Capítulo 24: Empatía
Hola!
Nuevo capítulo: hay mucha información, suspenso y sobre todo la aparición finalmente de la Liga de la Justicia: Batman, Superman, Wonder Woman, Flash y Green Arrow, con algunas menciones de Green Lantern (Hal Jordan) y Shazam.
Además del encuentro finalmente entre Raven y Constantine.
Los dejo con el mismo y me cuentan que les pareció.
Jump City – Torre de los Titanes
«Subo las escaleras metálicas. También sube algo de temor.
Recorro el largo pasillo y mis pasos resuenan en una acústica continua.
Miro con extrañeza a través de una de las puertas abiertas. La habitación está realmente oscura. No se logra ver nada salvo por una bella mujer, conocida para mí. Está parada dándome la espalda al frente de una ventana abierta. Las cortinas se sacuden espaciosamente producto de la brisa nocturna y su cabello se mece en consonancia.
Ella solo aprieta sus manos contra el alféizar.
El olor casi conjura completamente su presencia. Pintura y óleos. Ella era realmente buena en el arte impresionista. Siempre tenía una mancha de pintura en el codo. Lamentablemente se involucró con las personas equivocadas. Se involucró conmigo. Emma, ese era su nombre.
Presto atención como ella se inclina más y luego se lanza directamente hacia el vacío.
Susurra algo antes de tirarse. Susurra mi nombre. John. Eso es lo último que sale de sus labios, labios que siempre eran de un primoroso color rojizo, como una deliciosa fresa.
No hago nada para evitarlo. En mi mente puedo sentir el ruido del fuerte choque de su cuerpo estampando contra la superficie. El sonido de sus huesos partiéndose, de su cabeza reventando contra la acera.
Me pregunto si gritó.
¿Cuánto duró la caída?
Hay ecos aquí. Parece una pesadilla de mal gusto, un mal caso de carrusel mental.
Lucho por sobreponerme.
Una amargura se retuerce en mi garganta y ahoga mis palabras. Recuerdo su suavidad, y la violencia cruda de su muerte.
Mi cabeza parece querer explotar, lentamente. No necesitaba ver esto.
Camino un poco más tratando de olvidar esa quimera de mal gusto pero en el siguiente cuarto abierto se repite la misma escena. Mi antigua amante muerta balbucea mi nombre. Emma se mueve hacia delante y luego se desploma.
Quiero correr pero sigo braceando contra la fuerza que me deseaba lejos de ahí. No me quería en la Torre.
Siguiente habitación. Mismo escenario. Emma muere. Nuevamente. Un pasillo interminable con una misma escena repetida, como un disco de video rayado.
Avanzo un poco más.
Otro cuarto, pero con algunos cambios. Cambios que me producen un estremecimiento de pura impresión. La mujer en la ventana esta vez no era Emma.
Era Zatanna.
Ella me mira con suplicio, sus ojos celestes llenos de sufrimiento y una sonrisa de disculpa, cuando una lágrima resbala por su mejilla. A continuación ella me da la espalda y se lanza hacia su muerte. El eco de su cuerpo destrozándose me provoca que la hiel suba por mi garganta dejando un sabor realmente amargo en mi boca.
Todos caen.
¿Zatanna seguiría el mismo destino si se quedaba a mi lado?
No, Zee es fuerte. Ella es fuerte.
Pero si muere...
No puedo luchar contra esto. No hay tiempos de culpa.
Necesito mi fuerza para Raven».
John… John… John… John…
—La chica sí que sabe cómo animar una fiesta —ironizó Constantine con su vista al frente. Esta vez solo al frente, ignorando el fantasmal murmullo de su nombre que venía de las habitaciones a su costado. Llamándolo, incitándolo a echar un vistazo y perderse en ese espiral de delirio.
Conocía como funcionaban estas cosas. Los demonios te debilitan poco a poco, para que cuando llegues ante ellos, no tengas ni la más mínima fuerza para ni siquiera mirarlos a los ojos.
Raven estaba creando estos espejismos. No podía asegurar de que la chica estuviera consciente de lo que estaba haciendo, pero él estaba al corriente de cómo funcionaban sus poderes.
Empatía.
Esa capacidad psiónica era un arma verdaderamente poderosa. Además de ser una puerta de acceso para su padre, quizá lo segundo más peligroso de la chica era eso.
Podía inducir la calma, reprimir la negatividad e incluso hacer que alguien se enamore de ella. Podía manipular las emociones, manipular la energía. Podía proyectar astralmente su alma. Y su ser-alma puede someter mentalmente a las personas envolviéndolas en un círculo de enajenación, desde causar un dolor sumamente destructivo, inducir tensión, ilusiones basadas en el desasosiego y robarse las emociones de los demás.
Locura.
.
.
Caos.
Podría llevar a una persona hasta la más penosa demencia si se lo proponía. Hacer revivir los peores miedos, las peores pesadillas.
Constantine había vivido cosas similares antes, pero en su mayoría se trataban de posesiones. Y esto no era una posesión, lejos de eso. Esto era un demonio en carne y hueso. Hija del peor de todos. Nieta del propio Lucifer.
Él ya había engañado a su abuelo y a su padre. Presumía que podría contra ella.
Mientras el nigromante doblaba a la derecha y caminaba por otro de los pasillos de la Torre gigante, siguiendo el rastro encantado de las cenizas de su cigarro, sabía que ya estaba cerca de su objetivo.
Él sabía cómo controlar a un demonio, sabía cómo hacerlo. Era su trabajo. Era un experto.
«Bien, Raven, aquí voy».
Washington D.C.
A pesar de la oscuridad, se podía distinguir la esbelta silueta del obelisco más grande del mundo alzándose en el horizonte. Los ciento setenta metros de altura del obelisco de mármol señalaban el corazón de esa nación. Alrededor del mismo se extendía concéntricamente la meticulosa geometría de calles y monumentos. Incluso desde el aire, Washington emanaba un poder casi místico.
Una sábana de blanca niebla cubría la urbe.
Todo parecía indicar que no iba a ser una noche típica en la capital y distrito federal de los Estados Unidos. Era de madrugada, por lo cual todavía no se veían empresarios ni políticos, ni empleados corriendo de un edificio a otro buscando café para sus jefes.
Pero lo que no iba a ser tan diferente era el tráfico, el cual estaba atiborrado. Los conductores impacientes tocaban sus bocinas en un intento desesperado e inútil de hacer que los autos delante de ellos se movieran.
Una mujer estaba hablando por su teléfono celular, solo para protestar levemente cuando otro vehículo apareció justo detrás del suyo y lo chocó.
— ¡Qué bien! —protestó la mujer realmente enojada mientras seguía con su móvil en la oreja—. No, no la presentación. Eso es terrible. Un idiota me chocó —dijo contestando a la persona al otro lado del teléfono.
La gente pasaba sin preocuparse.
— ¿Te das cuenta de lo que costará, maldito infeliz? —. La mujer increpó a su agresor cuando salió de su auto—. No por el dinero, el cual me sobra, sino... —. Ella contempló en su plenitud el otro auto y entonces parecía realmente asustada.
La otra persona, que ahora se había bajado del vehículo, parecía ser una especie de monstruo que le gruñó como un animal rabioso y furioso. Sus cuatro ojos la observaban con una furia indescriptible. La criatura se aproximó lentamente mientras balbuceaba en un intento por comunicarse.
— ¿Qué? ¡Aléjate de mí! —. La mujer pronto entró en pánico. — ¡Aléjate! ¡Auxilio!
Luego corrió y se metió en su auto. Jadeó cuando vio más monstruos. Eran demasiados.
— ¡Alguien ayúdeme! —imploró ella. Un monstruo gruñó justo a su lado, intentando meter su brazo por la ventanilla. La mujer gritó y subió la misma inmediatamente. — ¡Aléjate!
El monstruo ahora parecía ser un humano normal que estaba confundido y preocupado.
—Oiga, ¿qué hace? —cuestionó el hombre tratando de zafarse y sacar su brazo de la ventanilla. — ¿Qué vas a hacer?
