¿Lo lograste? —inquirió, temeroso.
Sakura asintió como respuesta. Le picó al icono de cámara trasera para mostrarle el árbol de navidad que descansaba en una de las esquinas de la estancia, y poco después volvió a aparecer en el campo de visión del muchacho.
—¿Qué te parece? —preguntó con una emoción que era palpable en su timbre de voz.
A Syaoran no le pasó desapercibida la hermosa sonrisa que adornaba los labios color cereza de la muchacha, como tampoco el brillo de sus hermosas gemas.
—Te felicito.
—¿Qué? —dijo con indignación—. ¿Solo eso? —acusó—. ¡¿Tienes idea de todo lo que me costó conseguir los benditos adornos?! —Frunció el ceño al notar la diminuta sonrisa del muchacho—. ¡Ah, por supuesto que la tienes! Si tu plan era verme fracasar desde el inicio…
Syaoran soltó una rebosante carcajada que mostró los perfectos hoyuelos que poseía y que le conferían un atractivo espléndido.
—Tranquila, fierecilla —pidió, sin dejar de sonreír. Disfrutaba de hacerla rabiar, no podía creer que un ser tan tierno y apacible como su mejor amiga fuera capaz de enfadarse, pero desde que descubrió todo lo contrario, no perdía oportunidad para molestarla—. Jamás desearía verte fracasar, Sak. Entiende que eres muy importante para mí. Tus logros, tus penas, tus tristezas y tu dicha son mías también —concluyó, con una mirada que no dejaba lugar a dudas.
—Recuerda que no tienes tiempo —apremió, viendo todo a su alrededor menos a su interlocutor. No deseaba que notara el sonrojo que le hacía arder el rostro.
Syaoran cabeceó en gesto afirmativo. Adoptó una postura seria, se aclaró la garganta y con eso la atención de la muchacha volvió a él.
—¿Qué recuerdos avivó la experiencia de volver a decorar tu hogar para una navidad, Sak?
Sakura se quedó en blanco y lentamente elevó la mirada por encima del aparato móvil hasta fijarla en la esquina que había arreglado con esmero. Se perdió en el titilante parpadeo de las lucecitas.
Syaoran esperó pacientemente a que su amiga respondiera, anhelando que tuviera el valor para afrontar lo que fuera que la dañaba.
—Yo… —guardó silencio, presa de expresar en voz alta lo que sentía. Había tratado de ser indiferente, pero sinceramente no lo consiguió y no esperaba que él le hiciera precisamente esa interrogante—. No lo sé con exactitud.
—Inténtalo, busca en tu interior, Sak, solo… déjalo salir. Sabes que aquí estoy para ti, ¿no?
—Es que… no sé por dónde empezar —murmuró.
—Deja al corazón hablar por ti.
Animada por el muchacho, Sakura hizo lo solicitado, solo escuchando el retumbar de su corazón apoderarse de su ser. No tuvo que esperar mucho para que su cerebro rebobinara en el tiempo, transportándola a otra realidad, una que pocas veces se había animado a traer a la época actual, pero que seguía intacta dentro de ella.
Syaoran esperó pacientemente a que su amiga lograra articular palabra, pese a la angustia y frustración que sentía. Deseaba estar a su lado para sujetarla entre sus brazos, desde el inicio fue consciente de lo que podía acontecer, más no esperaba estar en China para cuando su plan se efectuara. Le dolía profundamente que ella sufriera, le frustraba ver como el rostro de ella se descomponía con lo que fuese que estuviera reviviendo.
—Tristeza… —mencionó con dificultad, atrayendo la atención del muchacho—. De niña, era muy pequeña y flacucha. —Una lágrima rodó por su mejilla sin que ella la notara—. Mi abuela… e-ella me cargaba para que pudiera —percibía la garganta seca y rasposa. No quería continuar, sin embargo, una fuerza invisible la orilló a hacerlo—, colocar la estrella en la cima del árbol.
