Hace mucho tiempo, vivió en Japón un anciano que se llamaba Harry Potter. El hombre, se había construido una humilde y pequeña casa junto al cementerio antiguo, en lo alto de una montaña, y llevaba viviendo allí muchísimos años, desde su juventud, a la edad de 30 años aproximadamente. Había nacido y y se había criado en Inglaterra durante su infancia y adolescencia pero por ciertas circunstancias, el destino lo había llevado a, prácticamente, la otra parte del mundo -también había sido influenciado por su querido amigo Rolf Scamander-.

Harry Potter era un hombre muy amable y generoso, y todos los vecinos del lugar le apreciaban mucho. Sin embargo, se sorprendían de que nunca se hubiera casado y hubiera preferido vivir en soledad. Era una persona muy reservada.

Durante un verano muy caluroso, enfermó, y acudieron a cuidarle Luna Lovegood y Teddy Lupin, su ahijado. Sus padres habían fallecido en un mortal accidente de tráfico.

Harry les dijo:

– Creo que mi vida se acerca a su fin.

Los dos le contestaron que no se preocupara, que iban a acompañarle en todo momento y a cuidarle durante el tiempo que lo necesitara.

Teddy no se retiraba de su lado. Y una mañana, soleada y muy calurosa, un gorrión dorado entró en la habitación donde estaba el anciano. El joven intentó espantarlo, pero regresaba una y otra vez. Al final, el muchacho se dio por vencido y lo dejó revolotear al lado del anciano, admirando la belleza de sus alas. Hasta que el gorrión decidió abandonar la habitación y el chico, lleno de curiosidad, la siguió.

El pequeño gorrión dorado entró en el cementerio antiguo y se dirigió hacia una tumba, en donde comenzó a revolotear hasta que desapareció. La tumba parecía bastante antigua, pero no tenía musgo ni hierbas, sino que estaba muy limpia y rodeada por flores blancas muy bien cuidadas.

El joven, asombrado por lo que acababa de ver, regresó a la habitación de Harry y descubrió que acababa de morir.

Corrió a buscar a Luna para darle la noticia, y le contó lo que acababa de ver. Luna, lejos de asombrarse, sonrió y le dijo:

– Ya puedo desvelar el secreto de Harry, supongo. Cuando era joven, se enamoró de una chica llamada Hermione...

Inglaterra, hace 45 años

Harry James Potter, de 25 años, se hallaba en el salón de su apartamento, frente a muchos papeles encima de una mesa. Otra vez se había dejado ir y estaba estudiando para un importante examen de medicina. El mordisqueo constante en la tapa del bolígrafo que sostenía en su mano delataba su nerviosismo. Frunció el ceño, cogiendo y soltando varias páginas y observando algunas lineas con detenimiento, antes de suspirar.

- ¡Harry James Potter! -una voz tronó en toda la casa, sobresaltando al ojiverde.

El bolígrafo salió volando de sus dedos y su rodilla golpeó la mesa de manera involuntaria. Harry rechinó los dientes, aguantando el gemido lastimero y se frotó la zona dolorida en un inútil intento por aliviarla. Unos pasos furiosos y rápidos se acercaron a donde él estaba y una maraña de rizos castaños ocupó el campo de visión del moreno.

- Pero, ¿qué demonios...? -protestó, brincando hacia el respaldar del sillón.

- ¿Te parece bonito lo que has hecho? -le recriminó de nuevo esa voz. La voz de su mejor amiga que lo miraba de mala gana. Su cuerpo estaba ligeramente inclinado en señal de amenaza.

- ¿Y ahora que pasa, Mione? -logró articular el ojiverde, acomodándose las gafas de la impresión.

- ¿Que qué pasa? ¡Por Merlín! ¿Has visto cómo me has dejado el escritorio? -alzó la mano, agitando unos papeles arrugados en su cara.

- Estate quieta, mujer. No es para tanto

- ¿Que no es para tanto? ¿No es para tanto? Parece que ha pasado un huracán, ¿qué estabas buscando esta vez?

- ¿Un bolígrafo? -se encogió de hombros con una sonrisilla inocente.

- Un bolígrafo ¡un bolígrafo! yo te mato, Harry -se irguió, frustrada y haciendo aspavientos.

- Te estresas por nada

- Sabes que odio que dejes mi escritorio hecho un desastre. Eres un desordenado

- ¿Te he dicho hoy que tu atractivo sube exponencialmente cuando te enfadas?

- No cuela, Potter

- Cuando me llamas Potter debo salir huyendo, ¿verdad?

- Te juro que algún día te clavaré una espada que nadie pueda mover en la vida.

- Déjame adivinar. ¿Has vuelto a leerte el libro de Arturo y Los Caballeros de la Mesa Redonda? -alzó una ceja, con una sonrisa de lado.

Las facciones de Hermione cambiaron en un segundo, enrojeciéndose. Tanto que hasta sus rizos parecieron cobrar vida, respondiendo al estremecimiento que acababa de recorrerle el cuerpo al mirar a su mejor amigo.

- Agg, ¡cállate! -dijo finalmente antes de desaparecer como alma que lleva al diablo.

Harry contuvo su risa de la victoria. No dejó de sonreír. Si, era un poco bribón con la castaña cuando se trataba de convivir como compañeros de piso. Él estudiaba medicina, ella derecho, dos carreras completamente opuestas, casi tanto como ellos que las estudiaban. Pero, sin duda, no cambiaria por nada lo que vivía con ella a diario. Era divertido y apasionante.

- ¿Qué tal si te preparo para cenar los tallarines con pesto que tanto te gusta? -alzó la voz para hacerse escuchar en la dirección donde se había ido?.

