Navidad en la oficina

La pequeña Tomoeda, siempre serena y cautiva, se vistió de gala para tan esperada velada. Sus calles resplandecían adornadas con tantas luces que competían con el estrellado cielo, también acompañadas por el manto blanco de una típica noche buena y la melodía incesante de las risas pueblerinas. La imagen proyectada era digna de retratar y la hospitalidad de los residentes se reflejaba en la algarabía de encontrarnos en el día del festejo. Saludos por aquí, buenos deseos por allá, abrazos de casi completos desconocidos de la compañía. Tanta melosería y frases de bolsillo estaban comenzando a asfixiarme.

Tomé mi laptop, mis pertenencias y fui por un lugar aislado del edificio donde pudiera enfocarme en el trabajo, encontrando lo que buscaba en la recepción del piso presidencial que visitaba por primera vez. Como era de esperar, los dueños del estudio de abogados apenas habían aparecido por la mañana del veinticuatro de diciembre, mientras que el personal aceleraba el paso de las horas contando anécdotas navideñas o repasando los planes para la cena; tiempo desperdiciado que interrumpía las labores de alguien como yo, cuyo único designio para esta noche, era trabajar hasta el agotamiento. Me acomodé en el mullido sofá de la recepción que me beneficiaría cuando el cansancio me diera alcance y continué con el escrito que estaba redactando.

Las horas pasaron y mi misión se estaba llevando a cabo sin impedimentos. El silencio rodeaba el tercer piso del pequeño edificio donde trabajaba para una firma de abogados desde hace casi un año, siendo el sonido de mi teclado el único que evidenciaba mi estadía allí. A pesar de estar horas sumergido entre documentos digitales utilizando mis fieles lentes de descanso, el tiempo transcurrido comenzaba a agotarme la vista y mi capacidad de rendimiento. Dejé aun lado la laptop junto a mis lentes, me masajeé la sien y estiré cada vértebra dejando caer la espalda sobre el sofá, terminando por levantarme para que la sangre volviera a circular en las entumecidas piernas.

Mis pasos me llevaron en línea recta hacia el gran ventanal que estaba a mi derecha, donde en la lejanía se podían apreciar los copos de nieve caer con parsimonia desde lo alto de las nubes. Al acercarme, encontré que las transcurridas calles de la mañana estaban desiertas, las luces decorativas le daban vida aunque nadie las viera y una tenue melodía navideña se escuchaba desde alguna vivienda. Bastó con chequear mi reloj de pulsera para concluir la deducción: la hora de la cena estaría iniciando en esos momentos. Mi estómago rugió al imaginar los deliciosos platillos que estarían por degustar los vecinos, y recordé que solo había traído algo de fruta para pasar el momento. El cuerpo me pedía regresar a casa, ingerir lo primero que encontrara en la heladera y dejarlo caer en la cama sumido en la oscuridad.

—¡Ay, por Dios! —Una voz femenina fue precedida por unos apresurados tacones que me hicieron dar un respingo en el lugar, encontrándome con una señorita que parecía más aterrada que yo—. ¿Eres tú, Li?

Enfoqué la vista entre las penumbras para tratar de ubicar a la muchacha. Su rostro era lo único que resaltaba entre el gran abrigo rojo que portaba, y a pesar de los metros de distancia que nos separaban, pude reconocerla por su corto cabello caramelo y sus ojos verdes de gran tamaño.

—Sí, Kinomoto. Disculpa si te asusté.

—No hay problema, me alegra que seas tú. De repente se me vino la imagen de los fantasmas de las navidades.

Tardé en comprender su comentario, hasta que que recordé el popular "Cuentos de navidad" de Charles Dickens. Era un clásico en estas festividades; de seguro Kinomoto estuvo viendo o leyendo alguna de sus tantas interpretaciones como para traerlo a colación.

—Lo siento, sé que suena tonto, pero las oficinas parecen aterradoras de noche. Tampoco pensaba encontrar a nadie aquí.

—Yo tampoco —acoté en tono neutro, zanjando cualquier intento de iniciar un cuestionamiento.

—Es cierto. La verdad es que olvidé el pastel que compré para esta noche en la heladera de la cocina. Espero que nadie se lo haya llevado.

—Ojalá que no.

Mentir no era un facilísimo con el que estaba acostumbrado. Desde siempre me caractericé por ser en extremo sincero y reservado, por ese motivo no alargué la conversación con Kinomoto, y tras finalizar esas palabras, fui directo a buscar mi laptop y mi bolso en el sofá para salir de allí.

Pasé por su lado saludándola con un leve asentimiento y la vista fija en dirección a mis pertenencias; cuando llegué hasta ellas, la pantalla negra de mi laptop seguía manteniendo el mismo estado de reposo por más que apretara cincuenta teclas diferentes o intentara encenderla.

—No, no, no. No me puede estar pasando esto.

Rebusqué en mi bolso el cable de alimentación, maldiciendo por ser tan descuidado para no haber previsto su carga y temiendo el peor escenario: que los documentos no se hubieran guardado. Del desespero terminé enrollando mis manos junto con el cable y arrojando algunas cosas al suelo, originando un escándalo entre tanto silencio.

—¿Pasó algo, Li?, ¿estás bien?

La voz de Kinomoto se unió al coro del desastre. Antes de irritarme como solía hacer en situaciones de por sí exasperantes, le solicitaría una camuflada ayuda de su parte.

—Estoy bien, solo tengo que encontrar un maldito enchufe.

Mi torso viraba frenético en todas direcciones buscando la fuente. No encontré una sola toma corriente junto al sofá, así que comencé a caminar en dirección a las oficinas.

—¡Por aquí, Li! ¡En la recepción!

Volví sobre mis pasos ubicando la mano agitada de Kinomoto detrás de los anchos listones de madera, que dividían la pequeña sala de estar donde había estado trabajando del escritorio de la secretaria. Llegué a ella en dos zancadas y ubiqué la toma que me indicaba debajo del mueble.

Esperé unos eternos segundos tras enchufar la laptop, canalizando mi ansiedad golpeteando las uñas sobre la madera laqueda del escritorio y mordiendo el interior de mi mejilla. Cuando mi dedo presionó el botón de inicio y el aparato respondió con rapidez, festejé por dentro. Ya no despotricaría por el gasto que la firma había hecho en alta tecnología injustificada para los programas que utilizábamos, y consideraría adquirir una de estas bellezas para futuras compras.

El primer paso estaba dado, solo quedaba chequear lo esencial. Fue entonces cuando la efímera satisfacción se evaporó al revisar el archivo que estaba redactando: el mismo estaba incompleto. Siempre optaba por guardar los cambios a cada rato; esta vez el cansancio había boicoteado gran parte de mi trabajo.

Inspiré hondo para serenarme, terminando por exhalar un gruñido tras no encontrar cómo recuperar el documento en este sistema operativo.

—¿Necesitas que te ayude?

No me había percatado que Kinomoto estaba pegada a mi lado siguiendo mis movimientos. Me alejé instintivamente buscando espacio, conteniendo las ganas de ser grosero por entrometida, formulando una sarcástica pregunta que no podía evitar escupir.

—¿Tienes una máquina del tiempo?