La mujer giró la llave y aceleró a toda velocidad. Se alejó para evitar a los monstruos, atropellando a todos los que estaban en su camino. Cuando se dirigía a un grupo grande de esas criaturas demoniacas pisó el acelerador, lista para destrozarlos. Pero antes de llegar a tocarlos, su vehículo fue frenado y algo lo levantó con fuerza. Ella miró por la ventana y contempló a quien había detenido su automóvil y ahora removía la puerta con un simple empujón. Era una mujer de contextura fuerte y de cabello oscuro, ojos azules que la miraban con real seriedad, un traje que alternaba entre el azul y el rojo, botas de color azul petróleo, brazaletes y una tiara, de color plateado puro y una estrella roja dibujada en el centro.
—Wonder Woman —aclamó la mujer arrodillándose ante la heroína mientras la abrazaba con la poca fuerza que pudo reunir, en un estado de desesperación. — ¡Ayúdame! ¡Protégeme de ellos!
— ¿De quién? —preguntó la amazona confundida.
—De los demonios —contestó la mujer—. Están en todas partes. ¿No los ves?
Wonder Woman solo miró hacia el frente para ver a las personas caídas por la conducción imprudente de la mujer. Había varios heridos, y probablemente una pequeña cantidad de muertos.
—Solo veo uno —contestó con dureza la amazona, observando con recriminación a la civil que había causado este estrago.
Los ojos de la culpable se abrieron y se veía sorprendida. Se alejó de la heroína y echó un vistazo: donde antes había múltiples demonios, ahora solo eran humanos, los que se hallaban agonizando por su atropello.
.
.
Entropía.
Metrópolis
Incluso con todas las nubes grises y la niebla, Metrópolis brillaba más que cualquier estrella en el cielo. Parecía un magnífico y utópico paraíso urbano. Toda la ciudad parecía limpia para ser parte de los Estados Unidos.
Todo estaba perfectamente bien. La mayor parte de la ciudad estaba profundamente dormida a esa hora, a excepción de una casa, de donde varios gritos se podían escuchar.
Dentro del domicilio todo parecía ser un desorden. Era un escenario de absoluta devastación: en el suelo yacía un destruido televisor; muebles tumbados con sus pertenencias esparcidas a su alrededor; los restos de una lámpara centelleaban a pocos pasos; los almohadones tenían tajos de los que salían plumas, y fragmentos de cristal y porcelana lo cubrían todo como si fuese polvo. Las paredes tenían un empapelado que parecía estar salpicado de sangre.
— ¡Te lo pregunto por última vez! ¿Qué hiciste con mi familia? —interrogó un hombre realmente iracundo, con una escopeta apuntando a tres demonios que parecían burlarse con esos cuatros ojos que adornaban sus horripilantes rostros.
—Steven. ¡Soy yo, Gloria! Tú esposa —lloriqueó uno de esos monstruos con la voz de una mujer—. Estos son nuestros hijos.
— ¡No son mi familia! —vociferó el hombre mientras el sudor caía por su sien. Era realmente la voz de su mujer, pero no se dejaría engañar, no era ella. Era un demonio y lo quería confundir—. Los mataste, como a los otros —acusó él—. Ahora es tu turno —advirtió mientras su dedo estaba listo para apretar el gatillo. Le volaría la cabeza a esas malditas aberraciones.
Un sonido de disparo se escuchó en la calma de la noche. Pero las balaceras no llegaron a su objetivo, si no que se encontraron con el torso de un hombre que llegó justo a tiempo luego de romper el techo de la vivienda. Las balas solo parecieron rebotar contra su tórax. Un hombre alto, musculoso y pelo negro. Su inconfundible traje azul con su famoso escudo rojo y amarillo con la letra S adornando su pecho.
—Nadie muere esta noche —decretó el Hombre de Acero, quitándole la escopeta y doblándola sin dificultad alguna como si se tratara de un cachivache de algún material blando, para luego arrogarla a un lado.
— ¡Superman! —profirió el hombre cayendo de rodillas ante el kryptoniano—. No soy yo a quien debes detener. Es a ellos —dijo señalando a los demonios. — ¡Míralos! ¡Míralos, Superman!
La puerta principal se abrió de golpe y el equipo SWAT arribó, con sus armas alrededor del hombre, listos para arrestarlo.
— ¡Míralos! —. El hombre imploró, pero todo lo que Superman podía ver era una esposa llorando con dos hijos, un niño y una niña—. Es como los vecinos. Ve a mi cobertizo. ¡Verás que tengo razón!
— ¿Tu cobertizo? —preguntó Superman con inquietud.
—Los puse allí. Por favor, créeme —demandó el hombre mientras lo esposaron.
Superman se dirigió al lugar indicado y rompió la metálica puerta con su visión de calor y miró dentro, solo para encontrarse con un espectáculo horripilante. Había varios cadáveres en el cobertizo, dos personas colgadas con sogas en sus cuellos, pero ninguno de ellos eran monstruos.
Solo seres humanos.
Una furia se estaba acumulando en él cuando vio los difuntos cubiertos por mantas, sábanas, toallas grandes. Las paredes completamente pintadas de sangre.
— ¿Qué has hecho? —inquirió con severidad Superman.
.
.
Caos.
Gotham City
Una sombra se movía entre los edificios. Deslizándose entre ellos, estableciéndose en una gárgola supervisando la ciudad.
Si Gotham ya parecía oscura de por sí, distópica, con la negrura y la bruma que se cernía como un lienzo sobre ella, convertían a la urbe en una especie de pesadilla de mal gusto y distorsionada, lóbrega y macilenta. Estaba realmente oscuro, ya que la luna ni siquiera se asomaba por las múltiples nubes y vapores que la tapaban. La arquitectura gótica tampoco ayudaba en nada a mejorar un poco el aspecto de esta urbe opresiva. Un pozo negro de fermentación, una boca de lobo. Una ciudad casi maldita y llena de crimen, donde los fantasmas de la maldad y la corrupción parecían flotar por la atmósfera angustiosa.
En la parte superior del edificio de una iglesia, una joven mujer tenía en brazos a su bebé que no paraba de llorar, preparándose para tirarlo al abismo. La cruz de oro alrededor del cuello de la mujer resaltaba en la opacidad del contexto.
—Déjame ayudarte —anunció con cautela una voz desde la oscuridad.
La mujer se quedó sin aliento y se dio la vuelta. Una armadura de Kevlar, capa festoneada, una máscara que cubre la mayor parte del rostro y que tiene un par de orejas en forma de murciélago, el emblema de este animal estilizado sobre el pecho, y el cinturón multiusos. La imaginería de un arquetipo para asustar a los criminales.
—No es mi culpa —frunció el ceño la mujer. Su rostro lucía realmente demacrado, adornado por moradas ojeras, se veía bastante agotada mientras sostenía a su bebé, pero todo lo que ella vio fue un pequeño demonio impío con dos pares de luceros rojos—. Di a luz al diablo. ¡Es el diablo!
—Estás cansada —indicó con calma Batman mientras se aproximaba lentamente a la desequilibrada muchacha—. Dame al bebé. No quieres lastimarlo.
La mujer pronto dirigió sus ojos nuevamente a la criatura y, cuando este chilló, la mujer dio un alarido y tiró a su bebé del techo de la iglesia por miedo.
.
.
Más caos.
Batman se arrojó al precipicio inmediatamente sin dudarlo y usando su arma de agarre, el Batrope, disparó y un largo cable de monofilamento se aferró a una parte de la estructura del templo, atrapando al bebé antes de que este cayera al piso. Al estar ya a salvo en uno de los techos, vio al niño, no mayor de un año. Estaba llorando. Lamentablemente no tuvo tiempo de actuar cuando la mujer pronto llegó al final del techo para saltar y suicidarse. Ya era demasiado tarde, había saltado del borde con lágrimas en los ojos y aterrizó en el suelo, ahora muerta, con los ciudadanos rodeándola. Algunos tomando fotos, otros gritando.
—Lo lamento —se disculpó con el pequeño que ahora había perdido a su madre.
—Pensé que los murciélagos podían volar —comentó una voz burlona. — ¿Estás solo? ¿Dónde está el pequeño Timothy?
—Esta noche patrullo solo.
Batman levantó la vista para ver a Catwoman mirándolo. Ella tenía una sonrisa en su rostro. No estaba seguro de si ella estaba allí para regodearse o ayudarlo.
