Disclaimer: Los personajes de Inception no me pertenecen.
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6
Eames tenía razón
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— ¿Y qué pasó?
— ¿Con qué?
—Con Cobb. ¿Cerraron el trato?
— ¿Qué?
Eames soltó una carcajada, negando en silencio.
—Creo que no. Si al fin se hubieran deshecho de toda esa tensión sexual Cobb no habría llegado tan amargado y tú no seguirías arruinando todos tus planos pensando en él...
Ariadne abrió los ojos, consternada, y para su mala suerte no pudo evitar escandalizarse ante el comentario.
— ¡Yo no pienso en él!
— ¿Ah, no?
Eames rió una vez más en voz baja, divertido, y la sujetó sutilmente por las muñecas para levantar sus manos y enseñarle lo que había hecho con la hoja de dibujo. Ariadne miró, sorprendida, el trompo de papel que había hecho con los dibujos, y deseó que la tierra se abriera y la tragase en ése instante.
— ¡Oh, maldita sea!
— ¿Y qué me dices ahora?
Ariadne contuvo el aliento para calmarse, peinándose el cabello nerviosamente tras las orejas mientras golpeaba la punta de sus botas entre sí.
— ¿Tienes los planos?— preguntó Arthur, llegando hasta ellos mientras Eames seguía riendo. Ariadne se sonrojó ligeramente y, desviando la vista, le tendió el trompo. El investigador torció los labios con escepticismo, y al recoger la figura de papel levantó las cejas, abriendo los ojos con algo de intriga, pero no con sorpresa.
— ¿Otra vez?― bufó, desdoblando algunos pliegues con las puntas de los dedos a la vez que fruncía el ceño— ¿Ahora qué hizo Cobb?
—El problema es lo que no hizo— se burló Eames, soltando una nueva risotada y haciendo que Arthur pronunciara aún más su ceño fruncido.
—Me lo imaginaba... Ari, ya te he dicho que tienes un increíble talento para estas cosas, pero prefiero los planos enrollados y dentro de un tubo. Tenlo en cuenta para la próxima.
Ariadne parpadeó, más avergonzada que antes. ¿Por qué tenían que asociar todo lo que le pasaba con Cobb? ¿Era tan obvia? Aunque, para su mala suerte, Arthur y Eames tenían razón.
—Iré a mi casa y traeré las copias de respaldo— suspiró para cambiar el tema, apenada, levantándose y buscando su bolso— Lo siento.
—Te acompaño— dijo Arthur, consultando su reloj— Tengo algo de tiempo ahora y no me vendría mal un poco de aire fresco.
― ¿Y qué le digo a Cobb?― inquirió Eames, jugando con una ficha de póker entre los dedos― No estará nada feliz cuando vea que desapareciste con la princesa.
― ¡Eames!
―Dile que fuimos a su departamento. Será divertido ver cómo reacciona.
Los dos hombres rieron, y Ariadne no pudo hacer nada más que desear desaparecer lo más rápido posible.
Realmente prefería que esos dos volvieran a pelear como perro y gato antes que se juntaran para burlarse de ella y su desastrosa vida amorosa.
―Los dos váyanse al demonio.
Tomó sus cosas con brusquedad y caminó a la salida; Arthur, sin dejar de reír discretamente, se colgó un tubo portaplanos al hombro y la siguió de cerca hasta las frías calles de París.
El último trabajo sería en Suiza, a unas pocas horas en tren desde París, así que todo el equipo se había trasladado hasta allí para crear un sueño de dos niveles antes de volver a disolverse, así que por unos cuantos días volverían a estar juntos. Unos días que estaban volviéndose demasiado largos gracias a las bromas de sus colegas más molestos.
― ¿Quieres un chicle?
―No.
Arthur se encogió de hombros y se metió una bola de chicle en la boca, arrojándole la envoltura al cabello.
—Había olvidado lo tranquilo que es esta ciudad— murmuró para sí mismo cuando entraron en una callejuela poco transitada que Ariadne usaba cada tarde al salir de la universidad, haciéndose a un lado para darle paso a una motoneta.
— ¿Te gusta París?― preguntó por mera cortesía al cruzar la calle. Y Arthur la miró, enarcando una de sus cejas oscuras
—No. Realmente prefiero el bullicio de Boston o Nueva York— dijo, jugando con el tubo mientras ella reía.