—La dejé en el otro vestido —respondió con gracia y astucia, contrarrestando la acidez de mis palabras—, pero los documentos tienen autoguardado. Si me permites…

La estupefacción me hizo demorar más de lo normal en reaccionar. Kinomoto se mantuvo atenta a mi permiso para poder tomar el control del bendito aparato, hasta que le indiqué con un gesto que el trabajo era todo suyo. Sin darme cuenta, en vez de acercarle la laptop, le di espacio para que se posicionara dónde yo estaba, volviendo a acortar las distancias entre los dos, sin prever que su perfume cítrico me acariciaría el rostro hasta el desconcierto, guiándome a observarla con disimulado detenimiento. El abultado tapado había quedado rezagado sobre la madera del escritorio, dejando a relucir sus hombros al descubierto gracias al vestido rojo que se enlazaba en su cuello y caía ligero sin llegar a las rodillas. Era imposible no demorar la vista en la piel expuesta de su espalda, apreciando la seductora curvatura natural de su cuerpo que invitaba a admirarla. Los dedos me hormiguearon al momento que inapropiados pensamientos me abordaron, y terminé por arrancarlos de un sacudón mental como reprimenda para conmigo. Mi ceño fruncido reflejaba la pena y molestia por haber caído la trampa de mis bajos instintos antes que enfocarme en el objetivo.

—Listo. Debería estar todo tal cual lo dejaste. ¿Quieres chequearlo?

Tras un leve asentimiento, me encorvé para revisarlos mientras ella se alejaba hasta la otra punta del escritorio, devolviéndome la cordura al trasladar su encantador perfume lejos de mis fosas nasales. Revisé más de una vez lo último redactado por si había algo que faltara y que pudiera recordarlo de inmediato, encontrado solo unas pocas palabras finales que pude completar.

—Tienes el caso de Yamada—. Su comentario me hizo levantar la vista, cuestionando el motivo de realizarlo. —Todos nos estábamos preguntando quién lo llevaría.

—¿Ah, sí?

Kinomoto asintió con energía bajo mi desconcierto.

—Es un caso famoso e intrincado. Muchos estaban ansiando llevarlo a cabo en busca de reconocimiento, aunque otros estaban aterrados de que los condenara.

Su teléfono comenzó a sonar interrumpiendo la conversación. Ella desvió la vista a la pequeña pantalla y yo regresé la mía a los documentos, haciendo tiempo hasta que fuera la primera en dejar el edificio. Supuse que ello le recordaría la típica cena para la cual se había preparado con tanto esmero y no tardaría en despedirse.

—¿Hace mucho que te lo asignaron?

—No, fue hace poco —respondí tras un leve análisis de su conducta, sondeando los motivos que mantenían interesada en la charla en vez de llegar a tiempo en noche buena.

—No conozco tu trabajo en detalle, Li; pero debes ser tan aplicado como dicen si te dieron este caso a pesar de la poca antigüedad en la firma.

Las llamadas insistentes resonaron con vigor, y tras una rápida mirada al aparato que permanecía en sus manos, sus labios se fruncieron reprimiendo la angustia que reflejaron sus ojos.

Aquellas señales habían borrado mis suposiciones de que estuviera interesada en la carpeta de Yamada por motivos laborales, que pudieran o no perjudicarme, llegando a la teoría de que Kinomoto estaba huyendo; igual que yo.

No estaba interesado en conocer sus pormenores. Lo único que deseaba era llegar a casa, calmar el hambre y dormir para continuar trabajando al día siguiente. Sin embargo, no era un ser tan frívolo, algo de empatía conservaba; la misma que me animó a alargar la plática para postergar su suplicio un poco más.

—Comprendo que se hizo mediático y por ello especulen tanto, pero si leyeras el expediente verías que no hay nada intrincado en el mismo.

—Espero que así lo sea. Sin presiones, Li; pero estamos denunciando a un ministro, no a un don nadie.

—¿Temes que entorpezcan la causa?

—Me extraña que la carpeta todavía no se haya extraviado —acotó, enfatizando el extravío en relación a infinitas causas que se han pagado para borrarlos del sistema judicial—. Sigo sorprendida de que el caso haya llegado a nuestras manos. Comparado con los monstruos de la capital, nosotros no somos nadie.

—Ya han pasado por esos estudios —le revelé antes de explicarme mejor. Tal fue su asombro que ni se molestó en revisar por inercia el insistente vibrar del celular que había optado por silenciar—. Si conoces la causa sabes que la ex mujer del ministro lo viene denunciándolo desde hace años. El porqué de la demora recae en tu propia conclusión acerca de lo corrupta que puede ser la justicia. Supongo que al ser un estudio pequeño, casi familiar y alejado de la basura de la capital, nos dio una carta de presentación favorable.

—Comprendo. Bueno, ojalá que no sufras contratiempos.

—Eso espero.

—De todas formas, tienes a quién acudir si necesitas algo, ¿verdad?

—Claro. Somos un equipo.

—Así es. Aunque yo no podría serte de ayuda por las orientaciones a la que nos dedicamos, puedes… consultarme si necesitas. Quizás sepa recomendarte con quién hablar; llevo varios años aquí.

—Te lo agradezco.

El silencio reinó entre nosotros… al fin.

Kinomoto sostenía el abrigo en su antebrazo sin amagar a ponérselo para salir, ni tampoco buscaba agarrar la caja con el postre que había dejado sobre una mesa decorativa al costado del escritorio. Sus ojos miraban en todas direcciones y daba pequeños giros sobre su eje actuando como manojo de dudas que comenzaba a enervarme. Si encontraba otra excusa para demorarse, me tendría allí toda la noche.

Estuve a punto de cerrar la laptop para anunciar mi salida y con ello dar por terminado mi acto de caridad, cuando de un movimiento se puso el abrigo de igual tono que el vestido.

—Bueno, si no me necesitas… creo que me iré —dijo no muy convencida de sus propias palabras, dando unos pequeños pasos para recoger el postre—. ¿Quieres que te alcance a algún lado? Estoy en auto.

—No te preocupes. Yo me quedaré un poco más.

—¿Cómo que te quedarás?

«¡Tonto, tonto! Si serás idiota, Xiao-Lang Li».

Eso de no saber mentir me estaba costando el doble esa noche.

Empuñé las manos y quise gruñirle que no era su maldito problema el cómo yo afrontaba mis decisiones, y que una mejor idea sería que canalizara las suyas con una amiga antes que conmigo. Todas las respuestas que se me venían a la mente no eran propias de decirse sin personificar al ogro de Shrek o que diera lugar a indagaciones.

—¿No tienes con quién festejar?, ¿es por eso?

«¡Eso! Continúa por allí».

—No, mi familia está en China.

—Comprendo. Bueno, siempre puedes optar por reunirte con algún amigo o vecino. Son todos muy serviciales aquí. Yo no tendría problema en recibir a un compañero si me lo pidiera; de hecho, dudo que mi padre se moleste si le digo…

—¡No me gusta festejar la navidad! —grité, sin pensar.

Sentía como la presión ocular me hacía titilar uno de los párpados y los dedos se mantenían agarrotados entre las palmas de mis manos. No me disculpé con ella por el arrebato porque, aunque fuera incorrecta mi actitud, esperaba que cerráramos el cuestionamiento.

—Pero… ¿por qué?

«¡Ahhh, que me lleve el Diablo!»

Esta muchacha en serio iba a lograr que me arrancara los cabellos.

—Por los mismos motivos personales que tú estás postergando irte a cenar, evadiendo esas llamadas e indagando en mis asuntos como si te interesara. Por lo tanto, no preguntes y no preguntaré.

Mantuvimos contacto visual enfrentando su mirada azorada contra la mía retadora, al menos por un minuto. Fue ella la primera en perder la contienda girando lo suficiente para continuar viendo su perfil, notando como su semblante retomaba el mismo tono sombrío que había adoptado cuando desviaba las llamadas de su teléfono.

