Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada y Chimaki Kuori.


3)... vergonzoso cuándo te caes en la calle y alguien del sexo opuesto te ve (en especial si es alguien que te gusta).


Acababa de salir de la Academia de Arte algo apresurado porque se le hacía tarde, muy tarde si quería encontrar a Kyoko a tiempo, saliendo de la universidad directo a su casa. Su plan era pedirle a su amiga, y amor platónico, que fuera la modelo para su siguiente muestra fotográfica, que esperaba poder colgar en la exhibición de la Academia, además de que quería encontrarse con ella para darle las fotografías que había sacado de sus amigas del recital de ballet.

Rigel salió corriendo lo más rápido que podía, esquivando a los transeúntes, sosteniendo su mochila semiabierta para evitar que las cosas que traía se cayeran y tratando de que su cámara no saliera volando debido a sus bruscos movimientos. Estaba cansado y sudoroso cuando llegó a la parada del camión que debía de tomar para llegar a su destino; al parecer también estaba de suerte ya que el camión no tardó en pasar, casi vacío, lo que le aseguraba un asiento para que pudiera recuperar un poco el aliento de la carrera que dió y la que daría.

Su plan era simple; sólo tenía que llegar a tiempo, saludar a Kyoko, entregarle el paquete de fotografías, hacerle la propuesta y después pedirle que lo dejara acompañarla a casa. Pan comido.

O era pan comido.

El camión se detuvo cuando llegó a su destino y él bajó despacio, incluso ayudó a una mujer mayor a bajar sana y salva del autobús antes de comenzar a correr de nuevo.

El área de biología estaba casi al fondo, escondida alrededor de un montón de plantas plantadas por los estudiantes de botánica para mejorar la apariencia de su edificio. Debido a su carrera logró llegar justo cuando los estudiantes de botánica de los primeros grados estaban saliendo, los de grados superiores disfrutaban perder el tiempo en los alrededores, o estaban demasiado atareados con los trámites de titulación.

Rigel logró identificar a Kyoko caminando con algunas de sus amigas, lo que le sacó una sonrisa victoriosa que combinó con su mano levantada para llamar la atención de la pelinegra. Kyoko lo vió, e incluso le respondió el saludo.

Y entonces todo se fue al caño.

Estaba tan concentrado mirando a su amiga con su blusa de hombros descubiertos y falda varios centímetros arriba de la rodilla que no se fijó que la rampa para silla de ruedas se acabó y lo siguiente que seguía era un escalón grande y después más escaleras. Rigel se había confiado con la premisa de que la rampa continuaba y dió un paso en falso, cayendo a su inminente… caída.

Su tropiezo lo hizo rodar varios escalones hacia abajo, su mochila aún seguía abierta así que sus cosas salieron volando y su cámara, su preciada cámara de varios cientos de euros se dió un gran golpe, no se rompió pero sí tuvo un golpe que se quedaría ahí para toda la eternidad.

En el suelo, Rigel mantuvo su cabeza pegada a la superficie, boca abajo, podía escuchar a su alrededor las tenues risas de todos los que habían visto su caída y peor aún, escuchó la voz de Kyoko llamarlo preocupada, cada vez más cerca hasta que ella se agachó a su lado.

—¡Rigel! ¿Estás bien? Fue una caída algo fuerte.

Una caída. Se había caído frente a un montón de desconocidos universitarios que no podían quitarle la vista de encima, pero eso no le causaba tanta vergüenza como el hecho de que se había caído frente a Kyoko.

Sonrojado, se enderezó lentamente y miró a la pelinegra frente a él, sólo por encima del hombro, mirarla a la cara sería demasiado después de un momento como ese.

—Estoy bien, Kyoko —susurró.

—¿Estás seguro? Porque volaste varios metros y todas tus cosas terminaron por todos lados… ¡y tu cámara!, ¿está bien? ¿no se rompió?

—Estoy bien, Kyoko, no te preocupes…

Las amigas de la pelinegra se acercaron, ambas sosteniendo varias de las cosas que se habían dispersado por toda el área del incidente. La rubia, Eurídice, le dio a Kyoko el sobre abierto con las fotografías de la presentación de Katya y Mariya.

—¿Es tu amiga, Kyoko? Me encanta su maquillaje, debió de ser una presentación excelente —dijo, desviando la atención de la chica.

—¡Es cierto! Se ven excelentes, fue una buena noche, algo aburrida pero buena, Shoko se mantuvo despierta casi por una hora lo cual es genial… y son muy buenas fotos, Rigel, a Katya le van a gustar…

Rigel asintió, tal vez Kyoko ya estaba hablando de otras cosas, pero eso no quitaba las miradas de otros aún sobre él, y lo que era peor, tampoco podía evitar que él rememorara ese vergonzoso momento frente a la chica que le gustaba en su mente, una y otra vez, como un disco rayado.

Tardaría días en recuperarse y semanas en lograr mirar a Kyoko a los ojos de nuevo.