Disclaimer: Los personajes de Inception no me pertenecen.
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7
Destino
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Las gaviotas chillaban sin cesar sobre sus cabezas. Las olas del mar rompían contra las rocas, emitiendo un fuerte y ensordecedor sonido que llegaba hasta sus oídos con la brisa. A lo lejos podían ver los últimos rayos del sol reflejándose en la estructura metálica de la Ópera de Sídney, proyectando tantos maravillosos colores que casi parecían irreales.
Robert cerró los ojos al sentir el aire húmedo golpeando suavemente contra su rostro e instintivamente abrazó con fuerza a la chica que reposaba entra sus brazos y aspiró el aroma a rosas y sal de su largo cabello castaño.
De pronto ella se movió y lo miró a los ojos, brindándole una caricia a su rostro que lo hizo suspirar y hundirse contra esa suave mano.
— ¿Qué es éste lugar?
—Aquí veníamos mi madre y yo todos los fines de semana cuando aún vivía. Ella amaba la ópera.
Ariadne torció los labios un momento, pero luego regresó la vista hacia el atardecer, acomodándose entre sus brazos una vez más.
—Me gusta.
—A mí me gustas tú— respondió, sincero, volviendo a acercar sus rostros para besarla, y ella acercó el suyo también, teniendo que detenerse a mitad de camino.
—Señor Fischer... Señor Fischer...
Ariadne movió la cabeza con el ceño fruncido y Robert alzó la vista hacia el cielo, suspirando, derrotado.
— ¿Qué fue eso?
—Están llamándome— resopló, apretando el cuerpo de Ariadne contra el suyo un poco más, como si intentara mantenerla allí para siempre— Significa que debo regresar.
—Pues ve.
—No quiero dejarte.
— ¿Por qué?
—Porque cuando abra los ojos tú ya no estarás allí.
Ariadne se separó de él y lo miró a los ojos con una sonrisa. De pronto el suelo comenzó a temblar, y la playa a desmoronarse a su alrededor.
—Ariadne...
—Volveremos a vernos, Robert— le sonrió, uniendo sus labios antes de que todo el universo desapareciera.
—Señor Fischer. Disculpe, señor Fischer.
Robert abrió los ojos y al instante se encontró con el bonito rostro de la sobrecargo de su avión frente a él, con una mano apretando ligeramente su hombro para despertarlo.
Se acomodó sobre su asiento y carraspeó inconscientemente para aclararse la garganta.
—Lo siento, señor Fischer, pero aterrizaremos a Los Ángeles en diez minutos y debe abrochar su cinturón.
—Sí. Gracias— asintió, obedeciendo al instante mientras intentaba no volver a cerrar los ojos y ceder a la modorra.
Se sujetó con fuerza de los lados de su asiento cuando el avión se movió ligeramente y empezó a descender; Robert observó el brillante océano azul por su ventana para intentar distraerse, y luego las palmeras, pero sus pensamientos rápidamente regresaron a su sueño, y de allí a Ariadne.
Había pasado más de un año desde que la había visto por última vez. Ella simplemente había desaparecido, como si se la hubiese tragado la tierra. No sabía si se había casado o si alguien le había ofrecido empleo en el extranjero; durante meses había resistido el impulso de contratar a alguien para que la buscara en el mundo, lo cual no había sido muy difícil teniendo que liderar una compañía que rápidamente se había convertido en multimillonaria. Las obligaciones y el trabajo mantenían su mente ocupada la mayor parte del tiempo cuando estaba despierto, pero nada de eso bastaba en sus sueños. En ellos Ariadne no había faltado ni un solo día, y en ellos él no era tímido ni arrogante, y era capaz de decir lo que realmente sentía y pensaba sin miedos ni dudas.
Pero cuando no dormía y no trabajaba, nada podía impedir que sintiera lo vacía que se había vuelto su vida. Tenía tanto dinero que no se acabaría en cien vidas, éxito y poder, pero no tenía a nadie a su lado, no tenía familia ni amigos más allá de su padrino, cuyo cariño muchas veces sentía forzado.
Cuando estaba solo, únicamente en compañía de sus pensamientos, no podía evitar pensar que estaba convirtiéndose en su padre, siempre de junta en junta, preocupándose por hacer crecer su cuenta en el banco y descuidando todo los demás aspectos de su vida. Y odiaba eso. Su padre hubiera odiado verlo así.
