Capítulo 23: Caos, orden y balance

Después de tanto tiempo sin actualizar los dejo con un nuevo capítulo. Les recomiendo que lean el interludio que escribí con anterioridad que es una recapitulación de toda la historia hasta ahora (está bastante resumido igualmente) y les servirá para recordar algunos detalles.


Hay sacramentos tanto del mal como del bien en torno nuestro; y vivimos y nos movemos, a mi juicio, en un mundo desconocido, en un lugar donde hay cavernas y sombras y moradores del crepúsculo. Es posible que el hombre pueda a veces retroceder en el sendero de la evolución, y creo que hay un saber terrible que no ha muerto todavía.

Arthur Machen


¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

Nuestro destino ha sido siempre encontrar respuestas a estas preguntas.

¿Quiénes somos?

¿Somos simplemente lo que otros quieren que seamos?

¿Estamos destinados a un destino fuera de nuestro control?

¿O podemos evolucionar?

¿Convertirnos en... algo más?

Raven se acomodó de su posición incómoda en la silla donde estaba sentada.

« ¿Quién soy?

Soy Raven, y no estoy segura de lo que soy... sólo sé que hay algo oscuro en mí, y lo oculto. No hablo de ello pero está ahí. Siempre.

Este oscuro pasajero.

Y cuando tiene el control, me siento viva y medio enferma con el estremecimiento de que algo está... absolutamente mal.

Últimamente hay momentos en los que me siento conectada a algo más, alguien. Es como si se estuviera cayendo la máscara y es algo que me aterra».

Se sentía dividida.

Fracturada.

Responder a la pregunta "¿Quién soy yo?" implica, entre otras cosas, enfrentarnos a la tensión entre lo que creemos ser y lo que queremos ser. Conocerse a uno mismo no solo es la cosa más difícil, sino también la más incómoda.

A menudo las personas dicen que aún no se han encontrado a sí mismas. Pero el sí mismo no es algo que uno encuentra, sino algo que uno crea.

Así que podemos ser desordenados y contradictorios. Podemos también escoger cuándo mostrar una cara y cuándo otra.

Muchas personas se miran en el espejo y no saben reconocerse. Ven su cara y su cuerpo, su expresión facial, pero no tienen la más mínima idea de quién es ese individuo que les mira fijamente.

Aprender a conocerse implica serios riesgos. Supone despertar de un largo letargo en que la mayoría de la población vive inmersa.

«Cuando creo que alguien me conoce y descubro que no es así me doy cuenta de que ni siquiera yo misma me conozco en realidad.

Todos creemos ser alguien, pero eso no indica que seamos esa persona. Incluso cabe la posibilidad de que jamás lo hayas sido.

A veces solo nos miramos en el espejo y no entendemos quien es esa persona que nos mira, lo que el reflejo nos devuelve.

Pero entonces

¿Quién soy?».

Y algo que ya se había cuestionado se repitió en ella.

« ¿Soy ese espejismo?

¿Soy quién se refleja en el espejo?».


Quíntuple homicidio: familia brutalmente asesinada a puñaladas en su vivienda. Encontraron al padre y madre junto a sus tres hijos de 3, 7 y 14 años muertos y con varios cortes profundos. Se presume de un acto cometido por una secta. ¿Dónde están los Jóvenes Titanes? Para más información detallada dirigirse a la página 6 del artículo.

Faltaba poco para el amanecer. Robin estaba sentado a solas en la sala de control, leyendo toda la información que tenía recopilada hasta el momento mientras que todo se le colaba en el cerebro sin dejarle el más leve rastro de significado.

No podía creer lo que examinaba.

Mientras ellos estuvieron ocupados conteniendo a tres villanos (y fallando para importunar más las cosas), Victor Zsasz había cometido otro cruel homicidio. Una familia entera, incluidos tres pequeños niños.

Todos marcados a sangre fría con la Marca de Scath en sus cuerpos.

Y mientras lo hacía, intentaba borrar los desagradables recuerdos de una larga, agotadora y difícil semana, por lo que en la cabeza no le quedaba sitio para otra cosa.

Todo esto lo estaba dejando, literalmente, en la más ruinosa desdicha.

Cuanto más empeño ponía en concentrarse en el escrito que tenía ante sus ojos, más nítidamente veía las caras de regodeo de sus rivales. Hermano Sangre había obtenido todo lo que quería, y sin mostrar su horrenda cara. Había manejado todo desde las sombras sin que ellos pudieran detenerlo porque el muy maldito se refugiaba en Zandia, una nación cerrada y acuartelada. Entrar ahí sería obviamente un suicidio.

Robin no se había contentado con enumerar los sucesos ocurridos por culpa de esa secta.

Los diarios y los medios de comunicación habían estado como locos y haciéndose un festín describiendo con lujos de detalles todos los hechos cometidos por la Iglesia de la Sangre, mencionando de paso el por qué todavía no habían sido detenidos, sin contar que en una sensacionalista revista amarillista los habían nombrado como unos inútiles por todavía no haber frenado el avance de los villanos que estaban causando estragos en la ciudad.

Al Chico Maravilla se le aceleró el pulso al pensar en esas acusaciones, porque no eran justas ni ciertas.

Él deseo saber ahora como los calificarían cuando se enteraran del triple robo y de cómo no habían podido detener ni siquiera a uno de esos criminales. Doctor Luz era en estos momentos imparable, Victor Zsasz se movía sin ser visto dejando un rastro de sangre tras de sí. La notoriedad de su reserva sólo era sobresalida por la de su virtud a la hora de asesinar sin piedad. Y Psimon era una fuerza a la que no podrían hacer frente. Tampoco podía dejar de lado a Red X, gracias al cual Sebastian había adquirido ese maldito libro que ocasionó que todo esto empezara.

¿Debería pedir ayuda a Bruce? ¿Era el momento o debía esperar?

La Iglesia de la Sangre quería acaparar la atención de todo el mundo y lo estaba logrando con plétora. En tiempos de beligerancia y disturbio todos buscan ser salvados y esa cofradía maligna se ofrecía como la salvación y, ¿para qué transformar el mundo si el mundo no prestaba atención? De esa forma lo que lograba era reclutar más acólitos guiados por el miedo y de esa forma fortalecer su tropa de maniáticos adoradores del padre de Raven.

¿Cómo se atrevían a insinuar que la escasa vigilancia había facilitado los dos horribles asesinatos, el del conservador del museo y el de la monja de la Iglesia St. Vincent de Paul, aireados por los medios de comunicación? ¿O que ellos deberían haber previsto de alguna manera el inusitado ataque de Doctor Luz en el Instituto Franklin, con su larga lista de víctimas y daños materiales? ¿También era por su culpa que un psicópata sin control estuviera suelto? ¿Y qué un ladrón de poca monta estuviera haciendo fechorías por la ciudad?

«Se respira un ambiente de desastre», había concluido la noticia en el periódico.

Por desgracia, esa afirmación era cierta. Robin también lo notaba sin contar que el clima era deprimente; aquella fría neblina en este mes no encajaba, no era normal.

Pasó a la segunda hoja del escrito, vio que todavía le quedaba mucho por leer y lo dejó por imposible. Estiró los brazos para desperezarse mientras contemplaba la sala con desánimo. Al notar un ligero temblor, se levantó y se acercó a las ventanas para observar la tenue neblina que se pegaba a los cristales.

En ese momento, mientras se hallaba de espaldas a la habitación, oyó una débil tos masculina detrás de él.

—Tú debes ser el primer Chico Mantequilla —lo saludó el hombre rubio avanzando con paso firme mientras se ponía un cigarro en su boca y lo encendía—. Veo que Zee te dejó como nuevo.

Robin solo rezongó en molestia de modo que no dijo nada. No se alegraba lo más mínimo de ver a Constantine en la torre, cuyas ocasionales apariciones, según Bruce, además de resultar sumamente alarmantes, solían deparar siempre alguna noticia nefasta e infortunios para los que estuvieran cerca de él.

— ¿En qué puedo ayudarte? —preguntó indiferentemente observándolo con brevedad por encima de su hombro, para luego dirigirse de nuevo a la computadora principal para tratar de rastrear una vez más el comunicador de Raven, la única que faltaba en este momento en la torre. Había encontrado a Cyborg fuera del museo dentro de un contendedor de basura pero ni rastro de la hechicera, si es que la destrucción masiva que había fuera del lugar ocasionado por una clara lucha no se consideraba un rastro.

—Es tanto que no sé por dónde empezar —masculló John mientras arrastraba una silla; luego se sentó. — ¡Qué semanita, eh avecilla!

— ¿También has tenido una mala semana? —repuso Robin con fría formalidad, dándole a entender que ya tenía bastantes problemas y no necesitaba los de él.

—No tan malo como eso que estás viendo en pantalla —indicó observando la noticia que se exponía—. Árboles arrancados de raíz, tejados desprendidos, autos detonados, farolas dobladas. Alguien más ha tenido un muy mal día.

—Es lo que estoy analizando.

—Fue Raven —reveló John directamente y sin dar tantas vueltas al asunto—. Ella lo ocasionó. No te compliques tanto.

—No hay nada confirmado aún —defendió Robin a su compañera de equipo.

«Este mundo es el caos», pensó Constantine. «Hay quienes eligen ignorarlo. Y hay quienes lo abrazan por su verdad. Están inmerso en mentiras, en locura ignorante. Pero incluso en este caos, todo sigue un orden. Orden a partir del caos. Y en ese orden debe haber un balance».

El caos es la ley de la naturaleza; el orden el sueño del hombre. En nuestro mundo, "lo que sabemos" y "lo que no sabemos" coexisten en una nebulosa, fatalmente unidos, como hermanos siameses. En cada uno de nosotros hay caos y orden, bien y mal. Pero esto se puede y se debe controlar. Hay que aprenderlo.

