—Cuéntame, ¿cómo empezó todo?

—Oh, bueno. Mirabel me dio caza.

—¿Qu…? ¿Disculpa?

—Se metió en mi escondite, me persiguió y luego… me volvió a seguir, pero esa vez ya con más calma, hehehe.

—¿Por qué te ríes? No suena muy divertido, la verdad.

—Oh, no, no lo fue. Fue aterrador. Ella es aterradora.

—Y, aún así, ¿quieres…?

—Es aterradora en el buen sentido, ¿sabe?

—¿Hay un buen sentido para aterrador?

—Bueno, lo hay para mí. Su energía era arrolladora e invasiva; lo sigue siendo, de hecho. Pero estaba llena de luz. Era como si no pidiese permiso para llevar la primavera a tu largo y tedioso invierno.

—Muy poético.

—He tenido tiempo para leer.

—Ya me imagino. Bruno, a decir verdad, te debo una disculpa, yo… fui injusto contigo; no te merecías el…

—Oh, no, no, no, por favor. No hace falta. Cualquiera hubiera hecho lo mismo. Lo hicieron, de hecho… No, lo que quiero decir es que… no siga, por favor, o me hará sentir aún más incómodo y, probablemente, los dos queremos que esto sea lo más sencillo posible.

—Como quieras. Pero ahora, ya sabes cómo me siento.

—Gracias.

—No hay de qué.

—…

—…

—…

—Así que, cuéntame, ¿le salvaste la vida a Mirabel en aquel vacío misterioso de la casa?

—Oh, ¿eso? Nah, no era tan alto.

—Pero tú no lo sabías.

—No tiene mérito; no podía dejarla caer.

—Ella lo hizo contigo.

—Oh, ya… Bueno, pero no pretendía hacerlo. Es sólo que la gente no está muy acostumbrada a las ratas. Pobres seres incomprendidos…

—Ya… desde luego. Y, ¿qué pasó después?

—¿Después? Pues… invadió mi intimidad física y emocional, rompió todos mis escudos, me sonsacó información poniendo aquella carita que me partió el alma y me forzó a usar mis poderes. Es una mujer con una gran voluntad, ¿sabe?

—Una mujer…

—Es una mujer.

—Así que, sabes ponerte serio, ¿eh?

—Si no fuese en serio, no estaría aquí.

—Está bien. Si te persiguió, interrogó y se te impuso de esa forma, ¿qué le viste de bueno?

—Estaba luchando. Mirabel siempre lucha y se esfuerza al máximo por ayudar a los demás. Lo estaba dando todo, nadando a contracorriente para ayudar a su familia y para demostrarse a sí misma que ella también tenía un hueco en ella.

—Ha debido de ser duro para ella el sentirse siempre diferente.

—Se sintió rechazada. Una vez tras otra.

—Pobre muchacha. ¿Te ves reflejado en ella?

—Ni hablar. Ella le planta cara a la vida. Yo me escondí en un agujero.

—Entiendo que la admirases, pero, dime, ¿qué más te atrajo de ella?

—No me tenía miedo. Sé que es ridículo, pero, por primera vez desde que recibí mi don, alguien me miraba a los ojos sin juzgarme ni temerme. Era como si pudiese ver a través de mí. Pero, no sólo eso, además era dulce, entregada, comprensiva… Y, sin embargo, era incapaz de verse a sí misma. No se daba cuenta de lo que la necesitaba la familia.

—¿De verdad dejaste la familia por ella?

—No fue su culpa: ella era sólo una víctima.

—¿Se lo has dicho a ella?

—Ella sabe que fue el sistemático prejuicio de los demás lo que me hizo marcharme; no veía otra forma de hacer que no cayese también sobre ella. Pero creo que se sigue sintiendo culpable…

—Venga, Bruno, no te preocupes. Ella está bien.

—Ella está sufriendo, ¿tengo que recordarle por qué estoy aquí?

—Bien, continúa entonces. ¿Cómo fue el dejar a la familia?

—Bueno… no sé si se puede decir que la dejé.

—Se pasaron diez años sin verte ni saber de ti, Bruno.

—Es verdad, pero… yo sí sabía de ellos.

—Pero te perdiste diez años de abrazos, de juegos con tus sobrinos, de comidas equilibradas, de charlas y chistes…

—Ya…

—No… No pretendo hundirte, entiéndeme. Lo que quiero es que te plantees si no fue la impresión de tener contacto real con alguien más que amor.

—La he visto crecer, ¿sabe? Siempre tratando de impresionar a su abuela, siempre infravalorándose pero esforzándose por encontrar su lugar, siempre creyendo que no merecía ser parte de la familia, pero siendo un pilar para todos sin que ellos se diesen cuenta. Pero yo podía verlo; no entendía por qué no había obtenido un don como los demás, pero estaba claro que, si esa muchacha era especial, era para bien, nunca para mal.

—Tú… No me puedo creer que esté a punto de preguntarte esto. ¿Te sentías atraído por ella?

—Hombre, no le voy a negar que, sin paredes de por medio, su belleza era mucho más deslumbrante, pero, en esos momentos, estaba lo suficientemente preocupado como para no…

—No, antes de eso.

—¿Cuándo?