—Señor Fischer, estamos listos— dijo su asistente, indicándole que era hora de avanzar. Robert simplemente lo miró. No sabía su nombre, pues su padrino siempre procuraba cambiar sus asistentes cada mes por su seguridad, y apenas si tenía tiempo para relacionarse con ellos. Pero no le daba importancia. Siempre que su tío Peter creyera que era lo mejor estaría de acuerdo.
Apenas la compuerta del avión se abrió y Robert descendió los primeros escalones metálicos su teléfono empezó a sonar, haciendo que volviera a zambullirse de lleno en el trabajo.
Los guardaespaldas lo llevaron hasta su auto y no se separaron de él hasta que llegó a la junta de la única compañía que había conservado del conglomerado Fischer Morrow en Norteamérica. La reunión transcurrió sin ningún imprevisto y Robert analizó sus acciones con minuciosidad hasta que estuvo conforme con los resultados. Firmó algunos papeles, dio órdenes y recogió unos documentos que revisaría para dar su consentimiento antes de marcharse hasta dentro de dos semanas, cuando regresaría para la próxima reunión, siempre seguro, altivo y frío.
Una vez que todo acabó, recogió sus cosas y se las dio a su asistente para marcharse. El equipo de seguridad los llevó hasta su hotel y solo entonces lo dejaron a solas, de nuevo solo con sus pensamientos.
Pidió un almuerzo ligero que no tocó y se acomodó junto a una ventana, observando el océano a lo lejos mientras rememoraba su último sueño, hasta que, sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido.
De inmediato volvió a abrir los ojos en un lugar oscuro y desconocido. Tenía los pies y las manos atadas, y una mordaza en la boca. No tenía idea de cómo había llegado hasta ahí, pero estaba asustado. Algo le decía que iba a morir.
Entonces una hermosa chica de ojos cafés apareció y le quitó la mordaza, acariciando su rostro con una mano e hizo que Robert se sintiera repentinamente a salvo.
— ¿Se siente bien?— le preguntó, todavía con la mano en su mejilla y la respiración tan agitada que parecía estar asustada también. Eso le sorprendió, pero no tanto como la familiaridad de sus rasgos.
Esos ojos, esa voz... Los conocía de algún lado, pero no lograba recordar de dónde.
Todavía algo obnubilado por la situación creyó escuchar dos disparos y más gritos, y luego Robert se sintió caer al vacío, despertando de un salto cuando la sensación se volvió demasiado real.
Se tambaleó hacia atrás como si estuviera a punto de caerse, y tardó unos segundos en darse cuenta de que seguía en su cuarto de hotel, en la misma posición en la que se había dormido y con su traje todavía puesto. No estaba en ningún lugar oscuro, no estaba cayendo y mucho menos había alguien con él, pero seguía sintiendo aquella opresión en el pecho, la sensación de que estaba en peligro inminente. Y de pronto se sintió incómodo y ahogado dentro de esa suite. Necesitaba salir de allí casi con desesperación, pero quería hacerlo solo, sin escoltas ni ojos curiosos controlando sus pasos. Nunca le había gustado eso de tener que moverse rodeado de llamativos guardaespaldas; de alguna manera eso hacía que se sintiera mucho más expuesto que cuando andaba solo, sin llamar la atención de nadie más allá por usar un reloj costoso o ropa fina.
Por eso, aprovechando la confusión con unos turistas japoneses que ocupaban todo el corredor con su comitiva, Robert pudo escapar de los guardaespaldas que custodiaban su puerta y salió del hotel casi escabulléndose para evitar ser reconocido por los empleados.
Solo una vez fuera pudo sentirse mejor, de nuevo a salvo y un poco más relajado; se deshizo de su corbata y chaqueta y deambuló sin rumbo fijo por las calles de la ciudad, mirando cosas sin ver nada realmente, solo caminando con las manos en los bolsillos como si fuera un transeunte más y no el sujeto que valía miles de millones que era. Caminó durante horas sin importarle su trayectoria, y, sin buscarlo, sus pies lo llevaron directo al Museo de Arquitectura y Diseño de Los Ángeles; entonces Robert, impulsado por la misma fuerza que lo había llevado hasta allí, decidió entrar.
No era particularmente fanático de la arquitectura o el diseño, pero sí sabía apreciarlos, o al menos eso se repetía mentalmente mientras se preguntaba porqué demonios recorría aquella exposición cuando debía estar trabajando antes de volver a Sídney, donde lo esperaba aún más trabajo. No había muchas personas cerca, por lo que no tuvo prisa en regresar a las calles atestadas de gente, y no le pareció mala idea perder un poco más de tiempo en la calma de aquel lugar.