Syaoran, desde el otro lado de la pantalla del móvil, notó que la muchacha estaba inmersa en pensamientos que no pensaba expresar. Carraspeó para llamar la atención de Sakura, sin embargo ella no regresó la mirada a él hasta que dijo:
—A los siete años tuve mi primera quemadura con juegos pirotécnicos —compartió él, jalando hacia arriba con la mano libre la camiseta negra que tenía puesta para mostrarle a la muchacha una cicatriz ovalada, aproximadamente de cinco centímetros y ubicada en el área de las costillas.
Sakura le dedicó una mirada de incredulidad a la par que los labios femeninos formaban una perfecta "o". Syaoran le sonrió, regresando la camiseta a su sitio. Tal vez no fuera el gran avance que esperaba, pero para él esas pequeñas confidencias compartidas significaban algo extraordinario y, en ese punto, estaba dispuesto a recibir lo que Sakura estuviera dispuesta a dar.
Sakura volvió la mirada hacia el rinconcito iluminado por luces de colores en su hogar. Syaoran la contempló en absoluto silencio hasta que ella se quedó profundamente dormida en el sofá.
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Sakura, recostada en el piso con sus ojos fijos en la ventana, veía la nieve caer desde su no tan cómoda posición. Analizó la experiencia acontecida tan solo minutos antes. Touya, con gesto contrariado, había estudiado los pequeños cambios que ella realizó durante su ausencia, el día anterior. Estaba segura de que el moreno había interpretado al muñeco barbón de la puerta como una broma de Sonomi, ya que la de cabellos rojos solía llamarlos "la familia Grinch".
A ella le habría encantado que él conservara la idea, lastimosamente no había sido posible. Y si acaso quedaba un mínimo rastro de duda, estaba convencida de que el obsequio perfectamente envuelto bajo el árbol las había disuelto todas.
—Tu siguiente desafío será comprarle un obsequio a tu hermano.
Era confuso el objetivo que perseguía su mejor amigo con tantas locuras, sin embargo, se sentía bien haciendo las cosas que tenía décadas sin realizar.
No estaba lista para conversar sobre su repentino cambio con Touya, por ello había huido de la sala antes de que el moreno emitiera sonido alguno y se había negado a salir pese a que lo más probable era que él estuviera durmiendo por haber doblado turno en el hospital.
—Hola —respondió, confundida por la notificación de llamada entrante que la había sacado de sus cavilaciones.
—¿Cómo está mi perdedora preferida? —se mofó.
—Mmm… pues —respondió con ironía—, por acá tratando de sobrevivir a las excentricidades de un chino loco.
Syaoran soltó una risita mientras negaba con un suave movimiento de cabeza.
—Los chinos son explotadores, cariño. Aléjate de esa gente.
—¿Jamás puedes quedarte callado? —desafió con molestia.
—Imposible, estamos destinados a pelear en esta vida y las que vengan.
—Olvídalo —respondió, rascándose la sien, un gesto de clara impaciencia que Syaoran deducía que ella estaría haciendo—. ¿Qué ha pasado con las videollamadas?
—He asistido a un tonto evento de "caridad" —comentó con desdén—. Ya sabes, ricos que se creen los dueños del mundo y que donan cuantiosas cantidades de dinero para pagar menos impuestos.
—Definitivamente debo alejarme de los chinos, especialmente de los millonarios.
—Sí, no te conviene casarte con uno de esos infelices —dijo, concediendo una pequeña victoria a su amiga.
—Me alegra que estemos de acuerdo en esto.
—Con lo mala apostadora que eres, lo vas a dejar en bancarrota en pocos meses —contraatacó.
—Ya… —le interrumpió—. Paremos esto porque debo ir a la cama temprano. He quedado con Yamazaki para ayudarle en la tienda de mascotas, ¡así que habla de una vez! —apremió.
—No te preocupes, debo regresar a fingir que me importan las trivialidades de un puñado de idiotas —ironizó—. ¿Compraste el regalo?
