—Bruno, hermano, ¿estás libre?

—Julieta… Sí. Acabo de volver del pueblo. ¿Necesitas algo?

—Parece que Mirabel no se encuentra muy bien hoy, así que le he preparado un tentempié hasta la cena. ¿Me harías el favor de dárselo?

—¡¿Mirabel está enferma?!

Dios, y yo la había dejado sola cuando se había ofrecido a venir conmigo. A saber lo mal que lo habría pasado sola y enferma.

—No… No es eso. Parece desanimada, pero no me ha contado por qué. Esta muchacha… tiende a guardarse sus sentimientos para ella misma, ¿sabes? No le gusta preocupar a los demás.

—Lo sé…

—Yo tengo que ir a casa de los Rodríguez ahora mismo. ¿Puedo contar con que se lo lleves?

—Sí, claro. ¿Dónde está?

—En su habitación.

—De acue… ¡¿qué?! En su… Pero…

—Gracias, hermano.

Julieta me estrujó entre sus brazos sin dejarme hablar, me plantó un beso en la mejilla y salió prácticamente corriendo de la casa.

—¿A su habitación? ¿En serio?

Podía hacerlo. Sólo se trataba de llamar a la puerta, dejarle la comida en el escritorio y volver a salir de allí. A aquellas horas, seguro que no iba en camisón, por lo que no vería nada indecente, y sólo sería su tío cuidando de ella como Agustín quería; nada más.

Llamé a la puerta rítmicamente y susurré un "toco madera" que me diese el valor necesario para entrar a aquella habitación.

—¿Mirabel? —pregunté medio susurrando y asomando la cabeza lentamente tras la puerta al no recibir respuesta.

—¿Qué haces aquí, Bruno?

En serio, ¿a qué venía lo de dejar de llamarme tío? ¿Era acaso su forma de decirme que después de diez años sin verme no me podía considerar familia? Y eso… ¿era malo? Debería haberme parecido triste, pero… no me sonaba tan mal.

—Oh, eh… Julieta me ha pedido que te trajese es…

Por fin entró en mi ángulo de visión y mató de un plumazo todas las palabras en mi garganta. Sus ojos y sus labios estaban rojos, sus mejillas brillantes, su pelo despeinado… Había estado llorando, mucho.

—¡Mirabel! ¿Estas bien? ¡¿Qué te ha pasado?!

Dejé el plato en la mesita de su máquina de coser y corrí hacia ella.

—No es nada… Gracias por la comida —contestó con voz nasal restregándose las mejillas con la palma de las manos.

—Oye, si… O sea, si… Es igual. Te dejo con tus cosas y, ehm… bueno… adiós.

Salí de allí y cerré la puerta. Claro que no me lo iba a contar: no se lo había contado ni a su madre, ¿cómo me lo iba a contar a mí? Pero… ¿de verdad tenía que dejarla sola? Parecía estar sufriendo. Di un par de pasos en dirección a las escaleras; no tenía derecho a meterme en su vida; no podía hacerlo.

Unos cinco segundos después, estaba abriendo nuevamente aquella puerta azul y gastada y asomando la cabeza por ella.

—De no ser que… quieras… compañía o… hablarlo o… nah, da igual, son tonterías; claro que no quieres que me quede. Aunque, bueno, si necesitas algo…

Suficiente, Bruno. Mirabel me miraba con los ojos como platos y me di cuenta de lo ridículo que estaba resultando todo aquello.

—Lo siento, ya te dejo. Que… que aproveche.

Me giré para marcharme de nuevo de allí y asumir de nuevo que mi lugar no estaba a su lado cuando su voz, suave y temblorosa, me abrazó por la espalda.

—Me gustaría que te quedases.

—Ah… ¿de verdad? —pregunté extrañado.

Mirabel rompió a reír y mi alma respiró durante unos segundos.

—Venga, siéntate —dijo haciéndome hueco a su lado en el borde de la cama.

—Oh, no, no, no. Yo me quedo aquí.

—Siéntate ahora mismo o déjame sola.

¿De verdad? Acorralado entre la necesidad de huir de ella y la imperiosa necesidad de arroparla cuando lo necesitaba. Imperiosa necesidad le podía a la necesidad sin más, así que accedí tímidamente a su imposición. Me senté a su lado dejando un par de palmos de distancia de seguridad entre su cuerpo y el mío y me estremecí al darme cuenta de que, aún así, podía sentir su peso en el colchón y su calor irradiado hacia mí.

—Ehm, un… ¿un mal día?

—¿Puedo no hablar de ello? Preferiría simplemente tener compañía y… ¿un abrazo?

¿Acaso podía decirle que no a esa mirada cristalina? Ni en mil años. Recoloqué la almohada en silencio, apoyé la espalda en ella contra el cabecero y abrí mis brazos de par en par.

—Ven aquí. (* Aquí debería ir incluido un fanart que no tengo ni idea de cómo colocar, así que, si os apetece, podéis verlo en mi Tumblr hiptoff o en AO3.)

Mirabel se lanzó contra mí y, en lugar de llorar como yo esperaba, sonrió relajadamente y se quedó acurrucada entre mis brazos. Aquello era odioso. Era mi sobrina buscando cobijo en su tío y, sin embargo, yo sólo podía sentir que aquel era definitivamente el lugar al que pertenecía; que la felicidad estaba en rodear a aquella muchacha con mis brazos y en sentir cómo los suyos casi partían mi cintura.

Y me dejé llevar. Se suponía que era yo el que la estaba reconfortando a ella, pero era su calidez la que me arropaba a mí. Para cuando me quise dar cuenta, el sol de la mañana estaba bañando su hombro ligera y sensualmente descubierto sobre mi pecho y yo estaba lentamente recuperando la consciencia después del sueño más reparador y placentero que recordaba haber tenido en toda mi vida.

Entonces, como llamada por mi despertar, Casita trajo hasta nosotros uno de aquellos insoportables relojes despertador y el trasto empezó a sonar estridentemente haciéndome abandonar definitivamente aquel estado de adormilamiento que me mantenía parcialmente al margen de la realidad.

—¡Mirabel!

—¡Oh, Dios mío, Bruno! —exclamó ella incorporándose violentamente y casi noqueándome de un cabezazo en la barbilla— ¡Estás aquí!

—Pero, ¿qué ha…? ¿Cómo…?

—¡¿Nos hemos dormido?!

—¡No, no, no, no, no, no, no…! Mirabel, lo siento muchísimo, yo…

Debería haber extendido más aquella disculpa, pero olvidé cómo articular palabra. Sus ojos estaban ahí mismo, a escasos centímetros de los míos; su respiración agitada se encontraba con la mía y empañaba ligeramente sus medio descolocadas gafas; sus mejillas, completamente sonrojadas, casi deslumbraban mi vista y, su cuerpo… su cuerpo estaba tenso, sentado sobre el mío, como esperando unas instrucciones que no parecían ir a llegar.