Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.
4)... incómodo (y vergonzoso) cuando se te cae la comida al suelo y alguien te ve recogerla y comerla.
Era un día terrible, atareado, lleno de gente que se paseaba de un lado al otro del gran zoológico, con grandes grupos de niños yendo y viniendo, grandes colas para mirar a los animales favoritos de todos, como los pingüinos, los osos pandas, los temibles leones y las grandes jirafas.
Shaina tuvo que lidiar con mucha gente ese día; gente desesperada y acalorada que para el medio día ya no le pedía que les hablara sobre los animales en el reptilario, se lo exigían casi a punta de amenazas. Pronto comenzó a cansarse de la gente que le decía que repitiera, los gritos de los niños, los jaloneos por todos lados, y el gran calor que hacía. Todo lo que quería y necesitaba era que el medio día llegara para que su descanso diera inicio, era todo lo que pedía, media hora del almuerzo lejos de todas esas molestas personas.
—Sólo veinte minutos más —susurró viendo su reloj de pulsera, antes de continuar con su explicación sobre el cambio de piel en las serpientes.
Aunque le desagradaban los días atrejeados, estaba feliz con la premisa de trabajar en el zoológico, haciendo lo que más le gustaba, estudiar a los reptiles y rehabilitar a aquellos que habían sufrido algún problema a causa de la intervención del hombre.
En los veinte minutos que le restaban se enfrentó a una pareja con seis niños imperactivos y un bebé que le manchó la camisa de un extraño líquido amarillo que esperaba fuera jugo de manzana o algo parecido.
—Tonto niño y tonta familia que no sabe controlar a sus mocosos, por eso no tendré hijos… —se quejaba mientras caminaba hacia la pequeña área reservada para los trabajadores.
Ni siquiera ver que estaba sola en el lugar fue suficiente para calmar su mal humor. Aún murmurando maldiciones sacó su bolsa de papel que contenía una manzana, un pequeño envase con yogurt y el sandwich que se había preparado la noche anterior.
No era su día, lo sabía; con agresividad comenzó a quitarle la envoltura a su sándwich y comenzó a comer, dando mordiscos grandes y masticando un par de veces antes de tragarse el bocado. Eso no estaba funcionando, podía sentir que aún continuaba algo frustrada y entonces recordó que al fondo de su bolsa estaba un pequeño regalo cortesía de Marín, un chocolate, de los finos, que la pelirroja había sacado de una gran y costosa caja de cartón que le habían dado como regalo de Navidad.
Shaina volteó la bolsa al revés y dejó que el pequeño chocolate cayera a la mesa. Lo miró con admiración, era un preciado regalo que desenvolvió con cuidado, procurando que el redondo chocolate no se rompiera. En cuanto más desenvolvía el majar más se lo saboreaba, imaginando cómo el dulce se derritiría en su boca.
Era todo lo que necesitaba pero justo cuando estaba por cumplir su más reciente fantasía en realidad el chocolate salió de sus manos, como si supiera su destino a manos de esa malhumorada mujer y prefiriera huir lejos de ella. Shaina lo vió en cámara lenta, cómo el chocolate caía de su mano para estrellarse directo al suelo y rodar al menos tres centímetros lejos de su pie.
Ella miró el chocolate en el suelo; a su mente le llegó el recuerdo de su adolescencia, cuando salía con Milo. El griego solía tener accidentes de ese estilo y cuando eso pasaba él sólo decía y hacía una cosa.
—¡Regla de los tres segundos!
No tardó ni uno en agacharse y recoger el chocolate. Antes de comerlo lo talló un poco contra su camisa nueva y se lo metió a la boca, completito, cerrando los ojos en el proceso. Como se lo esperaba, el chocolate tenía una cubierta crocante y un interior suave, que se derritió apenas la bolita se abrió. Era una delicia, en definitiva valía esos casi mil euros.
Una tenue sonrisa se dibujó en su rostro; esta pudo haber durado más pero en ese momento abrió los ojos y se encontró de frente con Aldebaran, que también cargaba su almuerzo y la miraba serio. Shaina se sonrojó, por la expresión de su compañero no era necesario preguntar para saber que él lo había visto todo.
—¡Es un chocolate de los caros! —se justificó, por completo sonrojada.
Aldebaran asintió antes de acercarse a ella y dejar su almuerzo en la mesa. En silencio miró el sándwich a medio comer y la envoltura del chocolate.
—Shaka también me dió de esos en Navidad —dijo, rompiendo el incómodo silencio—, sí están buenos.
—¿Y dónde están los míos? —se quejó ella, tratando de desviar la atención de lo sucedido.
—Ahora que lo mencionas sí me dió cajas para mis compañeros… pero las olvidé.
Shaina negó con la cabeza y se llevó una mano al rostro, ya no se sentía tan sonrojada, y al parecer Aldebaran estaba dispuesto a fingir que no había visto eso, lo que le quitaba un vergonzoso peso de encima.
