—¿Impresionada?

—¿Qué…? ¿Cómo…? ¿Qué le has hecho?

—Sólo le he compensado un poco por el tiempo perdido.

—¡Mamá! ¡¿Qué estás diciendo?! ¡Parece que le has hecho nuevo!

—Bueno, tampoco nuevo. Sólo he sanado su organismo de los diez años que ha estado sin mis cuidados y de otros cinco más como hice en su momento con Pepa, Félix, tu padre y conmigo.

—¿Vosotros? Espera, ¡¿le has quitado quince años?!

—No se los he quitado, sigue teniendo cincuenta, sólo que mejor llevados. Ahora se parece más al hermano que recuerdo de antes de que se fuese, pero tiene mejor aspecto que entonces, la verdad.

—Mamá… ¿me vas a explicar de qué estás hablando? ¿Cuándo te has quitado tú cinco años?

—Ay, mi vida. No de golpe como a él. Verás… cuando Bruno se fue… fue un duro golpe para la familia. Todos nos volvimos mustios y frágiles como una flor a punto de morir. Es difícil asumir la pérdida de alguien a quien quieres, ¿sabes? Y, sobretodo la abuela… era la segunda vez que pasaba por algo así; sentí que debía ayudar a la familia, pero, no podía sanar un corazón triste, así que le dejé eso al tiempo y el amor de la familia y me centré en devolverle el vigor a su cuerpo. Desde aquel día, fui regenerando el desgaste producido en la abuela progresivamente, día tras día, hasta el día de hoy. Ahora mismo, su cuerpo aparenta la misma edad exactamente que cuando Bruno desapareció.

—O sea que, ¿la abuela estaría diez años más estropeada si tú no hubieses usado tu magia con ella?

—Así es. Tiene una vida muy activa y se vuelca mucho con la comunidad, no quería que los años le pesasen tanto que no pudiese cumplir con el que ella sentía que era su deber. Supongo que se puede decir que hice trampa.

—Y, ¿vosotros?

—Bueno, los años no pasan en balde, y, a partir de los cuarenta y cinco, empecé a notar que nos pesaban más también. Había mucho que hacer, mucha gente de la que cuidar y…

—Y lo empezaste a hacer con vosotros también.

—Exacto. Menos la abuela, el estado físico de todos es el de hace cinco años.

—Y, a nosotros…

—No, mi vida. A vosotros sólo os he ido curando las necesidades puntuales, no jugaría con vuestra edad.

—No creo que me importe que me quites diez años cuando llegue a tu edad, ¿sabes?

—¿Seguro?

—¡Claro! ¿Quién se quejaría de sentirse diez años más joven?

—Pero, ya sabes, mi vida, que eso acentuaría la diferencia de edad.

—¿Qué diferen…? Oh. Mamá…

—Él ha sufrido más que todos nosotros juntos. En vez de perder a un miembro de la familia, perdió a la familia entera. Y, no quiero ni pensar cómo ha pasado todo este tiempo sin tener nadie que pudiese curar sus heridas o enfermedades…

—No te preocupes por eso, se las apañó para comer de tu comida.

—Mira, no es mi comida la que sana por sí misma. Para que mi magia funcione, yo tengo que saber que estoy curando. Necesito saber a qué me enfrento para poner la voluntad de sanarlo. Yo no sabía que él comía lo que yo cocinaba, por lo que nunca puse voluntad ninguna en sanarle. Todo este tiempo, se ha valido por sí mismo, ha sufrido solo y ha salido adelante por su cuenta.

Un nudo se apretó fuertemente en mi estómago. Bruno… ¿lo habría pasado realmente tan mal? Ni siquiera estando enfermo había tenido una mano amable a su lado, una sonrisa, o una sopa calentita… Todo lo que le acompañó en los peores momentos fue el eco de las voces que se aseguraban de no mentar su nombre.

—¿Por eso querías compensarle? —pregunté conteniendo las lágrimas que mi alma luchaba por derramar.

—Ojalá pudiese hacer algo más por él. Lo que mi hermano ha pasado por protegerte… eso no se lo podré pagar nunca.

Por protegerme…

—No te culpes, Mira. Fuimos nosotros los culpables de que se fuese, no tú. Tú sólo eres una víctima al igual que él. Pero, mi niña, ¿sabes qué? Tú has tenido la garra para cambiar el destino de esta familia y evitar que haya más víctimas. Todos, incluido Bruno, te debemos a ti lo que somos ahora. Estáis en paz, ¿vale?

—Pero, mamá… Yo…

—Quieres darle más que eso, ¿verdad?

Asentí aterrada por lo que pudiese pasar a partir de aquel momento, pero, si había una persona sobre la faz de la Tierra a quien no quería ocultarle mis sentimientos, era ella.

—¿Me contarás qué ha pasado esta noche?

—No ha pasado nada, mamá; lo prometo.

—Y, ¿qué es lo que quieres que pase, Mirabel? ¿Qué sientes por él?

