Disclaimer: Los personajes de Inception no me pertenecen.

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Salvavidas

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James se removió ligeramente entre sueños, amoldándose mejor a su cuerpo en busca de calor mientras Phillipa, al otro lado, extendió un brazo sobre su cintura, tratando de no dejarla ir.

Ariadne sonrió levemente y acarició los largos cabellos rubios de la niña, que respondió con una sonrisa inconsciente. Recordó entonces todas las noches que ella y Dom se quedaban así con los niños tras leerles un cuento, solo sonriéndose mientras los veían dormir entre ellos. Entonces suspiró, pensando en lo mucho que extrañaba esos días, cuando podía imaginarse formando una familia con Dominic y los niños.

Lo había arruinado; había desoído las advertencias de Arthur y había caído por Dom. Se había enamorado de él, y al final le habían roto el corazón, pero aun así, por extraño que fuera, no se arrepentía de haberlo hecho; había sido un año de relación muy lindo. Cobb y ella se amaban, y sus hijos la adoraban tanto como Ariadne a ellos. Tan así era que incluso había llegado a pensar que aquello sería para siempre, pero Dom no podía. Él de alguna forma seguía aferrándose a Mal y todo lo sucedido. Era como si tuviera miedo de herirla también, por eso decidieron (o más bien él lo había hecho) tomar caminos separados. Pero los niños eran otro asunto. Ariadne los quería y ellos a ella, y ese vínculo, como le había dicho Dom, no podía romperse a pesar de que ellos ya no fueran pareja.

Ya habían pasado dos meses de eso, y entonces Fischer había aparecido esa misma tarde, y la había besado. Fue el primer hombre en hacerlo después de Dom. ¿Cómo se suponía que debía reaccionar a eso? ¿Qué era lo que buscaba metiéndose con ella? ¿Querría sacarle información? ¿Acaso la había descubierto?

Horas atrás, mientras estaban juntos en el museo, luego de mucho analizarlo había llegado incluso a pensar que el interés de Fischer, aunque no le parecía lógico, era honesto y sin segundas intenciones. Pero ahora no sabía qué pensar. Robert Fischer era un gran estratega, y una personas soberbia, sin duda descubrir que ellos habían estado hurgando en su mente para cambiar su vida podría haberlo molestado tanto como para planear algo en contra del equipo, usándola a ella para lograrlo. Eso era lo más lógico.

Fischer hijo era muy apuesto, no era tan necia como para negarlo, y además era uno de los hombres más ricos del mundo, y podría tener a la reina de belleza que quisiera, incluso a alguna princesa europea si se lo proponía, ¿por qué entonces le interesaría alguien como ella? Ariadne sabía que no era muy bonita, tampoco era alguien muy divertida o interesante. Varias veces los chicos en la escuela se habían reído de ella por su forma tan tosca de caminar cuando tenía prisa, diciéndole que si no tuviera el cabello largo pasaría por un chico. Aunque reconocía que no era un espanto, pero sabía que en el mundo real eso no bastaba para que el Príncipe se enamorara del sapo.

Sin embargo, había algo en los ojos de Robert que le decía justamente lo contrario.

No podía dejar de pensar en las palabras de Fischer, diciéndole que era 'la chica de sus sueños'. Ya había oído de algunos extractores cuyas proyecciones quedaban en el subconsciente del sujeto, pero nunca con tanta claridad como para que ellos lograran identificarlos fuera del sueño. No entendía, entonces, cómo era posible que una proyección suya se hubiera arraigado tanto a la mente de Fischer, al punto de que él asegurara que la veía específicamente a ella. Dom comentó una vez que había sabido de unos cuanto a casos que podía contar con los dedos de una mano; no pasaba con mucha frecuencia pero no era imposible que sucediera. No había una explicación lógica, pues la mayor parte del subconsciente era, aún para ellos, muy difícil de predecir y comprender. Quizá Robert Fischer lo era también. Sin embargo, él había sido entrenado para prevenir intrusos en su mente, y le aterraba la idea de que eso hiciera que la recordara a ella tal y cómo era, aunque Robert se había tragado el cuento de que ellos eran los buenos, ¿no?

Era muy extraño. Demasiado. Por eso, tal vez, sólo quizá, debería indagar al respecto...

No, Ariadne.

Se reprendió mentalmente.

Encogiéndose de hombros decidió dejar el asunto de lado y abrazó al pequeño James con un poco más de fuerza, acomodándose para descansar un rato, pero después de cinco minutos se dio por vencida, y, cansada de esos extraños pensamientos, Ariadne se levantó con mucho cuidado de no despertar a los niños. Cubrió a ambos hermanos muy bien con una manta y salió de la habitación sin hacer ruido, notando que la luz del estudio seguía encendida, así que no dudó en dirigirse hacia allí.

