Disclaimer: Los personajes de Inception no me pertenecen.
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III
Ariadne
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Robert Michael Fischer no era alguien muy sociable. Nunca había tenido un mejor amigo ni tiempo para compartir con personas ajenas a su trabajo.
Desde la muerte de su madre había estado solo, abandonado en internados y luego en la universidad. Claro que contaba con el apoyo de Peter Browning, mejor amigo de su padre su padrino, pero con nadie más.
La única forma de relacionarse de alguna manera con Maurice Fischer, su padre, había sido siempre a través de su trabajo, por eso siempre se había esforzado por cumplir con sus expectativas y no decepcionarlo, formarse a su imagen y semejanza para que algún día estuviera orgulloso de él. Sólo la opinión de su padre contaba; jamás le había importado la de nadie más a ese nivel, tampoco la de su padrino y único amigo, la persona en la que más confiaba. Mucho menos la de una completa desconocida.
¿Por qué, entonces, se sentía así ahora por una chica a la que solo había visto una sola vez en su vida?
La había visto solo una vez en carne y hueso, pero miles de veces en sus sueños.
Ariadne... Ése era su nombre. Elegante y bello, como ella.
¿Bella? Después de años de indiferencia hacia el resto del mundo, se vio sorprendido al estar pensando en una mujer que para él no implicaría ningún buen negocio en esos términos.
— ¿Robert? Robert, ¿estás escuchándome?
El aludido parpadeó y salió bruscamente de sus pensamientos, enderezándose sobre su asiento.
—Lo siento, tío Peter. ¿Qué decías?
Peter Browning torció los labios con disgusto, pero se deshizo de ese gesto casi de inmediato.
—Luces extraño— observó— ¿Te pasa algo?
—No.
— ¿Seguro?
Robert lo miró fijamente y movió la cabeza de manera afirmativa. Sin embargo, su padrino no se mostró conforme con esa respuesta.
—No me engañas, Robert. Te conozco desde que naciste, y te he notado diferente desde que decidiste desmantelar el imperio de tu padre.
—Vender Fischer Morrow era lo que él quería para mí— se defendió, a pesar de no ser necesario— Y sé que no te hizo ninguna gracia tener que volver a empezar de cero, pero no nos ha ido nada mal hasta ahora— discurrió, jugando con una de sus plumas de oro— En nuestro primer año casi lideramos el mercado asiático, y estamos logrando grandes avances en el europeo.
Browning apretó los labios, mostrándose de acuerdo con sus palabras.
—En eso tienes razón— concedió— Sin embargo, sabes que si algo te molesta puedes hablar conmigo, ¿verdad? Eres como un hijo para mí.
Ante eso, Robert vaciló por un segundo, indeciso. No obstante, su padrino era la persona en quien más confiaba en el mundo. Si alguien podía darle un buen consejo, el consejo de un padre, sin duda, sería él.
—Ahora que lo mencionas... Hay algo que ha estado inquietándome últimamente— admitió, soltando un largo suspiro.
— ¿Qué es?
—Una mujer.
— ¿Una mujer?— se sorprendió el otro hombre, frunciendo el ceño— Robert, sé que la muerte de tu padre te ha afectado, pero, ¿no crees que ahora es muy pronto para pensar en formar una familia? Digo, aún eres joven y tienes tanto por hacer antes de atarte a una mujer e hijos que...
—No, no es eso— fue el turno de Robert de sorprenderse, y, estando con su padrino, no se molestó en ocultarlo— Si deseara formar una familia tú serías el primero en saberlo, tío Peter— comentó con calma— Solo es...alguien a quien conocí hace unos días. Me pasó algo muy extraño con ella. ¿Te acuerdas de esas sesiones que mi padre y tú querían que tomara para entrenar mi mente? Quizá te sonará loco, pero creo que la he visto allí, como una proyección de mi mente.
— ¿A quién?
—A la chica que conocí hace unos días. Ariadne, era su nombre.
—Curioso nombre— el administrador torció los labios, pensativo— ¿Es francesa?
—No, no lo creo.
— ¿Ariadne qué? Tal vez pueda mandar a investigarla.
Robert lo miró, frunciendo el ceño.
—No lo sé. No me dijo su apellido... Pero no vas a investigarla como si fuera una criminal, tío Peter.
—Robert, es por tu seguridad— se justificó el hombre, imitando su gesto— Como tu albacea es mi deber cuidar de ti. Eres una figura pública y tienes mucho dinero; eso puede ser peligroso a veces.
—Y crees que nadie puede querer acercarse a mí si no es por mi fortuna— afirmó Fischer Jr con escepticismo.
—No, yo no dije eso— su padrino negó con la cabeza, amenizando el sonido de su voz, como si estuviera hablándole a un niño pequeño— Eres un joven excepcional, Robert, pero a veces no sabes reconocer a quienes se acercan a ti porque de verdad te aprecian, o porque en realidad tienen intereses... ocultos.
Robert lo miró, entornando sus profundos ojos azules con suspicacia, como si intentara procesar esas palabras. Luego desvió la vista hacia la ventana de su oficina y, con los ojos escudriñando la vista de la ciudad, soltó un profundo suspiro.
—Sé que solo te preocupas por mi bienestar, tío Peter; pero, si te deja tranquilo, ella ni siquiera se interesó en hablarme— refutó, sintiéndose extrañamente frustrado con solo decirlo. No obstante, eso pareció relajar a su padrino, que solo se limitó a colocar una mano sobre su hombro, presionándolo con afecto.
—Bueno, esa es una preocupación menos, ¿no?— sonrió, complacido— Siendo así, olvídate de ese asunto y sigamos trabajando. Hay unos papeles que necesito que...
Robert giró su asiento y pretendió seguir escuchándolo, aunque en realidad su mente vagaba muy lejos de allí. Mientras su padrino seguía hablando acerca de unos nuevos contratos, sus ojos azules se perdieron en la tapa del libro que descansaba sobre su escritorio se cristal, la cual tenía el sello de Escuela de Arquitectura de la Universidad de París en una esquina. Tal vez ella estudiaba ahí. Tal vez era una arquitecta.
¿Quién sería realmente la chica de sus sueños?
Sin darse cuenta sonrió, entrelazando las manos delante de su mentón para esconderlo.
Tal vez Ariadne y él podrían volver a encontrarse y así podría responder a esa pregunta.
Y devolverle su libro, claro.
oOo
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N del A:
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Gracias por leer!
Saludos!
H.S.