—Dame al niño —indicó ella viendo los intentos fallidos del murciélago por contener los llantos del pequeño—. Creo que la crianza no es tu fuerte.
Bruce levantó al bebé hacia ella y Selina lo aferró. Él la vio abrazando al niño que lloraba, tratando de consolarlo.
—Shhh —trató de calmarlo—, es posible que no lo creas, pero las cosas mejorarán. Mejorará.
Ella le dio unas palmaditas mientras lo arrullaba.
— ¿Qué vamos a hacer con este bebé? —le preguntó Selina al Caballero Oscuro—. No podemos simplemente abandonarlo así.
—Lo llevaremos a la casa del orfanato donde podrá ser atendido y adoptado adecuadamente por padres que no quieran arrojarlo por algún edificio —sugirió Batman secamente.
— ¿Por qué no lo adoptas tú y lo conviertes en tu nuevo Robin? —bromeó la mujer—. Sé que no te puedes resistir a un ave con un ala rota.
El bebé pronto se calmó. Selina bajó la mirada hacia el infante y le dio una pequeña sonrisa, pero frunció el ceño al ver a la madre ahora muerta. Algo extraño estaba sucediendo.
— ¿Qué le pasaba a esa mujer? —inquirió la mujer felina—. Es el tercer caso parecido en esta semana. ¿El Espantapájaros se salió con la suya nuevamente?
—La curiosidad mató al gato —contestó el hombre murciélago solamente.
A pesar de que el psiquiatra estuviera fuera de Arkham, esto no era obra de Crane ni de su droga del miedo.
En Coast City, Hal Jordan había tenido un caso similar en cierto sentido. Un hombre había querido incinerar un edificio completo de ocho plantas porque el mismo estaba atiborrado de demonios donde antes solo había inquilinos. "Fuego para purificar", era lo único que había orado febrilmente antes de ser detenido por el poder del anillo de Green Lantern.
Shazam también tuvo un acontecimiento análogo en Fawcett City. Una amorosa e inocente maestra de jardín de infantes había querido asesinar a los niños que, según ella, eran entes del mismísimo infierno. La mujer no se había vuelto loca, Shazam le había expuesto que percibió un indicio de alguna fuerza oscura, y la fuente no era indistinta.
Todo esto solo podría resolverse en el Salón de la Justicia y necesitaba reunirse con la Liga inmediatamente.
Solo esperaba que Zatanna hubiera avanzado en su misión. A pesar de no confiar ni un ápice en Constantine, sabía que el nigromante era realmente necesario en esto. Fue el Doctor Fate quien sugirió que su hija y el detective de lo oculto estuvieran al mando del asunto y él solo le quedó obedecer. Porque si Fate intercedía, un Señor del Orden, era porque la situación lo ameritaba y era realmente de gravedad. Además de que la magia y las cosas paranormales no eran su punto fuerte.
Pero él ya debería haberlo pronosticado. Zatanna ya le había advertido en variadas ocasiones de lo realmente peligrosa que era Raven y el verdadero alcance de sus poderes. Se lo había explicado desde el primer día en que la chica había puesto un pie sobre la Tierra y se había acercado a la Liga a pedir ayuda. La maga pudo avistar la maldad manando por todos sus poros. ¿Y cómo dudar de su peligrosidad si Zatanna la había apodado con otro nombre que no dejaba duda alguna de ello?
"La destructora de los mundos".
—Creo que necesitas ayuda, Big Boy —dijo Catwoman—. Las cosas parecen estar raras últimamente, ¿no lo crees?
—Una tregua —apuntó Batman entonces—. Siempre y cuando no te aproveches de la situación para robarte algún diamante o joyería.
—Claro, para empezar —ronroneó ella con un tono sugerente—. No te puedo asegurar nada pero veamos a dónde nos lleva todo esto.
Central City
A muchos kilómetros de distancia, la misma neblina se pegaba a los edificios de Central City. A pesar de que el delito estaba a la orden del día, esta metrópoli no era tan peligrosa como otras, bueno, exceptuando a los enemigos casuales de Flash que no suponían un grave peligro para los ciudadanos ya que él era el héroe de la ciudad, el hombre más rápido del mundo que siempre estaba allí para salvar el día, pasase lo que pasase.
Central City es el hogar del Museo Flash, un museo dedicado a las hazañas y recuerdos del héroe de la ciudad. Pero Flash no era sólo un superhéroe, él también era un hombre de familia, tenía una bella esposa llamada Iris y su sobrino, Wally. Barry era casi como un padre para él.
Pero particularmente hoy era una noche oscura y fría en un camino que no tenía final. Y una mente en particular estaba nublada, cargada de pensamientos amargos, llenos de odio, rencor y desesperación.
El clima era fresco y las nubes grises en el cielo lloraban sobre la urbe presagiando la desgracia. El agua precipitaba hacia Englewood, el área residencial con vistas panorámicas del cercano Parque Nacional Granite Peak, realzando una fragancia a tierra mojada que se fundía con el desagradable aroma a ron en el aliento del esposo de Emily, George, que solo apenas atravesar el umbral había comenzado su maltrato diario contra la pobre mujer.
― ¡Emily! ―articuló sosteniéndose de la pared para no perder el equilibrio, ya que todo le daba vueltas frente a sus ojos. La mujer, que se encontraba en la cocina esperando su llegada con la esperanza sofocada en una taza de café aguado, dio un respingo y levantó la cabeza con alarma―. ¡Emily! ¡Ven acá!
Realmente con miedo de la reacción que pudiera tener George si no contestaba a su llamado, se levantó para cruzar en pocos pasos la cocina y llegar hasta el living. Su ropa estaba húmeda al igual que su oscuro cabello. Desde esa ubicación ella podía oler el aroma rancio a alcohol mezclado con una colonia femenina. Era obvio que estaba teniendo una aventura, algo que sinceramente no le extrañaba.
―Georgie ―musitó ella con la voz temblorosa, y se aproximó a él atemorizada como una niña ante al monstruo del armario―. Te vas a resfriar si no te quitas la ropa mojada. Te prepararé una sopa caliente.
Pero aquel hombre no quería saber nada de ella, no deseaba que lo tocase ni que lo ayudase, así que le apartó las manos de un manotazo y luego le dio una fuerte bofetada, logrando que ella se desmoronara sobre el duro suelo de parquet. Solo quería eso… desquitarse. Eliminar la ira que bullía en su interior.
Emily tragó un poco de saliva, sintiendo su mejilla arder por el golpe y dirigió su mirada hacia el niño que miraba todo desde las escaleras. El pequeño hacia unos segundos dormía y se había despertado por los ruidos. Bajó para ver que sucedía, solo para observar a su padre golpear a su madre, como de costumbre.
―Cariño, ve a tu habitación, ¿sí? ―solicitó la joven con una tensa sonrisa entre sus labios demacrados, al tiempo que una lágrima se resbalaba por su amoratada mejilla―. Luego subiré para contarte un cuento, ¿qué te parece si…?
Pero la mujer no terminó su pregunta porque su esposo solo le había dado una fuerte patada en su estómago. Emily gritó de dolor y del niño brotó un desgarrador chillido que se convirtió en un llanto inconsolable.
.
.
Todo es caos.
Aquellos alaridos furibundos solo alertaron a los vecinos a cada lado del pequeño hogar, desde donde conseguían escuchar las maldiciones de George y los chillidos de su esposa e hijo.
La policía no tardó en llegar y las sirenas junto a luces azules y rojas inundaron la fachada blanca medio despintada de la casa, y un oficial uniformado golpeó la puerta anunciando haber recibido llamadas anónimas que denunciaban violencia intrafamiliar. Nadie contestaba pero podía escuchar las voces dentro del lugar. Tanteando sus posibilidades, llevó su mano al picaporte y se sorprendió de que la puerta estuviera sin llave, por lo cual no dudo ni un momento en entrar. Él se anunció siguiendo el protocolo pero nadie contestó. Entonces entró en el living y lo que visualizó solo logró dejarlo pálido como una hoja.