— ¿Por qué siempre debes ser tan complicado?
Arthur la contempló de soslayo y enarcó una ceja; sin embargo, casi de inmediato miró hacia atrás, y al cambiar la señal pasó un brazo sobre los hombros de Ariadne, sorprendiéndola.
― ¿Qué haces?
—Alguien te sigue— le dijo al oído, empujándola suavemente para que no se detuviera— Camina con naturalidad.
— ¿Por qué alguien me seguiría?— preguntó Ariadne en voz baja, sujetándose a su cintura en busca de más seguridad.
—No lo sé. ¡No mires! ¿Le debes dinero a alguien?
—No.
— ¿Te metiste en problemas últimamente?
— ¡Claro que no!
Arthur pensó su siguiente pregunta por unos segundos mientras seguían caminando.
— ¿Crees que Fischer te haya descubierto?— eso la dejó sin palabras. De inmediato quiso voltear pero Arthur no se lo permitió— ¿Has vuelto a verlo? ¿Te dijo algo?
—N-No...— mintió, un tanto insegura. Avanzaron unos cuantos metros más, doblaron en una esquina y se metieron en un callejón que daba a otra calle un poco más transitada; caminaron otros cuantos minutos y Arthur se detuvo. Miró hacia atrás y hacia todos lados, y chasqueó la lengua.
—Creo que lo perdimos.
— ¿Cómo supiste que nos seguían?
—No lo sabía— le dijo, regresando la vista al frente— Solo quería ver si me dejabas abrazarte.
Ariadne frunció el ceño y se apartó de un manotazo, golpeándolo otra vez en el brazo.
— ¡Me asustaste!
—Valió la pena— Arthur tomó su mano y la besó. El coqueteo entre ellos no era nada extraño, por lo que Ariadne ni se inmutó cuando entrelazó sus dedos y comenzó a guiarla calle abajo, rumbo a su apartamento, sin sorprenderle realmente que supiera el camino.
Entraron al pequeño piso y durante varios minutos se dedicaron a buscar los planos que querían. Arthur hizo algunas acotaciones acerca de los gustos del sujeto y juntos concordaron unos cambios para ya no tener que regresar a la bodega hasta el día siguiente. Terminaron con el trabajo y Ariadne lo acompañó de regreso a la salida. Sin embargo, antes de salir del edificio Arthur volvió a hablarle, en tono casual pero firme, dándose la vuelta para mirarla fijo a los ojos.
—Sé lo que pasa. Entre tú y Cobb— Le soltó como si nada, de pie en medio del vestíbulo y frente a las puertas de cristal, desde donde todo mundo podía verlos— Sé que tuvieron una cita, y eso es inaceptable en este momento.
Ariadne parpadeó, sonrojándose en el acto.
— ¿A qué te refieres? No pasa nada entre Cobb y yo...— era cierto que no pasaba nada, lo que no quería decir que ella no quisiera, pero no entendía el comentario de su compañero.
Arthur, por su parte, se dedicó a seguir mirándola. Unos segundos después y alzó ambas manos para pasarlas a los lados de su cabeza, suspirando mientras bajaba la cabeza hasta ella para hablarle más cerca.
—Ari, esto no es un juego— aseveró, de repente serio—. Sí, se nota que se gustan, la pasan bien juntos y tienen cientos de cosas en común, pero eso no durará. Y afectará a todo el equipo, ¿entiendes? A TODOS nosotros.
— ¿Qué?
—Cobb es un buen tipo y todo, pero...después de lo de Mal, él no... No está bien. Hizo un gran progreso luego del trabajo de Fischer, y sin embargo... Lo conozco. Aún no puede dejarla ir. Y además están James y Phillipa— hizo una pausa te chasqueó la lengua, viéndonos las Manos para acompañar sus palabras— Su mente aún no está lista para embarcarse en otra historia. ¿Y quién crees que sufrirá más por eso? Es por tu propio bien y el del equipo también. Aléjate de Cobb. Ambos han funcionado de maravilla hasta ahora, pero no dejes que su relación avance más allá, o te aseguro que todo se arruinará... Créeme. Lo he visto antes. Las relaciones en el trabajo simplemente no funcionan, mucho menos con alguien tan emocionalmente afectado como Cobb.