—Tienes razón. Estoy alargando la conversación… porque mi ex estará en la reunión y no quiero verlo.

Retomé los ejercicios de respiración, me deshice de los puños que había formado y bajé los hombros resignado a que desestimara mi pedido de no tocar el tema.

Pensándolo bien, ¿quién era yo para juzgarla? Por mi parte había decidido armar una fortaleza impenetrable para sobrellevar cada veinticinco de diciembre a mi manera, siendo mi peculiar y taciturno carácter una ventaja para construirla. En cambio ella, que a pesar de no conocerla más allá de lo profesional, era reconocida en la firma por su buena energía y hospitalidad; una persona que llevaba el carisma en la sangre y la sonrisa tatuada en el rostro: cualidades que te hacían fantasear sobre su equilibrada vida donde los problemas eran aplacados por el optimismo que profesaba.

Lo cierto era que hasta el ser más retraído necesitaba canalizar su angustia o dolor. Los atajos ayudaban a sobrellevar las cargas, pero no terminaban por quitarte el peso extra.

En el fondo, ella y yo no parecíamos tan diferentes, y esa reflexión me llevó a tomar una decisión.

—Kinomoto…

—Que tonta, disculpa. No pretendo aburrirte con la historia ni nada por el estilo. Y no es que crea en las causalidades pero… el haberte encontrado aquí, sin ningún plan para la noche y yo queriendo escapar del mío, se me ocurrió que tal vez… podríamos… matar el tiempo juntos.

Sus manos jugaban entre sí y su pie derecho dibujaba semicírculos con la punta del zapato. Esa actitud aniñada me hizo sonreír de ternura ,e inexplicablemente, la amargura con la que había iniciado el día se estaba disipando.

—La comida es un problema, no lo dudo —continuó hablando, sin percatarse de la tonta expresión dibujada en mi rostro—, ¡pero tengo un rico pastel! y… y… ¡agua del dispenser!—. Miró hacia sus costado buscando sumar otro motivo para convencerme, reaccionando con un pequeño salto al encontrarlo—. ¡Mira! Podríamos mover ese sofá hacia el ventanal para tener una linda vista de los fuegos artificiales y platicar de cualquier cosa o… simplemente acompañarnos en silencio, si así lo prefieres. ¿Qué dices?

Sus ojos me afrontaron tras la decisiva pregunta y regresaron al suelo apenados, coleando sus mejillas de un tenue carmín. Quise reírme, pero temía que fuera a avergonzarse aún más por mi actitud risueña, cuando en mi mente ya había aceptando el designo que este día había planificado para ella y para mí.

—El pastel, ¿es de chocolate?

—Vainilla. Con fresas y crema.

—Era mi segunda opción.

El júbilo alcanzó sus ojos haciéndolos resplandecer como estrellas en el cielo nocturno, y su sonrisa me pareció tan encantadora que fue mi turno de desviar la vista al suelo.

—Vamos. Te ayudo a mover el sofá.

. . .

El postre estaba más rico de lo que imaginaba. No supe si fue por el hambre que acarreaba o por la delicadeza de los ingredientes, pero devoré unos cuantos pedazos con ansias.

—Se supone que yo debía hacer el pastel para la mesa dulce, pero terminé por comprarlo.

—Estuvo exquisito.

—Si hubieras probado el que suelo hacer con mis propias manos, te hubiera provocado un orgasmo; te lo aseguro.

Kinomoto se rio nerviosa por el comentario y yo me uní a ella en compensación.

Habíamos estado hablando un largo rato sobre temas varios que iban surgiendo de su boca, ya que no me daba tiempo a formular ninguna pregunta, algo que le agradecía. Nunca fui capaz de iniciar una conversación trivial con una mujer sin que sonara forzado, y si bien Kinomoto era la vocera, me sorprendí a mí mismo de lo elocuente que podía llegar a ser si me lo proponía; aunque tenía la leve sospecha que la botella sindueño de Champagne, que ella había traído de la cocina, estaba contribuyendo a soltarme la lengua.

Le conté que me mudé a Japón desde los veintitrés años para independizarme por completo, y que a pesar de haber transcurrido seis años, residía en la pequeña Tomoeda el mismo tiempo que llevaba en el estudio jurídico. Cansado del barullo de la capital, un día salí a recorrer los pueblos lindantes en busca de un sitio tranquilo que no estuviera tan alejando del centro. Este suburbio fue uno de los pocos de mi lista y el único que me cautivó; la paz y tranquilidad que se respiraba en el ambiente, sumado a la sencillez de los habitantes, fueron motivos suficientes para tomar la decisión. Continué trabajando en Tokio por dos años hasta que se abrió la vacante aquí y encontré un departamento a unos treinta minutos de distancia a pie, los suficientes para completar mi rutina diaria de ejercicios.

En respuesta a mi breve historia, Kinomoto me contó que vivía en Tomoeda desde que nació, fue a probar suerte a la capital y de inmediato sintió el mismo impulso que yo de salir corriendo de allí, estableciéndose en esta firma desde hace ocho años y mudándose a tan solo cuadra y media.

—Por un largo tiempo viví con mi papá. Me gusta más esa zona de residencia porque es mucho más tranquila que aquí, donde hay mas edificios y negocios, pero la ventaja de alistarme para salir al trabajo en diez minutos es irremplazable. Soy muy perezosa para levantarme —acotó aunque le apenara decirlo.

—Ahora comprendo… —manifesté recordando algunos comentarios de mis compañeros—. A ti es a quien llaman "Señorita impuntualidad".

Las mejillas de Kinomoto se inflaron como pez globo enrojecido que me recordó a mi prima Meiling cuando se ofendía, y completó el cuadro cruzándose de brazos.

—¡No soy impuntual! Eso ya quedó en el pasado. —Se defendió adoptando una voz ofensiva que pronto comenzó a perder estabilidad—. Bueno… por lo menos no llego tarde cuando hay alguna reunión o audiencia a la que asistir.

—Claro. —Le seguí la corriente mientras me debatía si revelarle el secreto detrás de sus peleas ganadas contra el reloj.

«¡Qué más da! A la mierda tanta rectitud».

—¿Te digo algo? —Le hice señas para que se acercara como si se tratara de un secreto que nadie escucharía, para extender el misterio y detallar en primera plana su reacción.— Llegas temprano porque siempre te citan media hora antes de lo acordado.

Antes de llevarse ambas manos a la boca ahogando un grito de indignación, sus ojos se expandieron saliéndose de órbita dejando una postal caricaturesca.

Casi que sentí pena por ella… pero no, terminé descostillado de la risa, costándome unos cuantos golpecitos de su parte.

—¡No te burles! ¡No lo hago a propósito! E-es… algo que no puedo evitar.

Para ese punto me desconocía a mí mismo. Jamás me hubiera atrevido a bromear de esa forma con una colega, y mucho menos dejar un pulmón de la risa por tan tonta anécdota. Me serené y me arrimé a la mesita que habíamos dispuesto con la bebida, optando por tomar agua en vez de esas culpables burbujas. No me sentía alcoholizado, pero no debía propasarme o terminaría ofendiendo a la muchacha, y eso era impropio de mí.

Cuando me reacomodé el sofá que compartíamos, Kinomoto continuaba tensa mascullando algunas maldiciones y conjuros inentendibles.

—Oye, no te enojes.

—¡Sí, lo hago! —enfatizó, alzando la voz—. ¡De ahora en más llegaré antes que todos, ya verás! Les dejaré las bocas bien cerradas a esos ingratos.

Apreté mis labios para no dejar escapar la risa. Aprovechando que no me había incluido dentro del grupo de indeseados, fue el momento de ser compasivo con ella y ayudarla en vez de criticarla.