Me mordisqueé el labio. Quería decirlo, pero no encontraba las palabras para hacerlo, o quizás era el valor lo que me flaqueaba. Mi madre suspiró y colocó con ternura uno de los mechones de mi cabello.

—Hace tiempo que tu padre y yo lo notamos, ¿sabes? Hay cosas que es difícil no ver.

—¡¿Papá también?!

—Parece despistado, pero sabe ver lo esencial.

—Y… ¿cómo se lo ha tomado? ¡No! No me lo digas, prefiero no saberlo.

—Seguro que puedes encontrar el momento para averiguarlo por ti misma.

—Mamá, yo… lo siento.

—No lo sientas, Mira: amar nunca es malo. Pero piensa muy bien lo que quieres hacer antes de dar cualquier paso. Las cosas se pueden poner muy complicadas.

—Pero… es tu hermano.

—Y le quiero, y quiero que sea feliz. Y, si su felicidad eres tú y tú eres la suya, tenéis todo mi apoyo. Haré lo que esté en mis manos para ayudaros, mi vida.

—No te molestes. Sólo soy una niña para él. Nunca me verá como a nada más que su sobrina.

—Quizás. O quizás, de nuevo, esté siendo juzgado sin saber —contestó guiñándome un ojo.

—Ya… —contesté con incredulidad—. Gracias, mamá.

Mi madre me abrazó tiernamente y yo la estrujé con fuerza entre mis brazos. ¿Podía ser real? Aquel momento que estaba viviendo… ¿De verdad mi madre me acababa de dar su bendición para intentar algo con mi tío?

—¡Espera, espera! —exclamé despegándome bruscamente y buscando en su mirada— ¡¿Por eso le has rejuvenecido?! Para… ¿mí?

—No sólo para ti. Todo lo que he dicho antes era verdad.

—Pero, si no tenía tu magia… ¿cómo se las apañó para moverse tan ágilmente el día que le conocí? ¿Qué es? ¿Un mono?

—¿Bruno? Siempre ha sido como un mono. Pequeñito, escurridizo y sorprendentemente ágil. Un poco torpe a veces, pero eso es más por los nervios. Además, probablemente aquella infinidad de escaleras de su habitación le ayudó a conservar la forma durante años.

Si se movía así sin la ayuda de la comida de mi madre… ¿cómo se movería después de ser rejuvenecido? Los colores se me subieron y supuse que debía descartar aquel pensamiento, al menos, por el momento.

—Pero, si estabas pensando también en mí… ¿Por qué no rejuvenecerle más? Podrías haber hecho que aparentase mi edad.

—Oh, no. No puedo hacer eso. Puedo regenerar la pérdida, pero no involucionar su desarrollo. Supongo que, como mucho, le podría haber llevado hasta los veintiuno o así.

—Pero, le has dejado mucho más mayor.

—Mirabel, mi niña, te has enamorado de un hombre de cincuenta años. Y, no sólo le amas, te sientes atraída por él, ¿o me equivoco?

—No… no quiero hablar de eso con mi madre.

—Como quieras, pero, tendrás que admitir que te van los maduritos. Después de verle con cincuenta, con veinte te habría parecido un niño. Estoy segura de que lo disfrutarás más así.

—Ma… ¡mamá!

—Además, tampoco quiero que él se sienta extraño. Así, quizás se sienta más vital, pero no más niño. Piensa que él ni siquiera se ha dado cuenta del cambio.

—¿No lo sabe? ¿Cómo es posible?

—Bruno siempre ha sido muy supersticioso y no le gustan los espejos, así que sólo sabe cómo es su cara a rasgos generales de verse reflejado en el río o en los charcos. No ha visto su reflejo en diez años…

—¿De verdad? ¿No se ha mirado ni en una cuchara?

—Probablemente no, pero, aun si lo hubiese hecho, ¿crees que notaría la diferencia? ¿Con una cuchara?

—O sea, que, ¿no va a saber que ahora aparenta treinta y cinco?

—Ay, mi vida, se enterará pronto: no creo que Camilo se aguante las ganas de enseñarle el antes y el después…

—Y, ¿lo encajará bien?

—No sé qué habría pasado antes, pero, ahora… creo que no le disgustará.

—¿Por qué?

—Mira, cielo, me pasaría el día aquí hablando contigo con mucho gusto, pero tengo que ir al pueblo. ¿Tú no tienes nada que hacer?

—¡Isabela! ¡Estará ya trinando!

—Corre con ella.

—Si vuelvo llena de espinas de cactus, ya sabes por qué es.

Mi madre rio negando con la cabeza aunque las dos sabíamos que existía la posibilidad de que mi broma se cumpliese, me dio un achuchón y un beso en la mejilla y se cargó dos bandejas llenas de comida para repartir por el pueblo.

Siempre supe que tenía una madre magnífica, pero, desde aquel día, entendí hasta qué punto aquello era verdad.