Ariadne estaba aturdida, y, sin poder creer lo que oía quiso replicar, pero Arthur no se lo permitió:
―Sé que te gusta y estoy seguro de que tú a él, pero Cobb ahora debe concentrarse solo en recomponer su familia, su vida; en cuidar de sus hijos... No te digo que en un futuro no pueda funcionar, pero, ahora...― suspiró, acariciándole la mejilla al ver la incomodidad que le había provocado― Vamos, chica de los laberintos. Eres demasiado joven, inteligente y hermosa para complicarle la vida de esta manera. Espera a envejecer y engordar para eso― le soltó, y a pesar de la seriedad del tema, Ariadne no pudo evitar sonreír― Sé que no soy nadie para decirte qué hacer, pero eres lista. Tomarás la decisión correcta.
Ariadne sonrió para ocultar una mueca de tristeza y Arthur volvió a suspirar, rodeándola con sus brazos.
―Ven aquí... Todo estará bien...
Ella se dejó hacer y escondió la cara en el chaleco de Arthur, recobrando la compostura casi de inmediato. Se limpió el rostro y asintió, separándose para retroceder un paso.
―Te entiendo. Yo... Es que me siento un poco tonta ahora, y... Te odio por ser siempre la voz de la consciencia. Eames tiene razón. Eres fastidioso.
―Ariadne, sé que estás molesta pero no vuelvas a decir delante mío, no afirmes o siquiera insinúes, que Eames tiene la razón en algo, ¿oíste?― le espetó, frunciendo las cejas con falsa molestia. Aridne sonrió un poco más abiertamente entonces y sin pensarlo se abrazó a su cuello y ahora fue ella quien lo besó, en la vida real, logrando que los músculos de Arthur se tensaran ligeramente.
―Gracias, Arthur. Como siempre, me has hecho ver las cosas en perspectiva.
Él asintió, todavía estático. Se despidió con una seña y avanzó dos pasos; luego se arrepintió y regresó sobre ellos, ya sin esa expresión de turbación, sino con una mirada de intriga y recelo.
―Dime, ¿eso fue por el beso que te di en el subconsciente de Fischer?― preguntó, entre curioso e inquieto, mientras la señalaba con un dedo acusador.
Ariadne entonces rió y bajó la vista, acomodándose el cabello tras las orejas.
―En parte. Se siente feo ser la víctima, ¿verdad?
Arthur soltó un bufido irónico, dio un par de pasos vacilantes y volvió a acercarse a ella.
―Te mostraré quién es la víctima.
Antes de que Ariadne pudiera repelerlo la tomó por el rostro y estampó sus labios contra los suyos una vez más, acercándola a su cuerpo poniendo las manos en su cintura. Y ella forcejeó al mismo tiempo que reía, haciendo que Arthur se negara a dejar de besarla. No obstante, no había pasión ni deseo en aquel beso, sino más bien un sabor alegre y juguetón que hacía que Ariadne no lo golpeara por su atrevimiento. Los dos sabían que eso era sólo juego.
Los dos estaban tan ocupados en su competencia de egos que ni siquiera notaron al hombre que se había acercado a ellos hasta que éste les hizo notar su presencia.
― ¿Ariadne?
Arthur y ella dejaron de besarse y reír, y, sorprendidos, se giraron hacia Robert Fischer, que estaba de pie tras ellos, mirándolos con los ojos azules inquietos.
Ariadne quitó las manos del investigador de su cuerpo y pronto dio una paso al costado, más que incómoda con la presencia de Robert en la puerta de su edificio.
―Señor Fischer... ¿Qué hace aquí?— fue lo único que atinó a decir, tan sorprendida que ni siquiera tuvo tiempo para sentir temor o inquietud.
Robert Fischer, con su porte elegante y ligeramente altanero, sin duda era una figura que, lo quisiera o no, infundía respeto y algo de admiración. Si alguien miraba su fachada vería al hombre exitoso y frío que dirigía su propio imperio emergente; pero si se concentraba más allá y miraba en lo profundo de sus ojos imposiblemente azules, reconocería un brillo cándido y casi infantil en ellos, el mismo que antes le había parecido ver en ellos cuando la había abordado por primera vez en la cafetería. La dicotomía entre el empresario sin escrúpulos y el hombre de buen corazón qué estaba parado frente a ella era confusa para Ariadne, y todo eso pasó por su mente en el segundo que Fischer se tardó en digerir su pregunta.
