Como Julieta prometió, aquello de recuperar la jovialidad de los treinta y cinco no estaba tan mal. No había grandes diferencias en mi movilidad, pero sí que acababa los días algo menos cansado y, si la transformación de Camilo era fiel a la realidad, las bolsas de mis ojos estaban algo menos marcadas y mis mejillas algo menos caídas. También tenía menos canas, pero me sorprende la cantidad de canas que tenía ya a los treinta y cinco. Por lo demás, poco había cambiado, tampoco es que fuese un Mariano antes de envejecer. Lo que no acabo de entender, es por qué Camilo representaba a mi versión cincuentona como un hombre de dos metros de alto. Le quiero con locura, pero, a veces, ese chico es un enigma para mí.
Por otro lado, me gustaba cómo, de repente, la diferencia de edad entre Mirabel y yo ya no era tan llamativa, aunque, aún así, era destacable. Seguían siendo veinte años de físico y treinta y cinco de corazón. Seguía siendo muy viejo para ella, y seguía siendo su tío. Y, eso, por duro que fuese admitirlo, ni la magia de Julieta lo podría cambiar.
Ella dijo que me lo debía por cuidar de su hija y sacrificarme por ella, que debía disfrutarlo en lugar de sentirme culpable, y que tampoco me preocupase tanto, que como ellas estaban tan estupendas, tampoco se notaba tanto la diferencia. "Trillizos hasta la muerte", añadió Pepa con un tono que crucé los dedos porque no fuese amenazador. Pero, yo no quería nada a cambio de ayudar a Mirabel; ni siquiera tengo claro que realmente le hubiese sido de ayuda. Si me hubiese quedado, quizás ella habría crecido con al menos una persona que creyese en ella por completo y no habría sentido que necesitaba ser alguien diferente. Y, así, quizás no me habría enamorado de ella y, quizás, habría sido más apto para estar a su lado de la forma que realmente me correspondía.
Pero no tenía sentido seguir dándole vueltas a aquello. Los meses habían pasado y todo parecía danzar en un extraño y vulnerable equilibrio que yo no quería quebrar.
Desde la noche que pasé en el cuarto de Mirabel, supe que no podía seguir huyendo de ella. Doliese o no, fuese difícil de conciliar o no, si ella necesitaba a alguien, yo quería estar ahí. No la dejaría sola nunca más. Y, desde entonces también, ella parecía más alegre de nuevo. Nunca llegué a saber lo que la afligía aquel día, pero, fuese lo que fuese, pareció volar con una buena noche de sueño. Y, Julieta… no sé qué pensó de lo que vio, la verdad, pero nunca sacó el tema y yo no sería el tonto que lo sacase por ella. Supongo que asumió que aquello sólo era un tío cuidando de su sobrina cuando se sentía triste y nada más. Probablemente es lo que cualquiera pensaría y, probablemente, es lo único que fue.
—¡Feliz cumpleaños, hermano!
Cierto, estaba rehaciendo el camino hacia los cincuenta. Si entonces con cincuenta y uno aparentaba quince años menos, eso significaba que, para cuando realmente aparentase otra vez los cincuenta, Mirabel tendría treinta… No podía ni imaginar la increíble mujer que sería con treinta años. Lástima que, para entonces, yo en realidad fuese a tener sesenta y cinco…
—Ah… felicidades, hermanas.
De pronto, una difusa nube blanca se posó sobre nosotros y frescas gotitas de lluvia comenzaron a caer sobre mojado. Estábamos de nuevo en plena época de lluvias, pero eran las lágrimas de Pepa las que motivaban esta vez el remojón.
—Pepa, amor, ¿qué te pasa? —preguntó Félix cogiendo tiernamente una de sus manos con la suya mientras enjugaba sus mejillas con la otra.
—¿No es maravilloso? Después de tanto tiempo, celebrarlo juntos otra vez es…
La abuela abrazó a Pepa y nos invitó a Julieta y a mí al abrazo. Ella se unió rápidamente y me arrastró sabiendo que era difícil para mí unirme por cuenta propia por muchas ganas que tuviese. Entonces, Félix nos estrujó también y Agustín se dedicó a sacar fotos mientras la lluvia desaparecía por completo dando lugar al más brillante de los arcoíris.
—Pepa, gracias por… —traté de expresar con palabras aquel sentimiento de calidez, pero aquel no parecía mi fuerte. Gracias a Dios, ella captó el sentimiento mejor que las palabras y me achuchó aún más fuerte.
—Te quiero, hermano.
—¡Todos a fuera! —exclamó vigorosamente Luisa irrumpiendo en el patio—. Oh, lo siento, ¿interrumpo algo?
—Nada, cariño —dijo Pepa apretando mi mano—, ya vamos.
