—También recuerdo aquella otra vez… La casa ya estaba en marcha y estábamos ayudando a allanar una de las paredes del patio, pero llevábamos mucho rato sin parar y decidimos descansar un poco y comer algo. Entonces, Bruno se puso muy raro y muy colorado y me acercó la mano a la cara. Yo me puse nerviosa también y sentí cómo se me encendían las mejillas. ¿Me iba a acariciar? ¿Así? ¿Salido de la nada?
—Pero lo hizo, ¿no es así? Después del beso que le diste…
—¡Qué va! Me señaló la mejilla sin llegar a tocarme si quiera y vivimos una escena que parecía pensada para un teatrillo de niños.
…
—Tienes un poco de cemento ahí.
—¿Aquí? —pregunté tocándome la zona de la mejilla a la que claramente señalaba.
—No, un poco más… al lado.
—¿A… quí? —probé otra vez.
—Al otro lado.
—¿Aquí? —contesté ya con algo de impaciencia. ¿Cómo podía haber creído que me iba a tocar así como así y, más aún, por qué me molestaba tanto que no lo hubiese hecho?
—No, más abajo.
—¿Aquí…?
—¡Aquí! —exclamó de repente rebañando con cuidado el cemento de al lado de mis labios.
¡Me había tocado! Después de varios días manteniendo tan evidentemente las distancias, por fin volvía a sentir su rugosa y fresca piel sobre mí. Y deseé… bueno, deseé que no quitase la mano. Pero, claro, no podía decirlo, ¡era una locura! Así que, simplemente, le miré a los ojos y, lo que vi, fue su mirada taladrándome como si estuviese observando otra dimensión en la mía. Y, entonces, como si lo hiciese inconscientemente, su dedo me acarició hacia abajo hasta rozar la mandíbula.
…
—Ay, Bruno…
—Pero aquel roce me produjo semejante revuelo en las entrañas que aspiré aire sorprendida y su mano se retiró bruscamente de mi cara mientras se le abrían los ojos como platos.
…
—Ah, el… eh.. cemento. Ya está. Ya no… Ya está —balbuceó mientras reía nervioso.
—Gracias, no creo que el almuerzo fuese a estar tan bueno sazonado así… —contesté yo también con una risa incómoda.
—Sí, tienes razón… Ehm, que aproveche.
Y se fue de allí sin probar bocado de su comida y tropezando con todo el mundo a su paso.
Era una idea descabellada, imposible probablemente, pero, aquel momento, me hizo pensar que igual, aquella extraña sensación que crecía dentro de mí muy a mi pesar, no estaba creciendo sólo en mí.
Poco después, por fin acabó la temporada de lluvias y el proceso de construcción se agilizó significativamente, así que, para principios de agosto, por fin volvimos a casa.
…
—Aquel día… te cambió la vida, ¿no es así?
—En más aspectos de los que usted se imagina. Justo antes de que Casita volviese a despertar, todos me dedicaron hermosas palabras que me hicieron sentir amada, importante y especial.
—Eso es bueno.
—Pero, las suyas… suponía que aquella no era su intención, pero yo sentí que me estaba diciendo que todo le había merecido la pena por estar en aquel momento junto a mí. Aunque probablemente aquello era sólo lo que yo ansiaba que me dijese en realidad. Pero, además…
—¿Sí?
—Me llamó chiquilla.
—Exactamente lo que eras.
—Lo sé, lo sé, pero… me gustó.
—Ay, Dios…
—Sólo por su sonoridad y su cercanía. Era como que… de los labios de otro me habría dado igual, pero, en los suyos…
—¿Te ilusionaba?
—Me excitaba.
—Ay, Mirabel…
—Lo sé, una niña, lo sé… Pero… biológicamente, ya era una mujer. Eso no me lo puede negar.
—No lo haré. No creo querer entrar ahí.
—Estamos de acuerdo, entonces.
—Y, ¿eso fue lo que te cambió la vida? ¿Que te excitase el cómo te llamó?
—No… lo que me cambió la vida fue la charla que tuvimos aquella noche.
—Cuéntame.
—Bueno, yo estaba que no cabía de gozo. ¡Casita había vuelto! Bruno tenía razón, abuelo o no, había encontrado la forma de volver a mí. Y, además, por fin había entendido cuál era mi rol en la familia, más o menos. Y, bueno, la verdad es que, aquel día, Bruno también había estado muy alegre y desinhibido. Me sonreía relajadamente, me mantenía la mirada sin huir, me tocaba sin echar a correr…
—¿Te tocaba?
—Los brazos, la espalda, nada preocupante. No sufra.
—Bien, eso suena mejor.
—Pues verá, aquella noche, salí un momento de Casita esperando asentarlo todo un poco en mi mente mientras veía las estrellas y escuchaba la música de fondo. Ya sabe que mi familia hace una fiesta de todo. Y allí estaba él. Mirando a las estrellas y rodeado de ratas.
…
—¿Os habéis reencontrado?
—Son unas chicas muy listas… ¿Qué haces aquí? Te estás perdiendo la fiesta.
—A esa fiesta le quedan horas todavía, no me voy a perder nada por salir a mirar el cielo un rato.
