Disclaimer: Los personajes de Inception no me pertenecen. Solo soy dueño de los hechos inventados para esta historia.
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Laberinto sin salida
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Peter Browning estaba de mal humor.
Ese no era un hecho nuevo; eran raras las ocasiones en que pasaba lo contrario en las oficinas de la nueva compañía de Robert Fischer, así que los empleados solo se hacían a un lado y se esforzaban por ser invisibles para no tener el infortunio de convertirse en receptores de la ira de su vicepresidente.
Usualmente, la presencia del señor Fischer, su presidente, lograba evitar que maltrara a empleados y secretarias, al menos demasiado, pero con el cabecilla de la compañía desaparecido, Browning tenía carta libre para ser todo lo tirano y desagradable que quisiera, moviéndose y amenazando a sus anchas, como si fuera el verdadero dueño del lugar. Sin embargo, además de su despotismo habitual, esa vez había algo más.
Browning estaba molesto, como siempre, pero, además, parecía preocupado, lo cual no era de extrañar teniendo en cuenta que su ahijado y dueño de la compañía llevaba semanas sin aparecerse por allí, delegando responsabilidades a sus subordinados y secretarias, sin dar razones claras de su ausencia, aunque nadie había sido tan entrometido como para preguntar.
Y aunque la compañía seguía siendo completamente funcional en su ausencia, eso no parecía suficiente para Peter Browning.
—¡Voy a despedir a todo el mundo en este piso si nadie es capaz de decirme en dónde está Robert! —volvió a amenazar, mientras la última secretaria del señor Fischer recogía su escritorio entre lágrimas, luego de ser despedida por no poder comunicarse con su jefe —¡Nadie desaparece así como así! ¡Mucho menos alguien tan importante como él!
—El señor Fischer nunca volvió de su último viaje a Los Ángeles —respondió otra aterrada asistente, arriesgándose a ser la próxima en ser despedida —Pe-Pero se comunica constantemente y delega sus tareas para...
—¡Ya sé que no regresó de los Estados Unidos! ¡Lo que quiero saber es por qué demonios sigue allí en lugar de estar en su oficina! ¡Inútiles desperdicios de dinero, malditos comedores de croissants! —Browning se dio la vuelta de regreso a su oficina, tirando una pila de documentos solo para demostrar que su enojo no había pasado, y lanzando más amenazas hasta que la puerta selló su voz del otro lado.
Todos en la oficina guardaron un sepulcral silencio, viendo a su jefe tomar su teléfono y marcar, aparentemente sin recibir respuesta, ya que se sacó el aparato de la oreja y volvió a marcar una y otra vez hasta que, furioso, lanzó el aparato contra la puerta, sobresaltando a todo el personal, que de inmediato regresó a sus tareas habituales, agachando la mirada y rogando que el señor Fischer apareciera milagrosamente o el día terminara lo más rápido posible. Lo que sucediera primero.
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Tras apagar su teléfono para que dejara de vibrar en su bolsillo, Robert levantó la mirada y observó a Ariadne caminar entre las pinturas y esculturas del museo como si fuera una niña en una dulcería. Se veía tan radiante y feliz que era difícil no querer mirarla y miravillarse con esa sonrisa que brillaba tanto como el sol de mediodía en Santa Mónica.
Era la quinta cita que tenían, pero aunque le hubiera gustado tener una sexta al día siguiente, el joven Fischer sabía que no podía seguir retrasando su viaje a casa. Debía regresar a Europa y continuar con sus negocios; tenía asuntos que atender y acuerdos que firmar, y ya no podía seguir aplazándolo. Y sin embargo, seguía evitándolo, aunque no era tan idiota como para saber que eso debía terminar cuanto antes.
Nunca había sido su idea quedarse por tanto tiempo en California, pero luego Ariadne había aparecido una vez más en su vida para quedarse en ella. Robert no se había sentido tan a gusto con otra persona en mucho tiempo; aunque aún no podía identificar qué, Ariadne tenía algo que lograba que se sintiera tranquilo y a salvo; eso la hacía diferente a todas las otras mujeres que habían pasado por su vida. Después de todo, ella era la chica de sus sueños, y no quería perderla.
Sin embargo, sabía que no podía mudar toda su vida a los Estados Unidos por mujer, pero tampoco quería irse, no cuando había logrado a acercarse a Ariande. Eran sentimientos confusos.
—Me gusta la combinación de colores —la escuchó decir, y entonces Robert regresó su atención a la pintura que se suponía que ambos contemplaban. Él no entendía nada de arte, solo le gustaba gastar cantidades obscenas de dinero en él, pero no era algo que entendiera o siquiera le interesara; pero a Ariadne sí, y Robert a veces sentía que podría hacer cualquier cosa que a ella la hiciera feliz.
—Es…bonito —se encogió de hombros, frunciendo el ceño para fingir verdadero interés, cosa que no logró engañar a la joven arquitecta.
—Sabes que no tienes que acompañarme a estos lugares si no quieres, ¿verdad? —sonrió. Robert frunció el ceño y la miró.