Robert la miró un momento, y luego sus ojos se posaron brevemente en la mano que Arthur había vuelto a poner en su cintura, de seguro para evitar que corriera. Y cuando pensaba que Fischer no diría nada más, éste le enseñó un viejo libro que cargaba consigo, desconcertándola por completo.
―Yo... Dejaste tu libro el otro día en la cafetería, y... Creí que...― dejó su frase a la mitad para concentrarse en Arthur, y a Ariadne se le congeló la sangre al notar que lo miraba de la misma forma que había hecho con Cobb días atrás; como si supiera que lo conocía, pero intentara recordar de dónde― Disculpe, ¿nos conocemos?
―Lo dudo― respondió Arthur con esa naturalidad que lo caracterizaba siempre, extendiéndole la mano con gesto amistoso― Mucho gusto...
―Robert...
―Fischer, ¿verdad?― le sonrió el otro hombre, abrazando a Ariadne por la espalda para pegarla a su cuerpo― El dueño del conglomerado Fischer Morrow.
―Ex dueño― contestó Robert, bajando la mirada un momento para cambiar de tema― ¿Y usted es...?
―Arthur. El prometido de Ariadne― dijo con tal naturalidad que incluso Ariadne se lo creyó por un momento. Y miró a Arthur, que había ajustado su brazo alrededor de su espalda para advertirle que no dijera nada. No le pareció lógico que mintiera de esa forma, pero lo que le pareció lo más ilógico de todo fue la expresión en el rostro de Fischer. Era como duda, molestia y decepción entremezclados. ¿Por qué Fischer hijo la miraba de esa forma tan extraña?
No obstante, había una pregunta aún más importante que resolver en su cabeza.
―Emm... Señor Fischer― sus ojos, imposiblemente azules, centellaron con expectación al oírla llamándolo, y al clavarse sobre ella le causaron un extraño hormigueo en la espina; Ariadne se sintió acalorada, y no pudo evitar sonreír, nerviosa― ¿Cómo supo dónde vivo?― le soltó, más por temor que por curiosidad.
¿Y si Fischer los había descubierto y quería su cabeza? En su mente eso tampoco tenía mucha lógica, ya que él había ido hasta allí personalmente en vez de enviar a algún matón.
Robert, por su parte, parpadeó un par de veces, y Ariadne notó lo bonito y atractivo de sus rasgos; eran bien definidos y angulados, su barbilla era muy masculina, y como siempre su rostro se mostraba fresco e impoluto, y a pesar de estar ligeramente distorsionado con esa mueca de permanente indiferencia hacia el mundo, seguía teniendo algo; un pequeño pero claro vestigio de inseguridad que no le sorprendió en lo más mínimo después de recordar la fría relación que había tenido con sus padre. Aun así, Robert era un hombre apuesto, de eso no había duda, pero también muy peligroso para ella y los demás.
―Pregunté en la universidad― contestó él tras unos segundos, sacándola de su introspección al extenderle el libro sobre arquitectura romana que había creído perdido― Lo siento si fue demasiado imprudente, pero yo...creí que tal vez necesitarías el libro, y...
Arthur alzó una ceja, atento y un tanto sorprendido. Ariadne de inmediato supo que estaba pensando en algo, pero no dijo nada.
―Gracias. Pero no debió molestarse― recibió el libro de sus manos, y, cuando sus dedos se rozaron por accidente, Fischer la miró fijamente con sus profundos ojos azules, recordándole al cielo despejado de una tarde de verano en la Toscana, y a las aguas color turquesa de los mares de Bali; casi fue como si pudiera abrazarla con ellos, y hacerle desear ahogarse en esa inmensidad azul.
Era...extraño. Cobb tenía los ojos azules también, pero no se comparaban con los de Robert Fischer.