El universo busca equilibrios; la vida prefiere dispersar energía, perturbar la organización y maximizar el caos. La vida ha sido diseñada para combatir estas fuerzas.

Altera el orden establecido y el mundo se volverá un caos. Pero el caos se encuentra en mayor abundancia cuando se busca el orden. Y el caos siempre derrota al orden porque está mejor organizado.

Y muchas veces a todos nos llega un momento en la vida en el que se nos escapa de las manos el control que nos mantiene cuerdos. La mayoría intentamos recuperarlo. La mejor forma de luchar contra el caos es con más caos.

Es indiscutible que al hombre le encanta trazar y construir caminos; pero también adora la destrucción y el caos. ¿Por qué? Tal vez le gusten la destrucción y el caos, porque tiene un temor instintivo a alcanzar la meta y terminar el edificio que construyen.

Pero si la balanza de la vida no está equilibrada al final se rompe.

En su entrada en el mundo de la magia, incluida la magia negra, había aprendido la clase de oscuridad que podía crear, pero que siempre había un balance. Cada uno de nosotros tiene algo de héroe... pero igualmente tiene algo de villano; el equilibrio entre esas dos fuerzas es lo que nos hace ser redentores, crucificados o verdugos. No todo el mundo era blanco o negro como Zatanna pensaba (y en eso él encontraba el desprecio tangible que mostraba la maga hacia Raven). Muchos se engañan diciendo que saben distinguir el bien del mal, pero el mundo era una gama infinita de grises. Y el balance debe ser mantenido.

Sin embargo siempre había algo complicado: los sistemas vivientes no son como los mecánicos. Los sistemas vivientes casi nunca están en equilibrio; son intrínsecamente inestables; pueden parecer estables, pero no lo son. Todo se mueve y cambia.

En cierto sentido, todo está al borde del colapso. Entropía.

Constantine rememoró algunas de las palabras que Baron Winters le dirigió en su no tan grata reunión en la Mansión Wintersgate: "...hay que mantener el delicado balance entre el bien y el mal. ¿Pero lo ves? Raven es literalmente ambos... y en un cuerpo supuestamente armonioso. Pero si así es, ¿entonces porque el demonio está intentando escapar? Por supuesto, si lo hace el balance que debemos mantener será destruido. Y no lo podemos permitir. Raven partió su ser-alma en siete partes. Pero, de hecho, ahora lo más probable es que nos encontremos con dos mujeres distintas, de carácter totalmente diferente. Si ese es el caso no podemos ignorar el hecho de que ella seguramente posee un doble amenazante que responde a un evidente poderío de destrucción. La sombra. El doble que camina y trae consigo un augurio de muerte. Siento las fuerzas ahí fuera. Sé que algo malo está a punto de explotar. Un apocalipsis. Una llama eterna que nadie, incluyéndome, puede extinguir. Al final, habrá muerte, pero por supuesto el balance será mantenido...".

Y para derrotar a la oscuridad siempre había un precio que pagar.

Siempre había un maldito precio.

—Caos —musitó John por inercia.

— ¿Caos? —repitió Robin sin entender.

—Ya sabes —expuso John estoico—, se dice que algo tan insignificante como el aleteo de una intrascendente mariposa puede terminar ocasionando un tifón al otro lado del mundo.

—Teoría del caos —comentó Robin comprendiendo.

—Esencialmente. Escucha, debes ser consciente de que el vestigio residual de magia negra en el lugar es innegable —explicó el nigromante. — ¿Acaso no sabes de lo que tu compañera es capaz todavía? ¿Las grandes fuerzas que fluyen en su interior?

—Ya conversaré del tema con ella. No confío ni un poco en tu palabra.

—No hay peor ciego que el que no quiere ver —expresó el hombre al tiempo que se levantaba de la silla y se acercaba a la computadora de control quedando a un lado del chico—. A veces las personas no quieren escuchar la verdad porque no quieren que se destruyan sus ilusiones.

—Vete a la mierda —despotricó Robin, ahora con auténtica furia.

—Cuida la boca, pajarito —carraspeó John soltando el humo de su cigarro directo en la cara del chico, causando que este se molestara más si era posible.

—Batman me habló de ti, ¿sabes? —reveló el petirrojo con una voz acerba mientras quedaba cara a cara con el nigromante, aunque por la diferencia de altura tenía que mirar hacia arriba—. Dijo que no eres más que un estafador, sin moral, y que no tienes el talento suficiente para perseguir la magia real y que simplemente usas la magia de otras culturas convenientes para satisfacer tus propósitos sin comprender lo que realmente es —acusó duramente golpeando con su dedo índice el pecho del otro hombre—. Eres deshonroso —concluyó con antipatía.

—Hmm, ¿siempre te comportas así, mocoso? —interrogó el mayor ya perdiendo la imperturbabilidad—. No eres el único con información, yo también soy un detective. El chico del circo, padres asesinados, deseos de impresionar a su nuevo papi murciélago saltando como chimpancé por toda la ciudad vestido con colores chillones —él sonrió ante la cara sorprendida de Robin que incluso podía vislumbrar detrás de ese estúpido antifaz que ocultaba sus ojos, pero no así su alma—. Eres como un soldado de juguete, ¿ya estás al tanto de tu reemplazo?

— ¿De qué hablas? —preguntó con una gesto de no entender a qué se refería.

—Hace un año me encontraba en un pequeño trabajo en Gotham junto a Bruce —relató repasando—, un caso simple de una pequeña cofradía secreta que traficaba mujeres y utilizaba magia asiático-turania, pero veo que no tuviste el honor de conocer al pequeño Tim. Y por lo que veo Batsy no tiene buena imagen sobre mí —dijo John mirándolo de mal modo por lo irreverente que era—, pero eso no quita que ordenó a Zatanna a buscarme porque su grupo de tipos con disfraces ridículos no saben qué hacer en esta situación. Y mi molestia ahora mismo es mantener el puto balance, cueste lo que cueste y ni tú ni nadie podrá frenar lo que tenga que pasar. Todo sigue un orden.

Lo último que Constantine visualizó fue un birdarang que rebanó su cigarro al ras de sus labios.

El Chico Maravilla solo se giró para seguir leyendo la información en su computadora mientras el nigromante aplastaba su paquete de cigarros vacío en el puño de la mano arrojándolo al piso mientras sacaba uno nuevo del bolsillo.

Mientras Robin lo ignoraba (porque sabía que tenía razón) el silencio fue volviéndose más tenso y apesadumbrado.

Ella no era capaz de causar tanta destrucción.

¿O sí?


—Raven, algo más que debes saber. Se trata de una mujer —informó Jason.

Ella giro su cabeza y fijó sus ojos amatistas sobre el ladrón.

— ¿Una mujer? —cuestionó Raven un poco desconcertada. — ¿De qué hablas?

—Hermano Sangre hablaba de ella como si se tratase de una diosa que adorar, alguien digna incluso de convertirse en su esposa y juntos reinar, acabar con lo que él llamaba la impureza del mundo. Una mujer peligrosa, una mujer que, para la Iglesia de la Sangre, era su salvación. Parecía que hablara de una figura milagrosa, pero es obvio, teniendo en cuenta que no es más que una secta.

— ¿Y quién es ella? —quiso saber la hechicera.

—No estoy seguro, pero ese anciano la llamaba...—trató de recordar su nombre. — ¿Comandante Lenore? ¿Así era? Sí, estoy seguro que ese era su nombre. ¿Sabes quién es?

.

.

.

No, no lo sabía.

¿Quién era ella? ¿Era cierta la información de Jason?

— ¿Quién eres, Lenore? —preguntó Raven, en voz baja para no ser escuchada, mientras jugaba con una servilleta, doblándola y desdoblándola.

Pero, ¿por qué ese nombre en particular le causaba una rara impresión?

Como si de algún lado lo conociera a pesar de no ser así...

Quizás por el poema escrito por Poe, El cuervo, uno de sus escritos favoritos, donde el narrador está desolado por la pérdida de su amada Lenore.

—Profundamente en esa oscuridad mirando, por mucho tiempo estuve allí preguntándome, temiendo —recitó un fragmento de memoria—. Dudando, soñando sueños que ningún mortal se ha atrevido a soñar antes; pero el silencio fue ininterrumpido, y la quietud no dio señal, y la única palabra que se habló allí fue la palabra susurrada, ¿Lenore?

Por el rabillo del ojo, mientras estaba sentada en el mostrador de un café abierto toda la noche, la camarera miraba con impaciencia a la hechicera. Un revés en el labio en una mueca irritada. Raven esperaba que ella viniera y finalmente la echara, ya que no había ordenado nada en toda la hora que había estado sentada ahí en medio de la noche.

¿Había estado una hora?

No llevaba un reloj, pero estaba bastante segura de que había salido de la Torre aproximadamente a la medianoche para detener el robo del ladrón, y había salido de la casa del mismo alrededor de las tres de la madrugada.

¿Qué había pasado durante su pelea con Jason? Ella había perdido el control pero... ¿por qué no recordaba? ¿Qué o quién estaba bloqueando su memoria de estos raros sucesos?

No importaba de todos modos.

«Ya nada importa», pensó de manera rendida.

Sus ojos se desviaron nuevamente hacia la camarera, la cual realmente se estaba cansando de ver sentada a la rara chica y no hacer nada.

Además la mujer tomó nota del aspecto de la chica, la cual lucía harapienta y de que la oscura joven parecía hablar sola de a ratos, como si solamente tuviera una conversación con alguien que no estaba ahí.

Con su cabello negro como la noche y sus ojos verdes que la miraban con gran exasperación, finalmente se detuvo en el mostrador para pararse frente a Raven. A pesar de que ahora no podía verla, podía oírla, sus talones golpeaban impacientemente el suelo de baldosas antes de preguntar, no, exigir mejor dicho.

—Escucha niña, ¿vas a ordenar en algún momento o te vas a quedar sentada como una anormal y hablando sola toda la maldita noche?