—Está bien. Quiero acompañarte —respondió, metiendo las manos en los bolsillos de sus jeans. Se sentía extraño no vestir de traje, pero Ariadne le había dicho que vestía muy rígido. A ella le gustaban los lugares simples, como cafeterías bohemias, museos o simplemente dar caminatas por el muelle, y decía que los trajes eran demasiado formales para ello, y él, como un idiota, había pasado una tarde entera caminando por Rodeo Drive y buscando ropa más "de moda" y ridículamente costosa para sorprenderla al día siguiente.
Nunca había usado jeans después de la primera mitad de la década del 2000, y había creído que nunca lo haría de nuevo, pero entonces Ariadne apareció en escena y Robert pronto descubrió que haría capaz de hacer cualquier cosa por ella. Y a veces le asustaba pensar hasta qué punto estaba dispuesto a cambiar por esa joven.
—Ven, vámonos de aquí. Yo invito los burritos —Ariadne tomó su brazo, y aunque fue más un gesto amistoso que romántico, Robert no pudo evitar que su corazón se acelerara; incluso obvió el hecho de que una vez más ella lo llevaría por comida chatarra de un camión en lugar de a uno de esos lujosos restaurantes a los que estaba acostumbrado.
Caminaron hacia el muelle de Santa Mónica, y Ariadne invitó los burritos que Robert, muy discretamente, fingió saborear hasta que tuvo la oportunidad de arrojar el suyo a la basura. Lo mexicano no era su estilo, pero no podía decir que no a Ariadne. Sin embargo, sí aceptó la cerveza, aunque sintió la frustración de que la arquitecta soltara su brazo para que ambos pudieran seguir caminando libremente por el muelle.
Ella había empezado a hablar sobre más arte y arquitectura; Robert solo escuchaba y hacía alguna pregunta ocasional, dándole espacio para que hablara más.
Le gustaba la voz de Ariadne; era suave y dulce, le recordaba un poco a la voz de su madre. Se preguntó entonces si a la joven arquitecta le gustaría tener hijos algún día, pues, hasta donde sabía, no los tenía todavía. En realidad, no sabía mucho de su vida, y eso era extraño, teniendo en cuenta que podría pagarle a cualquiera para que investigara todo sobre ella. Pero no quería hacerlo. Ariadne era un misterio que quería resolver por sí mismo. Después de todo, ella no era como las demás mujeres. Tampoco como las que se le habían acercado solo para obtener algo de él, las típicas mujeres que se deslumbraban por el lujo y el poder. Quizá por eso se sentía tan a gusto con ella, después de todo, Ariadne nunca lo había perseguido a él o a su dinero, por el contrario, se habían conocido por casualidad, y era él quien insistía en acercarse a ella. La arquitecta tampoco parecía ser alguna clase de escaladora social; era un mujer sencilla, de gustos sencillos, con una profesión que parecía gustarle más de lo que a él le había gustado algo alguna vez.
Ella no se dejaba deslumbrar por lujos o poder, y quizá eso era lo que más le atraía. A pesar de las circunstancias especiales de su nacimiento, siendo el hijo y heredero de uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo, Robert siempre había anhelado una vida así, sencilla y apacible junto a una mujer sencilla y que no estuviera tras su fortuna. Y Ariadne, con sus gustos simples y su insistencia en caminar hacia todos lados y comprar comida en puestos callejeros de dudosa sanidad, sin duda no estaba tras su dinero.
Entonces, pensó, tampoco tenía motivos para estar con él. Nadie nunca se acercaba a él si no tenía algún interés, ¿por qué ella seguía aceptando sus invitaciones?
No quería admitirlo, pero su vieja amiga la inseguridad comenzó a invadirlo, haciendo que exteririzara lo primero que llegó a su mente para evitar que los demonios de la incertidumbre le ganaran esta vez.
—Nunca me has dicho qué es lo que haces para vivir —le soltó entonces, cuando ambos se detuvieron al final del muelle a contemplar el océano azulado.
—Nunca me has preguntado —Ariadne se encogió de hombros, dándole una mordida nada femenina a su burrito. Eso quizá hubiera espantado al viejo Robert, pero el que estaba allí con ella no pudo estar más fascinado con cada ademán de esa mujer.
—Sé que eres arquitecta —siguió él, dándole un corto y elegante sorbo a su botella de lager.
—Lo soy.
—Y estudiaste en París, donde nos conocimos —Ariadne movió la cabeza afirmativamente. Robert volteó el rostro para mirarla a los ojos —¿Y ahora dónde trabajas?
—Bueno, por ahora solo hago trabajos independientes. Quisiera entrar en alguna firma, pero eso lo veré más adelante.
—¿Por qué no hacerlo ahora? —quiso saber, más por curiosidad que por otra cosa.
—No lo sé. He estado algo ocupada para volver a la arquitectura tradicional, supongo —fue su vaga respuesta. Robert frunció el ceño.
—Podría conseguirte trabajo en una de mis firmas —ofreció sin pensar, pero al hacerlo se dio cuenta de que, tal vez, no era una mala idea, pues de esa forma Ariadne podría estar más cerca de él, trabajando codo a codo —Una de nuestras subsidiarias, Foster&Zimmer, maneja grandes proyectos en todo Londres.