- ¡Con mucho queso! -le respondió su amiga de vuelta con la misma energía.

Si, definitivamente había ganado.

- ¡Buenas tardes, chicos! He oido los gritos, ¿qué has hecho, Harry? ¿Qué malévolo comportamiento ha provocado a nuestra querida Hermione?

Luna Lovegood, una buena amiga que tenían en común, apareció por la puerta como Pedro por su casa. Estudiaba veterinaria, no muy lejos de la facultad donde estudiaba Harry, así que prácticamente se veían a diario. Luna era la mejor amiga de Hermione pero al terminar el instituto, eligieron carreras distintas y en ese tiempo, Harry y Luna se conocieron. De hecho, de no ser por ella, Harry y Hermione no se habrían conocido.

Bendito día fue ese encuentro.

- Nada importante, un pequeño alboroto en su estudio

- ¿Sigues provocándome?

Harry soltó una risita cuando volvió a escuchar la voz de Hermione, apareciendo por el salón. La castaña pasó por su lado, le dio una colleja en la nuca y abrazó a Luna con infinito cariño.

- ¡Au! Te denunciaré por maltrato

- Estás hablando con una futura abogada, lo llevas claro

- A veces pienso que de verdad eres tonto, Harry Potter -se burló Luna cuando se separó de su amiga.

- A Hermione le gusta que lo sea

- Tontito, tontito, no tonto insufrible -le corrigió.

- Lo que digas. Se te pasará el enfado cuando te prepare la pasta

- ¿Chantaje emocional? - rió Luna con diversión.

- Eso se cree él, ¿qué traes ahí? -observó las bolsas que traía con curiosidad.

- Postre. Me he auto invitado a cenar con ustedes

- Me encanta como te cuelas en nuestro apartamento cuando te da la gana

- Qué maleducado eres, Harry

- ¿Tengo que ponerme un letrero de "Sarcasmo" en la frente? -replicó, mirándola con desafío.

Hermione entrecerró los ojos un segundo antes de ignorarle, coger las bolsas de Luna e ir a la cocina. El ojiverde le guiñó el ojo a la rubia, se levantó de un salto y siguió a su mejor amiga.

Luna, como si estuviera en su casa, se quitó el bolso y la chaqueta y lo colgó todo en un perchero que había en la entrada. La cocina no estaba muy lejos, cerca del salón, había un arco que separaba ambas salas. Se paseó por la estancia con naturalidad, una especie de rutina que tenia cada vez que visitaba a sus amigos. Observó los marcos de fotos: fotos de Harry, de Hermione, de sus familias, de los tres juntos, de algún asadero universitario. Se detuvo en una con especial atención mientras una sonrisilla de suficiencia se dibujaba en su boca. En ella, aparecían Harry y Hermione. Parecía simple. Ese dia se habia organizado un evento especial con fines sociales para niños desfavorecidos, y ella estaba en una plataforma delante de un púlpito, hablando, expresando su sentir en un discurso sencillo, humilde y con corazón. Y a su lado estaba Harry, que habia sido uno de los voluntarios para presidir el evento. La foto captaba el momento cuando él le cedía el micrófono y ella lo aceptaba con una sonrisa. Para cualquier otra persona, era solo una simple foto sin nada especial. Pero para Luna que los conocía muy bien, la forma en la que se miraban era bastante significativa.

Escuchó unas risitas de fondo, distrayendo su atención. Sin dejar de sonreír, se acercó sin hacer ruido y se asomó al arco. Hermione estaba fregando la losa y Harry estaba su lado, susurrándole algo al oido que provocaba su risa mientras enjuagaba los platos.

- Deja de hacer eso que vas a mojar todo

- Pero si te estoy ayudando

- Deberías revisar tu concepto de ayudar

- Eso suena aburrido -salpicó su cara y ella, por instinto, manchó su nariz con lavavajillas- pero...

Hermione soltó un gritito de sorpresa cuando él la levantó en peso, agarrando su cintura. Pataleó como una niña y agitó la esponja, salpicándolos entre risas.

- ¡Suéltame ya! ¡Bruto!

- Eres una quejica

- ¡Me las pagarás, Harry Potter!

Luna los observaba, conteniendo las ganas de reírse. Si tan solo ellos supieran como les brillaban los ojos cuando estaban juntos, si tan solo supieran el imán que los unía, Hermione se movía y Harry la seguía, él sonreía y ella se derretía, ella hablaba y él la escuchaba embobado.

Pero, solo eran compañeros de piso y mejores amigos, ¿verdad?

- Entonces, ¿ellos se conocieron gracias a ti?

- Si. Fue interesante y gracioso ver su progreso, como conocidos, como mejores amigos y como compañeros de piso. Me resultó intrigante su relación. Se enamoraron sin darse cuenta. Eran tan tontos los dos. Pero cuando por fin se dieron cuenta... decidieron casarse, y para festejar ese compromiso, prepararon un viaje a Japón. Hermione adoraba viajar y a Harry le gustaba complacerla. Pero ella murió repentinamente.

- ¿Cómo es posible?

- Cáncer. Al parecer, lo heredó de su abuela materna. Fue... bueno, fue... -tragó saliva sin saber muy bien cómo continuar al recordar, a la que fue y seguirá siendo, a su hermana de otra madre- en fin, Harry cayó en una profunda tristeza. Cuando se recuperó, decidió que jamás se casaría, y construyó esta casa junto al cementerio para visitar y cuidar cada día la tumba de su amada. Fue el deseo de Hermione. Fue muy especial para ella estar aquí.

El joven se quedó pensativo. Ahora entendía quién le había visitado en forma de gorrión.

Al fin, su tío se había reencontrado con ella.