Por instinto sus ojos fueron a parar a la ventana que daba a la calle, y en el reflejo pudo ver a esa maldita mitad suya, riendo.

Desvió la vista inmediatamente. Le estaba hablando, en su mente. Le pedía que le hiciera daño.

«Cállate», ordenó para sus adentros.

La azucarera tembló, hecho que pasó inadvertido para los enojados ojos de la moza.

Podría haber simplemente dicho que no, y dejarlo así.

Incluso podría haber salido del café sin decir una palabra.

Raven suspiró profundamente y frunció el ceño ante el menú.

—Si hubiera querido algo de este menú, lo habría pedido hace tiempo, pero como no lo hice, eso significa que no quiero nada. Eres un poco lenta si tengo que explicarte esto. El cerebro es un órgano maravilloso, deberías de darle un poco más de uso. ¿Cien mil espermatozoides y fuiste el más rápido?

Raven no sabía por qué se sentía así. Tan... iracunda.

La camarera la miró con los ojos muy abiertos y su boca se abría y se cerraba en un rictus ridículo mientras sus nudillos se encontraban en su cadera.

— ¿Disculpa? —preguntó ella, ahora rabiosa, entre dientes. — ¿Puedes repetir lo que has dicho, mocosa?

—No, disculpa. Ahora me voy.

Raven se deslizó del taburete, tirando la silla de paso y se dirigió a la salida, siendo captada por miles de miradas curiosas, susurros y cuchicheos.

Sin embargo, cuando estaba a punto de salir, escuchó a la mesera burlarse y gruñir entre dientes, "perra". A continuación, la lámpara sobre su cabeza explotó y cayó al suelo, junto a algunos vasos de cristal que se hallaban sobre mesas sin limpiar.

Ella gritó y la hechicera solo dio una media sonrisa con diversión. Se lo merecía.

Sopló el viento y la empática sintió el frío helado de la noche a través de su leotardo harapiento premio de su insatisfactoria misión.

El clima últimamente estaba bastante extraño, como si de un eterno invierno se tratase.

«Se avecina la tormenta».

Trató de cubrirse con su capa lo más que pudo, pero también estaba hecha trizas. Precisaba un baño urgente junto a un cambio de ropa.

Miró hacia arriba el cielo negro que se mezclaba bien con los rascacielos igualmente oscuros, todos emprendidos a perforar los cielos.

Parecía una noche atípica.

Estaba sola. La inusitada oscuridad, la inesperada soledad. El inverosímil silencio. Y el insospechado y escalofriante frio. Pero sobre todo esto prevalecía algo más, algo que no sabía cómo referirse.

Era como un aura que flotaba o como un presentimiento, casi como un sentimiento de culpa. No lo sabía.

Raven dejó que sus ojos cayeran del cielo hacia el suelo para perderse nuevamente en los oscuros pensamientos mórbidos que habitaban ahora dentro de su mente.

Se suponía que ella era inocente, un héroe, un ícono de todo lo que es bueno, el modelo a seguir adecuado, como Robin...

«Sí, claro. Que chistoso», caviló acerbamente.

Cerró los ojos. Rio amargamente ante el pensamiento mientras paseaba sus dedos por su cabello amatista y suspiraba molesta.

Raven se detuvo en seco y volvió a abrir los ojos para encontrar que su visión periférica capturaba algo interesante hacia su izquierda, al otro lado de la calle, otro ser vivo en altas horas de la noche. Completamente despierto y fuera como ella.

Solo de pie allí, de espaldas a una farola, con la luz brillando sobre él, su flequillo desordenado cubierto sobre sus ojos, así que realmente no podía decir cómo era. Solo que era alto y delgado, incluso si estaba cubierto por una chaqueta con capucha, se dio cuenta de que estaba en forma solo por su postura.

Ella solo se abrigó más en su capa y siguió calle abajo mientras su mente seguía gritando. Necesitaba descansar.

Ignoró al joven por completo, sin darse cuenta de que había levantado la cabeza y la miró con una mueca misteriosa.

El aura... el aire a su alrededor... cambió.

Y lo supo. La seguían.

Por instinto, Raven se dio la vuelta lentamente para ver si había alguien detrás de ella, y allí estaba, era el joven del otro lado de la calle, solo que esta vez caminaba tras ella. La luz de la calle a su espalda le dificultaba distinguir completamente su rostro.

«Quiere hacernos daño, lastimarnos», habló esa voz ominosa en su psique. «Déjame acabar con él», mandó.

—Cállate —murmuró la hechicera en un hilo de voz, casi rogando. Luego siguió transitando.

Anduvo entre las calles, casi con nulo tráfico hasta que la próxima jornada laboral comenzara, con la esperanza de dirigirse hacia el centro de la ciudad y de ahí ir directo a la Torre.

Respiró hondo.

Un ceño adornó su rostro cuando se dio cuenta de que tenía que regresar. ¿Por qué? ¿Por qué se sentía tan decepcionada por ese hecho?

La Torre de los Titanes era su hogar.

Era donde vivían las personas que la amaban, los que consideraba su familia, donde ella aprendió la importancia de la vida y lo valioso que era la amistad. Aprendió a hacer todo lo posible física y mentalmente para defender a la gente de los males que asechaban este mundo.

Ahora... ahora por una extraña razón estaba harta de eso. Ella respiró profundamente y exhaló con un resoplido frustrado mientras levantaba una mano para pasarlo por su cabello nuevamente.

Solo que no se detuvo allí, agarró un puño lleno y tiró, tiró con fuerza, hasta el punto en que apretaba los dientes y su cerebro le decía que soltara.

Todo es caos.

Dolor, dolor era la única forma de aprender, de enseñarse a mí misma que esto estaba mal, que pensar eso estaba mal.

¡Ella era un héroe!

Era su trabajo defender a aquellos que no tienen el poder de defenderse. Debía usar sus poderes para el bien.

Ese era su lugar en el mundo, y todo tenía su lugar. Ella no iba a destruir el destino y el diseño del mismo.

Todo sigue un orden.

Y lo único lo que le quedaba era obedecer... era en todo lo que era buena. Lentamente, dejó su cabello y dejó caer su brazo a un lado mientras su cabeza se inclinaba, con otra respiración profunda, tragó saliva y exhaló lentamente.

Era hora de que volviera a la torre y viviera su vida en su lugar.

No quería usar sus poderes, deseaba caminar un rato y así dejar que el fresco de la noche despejara sus perturbados sentidos.

Avanzaba mientras luchaba contra la desesperación, intentaba no pensar en la sombra con todas sus fuerzas. Trató de pensar en otra cosa... en sus amigos.

¿Estaban a salvo? ¿Habían salido victoriosos en sus enfrentamientos contra Doctor Luz y Psimon?

Ella, en cierto punto, lo dudaba. Luz era realmente una amenaza ahora que su potencial estaba al máximo. Psimon y sus capacidades psiónicas eran verdaderamente de temer. Quizás ella hubiese tenido más posibilidad contra esos villanos.

—Wally —susurró con anhelo recordando el rostro angelical del pelirrojo, sus ojos que poseían esa calidez característica de él y su enorme sonrisa que a ella tanto le gustaba—. Solo espero que estés bien.

«Él nos hace débil. Deja que se te rompa el corazón».

Ella solo cerró fuertemente los ojos.

«Deja de hablar».

Lo más probable es que los villanos hayan cumplido con su objetivo, lo que dejaba a la Iglesia de la Sangre más próxima de su objetivo. Más cerca de su padre. Un estremecimiento sacudió su columna. Esa maldita secta ya tenía en sus manos el grimorio y tres objetos que podrían usar en alguna especie de ritual.

Su mente se desvió hacia esa amenaza que había dejado Hermano Sangre, seguramente para ella.

Para que supiese lo que le esperaba, para dejarle más en claro para lo único que ella era útil, para lo que había sido concebida.

—El fin de los días. Más allá de los escogidos, ninguna carne será salva —repitió ella las últimas palabras de la amenaza escrita en sangre dentro del museo—. Cuando la Caja de Pandora sea abierta y el poder de la oscuridad de la Gema sea finalmente liberado, Scath se alzará y el eclipse llegará nuevamente, el mundo ensombrecerá y tendrá suceso la noche más oscura que haya vivido la humanidad. La noche más oscura. Que... entretenido —escupió satíricamente.

Se adelantó pisando fuerte en dirección sur, hacia algunas tiendas de escaparates, pero cuando llegó al lugar, sólo se trataba de un establecimiento de reparaciones cerrado y otro que estaba desocupado. Después de mesarse los cabellos un par de veces al tiempo que suspiraba profundamente, continuó para doblar la esquina.

Al cruzar otra calle Raven comenzó a darse cuenta de que iba en la dirección equivocada. La mayoría de los edificios de la zona parecían almacenes. Decidió dirigirse al este en la siguiente esquina y luego dar la vuelta detrás de unos bloques de edificios para probar suerte en otra calle y regresar por donde había empezado y comenzar nuevamente.

Quizás debería haberle pedido instrucciones a Jason sobre cómo volver.

Un grupo de cuatro hombres doblaron la esquina a la que se dirigía la hechicera. Se percató de que no debían de tener muchos más años que ella conforme se fueron aproximando. Iban bromeando entre ellos en voz alta, riéndose escandalosamente y dándose codazos unos a otros. Ella marchó rápidamente mirando hacia la esquina, detrás de ellos.

— ¡Eh, tú! —dijo uno al pasar.

Raven alzó la vista de inmediato. Dos de ellos se habían detenido y los otros habían disminuido el paso. El más próximo, un tipo corpulento, de cabello oscuro y poco más de veinte años, era el que parecía haber hablado. Llevaba una camisa de franela abierta sobre una camiseta roja, unos vaqueros con roturas y zapatillas deportivas. También estaba ese chico que había visualizado en la salida de la cafetería.

Avanzó medio paso hacia ella.