Ariadne abrió los ojos ante esa proposición, y Robert, por un instante, tuvo miedo de haberla ofendido. Sin embargo, tras la sorpresa por esa precipitada propuesta, ella rio en voz baja y movió la cabeza.
—¿Estás intentando comprarme?
—¿Qué? ¡No! —se escandalizó de inmediato, apenas notando que sus acciones precipitadas podrían interpretarse de esa forma, ¿o acaso no era justamente eso lo que en verdad quería? Darle un empleo para mantenerla cerca.
Robert sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Algo como eso sin duda podría esperarse de una persona como su padre, pero no quería que lo mismo se esperara de él. No obstante, antes de que pudiera disculparse por lo agresiva que pudiera sonar su tonta propuesta, la suave sonrisa de la joven envió algo de tranquilidad a su cuerpo.
—Solo estoy bromeando, Robert —le dijo con simpatía, lo que hacía ver que no estaba molesta por su indiscreción —De verdad, agradezco tu propuesta, pero si voy a ganarme un puesto en cualquier compañía será por mis propios méritos, y no porque le compré un burrito a uno de los jefes —bromeó, golpeando su brazo con su hombre en señal de que todo estaba bien entre ellos. Y Robert quiso creerlo, pero no dejó de sentirse muy estúpido por, inconscientemente, intentar ganarse el afecto de una mujer haciendo alarde de su fortuna y ofreciéndole un empleo.
Porque ella no era como las demás mujeres, se recordó, ahora con gran satisfacción.
—¿Y tú? ¿A qué te dedicas, además de a los negocios? —el joven Fischer se sorprendió con la pregunta, y no trató de esconderlo.
—¿Además de a mis negocios?
—Sí —respondió Ariadne, con un poco de curiosidad —Quiero decir, supongo que haces otras cosas a parte de ir de junta en junta o firmar documentos. ¿Qué es lo que te gusta hacer en tu tiempo libre, por ejemplo? ¿Tienes algún pasatiempo?
—¿Pasatiempo? No —el empresario rio con suavidad. Nunca nadie le había preguntado sobre su vida; nunca nadie que no fuera un reportero, al menos, y jamás porque de verdad les interesara la respuesta; sin embargo, podía ver verdadera curiosidad en los ojos de esa chica, y lamentó no tener nada bueno para decirle, como algún pasatiempo típico y excéntrico de millonario. Esas cosas nunca habían ido con él —No tengo tiempo para eso.
—¿Para un pasatiempo? —rio la arquitecta ahora, dándole otra mordida a su burrito —Oh, vamos. Debe haber algo. Todos tenemos uno.
—Yo no —Robert frunció el ceño. De repente, el asunto del pasatiempo le resultó extremadamente importante —¿Eso es malo?
—No es que lo sea —Ariadne movió la cabeza, sonriendo un poco ante esa inconsciente muestra de inseguridad —Solo es un poco extraño. ¿Acaso no haces otra cosa además de trabajar?
—A veces voy al gimnasio.
—¿Y?
—Y cuando era niño solía competir en natación —declaró repentinamente, inflando el pecho con orgullo —. Y era muy bueno.
—¿Y qué pasó? —preguntó Ariadne con intriga —¿Sigues haciéndolo?
Robert suspiró. Nunca le había hablado de eso a nadie, mucho menos a alguna mujer durante una cita; pero hablar con Ariadne era fácil, tanto que las palabras salían de él casi de forma natural, así que no tenía que pensar demasiado en sus respuestas.
—Mi madre murió y ya no hubo nadie que me llevara a mis lecciones, supongo —se encogió de hombros, sin saber qué más hacer con su cuerpo —. Quiero decir, teníamos muchos sirvientes pero…no era lo mismo sin ella —esbozó una sonrisa triste, y casi pudo sentir una corriente eléctrica erizando su espina cuando la primera reacción de la arquitecta a su confesión fue poner una mano sobre su antebrazo con empatía.
—Lo siento…—murmuró, y Robert supo de inmediato que sus palabras eran sinceras. Eso, de alguna forma, fue muy reconfortante. Pero no estaba listo para hablar de esos sentimientos, mucho menos con Ariadne. No quería que ella también pensara que era débil por aún extrañar a su madre, aunque una pequeña voz en su cabeza le dijo que ella nunca haría eso, pero habían sido demasiados años de escuchar a su padre repetirlo.
—No hay problema. Estoy bien —dijo, dejando su brazo quieto para que ella no se apartara de inmediato —. Ya pasaron muchos años, y no importa —murmuró, terminando su cerveza y jugando con la botella vacía entre sus dedos y evitando mirar a Ariadne, aunque todavía evitaba moverse demasiado para que ella no rompiera el contacto entre ambos, pero ella igual lo hizo, acomodándose a su lado para darle la espalda al océano ahora. Después guardó silencio un momento, haciendo que la incomodidad de Robert fuera solo en aumento, temiendo, por un instante, volver a oír las palabras de su padre que resonaban en su mente casi constantemente desde que tenía memoria.
Eres débil.