—Buenas noches, profesor —saludó, y Miles rápidamente levantó la mirada de los planos que revisaba, sonriéndole al instante.

—Oh, Ariadne... Entra. ¿Cómo están los niños?

—Bien. Les di la medicina y la fiebre bajó —respondió ella, ahogando un bostezo mientras dirigía una rápida mirada al proyecto en el que trabajaba su profesor —Ahora están dormidos…

—Eres un ángel para esta familia, Ari... ¿Quieres darme una mano con estos planos? He tenido algunos problemas para dibujar los espacios abiertos, y no me vendría mal otra opinión experta —le sonrió, y Ariadne le regresó al gesto, tomando una silla para sentarse a su lado. Sin embargo, antes de poner manos a la obra, decidió cambiar el tema:

—Profesor, ¿puedo hacerle un pregunta?

—Por supuesto. ¿Qué necesitas saber? —preguntó el anciano, sin levantar la mirada de los planos.

Ariadne dudó un momento, mojándose los labios con la punta de la lengua.

—¿Recuerda hace un año…cuando me presentó a Cobb y me uní a su equipo? —preguntó, y Miles asintió, mirándola con el ceño levemente fruncido con intriga, invitándola a continuar —En ese primer trabajo, yo…creo que algo salió mal. Extremadamente mal…

—¿Qué cosa? —preguntó el profesor; ella tomó aire y relajó los hombros.

—Volví a ver al sujeto, y él me reconoció —admitió, sin dar lugar a que su antiguo mentor dijera algo —Y no solo eso, profesor. Rob-…el sujeto se acercó a mí, y me dijo que soñaba conmigo. Él me ve en sus sueños, como una clase de…proyección constante. Y sé que no soy una experta en esto como usted y Dom, pero sé que eso no debería pasar. Yo no… no sé qué pensar al respecto, y tengo miedo, porque nuestro sujeto es un hombre entrenado para proteger su mente. ¿Es posible que algo de lo que hicimos haya dañado su subconsciente? —preguntó, preocupada. Sin embargo, aunque su planteo era serio, el anciano, lejos de compartir su preocupación, solo esbozó una tenue sonrisa.

—Oh, Ariadne, trabajaste junto al mejor, y créeme que Cobb no hubiera permitido que algo malo le pasara al subconsciente de ninguno de sus sujetos. Lo conozco bien. Es mi yerno, y además yo lo entrené.

—Pero si no hubo daños, ¿por qué él me ve en sus sueños una y otra vez? ¿Cómo es que mi imagen pudo grabarse en su mente inconsciente?

—Bueno, quizá ése sujeto se 'encariñó' con tu proyección, por eso su mente te repite constantemente —el profesor frunció sus cejas blancas una vez más —Tal vez, podría ser, que eres como un salvavidas para su subconsciente.

—¿Salvavidas?

—Sí. Su mente, de alguna manera, te asocia con la sensación de bienestar que tal vez el sujeto necesita. Quizá necesitaba llenar un hueco emocional, y tú, de alguna forma, lo cubriste —comentó, y Ariadne entonces rememoró todo lo sucedido durante el trabajo de Fischer hijo. Recordó que ella le había salvado la vida luego de que la esposa de Cobb le hubiera disparado y después secuestrado en el último nivel de su sueño, si es que podía decirle así a arrojarlo por un precipicio; no entendía cómo era que el subconsciente de Fischer la viera como una especie de heroína. Aun así, todo lo que el profesor decía ahora cobraba cierto sentido —Aunque no puedo asegurarlo —siguió Miles —, porque no conozco al sujeto ni lo he estudiado. Sin embargo, admito que nunca había escuchado de un caso similar, pero en cuestiones del subconsciente humano, todo es posible…

—¿Y cómo hago que se detenga? —preguntó Ariadne, con algo de frustración.

—No puedes. Nadie puede controlar el subconsciente de una persona, Ariadne.

—¿No? ¿Y entonces qué se supone que hacemos invadiendo sus sueños?

—Lo manipulamos, pero no lo controlamos. Y si la mente de tu sujeto te tiene atrapada allí, pues no hay nada que puedas hacer. No desde aquí afuera, al menos.

—¿Podría arreglarlo si vuelvo a entrar en su mente?

—O empeorarlo. Siendo alguien entrenado, una segunda intromisión de tu subconsciente en el de él podría hacer que su mente te reconozca, y te descubra, tanto dentro del sueño como fuera de él. Sería demasiado arriesgado volver a meterte en sus mente —zanjó, quitándose las gafas. Ariadne entonces ahogó un suspiro de frustración, cubriéndose el rostro con las manos brevemente.

—Hay algo más, profesor... —admitió, soltando un profundo suspiro —No es solo que el sujeto me vea en sus sueños… Creo…creo que él piensa que tiene sentimientos por mí...