El espectáculo al salir era digno de alabanza. El patio exterior había sido cubierto con un hermoso y florido cenador que protegía de la lluvia a una engalanada mesa decorada con servilletas obviamente bordadas por Mirabel. Camilo esperaba dispuesto a atender las mesas como todo un camarero y, Dolores, entonaba una suave melodía.
Como en toda buena celebración, la comida no tardó en volar, la música se animó y el baile comenzó y, como en cada celebración, mi mirada viajaba de unos a otros disfrutando de la alegría en sus expresiones y de la energía que transmitían.
—¿Bailas, Bruno?
Mirabel nunca me forzaba a bailar, pero siempre intentaba sacarme de mi rincón de confort.
—No, no, no, no, no… no. Ya sabes que yo no bailo. Pero, gracias por el ofrecimiento.
—Está bien, pero, antes de irte a la cama, avísame, ¿vale? Tengo algo para ti.
—A… a… ¿algo? ¿Qué clase de algo?
—Lo averiguarás en un rato, pero, si bailas conmigo, te lo cuento antes –dijo guiñándome un ojo con todo el descaro del mundo.
—Ah… esperaré, lo siento —contesté riendo ante su burdo intento de hacerme bailar.
—Sabía que dirías eso.
Y, como vino, se fue. Y arrastró con ella la energía de toda la sala, haciéndola arremolinar como un torrente mágico que la envolvía y la hacía brillar más que la más brillante estrella del universo. Era hipnótica. Donde ella pisaba, lo invadía todo la alegría y el entusiasmo. Era una auténtica mariposa revoloteando de un lado a otro y provocando huracanes al otro lado del patio.
Las horas corrían tras sus talones y, el momento que tan intrigado me tenía, se acercaba.
Para cuando la abuela se retiró a su habitación, Mirabel corrió a buscarme, quizás temiendo que yo también me acostase, y me arrastró de la mano por toda la casa hasta llegar al lado de la puerta de la habitación de Dolores.
—¿Preparado para mi regalo?
—No… no lo sé. ¿Está en la habitación de Dolores?
—¡No! Justo al lado.
Al lado de la habitación de Dolores estaba la de Camilo, y, al otro lado, el cuadro que ocultó tiempo atrás el túnel que me acogió durante tanto tiempo.
—¿Qué…?
—Retira el cuadro.
La miré desconcertado y, por alguna razón, con un nudo en la garganta, pero ella arqueó los ojos impaciente y abrió la entrada por sí misma.
—¡Sorpresa!
No podía ser. Allí estaba, mi agujero… No, ¡qué va! Aquel no era mi agujero, aquel estaba mucho mejor hecho. Y, el interior…
—Mirabel, ¿qué…?
—Vamos.
De nuevo, cogió mi mano sin darme tiempo a procesar lo que estaba pasando y tiró de mí hacia el hueco entre las paredes dejando que el cuadro lo cerrase tras nosotros.
—Esto es… increíble…
Las paredes, los suelos… nada tenía que ver con el zulo gastado en el que yo pasé mis días. Aquello estaba equipado y acabado como una auténtica casa, estrecha, pero una casa.
Sin mediar palabra, pero con una sonrisa de oreja a oreja, me guió con orgullo por los pasillos hasta la puerta del que fue mi hogar y la abrió ante mí. Era mi salita, con mi barril, mis escobas contra las visitas, mi butacón descosido ¡e incluso mi hamaca! Pero, a la vez, tenía un aire hogareño y acogedor. No había cubos llenos de cacharros de cocina ni herramientas, ni platos, ni botas viejas. Había pequeñas plantas de interior aromatizando el lugar, una iluminación cálida y montones de pequeños tapetes de ganchillo en los muebles.
—¿Te gusta? —preguntó emocionada mientras yo luchaba por cerrar la boca.
—Esto es… ¿para mí?
—Es tuyo.
—¿Por… por qué?
—Bueno, hace tiempo, dijiste que no estabas acostumbrado a tu cama y me acordé de la hamaca que había aquí plegada y pensé que probablemente agradecerías tener un sitio en el que refugiarte cuando te cansas de el constante exceso de compañía que hay siempre en esta casa o cuando quieras relajarte en un sitio más… ya sabes, más incómodo pero no tanto como dormir en el suelo o en la arena…
—Mirabel, gracias.
Me había dejado sin palabras.
—Dáselas a Casita, casi todo lo ha hecho ella. Bueno, las plantas se las pedí a Isabela.
—¿Casita? Pero… Casita no respondía aquí dentro.
—Eso era antes. Probablemente porque la casa respondía a los deseos de la abuela y no podía tener deseos sobre un lugar que no sabía que existía. Como yo sí que lo conocía y ahora parece que responde a mis deseos pues…
—Se ha abierto para ti. Impresionante.
—No, se ha abierto para ti. Aunque… me he tomado una pequeña libertad.