Empezó a observarlo todo con atención, a pesar de que no entendía demasiado de diseño y estructuras. Como si supiera lo que hacía empezó a observar varias obras por cerca de veinte minutos, hasta que, mientras intentaba comprender las formas de un mezquita turca, algo llamó su atención: era un brillo, un pequeño destello que molestaba sus ojos y llegaba desde una pluma de metal que una chica sostenía entre sus dedos y golpeaba contra su bloc de notas, impaciente, observando unos planos en exposición con el ceño levemente fruncido.
Robert se acercó un poco más para observarla mejor, y al hacerlo sintió su corazón detenerse y volver a latir sin control.
No supo cómo reaccionar, si estaba en un sueño o aquello era real, porque allí, frente a él, estaba Ariadne, con su cabello castaño cayendo sobre su hombro derecho y esa misma expresión de concentración que tenía la primera vez que la había visto.
Luego de desaparecer repentinamente un año atrás, ahora volvía a entrar en su vida de la misma forma; era ella, la chica de sus sueños.
Con el corazón en un puño, y el miedo de que ella se desvaneciera como ya le había pasado antes, Robert se acercó con cautela.
Toda su vida había desoído esas tonterías acerca del destino y cosas así, pero ahora no encontraba otra explicación. Él no había planeado adelantar su viaje esa semana, ni ir hasta allí ése día, a esa hora. Y sin embargo ahí estaba, y ahí estaba ella, tan concentrada en su trabajo que ni siquiera pareció notarlo.
Así que, aclarándose la garganta, intentó hacerse notar por ella.
— ¿Ariadne?
Ariadne se sobresaltó y casi lanzó su cuaderno por la sorpresa. Parpadeó un par de veces para buscar la pluma que había soltado y luego alzó la vista, abriendo los ojos como platos al enfocarlos en él.
— ¿Señor Fischer?— murmuró, desconcertada— ¿Qué hace aquí?― Robert se sorprendió por la crudeza de sus palabras, pero el hecho de volver a escuchar su voz hizo que sonriera como un chico de quince años.
― ¿Te refieres a Los Ángeles o aquí en el Museo?― respondió, de un buen humor tan inusual que incluso Ariadne pareció sorprendida.
Ella parpadeó una vez más y casi con disimulo empezó a recoger sus cosas.
―Yo...― le sonrió, nerviosa, y ocultó los dibujos en los que había estado trabajando― Creí que ya no tenía asuntos que atender aquí luego de vender la compañía de su padre. Es decir, lo leí en algún lugar.
―Bueno― Robert decidió ser más osado y tomó asiento a su lado, tratando de parecer lo menos nervioso posible―, conservé algunas acciones, las más sentimentales, y así pude empezar mi nueva compañía con algo de respaldo. Por eso regreso periódicamente al país para asistir a las juntas de accionistas.
―Ah...― Ariadne se acomodó el cabello castaño tras las orejas, y Robert notó que estaba más largo y lacio que en sus sueños. Le gustaba de esa forma― No lo sabía.
—Tampoco yo sabía que habías dejado París― mintió. Aunque no le había pagado a ningún detective, Robert la había buscado, en su departamento, la universidad y el café donde se habían visto por primera vez, y había averiguado que ella se había graduado para luego abandonar la ciudad sin dejar una nueva dirección o rumbo. Pero no le pareció muy apropiado decírselo sin sonar como un acosador.
Ni siquiera él comprendía porqué había hecho todo eso.
Ariadne se mojó los labios con indecisión y bajó la mirada. Robert quiso sonreír al notar que ella también se ponía nerviosa en su presencia. No tenía muchas experiencias con mujeres, pero dedujo que eso debía ser una buena señal.
―Sí― respondió la chica tras unos segundos, todavía algo indecisa― Terminé la universidad y me hicieron una oferta de trabajo. Así que empaqué y me fui― se encogió de hombros e hizo algunas rayas sin sentido en la cubierta de su libreta.
― ¿Y tu prometido?― Fischer no pudo detener la verborragia y tuvo que soltar la pregunta que había estado guardándose por más de un año. No estaba seguro de si podría soportar el hecho de que hubiera unido su vida a otro hombre, pero necesitaba saberlo.
