No sé qué pasó aquella noche, pero Mirabel bailó con alegría y desinhibición durante horas, abrazó a todos con entusiasmo una vez tras otra y hasta besó a la abuela. Y yo… no podía sino sonreír al verla disfrutar así.
—¿Pasando un buen rato, cuñado?
La voz de Agustín me sobresaltó y me hizo querer ser tragado por la tierra. ¿Se habría dado cuenta de lo que sentía por su hija? Y, ¿qué era lo que sentía por su hija? ¿Cómo podía si quiera estar teniendo aquellos pensamientos?
—Eh… sí. Es agradable estar de vuelta y… bueno, volver a Casita.
—Tienes razón… La casa de los González era muy acogedora, pero… no hay nada como el hogar.
—Sí…
—Bruno…
¿Agustín llamándome por mi nombre de pila? ¿Él también? Por muy excitante que hubiese sido cuando lo hizo Mirabel sólo unas horas antes, estaba seguro de que de su boca significaba que me acababa de meter en problemas.
—Mirabel…
Ay, Dios…
—Ella está más radiante que nunca. Nunca la había visto sonreír así. Mis tres hijas son hoy infinitamente más felices y naturales de lo que eran hace unos meses. Gracias.
—¿Qué?
Sin duda, eso no era lo que esperaba.
—¿A mí? ¿Por qué? Yo no he hecho nada, ha sido Mirabel la que…
—Tú le diste el coraje que nosotros no supimos darle.
—Eh, yo, sólo…
—Está claro que te adora, y puedo entenderlo.
—Que ella…
—Cuídala, ¿vale? Ella confía en ti.
Oh… Así que, de eso se trataba. Él lo sabía; sabía que ella confiaba en mí y que mi sucia mente la amaba de una forma completamente diferente. La amaba… Finalmente tenía el valor de admitirlo, justo antes de sellar aquellos sentimientos bajo llave. Era su tío, y eso y sólo eso era lo que iba a ser.
—Cuenta conmigo, Agustín. Haría lo que fuese por esa… niña.
—Lo sé. Yo también confío en ti.
Se hizo un doloroso silencio entre nosotros durante el que sólo la apabullante escandalera de la fiesta se aseguró de ocultar el sollozo que no pude contener. Agustín no lo notó, Mirabel no lo supo, y Julieta me sonrió con ternura desde la distancia, probablemente pensando que estaba emocionado por las palabras de agradecimiento de su marido. De nuevo, mi pena, sería sólo para mí mismo.
Aquella noche, por primera vez, dormí en aquella enorme cama que yo no había pedido.
A la mañana siguiente, alguien llamó rítmicamente a mi puerta sacándome de las pocas horas de sueño que había logrado conciliar a ya altas horas de la madrugada cuando mi cuerpo, agotado de seguirle el paso a mi mente, sucumbió al cansancio. Salí disparado de la cama asustado de lo que pudiese estar esperándome fuera y, cuando abrí la puerta, no había nadie frente a ella, pero todos estaban saliendo poco a poco de sus respectivos cuartos mientras Mirabel bajaba las escaleras con alegría.
—Pero, ¿qué…?
—¡Buenos días, tío Bruno!
Luisa apareció a mi lado con una sonrisa relajada que me desconcertó aún más.
—Bu… Buenos días, Luisa.
—¿Todo bien, tío? ¿Te preocupa algo?
—Oh, no, sí, sólo… ¿Has llamado tú a mi puerta?
—¡Ah, eso! ¡Claro, tú no podías saberlo! Ha sido Mirabel. Hace años que lo hace cada mañana. Casita la despierta a ella y ella se encarga de despertar a los demás.
—Ah, ¿sí?
—Mirabel es de esas personas que tienen un chorraco de energía por las mañanas. Yo antes llevaba horas entrenando para cuando ella llamaba, pero, ahora, me lo estoy tomando con más calma y, la verdad, me sorprende ver cómo ella lo hace sin tener que forzarse.
—Sí… ambas sois sorprendentes.
—¡Mira! Ya a salido Camilo; ya estamos todos. ¿Bajas a desayunar, tío?
—Ah, sí, claro, voy.
—Quizás deberías quitarte el pijama antes.
—Oh, eso, sí. Voy… bajo en un instante.
Mirabel… no me dejaba dormir por las noches y me despertaba pronto por las mañanas… Necesitaba buscarme otra cama.
—Buenos días, ¿has dormido bien? —preguntó Mirabel mientras palmeaba el asiento libre que quedaba a su lado entre ella y Agustín.
Mi rostro debió delatarme, pues, al mirarme a los ojos, los suyos se abrieron escandalosamente y reformuló la pregunta.
—¿Has dormido algo, Bruno?
La omisión de la palabra tío removió mis tripas de nuevo y, a la vez, captó la atención de todos los presentes que clavaron sus miradas en Mirabel extrañados.