«Déjame matarlos, será bastante fácil».

«Cállate».

Entonces la hechicera desvió la vista y caminó más rápido hacia la esquina tratando de no tomarlos en cuenta. No tenía ganas de confrontar a nadie en este momento, no con esa cosa taladrándole la cabeza con sus acotaciones enfermizas.

Raven los podía oír reírse estrepitosamente detrás de ella.

« ¿Escapas de simples humanos? Eres patética».

— ¡Eh, espera! —gritó uno de ellos a su espalda, pero mantuvo la cabeza gacha y se cubrió con su capucha.

Dobló la esquina. Aún les oía reírse ahogadamente a sus espaldas.

Pero algo se reía también en su cabeza. Las voces no paraban.

La gema roja comenzó a arder desde el centro de su frente. Casi quemando, como si un fuego imparable se estuviese desatando dentro de ahí.

Raven se encontró andando sobre una acera que pasaba junto a la parte posterior de varios almacenes de colores sombríos, cada uno con grandes puertas en saliente para descargar camiones, cerradas con candados durante la noche. La parte sur de la calle carecía de acera, consistía en una cerca de malla metálica rematada en alambre de púas por la parte superior con el fin de proteger algún tipo de piezas mecánicas en un patio de almacenaje.

Las nubes comenzaron de a poco a cubrir todo, aglomerándose en el horizonte, creando un ocaso prematuro.

Una única furgoneta pasó a su lado y luego la carretera se quedó vacía.

De repente, el cielo se oscureció más y al mirar por encima del hombro para localizar a la nube causante de esa penumbra, la empática gruñó al darse cuenta de que dos hombres la seguían sigilosamente a unos diez metros.

Formaban parte del mismo grupo que había dejado atrás en la esquina, aunque ninguno de los dos era el moreno que se había dirigido a ella. De inmediato, miró hacia delante y aceleró el paso lo más que sus piernas daban.

Quería evitar cualquier tipo de pelea.

Pero un escalofrío, que nada tenía que ver con el tiempo, le recorrió la espalda.

No llevaba dinero encima. Pero algo en el fondo de su conciencia le previno que podrían ser algo peor que ladrones... y que no buscaban precisamente dinero.

Raven escuchó con atención los silenciosos pasos, mucho más si se los comparaba con el bullicio que estaban armando antes. No parecía que estuvieran apretando el paso ni que se encontraran más cerca.

«Respira. Busca tu centro», tuvo que recordarse. «No sabes si te están siguiendo».

Continuó andando lo más deprisa posible sin llegar a correr, concentrándose en el giro que había a mano derecha, a pocos metros. Podía oírlos a la misma distancia a la que se encontraban antes. Procedente de la parte sur de la ciudad, un coche rojo giró en la calle y pasó velozmente a su lado. Pensó en pedir que frenara, pero dudó, inhibida al no saber si realmente la seguían, y entonces fue demasiado tarde.

Raven llegó a la esquina, pero una rápida ojeada le mostró un callejón sin salida que daba a la parte posterior de otro edificio.

En previsión, ya se había dado media vuelta. Debía rectificar a toda prisa, cruzar el estrecho paseo y volver a la acera. La calle finalizaba en la próxima esquina. Raven se concentró en los débiles pasos que la seguían. Sonaban un poco más lejanos, aunque sabía que, en cualquier caso, la podían alcanzar si corrían. Las pisadas sonaban más lejos, sin duda, y por eso se arriesgó a echar una ojeada rápida por encima del hombro. Vio con alivio que ahora estaban a quince metros de ella, pero ambos la miraban fijamente.

El tiempo que a la hechicera le costó llegar a la esquina se le antojó una eternidad.

En un momento dobló la esquina.

A ambos lados de la calle se alineaban unos muros blancos sin ventanas. Y los otros dos hombres del grupo estaban en mitad de la calle, apoyados contra un edificio situado al oeste, mirándola con unas sonrisas de excitación que la dejaron petrificada en la acera.

Súbitamente Raven comprendió que no la habían estado siguiendo. Qué tonta había sido.

La habían estado conduciendo como un ganado.

«Déjame salir», repitió esa voz en su cabeza.

«Cállate», ordenó la empática.

Raven se detuvo por unos breves instantes, aunque le pareció mucho tiempo. Dio media vuelta y se lanzó como una flecha hacia el otro lado de la acera. Las pisadas que la seguían se oían más fuertes.

—Ahí estás.

La voz atronadora de uno de los hombres rompió la intensa quietud.

La oscuridad era creciente.

«Por primera vez en mi vida mi corazón desbordaba ansias de represalia y de odio, a los que ni siquiera pretendí expulsar y, por lo contrario, dejándome arrastrar por esa corriente, me di a pensar en ideas de muerte y destrucción».

Ahora Raven, repentinamente, comenzó a andar despacio, casi en un estado aletargado.

Estaba acortando con demasiada parsimonia la distancia respecto a los dos que esperaban apoyados en la pared.

—Apártense de mí —previno Raven sin titubear, con una voz que sonaba tranquila y sin nada de miedo.

—No seas así, lindura —gritó uno, y una risa ronca estalló detrás de la hechicera mientras se acercaban.

—Tienes una piel bella y suave —felicitó uno de los hombres apresándola contra la pared, el fuego en sus ojos solo ardía con cada palabra.

Raven intentó mover su rodilla de su agarre pero él la sostuvo firmemente en su lugar.

Pero no estaba ofreciendo más que esa lucha.

No hablaba. No se defendía.

Cuando no respondió, el hombre parecía un poco ofendido y movió su mano más arriba de la pierna de ella hasta la mitad de su muslo, rozando la parte inferior de su trasero.

—Te he visto... caminando, con esta ropa indecorosa tuya —le susurró al oído.

La hechicera sintió su aliento caliente y asqueroso con hedor a alcohol en el lóbulo de su oreja.

De un tirón le quitaron la capa dejándola solo en su leotardo. Dos de los jóvenes silbaron mientras miraban sin reparo el cuerpo de la chica haciendo comentarios desagradables.

—Aléjense —advirtió Raven una vez más, con un tono monocorde que no parecía mostrar ni la más mínima agitación por lo que estaba pasando.

—No puedo hacerlo —él respondió, mirándola de arriba abajo, con los ojos fijos en la piel expuesta de sus piernas—. Juguemos un pequeño juego, ¿de acuerdo? Hará que esto sea divertido para mí, mis tres amigos y para ti. Las reglas son simples, cuanto más te comportes, menos te lastimarás —siseó la última palabra antes de dirigir sus labios sobre el cuello de la mujer.

Los perros en la calle comenzaron a aullar de forma completamente desesperada y desgarradora, casi en un coro infernal, como si percibieran algo que otros no podían, como si estuvieran al corriente del secreto que aguardaba en la espesa niebla.

Uno de los chicos se alarmó cuando visualizó una sombra desfilando rápidamente por detrás de él, junto a una pequeña risita que solamente hizo que se le erizaran los vellos de la nuca. Parecía la risa de una niña.

—Michael —llamó balbuceando.

Las farolas a orillas de la calle, como poniéndose de acuerdo, se habían apagado: una sí, otra no. Era normal que se averiaran algunas, pero nunca en aquella distribución tan peculiar. Algunos pájaros negros se pararon sobre árboles y los faros apagados, y parecían observar todo con sus ojos rojos.

—Hueles bien, pero... ¿por qué no gritas? Vamos pequeña zorra, quiero escucharte gritar, déjame ver tu rostro lleno de miedo.

Algo le había pasado a la noche.

La misma hoy era más negra de lo que debería ser. Esa oscuridad daba en cierto modo algo de miedo. Pero no era el miedo lo que lo atormentaba.

—Michael —volvió a llamar.

El cielo, de color añil salpicado de algunas estrellas, se quedó de pronto completamente negro, sin una sola luz: las estrellas, la luna y el resplandor de las luces que había en ambos extremos del callejón habían desaparecido.

— ¿Qué sucede? —preguntó uno.

— ¡Ay! —gritó otro—. ¡Me has pisado, idiota!

— ¡Yo ni siquiera me he movido! ¿Y qué pasó con todas las luces?

— ¿Será una avería?

—No sé... Hay algo ahí, en las sombras.

—Solamente debe ser un perro callejero.

—Será mejor que nos vayamos.

Un frío glacial y crudo se había apoderado de la noche, más frío de lo que se encontraba hasta hace unos minutos, como si la temperatura hubiera descendido bastante grados en solo cuestión de segundos.

Mientras el que sujetaba a Raven ignoraba todo, los otros tres chicos que estaban ahí notaron que ahora estaban rodeados de una oscuridad total, impenetrable y silenciosa, como si una mano gigante hubiera cubierto el callejón con un grueso y frío manto.

El murmullo de los coches y el susurro de los árboles también habían cesado, igual que el de los perros. La calle parecía ahora desprovista de vida, exceptuándolos a ellos y a la chica.

Ningún sonido.

Parecían ser los únicos seres vivientes ahora mismo.

Como si el tiempo se hubiese detenido, porque ahora no se escuchaba nada más que el sonido de sus respiraciones agitadas.

—M-Michael, e-espera —tartamudeó uno con una aterrorizada voz, mientras un espeso vaho salía de su boca por la algidez intensa que sentía.

Giraron la cabeza, intentando ver algo, pero la lobreguez se les pegaba a los ojos como un ingrávido velo.

—Cierra la boca Frank. Solo asegúrense de que nadie se acerque.

Pero Frank solo permaneció allí plantado, inmóvil, dirigiendo los ojos a derecha e izquierda sin ver nada. La baja temperatura era tan intensa que temblaba de pies a cabeza; se le puso la carne de gallina en los brazos. Abrió los ojos al máximo, mirando alrededor, pero no pudo ver nada. Pero parecía como si algo se moviera en las sombras.

Era como ver figuras oscuras y espectros demoniacos por doquier.