Ariadne lo miró, y por un momento pareció no entender de qué estaba hablándole. Luego reaccionó abriendo los ojos con sobresalto y negó, volviendo a concentrarse en su libreta.
― ¡Oh, Arthur!— exclamó, como si acabara de recordarlo— No iba a funcionar― suspiró, y para su sorpresa esbozó una sonrisa traviesa― Pero todavía somos muy buenos amigos.
― ¿Entonces no te casaste con él?― inquirió, sintiéndose ridículamente más animado de repente.
Como respuesta, Ariadne negó con la cabeza y regresó la vista al frente, volviendo a concentrarse en los planos que colgaban de la pared. Robert, por su parte, se dedicó a admirar su perfil durante unos segundos antes de seguir su mirada y también concentrarse en la obra, frunciendo el ceño con intriga, en busca de iniciar una nueva conversación.
― ¿Sabes? Jamás entendí que son esas cosas en los dibujos― señaló mientras alzaba un brazo, y Ariadne dirigió su mirada hacia el mismo lado que él― Esas rayas y números a los extremos...
―Se llaman cotas― indicó con voz casi maternal, y Robert se deleitó al verla sonreír por su causa.
― ¿Y para qué sirven? Digo, porque muchas veces sólo parecen rayas accidentales que alguien se olvidó de borrar.
La joven rió con un poco más de ganas.
―Es la distancia que indica la altura de un punto sobre una base de comparación. También se le llama elevación. Y los números son las medidas exactas o aproximadas del objeto o trazo— explicó, y Robert ladeó la cabeza como si de esa forma pudiera comprenderla mejor, lo cual no sirvió de mucho.
Se pasó una mano por el mentón, un tanto indeciso, y sonrió.
―Sé que fuiste muy clara, pero aun así suena como ruso para mis oídos de graduado en Administración.
Ariadne lo miró, riendo un poco más fuerte, y él le sonrió también.
―Por suerte para usted la arquitectura es en realidad muy fácil de apreciar si no te concentras sólo en planos o estructuras.
―Oh, sí. Ya lo creo— dijo, parándose para observar los planos más de cerca— Este lugar será un excelente edificio cuando alguien lo construya.
―De hecho alguien ya lo hizo. Se llama Guggenheim y está en Nueva York― declaró la joven, divertida, y Robert se hubiera sentido muy humillado si su risa no hubiera sido tan maravillosa para sus oídos.
Se acercó un poco más y leyó la placa bajo la obra, comprobando, con el ceño fruncido, que ella tenía razón.
―Es cierto. Yo estuve ahí hace como seis meses. Es como meterse en un avispero gigante— comentó, sintiéndose algo estúpido por su falta de apreciación, pero la arquitectura jamás le había interesado hasta que la había conocido a ella.
―Supongo que esa era la idea, señor Fischer.
―Por favor, llámame Robert, Ariadne.
―Robert.
Su nombre saliendo de aquellos labios sonaba tan bien que le causó un estremecimiento extraño. Y guiado por esa nueva sensación de seguridad la miró a los ojos, casi como una súplica, y sonrió.
― ¿Te importaría enseñarme el resto del museo? Digo, todo podría resultar mejor desde la perspectiva de una experta...— dijo, arrepintiéndose casi al instante. Si embargo, aunque algo renuente, ella por alguna razón aceptó.
Los dos caminaron lado a lado en silencio por un rato. Ariadne no se mostró muy cómoda al principio, pero tras unos minutos pareció habituarse a su presencia y a dejar de intentar luchar contra ello. A pesar de su renuencia inicial, cuando empezó a hablar de arquitectura Robert la notó mucho más relajada, y sólo se limitó a escuchar y responder cuando era necesario. Por algún motivo le gustaba escucharla; había algo en su voz que lo hacía sentirse seguro.
Ariadne se tomaba su tiempo con cada exposición y le hablaba sobre lo complicado de algunas estructuras, edificios y distintos diseños que, aunque sorprendentes, a Robert no le interesaban tanto como escucharla a ella. Tan a gusto se sintió que ni siquiera se dio cuenta de en qué momento había oscurecido afuera. Y mientras recorrían lado a lado el último tramo del museo, Fischer vio la fantasía llegando a su fin, si poder hacer nada para evitarlo.
Miró la hora en su teléfono, dandose cuenta de todas las llamadas perdidas y mensajes de su padrino, pero decidió volver a apagarlo y no pensar en él.