—Cuando te fuiste, mientras la veías crecer…

—¡¿Qué?! ¡No! ¡Por Dios!¡Era una niña! ¡¿En qué rayos está pensando?!

—¡También era una niña después de vuestro reencuentro!

—¡No es lo mismo! Para entonces, legalmente o no, ella ya no era una niña.

—Ni una adulta.

—Oiga, de verdad, hasta aquel día, la amé, pero como a mi sobrina que era.

—Sigue siendo tu sobrina.

—Es mucho más que eso ahora.

—Bruno, en serio, ¿qué es Mirabel para ti?

—Mirabel… Mirabel es una sorpresa detrás de otra. Lleva cambiando mi vida de punta a punta desde siempre. Sus respuestas siempre son algo completamente inesperado que me llena de calidez y de pavor al mismo tiempo; sus acciones y sus palabras, pasan de la rudeza a la ternura en una fracción de segundo; sus manos son suaves y siempre están calentitas, pero te dan toda la seguridad habida en este mundo… Es difícil de explicar, ¿entiende? Cuando se enfrentó a la abuela y todo se vino abajo… me defendió con fiereza; como si realmente hubiesen tocado algo muy importante para ella. Fue muy valiente.

—No sabía que tú estabas allí.

—Claro que no, ni usted ni nadie.

—¿Cómo lograste no ser encontrado durante diez años sin abandonar la casa?

—Mehh… Soy bueno escondiéndome…

—¿No me lo quieres contar?

—Mirabel y Antonio son los únicos que saben el lugar exacto donde pasé esos diez años, y, la verdad, me gusta que sea así. Es como un secreto tonto entre nosotros.

—Está bien, no tienes la obligación de contármelo.

—Gracias, otra vez.

—¿Qué sentiste cuando te defendió?

—Me sentí… valorado. No estaba acostumbrado a ver a alguien jugársela por mí.

—Y, ¿después?

—¿Después? Después…

—La defendiste tú a ella. Le plantaste cara a tu madre y trataste de cargar con toda la culpa dejándole claro que no ibas a permitir que le hiciese daño.

—Oh, bueno, aquello fue ridículo y totalmente innecesario.

—Pero, de nuevo, tú no lo sabías.

—Supe que había sido ridículo, incluso me caí al suelo…

—Y, ¿luego?

—Luego… Mirabel nos levantó el espíritu a todos, empezó la reconstrucción de la casa la casa y todo eso y…

—¿Y?

—Y… durante aquellos meses, me divertí más de lo que lo había hecho en toda mi vida. Mis hermanas, mis cuñados, mis sobrinos, la abuela… todos me recibieron con los brazos abiertos. No hubo reproches, sino amor, mucho, mucho amor. Y fue maravilloso, terriblemente incómodo, pero acogedor aún así. Sin embargo, con ella, la sensación era diferente.

—¿En qué sentido?

—Me sentía… demasiado bien con ella.

—¿Se puede estar demasiado bien?

—Sí si esa persona es tu sobrina, menor de edad y treinta y cinco años, cuatro meses y veinte días más joven que tú.

—Vaya… llevas una cuenta muy precisa.

—Era un factor importante.

—Y, ¿cómo era ese demasiado bien?

—Tengo seis sobrinos, pero sólo uno de ellos invade mis pensamientos día y noche; sólo sigo con interés la mirada de uno de ellos; sólo es Mirabel la que me hace reír como un tonto, y la que me hace estremecer con cada roce. Yo… puedo más o menos comunicarme con todos ellos, pero con ninguno siento la soltura y la libertad que siento con ella.

—Así que, ¿te hacía sentir libre?

—Y reprimido a la vez.

—No sé si lo quiero saber.

—No pregunte si no quiere.

—Cuéntame, ya veremos si pego ojo esta noche.

—No es nada tan terrible, pero, probablemente, es algo que uno no debería sentir con la hija de su hermana.

—¿La deseabas?

—Quizás de un modo inconsciente. Me ponía nervioso a su lado y se me trababan las palabras.

—¿No eres siempre así?

—Sí… gracias por mencionarlo… Pero… los nervios que me provocaba ella no eran sociales, ¿sabe? No había temor, era como… como una reacción natural a su cercanía. Podía abrazar al resto de la familia, pero, a ella… acababa haciéndole caricias tontas en la cabeza como a un perrito o chocando con colegueo mi puño en su hombro porque no me atrevía a acercarme más. Y, aún así, en esos momentos, sentía como una corriente eléctrica entre nosotros. Por supuesto, pensaba que yo era el único que lo sentía, así que me sentía ridículo y en el lugar equivocado, pero… cuando nuestras miradas se cruzaban, durante unos instantes… sencillamente parecía que aquello era lo correcto. Y, en fin, con el paso de los días… el deseo se fue volviendo cada vez más consciente.

—¿Podrías darme algún ejemplo?

—¿De verdad es necesario dar tantos detalles?

—Quieres mi respuesta, ¿no?

—Está bien. Respira hondo, Bruno. No estás haciendo nada malo. … … Estábamos ya a principios de junio y la época de lluvias continuaba azotando fuerte. Casita era poco más que un proyecto todavía y, con el agua, los avances eran lentos y torpes. Pues bien, llegó aquella noche…