Sin embargo, lo siguiente que ella dijo lo desconcertó de inmediato:
—A mí me gusta el origami —declaró, y toda la incomodidad de Robert se fue junto con las olas debajo de ellos. Y pudo volver a respirar, maravillado con la forma en que ella podía hacerle sentir que el mundo podía ser un lugar agradable.
—¿Origami? —preguntó, colocando su botella sobre el barandal y ahogando una sonrisa infantil en sus labios.
—Sí. Ya sabes, hacer cosas con papel doblado.
—Sí, sé lo que es —Robert se rio ligeramente, pero entonces otro recuerdo lo atacó, y una sombra de tristeza amenazó con cernirse sobre él —Mi…madre solía construir molinetes de papel para mí —confesó, de nuevo sin pensar en lo que hacía, y de nuevo no se arrepintió de decirle esas cosas a ella —. Yo me sentaba con ella en la playa y veíamos como giraban con el viento. Era... Era mi cosa preferida en todo el mundo.
—Mi madre y yo hacíamos casas de legos. Supongo que desde entonces he querido ser arquitecta. Aunque podría ser una buena dobladora de papel —rio, y Robert la imitó.
Acababa de decirle otra cosa que nunca le había dicho a nadie, se había abierto sobre su madre, y ella, en lugar de hacer que se sintiera débil o miserable, lo hacía reír. Aunque no era de extrañar; ella era la chica de sus sueños, en todo sentido. Ahora estaba más que seguro de eso.
—Sabemos lo que somos, no lo que podemos ser —respondió con una de sus líneas favoritas, no muy seguro de cómo reaccionar ante todos esos sentimientos nuevos que, a pesar de no ser para nada desagradables, sí lo desviaban bastante de su zona de confort.
—Hamlet —rio Ariadne con seguridad. Él la miró una vez más, sin esconder su asombro.
—¿Te gusta Shakespeare?
—Un hombre que no se alimenta de sus sueños, envejece pronto —respondió Ariadne, y fue el turno de Fischer Jr de sonreír.
—Cuanto más te conozco, más me sorprendo —admitió, girándose hacia ella para poder verla de frente.
—Espero que de forma agradable.
—Lo siento. Debí decir que cuanto más te conozco, más me gustas —soltó, y, aunque algo incómoda, Ariadne sonrió, y se quedó quieta cuando, todavía algo inseguro, Robert Fischer posó un mano sobre su mejilla y se acercó a ella.
Iba a besarla, ambos la sabían, y, sin embargo, ella no había reaccionado con enojo o rechazo. Por el contrario, durante unos segundos hasta lo miró a los ojos, como si tuviera la intención de responder. No obstante, cuando ya estaban muy cerca, cuando sus respiraciones casi se mezclaban y Fischer podía sentir el calor de sus labios sobre los suyos, ella desvió el rostro con una sonrisa nerviosa, aunque no se alejó.
—Tengo que irme —murmuró, alejándose de Robert, que de inmediato enderezó la espalda y se aclaró la garganta, incómodo, aunque, aun así, sintiéndose ridículamente optimista ya que ella no había huido. Bueno, al menos no tan abiertamente. Eso era algo bueno, ¿verdad?
—Sí, amm…¿Te veré mañana? —Robert no quiso tentar a su suerte, pero no pudo evitarlo.
Para su alivio, ella de nuevo no se negó de inmediato, sino que volvió a sonreírle, haciendo que todo miedo desapareciera.
—Claro —le dijo, dudando unos segundos antes de, finalmente, ser ella quien acortara la distancia para besarlo. Fue un beso rápido, casi torpe, apenas un roce de labios como el de dos niños, y luego Ariadne prácticamente salió corriendo del muelle después, aunque ni siquiera eso disminuyó el buen ánimo de Robert por el resto del día.
Al menos hasta que volvió a encender su teléfono.
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Robert ni siquiera regresó a su lujoso apartamento después de que el jet aterrizara en París, yendo directamente a las oficinas de su compañía, resignado a apagar el incendio que él mismo había provocado antes de que todo se fuera aún más de control y su tío siguiera despidiendo a sus empleados mientras los inversores chinos amenazaban con llevarse sus millones a otra parte.
Aunque no costó mucho conseguir otra cita con los inversores. Robert fue práctico y decidió no mentir, al menos no del todo, y mientras estaba en el avión consiguió circular el rumor que su compañía estaba a punto de adquirir a la competencia del conglomerado Fosun, así que solo era cuestión de tiempo para que sus accionistas llamaran, reclamando que se les había ofrecido un acuerdo primero. No había sido una apuesta demasiado segura, y la especulación siempre era un negocio arriesgado, pero fue su mejor oportunidad para captar el interés de los chinos una vez más.
No pasó demasiado tiempo hasta que recibió una llamada del CEO de Fosun, y unas horas después el trato estaba cerrado, sin necesidad de pisar Hong Kong. Si seguía con esa racha, quizá podría tomar un avión de regreso a América para la noche, y podría invitar a Ariadne a almorzar al día siguiente.
Con esa nueva perspectiva, encerrado en su estudio, Robert intentó adelantar todo el trabajo que pudiera, aunque su mente seguía regresando una y otra vez al beso que Ariadne le había dado, y al cabo de unos minutos se acomodó hacia atrás sobre su silla de piel y dejó de pretender que estaba atento a las cifras de la computadora.
