"Rolf es un gran chico, ambos estaríamos felices de verte en la fiesta.
Con afecto, Luna Lovegood"
Arrugó la hoja gruñendo de molestia mientras en su cabeza se repetía una y otra vez aquellas últimas palabras. ¿De verdad ella había tenido el descaro de invitarlo?
Se dejó caer sobre el gran sofá verde esmeralda que su madre había puesto en la sala principal de la mansión y apoyó su cabeza sobre uno de los apoya brazos. Habían pasado ya muchos años y de alguna forma él sabía que ese día podía llegar, pero realmente, si pudiera pedir un deseo, regresaría todo al día en que había jodido todo su futuro.
Los recuerdos siempre se encontraban en su memoria, la tierna forma en que sus labios se curvaban en una sonrisa, el cómo combinaba sus vestuarios con los accesorios más extravagantes para alejar malos e inexistentes seres y el alboroto de sus rubios mechones de cabello; pero también estaba su fina voz, esas molestas risas que podían hacerlo sonreír aunque se negara miles de veces y todos los comentarios sin sentido que podía decir para que el silencio no arruinara sus paseos.
Cerró los ojos cubriéndose el rostro con el antebrazo, realmente necesitaba un tiempo a solas en esos momentos.
-Vamos… ¿O es que eres un cobarde?- ella rió desde lo alto de aquel pino, cómo si desde esa altura pudiera ver el rostro molesto de su acompañante. Por su parte él blanqueó los ojos sin mover un solo músculo, era realmente una tonta si creyera que con juegos tan absurdos él caería tan bajo como para trepar un árbol, siguiéndola como un niño pequeño.
-Ya baja, se hará tarde y no quiero que me vean entrar contigo.- dijo con un tono autoritario, mientras desviaba su mirada hacia la entrada del castillo, temiendo que alguien los hubiera visto juntos. Era difícil para él admitir que llevaban ya varios meses viéndose, le agradaba la compañía de la muchacha, eso no estaba en tela de juicio, pero arruinaría demasiado su imagen si alguien se enterase.
-Eres un aburrido.- escuchó decir proveniente de una suave voz y al alzar la mirada se encontró con los pies descalzos de la menor que se movían como buscado algo donde apoyarse. El chico sonrió para sus adentros, alzando su mano izquierda, para así rozar con sus dedos la planta de aquel pálido pie que se movía cerca de su cabeza. La chica soltó una escandalosa risa y se dejó caer, llevándose consigo también el cuerpo masculino para así quedar ambos recostados en el suelo. El rubio bufó de molestia mientras buscaba sentarse sobre el césped intentando quitar todo rastro de tierra de su túnica.
-¿Es que contigo las cosas siempre van a terminar así?- murmuró fastidiado. Se puso de pie con cuidado y le extendió la mano a la menor quién se sostuvo de esta sin dejar de reírse. El mayor la miró con resignación y a penas movió la comisura de sus labios en un intento de sonrisa falsa.
-Ya, no seas un aguafiestas. – contestó ella mientras se acercaba para depositar un pequeño beso en su mejilla. El rubio suspiró, realmente esa chica sabía cómo alterar sus nervios.
Una botella de hidromiel reposaba, junto a otras seis de igual forma, sobre la mesa del salón principal donde el joven mago llevaba más de una hora bebiendo. El alcohol lo ayudaba siempre a olvidarse de todo, los recuerdos de la guerra, sus errores pasados y sobre todo los momentos que había compartido con ella.
Se levantó cómo pudo del suelo y tanteando buscó entre los muebles su varita, aunque el mundo comenzaba a darle vueltas. Intentó caminar, pero le era completamente difícil en esos momentos, guardó la varita en su bolsillo y con un hechizo no verbal desapareció de la habitación.
-Yo no quiero a otra persona, tú no me avergüenzas.- el rosto de la bruja estaba rojo por la molestia y sus ojos llorosos demostraban que mucho no le faltaba para derrumbarse.
-¿Crees que yo quiero esta mierda? Soy una vergüenza para el mundo mágico, no te arrastraré conmigo.- soltó el agarre de la joven y se giró para poder volver al tren. Era su última noche en el colegio, era hora de que entendiera cómo debía enfrentarse al mundo nuevo, donde luego de la guerra, todos despreciaban su apellido.
-No…- fue lo último que oyó de su voz mientras se alejaba de su pasado, y sobre todo, de la única persona que luego de todos los errores que había cometido no lo había rechazado.
Su cuarto olía a jazmines, el mismo aroma que su cabello dejaba en el ambiente cuando se paseaba por los pasillos del castillo entrada la noche. Cayó de rodillas sobre la alfombra, intentando que su cuerpo, con todo el alcohol encima, pudiera mantenerse erguido. Alzó la mirada, encontrándose con dos ojos azules y una cabellera rubia muy cerca de su rostro, cómo si analizara que debía de hacer. Sintió sus tibias manos tomarlo del brazos para así ayudar a que se levantara del suelo y que pudiera acomodar su inestable cuerpo sobre la cama.
No quería mirarla, había llegado allí en un momento de molestia, pero sabía que su interrupción en una casa ajena no era algo de lo que debía sentirse orgulloso. Ella lo hizo recostarse y suspiró mientras se acomodaba la bata de dormir.
-No puedes casarte.- le dijo finalmente mientras sentía que sus ojos le pesaban más que nunca. La pudo ver sonreír, juraba que esa era una sonrisa. Le cubrió el cuerpo con una manta de colores chillones y se sentó a su lado.
-Me preguntaba cuanto ibas a tardar.- dijo simplemente, llevando una de sus manos a la rubia cabellera del chico, haciendo que esto lo convenciera en su decisión de negarse a su boda. –Pero ya es tarde.- y cualquiera que hubiera escuchado esas palabras podía creer que se debían a la hora de la noche en que él había llegado; pero él sabía muy a su pesar de que significaban otra cosa, y en su cabeza solo venían los recuerdos de todas las cartas que se había negado a responder.
-Luna…- murmuró y al buscarla con la mirada notó que la puerta iluminaba su figura alejándose de él. Por un momento se sintió el peor del mundo al recordar que cómo ella, él no se había girado a verla una última vez. Quiso levantarse a buscarla, pero no podía moverse.
-Vamos… ¿O es que eres un cobarde?-
Draco Malfoy cerró los ojos, cómo en cada discusión que habían tenido, ella siempre llevaba la razón. Era tarde y él el cobarde más grande de todos.