—Es una bonita noche… Perfecta para un bonito día, ¿no?
—Tío Bruno… —pregunté algo inquieta sentándome a su lado—, ¿estás contento de volver a tu habitación?
—Bueno, el túnel ya no está abierto, no es que tenga elección…
—Pero… ¿te alegras de estar de vuelta?
—Me alegro de estar de vuelta, pero no echaba de menos las escaleras.
—Ehm… Y… ¿tu cama está arriba?
—No… Ya sabes que, al igual que Casita responde a tus deseos, las habitaciones responden a los nuestros, así que, ahora tengo una cama en la habitación inicial, e incluso hay menos escaleras.
—¿Las habitaciones responden a vuestros deseos?
—¿Recuerdas cómo mi cueva se desmoronó cuando comenzaste a recuperar la profecía?
—Casi me mata, sí… lo recuerdo.
—Eso fue mi habitación protegiendo mi deseo de que la profecía no fuese encontrada.
—¿Aunque ya no vivieses en ella?
—Seguía existiendo para mí.
—Entonces, ¿ahora hay menos escaleras porque… no te gusta subirlas?
—No —contestó riendo y mirando al cielo de nuevo—, es porque ahora soy menos reacio a usar mi don. Gracias a ti.
—¿A mí?
—Gracias a ti la gente me conoce mejor y no me consideran un cenizo. Y, bueno, gracias a que me hiciste usarlo, pudiste devolverle la vida y la unión a esta casa y a esta familia. Sólo te necesitaba a ti.
¿Acababa de escuchar todo eso de su boca? ¿Cómo podía decir ese tipo de cosas si pestañear y con esa sonrisa de ensoñación y luego trabarse por rozarme una teta?
…
—¡¿Qué?!
—Accidentalmente. Tampoco hay que hacer un mundo de todo.
—Continúa, anda.
—Sí, será lo mejor.
…
—Eh… —dije retirándome el pelo de la cara algo nerviosa—. Y, ¿la abuela? ¿Crees que es feliz ahora que ya no posee un don?
—No deja de ser curioso ver la puerta de la abuela igual que la tuya, ¿verdad?
—La mía ni siquiera es la mía, yo sigo en la habitación extra…
—Bueno, tu puerta es la de la casa. Es como si toda la casa fuese tu habitación. A mí me parece impresionante.
—Y, si ahora la casa responde a mis deseos y emociones y no a los de la abuela, ¿por que la habitación sigue siendo exactamente igual?
—Quizás te guste así. O quizás… quizás no tengas interés en cambiarla porque ansíes estar en otro lugar.
—¿Qué? ¿Cómo cuál?
—No… no lo sé. Era un ejemplo, sólo un ejemplo.
No entendía qué era lo que había roto el hechizo y le había hecho ponerse nervioso de nuevo, pero sentí que, hubiese sido lo que hubiese sido, verle gesticular de aquella forma tan exagerada, tampoco estaba tan mal.
—Contestando a tu pregunta…
—¿Sí?
—Creo que la abuela es feliz con el cambio. A mi entender, el momento en el que desapareció la magia fue cuando se sintió incapaz de hacerla vivir, y, aunque luego entendió lo que había pasado y que ahora podría hacerlo bien, cuando encargó el pomo para ti, fue como si, aunque simbólicamente porque no creía que la magia fuese a volver, te reconociese el amor y el esfuerzo que habías puesto siempre en cuidar de la familia y en sacarla adelante y te pasase el relevo. Creo que fue ella, inconscientemente pero voluntariamente la que te pasó el don.
—Entonces, el que mi puerta desapareciese cuando era una niña…
—Supongo que apareció para dejarnos claro que tienes un don y desapareció hasta que fuese el momento de hacerlo salir a la luz.
—Pero… cuando ella era la guardiana del milagro, tenía su propia habitación y la vela…
—Eso es porque ella se centró en cuidar del milagro, y tú, en cuidar de la familia. Juraría que te lo hemos dicho antes, el milagro eres tú. Ella guardaba el milagro y tú nos guardas a nosotros. Tú y tu amor lo mantienen vivo. No hacen falta velas…
—Mi amor…
—Ahá…
—Así que, mientras ame a mi familia… ¿no se destruirá el milagro?
—Tú misma se lo dijiste a la abuela, ¿no? No hay nada que la familia no pueda superar mientras estemos juntos; y ha quedado más que patente que tu amor tiene el poder de mantenernos unidos. Es tu naturaleza.
—Así que, puedo amaros a todos sin temor…
Bruno bajó la mirada del cielo, me sonrió con ternura y orgullo y me llenó el alma en una fracción de segundo.
—Ahora ya sabes quién eres, ¿no?
Y tanto que lo sabía. Mejor que nunca.
—Sí, ahora sé quien soy; y por fin tengo claro lo que quiero.
Me levanté, me sacudí la falda y le dediqué la más amplia de las sonrisas.
—Buenas noches, Bruno.
—¿Bru…?
Y, divertida por la cara de perplejidad que se le había quedado, me fui a bailar hasta el agotamiento. Aquella noche quería dormir bien, a partir de entonces, empezaba la verdadera batalla.