Con una sonrisa boba entrelazó los dedos sobre su regazo y su mente viajó de nuevo hacia Ariadne y el hecho de que ella lo había besado por primera vez por iniciativa propia. Y, aunque apenas había sido un roce de labios, se sentía en una nube, igual que un adolescente.
Ariadne y él estaban cada vez más cerca, podía sentirlo, podía ver que él no le era indiferente, y eso le daba algo que nunca había creído necesario para su vida: esperanza.
Era extraño pensar en ello, pero nunca había conocido a una chica que le interesara tanto; había tenido parejas sexuales, alguna que otra novia en la universidad, pero ninguna de ellas le había hecho sentir ni remotamente lo que sentía cuando estaba con Ariadne. ¿Cómo era eso posible? Hacía tiempo había dejado de importarle la respuesta.
Toda su vida le habían enseñado a vivir de una sola forma, teniendo tiempo solo para los negocios, haciendo todo lo que no le generara algún beneficio económico a un lado. Y ahora, sin embargo, los negocios y toda su fortuna en general parecían muy poco en comparación a cómo se sentía cuando imaginaba una vida con la joven arquitecta. Una casa construida por ella, tardes de picnic en la playa, niños.
Robert quería tener hijos; nunca había pensado en eso, pero ahora los quería. Quería una familia, como la que nunca había tenido. Tal vez eso había sido a lo que su padre se refería cuando dijo que debía construir su propio legado en aquel sueño. Su legado no estaría solo en los números de una compañía, sino en sus propios hijos.
Llevaba días pensando en eso. Él podría ser el padre presente y afectuoso que el suyo nunca había sido; cuidaría de sus hijos y su esposa, y nunca dejaría que se sintieran desplazados. Él podría hacer las cosas diferentes, diferentes en todos sentidos. Pero necesitaba a una mujer como Ariadne a su lado para poder lograrlo.
—Robert, tengo que hablar contigo.
Fischer ni siquiera se sorprendió cuando su padrino se abrió paso en su oficina, sin tocar ni anunciarse. Él nunca necesitaba hacerlo, pero esa vez, sin embargo, no estaba de ánimo para seguir discutiendo sobre responsabilidad corporativa.
—Ahora no, tío Peter —pidió con un suspiro cansado. Ya había oído sus quejas, ya se había disculpado por desaparecer por tantos días, y se sentía muy avergonzado de sus acciones tan infantiles, pero también ya se había disculpado, por lo que no veía necesidad de seguir hablando del asunto.
—Claro que ahora —Peter Browning lo ignoró, cerró la puerta del estudio y se giró para enfrentarlo —No te presentas a trabajar, y no atiendes mis llamadas. ¡Debías estar en Hong Kong hace dos días! ¿Tienes idea de cómo nos deja esto frente los socios?
—Tío…
—¡Y en lugar de estar sobre un avión desapareces durante semanas en quién sabe dónde! ¡¿Acaso te volviste loco?!
—No olvides que ya soy un adulto, tío Peter —dijo, levantando la voz por primera vez a Browning, haciendo que este reaccionara con sorpresa, lo cual no se molestó en ocultar —Y soy capaz de tomar mis propias decisiones sin consultarte —anunció, cerrando la pantalla de su laptop con hastío.
Browning cambió de actitud en el acto, suspirando al mismo tiempo que relajaba sus facciones, usando la voz pausada y paternal que siempre usaba con él y solo con él.
—Mira, Robert…eres mi ahijado, casi como un hijo para mí, y te quiero —suspiró, bajando una octava el timbre de su voz mientras tomaba asiento en la silla de cuero frente a él —Incluso apoyé tu ridícula idea de desmantelar el imperio de tu padre y empezar uno nuevo desde lo cimientos, pero ahora no voy a quedarme sentado a ver cómo arruinas tu vida por segunda vez —dijo, sin poder ocultar su genio mucho más —. ¡De esa reunión dependía todo nuestro futuro!
—Lo sé.
—¿Entonces? —Browning recuperó el control sobre él, haciendo que se sintiera de nuevo como un niño regañado.
Robert entonces guardó silencio.
—Lo lamento. Sé que debí regresar hace semanas, y que arriesgué todo al no presentarme en esa reunión, pero ya lo arreglé, además yo… Tenía asuntos que tratar.
—¿Asuntos? ¿Qué asuntos?
—Es un asunto personal —respondió, apenado. Su padrino abrió los ojos con sorpresa.
—¿Personal? ¿Desde cuándo tienes asuntos personales que escondes de mí?
Robert pestañeó; aquella era una buena pregunta teniendo en cuenta que su padrino había sido más como un padre para él que el propio Maurice.
—No es algo que buscara, tío Peter —dijo, en un hilo de voz. De repente se sentía muy pequeño, igual que cuando su padre le decía que no valía los millones que gastaba en su educación y su tío Peter se quedaba con él y lo consolaba —Solo pasó.
—¿De qué estás hablando, Robert? ¿Qué fue lo que pasó?