―Oficial ―comentó George amablemente con su mujer al lado, que tenía una fingida sonrisa. Sin embargo, el niño seguía llorando―, todo está bien. Era solo una discusión de pareja. ¿No es así, preciosa?
―S-sí, todo está bien. ¿Puede retirarse? Está asustando a mi hijo ―musitó la mujer, tratando de que la voz la saliera lo más estable posible. Ella sintió el filo de un cuchillo en su espalda. Emily sabía que si abría la boca, George no dudaría en cometer una locura―. Por favor.
Pero el oficial tenía los ojos desorbitados. Frente a sus ojos no había personas, eran tres… tres demonios. Esos ojos rojos que lo miraban con burla.
Un borrón de rojo y amarillo brillante fulguró como un relámpago en la penumbra de la noche, acelerando en la distancia entre las calles. Desde una vista aérea, rayas rojas y amarillas atraviesan los callejones y las calles, alternando caminos. Los vehículos comienzan a separarse por la fuerza de él.
Su vestidura de superhéroe es un traje de cuerpo completo rojo con algunos detalles en dorado y tiene relámpagos amarillos a ambos lados de su cabeza.
Como Kid Flash, también tiene el logotipo de rayo amarillo en el pecho.
― ¡De-Demonios! ―exclamó alarmado el policía mientras apuntaba con su arma a las horribles criaturas. Su pulso temblaba pero arrimó su dedo al gatillo, y disparó. No una, ni dos, sino que vació casi todo su cargador.
Era interesante la súper-velocidad. Todo se movía en cámara ultra lenta para él, como si estuviera viendo una película en slow motion. Vio las múltiples balas que se dirigían directamente hacia la familia. ¿Por qué el oficial había disparado de todos modos? No era normal esa forma de actuar. Como un rayo, Flash se movió dentro de la habitación y con sus dedos pellizcó los proyectiles, que en ese momento parecían congelados ya que el tiempo aparentaba moverse mucho más lentamente de lo normal, entretanto los meneaba de su ubicación, cambiando y desviando la trayectoria de los mismos.
Pero no es que el tiempo se moviera más lentamente, sino que él se movía a una rapidez extraordinaria.
De un momento a otro, los perdigones se estrellaron contra la pared de la vivienda, produciendo hondos orificios en los muros, pero dejando a la familia fuera de peligro.
― ¿Qué mierda? ―preguntó el oficial sorprendido. Tenía bastante conocimiento de balística para saber que esto era inverosímil. Ninguna descarga había acertado en su objetivo, sino que la mayoría de las municiones habían terminado en múltiples lugares que no se correspondía con la ubicación desde donde él había disparado. ¿Cómo una bala podía terminar en el techo si él estaba apuntando hacia delante?
―Apuesto a que no lo viste venir ―indicó sarcásticamente una voz a su espalda. Barry estaba girando alrededor de sus dedos la pistola que antes había estado en posesión del agente, la munición vacía en el suelo.
El policía se volteó para ver al velocista escarlata descansado contra la pared y con una mirada de gravedad imperiosa en sus celestes ojos.
― ¡Flash! Oh, por todos los cielos. ¡Son monstruos! ¡Monstruos! ―gritó desaforadamente el uniformado. ― ¡Haz algo!
― ¿Monstruos? ―. Barry movió su cabeza y lo miró realmente confundido. El oficial solo apuntaba con su dedo hacia la familia y el velocista los observó atentamente. El hombre parecía trasnochado, la mujer desmejorada y el niño completamente atemorizado. Para él no pasó desapercibido el moretón en la mejilla de la joven―. Entiendo ―dijo creyendo intuir a qué se refería―, este hombre es un "monstruo" por atreverse a golpear su esposa. Escucha, te comprendo, él es un infeliz pero eso no justifica tu proceder, oficial. Creo que una simple detención era más que suficiente.
― ¿Pero es que acaso no puedes verlos? ―espetó el uniformado mirando de reojo a los demonios que parecían reírse de él. ― ¡Son demonios reales! ¡Reales! ¡Con cuernos y ojos rojos como la sangre!
―Sí, demonios ―afirmó el velocista viendo al agente como si este tuviera dos cabezas―. Hombre, de verdad no quiero ofenderte pero me parece que necesitas ayuda profesional. Y con ayuda profesional me refiero a un equipo completo de psiquiatras, tal vez algunas medicinas y medicamentos psicoactivos. Estás más loco que una cabra ―señaló Barry acercándose para detener al policía que parecía fuera de sí y lo arrastraba fuera de la casa al tiempo que este seguía murmurando incoherencias―. De todos modos me pregunto cómo pasaste las pruebas psicotécnicas para portar un arma.
Star City
Una ciudad metrópolis de Estados Unidos, cuna de múltiples negocios importantes tales como Queen Consolidated y Merlyn Global Group. A pesar de ser un lugar próspero, tenía un gran porcentaje de pobreza, crimen y corrupción. El tráfico de droga era moneda corriente aquí.
También es una ciudad distinguida como el hogar tradicional de los superhéroes conocidos como Green Arrow y Black Canary. Más allá de eso, asimismo se le conoce como un refugio para artistas de muchos de los medios de comunicación, desde el cine hasta la música, pasando también por los múltiples equipos deportivos.
Oliver Queen trabajó en esta ciudad durante muchos años, luchando por desactivar una red de burócratas corporativos corruptos. Sin contar otras adversidades, como el día en que Arthur Light, mejor conocido como Doctor Luz, junto a Malcolm Merlyn, detonaron explosivos, dejando a casi un tercio de Star City en ruinas en lo que se conoce como el "Desastre de Amsterdam Avenue". La ciudad casi había sido derrumbada esa vez.
O sin contar cuando un ocultista aficionado llamado Albert Davis inadvertidamente convocó a una legión de entidades demoníacas que barrieron la ciudad.
La barandilla de acero que enmarcaba la corona del techo del almacén ubicado en el barrio The Glades crujió bajo su peso cuando se encaramó en el borde listo para la acción. Sus ojos, cubiertos por su oscuro antifaz, atravesaron las sombras de abajo observando el parpadeo ocasional de la luz del cañón de una pistola, o una nube de humo de un cigarrillo perdido. Las señales seguras de que había actividad que probablemente no estaba del lado correcto de la ley.
Algo le llamó la atención debajo de él e instintivamente dejó que una flecha unida a una cuerda volara hacia la oscuridad y se deslizó hasta el suelo. Esto era algo relativamente sencillo: matones de bajo nivel que lidiaban con Vértigo.
«Una pequeña mancha verdadera», pensó, «pero necesitaba ser blanqueada».
Tomó por sorpresa al primer miembro de la pandilla y lo derribó por la espalda con un fuerte golpe en la nuca. Estaba fuera antes de tocar el suelo.
El segundo y el tercero lograron sacar sus mini ametralladoras, pero una flecha de lazo los atrapó a ambos alrededor de las piernas, los alzó en el aire y los dejó colgando de un pórtico en desuso. Sus gritos pronto llenaron el relativo silencio del almacén.
El último, ahora consciente de la presencia del vigilante, sacó su arma y se mantuvo escondido detrás de unas largas cajas. Sin embargo, no había contado con un ataque desde arriba y estaba en medio de una serie de burlas cuando los talones de Oliver lo atraparon entre los hombros, forzando el aire de sus pulmones y su cabeza al piso de concreto.
[…]
Terror.
Fue lo único que sentía una adolescente de largo cabello castaño y ojos color avellana.
Un escalofrío recorrió su cuerpo mientras atraía sus piernas hacia su pecho y bajaba el rostro para impedir que el repugnante olor que flotaba por el aire llenara sus fosas nasales.
Una pequeña gota de agua cayó desde el techo hasta su pálida cara, provocando que se estremeciera al recordar la textura de aquel líquido carmesí que brotó de sus padres al ser asesinados por ella. Con sus propias manos. Pero en ese momento no eran sus padres, eran unas criaturas espantosas sacadas de alguna siniestra película de horror. No dudó en sacar una cuchilla del cajón de la cocina y clavarla en tan grotescas apariciones. Una y otra vez, sin piedad alguna.