—O podrías adelantar tu reloj al menos cinco y diez minutos. Conozco gente que le funciona. También te sería útil un reloj de pulsera.

—Me molestan los accesorios de muñeca. Me habían regalado uno precioso y lo perdí el mismo día que lo estrené —dijo mientras retomaba la bebida, tomando un trago con brusquedad.

—Quien te lo haya regalado debió ofenderse mucho.

—En realidad no, pero se lamentó haber gastado tanto dinero en él; aunque hoy me alegra haberle hecho algún mal.

Sus ojos tomaron un brillo intenso, casi demoniaco, y la mano que sostenía el vaso con el líquido burbujeante tembló en su sitio de la fuerza que le propinaba. Yo me alejé por inercia, temiendo que estallara en cualquier momento.

Sin querer había tocado un tema sensible para ella, y si sumaba dos más dos… apostaba que me daría de resultado "tres".

Kinomoto se quedó sumida en sus pensamientos agudizando el ceño en su rostro tan delicado. Admitía que me su actitud retadora amedrentaba, e intuía continuaría en esa posición si no buscaba la forma de remediarlo. El asunto era… ¡que nada se me ocurría para decir! Así que no me quedó otra opción mas que preguntar.

—Kinomoto… ¿estás bien? Vas a lastimarte —le dije señalando el vaso que sostenía con ímpetu.

Su primera reacción fue lanzarme una mirada asesina que esquivé a duras penas e inmediatamente se retractó al notar que yo no era la víctima que buscaba.

—Lo siento. Por esta razón no quería estar en la cena de hoy; iba a terminar delatándome a mí misma.

Tal como lo sospeché.

Continuar por el camino de las averiguaciones pertinentes para soltarle la lengua, desembocaría en horas de charla sobre quién le hubiera roto el corazón: conversaciones que habitualmente no me eran para nada interesantes. Si no fuera porque su rostro endiablado despertó mi curiosidad, la noche habría finalizado con alguna excusa; sin embargo, yo mismo le había dado cuerda para que me despojara de las dudas y continuara deleitándome con sus expresiones varias. La noche apenas iniciaba y su compañía no me disgustaba.

—Mi ex es… el hermano de la pareja de mi hermano —explicó con pausa para que comprendiera el cuadro—. Lo conocí cuando tenía doce años, cayendo rendida como tonta ingenua e inexperta a sus encantos. Para ese entonces yo era cinco años más chica que él, y no fue hasta que estuve en el auge de la adolescencia que capté su interés. Ambos convenimos el mantener una relación oculta para no generar disturbio en nuestras familias, y a meses de estar por finalizar la secundaria, le propuse blanquear lo nuestro. Desde ese entonces siempre tenía una excusa que lo postergara, y fuera cual fuere el tenor de la discusión, el muy ingrato encontraba la forma de convencerme. Era muy persuasivo si se lo proponía, y cuando lo ameritaba empleaba… métodos muy efectivos.

Sus mejillas coloreadas por el alcohol adquirieron un tono intenso, como cerezas de estación.

—La carne es débil, sobre todo a esa edad —agregué en tono juguetón, a conciencia de que el comentario acrecentaría su vergüenza. Efectivamente, evadió la molestia carraspeando y tomando otro sorbo de su bebida.

—Sin ánimos de alargarte la predecible historia, cuando llegué a mi límite decidió confesar no sentirse preparado para atarse a una relación; decidiendo que lo mejor para mí, era alejarnos. —Kinomoto se incorporó para llenar su vaso una vez más y, sin preguntarme, también lo hizo con el mío—. Con el tiempo le agradecí el haber empleado cuidadosamente las palabras, pero en resumen: nunca sintió nada más que cariño y una fuerte atracción sexual.

Su cuerpo se relajó sobre el sofá. Tras beber el vestigio de su bebida, se quedó pensativa mirando el ventanal.

—Pese a distanciarnos sentimentalmente, seguíamos manteniendo contacto por nuestras familias, lo que llevó a que las cosas se confundieran por un largo tiempo más. Para él no era un problema, ya que había dejado en claro su pensar, ajeno a que yo accediera a nuestros encuentros con la esperanza de que encontrara atractiva mi creciente madurez. No era idiota, pero con él me gané el Oscar a la ilusa del año… hasta que decidí dejar el podio. No fue una conversación muy amena la que mantuvimos en la cual él se eximió de toda culpa, pero al menos sirvió para que dejara de buscarme; aunque eso no impidió continuara jodiéndome la vida. Poco tiempo después, descubrí que se estaba viendo con una amiga de mi círculo cercano. Esa tampoco fue una conversación agradable, y la resolución fue peor.

—Ese fue un golpe duro —acoté, empatizando con su situación. Ella asintió varias veces dándome la razón.

La traición para mí era una de esas acciones imperdonables que deberían penarse con la ley máxima. Existían diferentes tipo y colores, pero todas recaían en la ruptura; y una vez que el lazo se cortaba o pendía de un hilo, resarcirlo siempre acarreaba secuelas.

—A pesar de esas fuertes desilusiones, no me permití dejar de confiar en las personas, porque también me rodean seres maravillosos en mi vida. Esas experiencias me sirvieron de ejemplo para aprender a identificar y reconocer a quienes quiero a mi lado.

—Pero no deja de afectarte, porque sino, no estarías pasando la noche buena lejos de tu familia.

No pude contener el lanzar ese comentario, y pese a la convicción en mis palabras, fue la primera vez que quise tragármelas. El rostro de Kinomoto portaba una expresión extraña, entre afligida y espabilada, llevando sus pensamientos detrás de la ventana.

Estuve a punto de buscar un pañuelo para ofrecerle junto con mis disculpas, quedándome en la intención de hacerlo, porque no hubo lágrimas desparramadas cómo pensaba.

—Tienes razón. Dejé que la rabia me paralizara y le di la victoria a él, como antes sucedía.

—Disculpa. No debí entrometerme.

—No te disculpes. Yo decidí contártelo; tu comentario fue justo y acertado. Te estoy hablando de superación cuando no lo estoy demostrando, y lo acepto.

Me quedé en silencio demostrando mi concordancia, agradecido de no recibir un discurso sobre mi falta de tacto y el filtro que no vino en el empaque.

—No debí haberles fallado esta noche, pero la situación me tenía muy inquieta. Él se había mudado al exterior hacia dos años e iba a regresar a Japón definitivamente. Todo lo que sabía nos lo contaba mi cuñado, ya que yo había cortado comunicación con él. Sin embargo, los sucesos extraordinarios iniciaron tres meses atrás cuando volvió a contactarme, y aunque al principio fue extraño, al pasar los días se transformó en un hecho espeluznante. Me hablaba casi todos los días, como si quisiera decirme algo y buscara la forma y el contexto para hacerlo.

Su voz iba subiendo gradualmente los decibeles y el nerviosismo comenzó a tomar el control de sus manos, moviéndose con frenesí. Una sola posibilidad rondaba en mi cabeza para su comportamiento, y algo dentro de mí no se mostraba conforme con ello.

—Cuando llegó a Japón, hace una semana, me pidió encontrarnos antes de navidad argumentando que era importante que hablara conmigo. Insistió y magnificó tanto el misterio que le dije que no.

—¿Y a qué le temes?, ¿qué quiera reconquistarte o que tu cedas a ello?

Lancé sin sentir culpa por la acidez, siendo animado por esa extraña sensación de querer sonsacarle la verdad.