Robert dudó. Había decido no hablarle de Ariadne ni siquiera a él. Su tío Peter nunca aprobaba a las mujeres que trataba, y usualmente tenía razón ya que muchas veces sus "conquistas" no eran más que buscadores de fortunas o, en ocasiones, espías corporativas, pero, si no podía confiar en su padrino para hablarle de la mujer de sus sueños, ¿en quién entonces?
Suspirando con resignación, el empresario cerró los ojos un momento y confesó:
—Tío Peter, yo… conocí a alguien —soltó.
—¿Qué cosa? —preguntó, impactado, pues a esa altura de su vida se figuraba a su ahijado como un soltero empedernido, lo que era bueno pues sin relaciones no habría hijos, y sin hijos no habría herederos; pero ahora toda esa estructura se tambaleaba frente a sus ojos —¿Conociste a quién? ¿De qué hablas?
—Su nombre Ariadne. Y es la chica de mis sueños. Sueño con ella casi todas las noches.
—¿Quién? —su padrino frunció el ceño. Robert pareció nervioso de pronto, y se atoró con sus propias palabras.
—Es una arquitecta de Nueva York; la que conocí cuando estábamos en París. Y me gusta. Y creo que yo le gusto.
—¿La estudiante? —preguntó Browning, recordando vagamente haberlo oído hablar de ella; eso había sido nuevo, ya que Robert nunca hablaba de sus conquistas, sin embargo, ella había desaparecido, o se iba a casar, no lo recordaba con claridad, por lo que había decidido que no debía preocuparse por su existencia. Y ahora, allí estaba su nombre otra vez —Pero… creí que no la habías vuelto a ver. ¿Cómo puede ser que ahora tú le gustes?
—La he estado frecuentando en América —Robert esbozó una sonrisa tímida que sorprendió a su padrino —. De hecho, he estado saliendo con ella casi todos los días, tío Peter. Y yo… creo que estoy enamorado.
Su padrino arqueó una ceja. Era extraño ver a un hombre maduro y serio como Robert tan entusiasmado por una simple chica, igual que un adolescente.
Peter Browning había estado junto a Robert prácticamente desde su nacimiento; lo había visto dar sus primeros pasos, graduarse de preparatoria y en la universidad, lo había visto convertirse en el exitoso hombre de negocios que era ahora, pero nunca creyó vivir lo suficiente para oírle decir que estaba enamorado.
Sin embargo, ignorando eso, solo suspiró, masajeándose las sienes con cansancio. Robert había perdido una buena parte de su vida haciéndose cargo de los negocios de su padre para complacer al viejo Fischer, así que no era extraño que quisiera revivir alguna de esas etapas siendo un adulto; no obstante, como su administrador y única 'familia', debía hacer lo posible por mantenerlo siempre en el camino correcto. Y establecer una relación romántica con una extraña, y en mitad de un momento de tantos cambios en la compañía, no era para nada una buena idea.
—¿Enamorado? —bufó, ligeramente burlón —Robert, es apenas una niña. ¿Qué edad tiene? No puede pasar de los veinte.
Sin poder evitarlo, el empresario se sonrojó.
—Veinticinco —respondió de manera automática, recordando haberse sentido como un asalta cunas cuando ella le dijo su edad. Y, a juzgar por la expresión de Browning, él pensaba lo mismo.
—¡Veinticinco! Tienes casi cuarenta. ¿Cómo es posible que me digas que estás enamorado de alguien que aún estaba en pañales mientras tú estudiabas en preparatoria? —estalló Browning, antes de darse cuenta de lo poco prácticas que eran sus protestas. Después de todo, Robert no sería el primer ni el último millonario de mediana edad en fijarse en una veinteañera. Incluso hasta era bueno que ella tuviera la edad suficiente para beber, por lo que decidió dejar el asunto de la diferencia de edad de lado inmediatamente y cambiar de estrategia —Robert, dime que investigaste a esta mujer —pidió. Su ahijado se quedó callado, por lo que Browning soltó un gruñido exasperado —¿Recuerdas lo que dijimos sobre acercarte a desconocidos? —murmuró con preocupación —Eres una figura pública, y un hombre muy valioso. Por eso es mi deber impedir que caigas en las redes de cualquier oportunista.
—Lo sé, pero Ariadne no es así —aseguró. No tenía bases para justificar su respuesta, pero lo sabía —Y yo... No puedo evitarlo. Cada vez que la veo...tengo ésta cosa...ésta sensación de que ya la conozco, y de que estaré a salvo junto a ella.
—¡Pero no la conoces! ¡No sabes absolutamente nada de ella! —estalló el tío Peter, levantándose de su asiento con furia —¡Y dices estar enamorado! ¿Necesitas que te recuerde lo que pasó hace unos años?
Robert parpadeó ante ese golpe bajo, bajando la mirada por un instante.
—Ariadne es diferente —se defendió —Ella no me sedujo. Fui yo quien se acercó primero. Además, la veía en mus sueños antes de conocerla. Eso debe significar algo —dijo, casi con desesperación, lo que hizo que el otro hombre lo mirara fijamente, guardando silencio durante un momento lleno de tensión.