Había algo ahí, con ellos.

— ¿Q-qué es eso?

— ¡Yo n-no veo nada!

— ¡¿Qué mierda les pasa?!

— ¡Es el demonio!

Lo que Frank distinguió lo dejó paralizado.

Una sombra oscura, enorme, sin forma uniforme, se cernía sobre ellos.

Él sentía que el corazón se le saldría por la boca.

Frank agitó la cabeza con brío, negándose a creer lo que sus ojos veían. Debía ser una visión, causada por el alcohol que había bebido hasta hace un rato.

La ingesta de alcohol. Si, seguramente debía ser eso.

Entrecerró los ojos y volvió a mirar, pero eso seguía ahí.

Entonces, esa sombra grande se abalanzó sobre él. La oscura figura cayó sobre Frank y lo arrastró hacia la penetrante oscuridad mientras él gritaba descontroladamente. Sus brazos y piernas se doblaron por su propia voluntad y sus gritos se intensificaron mientras se movían, descansando en ángulos imposibles por varios momentos, luego se vieron obligados a girar nuevamente, hasta que todos los tendones y músculos alrededor de sus articulaciones se rompieron.

— ¡Frank!

— ¡Corramos!

Los otros dos se pusieron en marcha solo unos centímetros cuando esa risa macabra se volvió a sentir en la negrura, y luego también fueron impelidos igual que su amigo. Una fuerza invisible los arrastró, como si fueran simples muñecos de trapo. Cuando cayeron en la penumbra, vislumbraron cientos de cuervos con ojos rojos como la sangre. Los ojos de repente se duplicaron. Pronto hubo muchos pares de ojos inyectados en sangre que los rodeaban... no podrían escapar. Luego aparecieron colmillos afilados en sus picos. Las criaturas comenzaron a chillar con un sonido espeluznante y se lanzaron hacia adelante.

Más alaridos.

— ¡¿Qué mierda les pasa?! ¿Dónde se fueron? ¡Cobardes!

¿Puedes sentirlo? Siente eso Raven. Siéntelo. Tienes que desear de verdad causar dolor, disfrutar con ello.

Deja que se te rompa el corazón.

—Cállate —murmuró en voz baja la empática.

— ¿Qué dijiste?

Entonces Michael alejó el rostro del cuello de la joven y contempló por primera vez su rostro en todo su esplendor: el contorno de sus ojos de un color ennegrecido y quebrado, donde dos luceros rojos sobresalían como brazas ardientes, su rostro cubierto con fisuras negras, y aquella palidez que relucía débilmente en la penumbra.

El individuo se alejó inmediatamente de la chica con un bramido de puro espanto.

La rabia sin más no hará mucho daño. Voy a enseñarte cómo se hace, ¿de acuerdo? Voy a darte una lección...

— ¿Querías oír gritos, no es así? —preguntó la hechicera en un hilo de voz.

Una especie de cúmulo negro brotó de la boca de la chica logrando aferrarlo del cuello. Era similar a un líquido negro y viscoso. Trató de liberarse de lo que fuera que sea eso pero parecía una tarea imposible porque eso volvía a aprisionarse a su pescuezo.

— ¡Que carajos! —protestó Michael en el momento en que esa neblina negra comprimió con más fuerza. — ¡Por favor, por favor, no lo hagas!

—Seguramente si yo rogaba, como tú lo haces ahora, no te ibas a frenar —comentó Raven con su aguda y clara voz—. Cuantas otras habrán pedido lo mismo, solamente para sufrir a costa tuya.

—Era solo un juego —balbuceó comenzando a lloriquear y rogar—, solo queríamos asustarte. No iba a hacer nada, ni yo ni mis amigos. Lo juro.

Ella lo analizó un corto tiempo.

—Mientes —contradijo Raven con frialdad—. Puedo sentirlo.

— ¡Te daré lo que quieras! ¡Toma mi billetera! —imploró arrojando su cartera al suelo. — ¡Tengo más dinero también!

Raven no respondió.

.

.

«Me miraba con miedo, y eso me encantaba».

.

.

Entonces, todo fue rápido.

.

.

«Gritos».

.

.

«Miedo».

.

.

«Sangre».

.

.

«Y yo...».

.

.

«Perdiendo el control total. Caos».

.

.

Se oyó un grito aterrador. Raven vio cómo el hombre perdía el poco color que conservaba, al mismo tiempo que abría mucho los ojos; se le doblaron las rodillas y cayó al suelo.

Más sangre comenzó a fluir por el pavimento donde había caído Michael, mientras la vida escaba de sus ojos, su mirada tornándose opaca.

El extraño líquido negro que se había fugado ahora retornó hacia el interior de Raven.

Volvió a colocarse la andrajosa capa, lo único que le habían quitado, y no tuvo claro qué sentía cuando vio el cadavérico semblante del hombre que minutos antes la había intentado atacar y cómo trataba de contener la sangrante herida del cuello con los dedos. Erguida a su lado, contempló al individuo, cuyos ojos se desorbitaron y la buscaron cuando intentó hablar. Raven se inclinó sobre él, y Michael la agarró por la túnica y tiró de ella con la poca fuerza que tenía. De la garganta del moribundo salió un sonido áspero y estrangulado:

—E-e-eres u-un mons-mons-monstruo —farfulló, con repulsión.

Un monstruo.

—Ya me han dicho eso antes —alegó la hechicera—, muchas veces. Envíale saludos a mi padre en el infierno.

La mano que sujetaba a Raven cayó al suelo con un ruido sordo, y Michael se quedó inmóvil. Solo quedó tendido en el suelo, con las heridas del cuello sangrando.

Raven salió del lugar sin mirar atrás. Sin mirar lo que había hecho.

Y de repente, la luna, las estrellas y las luces volvieron a cobrar vida.

En los jardines del vecindario, los árboles susurraban, y volvió a escucharse el prosaico murmullo de los coches que circulaban por la calle.

« ¿Soy una buena persona haciendo cosas malas... o una mala persona haciendo cosas buenas?

Todo el mundo tiene algo que esconder.

Todos esconden quiénes son por lo menos una parte del tiempo. A veces entierras esa parte tan profundo... que necesitas que te recuerden que está allí.

Y algunas veces, sólo quieres olvidarte de quién eres.

¿Y yo?

¿Quién soy?

Realmente... no lo sé.

Y cuando me convencí de que era el monstruo que soy, me acometió un profundo sentimiento de pena y mortificación».

¡Qué extraña cosa el conocimiento!

Porque una vez que ha penetrado en la mente, se aferra a ella como la hiedra a la roca.


Los ojos de Kid Flash se abrieron de a poco pero tuvo que cerrarlos inmediatamente cuando una luz cegadora lo encandiló.

Llevó una mano a su cabeza y apretó sus ojos con fuerza, el dolor que sentía desde las puntas de los dedos de sus pies hasta su cabeza era realmente insoportable.

Era una suerte que incluso tuviera la fuerza para levantar su brazo.

El pelirrojo talló sus párpados con los dedos y trató de abrirlos nuevamente, luego parpadeó un par de veces para acostumbrarse a la luminiscencia del lugar. Levantando una mano para proteger sus ojos sensibles de la luz terminó examinando la aguja intravenosa adherida a su brazo. Los latidos de su corazón aumentaron ligeramente, lo que se vio reflejado a través del monitor que estaba conectado. Las paredes eran de un suave color blanco, con cortinas oscuras que cubrían la entrada de las luces de la noche que iluminaban la oscuridad de la ciudad a esa hora.

Otras máquinas también emitían constante pitidos que interrumpían el mutismo que inundaba ese momento. De otra máquina un catéter estaba conectado directamente a Terra, que también estaba cubierta de vendas. Dentro de la habitación también se hallaban Chico Bestia, Starfire y Zachary. Melva, Tommy y Timmy también estaban expectantes y con caras de preocupación en sus rostros. Pero no había vestigio alguno de Raven, de Dick ni de Cyborg.

Miró su cuerpo y lo encontró cubierto de compresas y gasas donde seguramente antes había múltiples cortes y raspones. Pero el dolor del cuerpo no había desaparecido.

En el momento que estaba por hablar y preguntar algo, una persona entró en la sala.

Ahora, además del sonido de las máquinas de la enfermería, unos sonidos de tacones comenzaron a sonar y una distinguida mujer se dejó ver mientras caminaba con elegancia hacia él, seguida de un hombre rubio con gabardina.

Wally recorrió con perspicacia su mirada hacia la mujer inédita en el lugar. Camisa blanca ajustada, piernas cubiertas por pantalones entallados negros y unas largas botas. Largo y sedoso cabello azabache. Sus celestes ojos se clavaron en él mientras parecían estudiarlo con escudriñamiento y con juicio; él tuvo que correr la mirada porque sentía que ella estaba indagando hasta el pliegue más recóndito de su mente.

La hechicera de cabecera de la Liga de la Justicia, quien ha sido clave en numerosos incidentes metahumanos y paranormales, siempre buscando el bien para la humanidad.

—Te encuentras en la enfermería de la Torre —indicó la mujer—, estás un poco desorientado. Es normal por el golpe en la cabeza que recibiste. ¿Cómo te sientes? —preguntó acercándose a donde estaba Kid Flash.

— ¡Zee! ¡Zee! —prorrumpió Zachary desde su lugar llamando a su prima.

— ¿Y ahora qué quieres, Zach? —preguntó ella entrecerrando sus ojos harta, esperando el próximo necio pedido de su odioso primo que no había hecho más que quejarse desde que lo había salvado y traído a la torre.

—Tengo el rostro lleno de cicatrices —declaró este.

— ¿Y? —cuestionó ella sin comprender.

— ¿Acaso no es obvio? Necesitaría que me consigas alguna crema para el rostro, una mascarilla facial, un hidratante y algún sérum concentrado —explicó él esperando que ella tomara nota o algo así—. También requiero un peeling urgente, no puedo hacer algún show con esta apariencia insípida. Ya sabes, mis "fanáticas" son exigentes.