La desesperación la invadió y las lágrimas se deslizaron hasta su mentón para después caer y humedecer el suelo. No le quedaba otra salida así que aferró la jeringa colmada de esa droga. A pesar de que era más normal encontrarla en forma de pastilla, ahora tenía una nueva forma de difusión.
Vértigo.
Cuando se inyecta directamente en el torrente sanguíneo, mientras está en su forma más pura, afecta el tálamo, lugar donde se recoge toda la información de los receptores del dolor. Esto provoca que la víctima crea que están sintiendo un dolor insoportable. Y ella ansiaba con toda su alma ese dolor, solo en con el expiaría toda su culpa. Un narcótico letal en una dosis que pondría fin a todo.
Su corazón latía con fuerza mientras apretaba sus piernas que estaban cubiertas de horribles manchas púrpuras. Era cierto que sus padres eran severos y que a veces la joven había pensado en quitarse la vida, pero con el tiempo se volvió un juego que parecía anhelar y desear con toda su alma. La vida su aventura y la muerte su trofeo.
Su mente últimamente estaba atestada de pensamientos negativos. De los peores.
.
.
Caos.
Un "clic" resonó por la pequeña habitación en la que se encontraba, llamando su atención haciendo que alzara la mirada con curiosidad. La puerta metálica que la separaba del mundo exterior se abrió con un chirrido, permitiendo que una tenue luz entrara cegándola un poco, ya que llevaba horas en aquel sucio lugar. Después de unos segundos una silueta apareció en el marco de la puerta y dio algunos pasos. El inconfundible traje verde con capucha y el arco en su mano.
―No querrás poner esa mierda en tu cuerpo ―advirtió el arquero―, créeme. Sé de lo que hablo.
―Eran demonios ―explicó la joven en estado de estupor―. Yo… solo me defendí. Y los maté ―reveló mientras las lágrimas manchaban sus pómulos―. Pero ahora mis padres están muertos y esta es la única salida.
¿Demonios? ¿A qué se refería? ¿Algún efecto de sustancias alucinógenas?
―No es verdad, siempre hay otra salida ―contradijo Green Arrow tratando de hacerla entrar en razón―. Ven, déjame ayudarte ―ofreció tendiéndole una mano.
― ¿Otra salida? ―ella rio sin gracia alguna―. No para mí. No sabes cómo se siente. Cada día es una pesadilla de la que me despierto cuando duermo. Una vez entra en tu cabeza te conviertes en una forma de vida que adora fantasear sobre su propia extinción. Esas voces… Si decidí que no tengo nada por qué vivir ¿Quién demonios eres tú para contradecirme? ―ultimó la adolescente con melancolía. Asió la jeringa, la elevó y luego la dirigió a su antebrazo, lista para inyectar la letal sustancia en su torrente sanguíneo.
Sin pensarlo, Oliver agarró una flecha de su carcaj. Con el ceño fruncido, la lanzó con una velocidad que superó la capacidad humana. La jeringa se había destrozado y el líquido se desparramó por el suelo. Había lesionado un poco la mano de la chica pero por lo menos estaba a salvo.
Sin él notarlo, una sombra se dispersó del lugar, muy por encima de la ciudad en el cielo sin luz, sobre toda la decrépita contaminación debajo de ella.
Jump City – Torre de los Titanes
Los ojos opacos y amatistas le devolvieron la mirada a un par exactamente igual, los sentimientos escondidos detrás de ellos, huecos e inútiles. Pesadas bolsas se hundieron bajo sus profundidades drenadas, oscuras con una fatiga insoportable.
Raven cerró los ojos y se masajeó el puente de la nariz con dos dedos; el destino tenía un humor tan seco. Se pasó la mano por la cara aturdida, y entonces lo vio.
Allí, grabado profundamente en la piel de su palma, brillaba una vibrante marca color rubí. La trazó en silencio con los dedos, haciendo una mueca cuando una chispa de dolor se extendió por su mano y su brazo.
Recordó haber leído alguna vez sobre la quiromancia. Se decía que se podía leer el futuro de alguien simplemente mirando su mano. Trazó una de sus palmas con su dedo índice opuesto, preguntándose si su futuro estaba encerrado dentro de su piel, enterrado bajo las muchas huellas de su mano. Raven dejó caer la cabeza avergonzada; la sola idea era insoportable.
«Mi destino está escrito, mi futuro es incierto y mis sueños enterrados en el ático agonizan».
Inmediatamente, los dedos de Raven se apretaron en un puño y cerró los ojos, inhalando con los dientes apretados. Era casi como fuego líquido desfilando por debajo de su piel. Era inaguantable. Se extendía más allá de sus hombros y su columna vertebral. Raven protestó, tratando de soportar el malestar.
—Azarath, Metrion, Zinthos —recitó con toda la calma que pudo reunir.
Su piel prácticamente se iluminó con su mantra. Lo repitió varias veces, calmando la llama ardiente a solo cenizas, y el medio demonio se relajó. Respirando lentamente, abrió los ojos y miró el pútrido diseño que brillaba en su palma.
Estaba empeorando.
Frunciendo el ceño, examinó su cuerpo; tatuajes rojos fluyeron sobre la extensión de su piel gris. Enfermamente brillantes, se burlaron de su existencia. Sintió que su labio superior se curvaba con disgusto y sus ojos volvieron al espejo.
Unos rasgos sádicos le devolvieron la mirada, con desdén grabado en su semblante. Raven sacudió la cabeza y miró hacia abajo. Con una expresión sin vida en su rostro, pasó un dedo por el patrón que se extendía sobre una de sus piernas. El dolor se encendió nuevamente, extendiéndose lentamente. Ella se encogió mentalmente, pero en su mayor parte, decidió ignorarlo.
Había lidiado con un dolor mucho peor en su vida, y se enfrentaría a mucho más en su futuro.
Futuro.
Las náuseas la inundaron, la consumieron y su entorno comenzó a girar. La bilis se le subió a la garganta y los dedos de Raven se aferraron al tocador, justo cuando sus rodillas cedieron. Su agarre se resbaló, las uñas arañaron la superficie y se desplomó. Su cabeza golpeó contra el suelo. Cerró los ojos ante el impacto y sus dientes cortaron su lengua, la sangre vertiéndose por la parte posterior de su garganta. Se quedó allí en silencio, la fría superficie presionando contra su espalda; las marcas allí chisporrotearon ardientemente. Ella reconoció el dolor con una fachada de tranquilidad, sus ojos pegados al techo, su mirada vacía.
Futuro.
¿Esa palabra era posible para ella? ¿O su destino estaba sellado?
La angustia fluyó dentro suyo, luchó contra sus otras emociones hasta que todo lo que pudo sentir fue asfixia vil. Le latía fuertemente el pulso, la sangre corría por sus venas, tronando en sus sienes. Y Raven no pudo evitar sonreír.
Absurdo. La sola idea de su nacimiento era imposible.
Sus ojos se cerraron lentamente y, por un momento, se tranquilizó.
«No puedes esconderte, lo sabes».
Raven miró hacia el techo de su habitación, entumecida mientras luchaba por rechazar la voz que le corría por la cabeza. Pero era implacable.
«Casi es la hora».
Raven apretó la mandíbula, fingiendo indiferencia, aunque se sacudió mientras intentaba levantarse. Su cuerpo no cumplió.
«El tiempo se aproxima... Qué emocionante...».
Silenciosamente en pánico, Raven apretó los dientes e intentó sentarse una vez más. Aun así, sus esfuerzos resultaron en vano.
«No puedes escapar del destino».
Sus ojos violetas se abrieron y miró a su alrededor
—Muéstrate —exigió.
Una risa baja sonó en sus oídos.
« ¿Por qué? ¿Por qué te escondes de tu propia sombra? ¿No puedes ver que puedo darte todo lo que siempre has deseado?».
—No hay nada que tú puedas darme que alguna vez quiera.
«Qué equivocada estás».
Eso se rio nuevamente y la empática sintió como algo la agarró del cuello. Un jadeo ahogado salió de sus pálidos labios.
« ¡Piensa en grande Raven! ¡Podrás sentirte libre por fin!».
La rabia brotó en su pecho, gritando y rugiendo de ira. La furiosa emoción luchaba por desatarse.
—No —respondió Raven severamente, entrecerrando los ojos.