—Robert —su padrino murmuró para romper el incómodo silencio, con tono compasivo —, siendo el hijo de Maurice Fischer, y más aún, un hombre de negocios tan exitoso, no puedes andar por ahí con cualquier extraña, ¡solo porque la ves en tus sueños! ¿Es que no te parece extraño?
—¿Extraño?
—¿Cuándo comenzaste a soñar con ella? ¿Fue después de la muerte de padre, verdad?
—¿Qué estás diciendo? —Robert se puso de pie, escandalizado.
—Esos hombres a los que pagamos para entrenar tu mente dijeron que cosas como éstas podían pasar —Browning negó con la cabeza, como si acabara de darse cuenta de algo —Esa chica podría ser una ladrona de información jugando con tu mente.
Ante eso, Robert encuadró los hombros, poniéndose muy rígido de repente.
—Entrené mi subconsciente por ti, tío Peter. Dijiste que mi mente estaba segura.
—Estaba segura, hasta que dejaste entrar a cualquiera en ella. ¡Esa chica debe estar manipulándote para conseguir lo que quiere, reacciona!
Robert soltó un suspiro ahogado. Estaba listo para que su padrino tratara a Ariadne de oportunista, vividora, hasta de espía corporativa, pero insinuar que ella era una ladrona de sueños era lo más ridículo que había oído.
Ella no podría... Era demasiado amable y dulce para estar metida en algo tan tórrido.
—Ella no me manipula —aseguró con seriedad —Dios, a ella ni siquiera le interesaba salir conmigo en un principio.
—O eso es lo que quería que pensaras —soltó su padrino con crueldad. Robert volvió a fruncir el ceño.
—¿Qué quieres conseguir con todo esto, tío Peter?
Browning suspiró, volviendo a su gesto de padre preocupado mientras Robert de nuevo se sentaba frente a él.
—Solo quiero que no te hagan daño, Robert —suspiró —Ya te dije que te quiero como a un hijo, y no...
—Agradezco tu preocupación, pero no es necesaria —lo interrumpió Robert, ahogando un suspiro cansado tras sus palabras —Ya no soy un niño. Puedo cuidarme por mí mismo, y tomar mis propias decisiones. ¿Acaso no lo he demostrado ya?
—Veo que estamos en un laberinto sin salida aquí —su padrino frunció el ceño, suspirando pesadamente tras sus palabras mientras apretaba y cerraba los puños sobre sus rodillas, analizando sus palabras antes de hablar —No importa lo que diga, no vas a dejar de verla, ¿no es así?
—No puedo hacer eso —murmuró Robert, dándose cuenta de lo difícil que era explicar aquello con palabras. No podía explicar cómo se sentía cuando Ariadne estaba cerca, esa sensación de seguridad y necesidad que lo hacían sentir como si, por primera vez, hubiera encontrado algo a lo que llamar hogar.
Robert había tenido muchas propiedades a lo largo de su vida, pero nunca un hogar. Pero ella le daba eso, aunque dudaba que su tío Peter entendiera. Algunas cosas, se dijo, era mejor guardarlas para sí mismo.
—Espero de todo corazón que no te equivoques, muchacho —su padrino se levantó con un resoplido. No se veía feliz, pero sí resignado; no obstante, también había un brillo de peligro en su mirada, aunque Robert estaba demasiado conmocionado con esa conversación como para notarlo —. Y aún si lo haces, recuerda que estaré aquí para ti cuando me necesites.
Después de esas palabras, Peter Browning se marchó, y Robert se sintió derretirse sobre su asiento, como si sus huesos se hubieran fundido de repente dentro de la piel, sacándose un enorme peso de encima. Hacía tiempo quería hablar de sus sentimientos con su tío, y las cosas no habían salido tan mal, se dijo, sintiéndose extremadamente aliviado mientras su mente volvía a evocar el rostro pálido y armonioso de la joven arquitecta.
Por supuesto, era extraño que su padrino lo dejara sin más, y tal vez, si Robert no hubiera estado demasiado distraído pensando en Ariadne, se hubiera dado cuenta de que Browning no lo dejaría tan fácil.
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Ariadne se recargó sobre su mesa de dibujo mientras bufaba, estirando una mano para borrar la misma línea que llevaba dibujando desde el inicio, pero que seguía sin poder encontrarle alguna utilidad. Llevaba días de la misma manera, incapaz de concentrarse al cien por ciento. Y lo odiaba. Y se odiaba a sí misma por haberse puesto en esa situación. Y todo empeoró cuando el zumbido de su teléfono vibrando sobre el tablero la sobresaltó, por lo que instintivamente revisó la pantalla, gimiendo al ver que se trataba de un mensaje de Robert.
"Estoy pensando en ti"
Decía después de preguntar de contarle brevemente que estaba en su oficina y preguntarle qué estaba haciendo ella. Pero Ariadne no contestó, y solo se mordió el labio con nerviosismo.
Creyó que podría estar más tranquila mientras él se mantuviera lejos, pero Fischer Jr. no parecía dispuesto a salir de su vida.
Y para empeorar las cosas, ella lo había besado. ¡Ella! ¡¿En qué demonios había estado pensando?!