—Deja de molestar, Zach. Las cicatrices ya desaparecerán.

—Zatanna —nombró Kid Flash con voz ronca. Se aclaró la garganta y se humedeció la boca seca con un puñado de saliva recogida y tragó en un intento inútil por hidratar su garganta—. Estoy... algo débil —contestó el velocista.

La mujer, dándose cuenta de esto, se arrimó a la mesa que se encontraba al lado de la camilla donde el chico estaba recostado. Tomó una jarra de agua fresca y llenó un vaso para luego ofrecérselo al velocista, que bebió el ansiado líquido totalmente gratificado sintiendo como se refrescaba su boca.

—Tenías fiebre alta y tu rodilla parecía dislocada —comunicó la maga—. La que más trabajo me tomó fue Starfire. Doctor Luz casi drenó toda su energía. Es sorprendente que tuviera la fuerza para llegar hasta aquí, puedo decir que estoy ligeramente asombrada.

— ¡Oh, y estoy muy agradecida contigo! —se alegró la alienígena desde su lugar—. Me siento muy bien ahora.

—Podrías recompensar a mi querida prima con alguna de tus deliciosas comidas, ¿no? —comentó al pasar Zachary recordando la asquerosa gelatina con mostaza que la chica le había casi obligado a comer—. Ese fabuloso budín de la felicidad sabía casi tan exquisito como los refinados platos que suelo degustar en los restaurantes más lujosos de Las Vegas.

— ¡Eso sería glorioso! —celebró Starfire emocionada con la idea.

—Estaría encantada —expresó amablemente Zatanna ignorando totalmente lo que implicaba verdaderamente el budín de la chica—. Solo espero que sea un plato vegetariano, no como carne.

— ¡Me aseguraré de eso! —aplaudió la alienígena.

—Nena —aduló Chico Bestia mientras meneaba las cejas en un signo coqueto—, somos tal para cual. El tofu corre por mis venas. Yo también soy vegetariano, quizás también podría prepararte uno de mis especiales. Unos espárragos con salsa holandesa o tal vez Ratatouille aunque mi favorito es la lasaña de verduras.

—Oh, muchas gracias —comentó ella agradecida por la amabilidad del chico verde—. Acompañado de una buena copa de Merlot, suena como un buen plan.

—Y ya era hora Flashito—. Wally dirigió sus ojos hasta otra cama donde Zachary yacía recostado, también con algunas vendas cubriéndolo. Sin embargo, su semblante de prepotencia nunca abandonó su petulante rostro a pesar de las múltiples contusiones y del estado enclenque en el que se encontraba—. Creí que habías entrado en coma o algo parecido. Le insistí a Zee, aunque ella no quiso, que pusieran comida chatarra y una hamburguesa licuada en tu suero, quizás con eso te despertabas. Ya sabes, con todo lo que comes tú en un día...

— ¿Qué sucedió? —indagó Wally ignorando la broma del mago menor.

Antes de que Zachary abriera la boca para contar su gran proeza de cómo salvó el día (o el año, para estar más acorde con su ego), el hombre rubio habló.

—Psimon les pateó el culo porque son unos inútiles, Zachary los salvó, y luego aparecimos Zee y yo, justo a tiempo antes de que tuvieran una muerte lenta y muy dolorosa, seguida de una cremación de sus cadáveres obra de un gran fuego demoníaco que los dejaría en solo cenizas listas para envasar y llevarlas a sus familiares más cercanos para que hagan tributo y los recuerden como los inservibles que son —relató John con un tono sardónico—. Los trajimos aquí y a los pocos minutos la rara alienígena de tu grupo llegó cargando con el cuerpo herido del polluelo de Batman y la rubia de ahí. Zee sanó sus lesiones y fin de la historia —remató él—. Deja de hablar, tu amigo verde ya me agotó con tanta conversación. Y esos niños son demasiados ruidosos.

Los recuerdos acudieron a Wally inmediatamente como un pantallazo. Su difícil pelea con Psimon en la tienda de antigüedades, como no pudieron detenerlo debido a las amplias habilidades psíquicas del villano, y luego... la inconciencia absoluta.

—A Bobby no le agradas —le comunicó Melva al rubio desconocido con el ceño fruncido y a continuación le sacó la lengua.

— ¡No somos ruidosos! ¡No! ¡No! —chilló Timmy con una voz demasiado estruendosa.

—Son solo unos niños —defendió la maga—. Además mira sus inocentes y tiernos rostros —señaló con ternura.

—No es solo porque sean unos pequeños bastardos fastidiosos. Es peor que eso. Lo que quiero saber es, ¿de dónde sacamos la idea de que los niños son inocentes? Pequeños malditos salvajes es lo que son —aseveró Constantine comenzando a criticar—. Y si, lo sé, es todo un remanente que queda en nuestra memoria de cuando éramos cavernícolas. Y ese es el problema...

—Oh, te lo imploro John, no comiences...—exhaló Zatanna masajeando sus sienes. Bien, aquí iba de nuevo.

—Bien chicos —anunció Zachary haciendo aparecer con su magia una cazuela llena de pochoclos prestando atención al hombre desvariar—, prepárense para una buena cuota de cinismo —dijo metiendo la mano dentro del tazón y llevándose un puñado lleno a su boca.

—Oye, yo también quiero un poco de eso —pidió Kid Flash viendo con verdadero antojo y anhelo el plato lleno de pochoclos a la vez que su estómago emitía un gruñido de pura hambre. Estaba tan ofuscado que no se había dado cuenta que tenía demasiado apetito. Zachary solo le arrojó un puñado del alimento en su rostro, fastidiando al velocista, el cual contestó arrojándole con demasiada fuerza y velocidad un almohadón que se hallaba ahí, provocando que la cabeza del chico golpeara contra la pared la cual emitió un seco sonido.

Auch —se quejó el muchacho pelinegro sobándose el lugar del golpe.

—Te lo merecías —bufoneó Wally carcajeando.

—Todo el mundo molesta con que los niños son el futuro, la esperanza de todos nosotros y tal, ¡y ellos no lo son! —explicó el rubio como si fuera un profesor exponiendo alguna ilustrada lección de vida. — ¿De quienes ellos aprenden? De nosotros. ¿De quienes será el comportamiento que imitarán? El nuestro. ¿Los errores de quienes repetirán? Los de nosotros.

—Oye, tranquilo viejo —serenó Chico Bestia.

—Que agradable sujeto —ironizó Terra viendo al sujeto con contrariedad.

— ¡Las personas están teniendo sexo como conejos, pariendo hombrecitos por todos lados y hablando de esperanza, y todo lo que están haciendo es continuar la enorme maldita mierda que ya hemos hecho! —continuó él con su perorata ignorando la mirada sorprendida de todos—. Oh, ¿qué no están de acuerdo? ¿Piensan que la raza humana debe perdurar, no? Bueno, háganme un favor, vean a su alrededor, ¿de acuerdo? Y después traten de decirlo con una maldita cara seria. Así que no esperen que vea a estos pequeños diablillos —indicó señalando con su dedo a los tres niños de forma acusadora, los cuales ya se les estaba humedeciendo los ojos por las lágrimas contenidas—, y esperen a que me quede como bobo ante ellos porque todo lo que veo en el futuro dentro de treinta años es a otros vagos, bastardos egoístas, quejándose de cómo sus vidas no resultaron de la forma que querían, que no es su culpa, y por qué nadie hace algo al respecto de esto y...

Zatanna percibió como los tres niños estaban por comenzar a llorar y hacer berrinches. Una sonrisa apareció en su rostro, después de todo hacer feliz a la gente era parte de sus shows cotidianos. Oh, esto iba a ser divertido.

—Niños calma, déjenme encontrarles algo nuevo para sacar del sombrero —animó ella mientras sacaba su varita del bolsillo y hacía un movimiento circular—. Emoceb a tibbar.

El hechizo dio de lleno en el nigromante que seguía en su sermón contra la maldita sociedad y como los niños no eran el futuro. Pero antes de que él pudiera hacer algo, se oyó un ¡BUM!, una gran nube de humo y un quejido que retumbó en la enfermería.

En el lugar donde antes había estado parado Constantine ahora había un conejo regordete y con un pelaje suave y ambarino. El mismo tenía un cigarro en la boca y una corbata roja.

—Zee, que mierda...—insultó el detective de lo oculto advirtiendo su apariencia ridícula. ¡Qué humillación!

John no puso terminar su frase porque se vio levantado del suelo, su cigarro se escapó de la boca y ahora estaba siendo abrazado por la niña, que soltaba risotadas mientras lo sujetaba con demasiada fuerza. El otro niño saltaba y carcajeaba mientras decía que era su turno de jugar con el conejo. Las burlas de Zachary no se hicieron esperar.

— ¡Oh, que fantástica criatura! En mi planeta no se ven animales tan esponjosos y tiernos —alagó Starfire mientras se acercaba levitando cerca del conejo amarillo. Sus ojos brillando de júbilo mientras miraba al animal que solo mascullaba de molestia.

—Te pondré de nombre...—pensó Melva—, Señor Bigotes. Y tiene una corbata, es tan bonito. Gracias, señora maga —dijo la niña saltando de regocijo.

—Odio a los malditos niños —gruñó John desistiendo de moverse para tratar de escapar del fuerte abrazo de la niña, resignado.

—Te lo merecías, Señor Bigotes —se burló Zatanna—. Deberías haber mantenido la boca cerrada.

—Por cierto, ¿no hay nada de alcohol por acá? —preguntó John mientras olfateaba el aire con su pequeña y rosada nariz. Bueno, uno de los sentidos más desarrollados de los conejos es el olfato. De hecho, poseen 100 millones de células olfativas—. Estoy sediento y lo único que hay en esta torre es jugo de frutas, café y té.