—Te enviaré un selfie de la evidencia cuando colguemos la llamada.
—Perfecto —aprobó y preguntó—. ¿Por qué te niegas a asistir a los eventos a los que te invitan en esta temporada?
Sakura dejó escapar un suspiro, se incorporó y caminó en dirección a la ventana. Se sentó en el alféizar y se concentró en los copos de nieve que caían copiosamente.
—Porque siento envidia —confesó en un susurró apenas audible—. Mi familia siempre fue numerosa: mis padres, mis abuelos y el tonto de mi hermano. Todos juntos para festejar la navidad, despedir el año viejo y recibir el nuevo con los mejores deseos.
Estiró la mano para sentir la fría nieve entre sus dedos. Era irónico que esa simple acción la hiciera recordar lo que había sido su vida. Así como la nieve rehuía colándose entre sus dedos sin que ella pudiera retenerla, había escapado la felicidad y su capacidad de experimentar la dicha plena; solo existían chispazos que se apagaban pasados unos minutos. Estaba rota por dentro, más de lo que le gustaría admitir. Sonrió con amargura y cerró la mano en un fuerte puño que le puso los nudillos blancos.
—Me siento en el limbo, quiero… trato de sonreír y contagiarme del buen humor de las personas que me rodean, pero no puedo. Busco en sus rostros los de mis seres queridos, y… —. Un sollozo escapó de la garganta femenina.
—Sak…
—El anhelo de poder abrazarlos y decirles todo lo que significan para mí me mata, Syaoran, me mata —confesó, llorando con agonía.
Syaoran se sintió miserable. No soportaba que las mujeres sufrieran, menos que lloraran y, aún peor, ser el causante de sus lágrimas. Se sentía impotente, el sufrimiento de ella le rasgaba el corazón y le dificultaba respirar. Si ella se rompía, él quería estar ahí para consolarla y no a cientos de kilómetros de distancia.
Salió del elegante salón en cual se encontraba, fue directo al automóvil y aguardó a que la muchacha se desahogara mientras le susurraba palabras tranquilizadoras que esperaba calmaran su pena. Pasado un tiempo el llanto de Sakura fue menguando, pero eso no calmó el cúmulo de sentimientos que se desataron en en su interior.
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La mirada color jade bailoteaba, observando con asombro la bonita cabaña. El techo cubierto por el manto blanco del invierno, dos ventanales grandes en la parte del frente cubiertos por cortinas que impedían ver el interior, la chimenea humeante. Todo envuelto en el absoluto silencio en medio de la nada, a las afueras de Tomoeda.
Sakura se aproximó a la casita con pasos vacilantes, giró la perilla e ingresó. No habló, puesto que Touya le había comunicado que la cabaña estaría sola y que ahí podría descansar y desconectarse de todo. El interior estaba iluminado por una luz tenue. Aspiró por la nariz, los muebles tenían ese aroma característico a madera que ella tanto disfrutaba. Se despojó del abrigo y lo colocó en el perchero, caminó por la sala acariciando los sillones labrados en cedro, puso el bolso en uno de estos, se quitó los guantes y se sentó frente al crepitante fuego de la chimenea para calentarse; afuera estaba nevando y la temperatura había descendido varios centígrados, haciéndola botar vapor al abrir la boca.
El lugar era acogedor y, justo como Touya había predicho, se sentía un poco mejor.
No entendía qué había hecho mal esta vez, Syaoran y su hermano eran las personas más especiales en su vida. Los quería cerca, pero su amigo parecía tener lo contrario en mente. La había hecho revivir sentimientos que intentaba mantener bajo llave a toda costa y, de buenas a primeras, desaparecía. Apenas fueron dos de cinco desafíos y, tras su bochornosa demostración de vulnerabilidad, no habían vuelto a hablar. Le deseó feliz navidad mediante un texto por la mañana y la dejó en visto. Eso la entristeció, pero trató de mostrarse indiferente.