La rabia siseó en su oído y los ojos de Raven comenzaron a brillar de un color rojo mientras luchaba contra la fuerza que se aferraba a ella.
«Libéralo, Raven. Ríndete».
— ¡No! —ella exclamó, pero la ira la envolvió. Sus ojos parpadearon en rojo.
Las visiones de su padre comenzaron a tejer a través de las profundidades de su mente, su psique acribillada con su imagen, con su amenaza. Abriendo la boca seca, intentó respirar. Pero ella solo se atragantó. El aire se negó a ser el alivio que necesitaba para calmar los pensamientos.
Sus grabados rojos comenzaban a arder lentamente, el resplandor se alzaba sobre los bordes en un fuego. Los diseños se extendieron por su cuello, le cubrieron la cara, y desfilaron por su frente antes de verterse en la gema en su centro, haciéndola sacudir en espasmos continuos.
Casi convulsionando.
Raven dejó escapar un grito penetrante y ella se paralizó. Un aura roja fulguraba intensamente alrededor de su cuerpo, llenando completamente la habitación con una luz cegadora y escarlata.
Ella se sacudió hacia arriba, abrazándose a sí misma, y comenzó a temblar. Jadeó, respirando con dificultad mientras intentaba recuperar la compostura. Sus cicatrices ardían con feroz vigor, mientras luchaba desesperadamente para hacerlas desaparecer. Le tomó toda su concentración, pero finalmente lo logró.
En ese momento llegaron suaves golpes en la puerta. Sabía que él estaba ahí incluso antes de que tocara. Su cabeza giró hacia la entrada de su cuarto y con un suspiro entrecortado se obligó a relajarse. Con los brazos temblorosos, Raven se puso de pie, su estómago se revolvió con inquietud. Débil, se apoyó contra la pared en busca de apoyo, sus ojos mirando alrededor del territorio oscuro al que llamó su habitación.
— ¿Hola? —llamó Constantine—. Me gustaría conversar contigo.
—Puedo sentirte ahí afuera —murmuró ella—. No hace falta que golpees.
Con un suave zumbido, la puerta se abrió un poco y los ojos de Raven se asomaron de reojo.
—Vete —estableció ella fríamente, tratando de mantener la compostura y fingir que nada de lo recién acontecido había sucedido—. Estoy ocupada.
Cuando estaba a punto de cerrar la puerta y dejarlo fuera, el rubio deslizó su pie para evitar que la misma se cerrara, ganando efectivamente la atención de la empática una vez más.
—De lo que me gustaría hablar es muy importante y te sugiero que me dejes entrar. No me hagas usar la fuerza, ¿sí? —advirtió en un tono amable pero había amenaza implícita en sus palabras.
La empática sintió que sus cejas se alzaban sorprendidas. Ella cedió, dejando que Constantine entrara en su habitación.
El cuarto oscuro habría parecido ominoso y opresivo para cualquier ser normal que entrara. Sombras y objetos extraños parecían saltar hacia ti desde todas las direcciones, sin importar cuán quietos estuvieran en realidad. Sin embargo, el visitante actual de esta sala no era ajeno a la oscuridad ni a ninguno de los objetos que adornaban las paredes. Él, de hecho, poseía muchos artículos parecidos.
No pasó desapercibido en su campo de visión una preciosa y delicada rosa azul ubicada en una mesita al lado de la cama de la chica, celosamente cuidada.
John observó docenas de libros viejos con páginas amarillentas. El olor a incienso y mirra se extendía por el cuarto. Había libros de hechizos, leyendas, mitos, cuentos indios. Todos hablaban de oscuridad. Temiendo que el mago mayor los viera, Raven cerró todos los libros con su poder.
— ¿La palabra privacidad no está en tu diccionario? —preguntó ella secamente.
Al entrar completamente en su habitación, él cerró la puerta con cautela.
Con cuidado de no dejar que sus emociones sacaran lo peor de ella, Raven trató de concentrarse mientras movía su mano para encender todas las velas en su habitación, llenándola de un dulce aroma a vainilla mientras caminaba hacia la ventana y tomaba un vistazo de la urbe. Gimoteando, golpeó el cristal con su frente y cerró los ojos.
Raven sintió todo a su alrededor, pero se desconectó cuando efectivamente se enfocó en su mundo interior para lidiar con sus turbulentas emociones. Su mente estaba bajo ataque, podía sentir la presión estrujando Nevermore, incluso si no podía ver el interior de su mente. La sombra estaba intentando romperla, pero mientras estuviera tranquila, tenía esperanzas de que sus barreras se mantuvieran hasta que recuperara el libro de Volpert. Si sus emociones se tornaran locas, sin embargo, habría problemas y ella realmente no quería tener que lidiar con las partes fracturadas de su mente, otra vez.
La Gema de Scath, incluso aquí, Constantine podía sentir su poder reprimido irradiando y quedó impresionado. El poder dentro de ella. Nunca antes había sentido algo así, el poder era muy similar a Trigon, pero diferente al mismo tiempo. Ella era interesante. Sumamente interesante. Y extremadamente poderosa. Pero si ella intentaba algo, a Constantine no le importaba, él encontraría la manera de abatirla.
—Hola, Gema de Scath —le sonrió Constantine mientras la evaluaba.
—Mi nombre es Raven —dijo rotundamente, con una voz perfectamente tranquila y monótona—. Ya te lo había dicho.
Él dio una media sonrisa. En Azarath claramente le habían enseñado bien. Los monjes habían realizado un "gran trabajo" con ella.
Malditos monjes.
—Está bien. Empecemos nuevamente. Hola, Raven.
— ¿Estás aquí para matarme? —preguntó la chica llanamente sin responder su saludo.
La pregunta lo derribó, fue como un puñetazo en el estómago y sacó el cigarrillo mientras lo apagaba. — ¿Tu para qué crees que estoy aquí, amor?
—Creo que no lo sabes en realidad —respondió ella en voz baja. — ¿Qué quieres? Tu aura… todo de ti me pone nerviosa, casi asqueada. Eres un exorcista, soy un demonio, bajo el mismo techo. ¿Satírico, no lo crees? Parece un mal chiste —declaró Raven rotundamente.
— ¿Preferirías que viniera Zatanna? —sondeó él.
—No —ella negó rápidamente—. Creo que está bien así. No me siento cómoda con su presencia, aunque la tuya tampoco me parece la más grata.
— ¿Estás bien?
Raven parpadeó, aparentando confusión.
«No».
—Si —respondió ella monótonamente.
— ¿Qué está pasando, Raven? —quiso saber John.
Ella se detuvo ante su pregunta, tensándose ligeramente.
«Nada interesante, solo soy el Armagedón andante».
—Nada.
John frunció el ceño—. Mentirosa.
Raven se dio la vuelta, con los ojos entrecerrados—. Yo no miento.
Él se rio entre dientes, cruzando los brazos mientras negaba con la cabeza.
—Una mentira encima de otra mentira —expresó él—. Un axioma sobre la condición humana: todo el mundo miente. La única variable es sobre qué. Todos mienten por una razón: funciona. Es lo que permite que la sociedad funcione, separa al hombre de la bestia.
Sus labios se fruncieron ligeramente. Por instinto, Raven levantó la palma de la mano y miró la piel en blanco.
—Déjame ayudarte —ofreció John—, ¿quieres?
— ¿Ayudarme? —escudriñó ella con recelo—. No necesito ayuda —expresó con todo el orgullo que pudo reunir.
«Ayúdame».
—Sé por lo que estás pasando.
—Nadie puede ayudarme —se excusó Raven con una sonrisa triste—. No puedes, tú no. No sabes lo que se siente.
—Entonces dímelo —solicitó John acercándose a la chica y quedando parado justo a un lado de ella.
El nigromante echó un vistazo a la ciudad desde la vista de la Torre. Reparó en como la chica entraba en tensión, pero no le tomó demasiado tiempo volver a relajarse.
Estando junto a ella, a John algo le pareció ciertamente insólito: su aroma. Raven no desprendía la típica pestilencia rancia común de los demonios, misma que no se podía ocultar ni con la piel humana. Ella olía, a su parecer, realmente bien. Era como lavanda y agua fresca, mezclado con algo más aromático.