— ¿No quieres mejor un vaso de agua, Señor Bigotes? ¿O tal vez una zanahoria? —averiguó Zachary con una mueca burlona.

—John, no es hora de beber —alegó Zatanna—, estamos ocupados.

—Ese es el problema con la bebida —repuso Constantine con una risotada—. Si ocurre algo malo, bebes para olvidarlo. Si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo.

— ¿Y si no ocurre nada? —preguntó el cambiante.

—Simple chico, bebes para que pase algo —declaró John como si fuera lo más fácil del mundo—. Oye, niña.

— ¿Sí? —interrogó Melva mirando a su nueva mascota.

—Pon ese cigarro en mi boca —mandó John señalándole con su pata el objeto que aún humeaba en el suelo.

Melva solo obedeció porque quería mantener contento al conejito.

—Constantine —llamó Wally viendo al hombre, ahora animal, que no había hecho más que soltar basura por su boca desde que llegó—. El bastardo inglés.

—El mismo en persona —asintió John—. Exorcista, demonólogo, conejo y maestro de las artes oscuras, y blablablá, ahorremos la presentación. Es engorroso.

— ¿Dónde está Raven? —indagó el velocista realmente inquieto. No podía mantenerse tranquilo sin saber qué había sucedido con la empática.

—Quédate quieto, Wallace —dirigió la maga—. Estoy terminando de curar tus heridas. No sabes lo que me costó remediar las laceraciones causadas por Psimon. Las heridas ocasionadas por fuego demoníaco siempre resisten más a las curaciones místicas.

Zatanna se sentó en la cama junto al velocista, respirando mientras reunía tanta magia como pudo en sus manos. Rápidamente colocó sus palmas sobre la frente del chico, el aura azul de su sortilegio curativo latía mientras las heridas comenzaban a sanarse.

Wally soltó un suspiro liberando el aire de sus pulmones sintiendo como su cuerpo se aliviaba. Debía admitir que se sentía bien, pero no tanto como cuando Raven lo sanaba.

El pelirrojo sonrió pensando en ella, en toda su presencia, en su hermoso y delicado rostro, en su suave aroma a lavanda, en sus delicadas manos, en su compañía, en el cariño desinteresado que él le profesaba...

La maga escrudiñó fijamente el rostro pacífico del chico West. No era tonta, esa serenidad no era producto de su encantamiento balsámico. Se mordió el labio mientras forzaba más magia en el cuerpo del pelirrojo.

Pero notó algo raro que ya había apreciado cuando entró en la sala médica.

Frunció el entrecejo mientras examinaba al chico.

¿Qué era eso?

Zatanna siguió presionando su magia tratando de no hacerle daño y Kid Flash hizo una mueca incómoda cuando sintió lo que parecía una punción en su frente.

El aura escarlata del velocista... parecía estar vinculada por alguna extraña razón a la oscura de Raven, como si se tratara de una conexión íntima entre ambos.

Un lazo energético, una cadena intangible, que parecía vincular ambas almas, vínculo que sobrepasa tiempo y espacio. Un canal a través de donde la energía fluye. Pero había algo más... algo más que los unía.

«Extraño», caviló con pasmo.

¿Algún pacto demoniaco acaso? ¿La chica le había hecho algo malo al sobrino de Barry? ¿Quizás quería devorar su alma como todos los demonios hacían?

Después de todo, las criaturas infernales son como perros rabiosos atados a una correa: pueden ladrar, pero no pueden morder, a no ser al que se le acerca... o al que rompe la correa.

Tal vez... solo tal vez...

Quiso mofarse ante esa especulación.

¿Amor...?

Su padre siempre le hablaba sobre eso. El amor es la energía más básica y dominante que existe. Es la esencia de nuestro ser y de nuestro universo. El amor es el componente fundamental de la naturaleza que conecta y une todas las cosas, a todas las personas. El amor es más que un objetivo, más que un combustible, más que un ideal. El amor es nuestra naturaleza. Es nuestra esencia.

«No», negó ella internamente rápidamente esa teoría.

¿En qué estaba pensando?

Como si un demonio fuera capaz de concebir sentimientos tan puros como esos. Era antinatural. En contra de cualquier ley que haya estudiado en su entrenamiento del mundo arcano. Ridículo.

Era más probable incluso que la chica utilizara sus poderes para hacer que Kid Flash pensara que la amaba.

¿Debería investigar más esto?

« ¿Qué hiciste, Wallace?», deseó preguntar pero se tragó sus interrogantes. No era el momento... no por ahora.

—Eres fascinante, señora maga —halagó Melva—. Tu magia es muy linda.

—Puedes pensar que la magia hace maravillas, pequeña —explicó la pelinegra continuando con su tarea—, que la magia es cumplir deseos, sacar conejos y palomas de un sombrero. Pero la magia es algo que sacas de tu alma y se lo regalas a otro sin esperar nada a cambio, algo que nace de ti y con lo qué puedes hacer feliz a otro o protegerlo.

— ¿Y esto que clase de regalo es, amor? —cuestionó John con recelo. — ¿Forma parte de tu raro modo de mantener el balance kármico?

— ¿Quieres que te transforme mejor en rana? —bramó la maga.

John repasó la advertencia y un gesto pícaro surgió en su peludo rostro.

—Oh, ya veo tus intenciones ocultas —reveló Constantine mientras le guiñaba un ojo a la pelinegra—. El príncipe rana le pide a una hermosa joven que él mismo cree que es una princesa, que lo bese para romper el hechizo. Te traicionó el inconsciente, Zee.

Zatanna solamente puso los ojos en blanco. ¿Y desde cuando él era un príncipe?

—Otra sanadora, igual que Raven —comentó Chico Bestia viendo como las heridas de Kid Flash desaparecían como si nunca hubieran estado ahí.

—Comparación errónea —puntualizó—. La magia que yo practico es buena, en cambio la de tu amiga no proviene de... buenos lados.

—Deja tus prejuicios, ¿quieres, Zee? —sugirió Robin mientras entraba en la enfermería.

— ¿Alguna novedad? —preguntó la maga. Necesitaba saber también donde estaba la hija de Trigon en este momento. No era seguro que estuviera suelta sin cuidado.

—Pude encontrar a Cyborg, estaba a las afueras del museo del norte con su batería drenada —reveló el líder del grupo—. Evidentemente obra de Red X. Lo dejé en su habitación para que recargue sus depósitos de energía, él está en buen estado a pesar de eso y... ¿eso es un conejo? —cuestionó parpadeando varias veces para saber si su vista junto al cansancio no le jugaban una mala broma. No. Era un conejo, con corbata y un cigarrillo en su pequeña boca.

—Amigo Robin, ¿no hay rastros de nuestra amiga Raven? —quiso saber Starfire acercándose realmente intranquila—. Ella estaba junto a Cyborg.

—Sin noticias —anunció mientras apretaba sus puños en un gesto de frustración olvidándose del detalle del animal peludo—. Su comunicador está roto. Solo hay un rastro de destrucción como si un vendaval hubiera arrasado con la ciudad. Su pelea con Red X debe haber sido complicada. Igualmente él obtuvo lo que quiso. Robó un talismán.

—Psimon se llevó un espejo de la tienda —señaló Zachary.

—Y Doctor Luz hurtó una especie de cuenco —indicó Terra.

La sala entera quedó en silencio considerando las suposiciones que ya pasaban por la mente de todos.

—John... —susurró Zatanna al conejo.

De nuevo el discurso de Winters resonó en su cabeza: "...si Hermano Sangre robó ese libro y una ceremonia mística es lo que desea llevar a cabo, es demasiado obvio que su objetivo es traer a la luz esa parte siniestra de la chica. Y en caso de que lo logre, no habrá otra salida...".

—Un ritual, obviamente —explicó interrumpiendo su pensamiento—. El cuenco de Athanor, el espejo mágico de Brarath y el talismán de Allidoxius —declaró Constantine desde los brazos de la niña—. Conozco lo que puede hacer con esas cosas juntas pero no son más que teorías vagas. Está siguiendo instrucciones de ese grimorio. Pero sin datos, estamos en la nada.

— ¿Dónde está Raven? —cuestionó una vez más Wally sentándose en la cama.

—No lo sé —repitió una vez más Robin tratando de no perder la compostura—, te lo acabo de decir.

— ¿Cómo es que no sabes dónde está? ¡Debemos encontrarla! —espetó el pelirrojo levantándose molesto, quitándose la aguja intravenosa de un tirón provocando una pequeña lesión, listo ya para salir a buscarla él mismo.— ¡Puede estar herida en cualquier lado, puede...!

El velocista solo se quedó mudo cuando, dentro de la torre, pudo sentirse un pequeño temblor. Alcanzaba a sentir como el mismísimo suelo bajo las plantas de sus pies emitía una vibración. Un estremecimiento recorrió los cuerpos de todos cuando una ráfaga fresca entró en la enfermería, agitando las cortinas y cerrando la puerta de un tirón. Los niños soltaron un grito cuando la jarra de agua se hizo añicos, derramando el líquido en la alfombra. La lámpara de techo, que iluminaba la habitación, se movía de un lado a otro mientras titilaba, haciendo que las sombras se agitaran dentro, dándole a todo un ambiente casi tétrico.

El velocista se desplazó hacia un lado cuando todo de manera estrepitosa se volvió a sacudir y se sujetó a una de las mesas, impresionado.

— ¿Qué ha sido eso? —inquirió el pelirrojo queriendo saber la causa.

— ¿Terra? —preguntó Robin mientras trataba de recuperar el equilibrio de su cuerpo apoyando una mano contra la pared.

—Yo fui no, lo juro —manifestó la rubia levantando sus manos en un gesto de inocencia total, con una cara de sorpresa como todos los presentes.

—Entonces qué... —pretendió indagar un poco más Robin pero fue interrumpido por la maga junto a un tono de voz que no daba pie a desobedecerla.

—Silencio —musitó autoritariamente la mujer.

