Disclaimer: Los personajes de Inception no me pertenecen.


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II

Robert Fischer

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Las horas se pasaban demasiado rápido cuando se empecinaba con el diseño de algún edificio.

A Aridne le fascinaba dibujar a mano, después de todo, la mayor parte de su trabajo se trataba de eso, pero rara vez usaba algún programa para plasmar sus ideas a futuro. Y aquella pequeña cafetería, en esa esquina de París donde Dominic Cobb le había enseñado un mundo que nunca hubiera creído posible, era su favorita; el único punto de la ciudad desde donde podía sentarse y ver la vida pasar delante de sus ojos, imaginando, creando.

Esa tarde salió como cualquier otra de la universidad, donde trabajaba como ayudante para terminar su tesis. Caminó por aquel puente que tanto le recordaba a Mal, la desquiciada esposa de Cobb, y terminó en la misma cafetería, con su bloc se hojas en una manos, una pluma de plata (regalo de Arthur) y diferentes lápices de grafito en la otra mientras se dedicaba a diseñar un sencillo apartamento para un nuevo trabajo, sin prestar atención a nada ni a nadie, hasta que fue interrumpida:

—Disculpa...

— ¿Sí?— levantó la vista casi de inmediato, arrepintiéndose al instante cuando sus ojos se toparon con la mirada más azul que había visto en su vida. La respiración se le cortó en ese instante y el corazón casi se le salió del pecho

Hubiera reconocido esos ojos en cualquier lugar.

Eran los ojos de Robert Fischer.

Azorada, miró hacia todos lados en busca de la policía o algún matón, pero, para su sorpresa, Fischer estaba solo, parado frente a ella, con una mirada tranquila, pero la boca torcida con algo de nerviosismo.

Ariadne casi comenzó a hiperventilar y algo en su mente le dijo que permanecer allí no era seguro, pero al mismo tiempo el miedo le impedía moverse y alejarse.

Se aferró con fuerza a su bloc de hojas y comenzó a buscar la salida más próxima cuando él volvió a hablarle, sin cambiar el tono de su voz.

—No suelo hacer esto...— él dudó, hablando en un francés poco fluido, y Ariadne lo miró, olvidándose por un segundo de su miedo, curiosa— Yo... ¿Nos conocemos?

Aliviada al saber que no la reconocía, pudo volver a sentir el aire llenando sus pulmones nuevamente, así que intentó no parecer desesperada mientras recogía sus cosas con prisa moderada.

—No, no lo creo— le sonrió, tan nerviosa que no se dio cuenta de que había respondido en inglés, y terminó de guardar todo en su bolsa— Lo siento. Tengo prisa.

Intentó alejarse, pero él se lo impidió, colocándose delante con las manos alzadas.

—Lo lamento. No quise asustarte— dijo, bajando la cabeza mientras torcía los labios, indeciso— Dios, he estado en aquella mesa por más de veinte minutos pensando como abordarte, y...— se detuvo y soltó un bufido que le causó gracia— Soy malo en esto. Jamás he hecho algo así— ahora sí Ariadne no pudo evitar sonreír abiertamente, y él acompañó su sonrisa— De verdad, no quiero asustarte, pero debo decirlo o creo que me volveré loco— ella lo miró fijo, curiosa al percibir que no se encontraba en peligro, y Fischer la imitó, dubitativo, antes de suspirar— Tal vez tú no me conozcas, pero yo a ti te he visto antes. En mis sueños; cada noche.

Ariadne no pudo evitar retroceder ante esa afirmación, no obstante, presurosa, solo volvió a sonreírle con condescendencia y se alejó dos pasos.

—Vaya... Eso es halagador. O espeluznante, viniendo de un completo desconocido— dijo, intentando alejarse para disimular el pánico que comenzaba a entrarle, pero de nuevo él se lo impidió.

— ¡Lo siento! No fue mi intención asustarte de nuevo, o...

—Está bien— lo cortó, alzando una mano— Sí fue raro, pero está bien. En cierta manera hasta es lindo— sonrió, regañándose mentalmente por haber dicho eso mientras se escabullía fuera de la cafetería, presurosa— Y lo siento, pero tengo una clase... Adiós.

Lo escuchó chasquear la lengua al darle la espalda, y había comenzado a alejarse cuando volvió a escucharlo.

—Soy Robert, por cierto. Robert Fischer.

Ariadne se giró casi por costumbre, mordiéndose la lengua para no soltar un "lo sé", y sin darse cuenta respondió de la misma forma:

—Ariadne.

—La chica de los laberintos— dijo él, sonriendo de manera sospechosa.

— ¿Disculpa?

—Teseo y Ariadne— respondió Fischer, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones claros, bastante informales para alguien como él— Es mitología griega. Mi historia favorita.

Ariadne asintió, ocultando una sonrisa de alivio mientras volvía a darse la vuelta, haciendo la nota mental de no regresar a aquel lugar, por lo menos hasta que estuviera segura de que Robert Fischer ya no seguía en París.

oOo


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N del A:

De nuevo, gracias por leer!

Saludos!

H.S.