—Aquella noche… No podría olvidarla. Estábamos todos reunidos en casa de Osvaldo junto con toda su familia para celebrar el día de San Juan. Como recordará, él nos tenía acogidos a la abuela y a mí mientras recuperábamos nuestra casa.

—¿Cómo olvidarlo, Bruno? Yo acogí a tu sobrino Camilo durante aquellos días y casi me vuelve loco.

—No lo hace con mala intención: sólo le gusta divertirse. Pero es un buen chico.

—Hablas de él como si fuese un niño.

—Bueno, es que es… ah, ya veo por dónde va.

—Efectivamente.

—Sí… Pero son muy diferentes, ¿sabe?

—¿Lo son?

—Lo son para mí.

—Ya me imagino.

—La… la cuestión es que Camilo no pretendía perjudicarle.

—Lo sé, lo sé. Pero nunca sé cuándo habla en broma y cuándo en serio… Gracias a que Antonio tiene buen ojo y siempre me ayudaba.

—Ese muchacho… sin duda tiene buen ojo, sí.

—¿Qué quieres de…?

—Nos estamos desviando del tema. El caso es que, aquella noche, había muchísima gente en la casa, y yo… bueno, aún no estaba muy acostumbrado a las muchedumbres, así que, nada más terminar la cena, salí a despejarme un poco al balcón. Habría salido a la calle, pero no me quería resbalar en un charco, partirme una pierna y darle la noche a todo el mundo.

—¿Eso era lo que te preocupaba de partirte una pierna?

—Era un día de fiesta…

—No tienes remedio, Bruno. Y, ¿qué pasó?

—Pues, no tuve casi tiempo de disfrutar de la soledad ni de que las voces se escuchasen algo más lejos. Mirabel apareció justo a mi lado sin decir ni media y se puso a mirar al horizonte.

—¿Necesitando un descanso, tío? —preguntó entonces sin llegar a dirigirme la mirada.

—Oh, bueno, yo, no, o sea, sí, pero… no de ti. Es decir…

—Vale, vale, tampoco hace falta ponerse nervioso —contestó riendo—. Yo también necesito apartarme un poco a veces y sentir el aire fresco de la noche. Es agradable, ¿verdad?

El aire mecía ligeramente su pesada cabellera y me traía ese hogareño aroma que siempre emanaba de ella mezclado con el embriagador olor de los campos mojados.

—Sí que lo es.

—¿Te molesto?

—¡No, no! Para nada… —contesté agitando las manos probablemente algo más de lo necesario.

—Los planos… tienen buena pinta, ¿verdad? —preguntó ignorando mi escandalosa respuesta.

Y entonces me di cuenta. Su vista no estaba perdida en el horizonte, estaba clavada en el hueco que nuestra casa había dejado.

—Echas de menos a Casita, ¿verdad? —pregunté casi en un susurro por miedo a incomodarla.

—Ah… —suspiró ella—, sé que suena tonto, pero… era como uno más de la familia para mí.

—No suena tonto. Tenías una conexión muy fuerte con ella y, de algún modo, estaba viva, ¿no?

—¿Crees que la he…?

—Creo que era el abuelo.

—¿El abuelo Pedro?

—Sí… No es que pueda demostrarlo, pero… creo que era él que continuaba protegiéndonos. Y, bueno, si tengo razón… No podías matarle. No es que fuese tu culpa de todos modos, pero, la cuestión, es que él ya era parte de otro mundo.

—Así que crees que… ¿se ha ido al cielo o algo así?

—Creo que sigue entre nosotros porque todavía tiene una familia de la que cuidar. Siempre encontró la manera y seguro que vuelve a hacerlo.

—Ojalá tengas razón…

Acurrucó su hocico entre sus brazos reclinándose sobre la barandilla y supe que aquel no era el momento de andarme con tonterías, Mirabel me necesitaba. Así que… pasé mi brazo sobre sus hombros y la acerqué ligeramente a mi pecho.

—No le has hecho daño a nadie, Mirabel. Nunca. Ayudaste a la abuela a entender y a mejorar, ayudaste a tus hermanas a encontrar su auténtico camino y me ayudaste a mí a volver al mundo. Todo lo que has hecho ha sido darnos un montón de amor a todos y esforzarte al máximo. Y, esté donde esté el el abuelo, estoy seguro de que está de acuerdo conmigo. De hecho, creo que habéis trabajado en equipo. Quizás todos necesitábamos perder nuestros dones para encontrar el verdadero Norte…

Una lágrima rodó por su mejilla y dejó reposar totalmente su cabeza sobre mi hombro, apoyé la mía en la suya y la abracé por completo.

—Y… ¿sentiste excitación?

—No… sentí que había nacido para permanecer así. Pero, entonces…

—Tío…

Su voz suave y camuflada en mi pecho me hizo darme cuenta de lo que estaba haciendo y mi cuerpo se revolucionó por completo.

—¡Lo siento! Yo… no quería, o sea, no pretendía… Eh…

Pero sus labios sobre mi mejilla interrumpieron mi incoherente retahíla.

—Gracias, tío.

Y, con la sonrisa más hermosa que había visto hasta aquel momento, se dio media vuelta y volvió a dentro dejándome solo con ese calor dulce y ardiente palpitando a escasos centímetros de mis labios. De mis labios que… querían probarlo también.

—Así que, ¿fuiste tras ella?

—No, salió Antonio, me dio una palmadita en la espalda y le dio voz a mis pensamientos.

—Estás en problemas.