—¡Noo! Ya no siento nada por él. No quiero volver a abrir un capitulo pasado ni si quiera para hojearlo y volverlo a cerrar. Hace dos años que no nos hablamos; nuestra familia nunca se enteró de lo sucedido y ello era primordial para continuar compartiendo la mesa sin contratiempos. Mil veces quise ahogarlo en la sopa o patearlo bajo la mesa, logrando contenerme. Por eso no comprendo qué quiere ahora conmigo, y si existiera la probabilidad de que busque revivir el pasado… tampoco sabría cómo afrontarlo. Es una situación incómoda que terminaría por arruinarme las fiestas. Soy pésima disimulando y con ello lograría preocupar a mi familia sin poder contarles la verdad. —Kinomoto se levantó del asiento con rapidez y caminó de un lado a otro manteniendo un escudo con sus brazos cruzados—. Estoy furiosa con él por hacerme esto en fechas tan importantes, furiosa conmigo por dejarlo ganar sobre mí una vez más y furiosa con mi prima por haberme obligado a ponerme este vestido que grita "Oye, estoy disponible". ¡Ella ni si quiera asistirá a la reunión! Pero te aseguro que se enteraría si no me lo pusiera.

Luego de dar unas histéricas vueltas, retomó su asiento a mi lado. Kinomoto exponía sus emociones varias y dispares como una montaña rusa que, pese a enfatizar con ello cierta inestabilidad, aquellas demostraciones eran tan sinceras y llenas de energía que me generaba el efecto contrario al rechazo.

Esa chispeante personalidad no compatibilizaba conmigo… y quizás por ello me parecía tan atractivo.

Mientras ella canalizaba la euforia, me quedé observando su perfil con detenimiento, cuestionándome el ingrediente secreto que contendría la bebida burbujeante, capaz de magnificar los vagos sentimientos que emergían hacia alguien que poco conocía, deseando realentizar el tiempo. Kinomoto continuaba murmurando para sus adentro, ajena a la introspección que mantenía conmigo mismo; luego de un leve suspiro al finalizar el debate interno, giró su rostro conectando esos bonitos ojos de verde selva con los míos. Sus mejillas volvieron a arrebolarse al encontrar mi mirada cautivada por la suya.

—Ni lo digas. Soy un desastre.

—No era eso lo que pensaba.—Considerarla un desastre sonaba catastrófico para el bello caos que me estaba representando—. Concuerdo que debiste haber asistido a la cena, que a lo sumo se los compensarás mañana. En cuanto a la vestimenta, no dejes que ello te condicione. Lo que importa, es tu actitud frente al problema.

—Tienes razón.

Mi comentario la hizo sonreír gustosa. El haber provocado la curvatura de sus labios yo mismo en más de una ocasión esta noche, era un suceso magnífico que dudaba se volviera a repetir. Definitivamente tenía que anotar la marca de ese Champagne.

—Después de haberlo charlado, podría considerar que exageré… un poco el panorama —concilió en complicidad—. Pero lo creas o no, hoy me sucedieron una serie de eventos extraños sobre lo cotidiano; señales o alertas que terminaban por guiarme hacia otros rumbos, alejándome de los planes para esta noche. Sé que suena alocado, yo misma pensaba que mi mente transformaba los escenarios como un mecanismo de defensa, pero el tiempo me ha demostrado que mi intuición está muy afinada como para desestimar mis corazonadas. Y si ellas me orientaron hasta aquí… en una improvisada cena contigo, es porque así debía ser.

Su radiante sonrisa se amplificó compitiendo con sus ojos que, luego de resplandecer, se cerraron dulcemente.

Una alarma me advertía de no transgiversar sus palabras, de no adicionarles un valor agregado que no fuera intencionado. Sin embargo, el misticismo siempre fue de mi interés, y como ella, consideraba que las casualidades no debían considerarse como tal. Gracias a esa revelación, sentí con mayor intensidad esa conexión que nos implicaba, y que intuía no acabaría en una anécdota para contar.

—Antes de continuar con nuestra velada, haré una llamada a mi papá. Dudo que la última y breve conversación que sostuvimos lo haya dejado tranquilo.

La observé alejarse en busca de privacidad, aun sintiendo un confuso aturdimiento. Regresé la vista al frente, cerré los ojos y licué las presiones emocionales que pudieran entorpecer los designios de esta noche, logrando calmar la exaltación en mi pecho. El silencio que nos rodeaba permitió que algunos fragmentos de la conversación que Kinomoto mantenía con su padre llegaran hasta mis oídos, trayendo consigo la dosis de nostalgia que evitaba cada navidad.

A pesar de tomar la decisión de separarme de mi familia, me perseguían los motivos que me llevaron a hacerlo. Para ese entonces sentía que al desarraigarme de mis tierras podría contribuir a limar aquellas asperezas que pocas veces había logrado verbalizar y tanto daño habían provocado, pero ni siquiera el océano interpuesto pudo calmar el dolor que acarreaba. ¿Sería posible que ella comprendiera, aunque sea en una ínfima y minúscula parte, las razones de mi actuar?

Su risa suave me regresó a tierra dejando suspendida la pregunta. La llamada había concluido y Kinomoto caminaba despacio hacia a mí, portando tal satisfacción en el rostro que no me sentí capaz de arrebatársela con mis penurias.

—Todo solucionado —comentó con alegría, descargando el peso del cuerpo sobre su lado del sofá.

Esbocé una media sonrisa por mera cortesía e intenté disimular levantándome, buscando distraerme con el paisaje fuera, casi pegando mi nariz sobre el ventanal. Con suerte, la poca familiaridad que nos teníamos le advertiría de no indagar en mi repentino cambio de actitud.

—Que bueno. Estás a tiempo de volver, aún falta para las doce.

Continué observando las calles nevadas cuando le hice esa sugerencia, obteniendo la ausencia de su respuesta que me indicó haber fracasado en el intento.

El eco de sus zapatos se oyeron suaves sobre el piso de porcelanato, resonando cada vez más fuerte hasta que se detuvieron a tan solo unos pasos de mí.

—Prefiero quedarme aquí, si no te molesta.

—¿Por qué habría de molestarme?

—Li… Te agradezco que me hayas escuchado esta noche, pero no te sientas presionado a hacer lo mismo por ello.

Volví a masticar la carne de mis mejillas para no evidenciar la inquietud, tratando de escuchar lo que mi embarullada mente decía y lo que mi corazón necesitaba. En medio del debate, como si fuera una aparición, vi la figura de un niño pequeño parado en la vereda frente al edificio. Quedé estático observando que estaba solo, mirando hacia sus costados mientras se aferraba a su bufanda azulada. Las preguntas comenzaron a agolparse, y antes de que decidiera si debía socorrerlo, su pequeña mano se agitó en el aire con alegría, dirigida hacia un hombre llegó pronto a su encuentro, levantándolo en el aire y girando sobre su eje con el niño en brazos.

El alivio dio paso a una fuerte opresión que me dejó sin aire. Llevé una mano hasta mi pecho estrujando la camisa y cerré los ojos concentrándome en recuperar el aliento. Cuando los volví a abrir, el hombre se llevaba al niño cargando, y mientras se alejaban, creí ver que el pequeño me observaba detenidamente.

¿Podría considerar esa escena como una demostración corpórea de lo que Kinomoto llamaba "una señal"?

Negarlo no bastaría, y si no aprovechaba, iba a terminar doblegándome cuando perdiera la oportunidad.

—¿Y si yo quisiera… hablarlo? —dejé salir en una voz tan baja que no creí que me oiría.

—Entonces te escucharía con atención.