La puerta de la enfermería se abrió lentamente, emitiendo un chirrido, como si una mano invisible estuviera tirando de la misma.

Zatanna, sin dejarse intimidar, dio unos pasos hasta pararse en el umbral y dejó su vista fija en el pasillo desierto que tenía delante, donde las luces se apagaban y encendían unas tras otras hasta que, sin previo aviso, la oscuridad fue total.

Un aguacero parecía iniciar y aullaba afuera.

Los Titanes estaban inquietos.

Un rayo iluminó el cielo y los truenos retumbaron.

Zatanna se concentró, entornando sus ojos mirando el fondo del pasillo que solo era iluminado por algún relámpago ocasional. Sus ojos se volvieron de un índigo brillante mientras extendía sus sentidos en las auras y energías del lugar, entrando en un trance.

«Está muy oscuro. Realmente no puedo ver nada, pero por lo que puedo decir, solo hay una persona hasta ahora. Su aura es sombría y letal».

Las tinieblas se arremolinaba a su alrededor rápidamente, y de repente Zatanna sintió que algo se oprimía dentro suyo, asfixiándola, no físicamente, sino como una tempestad de sensaciones desorganizadas, nada claramente distinguible.

Un espectro desahogado de emociones, revolotearon por sus ojos rápidamente, completamente desenfrenados.

Un extraño sentimiento de inmundicia empapó sus sentidos. Si. Algo completamente grotesco. Ella hizo una mueca de desagrado. Una figura sombría se deslizó en el vacío inconsciente de la noche, llevando consigo el aura perturbada de algo completamente demoníaco.

Al acecho en la penumbra.

Una mera masa de energía caótica.

Caos.

La negrura se cernía sobre ella, una mortaja oculta, y no se podía distinguir nada más que el aura misteriosa que la rodeaba.

Su mente estaba borrosa mientras veía las sombras bailar ante sus ojos.

Mientras su mente caía lentamente en la oscuridad, todo lo que podía hacer era escuchar. Voces desconocidas gritaron y vociferaron a su alrededor.

Todo es caos.

Empero, de repente el aura a su alrededor se llenó con algo más que la sensación de podredumbre y corrupción, había algo más ahí, en lo recóndito: estaba lleno de desesperación y soledad, confinamiento absoluto, enclaustramiento, sin esperanza de escapar. Solo la agonía, solo el dolor persistía, nunca terminaba. Todo fue una tormenta de desconcierto, una masa de emociones sin sentido, cuyo conjunto solo incluía diferentes formas de pura desdicha. Su alma era una canción a la desgracia.

No pudo dejar de pasar por alto que el aura que estaba apreciando también estaba conectada al chico West. El mismo cordón. Pero apreció...

«No puede ser», pensó atónita la maga.

El aura de Raven, dentro de ella, había un punto de pureza absoluta. Algo tan cálido y hermoso. ¿Cómo era eso posible? ¿Pureza en algo tan corrompido? Era como una flor de loto, una hermosa flor que nace de entre el fango inmundo para abrirse impoluta y perfecta.

—Bien, su amiga ya está aquí con nosotros —anunció Constantine apreciando lo mismo que la maga—. Zee, ¿puedes sentirlo, no es verdad?

—Demasiada energía maligna —susurró Zachary con el cuerpo en guardia, listo para defenderse.

—Siento nauseas —susurró Zatanna despertando de su breve letargo seguido de un intenso dolor de cabeza.

A continuación, las luces retornaron como si nada hubiera pasado, mientras que la atmósfera enrarecida parecía desaparecer.

— ¡Nada como la relajante sensación de la energía demoníaca e infernal rodeándome! —celebró John alegremente desde los ahora brazos temblorosos de la niña que brincó sorprendida por el arrebato del conejo—. Me agrada esta sensación, es como estar en casa.

—En la casa del infierno —ironizó la maga que seguía viendo por el pasillo con la varita en su mano.

— ¡¿Raven está aquí?! —exclamó Kid Flash demasiado contento mientras se ponía en posición de carrera y olvidándose de todo lo anterior. — ¡Iré a verla! Debo asegurarme de que esté bien.

—Haz algo, amor —exigió Constantine a la maga. Zatanna se volteó impidiendo el paso del velocista por la puerta—. No puedo hacer nada con estas patitas peludas.

—Wallace —dijo—, de verdad, siento mucho esto.

Levantó la varita sin inmutarse.

Etacifirtep —conjuró con voz estable y segura, señalando al pelirrojo, sin darle tiempo de respuesta.

Sin poder esquivar el encantamiento, los brazos de Wally se pegaron a su cuerpo instantáneamente. Sus piernas se unieron como si algo las hubiera enredado. Todo el cuerpo se le puso tieso, se balanceó, perdió el equilibrio y luego cayó bocabajo, rígido como una piedra. Los Titanes vieron boquiabiertos la escena de como su amigo se derrumbaba.

— ¿Qué rayos haces, Zatanna? —recriminó Robin estupefacto por el asalto de la maga.

—Digamos que tu amiga no está...—Constantine buscó las palabras correctas—, en sus buenos días.

— ¿Irás tú o voy yo? —preguntó Zatanna guardando su varita e ignorando la pregunta de Robin.

—Mejor voy yo —se ofreció John saltando del abrazo de Melva y parándose junto a la maga—, quizás reaccione mal a tu presencia. No le agradas.

La Homo Magi lo pensó unos segundos—. Bien. Estoy de acuerdo.

Conjuró un contrahechizo reverso y al momento reapareció Constantine en su cuerpo normal con un ruido seco. Alisando la gabardina desaliñada y reacomodando el nudo de su corbata, el hombre se quitó el cigarro de la boca y lo agitó con un dedo para que las cenizas quedaran sobre la palma de una de sus manos y luego la cerró con fuerza. Esta comenzó a fulgurar en un tono dorado.

Sondennath valanu. Maynom —conjuró el nigromante con precisión—. Todas las puertas menos una, óyeme y ven.

Él abrió su mano y las cenizas del cigarrillo comenzaron a actuar de forma extraña. Como si tuviera vida propia, el hollín comenzó a moverse y formó, para desconcierto de todos, el rostro de Raven.

—Síguela y no permitas que escape —dictaminó Constantine con dureza y las cenizas, como si obedecieran a su dueño, emprendieron un recorrido formando una especie de camino actuando de guía—. Escucha y préstame atención, Zee. No importa los ruidos y los fuertes golpes que escuches, no vengas a menos que sea realmente necesario. Te pegaré un grito psíquico si necesito verdaderamente tu ayuda.

— ¿Podrás manejarla tú solo? —cuestionó la mujer con un aire de incertidumbre.

—Haré el intento, la chica es un caos ahora mismo —indicó él algo que ya era obvio para la maga—. Pero conseguiré la información que necesito, lo quiera ella o no. Ya sabes, o por las buenas...—luego miró de reojo a la mujer y Zatanna pudo ver un fulgor determinado en sus ojos—, o por las malas.

— ¿Tienes la llave, no? —preguntó ella.

Él hurgó el bolsillo de su gabardina. Si, el objeto se encontraba ahí.

—En su lugar —afirmó el detective de lo oculto—. Es hora de que la pequeña ave tenga una charla cara a cara con el tío John.

—Has que hable —exigió Zatanna.

—Cariño —dijo él con una media sonrisa—, me conoces bastante bien, hasta la voy a hacer cantar si es necesario.

—Y no dudes en usar la llave —redundó ella.

—No te preocupes, si no coopera lo haré. Todo sigue un orden.

Él avanzó decidido siguiendo el camino.

— ¿Qué demonios está pasando aquí? —exigió saber Robin reparando en el nigromante que desparecía por las escaleras que se hallaban a un lado.

—Deja que hagamos nuestro trabajo, Dick, ¿quieres? —murmuró en voz baja y autoritaria la maga para que solo él la oyera.

— ¿Pueden despetrificarme? —pidió Wally desde el suelo.

—Prefiero que te quedes quieto por un poco más de tiempo —reflexionó la mujer viendo por donde el hombre había desaparecido.

«Ten cuidado, John», rezó Zatanna con real ansiedad.

Pronto, sus ojos se dirigieron automáticamente al chico que yacía en el piso inmóvil y que mascullaba que lo liberaran. Recordó lo que se había revelado ante ella. Ese lazo de unión. Se le vino a la cabeza una fábula que su amado padre le había leído de niña.

Érase una vez un ángel y un demonio que se enamoraron. El ángel arrancó sus alas, el demonio limó sus cuernos, ambos renunciaron a las virtudes y los pecados, al poder y a la gloria para convertirse en simples humanos. Pero su historia no tuvo un final feliz.

Debía admitir que sintió algo de pena cuando evocó lo que parecía una canción de desdicha emanando del alma de Raven.

El destino mezcla las cartas, y nosotros las jugamos pero a veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Otras veces, el destino nos pone a prueba para que sepamos que existe.

Y a veces, el destino se divierte haciendo que se conozcan dos personas que no podrán estar juntas.

Una expresión apenada adornó su semblante. Lo último que se escuchó en la enfermería fue el suave murmullo al viento de la voz de Zatanna, pero que no pasó inadvertido para nadie en la sala:

—La trágica canción de amor del destino.


Recuerden que pueden seguir esta historia también por Wattpad: mi usuario ahí es JungPsyche

Sinceramente, me costó bastante escribir este capítulo, después de meses sin hacerlo siento que perdí un poco la habilidad que había adquirido con el desarrollo de esta historia. Pido perdón de antemano si ha perdido algo de calidad la escritura o si notan algún error, pero espero que les haya gustado.

Este capítulo representa, básicamente, un punto de quiebre en la mente de Raven.

¿Qué piensan que ocurrirá en el encuentro entre Raven y Constantine? Les dejo una pista: Nevermore

Nos leemos en el próximo capítulo! Saludos y nos estamos leyendo