Para la cena, no se sentó a mi lado.

A la mañana siguiente, para cuando llamé a su puerta, él ya estaba abajo preparando el desayuno. Una lástima no llegar a verle en pijama como el día anterior. Sin su ruana, ves realmente lo poquita cosa que es y, a la vez, lo grandes y fuertes que son sus manos en comparación. Además, fue sólo unos segundos, pero la caída de la camisa le quedaba realmente bien; me hacía querer desabrocharla y descubrir qué había bajo ella.

Durante el desayuno, se sentó literalmente lo más lejos posible de mí. ¿Estaba huyendo o era casualidad? ¿Le habría asustado? ¿Se habría dado cuenta de lo que sentía por él?

No logré verle en todo el día, no cruzamos ni una palabra en toda la noche, y, cuando nuestras miradas se encontraban, él retiraba la suya todo lo rápido que podía.

Así que, sí que estaba huyendo de mí.

Un día; había intentado ser sincera con mis sentimientos durante un único día y ya le había espantado. Y, probablemente siendo la suya la reacción lógica, ¿por qué me enfadaba tanto? ¡Soy su sobrina! ¡Y tiene treinta y cinco años más que yo! ¡Por supuesto que le horrorizaba la idea de que yo me enamorase de él! Para él… para él sólo era una niña. Y… si intentaba demostrarle lo contrario, seguramente sólo lograría asustarle y alejarle más de mí. ¿A quién quería engañar? Aquello nunca llegaría a ningún lado.

Al día siguiente, no intenté acercarme más, ni hablarle, ni mirarle… Dolía demasiado. Sólo vagué de un lado para otro con la mirada perdida y sin rumbo fijo con el alma arrastrando tras mis pies de la mano de mi sombra.

—¿Estás bien, mi vida? ¿Te sientes enferma?

Mamá siempre tan dulce.

—Estoy bien, mamá. Sólo he dormido mal hoy.

—Toma, mi amor, come.

Le pegué un bocado a aquella arepa tocando madera mentalmente porque realmente arreglase lo que estaba mal dentro de mí y me ayudase a abandonar aquellos sentimientos que oprimían mi pecho al recordar a Bruno tocando madera a su manera, pero, obviamente, aquello no podía funcionar; no había nada físico que curar; así que, puse la mejor sonrisa que pude esbozar, le di las gracias y salí de allí.

—¿Por qué Mirabel parece un fantasma hoy? —preguntó Camilo sin tapujos al entrar a la cocina.

—Ay, Camilo… Hay cosas que la magia no puede arreglar.

No sabía cuánto de esas cosas estaba entendiendo mi madre, pero no tenía fuerzas para pensar en ello, así que lo dejé pasar. Me esperaba un largo día y tenía que invertir mis energías en disimular.

—Si sigues escarbando en ese hoyo, vamos a poder salir del Encanto por él.

Camilo tenía razón. Quizás no era necesario cavar durante quince minutos sin descanso en el mismo punto sólo para plantar unas semillas.

—Eh… Estoy fortaleciendo los brazos. Luego lo volveré a tapar.

—Mirabel… ¿qué te pasa? Sabes que me lo puedes contar, ¿verdad?

Camilo podía ser algo travieso, pero siempre era atento y cariñoso. Me pregunto qué habría sido de mí si no hubiese crecido a su lado.

—No es nada —mentí burdamente—. Sólo estoy algo cansada.

—¿Estás en… esos días?

—¿Qué días?

—La tía dijo que había cosas que no podía curar… Y… bueno…

—Camilo, no estoy con la regla.

—Ah, vale. Y, ¿entonces? ¿Es algo con lo que te pueda ayudar?

—Sólo tengo el ánimo un poco bajo. No te preocupes por mí, se me pasará.

Camilo arrugó el morro y se acuclilló a mi lado frente al enorme hoyo.

—A veces, charlar con el mejor primo de todos los tiempos y un buen abrazo, agilizan el proceso.