Por otro lado, Touya se había puesto muy contento al abrir su obsequio. El reloj había costado buena parte de sus ahorros, un precio que sin titubear volvería a pagar para ver la mirada de asombro del moreno. La sonrisa sincera que iluminó los ojos color marrón había calentado el corazón de Sakura. Lastimosamente, Touya cubriría el turno nocturno en el hospital y, aunque el moreno se mostraba renuente y apesadumbrado por dejarla sola, ella le había dado la seguridad de que estaría bien. Sin embargo, él le respondió con la entrega del juego de llaves y le pidió que pasara navidad en la cabaña. A la mañana siguiente estaría ahí para compartir con ella, como compensación por dejarla sola y no haberle comprado un obsequio a causa del exceso de trabajo.
Ella había aceptado porque era la escapatoria perfecta al bullicio de su comunidad, y porque de lo que llevaba en su interior en ese instante no podía escapar ni estando en otra dimensión. Estaba versada en el sentimiento de sentirse vacía por dentro, pero el peso de recordar facetas de su pasado había avivado las cicatrices que llevaba en su corazón. No era una persona egoísta y, sin embargo, consideraba que era así como se había mostrado ante su mejor amigo.
—Te ves muy hermosa bañada por el manto dorado del fuego.
Aquellas palabras hicieron girar el rostro de la muchacha a una velocidad casi inhumana. Syaoran, apoyado de costado en el marco de la puerta, vistiendo un suéter en color crema cuello de tortuga y pantalones negros, la observaba con un brillo en la mirada que ella no pudo descifrar. Aunque su primer impulso fue correr hacia sus brazos, se contuvo. Si bien ella había sido constantemente reacia a hablar sobre su vida, no se merecía que un día la desechara y al siguiente la buscara como si nada hubiera pasado. No respondió, en cambio, volvió a centrar su atención en el fuego.
Syaoran sonrió ante la muestra de fingida indiferencia de la muchacha, salvó la distancia que los separaba y se sentó junto a ella. El silencio se apoderó de la estancia mientras veían la continua danza de las llamas.
—¿Qué haces aquí? —cuestionó, rompiendo el silencio.
—La cabaña es de mi familia —concluyó con un encogimiento de hombros. La de ojos color jade frunció el ceño, más no lo miró.
—Pero Touya…
—Le pedí que por favor te enviará a este lugar —suspiró—. Al principio, no aceptó y trató de golpearme por hacerte sufrir con mi ausencia —contó, con una sonrisa ladina ante el recuerdo—. Traté de apresurarme con los asuntos de madre para regresar cuanto antes, por eso dejé de comunicarme contigo.
—Entiendo. —Asintió, sin sorprenderse por las acciones de su hermano y sonrojándose por haber sido expuesta ante su mejor amigo—. Supongo que has culminado con tus obligaciones en China —quiso saber.
Syaoran rascó la parte trasera de su nuca antes de pronunciar:
—Pues, me escapé —dijo con una mueca por sonrisa. Solo entonces Sakura se permitió mirarlo a la cara.
—Que hiciste, ¿qué? —preguntó, incrédula.
—No soy un manso cordero, Sak —respondió, observándola con la sonrisa socarrona que tanto la irritaba.
Sakura resopló y giró el rostro hacia el otro extremo, pero una diminuta sonrisa se dibujó en sus labios sin que pudiera contenerla.
—Sabes que has perdido el derecho a cobrar la apuesta, ¿no? —indagó con gesto serio y con la mirada verdosa sobre el muchacho. Él asintió y giró el rostro hacia la chimenea.
Sakura sintió un vacío extraño en su pecho. Normalmente Syaoran siempre le llevaba la contraria, pero ahora había aceptado su derrota con tal facilidad que estaba empezando a creer que todo era producto de su imaginación, que él seguía en su país natal mientras su mente le jugaba sucio con el recuerdo del muchacho.