Quedaron un minuto en perpetuo silencio, hasta que la voz de ella rompió el mutismo. John la contempló de reojo mientras la joven hechicera emprendía a explicar.
—Cuando viene —comenzó a relatar Raven buscando las palabras correctas—, la gente sale herida.
—No te tengo miedo, Raven —trató de hacerla entrar en confianza—. Mírame, concéntrate en mi voz. Toma este bolígrafo, ¿de acuerdo? —. John sacó una pluma del bolsillo de su gabardina y se la ofreció a la empática, la cual la sujetó con desconcierto—. Es algo que... Bueno, en realidad, sólo tómalo.
— ¿Gracias?
—Es un regalo —explicó él prontamente—. Ahora puedes elegir entre dibujar un muy buen dibujo con eso... o puedes usarlo para arrancarle los ojos a alguien. Pero de cualquier manera, es sólo un bolígrafo. Es sólo un regalo. Y lo que elijas hacer con tu poder, bueno, eso dependerá totalmente de ti. Pero si quieres usarlo para hacer cosas buenas... —pensó unos segundos más que decir pero solo suspiró resignado—. Cielos, esta metáfora es una completa mierda —rio John rascando su rubio cabello.
—Bueno, estamos de acuerdo con eso —dijo Raven con una ligera sonrisa—. Es una basura, aunque tienes un buen punto.
— ¿Me contarás qué es lo que te sucede? —solicitó el detective de lo oculto—. Vine para ayudar en lo que pueda. ¿Quieres hablar sobre eso? —sonsacó una vez más pero la chica solo parecía querer evadir el tema a toda costa. Otro minuto de silencio y él solo sopló en frustración. Esto no estaba llegando a ningún lado—. Mira, sé lo que se siente. Sé lo que se siente perder a los que más amas porque eres diferente. Pero también sé que una persona puede cambiarlo todo. Solo tienes que abrirte a ella.
La hechicera lo miró de soslayo y John pudo vislumbrarlo en sus ojos.
Fragilidad. Decaimiento. Ruina.
—Me pasa… algo —reveló Raven por fin, tomando un poco de aire antes de continuar—. Me estoy convirtiendo en algo, algo diferente. Y eso diferente quiere que lo sea, todo el tiempo. Y paso todo el día y toda la noche intentando contenerlo, intentando aguantarlo, intentando mantenerlo. Cada día, cada hora, en este mismo momento. Pero estoy muy cansada. No puedo dormir. No puedo meditar. No puedo descansar ni respirar tranquila. Estoy exhausta. Todo el mundo siempre me tuvo miedo, desde mi infancia, en Azarath. Ahora se bien el porqué. Me siento como si fuera a explotar en cualquier momento. Y no sé si quiero ser eso siempre. Solo quiero ser… normal. Solo normal.
—Lo que sea que te está haciendo esto quiere que te sientas así.
—Pero, ¿por qué? —espetó la hechicera, elevando un poco la voz. Una fisura se formó en el muro del cuarto junto a una pequeña sacudida.
—Porque eso lo fortalece —indicó John, no ignorando la fuga de su poder—. Las entidades negativas suelen alimentarse del dolor. Aprovechan a pisotearnos, a patearnos cuando estamos en el suelo.
—No parece muy justo —objetó ella con algo de congoja.
—No, para nada —estuvo de acuerdo Constantine—. La vida no es justa, amor.
—Cuando pierdo el control, suceden cosas malas —continuó relatando Raven—. Todo ese poder que tengo dentro de mí, me hace peligrosa. Pero se siente… bien. Y luego esa voz… susurrándome.
— ¿Sabes cuándo va a hablar la voz? —cuestionó John. Ahora si estaban llegando a algo.
—A veces —respondió la empática.
—Y cuando lo hace, ¿sientes que la voz viene de tu interior?
—Sí —afirmó sin dudar—. Como si me estuviera usando.
— ¿Qué únicamente tú oyes? ¿Qué dice? —. John avistó como la chica parecía ahora estar abstraída, como si se encontrara cavilando en algo en particular. Quedó así durante un lapso de tiempo. — ¿Estás ahí? Tierra llamando a Raven —dijo pasando una mano frente al rostro de la chica para que reaccione, pero ella estaba sumida en algo.
Silencio.
—Dijo… —pensó la empática antes de contestar por fin—. Dijo… que desea… hacerte daño.
—Y tú, ¿te has hecho daño?
—No —negó ella desconcertada—, ¿por qué preguntas?
— ¿Entonces de quién es esa sangre? —cuestionó John.
— ¿Qué? —. Ella fingió no tener conocimiento de lo que le estaba preguntando.
—En tu capa —señaló el nigromante el andrajoso atuendo de la chica cubierto por sangre seca.
—Yo… no…
—Escucha, yo no soy la brújula de la moral. No estoy aquí para juzgarte. No soy ningún superhéroe ni ningún tipo raro con malla ajustada ni capa.
—Tú haces daño a la gente —inculpó la hechicera.
—Sí, no lo puedo negar —dijo él cruzándose de hombros como si no le importara—. Pero ha pasado un tiempo de ello. Volviendo al tema de la sangre…
— ¡Pero lo hiciste! —interrumpió Raven volviendo a levantar el tono. Una de las esculturas góticas en el dormitorio explotó. — ¡Yo no sé cómo detenerme! ¡No sé qué me está pasando!
— ¿De quién es esa sangre? —indagó John en un tono autoritario.
— ¡No lo sé! —exclamó ella, ya fastidiada.
—Sí, sí que lo sabes —rebatió Constantine aproximándose a la chica, la cual solo dio un paso atrás. — ¿De quién es esa sangre?
—No quiero hablar de ello.
— ¿Heriste a alguien? —indagó el exorcista.
—Por favor, yo... —suplicó ella mientras se sujetaba la cabeza y apretaba forzosamente los ojos—. Para.
—Responde a la pregunta, Raven —demandó él imperiosamente. Necesitaba "despertar" su otra parte.
—Para, Constantine —murmuró la chica en un hilo de voz mientras se tambaleaba un poco perdiendo el equilibrio—. Me estás haciendo enfadar.
— ¡Bien! ¡Quiero que te enfades! —le gritó él ordenándole. — ¡Muéstrame lo que pasa, Raven!
—No quiero hacer daño.
— ¿Qué pasa cuando estás enfadada? ¡Muéstrame! —insistió John—. Muéstrame qué...
— ¡Detente! —gritó Raven y toda la habitación vibró. El suelo pareció agrietarse y otras esculturas se reventaron mientras la temperatura disminuyó abruptamente.
Drásticamente Raven solo podía sentir su mente, su psique y todas las emociones que usualmente mantenía encerradas y bajo control, arañando para ser liberadas mientras su rabia hervía. No importaba cuánto lo intentara, todos sus años de práctica en el control de sus emociones ahora parecían haber sido olvidados.
Antes de que el nigromante pudiera reaccionar, ella lo había envuelto en sus poderes, comprimió dolorosamente su cuerpo y lo había arrojado al otro lado de la habitación. Constantine aterrizó con un ruido sordo contra la pared. Apenas tuvo tiempo de recuperarse cuando Raven lo levantó nuevamente y lo arrojó contra su estante de libros. Él dejó escapar un bramido de dolor al chocar con los muebles, rompiendo estantes y enviando filas enteras de libros encima de él.
Desviando su atención lejos del hombre por el momento, Raven rompió su espejo y arrojó todos los objetos de su tocador, y luego extendió sus poderes hacia toda la habitación. Varias cosas fueron rápidamente recogidas y aplastadas contra la pared cuando un ciclón de energía negra, centrado en ella, atravesó el lugar.
Constantine no pudo hacer otra cosa que observar cuando Raven desató su furia sobre todo lo que encontró en su camino. La joven empática ni siquiera estaba al tanto de lo que estaba haciendo. Ella había perdido todo el control. Era como si estuviera en trance, y no podía detenerse aunque quisiera. Mientras tanto, John finalmente se puso de pie y habló con la esperanza de llamar su atención.
— ¡Raven! ¡Alto! —. Él casi gritó, pero apenas podía oírse por encima del sonido de los golpes y los destrozos de los objetos.