Era insólito pensar que estaba por abrirle mi coraza a una persona que nada conocía de mis raíces, y lo más descabellado era sentir un aura de tranquilidad que nos rodeaba y abrazaba, brindándome protección y seguridad para contarlo.

Permanecí con la mirada fija en las parpadeantes luces de la calle, tomando coraje para transportarnos a un veinticinco de diciembre inolvidable… siendo no precisamente, un recuerdo agradable.

. . .

Era una navidad como cualquier otra. Mi madre había ostentado el caudal económico de nuestro apellido llevando la decoración de la mansión al extremo, de forma tal que un desfile de visitantes inesperados rondaban por los alrededores para admirarla. Ieran Li adoraba estas festividades y exteriorizaba su alegría con minuciosos detalles que encantaban a la mayoría, y en proporción, era solo un pequeño gesto con lo que se celebraba dentro de la mansión, donde recaía el verdadero sentido de la navidad que mis padres se encargaron de cultivar: el amor y la familia.

Los Li éramos un grupo numeroso, siendo conformado por mis padres, mis cuatro y escandalosas hermanas y yo, el menor y único varón de la familia. Por fortuna, la casa gozaba de un gran tamaño como para distribuirnos sin molestarnos, pero ni siquiera el universo sería suficiente para amainar la desafinada sinfonía que mis hermanas componían a diario con sus chillidos. Pese a sus castas demostraciones de oído musical, mi padre le solicitaba a sus niñas que prepararan una canción para deleitarnos en la navidad, siendo acompañadas por mi armoniosa participación en el piano de cola. Dicha petición se transformó en una tradición que cumplíamos como regalo para mi padre, festejando su regreso tras unos largos meses de ausencia por viajes laborales. Tal como prometía cada año, si bien no lograba acompañarnos en la cena de noche buena, al día siguiente nos deleitaba con su presencia y la verdadera celebración daba comienzo.

Desde niño, mi padre era signo de admiración para mí, y al crecer, aquella idealización de su persona como el héroe del cuadro, había adquirido fundamentos reales que me llevaron a consagrarlo de ese modo.

Ese veinticinco de diciembre, Hien Li debía abordar el avión que lo reencontraría con su familia alrededor de las once horas, justo a tiempo para una trivial bienvenida antes de almorzar. Ese día, Hien Li habría llegado a tiempo al aeropuerto, sino se hubiera ofrecido como chofer de un amigo y la esposa, quien estaba a punto de dar a luz.

Ese día, Hien Li tuvo que tomar decisiones rápidas e inesperadas sobre el volante, debido a las malas decisiones de otro conductor que terminó ocasionando choques múltiples. Ese día, La Muerte se cobró una vida a cambio de otra.

Según nos informaron sobre el desafortunado evento, mi padre realizó una maniobra para aminorar el impacto del auto descarrilado, de forma tal que la mujer embarazada no sufriera daños severos. Las grabaciones de la autovía demostraban las nulas probabilidades que tenían de salir ilesos si mi padre no tomaba aquella drástica decisión.

Su acto salvó tres vidas a costa de la suya.

Mi familia quedó devastada y en mayor proporción lo estaba yo. Tenía diez años para ese entonces; un niño muy vivaz para su edad pero aún débil de corazón. Por largo tiempo recargué mi dolor sobre el compañero de mi padre como coautor de la tragedia, y hasta en mi propio padre, por haber priorizado la vida de ellos por sobre la suya, sabiendo que dejaba huérfanos a cinco hijos. Su ausencia en mi niñez produjo un efecto colateral que no pudo prever en los segundos que tardó en maniobrar el volante, pero con los años, aquel acto de valentía me sirvió de ejemplo y elevó el pedestal en donde descansaban mis recuerdos con él. Sin lugar a duda, la nobleza de su corazón fue un regalo de alto costo emocional.

Desde aquel fatídico día, la mansión se vestía de luto cuando el ánimo festivo alrededor estaba en alza. Por mutuo acuerdo, cada veinticinco de diciembre visitábamos los restos de Hien Li, deseando que su bondad rindiera tributo y que continuara velando por nosotros con la misma intensidad que lo hacía en vida, descartando así la idea de celebrar la navidad. Esa nueva tradición la llevamos a cabo año tras año, hasta que nació el primer hijo de mi hermana mayor. De un momento a otro la casa volvió a vestir los colores tradicionales en dicha festividad, y aunque la música acompañara la velada, preferían deleitarse con la risa contagiosa del reciente integrante de la familia. Todos parecieron olvidarse del dolor y sin remordimientos reanudaron la antigua costumbre, aferrándose con desespero al nuevo motivo para volver a celebrar; todos, menos yo.

—No puedo concebir una navidad sin él. Siento que estoy deshonrando su memoria festejando el día en que celebrábamos la unión familiar sin su presencia, sobre todo teniendo en cuenta que es el aniversario de su muerte —expresé con la vista clavada detrás del ventanal, enarcando mis cejas tras el caudal de emociones que me causó revivirlo—. Las diferentes opiniones al respecto han llevado a agrietar la relación con mi familia al punto que dejaron de insistir para que los acompañe en estas fechas.

Kinomoto se mantuvo callada durante todo el relato. El silencio que nos rodeaba alimentaba mi ansiedad y por ello evité a toda costa voltear. Contrario a esperar la falsa compasión que algunos manifestaban, intuía que si buscaba su mirada, me encontraría a mí mismo exteriorizando el derrumbe interior que nunca me permití sonsacar en presencia de alguien más.

Pocas y contadas veces rememoré el suceso con el fin de explicar por qué no celebraba la navidad, ya que jamás me interesó justificarme ante los demás, ni me importaba ser comparado con el Grinch u obtener críticas sobre mis acciones; y esta vez no era la excepción: no buscaba la aceptación de Kinomoto, buscaba una sincera e interesada opinión de alguien externo que podría o no coincidir con mi pensar, alentado por la abrumadora melancolía que me encargaba de reprimir cada año con trabajo y ocupaciones.

La delicadeza del tema ocasionaba que los pedidos de mi familia por reincorporarme a la mesa, se tornaran en una discusión donde las palabras dejaban marcas; algunas sanaban, otras no tanto. El ambiente enrarecido que se había gestado me impulsó a mudarme, suponiendo que la distancia nos llevaría a la tregua, logrando con ello que las peleas amainaran… así como su insistencia porque yo los acompañara en las fiestas.

—¿Has hablado con ellos sobre esto? ¿Les has contado como te sientes o indagado en sus razones para retomar las costumbres?

En otra ocasión hubiera tomado su cuestionamiento como una ofensa, sin embargo, su tono amable me sobrecogió de tal forma que me animaba a responder. Intenté recordar alguna de las tantas discusiones, encontrándome con el blanco típico del bloqueo mental.

—Ya no lo recuerdo con exactitud, pero tampoco es tan complicado deducirlo. Encontraron un motivo para evadir el dolor… para evitar revivir el suceso, olvidándose de mi padre en el proceso.

—Li… —Percibí su susurrante voz con mayor cercanía, logrando que mi piel se estremeciera y mis sentidos se agudizaran. Cerré los ojos evitando así la tentación de buscarla con la mirada, por las mismas razones que la había estado evitando al exponerme—. Estoy segura que si escuchas a tu corazón, comprenderás que ellos no buscaban olvidarlo, sino todo lo contrario. Por el lazo que mantenían, basado lo que me has contado, ignorarlo sería algo inconcebible. Si me preguntas… creo que encontraron una mejor forma de rendirle tributo.