Cuando Ariadne y él salieron del edificio, antes de que pudiera despedirse, algo aterrado, la interrumpió, hablando de forma atropellada.
―Ariadne, ¿quieres...? ¿Te gustaría ir a comer algo? Aquí cerca. No como una cita o algo así. Solo...— Robert soltó un pequeño bufido, procurando calmarse— ¿Te gustaría comer algo?— repitió con calma, tal y como hacía cada vez que alguna junta lo ponía nervioso. Y Ariadne lo miró y frunció el ceño, algo incómoda. No obstante, no se negó ni salió corriendo. Eso le pareció muy positivo.
La muchacha se tomó unos cuantos segundos para analizar su expresión y pensarlo, como si tratara de ver alguna especie de mensaje oculto tras sus palabras, y cuando pareció satisfecha con su escrutinio se encogió de hombros.
―Sí― contestó, guardando las manos en los bolsillos traseros de sus jeans con despiste― Me gustaría una hamburguesa y papas fritas.
― ¿Hamburguesa?― Robert levantó una ceja. Nunca había sido muy amigo de la comida chatarra y los lugares donde la servían, pero decidió que valía la pena intentar. Y para cuando se dio cuenta estaban sentados frente a frente en la cafetería más decadente que había pisado en su vida, rodeados de gente que parecía salida de todos los rincones más extraños de Los Ángeles, pero debía aceptar que aunque los pisos no se veían muy higiénicos y muchos de los clientes parecían salidos de un centro de rehabilitación, la comida era bastante buena; y a muy bajo costo, debía agregar. Pero lo mejor de todo era ver a Ariadne en un ambiente que era tan común y cómodo para ella. Sin duda era otra persona cuando se relajaba. Sonreía mucho más y hablaba hasta por los codos de todos sus proyectos y planes a futuro.
― ¿Así que eres americana?
—Sí.
— ¿De qué parte?
—Nueva York.
—Creí descubrirlo por tu acento... Yo soy de Australia. Sídney. Supongo que lo supiste por el mío— admitió, observando el fondo de su vaso de Soda con interés.
Ella sonrió levemente.
―No tanto. Más bien hablas como un inglés.
Robert soltó una breve e irónica risa carrasposa sin poder evitarlo. Siempre le pasaba cuando miraba hacia el pasado.
―Es porque mi padre me envió a un internado en Cambridge a los once, después de la muerte de mi madre— explicó, sin poder esconder un ligero atisbo de amargura—; finalicé mis estudios allí y luego me gradué en la Universidad de Oxford. Eso me hace más inglés que australiano, creo.
Ariadne lo miró un momento, algo incómoda, pero luego rió entre dientes, terminando el dibujo en el que estaba trabajando para iniciar otro.
― ¿Qué hacés?
―Trato de crear un laberinto en dos minutos del que me cueste al menos uno salir. Es un viejo hábito. Los hago para...para divertir a los niños― sonrió con tristeza y regresó a sus trazos.
― ¿Puedo intentarlo?
―Si quieres.
Robert tomó la libreta y trazó unas cuantas líneas paralelas bastante chuecas que luego borró y reemplazó por una curva, diseñando un laberinto redondo. Cuando se lo dio a Ariadne esta lo miró, sorprendida, e intentó resolverlo, sonriendo al ver que ya habían pasado sus dos minutos, pero sobre todo ante lo familiar de la escena.
—Ganaste— lo felicitó, dejando su anotador y la pluma sobre la mesa en señal de rendición, gesto que Robert respondió con una sonrisa y un suave movimiento de cabeza.
— ¿Y qué gané?— se atrevió a preguntar después de un rato, más osado de lo que había sido nunca. Y Ariadne lo miró, interrogante.
—Pues... Yo invitaré las hamburguesas, señor Fischer— dijo, observando la hora en la pantalla de su teléfono.
Y Robert la miró fijo, sopesando cada una de las alternativas que tendría a continuación. Entonces recargó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos delante del mentón, pensativo.
No sabía qué era exactamente lo que sentía cuando Ariadne estaba cerca, cuando pensaba en ella o la veía en sus sueños. Pero lo que sí sabía era que nunca lo había sentido antes, y había conocido a las mujeres más hermosas del mundo, pero ninguna tan fascinante como ella, y mucho menos a ninguna que se hubiera metido tan adentro en sus pensamientos.
