Si no iba a poder ser mío, al menos le abrazaría hasta no tener más remedio que soltarle. Eso fue lo que pensé aquella tarde cuando me ofreció sus brazos sentado en mi cama con aquella tierna sonrisa; no esperaba que, aquel mismo abrazo, se convirtiese en el lecho sobre el que pasaríamos nuestra primera noche juntos.
Al despertar, casi le dejo seco del golpe, pero no tuve ni tiempo ni cabeza para disculpas; no podía creer lo que estaba viviendo. Su cuerpo se encontraba bajo el mío, tenso y firme, pero cauteloso a la par. Entonces, alcé la mirada y los vi: aquellos enormes ojos verdes. No eran vibrantes, no eran llamativos, pero estaban llenos de preciosos matices que quería ser la única que pudiese conocer. Las ojeras no habían desaparecido, pero eran menos profundas que de normal, y su nariz… su inmensa y entrañable nariz, casi rozaba la mía. Después vi sus labios; parecían congelados, esperando a que llegase alguien a devolverles la vida y el calor.
Su cabello estaba despeinado, algo más que de normal, y, la cercanía que había entre nosotros, me permitió apreciar el atractivo toque que aquella corta y desaliñada barbita le daba a su mandíbula. Me fijé en la bajada de su cuello, y en su marcada nuez… Ufff… ¿de verdad tenía cincuenta años? Temí perderme.
Pero Casita se aseguró de que no tuviese la posibilidad agitando la cama hasta hacernos bajar.
—Está bien, está bien. Ya me preparo —le dije a Casita recuperando por fin la compostura mientras Bruno se quedaba plantado en el sitio como perdido en un laberinto infinito sin tener ni idea de por dónde ir. —¿Has dormido bien? —le pregunté con una sonrisa un poco burlona.
—Lo cierto es que… sí.
Bruno se miró las manos y luego me miró a mí prácticamente conmovido.
—He dormido bien… Yo… yo no recuerdo haber dormido bien… nunca.
—¿Nunca?
—¿Has dormido bien tú? —preguntó con genuino interés por mi descanso justo después de soltar aquello como si no fuese nada por lo que preocuparse.
—He dormido bien, pero… ¿tampoco duermes bien ahora que has vuelto a Casita?
Ya hacía una temporada que el tono de su piel se estaba volviendo más vivo y sano; ya no parecía constantemente enfermo. Recibir los rayos de Sol directamente en la piel, estaba marcando una gran diferencia. Viéndole mejorar tan rápidamente, no podía esperar que en realidad sus noches no estuviesen siendo de descanso.
—Ah… no… no estoy acostumbrado a la cama y… Pero, espera, nos estamos yendo del tema.
—¿Del tema? —pregunté más sorprendida que realmente esperanzada.
—No… no quiero que nadie piense mal de ti, ¿sabes? Tengo que salir de aquí antes de que se levanten todos.
—No te preocupes, no hemos hecho nada malo, ¿o sí?
—No, supongo que no, pero… la gente…
—No te preocupes por la gente. De todos modos, soy yo la que les despierta todos los días.
Asintió como queriendo creer que tenía razón, agitó su ruana tratando en vano de disimular las arrugas y se dirigió a la puerta.
—Buenos días, Mirabel.
—Muy buenos días, Bruno.
Sonreí de oreja a oreja sin poder creer aún que él me hubiese arropado de aquella forma y tratando de no escuchar a la voz que me decía que sólo lo había hecho porque soy su sobrina y que no significaba nada para él. Luego, le adelanté, abrí la puerta y salí decidida hacia la puerta de Isabela dispuesta a esperar unos segundos para dar tiempo a Bruno hasta llegar a la suya. Era ridículo, pero, esconder aquello así, juntos, tenía algo de emocionante que hacía que realmente sintiese que habíamos hecho algo más que dormir. Sin embargo, la emoción pronto se convirtió en pánico cuando, tras dar no más de cinco pasos hacia mi objetivo, escuché la voz de mi madre a mis espaldas.
—¿Bruno?
Me giré horrorizada y vi cómo Bruno, aún saliendo por mi puerta, se iba poniendo aún más pálido que cuando vivía en las paredes. ¿Qué debía hacer? ¿Qué debía decir? No podía dejarle solo…
Mi madre me miró como tratando de desentrañar algún misterio, pero no hizo ninguna pregunta, sólo cogió una de las arepas que llevaba en el plato que, por lo visto, me llevaba a la habitación y se la ofreció a Bruno.
—Toma, hermano, come.
Bruno tomó la arepa sin articular palabra y asintió de nuevo y mi madre le sonrió complacida y se volvió por dónde había llegado. ¿Qué acababa de pasar?
Bruno y yo nos miramos desconcertados durante unos segundos hasta que escuchamos de nuevo la voz de mi madre desde el patio de la casa.
—Hora de despertar a todos, mi vida.
—¡Sí, mamá!
Llamé como ella me dijo a la puerta de Isabela y vi de reojo cómo Bruno cerraba cuidadosamente la mía y se iba dándole un mordisco a aquella arepa.
—Está bien, Mirabel, céntrate. ¡Hora de empezar el día!
Aquel día, Bruno volvió a sentarse a la otra punta de la mesa durante el desayuno, y, teniendo a Félix en medio, ni siquiera pude llegar a verle, pero pude sentir que las miradas de todos se centraban en él. ¿Se habrían enterado? ¿Se lo habría contado mi madre? Imposible, ella no haría algo así.
Cuando acabó el desayuno, me acerqué a ella sin saber muy bien cómo hablarle.
—Mamá, ¿podemos hablar un momento?
—Claro, mi vida, ¿qué necesitas?
—Ehm… ¿en privado? —dije más bien susurrando.
—Lo has notado, ¿verdad? ¿Qué te parece?
—El qué, ¿mamá?
¿Por qué de repente parecía ilusionada? ¿De qué creía que le quería hablar?
—¿Cómo? ¿No te has dado cuenta? Yo creía que lo habían notado todos menos él.
—¿El qué? ¿Quién?
—Espera, que te lo enseño, sólo no digas nada, ¿vale?
—Vale…
—Bruno, ¿me acercas aquella jarra antes de irte, por favor? —vociferó mi madre sobresaltando a Bruno por razones evidentes.
—A… aquí tienes. ¿Necesitas algo más?
—No, eso era todo. Gracias.
Bruno me miró tímidamente durante unos segundos y luego se retiró con su habitual andar ligeramente inseguro y, probablemente, preguntándose si habíamos hablado algo de lo de aquella noche, pero a mí ya no me preocupaba en absoluto lo que mi madre me pudiese decir: ya no podía pensar en otra cosa más que en lo que acababa de ver.
—¡¿Qué le ha pasado a Bruno?!
