Hacía casi medio año desde su cumpleaños y, aparentemente, todo seguía igual, pero, las palabras que me dijo aquella noche, no habían dejado de rondar por mi cabeza día tras día, hora tras hora, mientras trataba de darles la forma lógica y sensata y no la que yo en realidad quería ver.

—Isabela… ¿crees que me parezco en algo a una rata? ¿En que saben escuchar, quizás?

—Te pareces a una rata en que comen mucho, Mirabel. ¿Qué quieres?

—¡Ey! Me muevo mucho, ¿vale? Necesito mucha energía para mantener ese ritmo.

—Lo que tú digas… Feliz cumpleaños.

Isabela extendió sus manos y un pequeño cactus con forma de rata apareció en ellas.

—¿Cum…? ¡¿Hoy es mi cumpleaños?!

—¡¿En qué mundo vives?!

—¿Es para mí?

—¿El qué?

—El cactus.

—Era para meterme con… bah, es igual. Sí, es para ti.

—¡Gracias!

Cogí con cuidado y no pinchándome más de cinco veces mi peculiar cactus y volví a entrar a mi habitación para ponerlo en una zona con buena luz.

—No necesita luz, es mágico.

—Pero, así, el verde brilla más.

—Pareces de buen humor. Ayer parecías irritada.

—Sí… estoy pasando por una temporada complicada.

—El amor lo complica todo, ¿no es así?

—¡¿Amor?! ¡¿De dónde te has sacado algo así?!

—Mirabel, por favor…

Mi hermana arqueó los ojos y supe que disimular era inútil.

—¿Quién te lo ha dicho? —susurré algo preocupada por el nivel de difusión que estuviese teniendo la noticia.

—No hace falta que me lo diga nadie: no soy ciega. ¿Cuándo se lo vas a decir?

—¡¿Estás loca?! ¡Nunca!

—¿Por qué? Así, al menos, cuando te rechazase, estarías todos los días del mismo humor. Es muy irritante ver cómo cambias de ánimo por momentos.

—Disculpa, pero yo no…

—Que le ves reír, se te dibujan esos corazones gigantescos en los ojos que me provocan ganas de vomitar; que se pone más melancólico, te falta echarte a llorar; que se sienta lejos de ti, casi se te ve la tormenta como a la tía Pepa; que le ves frotarse el cuello, salimos todos nadando de la casa. En serio, es asqueroso.

Así que sí era tan evidente y, lo que era peor, era tan repugnante como imaginaba. No estaba preparada para escuchar aquello y, probablemente, lo ridículamente cambiante que me había sentido durante aquellas semanas no ayudó en absoluto: rompí a llorar.

—Mi… Mirabel —comenzó a decir en un tono casi asustado Isabela y poniendo una cara de pena mezclada con la típica expresión de haberse metido en problemas—, oye, era sólo una broma. No te lo tomes así.

Isabela me abrazó entonces con una ternura que hacía mucho que no recibía de ella.

—¡Tienes quince años!

—Dieciséis.

—Eso, dieciséis. Estás en tu derecho de enamorarte, y de sentirte perdida, y de no saber qué rayos hacer y limitarte a pensarlo todo mucho y dejar que tú mundo gire en torno a él.

—¿No es asqueroso?

—No es asqueroso, es odioso; pero normal.

—No es normal; no es lógico que me haya enamorado de él.

—Oye, el amor no se rige por la lógica, ¿vale? Si fuese así, yo me habría enamorado de Mariano.

—¿Qué lógica va a tener enamorarse de Mariano?

—¿Lo dice la chica que se ha enamorado del tipo de las ratas?

—El tipo de las ratas… es un buen tipo.

—Lo sé. Y, si algo de lo que te he dicho antes iba en serio, es que creo que deberías decírselo.

—No tiene gracia —contesté clavando mi mirada en sus penetrantes y risueños ojos de gata.

—No, no la tiene. Pero, si quieres superarlo, tienes que hablarlo con él.

—Me va a rechazar y se va a asustar de mí.