—Bueno, quizá eso sea verdad...

—No, no es posible. Ni siquiera me conoce. ¿Cómo podría sentir algo por mí?

—Cosas más extrañas pasan todos los días, Ari —el hombre rió con simpatía, poniéndose las gafas nuevamente, pero Ariadne no quería dejar el asunto todavía.

—¿Qué cree que debería hacer entonces? —preguntó, haciendo un mohín de auténtica preocupación —¿Cómo saber que su mente solo proyecta mi imagen y él no trata de jugar conmigo para vengarse o algo así?

—Investiga.

—¿Cómo?

El profesor rió una vez más, dándose la vuelta para volver a concentrarse en sus planos.

—Eres una chica inteligente; sabrás qué hacer.

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Ariadne ahogó un suspiro, tratando de ocultar su nerviosismo, aunque sin mucho éxito.

Sabía que Robert Fischer era un hombre de hábitos. Años atrás lo había estudiado, y sabía que mientras estaba en Los Ángeles siempre visitaba la misma cafetería para desayunar, a la misma hora. Pedía un café negro, huevos revueltos y donas, que nunca comía, porque al parecer sólo le gustaba la imagen del típico desayuno americano, pero no su sabor.

La arquitecta miró su reloj. Aún faltaban unos minutos para las siete, pero la ansiedad se estaba apoderando de ella. Ni siquiera estaba segura de lo que hacía allí, o sí Fischer siquiera seguía en la ciudad, pero entonces Robert apareció en la entrada, puntual, igual que siempre, hablando por teléfono mientras mantenía el ceño fruncido y esa expresión arrogante y de superioridad que siempre mostraba desde la primera vez que lo había visto. Excepto, ahora se daba cuenta, cuando estaba con ella.

Las veces que Ariadne había hablado con él, Fischer se mostraba algo tímido, incluso simpático; nunca la trató con superioridad o desdén. Eso le hizo sentir un extraño retorcijón en el estómago. ¿Cómo alguien podía ser tan implacable y tímido a la vez? ¿Cómo alguien podría fingir tan bien dos personalidades tan opuestas?

Ariadne movió la cabeza y enderezó la espalda, pensando cómo sería la mejor forma de abordar a Fischer sin que pareciera que estaba acosándolo. No obstante, ni siquiera habían pasado cinco minutos cuando se arrepintió de haber ido hasta allí, así que tomó sus cosas y salió del lugar, dudando unos segundos antes de irse, con los últimos resquicios de valentía que le quedaban, pero finalmente decidió tomar la dirección opuesta e irse.

—¿Ariadne?

Demasiado tarde.

Sintiendo su corazón paralizado, Ariadne detuvo su marcha y lentamente se dio la vuelta.

Robert Fischer estaba tras ella; había corrido fuera de la cafetería hasta alcanzarla, y Ariadne sintió sus mejillas acalorarse al verlo, igual que a Fischer, que de inmediato bajó la mirada, como si acabara de darse cuenta lo extraño de su reciente exabrupto.

—Yo…¡ujum!…—Robert se aclaró la garganta y acomodó su corbata, mirando al pisa un momento, igual que ella —¿Cómo estás?

—Señor Fischer —dijo Ariadne en un suspiro, soltando todo el aire que estaba conteniendo en sus pulmones.

Fischer hijo frunció el ceño.

—Llámame Robert —murmuró, y después los dos guardaron un incómodo silencio.

—Amm…Tengo que irme —musitó la arquitecta con algo de dificultad. Robert la miró a los ojos un momento y después volvió a bajar la vista, sin decir nada hasta que ella volteó para irse.

—Lamento haberte besado —le dijo, deteniéndola una vez más; y Ariadne volteó para verlo nuevamente, sintiendo aún más calor en su rostro. Fischer, que también se había sonrojado, añadió con rapidez —Quiero decir, no me arrepiento de haberlo hecho. Yo quería besarte. Pero lamento si te molesté. No puedo explicar lo avergonzado que me siento por haber actuado de esa forma... Yo nunca hago ese tipo de cosas, pero aquel día…—suspiró —Entenderé si mi presencia te molesta.

—No es eso —lo interrumpió la joven, mirándolo a los ojos una vez más, armándose de valor para sonreír —No me molesta, y no me molestó que me besaras…—informó, bajando la vista con pena una vez más, pero aun así pudo ver la enorme y sincera sonrisa que Fischer, esa vez, no intentó ocultar.

—Sé que podría sonar extraño, pero… ¿Quisieras acompañarme a desayunar? —le preguntó, ya sin dudas o vergüenza.

—Sí —respondió Ariadne, sin borrar su sonrisa.

Fingir frente a Fischer se le antojó extrañamente fácil de pronto.