Desperté en el momento que sentí su pequeña mano posarse sobre mi hombro. Fue un gesto atrevido pero sencillo y rebosante de una calidez inesperada que derrumbó todas mis defensas. Cuando la miré a los ojos, desconcertado y vulnerable, ella me sonrió con una dulzura de tal magnitud que tomó forma hasta atravesarme el pecho, acelerando los latidos de mi corazón. Me encontraba en un estado de abstracción absoluta, incapaz de comprender que aquello que me empapaba el rostro, eran mis propias lágrimas.

Su pequeña mano me sirvió de guía hasta el sofá donde ambos nos volvimos a sentar, y al soltarme fue como si un huracán me hubiera abofeteado. La angustia continuaba emergiendo como un río tranquilo a su desembocadura, pero la desesperación de no poder contenerlo me embravecía. Me aferré fuerte a mis rodillas de la impotencia, reafirmándome como la roca inamovible que solía ser, permitiéndome retomar la conversación.

Kinomoto estaba en lo cierto. La desolación e incomprensión me habían llevado a la única conclusión posible para que mi familia volviera a celebrar en esta fecha tan particular, aunque lo creyera inverosímil.

Yo mismo sufrí las repercusiones del deplorable estado en el que se sumió mi madre por largos meses, y también fui testigo de lo opacadas que estaban mis hermanas para apenas notar su presencia en la casa.

Concordaba que su partida les había pesado tanto como a mí, y eran esas vivencias las que me animaban a razonar, aunque sea un poco, que ellos buscaran reactivar la chispa que nos mantenía vivos en estas festividades, pero jamás se me había ocurrido pensar que con ello estuvieran homenajeando a mi padre.

¿Cómo podía atreverme a pensarlo?, ¿cómo podía transmitir que mi angustia era genuina y no un fantasma que me perseguía? ¿Qué debía hacer para que alguien comprendiera lo dificultoso que me era transitar cada navidad, sabiendo que él no estaría allí para poderlo abrazar?

Apreté con fuerza la tela de mi pantalón porque no encontraba las palabras para expresarlo sin estallar y terminar la conversación en una fuerte discusión, como solía pasar con mis hermanas cuando salía a colación.

—Comprendo tu tristeza, Li. No creas que te estoy juzgando; cada uno busca la forma de sobrellevar aquello que nos pesa en el alma como puede, y eso mismo se aplica a tu familia.

La tensión aumentó cuando Kinomoto se atrevió a sobrepasar la barrera invisible de las costumbres que nos limitaban, buscando deshacer mis puños con sus manos y llevándolas, con mi consentimiento, hacia su regazo para su descanso.

—Si tu papá te viera hoy, lejos de la familia que tanto amaba, desprendido de ese lazo que consideraba tan importante que hasta dio su vida para que otro niño pudiera conservarla… ¿Qué crees que te diría? ¿Le regocijaría el ver cómo sufres cada año su partida o lo haría el saber que estás acompañado, recordando con una sonrisa los momentos que pasaron juntos a la par que nuevos se van creando?

Las palabras se atoraron en mi garganta. Me limité a darle a entender con la mirada que la conmoción se había apoderado de mi habla, y no encontraba forma de confesarle que hasta podía escuchar a mi padre… haciéndome esa misma pregunta. Él, como Kinomoto, irradiaba luz. Una tan fuerte y brillante que atraía y encandilaba en partes iguales; una fuerza magnética que me encarrilaba, y de la que necesitaba contagiarme. La bruma se iba disipando, dándome cuenta de lo mucho que había extrañado que me ayudaran a ver las cosas con la claridad que irradiaban personas como él, y como ella.

—Mi mamá falleció cuando apenas tenía tres años. No tengo el placer de rememorar su risa ni poder contar alguna anécdota por cuenta propia. Aun así, vive dentro de mí gracias a las historias que mi padre y mi hermano me contaron sobre ella, de las fotografías que me ayudaron a recrear su rostro y sobre todo el amor que ellos me transmitieron de su parte—. Kinomoto había desviado su mirada hacia nuestra unión, y abstraída en su relato, comenzó a propiciar caricias en mi mano con su pulgar. El calor ascendió hasta mis mejillas y me obligué a mantener la cabeza gacha, asimilando el gesto como una acción automática debido al viaje a sus memorias—. He derramado incontables lágrimas por su ausencia, pero también le he obsequiado numerosas sonrisas. Por las noches, siempre que contemplo la luna y sus acompañantes, me concentro en la estrella más brillante del firmamento creyendo que desde allí me está observando, y le hablo esperando que esté orgullosa de la mujer en que me convertí—. Su mano apretó ligeramente las mías, obligándome a levantar la barbilla y mirarla a los ojos. Una capa acuosa recubría el verde intenso de sus irises, otorgándoles un brillo sin igual. No vi tristeza reflejada en ellos, sino devoción y el amor en forma de cristal—. Estoy segura que tu papá espera lo mismo de ti, Li: que vivas tu vida con alegría, que no te arrepientas de nada y, sencillamente, que seas feliz. Concuerdo que la fecha de su partida ha cambiado tu perspectiva de la navidad; por ello, si deseas derramar lágrimas en su memoria… hazlo, pero sonríele después, porque de esa forma le estarás dando el mejor regalo que un padre podría querer.

Ambos nos quedamos observando el trasfondo de nuestros ojos donde el color se transparentaba hasta que lograbas ver lo que detrás se encontraba. La mística que nos rodeó me sumió en un estado de confort y aceptación que me llevó a mantener la unión de nuestras manos y sonreírle en gratitud.

Las palabras sobraban; ella lo comprendió.

En este encuentro pude apreciar y abrazar sus bellas palabras derivadas de los más puros sentimientos y lograr enlazarlos con los propios, aquellos que se habían oscurecido debido desconsuelo.

Al salir del estupor, supe que el paso a la rendición no me sería sencillo; no por orgullo, sino por temor. Sin embargo, a pesar del tiempo que me mantuve alejado de mi familia, iba a reivindicarme con el discurso que se merecían, finalizando con el pedido de clemencia que esperaba fueran a tomar. Iba a prepararme para ambos panoramas, siendo consciente de que tarde o temprano, la mesa de los Li volvería a ampliarse; y aunque hubiera un silla vacía en la punta de la misma, su presencia nos acompañaría por siempre.

Unos estruendos desde el exterior nos sorprendieron a ambos. La nevada había cesado dando lugar a las luces artificiales que iluminaban el cielo, y con ello representar el júbilo de la hora acontecida. Kinomoto corrió hasta el ventanal apoyando ambas manos sobre el vidrio, queriendo traspasarlo para volar alto buscando una la mejor vista donde apreciar el espectáculo.

—¡Acércate, LI! Desde aquí se pueden ver los fuegos artificiales por encima de los árboles del parque, y del otro lado las luces de Tokio se pierden entre las nubes tiñéndolas de color.

Su alegría era capaz de cicatrizar heridas, robándome la primera e impensada sonrisa que me acompañaba esta inesperada navidad. Caminé hacia ella y me posicioné por detrás para guiarme con su mirada. Apenas pude ver dos lluvias doradas en el cielo, cuando un leve mareo me abordó tras percibir su exquisito aroma cítrico una vez más. Me tambalee en mi sitio, y antes que pudiera buscar donde estabilizarme, Kinomoto volteó con rapidez, chocando contra mi cuerpo y logrando que ambos perdiéramos el equilibrio.