—Esa sería la reacción más normal, sí, pero… de nuevo, es el tipo de las ratas, ¿sabes?

—Y, ¿si me rechaza?

—Dolerá y, con el tiempo, lo superarás.

—Y, ¿si no me rechaza?

—Entonces, tus actuales cambios de humor, te parecerán el más tonto de tus problemas.

—Ya… gracias por la charla, me ha tranquilizado mucho —ironicé.

—Para eso están las hermanas —contestó guiñándome el ojo con malicia—. Y, ahora, espabila, tenemos un cumpleaños que celebrar.

Todavía me parecía increíble poder hablar con Isabela así y, cada vez que lo hacía, me levantaba el ánimo misteriosamente. Pero, ¿tendría razón? ¿Debería decirle lo que sentía? ¡Imposible! ¿De dónde iba a sacar el valor? Ella decía que lo superaría, pero… ¿de verdad podría vivir felizmente sabiendo que la persona a la que amaba se sentía asqueada por mis sentimientos? Porque, seamos realistas, por muy raro que él fuese, por mucho que confíe en mí para abrir su corazón, o por mágica que fuese la sensación cada vez que se tocaban nuestras manos… no podía esperar que aquello fuese algo más que trato familiar para él. Probablemente, él simplemente había encontrado en mí a alguien que no le juzgaba por su don y por eso se sentía a gusto conmigo. También te puedes sentir a gusto con unas ratas, o con un sofá… Eso no es amor.

—Ahora que estamos todos reunidos, tengo una noticia para todos.

—Dolores —dijo la abuela interrumpiendo el inesperado discurso de mi prima—, ¿unas palabras para Mirabel?

—Ah, claro. Feliz cumpleaños, Mirabel.

—Gracias…

—Voy a dejar el Encanto.

—¡¿Qué?!

Dolores se tapó los oídos aturdida por el revuelo generalizado que su inesperado anuncio había provocado.

—Dolores, ¿qué estás diciendo? —preguntó Pepa mientras el viento comenzaba a agitarse entre nosotros.

—Mariano y yo rompimos hace unas semanas.

Camilo y yo compartimos automáticamente una mirada de placer y culpa que nadie más habría sabido leer y, acto seguido, miramos hacia otro lado asegurándonos de no perjudicar aún más el ánimo general.

—Pero, Dolores, quizás podáis arreglarlo si lo habláis con calma —propuso Félix mientras acariciaba la palma de la mano de su espantada mujer.

—No quiero arreglarlo, papá; no hay nada que arreglar.

Pude ver de reojo cómo Bruno bajaba la mirada con aire triste. ¿De qué iba todo aquello? Y, ¿de verdad? ¿No había otro día para hablarlo?

—Dolores —interrumpió de nuevo la abuela pero más tajantemente esta vez—, no es el momento para tratar este tema. Te recuerdo que hoy es el…

—No hay otro momento, abuela, me voy mañana.

La nieve azotó fuerte y comenzó a enterrar los platos que esperaban sobre la mesa.

—Dolores, si es por Mariano —trató de decir la abuela esforzándose por mantener un tono calmado.

—No es por Mariano, abuela. No le amo, de hecho, cada vez le soportaba menos. Es más, hace un par de días que está saliendo con otra mujer y ni siquiera me importa.

¿Otra? En serio, ¿qué le veían?

Isabela pareció leer mis pensamientos y tuvo que camuflar la risa con una torpe tos.

—Él, obviamente, tampoco me quiere: no hay nada que salvar. Pero ya no me queda tanto para los veintitrés y no ha nadie en todo el pueblo que llame mi atención. He escuchado cada minuto de sus vidas durante casi dieciocho años, y sé que nunca encontraré el amor aquí. Ahora que el Encanto está abierto, quiero ir en busca de alguien con quien ser feliz. ¿Tan raro es?

La nieve comenzó a aclararse lentamente.

—Pero Dolores, cariño, no sabemos lo peligroso que puede ser el mundo de ahí fuera. Recuerda por qué acabamos aquí.