—A… algo. He dormido.
—¿Bruno? —preguntó la abuela sin salir de su asombro.
—¿Qué pasa? —contestó Mirabel llenándose la boca—. Es su nombre.
La abuela no dijo nada, pero, por su mueca de desconfianza, pude adivinar que aquello no le había gustado. Luego, suspiró, agitó la cabeza como deshaciéndose de algún pensamiento ridículo y comenzó a hablar.
—Familia, ahora que por fin estamos todos…
—Lo siento —dije sintiéndome mal por haberles hecho esperar.
Probablemente, no se refería a los minutos que había llegado tarde al desayuno, sino a los diez años de espera. Pero, de aquellos años, pese a lo duros que fueron, no me arrepentía ni un poquito. Habría vuelto a hacer exactamente lo mismo aquel mismo día si hubiese sido necesario; aunque la despedida habría sido más difícil esta vez. Sin embargo, la abuela no parecía necesitar más, pues sólo me sonrió y continuó.
Sus palabras debieron ser algún bonito mensaje de reencuentro y celebración, pero no pude escuchar ni una sola de ellas, pues, en el momento en que agaché la cabeza tras mi breve disculpa, la cálida mano de Mirabel me dio un reconfortante y cariñoso apretujón en el muslo bajo la mesa, y, lo que fue aún más difícil de manejar, dejó la mano apoyada ahí.
La miré sobresaltado y ella me regaló una hermosa sonrisa de apoyo, o puede que de agradecimiento, no lo sé, pero yo no supe cómo reaccionar, así que, simplemente, tragué saliva lo más discretamente que pude y continué mirando a la abuela luchando por retirar mi atención del fuego que traspasaba mi pantalón y de todas las sensaciones colaterales que aquello me estaba provocando.
Por mucho que anhelase aquel tacto, debía huir de él.
—¡La familia Madrigal! —corearon todos mientras Mirabel me daba un apretón más y retiraba por fin la mano de mi pierna.
—Bruno.
—¡Mamá! ¡Sí! ¡Lo siento, yo…!
—Eh… Bruno, cariño. Creo que sería bueno que hoy dedicases el día a recorrer la zona y observar las tareas diarias de cada uno. Así, quizás encuentres aquello en lo que puedas colaborar.
—Ah… vale.
Así que era eso.
—¡Yo le guiaré! —exclamó Mirabel levantándose vigorosamente a mi lado.
—Oh, no, no, no, no, no. No hace falta. Puedo ir solo. Tú… puedes dedicarte a tus cosas sin preocuparte por mí.
—No es molestia ninguna. De todos modos, tengo que ir para allá. Y me conozco a todos al dedillo; seguro que soy de ayuda.
Mierda. Después de todo por lo que la pobre había pasado, ¿cómo podía poner distancia entre nosotros sin que se sintiese rechazada de nuevo? Quería que supiese que no era ninguna inútil, pero… no podía permitir que se quedase a mi lado todo el día. No podía lidiar con aquella tensión que me invadía a su lado; no quería provocar un accidente.
—Me parece una excelente idea —dijo la abuela asintiendo mientras sonreía a su nieta con la mirada llena de amor.
—¡No! Mamá, Mirabel es demasiado necesaria como para que pierda todo el día conmigo. Yo me apañaré sólo. Ya soy grandecito.
Por lo visto, hacerse el ofendido fue efectivo. Ambas compartieron una mirada de incomodidad y una mueca de lástima y la abuela tomó mi mano con cautela.
—Está bien, hijo, hazlo a tu manera. Confío en ti.
No sabía que la culpa podía doler tanto. El áspero y rechoncho tacto de las manos de mi madre era algo que ya tenía olvidado. Para cuando lo recuperé aquel día en el río, hacía ya mucho más de diez años que no lo sentía. Se perdió con la confianza y con el arropo que me faltó durante tanto tiempo; se perdió con la vergüenza que le hacía sentir. Pero, ahora… ahora que su amor había vuelto sin peros, mi corazón estaba poniéndole la peor traba posible. Ella confiaba en mí, Agustín y Julieta confiaban en mí, Mirabel confiaba en mí, y, yo… yo estaba enamorado de su nieta e hija de quince años. Perfecto.
—Gracias, mamá —respondí vagamente.
—¿Nos vemos esta tarde? —preguntó ella con un atisbo de miedo en la mirada.
Confiaba en mí, pero, cada vez que me veía ir, se notaba cómo se le encogía el corazón como si fuese a desaparecer de nuevo. Supongo que era de esperar.
Asentí y me retiré hacia mi habitación para prepararme bien bajo la apenada mirada de Mirabel.
Habían sido muchos largos y duros años de desolación, pero, en momentos así, echaba de menos mi agujero en la pared.