—Si decides compartir la historia de tu vida conmigo —dijo, sacándola de sus cavilaciones—, quiero que sea porque lo desees y no por una estúpida apuesta. Cuando te escuché llorar, sentí que había cometido el peor error de mi vida. Las personas tienen el derecho de decidir lo que quieren compartir y con quién hacerlo, yo… —Apretó las manos hasta hacerlas puños sobre sus rodillas—. Aunque me repetía a diario que lo hacía para ayudarte, la realidad es que lo hice solo para saciar mi maldita curiosidad.
Sakura no dijo nada y Syaoran permaneció con el rostro escondido entre sus manos, sintiéndose demasiado avergonzado como para verla a la cara. Fue la muchacha quien rompió la tensión en el ambiente:
—En diciembre, meses antes de mi tercer cumpleaños, mi abuelo se suicidó —pronunció, logrando que la atención de su amigo se cerniera sobre ella una vez más y sintiendo el tan familiar nudo en la garganta—. Por loco que suene tengo recuerdos de él, unos borrosos y otros un poco más claros. Era un hombre bondadoso, cariñoso que pese a lo cansado que estuviera por la edad y su trabajo, siempre dedicaba parte de su tiempo libre a jugar conmigo. Al ser tan pequeña, esa mala experiencia de velar a un ser querido en un mes festivo pasó desapercibida para mí. Me decían que él se había ido al cielo para cuidarnos desde ahí y, aunque lo extrañaba mucho, poco a poco fui acostumbrándome a su ausencia. —Inhaló una bocanada de aire porque, a medida que se expresaba, sentía que le faltaba el oxígeno.
—Sakura…
—Es mi elección, Syaoran —lo interrumpió—. Eres la persona con quién quiero compartir esto —afirmó como única respuesta. El muchacho asintió levemente—. Crecí sin dejar de disfrutar de las decoraciones, la pirotecnia, los villancicos, las cenas en familia, los regalos y de toda la magia navideña. Sin embargo, años más tarde, una nueva desgracia se cernió sobre nuestro hogar. —Cerró los párpados y dejó que su mente la transportara a aquel fatídico escenario. Hizo una breve pausa ante el peso que suponía tales recuerdos y continuó—: Siempre en el mes de diciembre, ese fue el punto de quiebre para nosotros. Nos hizo caminar el mismo camino pero ya no como familia, perdimos lo que alguna vez fuimos. Mi madre siempre fue una mujer con una delicada condición de salud, repentinamente todo se salió de control y ella… falleció. —Abrió los ojos, las gemas reflejando el brillo de las lágrimas que estaba conteniendo. El de ojos color miel sintió el peso del mundo caerle encima ante tanta tristeza—. Desde entonces me he sentido como un barco a la deriva. Estoy cansada de navegar en alta mar sin encontrar puerto, Syaoran. Estoy harta de ir contra la corriente y sentir que el peso de las cosas que no he soltado me hunden.
Syaoran la envolvió en un fuerte abrazo mientras el llanto de la muchacha le empapaba el suéter. Permanecieron así, él dándole pequeñas caricias a la cabellera castaña, hasta que sintió que los temblores de la muchacha disminuían gradualmente. Sakura había resultado más enigmática de lo que sopesó, transmitía sonrisas que podrían hacerte pensar que jamás había experimentado tal dolor. Aunque el sufrimiento de ella lo hacía sentir miserable, a la vez se sentía esperanzado. Era el momento de que la familia Kinomoto resurgiera de entre las cenizas cual ave fénix.
—Sak, déjame cuidar de ti –murmuró, dejando un casto beso en la coronilla de la muchacha, quien se separó de él para perderse en la mirada de oro fundido que lucía como un atardecer en la playa.
Syaoran acarició la mejilla de la joven con dulzura, sus rostros tan próximos que sus alientos se mezclaron en una fragancia única.
