Debí verlo venir, pero me asustaba hacer una predicción y confirmar mis sospechas. Mirabel acababa de darse cuenta de mis sentimientos y nuestra relación estaba a punto de colapsar para siempre.

Quizás aquello era lo mejor: yo ganaría la reputación que me había buscado y ella dejaría de ser el objetivo potencial de críticas y rumores que la pudiesen dañar.

—Mirabel… Ah… Ehm…

—Bruno, ¿qué querías hablar conmigo?

Estaba muy seria; tanto que asustaba. Era como si le fuese la vida en mi respuesta.

—Yo sólo quería decirte que… no podemos seguir encontrándonos en… ya sabes, en el túnel.

—¡¿Qué?!

—La gente está empezando a pensar cosas raras y yo no quiero que…

—Cosas raras.

—Entiéndeme.

—No sé si quiero.

—No, supongo que no. Lo entiendo.

—¡¿Qué lo entiendes?! ¡No entiendes nada! ¡¿Qué vas a entender?!

—Mir…

—¡¿Qué significa esa cama, Bruno?! ¡¿Por qué está aquí?! ¡¿Por qué es tan grande?! ¡¿Por qué cuando la usas no puedes dormir?! Si tu habitación responde a tus deseos, ¿por qué estoy yo ahí?

—Yo… yo no, yo…

—Bruno…

De repente su tono se suavizó y su mirada se volvió casi suplicante.

—Bruno, ¿qué sientes por mí?

Incliné la cabeza hacia el suelo, apreté lo labios y dejé salir todo el aire de golpe. Era el momento del golpe de gracia. Era el adiós.

—Mirabel, lo siento. Sé que esto te va a parecer repugnante y que es totalmente inapropiado, y sé que nunca va a ser y que debo sacarlo de mí, pero… ¡no sé cómo!

—¡¿El qué?!

—Mirabel yo… yo estoy enamorado de ti.

Sus ojos se abrieron de par en par a la par que sus labios, sus puños se apretaron y se dirigió a mí con paso firme. Cerré los ojos esperando la bofetada. Mirabel era dulce y comprensiva, pero, probablemente, aquello estaba fuera de cualquier tipo de comprensión; había traicionado su confianza, había dormido con ella, ¡dos veces! No podía culparla…

Y, como esperaba, sus manos encontraron mi cara, pero no de la manera que yo esperaba. Sus dedos rozaron delicadamente mis mejillas y pasaron por mi cuello hasta enredarse en mi pelo y tirar de mí hacia abajo y, como un suave baño de vida, sus labios alcanzaron los míos y los presionaron con la más dulce de las caricias.

Imposible, aquello era un sueño; tenía que serlo. Seguro que me había quedado dormido en aquella inmensa cama diseñada para compartir mis noches con ella y había caído irremediablemente en el más hermoso, blandito y reconfortante de los sueños.

Pero entonces, retiró despacio sus labios dejándome sentir el gran vació que dejaron y me perforó el alma con aquella cristalina mirada de felicidad. No podía ser un sueño. Ni la más privilegiada de las mentes podía crear algo tan hermoso.

—Te amo, Bruno. Yo también estoy enamorada de ti.

¿De verdad? ¿De verdad había alguien en el mundo capaz de amarme a mí? ¿Así? Alguien que nunca me juzgó, alguien con quien abrí mi corazón y me mostré de la forma más patética y vulnerable… la única persona que me había llegado a conocer… la única persona que quería que me llegase a conocer. Aquella mujer imponente, bondadosa, tierna, valiente, comprensiva, divertida y llena de energía… ¿me amaba a mí?

Sabía que no debía, pero fui yo el que se lanzó contra ella esa vez. Tomé su cuerpo con cuidado pero con ansia entre el mío y dejé que mis labios recorriesen cada milímetro de los suyos mientras nuestros rizos jugaban entre ellos y sus suaves mejillas abrazaban mi nariz.

Aquella sensación fue lo más espectacular que nunca había sentido. Mis tripas dieron mil vueltas, mi corazón, nuestras respiraciones, se agitaron, y mis manos recorrieron su espalda presionándola contra mi cuerpo; dándome el privilegio de sentirla en rincones en los que nunca nadie había podido tocar.

Ella se dejó llevar con hambre y fuerza, pero cargada de paz, como si yo le estuviese regalando el mundo y la vida y la única forma de mantener la calma fuese no soltarlos jamás. Llena de vida, llena de luz, llena de ilusión y con toda una vida por delante. Con dieciséis años, con un hombre de cincuenta y uno, con su tío… en su cuarto, en la casa de la familia… de la familia a la que ama más que a nada y de la que yo estaba amenazando con apartarla.

¿Qué había hecho? Aquello a lo que se aferraba, aquello que nos estaba dando la vida, no podía ser. Había llegado el momento que creí que nunca llegaría: había llegado el día de decirle que no a esa mirada cristalina.