Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.


23) ... cuando te cae excremento de pájaro.


Cuando se llega a la adultez, o más bien, cuando se llega a la vejez, la experiencia se hace más visible, hay cosas que le pasaran a alguien joven por primera vez, mientras que para un adulto esos momentos ya son un hecho comprobado; si está nublado lo mejor es no jugar con la suerte y salir con un paraguas, la paciencia es una virtud y, lo más importante, hay cosas que no se pueden manejar.

Sin embargo, aún existían cosas que Krest Benoit, el aclamado escritor, pretendía poder manejar a su complacencia. Todos los días salía de su casa para caminar exactamente ciento veinte pasos hacia donde estaba su café favorito, que justo para cuándo él llegaba ya estaba abierto y le tenía su café ya preparado en la mesa del fondo, lejos de las ventanas. No importaba que hiciera calor o lloviera, él siempre debía de está ahí para trabajar las dos horas diarias que su horario me dictaba, después pasaba otras tres horas leyendo o contestando correos electrónicos, hasta que llegaba el momento de regresar a casa con su amada esposa.

La naturaleza era una de esas cosas que se escapaban de su dictatorial control, un gato andaba por todos lados menos donde debería, los perros le ladraban a todo lo que se movía, incluso los pescado no nadaban en el orden correcto. Pero los peores eran las aves, que siempre estaban haciendo ruido; él las odiaba.

Y parecía que ellas tampoco le tenían un gran aprecio. A pesar de todos sus años de experiencia en toda Europa y África aún no había aprendido que a veces lo más inesperado puede ocurrir por obra de un ave.

No necesitó alejarse mucho de su hogar, apenas se dió la vuelta para cerrar la puerta sintió algo caliente caer justo sobre su hombro derecho. El criminal se alejó volando, ni siquiera volteó atrás, y Krest sólo pudo cerrar las manos para formar dos apretados puños antes de sacar un pañuelo del interior de su chaqueta para intentar limpiar la blanca e infame mancha.

Era la octogésima sexta vez que eso le sucedía, en toda su vida; un asquerosa ave se burlaba de él y hacia sus asquerosidades sobre alguna de sus elegantes chaquetas. No creía en los presagios, pero sabía por experiencia que si su día iniciaba con uno de esos incidentes el resto sería terrible.

Lo comprobó cuando llegó a la cafetería y descubrió que apenas estaban abriendo; su café aún no estaba preparado y su chaqueta no podía ser limpiada por completo. La dueña del lugar incluso le ofreció algo de jabón y un lavabo en donde lavar su chaqueta.

—No se preocupe señor Benoit, a todos les pasa.

Dijo la mujer antes de abandonarlo frente al lavabo. Era cierto, a todos les pasaba, a él le había pasado ochenta y seis veces en toda su vida, demasiadas veces para una persona normal si era honesto, y debido a eso odiaba a las aves. Debido a que era algo común, él también sentía molestía, era un fenómeno que escapaba de su control, frente al que no podía hacer nada, lo mantenía atado de manos, sujeto a la naturaleza.

Salió del lugar con su chaqueta húmeda, sobre su mochila en la que guardaba su laptop; si iba a ser un día malo entonces él pasaría el resto encerrado en casa, alejado del mundo exterior con esas peligrosas aves que volaban y soltaban proyectiles para cualquiera que estuviera debajo de ellas.

Estaba a seis pasos de su hogar cuando el horror apareció de nuevo, otra ave volvió a ensuciarlo, en el mismo lugar y de la misma forma. Krest maldijo en su mente, en el exterior se mantuvo con una expresión neutral, a pesar de que sus ojos denotaban que asesinaría a la primera persona que se le atravesara.

Garnet no dijo nada cuando él apareció atravesando el jardín delantero, techado, sólo le hizo una mueca a la blanca mancha que contrastaba con la camisa verde oscuro.

—Odio a las aves —anunció él, deteniéndose frente a su esposa—, va a haber malas noticias, dilas de una vez.

—No es una mala noticia en realidad, querido —Garnet se quitó sus guantes de jardín y sacó su teléfono celular—, sólo no vayas a infartarte o algo así.

—¿Qué hizo Dégel?

—¿Por qué tendría que hacer algo Dégel?

—Bien, ¿qué hizo Camus?

La mujer le mostró su teléfono mientras comenzaba a explicar.

—Sólo es una foto en sus redes sociales, pero como sé que tú y el señor Galanis tienen una absurda pelea creí que lo mejor sería que la vieras antes de que él hiciera algo tonto como enviarte un correo electrónico o algo así.

Krest asintió, no creía en esas cosas pero la experiencia le decía que si un pájaro le jugaba chueco él recibiría una mala noticia. Esa mañana su mala noticia fue descubrir que su querido nieto, hijo y nuera había pasado año nuevo con los Galanis, específicamente con ese hombre.

—Empaca tus cosas, no podemos empezar el año sin ver a la familia.

Garnet se quedó en su lugar, viendo como su esposo sacaba otro pañuelo para limpiar la mancha blanca en su camisa y entraba a su casa. Ya se lo había esperado, el ama de llaves y las dos sirvientas ya estaban trabajando en eso.

—Bien, al fin que ya me aburrí de Francia —dijo antes de seguir a su irritado esposo—, Krest, querido, ¿quieres que mande a lavar tu camisa?