Ariadne arrojó su teléfono lejos y se sostuvo la cabeza entre las manos. Se sentía tan estúpida que apenas podía contener la vergüenza. Se suponía que debía acercarse a Fischer para asegurarse de que tanto ella como el resto del equipo estuvieran a salvo, no para besarlo. Hacerlo solo confundía más las cosas; las confundía para él, pero, sobre todo, las confundía para ella misma.
En las últimas semanas había llegado a decir que Robert no era un ser humano tan implacable como había creído que lo era en un principio. De hecho, aunque temible en los negocios, era aún más vulnerable emocionalmente de lo que Arthur había sugerido cuando lo había investigado, y ahora Ariadne sentía lástima por él y su vida llena de lujos pero tan solitaria, aunque sabía que era enfermizo y nada ético crear cualquier tipo de vínculo con el hombre al que prácticamente le había arruinado la vida. Si es que había algún tipo de código de ética entre los ladrones de sueños.
Fuera como fuere, estaba mal, era incorrecto y perverso jugar con las emociones del hombre. O al menos las emociones que él creía tener. Quién sabe lo que el origen le había hecho a su pobre mente. Nunca se había intentado antes, no de una forma que no resultara tan desastrosa como el caso de Mal, así que nadie podía predecir lo que pasaría después.
Y al pensar en eso, Ariadne tembló ante la posibilidad de haberle hecho a Robert lo mismo que Cobb a su primera esposa. Ya había analizado la posibilidad, pero usualmente prefería no pensar en eso, porque solo hacía que la culpa la golpeara con más fuerza.
Pero Robert no era como Mal, se recordó. Él vivía en la realidad, era capaz de llevar una vida exitosa y normal fuera del mundo de los sueños. Su único problema eran esos sentimientos que tenía (o creía tener) por ella. Eso, y la insistencia de su mente en seguir proyectando su imagen en sus sueños.
Ariadne bufó y mordió la goma de su lápiz de dibujo. Ella no sabía qué hacer. No podía seguir cerca de Fischer porque eso solo confundía los sentimientos del empresario, pero, además, comenzaba a confundir los suyos. Eso no podía permitirlo. No podía permitirse perder el Norte otra vez. Debía encontrar una solución, y hacerlo antes de lastimar aun más al hijo de Maurice Fischer y seguir arruinando su vida.
Ya no podía permitirse más errores. Siempre tenía miedo de escupir toda la verdad cuando Robert estaba cerca, y solo no lo había hecho porque no sería solo ella quien pagaría las consecuencias. Debía proteger a Dom y los demás de sus propias equivocaciones.
De pronto, el timbre de su teléfono volvió a sobresaltarla, por lo que corrió a buscarlo por donde había caído al otro lado de la habitación.
Era una llamada en video. De Fischer.
Ariadne se pasó ambas manos por la cabeza.
No quería contestar y aumentar las esperanzas del hombre, pero tampoco quería vivir aterrada, pensando en que él lo había descubierto todo.
Estaba casi segura de que él no sospechaba de ella, pero, de cualquier forma, se dijo, no podía dejarlo hasta estar segura, así que acomodó el teléfono sobre su mesa de dibujo y suspiró antes de deslizar un dedo por la pantalla para aceptar la llamada.
—Hola —sonrió lo más natural que pudo a la cámara, acomodándose el cabello sobre su hombre desnudo y dándose cuenta de que una camiseta holgada que dejaba buena parte de sus hombros al descubierto no eran la mejor opción en ese momento.
—Hola —Fischer se aclaró la garganta, algo sorprendido e incómodo, bajando la mirada un momento mientras se aclaraba la garganta —Yo... lo siento. Tal vez estás ocupada, pero no respondiste a mi mensaje y yo... Fue estúpido. ¿Te estoy interrumpiendo?
—Oh, no. Solo estaba... trabajando, es todo —le sonrió —Lamento no haber respondido a tu mensaje. Supongo que no lo escuché llegar.
—Está bien. Lamento haberte llamado. Te dejaré con lo que...
—¡No! Está bien. Me alegra verte —volvió a sonreírle, maldiciéndose internamente por haberlo retenido en lugar de zafarse de la incómoda situación. Entonces notó algo extraño en el rostro de Robert. Era una mueca diferente, casi imperceptible, pero había estudiado demasiado bien a ese hombre como para notarlo. Algo sin duda estaba perturbándole, y eso encendió todas las alarmas de su cabeza —¿Estás bien?
Robert se sobresaltó con la pregunta, como si no la esperara, aunque su rostro se veía más aliviado al mismo tiempo.
—Es que yo... —suspiró entrecortadamente —Te extraño, es todo.
Ariadne parpadeó, sin esperarse esa respuesta tan directa, y sin saber cómo responder más que con una automática sonrisa nerviosa.
Robert parecía ser abrumadoramente honesto, y eso derribó por completo todas sus defensas.
—Yo también te extraño —respondió, arrepintiéndose de inmediato, sobre todo al ver el brillo en la mirada imposiblemente azul de Robert Fischer, decidiendo que todo aquello era como un jodido laberinto sin salida, en el que gustosamente se había metido, y en el que quizá quedaría encerrada por el resto de su vida.