― ¡Qué amable! ¿No lo crees, cariño?― exclamó Arthur, simpático pero notablemente molesto con la situación― Pero, retomando sus palabras, creo que enviar un mensajero hubiera sido más sensato, señor Fischer. No me gusta que otros hombres merodeen a mi novia. Usted entiende— dijo, besándole la mejilla tan impulsivamente que Ariadne se molestó.
Como respuesta, Robert asintió, moviendo la cabeza de forma afirmativa. Miró a Ariadne por un segundo y luego se despidió de ambos moviendo la cabeza una vez más, sin emitir sonido alguno.
Arthur y ella observaron su espalda enfundada en una chaqueta de corte muy costoso y lo siguieron con la mirada hasta que Fischer Jr se subió a un taxi y se fue, alejándose de ellos al fin. Sólo entonces Ariadne pudo volver a respirar, empujando a Arthur lejos apenas los dos se quedaron solos.
― ¿Qué pasa contigo?— le reprochó— ¿Prometidos? ¿Se te zafó un tornillo o qué?
El investigador arrugó el entrecejo y la miró, cruzándose de brazos.
—De nada— ironizó, receloso— ¿Qué demonios hacía Robert Fischer en tu edificio?
Ariadne se congeló en su lugar, atónita.
—No sé... Mi libro...
―Esto es peor de lo que creí― la interrumpió Eames, sobresaltándola al salir de su escondite tras una columna, jugando con una ficha de casino entre sus manos como si hubiera estado esperando para salir por un largo rato.
Ariadne lo miró, sin entender su presencia allí.
― ¿Eames? ¿Qué haces...?
―Cobb me envió a vigilar a Fischer Jr desde que nos contaste de él, y lo seguí hasta aquí― explicó el susodicho, taciturno, y la sujetó por el codo para arrastrarla a un punto más íntimo del edificio, mirando hacia atrás a cada paso.
― ¿Qué pasa?
―Es más grave de lo que Cobb pensó― explicó el falsificador, sin bajar la guardia mientras arrinconaba a Ariadne contra una columna― Fischer está interesado en ti.
Ariadne pestañeó, sin entender muy bien.
― ¿Qué?
―Estoy de acuerdo― secundó Arthur, haciendo una mueca. Ariadne frunció el ceño otra vez, más confundida que antes.
― ¿De qué están hablando?
Eames soltó un pequeño bufido y chasqueó la lengua, sacándose la paleta de fresas que tenía entre los labios para poder hablar con más claridad.
―Al parecer Fischer ha estado buscándote. Ya sabes, como una especie de cacería del tesoro o algo así― explicó, taimado― Aún no sé bien lo que busca, pero si yo fuera tú saldría del país...
Ariadne sintió su respiración cortarse en ese instante, y como acto reflejo miró a su alrededor, sintiéndose vigilada de pronto. Tragó grueso y se tomó unos segundos para poder hablar sin que la voz le fallara:
― ¿Crees que sepa...lo que pasó?― inquirió, temerosa por la respuesta.
Eames y Arthur se miraron, compartiendo un gesto de intriga.
―No lo creo― acotó el segundo. En ése momento oyeron el elevador abrirse y los dos llevaron a Ariadne hasta él― Me vio y no me reconoció, pero es obvio que recordaba haberme visto.
―Por eso no podemos confiarnos― siguió Eames, parándose delante de las puertas del elevador para presionar el botón de su piso― Fischer Jr. parece inofensivo, pero el que de verdad me preocupa es Browning. Aléjate lo más que pueda de él y su ahijado o todos podríamos caer. Supongo que has escuchado de Ingeniería Cobol. Pues créeme que ellos no serían nada en comparación a alguien con tanto poder como Robert Fischer.
Ariadne lo miró fijamente mientras el elevador subía los pisos.
Sabía que Arthur odiaría admitirlo en voz alta, pero Eames, una vez más, tenía razón.
Debía irse antes de que las cosas con Fischer se salieran de control.
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N del A:
Gracias por leer!
En especial a BluePark, cuyo review me hizo escribir más aprisa y me dio la inspiración necesaria para el capítulo. Y no te preocupes, porque seguiré todas mis historias hasta el final, por más que a veces la inspiración esté en mi contra ;)
Tal vez no lo crean necesario, pero cada comentario ayuda,y así, como autor, te dan más ganas de seguir escribiendo.
Saludos!
H.S.