Ariadne era la chica de sus sueños, después de todo; incluso antes de conocerla o escuchar su voz. Y aunque no tenía idea de adónde los llevaría todo eso ni qué era exactamente lo que sentía al respecto, tenía muy claro que quería averiguarlo. Pues había descubierto que nada, ni siquiera su trabajo, lo hacía sentirse tan pleno como cuando en sus sueños estaba con Ariadne. Y era mil veces mejor en la realidad.
―Quisiera salir contigo— le soltó de repente, tras un incómodo silencio, intentando ser de nuevo el imparable hombre de negocios que conseguía todo lo que se proponía.
Ariadne dejó de comer y lo miró con sorpresa. Robert no entendió porqué le pareció ver pánico en sus ojos, pero se alivió al ver como la joven se sonrojaba hasta las orejas.
― ¿Usted quiere salir conmigo?— preguntó, temerosa, mas Robert no dejó que su inseguridad lo alcanzara.
—Me gustaría. Mucho.
— ¿Por qué? Solo soy una arquitecta. No soy bonita ni interesante...
—Yo no lo creo así— respondió, seguro de sí mismo— Eres muy hermosa, pero la belleza no es un factor importante. Y eres muy interesante, al menos para mí. Por eso quisiera conocerte.
— ¿Por qué?— insistió la chica.
Robert dudó momento.
No seas cobarde, se dijo, dando una gran bocanada de aire.
Era un hombre adulto, Ariadne era visiblemente más joven pero una adulta también. ¿Qué tenían que perder?
―Tal vez te suene loco— comenzó, jugando distraídamente con el servilletero de metal—, pero... Creo que... No. Estoy seguro de que eres la persona que he estado buscando durante toda mi vida... La chica de mis sueños— soltó, sin vuelta atrás, y alzó la vista lo justo para ver . Ariadne parpadear, algo confundida. Y no la culpaba, pues él se sentía exactamente igual.
Y cuando separó los labios para decir algo que lo redimiera un teléfono sonó, y, pidiendo un minuto con un seña, Aridne sacó el aparato de su bolso y atendió.
— ¿Diga? James, cariño... ¿Qué pasa? ¿Qué?— empezó a hablar como si se hubiera olvidado de que él estaba allí, y Robert empezó a preguntarse si el tal James sería algo de ella para que le hablara con tanta familiaridad— Lo sé, cariño, lo sé. Pon a tu hermana al teléfono, ¿quieres? No. Dile que no voy a regañarla. No. No estoy enojada, cielo. Te lo juro— Robert frunció el ceño, ya sin entender nada, pero siguió atento a la conversación— Phillipa, cariño, ¿qué pasa?— preguntó, con la voz más angustiada— Oh, pequeña... Claro que no me molesta que me llames. Llegaré en un momento— dijo, inclinando la cabeza para sujetar el teléfono entre su cara y el hombro y de esa forma poder recoger sus cosas, así como sacar dinero que dejó sobre la mesa— Cariño, cariño, estaré allí en diez minutos, ¿está bien? Dale a James un beso de mi parte, y métanse a la cama. Ya, ya estoy saliendo.
—Lo siento— se disculpó, apenada, mientras se ponía la chaqueta.
— ¿Problemas?
—No. Sí. Bueno... Los niños a los que entretengo con laberintos están enfermos y se angustiaron porque su padre es demasiado terco para avisarme...— bufó, de pronto molesta— De verdad lo lamento, pero tengo que ir con ellos...
—Yo... Sí. Déjalo. Yo pagaré— la detuvo cuando iba a dejar el dinero sobre la mesa, pero ella negó con la cabeza e igualmente dejó el dinero, extendiéndole la mano después.
—Gracias por la compañía, señor... Robert— se corrigió, apretando su mano con una sonrisa— Lamento tener que salir así, pero... — no pudo terminar su frase porque Robert no lo resistió y, siguiendo un impulso, inclinó la cabeza y la besó, haciéndola callar abruptamente.
Sin embargo, segundos después, sin que ella le respondiera, completamente avergonzado, se separó de Ariadne y dio un tembloroso paso hacia atrás.
—Lo siento— dijo, y al ver que ella seguía sin reaccionar se dio la vuelta y empezó a alejarse, con la ilusión de que Ariadne lo detuviera, pero no lo hizo.
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N del A:
Hola gente al otro lado!
Espero que les haya gustado el capítulo... En lo personal, no estoy fascinado, pero quería subirlo.
Gracias por leer a mis fieles lectores!
Hasta la próxima.
Su buen vecino,
H.S.