Mi mano derecha reaccionó rápido ciñendo su cintura y la izquierda se apoyó sobre el vidrio después de trastabillar, aprisionando su pequeña figura sobre el ventanal, manteniendo la mirada perdida en el verdor de sus ojos y mi corazón domando por sus pequeñas manos, siendo el espacio que creaban sobre mi pecho, el único que nos separaba. La cercanía nos dejó sumidos en la inmensidad de nuestras pupilas, abstrayéndome de la realidad, insinuando perdernos en la oscuridad hasta encontrarnos. Parecía que sus labios dejaban entreabierta una muda invitación, dándome la respuesta con el sutil desvío hacia mi boca; preludio que nos llevaría a la sabrosa locura. Avancé unos escasos centímetros gracias al magnetismo que desprendía su piel, topándome contra el cálido aliento de su boca y la incitación escrita en su ferviente mirada.

Poco faltó para sellar el beso, cuando un fuerte estruendo nos sobresaltó rompiendo el hechizo.

—Lo siento. —Me excusé alejándome lo suficiente para calmar la vergüenza y la mal obrada excitación.

—Fue mi culpa. —Justificó acomodando un mechón de su corto cabello caramelo tras la oreja, en gesto de timidez—. Giré rápido porque no escuché que caminaste hasta mí. Eres muy sigiloso.

Elevé mis hombros restándole interés, dando unos pasos al costado bordeando el ventanal y repasando lo tonto y atrevido que fui. En toda la noche, esa fue la primera vez que percibí en ella una reacción acalorada por mi cercanía; no por eso debía tomar la primera oportunidad para calmar las mías. Podía visualizar lo que pasaría después si no lo enmendaba: Kinomoto me pasaría factura con una cuota de indiferencia y yo no sabría cómo abordarla. Tenía que decidir entre vestir la capa de maldito acosador para encontrar el momento indicado los días siguientes o aprovechar el resto de la velada corrigiendo mi error y profesando mi interés de invitarla un café.

No dejaría pasar la oportunidad.

Di la vuelta dispuesto a plantear una inocente propuesta que se desintegró al verla… destapando una nueva botella de Champagne. Estaba estupefacto.

—¿De dónde salió esa botella?

—¿No te dije? Hay como cuatro.

No supe si alegrarme o preocuparme.

Agradecí que no huyera con cualquier excusa y en su lugar encontrara algo con lo cual alivianar el ambiente, pero no creía prudente que las burbujas fueran parte de la cita, y mucho menos que contribuyeran al autocontrol.

—¿Te parece una buena idea?

—Vamos, ¿por qué no? Solo hemos tomado una.

Comentarle que la proporción no fue equitativa no era viable, ni tampoco rechazar la tregua pasando más tiempo juntos. En cuanto a la bebida… prestaría atención a los vasos que llenaba y escondería la botella cuando tuviera oportunidad. No la conocía en ese vulnerable estado, y al estar solos, habiendo tenido un ligero y casual acercamiento, ¿quién aseguraba que no se volvería a repetir? Yo no podía firmar permanecer inmune.

—Que sea la última, por favor.

—Solo un poquito más. Lo prometo.

Su sonrisa picarona me convenció de inmediato y con ello supe que estaba frito. Disfrutaría hasta el cansancio de las charlas y risas que estábamos llevando con naturalidad, y con ello poder tener material suficiente para iniciar futuros encuentros sin burbujas de por medio.

Kinomoto logró el cometido de destapar la botella por su cuenta y me pidió le acercara los vasos que habíamos estado utilizando para llenarlos. Ella elevó el suyo primero, sonriéndome y animándome para el brindis.

—Por nuestros padres —inició ella.

—Y por nosotros —completé con una media sonrisa.

Los vidrios tintinearon entre sí, ambos bebimos un sorbo en aceptación a nuestros deseo y antes de que retomáramos camino al sofá, volví a buscarla con la mirada.

Quería decirle tantas cosas: agradecimientos, disculpas, y unas ganas locas de expresarle que podía ver su alma reluciendo con tanta intensidad que despejó la maleza de mi camino.

Lo pensé un momento, y me regocijé al encontrar las palabras justas que lo representaran.

—Feliz navidad, Sakura.

Mis propia voz retumbó dentro de mi pecho y saboreé su nombre con la dulzura que lo ameritaba, porque en tan solo unas horas, ella había logrado que los años de amargura parecieran ínfimos.

Su sonrisa, amplia y radiante, apareció luego de un leve desconcierto, llevándose consigo el aire que me mantenía en pie.

—Feliz navidad, Syaoran.

Un nuevo brindis fue iniciado por mi cuenta, esperanzado de que el deseo que nos involucraba a ambos, nos llevara más allá de la incipiente afinidad que comenzábamos a crear.

. . . . . . . . . .

De antemano quiero agradecer a Cherry´s Feathers por animarme a participar en este bello proyecto que enmarca fechas tan especiales. Para mí la navidad se resume en mi familia, una que se agranda y se achica pero nunca deja de palpitar en mi corazón. Con este pequeño relato quise reflejar que no importa dónde estemos o con quién nos encontremos, mientras prevalezca el amor, en cercanía o la distancia, siempre habrá razones para celebrar.

Con éste último capítulo damos por finalizado el año. Les deseo que el 2022 los encuentre persiguiendo sus sueños hasta concretarlos, enfrentando cada día con una sonrisa.

Para Syaoran y Sakura… deseo que las CLAMP les den un poquito de todo esto que imaginamos. Poco probable, lo sé. Mejor nos conformamos con leernos mutuamente: hay mil historias dignas de apreciar y ustedes son nuestra principal fuente de motivación, por ello, no se olviden de comentar :)

Con cariño, MissCerezoo

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Buenas noches, días o tardes lo que sea en sus correspondientes países.

Primero que nada quiero agradecerles por habernos acompañado en este bonito proyecto.

El 2021 me hizo pasar por amargas experiencias que me hicieron desear tirar la toalla en reiteradas ocasiones, pero gracias a nuestro creador, el amor de mi familia y el de las personas que estuvieron y siguen estando para mí constantemente voy logrando, de poquito en poquito, salir adelante. Aún me queda camino por recorrer, pero en mi corazón guardo la esperanza de que este 2022 será un mejor año, no solo para mí, sino para todos.

El proyecto se me ocurrió como un método de sanación personal, como un símbolo de perseverancia. Es un cierre a las cosas que me hicieron mucho daño tanto física como emocionalmente. Pocas de las participantes eran conscientes de este dato porque quería ver qué ideas surgían sin ser influenciadas por mi objetivo.

Los resultados fueron maravillosos y satisfactorios. Sé que algunas de ellas tenían una perspectiva diferente sobre la navidad, otras se animaron a explorar e ir un poco más allá de su zona de confort. Yo volví a escribir, a hacer portadas, banners y separadores, muchos saben que amo editar imágenes. La felicidad que he experimentado en cada proceso creativo del proyecto me hizo sentir viva nuevamente.

Es la primera vez que organizo un proyecto y estoy muy agradecida por haber contado con la invaluable colaboración de mis talentosas amigas. Son personas maravillosas a las que aprecio mucho y les deseo lo mejor en esta vida. Mis sinceros agradecimientos señoritas por aceptar ser parte de:

Las doce campanadas fickers.

Reitero mi agradecimiento a los lectores que nos han hecho muy felices con sus comentarios.

Les deseo un próspero y maravilloso año nuevo, lleno de: bendiciones, paz, salud, amor y felicidad.

Agradecimientos especiales a:

BlueZeldana

Cromatismo

Por sus correcciones ortográficas y anotaciones.

A:

Watanuki's Glasses

Por el material multimedia para los promocionales del proyecto.

A:

Sahure1987 por la publicación en FF.

Se despide: Cherry´s Feathers