Mirabel cruzó los brazos tras su espalda y dirigió la Mirada hacia la mesa de madera en la que yo solía comer. Aquella mesa no estaba decorada con tapetes, ni luces, pero algo había cambiado. Mi plato estaba ahí, a la luz de la rendija, pintado como siempre, pero, en frente de él, había otro plato más; uno plagado de mariposas y con un nombre diferente pintado en él: Mirabel.
—Si te parece bien… quizás podríamos compartir alguno de esos ratos de calma aquí. A mí también me apetece, durante un día, durante un rato, poder disfrutar de la paz de no tener que atender a los requisitos de la familia o del pueblo. Me imagino que es más duro para ti, por supuesto, pero…
—Pero, mientras estés aquí dentro, no podrán encontrarte.
—La idea es que sea un oasis para ti, pero, si algún día quieres algo de compañía en él…
—Mirabel, este lugar… yo… gracias. No… no creo que haga falta que te lo diga: tú no necesitas permiso para entrar aquí, ésta es tu casa también.
—Gracias, Bruno.
Mis ojos se abrieron como platos ante su imagen sonriente y ligeramente tímida. ¿Por qué me hacía tan feliz el nivel de complicidad que aquel regalo suponía? Me encantaba la idea de haber recuperado mi agujero y, realmente, me fascinaba cómo lo había arreglado, pero… pero lo que más me gustaba de aquello era que sólo lo sabíamos ella y yo.
Porque… sólo lo sabíamos ella y yo, ¿verdad?
—Ehm… Mirabel… ¿lo sabe Isabela?
—¿Por las plantas? No, se las pedí y me las dio sin preguntas.
—Y… entonces, a parte de ti, nadie…
—Nop. Nadie en absoluto. Ésa es la gracia. De hecho, Casita no dejará pasar a las ratas tampoco. Sé que no te molestan, pero se lo contarían a Antonio.
—Así que…
—Será nuestro secreto.
¿Por qué en aquellos momentos sentía como si, de los dos, el niño fuese yo?
—Oye, Bruno, ¿cómo encontraste este lugar la primera vez?
—Ah, fue fácil. Sólo tuve que seguir a las ratas.
—¿Hace mucho?
—Hm… rondaría tu edad, probablemente.
—Y… ¿desde cuándo… te llevas tan bien con ellas?
—Ah… eso… bueno…
Me sentía vulnerable y me asustaba desnudar mi alma, pero, aquel butacón y su cándida mirada me dieron la fuerza que necesitaba.
—Yo era sólo un niño, no creo que hubiese cumplido los seis años aún, y… bueno, la gente no tenía problemas en pedir profecías de todo tipo.
—¿A un niño?
—El caso es que… los resultados no solían ser de su agrado y… ya sabes, comenzaron a tratarme de cenizo. Y, para un niño, ese rechazo… En fin. La cuestión es que, un día, profeticé un pequeño corrimiento de tierras y la familia que trabajaba el terreno fue a inspeccionarlo.
—Oh, no.
—Sí, el corrimiento se produjo justo cuando ellos estaban allí y casi se los lleva por delante. Fue una suerte que todos se librasen, pero, después de aquello, vinieron a protestar a casa y a quejarse del niño que casi les mata.
—¡Eso es injusto! —contestó agresivamente indignada.
—La abuela no me riñó, pero me miró con cara de preocupación y se disculpó con ellos.
—Seguramente sólo quería evitar que aquello llegase a mayores —contestó entonces aquella adolescente con alma de anciana.
—Sí, eso creo yo también, pero, de niño, todo lo que pude ver fue que mi madre les dio la razón y me vio como un problema. Aquella noche, soñé que yo era una rata y que me echaban a escobazos de todas partes. Y, bueno, al día siguiente, me crucé con una rata en la cocina y me asusté, pero, al recordar el sentimiento que me produjo aquel sueño, me di cuenta de lo injusto que había sido con ellas y comencé a ponerles comida en ciertos rincones seguros donde era difícil que las viesen. Poco a poco, comenzaron a confiar en mí y a seguirme y… al final, se convirtieron en las únicas con las que podía ser yo mismo hasta…
—¿Hasta?
—Hasta que tú volviste a mi vida.
¡¿Qué había hecho?!
—¡Vale! Suficiente. Fin de la historia.
—Bruno… Yo…
No sabía qué pretendía decirme Mirabel, pero estaba seguro de que yo ya había hablado de más, por lo que los nervios de la espera comenzaron a devorarme de pies a cabeza.
—Yo… creo que me voy a ir a la cama —soltó entonces cambiando radicalmente la expresión—. Espero que disfrutes de tu regalo. Ehm, esta noche…
—Creo… creo que la pasaré aquí.
—Sabía que dirías eso; te dejo descansar. Buenas noches, Bruno.
—Buenas noches, Mi…
Y, una vez más, sus cálidos labios sobre mi mejilla me cortaron el habla.
—…Mirabel.