Algo grande y pesado voló directo a su cabeza, causando que tropezara dolorosamente y cayera al suelo. Por un horrible segundo, su visión se volvió borrosa y doble. Cuando finalmente se aclaró, el rubio se quedó boquiabierto en el suelo para ver qué le había golpeado. Fue una de sus esculturas. Mientras la miraba, instintivamente se llevó la mano a la frente y se sorprendió al sentir la cálida humedad. Cuando retiró su mano, estaba teñida de sangre. Arrimó la misma al suelo mientras la deslizaba en un patrón.
En solo cuestión de segundos, sorpresivamente todo se calmó.
Pero, por todo el aluvión de poderes desatado, las llamas de las velas de la habitación se habían extinto dejando todo en penumbra total.
— ¿Dónde estás, avecilla? Agita la mano para que te pueda ver, amor. No seas tímida. Ven con el tío John.
Se levantó con un bufido por el dolor y chasqueó sus dedos produciendo una sorprendente flama, pero que no llegaba a iluminar el fondo del cuarto que seguía velado.
—Vamos, ven a la luz, te lo ordeno —mandó él con rudeza.
Trató de enfocar sus ojos para poder divisar a la hija de Trigon.
Derecha o izquierda.
—La oscuridad es mi territorio— murmuró la voz tenebrosamente distorsionada de la chica. La misma parecía provenir de todos lados, retumbando en las paredes y en el suelo. La oía como si ella estuviera a su lado, echándole el aliento en la nuca, a punto de asestarle un golpe mortal—. En realidad, se podría decir que soy la oscuridad. No se trata de cuán cerca o lejos estoy. Estoy aquí. No hay ningún lugar para correr.
— ¿Eres la oscuridad? Dame un respiro. En ese caso, todo lo que tengo que hacer es… —se interrumpió cuando algo realmente filoso cortó su muñeca, apagando el fuego de su mano—. Mierda —maldijo apretando la zona herida.
En ese momento vio un par de ojos rojos abriéndose en la penumbra y, a continuación, la chica apareció de repente frente suyo. Sus ojos parecían arder como dos llamaradas infernales, igual que la joya en su frente. La hechicera lo sujetó fuertemente del cuello mientras una sustancia negra, que a John le parecía similar al ectoplasma, los empezó a rodear en una especie de tifón oscuro.
El hombre sintió de pronto que sus pies se alejaban del suelo. El viento volvió a azotar toda la habitación mientras los dos cuerpos ahora levitaban en el aire, el demonio y el exorcista, en medio de una fortísima tempestad de energía liberada.
— ¿Crees que esto va a durar para siempre? Hay una tormenta. Se avecina, Constantine —presagió la demoniaca chica—. Tú y los que conoces será mejor que se preparen y estén listos, porque cuando llegue, hará temblar esta Tierra.
—Suena como si estuvieras deseando a que llegue ese momento —rechinó él con esfuerzo por la potencia con la que ella lo sujetaba del cuello. Parecía estar hincando sus uñas en su piel, lo que le provocó un inclemente ardor.
—Soy considerada —expresó ella con un gesto espantoso de burla.
—Qué lindo gesto de tu parte, casi conmovedor. Pero te aclaro algo, yo no lo soy —advirtió John con una astuta media sonrisa—. Deberías mirar bien por dónde flotas la próxima vez, no vaya a ser que te encuentres sobre un círculo de contención.
Raven se alarmó cuando se vio arrastrada inmediatamente al suelo, siendo inmovilizada por un poder invisible. Había caído en un círculo dibujado con la sangre del nigromante, sangre que ahora parecía resplandecer mágicamente en un matiz violáceo.
— ¿Qué has hecho? —gruñó coléricamente, tratando de desligarse de esas redes incorpóreas, pero parecía imposible.
—Adivínalo, amor. Introducción al vudú, lección primera —explicó el rubio alisando su ropa desaliñada, ahora con los pies firmes en la superficie—. No te proteges de los fantasmas y demonios con un puto cerrojo—. John se arrodilló en el piso, justo al lado de la chica que hacía esfuerzos sobrenaturales por liberarse. Luego dirigió una de sus manos directo a la frente de Raven. Cuando apoyó su palma en la cabeza de la hechicera, esta berreó y su cuerpo pareció arquearse por el dolor—. Me dirijo a la entidad interior —recitó el exorcista. — ¿Quién eres? Dime tu nombre. ¡Te lo exijo!
— ¡Su-suéltame! —amenazó ella.
El quejido del demonio juvenil lo golpeó como golpes físicos. Su aura, ahora roja, se había extendido. Se coló por debajo de su gabardina y él protestó de molestia, la fuerza parecía querer arrancar la carne de sus huesos.
Raven levantó la mirada hacia él, carmesí y abominable. Su respiración era áspera, superficial a través de sus dientes apretados, gruñidos retumbando en su pecho con cada exhalación.
—Bastardo —siseó ella. John simplemente sacudió la cabeza.
— ¿Por qué haces esto más difícil? Tu nombre. ¡Ahora! —volvió a demandar.
Pero la chica no contestó, solo lanzó una repulsiva risotada enfermiza. Le dedicó unas palabras, sobre quién era él, los pecados que había cometido, las vidas que había destruido, las almas que había condenado. Fue cuando John comenzó a recitar en su cabeza una concatenación de conjuros, no para la destrucción del demonio sino para apaciguar al doppelgänger de Raven que parecía estar fuera de control. No podía atar al demonio sin conocer su nombre.
«De observantia et applicatione harum exponentia. Confirmat diaboli. Tranquillitas tenebris».
—Puedo ver tu alma, no es más que un cascarón vacío —se burló la hija de Trigon—. La pequeña Astra está retorciéndose ahora mismo en lo más profundo del averno siendo atormentada, llorando, rogando y murmurando tu nombre. Ella está tan sola, en la oscuridad…
John solo la ignoró, tenía que repetir dos veces más el conjuro para que cobrara efecto.
—Todo lo que está cerca de ti perece. Eres un veneno que se esparce a su alrededor. Mataste a tu madre cuando apenas estabas en su vientre, ahorcaste a tu hermano gemelo con tu propio cordón umbilical. Estabas jodido desde el día en que naciste, John. Tu padre te odiaba. Solo te quedaba contener el aliento debajo de las sábanas con la esperanza de que él no descubriera que estabas despierto porque eras su saco de boxeo y su cenicero personal —lo siguió ridiculizando la chica con sátira. — ¿Recuerdas cuando él te apaleaba una y otra vez en las costillas después de llegar ebrio del bar? ¿O el día en que estrelló tu cabeza contra la pared? Pero lo mejor era cuando extinguía el fuego de sus cigarros en tus pequeños brazos y tú chillabas del sufrimiento como una niñita —ella rio—. Y luego solo fuiste abandonado por tu hermana, Cheryl. Traicionado por tu propia hermana. El fantasma de la tragedia te persigue. Tu dolor es un plato exquisito para mí, la fuente de tu dolor...
«De observantia et applicatione harum exponentia. Confirmat diaboli. Tranquillitas tenebris».
—Ya no hables —susurró él en un hilo de voz—. Te diviertes mucho viendo dentro de las almas de las personas recordándoles su dolor. Pero amor, conmigo no funcionara tu truco, me lo conozco bastante. No dejare que pruebes mi dolor. De observantia et applicatione harum exponentia. Confirmat diaboli. Tranquillitas tenebris —recitó por última vez.
Y entonces, repentino silencio golpeó. John metió una mano dentro del bolsillo de su gabardina y sacó una especie de moneda antigua de color bronce opaco. La misma tenía tallada el diseño de un ojo.
—No me dejas otra opción —ultimó el rubio colocando el artefacto en la frente de la joven. La moneda empezó a fulgurar y un portal parecía abrirse desde ese lugar—. La llave Keshanti. Una herramienta útil que permite el acceso a distintos planos de existencia. Si no me dices lo que necesito, entonces me veré obligado a averiguarlo por mis propios medios.
Espero que les haya gustado este capítulo tanto como a mí me gustó escribirlo.
¿Qué les pareció la aparición de la Liga? ¿Y la escena entre John y Raven?
Saludos y nos estamos leyendo!