Le sonreí. Por primera vez en todo el día, podía esbozar una sonrisa de verdad.

—Tienes razón. ¿Me das primero ese abrazo?

—Todo tuyo.

Camilo me abrazó tiernamente y, entre sus pequeños brazos, por fin pude relajarme un poco; lo justo para tomarle el pelo ligeramente.

—Tienes unos brazos minúsculos, ¿lo sabías?

—¿Prefieres que me convierta en Mariano y te achuche como un oso gigantesco?

—¡No! ¡Mariano no!

—¿Qué tienes en contra del pobre hombre?

—Oh, no. No tengo nada en su contra, pero…

—No le tragas.

—Ni un poquito.

—Yo tampoco.

—Pues ya nos podemos ir acostumbrando, no creo que tardemos en tenerle en casa todos los días.

—No me lo recuerdes…

—Gracias por el abrazo, Camilo. Lo necesitaba.

—¿Aunque haya sido con mis minúsculos bracitos?

—Me gustan tus minúsculos bracitos: son agradables.

—Al menos no son tan huesudos como los del tío Bruno.

Y… se rompió la magia.

—¿A qué viene esa cara? ¿Qué he dicho? —preguntó Camilo sorprendido al encontrarse de repente con mi expresión de desazón.

—No…

—¿Tiene algo que ver con el tío Bruno? Ya se puede hablar de él, ¿sabes?

—Ya lo sé, idiota —contesté riendo—. Es que… últimamente… tengo la sensación de que me rechaza. Quizás le haya ofendido, o asustado, no sé, pero… cada vez que me acerco a él, sale volando en dirección contraria.

—¿Eso es todo? ¡Me tenías preocupado!

Claro, para él no era nada…

—Venga, el tío Bruno es un tipo raro. No se lo puedes tener en cuenta.

—No es tan raro…

—¿En serio…? —contestó arqueando una ceja en tono irónico.

—Bueno, vale, es muy raro, pero…

—Mirabel, se ha tirado diez años escondido quién sabe dónde y relacionándose sólo con las ratas. Probablemente, simplemente no se sienta cómodo con el trato con los humanos. Yo le quiero, ¿sabes? Parece que le acabo de conocer, pero es tierno y pequeñito, y se hace querer, pero también parece frágil y herido, y eso no creo que lo pueda superar en unos meses. Ha pasado por mucho. Pero, no sufras, no hay alma en este mundo que se pueda resistir a tu encanto. Volverá a ti.

—¿Era un juego de palabras?

—¿El qué?

—No tenía que haber preguntado, quedabas más cool antes.

—¿Qué juego?

—Da igual.

—Venga, Mira, no me dejes así.

—Camilo, gracias. Me siento mejor ahora.

No podía explicarle a Camilo el auténtico origen de mi dolor, pero, al menos, sabía que siempre tendría ahí a ese pequeño duende descarado cuidando de mí.

—Me alegro. Cuando quieras, ya sabes dónde encontrarme.

—¿Lo sé?

—¡Claro! ¡En tu hoyo! ¡Si ya ocupa medio Encanto!

—Qué exagerado eres… ¿Me ayudas a taparlo?

—Yo me encargo, tú vete a descansar un poco.

—Vale, te lo compensaré.

—Ya lo has hecho.

—¿Cóm…?

—¡Venga! ¡Lárgate!

—Vale, vale… Te quiero, Camilo, ¿lo sabes?

—Algo sospechaba —contestó levantando un montón de tierra con la pala justo antes de mirarme una última vez—. Yo también te quiero, Mirabel.

Tras aquella extraña charla, volví a Casita agradecida por poder contar con mi dulce primo y por poder tomarme un descanso antes de acabar provocando un accidente. Después, pasé por la cocina a saludar y subí a mi habitación. Habría sido un buen día para dormir sin más, pero, mis ojos, aún no estaban preparados para dejar de llorar.