No fue el cumpleaños que Mirabel se merecía después de tantos años de sentirse menos que los demás, y, definitivamente, no fue el modo en que quería celebrar por fin su cumpleaños con ella. Pero, de algún modo, aquella noche… hizo que aquel triste cumpleaños se convirtiese en uno de los momentos más especiales de mi vida. Egoísta, ¿no es así? Pero… por una vez, sentí que lo mejor que podía hacer por ella era quedarme a su lado y darle todo ese amor que tanto necesitaba, y, el hacerlo sin sentir que estaba haciendo mal, fue una auténtica bendición del cielo. Amaba a esa muchacha y, si mi compañía iba a ayudarla a superar aquel duro palo, eso sería lo que tendría.
A la mañana siguiente, Casita nos despertó temprano encendiendo y apagando una luz sobre nuestras cabezas.
Aquella luz cegadora me hizo apretar los ojos y tratar de retorcerme en el sitio, pero, entonces, su peso y su aroma me hicieron parar en seco. Ella estaba allí, posando su cálida mirada en la mía con una soñolienta sonrisa.
—Buenos días, Bruno.
Ya sabía que el milagro dependía de ella, pero, en aquel momento, me pareció que ella era el mayor milagro que podía existir.
—Bu… buenos días, ah… Mirabel…
—Nos espera un día duro, ¿le demostramos de lo que estamos hechos?
Y, para variar, sin esperar respuesta, se dejó caer de la hamaca casi haciéndome caer a mí también y me ofreció su mano.
—Te sigo.
Las despedidas fueron amargas, pero también cálidas y enternecedoras y, para cuando finalmente cruzaron aquel río que tanto nos había dado y dónde tanto habíamos perdido, las lágrimas se convirtieron en las protagonistas.
Mirabel cogió en brazos a Antonio y juntos lloraron todo el camino de vuelta, Pepa y la abuela fueron cuidadosamente arropadas por Camilo, y Julieta y Agustín caminaron en silencio con los brazos entrelazados.
—Así que, ¿mi niña volverá? —preguntó Félix pasándome el brazo por la espalda.
—Volverá. No lo dudes.
—Está bien, entonces. Cada uno tiene que vivir su vida y, puede que lo que ella necesite, sea conocer mundo.
—Puede…
—Me pregunto qué maravillas encontrará por el camino.
—Algún día nos las contará, Félix.
—Hermano, Bruno, llámame hermano.
—Eh… hermano… Pepa… ¿estará bien?
—Esa mujer es muy sensible, pero también es más fuerte que el acero. Mañana estará bailando como una diosa bajo el granizo y, para cuando vuelvan las exploradoras, tendrá ella aún más aventuras que contar.
—Sí… puede que tengas razón.
—La tengo, hermano. Mi Pepi es dura de pelar. No te preocupes tanto por ella y asegúrate de poner en orden tu vida de una vez.
—¿Mi vida? ¿De qué…?
—Tienes un hilillo rosa enredado en el pelo.
—Oh, ¿de verdad? ¿Dónde?
—Pídele a Mirabel que te lo quite, igual quiere recuperarlo.
Félix me dio una fuerte palmada en la espalda, soltó una amplia carcajada y corrió a alcanzar a su familia. Yo rebusqué desesperadamente entre mi pelo hasta dar con el hilo que, efectivamente, parecía ser parte de alguno de los bordados de la ropa de Mirabel y lo sostuve entre mis manos mientras comenzaba a temblar.
Si Félix realmente creía lo que a mí me había parecido que me había dado a entender, las cosas tenían que cambiar radicalmente: tenía que proteger a Mirabel.
—Mirabel…
Habían pasado ya tres días desde la partida de mis sobrinas y el ambiente, poco a poco, se había ido relajando. Félix no había vuelto a mencionar nada y nadie más parecía saber de ello, pero yo no podía quedarme tranquilo; no con ella en el punto de mira.
—¿Qué pasa, Bruno? No tienes buena cara.
—Necesito… eh… necesito hablar contigo.
—Claro, te escucho.
—En privado…
—Oh, esta noche, ¿entonces?
—De acuerdo, pero… no… quiero decir… que, luego…
—No te preocupes, luego me lo cuentas.
—Está bien… —contesté con un suspiro. Aquella no era una charla que realmente quisiese tener.
Pasé el día más tenso de lo habitual y procurando no hacer mucho contacto visual con nadie, y, para cuando terminó la cena, me dirigí a mi cuarto a esperar a que todos se acostasen antes de acudir a nuestro agujero.
Pero las cosas no fueron como yo esperaba. Un instante después, alguien estaba llamando a mi puerta.
—Ya voy —contesté suponiendo que serían la abuela o Julieta asegurándose de que me encontraba bien.
Me equivoqué. Al entreabrir la puerta y asomar la cabeza, vi la nerviosa expresión de Mirabel frente a mí, mirando hacia los lados para asegurarse de que nadie la veía.
—¿Qué…? ¿Qué haces aquí?
—Déjame pasar.
—¿Qué? ¡No!
—¿No? ¿Por qué?
—Porque… Es igual. No es aquí donde se suponía que nos íbamos a ver.
—Pero no quiero esperar más, llevo todo el día dándole vueltas a qué será lo que me quieres decir. Vamos, nadie va a venir aquí a estas horas y, aunque lo hiciesen, tampoco es que estemos haciendo nada ma…
Nunca me había importado especialmente la fuerza bruta de aquella muchacha, pero, aquel día, me di cuenta de que realmente podía ser un problema. Mirabel me hizo a un lado sin la más mínima dificultad y se coló en mi habitación. Ella ya había estado allí antes, aquello no tenía por qué ser un problema, pero… ella nunca había estado allí desde que Casita volvió a la vida. Ella nunca había visto mi cama.
—Tu cama…
—¿Qué? Oh, ¿eso? No le prestes atención, sólo es una cama desproporcionadamente grande. Vamos a hablar.
—Es una cama de matrimonio. Es diferente de la que había aquí cuando entré el año pasado.
—Eh, sí… Supongo que tenía ganas de tener más hueco.
—Pero, no te gusta dormir en una cama tan grande y blanda, ¿no?
—Oh, bueno, eso… Verás…
—El cabecero…
—Mirabel, por favor, deja la cama.
—Está forjado en forma de mariposa.
—Ehm, sí. Ya sabes, me gustan los animales y…
—Y los remates son ovillos…
—Eh, Mirabel, céntrate, la charla.
—Bruno… esta cama… ¡es para mí!