—Lo sé, pero… no puedo dejar que se me escape la vida esperando a que aparezca alguien como por arte de magia como tío Bruno ha hecho. Oh, perdón, tío.

—No… no te preocupes…

Mierda, eso había sido un ataque innecesario. Pero, tenía razón. Si Bruno hubiese sido más sociable, probablemente yo ahora estaría enamorada de un hombre casado y con hijos. Se me ponían los pelos como escarpias de sólo pensarlo…

—Yo iré con ella.

¡¿Qué?!

—Isabela, ¿qué estás diciendo? —preguntó mi madre claramente preocupada.

—Siempre he sentido curiosidad por el mundo fuera del Encanto. Quizás sea el momento de descubrir qué hay pasadas esas montañas, ¿no os parece? Si yo voy con ella y resulta ser un lugar peligroso, podré defendernos.

—¿Cómo sabes que la magia va a funcionar fuera del Encanto? —preguntó Camilo más serio de lo que nunca le había visto.

—Probaré y, si no funciona, volveremos.

—No sé, mi vida —dijo mi madre aún algo lastimera—, es muy peligroso. Yo no podré sanaros desde aquí y tampoco puedo abandonar a todos aquí para seguiros.

—No te preocupes, mamá —contestó Luisa con decisión—, yo las acompañaré.

—¿Habláis en serio? —preguntó evidentemente herido mi padre.

—Si van conmigo estaremos a salvo —replicó ella con la seguridad de un héroe de novela caballeresca—, yo me aseguraré de traerlas de vuelta.

La abuela se levantó con solemnidad y me temí lo peor.

—Las tres sois lo suficientemente mayores para tomar vuestras propias decisiones. Partid si es lo que deseáis y, por lo que más queráis, aseguraros de volver con vida.

Abuela… Si yo estaba asustada, no puedo ni imaginar el miedo que estaría sintiendo ella.

Las tres asintieron y la fiesta acabó antes de empezar.

Durante la tarde se escucharon llantos, discusiones, palabras de aliento y mensajes de esperanza, y, aquella noche, todos nos fuimos pronto a la cama.

—He supuesto que te encontraría aquí.

La suave voz de Bruno acarició mis oídos cansados de oírme llorar.

—¿Triste?

—Preocupada.

—No lo estés, volverán.

—Eso no puedes saberlo.

—Lo cierto es que sí que puedo —contestó riendo mientras desempolvaba su hamaca y se sentaba en ella.

—Claro… entonces… ¿has tenido una visión?

—No me ha hecho falta.

—Ya sabías que esto iba a pasar, ¿verdad?

—Oh, no, ha sido toda una sorpresa, pero, tiempo atrás, tuve la oportunidad de ver momentos de más adelante y ellas están bien. Me he asegurado de decírselo a mis hermanas y a la abuela también.

—Gracias a Dios… Y, ¿por qué no me lo has dicho antes?

—No sabía si querrías compañía.

—Si he venido aquí en lugar de irme a mi habitación, ha sido porque quería la tuya.

Bruno rio incómodo y me di cuenta de que lo estaba volviendo a hacer: le estaba asustando.

—Gracias, Bruno. Ahora estoy más tranquila. Puedes irte a dormir.

—La verdad es que, después de un día tan difícil, estaba pensando en dormir aquí en la hamaca.

—Ah, ¿de verdad? Y… ¿crees que te molestaría compartirla un rato? Creo que necesito un abrazo.

Estaba apretando muy fuerte y estaba casi segura de que me iba a arrepentir, pero, inesperadamente, en lugar de una de sus nerviosas reacciones, su más entrañable sonrisa apareció de pronto y, una vez más, me ofreció el refugio de sus brazos. No dudé en aceptarlo y, en cuestión de segundos, estábamos sorprendentemente cómodamente acoplados en la hamaca, con mi cabeza sobre su pecho, sus latidos ligeramente agitados en mi oído, y sus manos envolviendo mi espalda.

—Las voy a echar de menos, ¿sabes?

—Lo sé, yo también.

—Buenas noches, Bruno.

—Feliz cumpleaños, Mirabel.