Sakura tragó grueso, el corazón agitándose alocadamente en su pecho. Se sentía ligera como una pluma, la sensación de estar levitando en un espacio alterno donde solo estaban ellos se le antojo cálida, reconfortante. Había soltado un gran peso con la confesión anterior, pero algo en lo profundo de su ser le indicaba que ese cúmulo de sensaciones que estaba experimentando al verse reflejada en la mirada de su mejor amigo tenía un trasfondo diferente.
—No importa el tiempo que me lleve ayudarte a sanar, Sakura… Soy tuyo —ella asintió al no encontrar su propia voz, las mejillas coloreadas de un carmín intenso—. Ven —dijo, sentándola entre sus piernas y haciéndola apoyar la espalda en su pecho mientras envolvía la cintura de la joven con sus brazos. Estuvieron así por tiempo indefinido, en silencio, disfrutando de la mutua compañía y del calor de sus cuerpos frente a la chimenea que había sido su única compañera.
—Tenemos mucho por hacer —susurró—. Debemos ayudar a mi hermano y a papá. Él no soporta estar en casa desde que mamá murió, por eso se la vive en expediciones por aquí y por allá.
—Un paso a la vez, Sak. Si quieres ayudar a otros, debes sanar primero —le reprendió en tono juguetón—. Te amo y estaré a tu lado hasta que tú me pidas que me vaya.
Sakura giró medio cuerpo entre los brazos de su mejor amigo, sorprendida ante las últimas palabras de este y creyéndolo un delirio de su mente. El muchacho pareció leerle los pensamientos y, sin previo aviso, rozó los labios de la muchacha con los propios en una caricia tierna y electrizante que a ambos los hizo soltar un pausado suspiro. Juntaron sus frentes y, cuando Sakura estaba por pronunciar palabra, él la silenció.
—Shhh, hermosa —susurró, pasando el índice sobre la superficie esponjosa del color de la cereza de la muchacha, reprimiendo el impulso de volver a juntar sus labios —. Me acerqué a ti porque me gustas, pero tú te mostraste poco interesada en tener una relación amorosa cuando te conocí, creía que podíamos ser amigos. Sin embargo, me fui enamorando cada día un poco más de ti.
—Señor Li, tener una cita conmigo le va a costar mucho, mucho pero muchísimo trabajo —dijo con una sonrisa que hacía resplandecer las gemas—. Hacer méritos para ganar mi corazón no es una tarea sencilla.
—Dígame, señorita Kinomoto, ¿qué puedo hacer para demostrarle mis sentimientos y ganar su favor? —le siguió el juego.
—Bésame —pidió con los pómulos sonrosados y mirada anhelante. El corazón de Syaoran se saltó un latido. Ella correspondía a sus sentimientos, la confirmación lo llenó de dicha aunque sospechaba que eso era así.
—Justo tenía pensado darte mi obsequio de navidad —ronroneó, rozando la nariz de la joven con la propia—. Después de todo, es la primera de muchas que pienso vivir a tu lado —prometió a la vez que atrapaba la boca femenina en un beso pausado y cargado de amor.
Sakura no tenía la certeza de qué le deparaba el futuro, solo el firme propósito de cambiar sus diciembres y vivir la magia navideña. Ir soltando todo lo que albergaba en su ser y que había fracturado su vida. Estaba feliz de emprender tal hazaña de la mano del chico que, aunque la hacía rabiar, también la hacía renacer.
N/A
Hola pequeños mortalitos bellos hermosos como los osos. Feliz de saludarlos desde esta parte del mundo y deseando que se encuentren muy bien en sus hogares.
No hay mucho que decir solo que la mayoría de los hechos narrados son experiencias personales que me permití expresar. Al igual que Sakura, estoy retomando cosas que antes disfrutaba y que poco a poco dejaron de ser de mi interés. Estoy muy emocionada con esta navidad, algo que hacía mucho no experimentaba y, de cierto modo, el plasmar vivencias personales en esta pequeña historia ha sido liberador.
Agradezco el apoyo que le brindan a este proyecto y a sus participantes.
Les deseo unas felices fiestas.
Nos leemos mas adelante ;)
Cherry'sFeathers
